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El mal y su perdón


Perdonar el mal.

Por José Rafael Herrera - @jrherreraucv


La cultura contemporánea muestra una profunda herida en medio de lo que suele representarse como “la comunidad”. Pueblo, patria, socialismo, son términos que, frente al creciente sentido de la condición individual, lucen su peor momento. La figura de un “mundo inmaculado” que, como dice Hegel, “no mancha ninguna escisión”, comporta el devenir quieto de una de las potencias de dicha escisión sobre la otra. Por lo cual, cada lado, cada extremo de ella, mantiene y produce por sí misma la otra. Dos esencias que se dividen en su realidad y que mantienen una oposición que es, “más bien, la confirmación de la una por la otra y, allí donde entran en contacto de un modo inmediato como esencias reales, su término medio y su elemento son la compenetración inmediata de ellas”. Pero, a diferencia de un mundo inmaculado, este mundo de hoy ha dejado por mucho de serlo. Como señala Adorno, después de Auschwitz resulta imposible escribir poemas. El mundo como “modelo”, un mundo idílico, quieto como una foto, es un concepto puesto por la reflexión del entendimiento, es un mundo vacío, abstracto, muerto. Podría decirse que es el mundo ideal de las destempladas fantasías de cierto chofer de Metrobús o de cierto gorilita iracundo, no de un auténtico estadista del presente. Como tampoco hay un modelo eterno, una suerte de topus hyperuranios del 23 de Enero.

La tragedia Antígona, de Sófocles, le ha hecho comprender a Hegel que ella “trastorna la organización quieta y el movimiento estable del mundo ético”, y que “lo que en este se manifiesta como orden y coincidencia de sus dos esencias, una de las cuales confirma y completa la otra, pasa a ser con la acción un tránsito de dos contrapuestos, en el que cada uno se demuestra más bien como la anulación de sí mismo y del otro que como su confirmación. Terrible destino que devora en la sima de su simplicidad tanto la ley divina como la humana”. Los simas –conviene recordarlo– son pozos profundos, abismales, que se forman a partir de una pequeña fisura o grieta en el terreno, y que termina comunicando la superficie con múltiples cavernas y corrientes subterráneas. No pocas veces se puede poner en evidencia el hecho de que lo que se designa bajo el nombre de “suelo común” es, en realidad, el lugar de las mayores diferencias, el locus de lo irreconciliable. No hay salida: hacer es transgredir. Quien actúa –y toda acción comporta caracteres éticos, con independencia del valor axiológico que las formas de la cultura le asigne– inevitablemente está destinado a introducir un desdoblamiento, un “ponerse para sí” y, con ello, un poner frente a sí una realidad que le resulta diferente de sí, externa, ajena. Pero es justamente en virtud de dicha acción que se obtiene una renovada condición ética. Quien actúa construye y, con ello, pone de relieve su específica peculiaridad: “Porque sufrimos reconocemos que hemos errado”. No hay “comunidad” sin que haya el suficiente oxígeno para que los individuos puedan respirar libremente. La idea de toda posible comunidad, en el presente, necesita ser rediseñada en profundidad, superada y conservada a un tiempo.

El camino indicado para tal rediseño no puede consistir, a la manera del cómplice, en voltear la mirada ante las crueldades cometidas. Sería históricamente imperdonable un nuevo “aquí no ha pasado nada”. Quien ha actuado y transgredido no puede estar exento de culpa. No hay –y no puede haber– un “como me dé la gana” a los fines de la reconstrucción de la etcidad. Quien ha asesinado, quien ha sometido y pisoteado los derechos más elementales de los individuos; quien ha saqueado las arcas públicas para enriquecerse, y robando a los más necesitados, a los más humildes la posibilidad de satisfacer sus necesidades primarias y, con ello, su dignidad; quien ha convertido las instituciones públicas en castillos de arena frente a una voraz marejada populista, en nombre de “la comunidad”, “la patria”, “el socialismo” o vaya usted a saber en nombre de qué bochinche; quien ha quebrado las piernas y brazos al aparato productivo de la otrora nación –hoy inexistente–, no puede no asumir su responsabilidad ante la justicia. Amnistía no significa “borrón y cuenta nueva”. La reconstrucción de una sociedad de individuos libres se sustenta en la creación de instituciones sólidas y de prestigio, orgánicamente unidas con la vida ciudadana, pero, sobre todo, en la más patente presencia de la justicia. El macondismo tiene que ser finalmente remontado, a objeto de que termine de una vez la fiesta de los carnavales infinitos. Se acerca la hora del miércoles de ceniza del espíritu.

