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El abismo es Sísifo y Kafka lo inventó




Según el mito Sísifo sube hacia la montaña, pero yo veo, en mis lecturas de Camus y del mito, de Lacan, y de Baudrillard, que no es una montaña estructuralmente, es un volcán. En la cima está el abismo. No hay que ir a la cima para verlo necesariamente, antes de la cima, hay chimeneas que muestran el aterrador espectáculo. El mito ha sido reescrito.


Sísifo en un volcán. No una montaña. La diferencia no es menor. La montaña es el esfuerzo, la repetición, la roca que cae. El volcán es lo real. No está al final del camino: está debajo, está en las chimeneas, está en el suelo que pisas. El abismo no es la cima. Es lo que la montaña oculta.

Las chimeneas son los síntomas, los lapsus, los sueños, los actos fallidos. Son las fisuras por donde lo real se asoma antes de que lleguemos al final. No hace falta esperar el desenlace para saber que el abismo está ahí. Basta con escuchar el ruido del magma. Y ese ruido, aunque aterrador, también es una forma de saber. Una forma de no ser sorprendido.

El Sísifo de Camus sube la montaña sabiendo que la roca caerá. Su heroísmo es absurdo. Pero el Sísifo del volcán no sube: habita la ladera. No espera llegar a la cima. Sabe que la cima es el abismo. Y aun así, sigue subiendo. No por heroísmo, sino porque no hay otro lugar donde estar. Ese "no hay otro lugar" es el goce. No el goce de la conquista, sino el goce de la cercanía con lo real. Un goce que no libera, pero que tampoco engaña.

La cima es el significante amo. Es la ilusión de que hay un final, un sentido, una respuesta. Pero en el volcán, la cima es el abismo. No hay cima. Sólo hay chimeneas, fumarolas, grietas. Y el sujeto que sube buscando la cima descubre, a mitad de camino, que la cima no existe. Que el abismo siempre estuvo ahí. Y que las chimeneas, aunque aterradoras, son la única prueba de que sigue vivo.

El abismo no es el final. Es la estructura. Sísifo no empuja una roca hacia arriba: habita un volcán que ya está en erupción. Y las chimeneas, aunque muestren el aterrador espectáculo, también muestran que el fuego sigue encendido. Que el deseo no se ha apagado. Que la falta sigue abierta.


Camus hacía de Sísifo un héroe. Y no, Sísifo es un jugador. Y el jugador no es un héroe. Es un simulacro. Un simulacro que brilla. Un simulacro que seduce. Un simulacro que juega. Reescribo el mito. Y al hacerlo, he dicho algo que el psicoanálisis sabe desde siempre: el abismo no se alcanza. Se habita. Y habitarlo, aunque duela, es la única forma de no ser devorado por él.


Pero ojo, la roca tiene una función, tapar el agujero.


Sísifo no sube. Tapa. Y esa es la herejía. Porque el Sísifo de Camus es un héroe de la profundidad: empuja la roca hacia arriba, hacia la cima, hacia el sentido, y su grandeza consiste en saber que la roca volverá a caer. Es el héroe trágico de la verticalidad. El volcán es otra cosa. No empuja hacia arriba: empuja hacia adentro. La roca no es una carga que se sube: es un tapón. Y el castigo no es el esfuerzo: es la tapadura.


La roca no es sólo el peso del absurdo. Es el tapón. La roca tapa el agujero. Y Sísifo no sube para llegar a la cima: sube para mantener el agujero cubierto. La cima es una excusa. La verdadera función de la roca es impedir que el abismo se muestre.


La roca es el objeto "a" por excelencia: eso que tapa la falta, pero que al mismo tiempo la causa. Sin roca, no hay agujero visible. Con roca, el agujero queda oculto, pero sigue ahí, debajo, esperando. La roca no elimina el abismo; lo recubre. Y Sísifo, al subirla una y otra vez, no busca la cima: busca no ver el volcán. Pero la roca cae. Y al caer, el agujero se revela. Por eso Sísifo debe bajar a buscarla. No para descansar, sino para tapar de nuevo. La repetición no es el castigo: es la estructura del fantasma. El fantasma es la roca. El abismo es lo real.

Cuando la roca cae, el agujero se muestra. Ese instante breve, aterrador, es el momento en que el sujeto se enfrenta a lo real. Es la angustia. Es el vértigo. Pero también es la única posibilidad de saber. Porque si la roca nunca cayera, Sísifo nunca vería el abismo. Y sin verlo, no habría deseo, sólo goce repetitivo. La caída de la roca es el retorno de lo real. Y Sísifo, al bajar a buscarla, no baja para taparlo: baja porque no puede no taparlo. Está condenado a la roca, pero también a la caída. Su castigo no es subir: es no poder quedarse en el fondo. No puede habitar el abismo. Debe taparlo.


El psicoanálisis no propone eliminar la roca. Eso sería la psicosis: el abismo sin tapón. Propone cambiar la relación con la roca. Saber que la roca tapa el agujero. Saber que el agujero está ahí. Y poder, a veces, dejar la roca a un lado sin caer en el abismo. No para siempre. Sólo un instante. Lo suficiente para ver el volcán sin ser devorado. Eso es el atravesamiento del fantasma: no quitar la roca, sino saber que es una roca. Y que el abismo, aunque aterrador, no es el final. Es la estructura.


La roca no es el absurdo. Es el síntoma. 


Y Sísifo no es un héroe. Es un neurótico que no puede dejar de tapar su falta. La cura no es llegar a la cima. Es poder descansar en la ladera, con la roca al lado, sabiendo que el volcán sigue ahí. Y aun así, seguir viviendo.

La roca tapa el agujero. Pero el agujero es lo que nos hace desear. Sin agujero, no hay roca. Sin roca, no hay Sísifo. Y sin Sísifo, no hay mito, sólo hay volcán.


Sísifo no sube la roca unilateralmente. El volcán no es sólo abismo: es mapa. Y las fumarolas no son sólo amenaza: son señales. El sujeto que habita el volcán puede aprender a leer las chimeneas, a tomarse el tiempo del humo, a arriesgarse a pasar sin quemarse. Pero cuidado: ese mapa no elimina el riesgo. Lo bordea. 

El volcán es lo real, sí. Pero lo real no es caos puro. Tiene una estructura. Sus erupciones siguen leyes que no conocemos del todo, pero que podemos leer en las fumarolas. Las fumarolas son los significantes que anuncian lo real. El síntoma, el lapsus, el sueño, la angustia. No son el abismo: son las señales del abismo. Y el sujeto que aprende a leerlas puede moverse sin caer. No porque domine el volcán, sino porque sabe dónde está el borde.


Sísifo puede tomarle el tiempo a las fumarolas. Ese