No se trata de no dar cabida al perdón. El reconocimiento de las diferencias, el derecho de disentir, es la necesidad más importante y la mayor de las garantías para el desarrollo coherente de las complejas democracias contemporáneas. No hay comunidad de verdad si no existe respeto por la infinita multiplicidad de lo diverso. Lo decía Maquiavelo: la época dorada de la Roma republicana fue la de la mayor manifestación de sus diferencias y la del respeto de las oposiciones. Pero la reconciliación no se decreta, no es una ley formal, abstracta. Los conflictos no se desvanecen por el simple hecho de hacerse la vista gorda. Por el contrario, se incrementan y se reproducen como la maleza. El perdón solo puede entrar en escena allá donde los intereses finitos ya no pueden remontarse ni negarse, cuando toca el momento histórico de restablecer la auténtica comunidad concreta. El perdón se manifiesta en los límites del reconocimiento de la moralidad y del derecho, como el intento firme de la voluntad colectiva por mantener el restablecimiento del orden de las ideas y de las cosas.

La totalidad es mucho más que la simple sumatoria de sus partes. El perdón solo puede ser el resultado del reconocimiento de la complejidad de la vida moral adecuado al cumplimiento de las leyes. Hay perdón si hay juicio y condena. Solo de ese modo se puede responder ante los límites que permean las acciones humanas y, en tal sentido, se trata de la única posibilidad cierta de una reconciliación exitosa.

El mal en nombre del bien.

El complejo de Robin por @jrherreraucv.

Hace algunos años, en los alrededores de la Ciudad Universitaria de Caracas, y especialmente en la puerta de acceso hacia la plaza de Las Tres Gracias –hoy, mejor conocida como “estación ciudad universitaria”–, un grupo de auténticos antisociales –algunos de ellos, estudiantes universitarios de triste promedio y, otros, “reposeros” del Metrobús– tenían por hábito organizar, los días jueves de cada semana, una auténtica francachela “revolucionaria”, de violencia y terror, contra la “injusticia política y social”: el aumento del costo de la vida; la falta de empleo productivo; el acceso a la educación y a la salud de los más pobres; la caída de los precios del petróleo; el aumento del pasaje estudiantil; la presencia de empresas multinacionales en el país; la llegada de algún representante del “Imperio” norteamericano al territorio nacional; las “colitas” a las reinas de belleza en los aviones de Pdvsa; el jugoso –y siempre turbio– “negocio” de la corrupción administrativa; las giras internacionales del presidente de la República; en fin, semana a semana, siempre se presentaba una “causa justa” para salir a incendiar algún transporte y, con ello, trancar el tránsito de casi toda la ciudad, generando un auténtico caos colectivo. Todos ellos, sin rostro visible, hicieron de la capucha su “símbolo de lucha”.

Mal en nombre del bien


En español, “Robin Hood” –seudónimo del mítico y legendario bandido– quiere decir “petirrojo encapuchado”. Toda una auténtica simbología, que debería resultarle un tanto familiar a los venezolanos. De hecho, el petirrojo –un pajarito regordete y chillón– posee un plumaje verde oliva con el pecho rojo, cuya composición, se podría afirmar, conforma toda una “fusión cívico-militar”, en este caso, anatómica. Y si al pajarito regordete en cuestión se le coloca una capucha sobre el rostro, entonces se pudiera llegar a afirmar o bien que se trata de Errol Flynn, Kevin Costner, Russell Crowe o, llevando las cosas hasta los extremos de la fantasía psiquiátrica, de Jorgito, Nicolás o Elías, entre otros. Da igual. Que a nadie se le olvide aquella mamut de La era del hielo que, como consecuencia suprema de los efectos de la ideología, se autoconcebía como una zarigüeya.

No hay peor cuña que la del mismo palo, apunta un sabio refrán popular. El complejo de creerse Robin Hood, el Zorro o, incluso, Batman o el Hombre Araña –para no extender inútilmente el prolijo álbum de familia de los superhéroes de Marvel o de DC–, tuvo también sus repercusiones en el imaginario izquierdista latinoamericano. Durante muchos años llamaron “Veneno-Visión” al canal televisivo de sus buenos amigos del presente. Pero fue a través de la pantalla chica del mencionado canal que disfrutaron cada “sanbombazo” de Robin, el “joven maravilla” que todos querían imitar. Sume el lector los “heroicos” asaltos a mano armada de Butch & Cassidy, balaceados en la Bolivia que, años más tarde, haría lo propio con el no menos legendario “Che” Guevara, o las hazañas no menos heroicas de Emiliano Zapata, en aquella escena de la emboscada –tipo Guardia Nacional– a partir de la cual inicia su existencia mística. En la mente de los intoxicados jóvenes lectores de En Cuba, de Ernesto Cardenal y de El libro rojo de Mao o de los no menos tóxicos breviarios de la Marta Harnecker, se fue fraguando la representación del “hombre nuevo”, compuesto por los fragmentos de la chatarra televisiva, las lecturas indigestas de manuales y los “ejemplos” de un grupo de asaltantes de camino que decidieron –alentados para ello por los Castro’s Brothers– no acogerse a la “política de pacificación”, sino promover el terror, plagiar empresarios norteamericanos, robar bancos y secuestrar aviones, en nombre de la rebelión de “pueblo revolucionario”. La figura del petirrojo fue objetivándose, hasta que sus herederos –cuñas de aquel palo– decidieron finalmente complementarla, colocándose la capucha. Robin se hizo Hood y terminaría secuestrando al país entero, al producirse la “fusión”, esta vez, no tan anatómica, que, una vez más, fue alentada por los Castro.

De hipocresía acusa Hegel, en la Filosofía del Derecho, a estos personajes que, en nombre del bien, realizan, en la práctica, las más horrendas formas del mal. Erigidos en legisladores o constituyentes a dedo por encima de las leyes, terminan por remitir al arbitrio –“como va viniendo vamos viendo”– la diferencia entre lo bueno y lo malo. Para ellos, al final, el mal es el bien y el bien es el mal, como dice Orwell. Pero, tarde o temprano, “la pura mentira, ese ocultamiento del bien –afirma Hegel–, se vuelve demasiado transparente como para que no sea descubierto”. No se puede confundir la justicia con la venganza, ni la ley con el resentimiento. No se dirige un país a base de arbitrariedades. Llega el momento en el que el robo, la cobardía o el asesinato, no pueden seguir siendo interpretados por los menos advertidos como “buenos propósitos” o “buenas acciones”. Robar para “hacer el bien” a los pobres, asesinar por odio y venganza para satisfacer el sentimiento del propio derecho, el sentimiento de maldad o de injusticia con otros, en nombre “del pueblo”, revela la más elemental ausencia de educación del entendimiento, la suspensión del juicio y la inclinación por una vida enajenada. Todo un complejo.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/complejo-robin_180320

El terrorismo y san Agustín

¿Existe una substancia maligna detrás de los actos terroristas?

Probablemente no hay evento más malévolo para el mundo occidental que un acto terrorista. Inocentes aniquilados a manos de individuos que toman por enemigo a todo aquél que no comulga con sus ideas o que representa al infiel. Personas que por azares del destino se encontraban cerca de uno que decidió inmolarse en favor de su dios. Gente cuyo futuro es borrado o destruido con el simple movimiento de un dedo que aprieta un gatillo. Familias desgarradas y naciones atormentadas por grupos extremistas para quienes la muerte de los “otros” es la vida del “nosotros”.

Cada vez que aparece la noticia de un acto de este tipo resulta difícil no pensar en una maldad detrás de esa maldad, es decir, en si existe una sustancia maligna que incite los actos más abominables de los hombres. Rómeo Dallaire, comandante de las Naciones Unidas encargado de participar en la pacificación de Rwanda en 1993, testigo de las atrocidades cometidas en aquella guerra, deja sentir en su libro “Estrechando la mano con el diablo” la presencia de una fuerza maligna que incluso podía olerse. Desde su perspectiva, la maldad parecía desarrollarse a partir de “algo” que estaba ahí, “algo” imposible de describir debido a lo cual la mente de los seres humanos ahí expuestos se arrojaba en pos de la venganza más inmisericorde y brutal. Para quien vio con sus propios ojos el infierno, tal nivel de maldad supera las capacidades humanas; por lo que debiera existir un mal ontológico, es decir, una substancia maligna causante de la maldad humana.

San Agustín abordó este tema con detenimiento porque sentía la necesidad de resolver una contradicción que daba elementos a los herejes para atacar a la Iglesia: Si Dios es bueno y omnipotente, ¿por qué permite el mal? La respuesta de sus oponentes versaba de la siguiente manera: Si Dios es omnipotente puede eliminar el mal; si no lo hace es, uno, porque no es bueno o, dos, porque no puede; y si no puede no es entonces omnipotente. La respuesta del obispo de Hipona debía salvar ambos aspectos de Dios porque de otra manera el Dios cristiano corría el riesgo de desquebrajarse. Para ello san Agustín definió tres clases de mal: el mal ontológico, el mal moral y el mal físico (del cual no hablaré en este ensayo porque no es necesario para mi argumento).

El mal ontológico es la maldad substancial, el tipo de maldad que permitiría pensar en un ser maligno. San Agustín lo analiza a partir de dos premisas fundamentales, la primera, Dios es el Ser por excelencia, el Ser según el cual los demás seres son, y la segunda, Dios es el Bien y todo cuanto proviene de él es bueno. El resultado de ambas premisas quedaría así: Todo lo que es y tiene substancia es bueno porque proviene de Dios. En este sentido, el mal ontológico, señala el santo, no es algo, porque si el mal fuese algo, una substancia, sería un bien. De manera que el mal ontológico es sólo una ausencia de bien, una carencia, una privación de ser. Bajo esta tesis, detrás de un acto terrorista no habría ningún ser maligno, sino una absoluta carencia de bondad.

Lo anterior nos arroja al mal moral, que para Agustín no es otra cosa que el pecado. El hombre peca cuando elige erróneamente un bien inferior en vez de un bien superior. Y lo hace, no por ignorancia como argumentaba Sócrates, sino por voluntad. Voluntariamente el pecador se decide por un bien inferior –matar a inocentes con el fin de cumplir una misión por ejemplo– en vez de por el bien superior –no matar–. Es un acto de plena conciencia, porque el pecador conoce el bien superior y lo rechaza.

Cabe pensar que el terrorista, desde su retorcida perspectiva, diría que matar al infiel es un bien superior puesto que es un deber estipulado por su dios; mas apelaríamos aquí a su conciencia, le preguntaríamos al terrorista si, antes de inmolarse, no fue aleccionado para hacerlo, si tal aleccionamiento no estuvo acaso sustentado en el odio, si tal odio no le produjo un mayor malestar interior y si ese malestar, manifestado como angustia o terror, no estuvo presente todo el tiempo durante su acto terrorista. Ningún bien superior puede sustentarse en el odio. Incluso el terrorista sabe esto, pues es capaz de escuchar esa voz interna que le dice qué es y qué no es un bien superior.

San Agustín concluiría que el mal provocado por el hombre obedece a su voluntad de pecar y de ir en contra del Bien que es Dios. No hay a sus espaldas ninguna fuerza malévola incitándolo a hacerlo, la responsabilidad recae por completo en el pecador, quien le da la espalda a Dios.


Descubrir la realidad del mal.

Desde sus orígenes, la filosofía ha ejercido la no siempre grata labor de mostrar en su desnudez el objeto de su particular estudio, bien sea natural o social. “La apariencia”, decía Aristóteles, “esconde la esencia”. Por esencia se comprende aquí la “totalidad concreta”, cabe decir, el fundamento mismo de las cosas, lo que es permanente y sustenta lo pasajero o efímero. Como advierte Heidegger, el filósofo debe mantenerse 'en la vía del ser' -o de la esencia-, porque ella conduce a la verdad, mientras que las apariencias conducen al error y, en consecuencia, al desastre. En una expresión, lo “esencial” es lo que está más allá -o más adentro- de las meras circunstancias fenoménicas. 

Por el contrario, para quien ejerce el poder, y especialmente si se trata de un ejercicio omnímodo, como suele suceder en los regímenes autocráticos y militaristas, los medios -y las formas- de ocultar la llamada “realidad de verdad' llega a ser toda una cuestión de morbo, un asunto de enfermedad, de obsesión, no exento de una creciente corrupción del espíritu que lo va corroyendo todo, para devenir una gangrena que apesta. “Los miembros de un cuerpo gangrenado -dice Hegel- no se pueden ocultar con agua de colonia”. Como consecuencia de su marcada ignorancia, y plenos de 'pasiones tristes', los autócratas, en su insano intento de conservar el poder a toda costa, 'como sea', pretenden invertir la relación de las cosas, trastocar lo esencial en lo aparencial, provocando, sobre todo entre los menos advertidos, una situación de extrañamiento, de alienación, que termina en la pérdida del sí mismo, de la propia consciencia y, por ende, de toda dignidad. Sí: lo esencial es “invisible” para un régimen como éste.

Y entonces, bajo tales premisas, surge y se expande rápidamente una atmósfera viscosa, gris y de tristes consecuencias para el ser social. Se trata de aquello que, como resultado del estudio específico de la personalidad de Adolf Eichmann -el teniente coronel de las 'SS' nazis, responsable directo de la “solución final” contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial-, Hannah Arendt designa bajo el título general de la banalidad del mal. Pero, ¿qué es y en qué consiste esto de la banalidad del mal? Más aún: ¿cómo puede ser “banal” el mal? Se sabe que lo banal es lo trivial, algo que carece de sustancialidad y, por cierto, no relativo a la esencia. Y esahí, justamente, donde -como decía el gran Mario Moreno “Cantinflas”- está el detalle. “El mal -dice Hanna Arendt- como se nos ha enseñado, es algo demoníaco; su encarnación es Satán, un rayo que cae del cielo, o Lucifer, el ángel caído cuyo pecado es el orgullo, es decir, aquella soberbia de la que sólo son capaces los mejores: no quieren servir a Dios, sino ser como Él”.

Es bastante comprensible el hecho de que, a nivel mundial, la mayor parte de la opinión pública considere que, para haber organizado un acto de semejante crueldad contra el pueblo judío, los nazis eran monstruos salidos de las profundidades del infierno. Y sin embargo, el rostro de Eichman, su frágil anatomía, sus maneras y la patente mediocridad de sus ideas, daba cuenta de un hombre bastante común y nada extraordinario. Un padre de familia, un buen marido, trabajador, que iba al mercado y mantenía “las buenas costumbres”, que cancelaba sus cuentas pendientes y que hasta se declaraba seguidor de la doctrina moral kantiana; pero, sobre todo, un buen funcionario público, que cumplía instrucciones precisas, al pie de la letra, porque esa era “su obligación”. Nada que ver, en consecuencia, con un hijo del maligno Satán. No tenía, además, “firmes convicciones ideológicas” y “la única característica notable que se podía detectar en su comportamiento pasado y en el que manifestó a lo largo del juicio y de los exámenes policiales anterior al mismo fue algo enteramente negativo (sic): no era estupidez sino falta de reflexión”. Su amor por las frases hechas, los clichés, su fidelidad por los códigos de conducta, su incapacidad para articular pensamientos propios y frases gramaticalmente correctas, su obediencia a las normas establecidas, su respeto por la opinión de la mayoría, su idolatría por el éxito, su falta de imaginación y, sobre todo, de juicio. En fin, y para expresarlo con un cierto dejo de vergüenza ajena: Eichmann nunca supo, nunca tuvo clara consciencia de lo que estaba haciendo. Con el perdón de los payasos, Eichmann era, de cabo a rabo, uno de ellos y, quizá, se hallaba ubicado entre el grupo de los más mediocres.

¿Qué se puede llegar a pensar de ciertos motorizados o de ciertos militantes políticos que se hacen llamar “revolucionarios” o de “izquierda”, de ciertos funcionarios públicos, sean civiles o militares, de ministros, fiscales y jueces que atropellan, humillan, maltratan a todo un país en nombre de un Death President o de una ideología probadamente anacrónica? La siniestralidad de Eichmann sólo consistía en una cuestión de esencia detrás de las apariencias: Eichmann carecía de una real -es decir: auténtica- formación cultural; pero, sobre todo, carecía de Denken, de pensamiento, de capacidad de reflexión, de raciocinio propio. De ahí su versatilidad para poder adaptarse tan fácil y rápidamente al régimenNational-sozialist, como un 'Zelig' cualquiera. Existen naciones enteras -especialmente en América Latina- gobernadas por puñados de Eichmanns. La visible ausencia de pensamiento en este 'hombrecillo' -como lo calificaría Wilhelm Reich- llamó la atención de Hannah Arendt. Eso la sorprendió. Y fue justo eso lo que la condujo a formularse la posibilidad de que nuestras inclinaciones y toma de decisiones estén determinadas por la incapacidad de distinguir entre la esencia y la apariencia, o, dicho de otro modo, por una marcada incapacidad para pensar.

Si los nazis pudieron trastocar los valores esenciales de la sociedad, fue porque la sociedad, en sí misma, favoreció el consenso y, de alguna manera, preparó el escenario, colaborando con él. Pero, con ello, se puso en evidencia “el colapso total de todos los criterios morales en la vida pública y privada”, la ausencia sustantiva, esencial, de ideas, a consecuencia de lo cual personas 'comunes y corrientes', sin militancia política previa, y que ni siquiera simpatizaban en un principio con el régimen totalitario y militarista, pudieron adherirse fácilmente y sin mayor esfuerzo a él, como quien se cambia de traje. La moralidad degradada a “costumbres”, los contenidos sustituidos por formas vacías, la esencia cubierta por la apariencia. El mal devenido banal. Hora de abandonar lo superfluo, para poder des-cubrir la realidad.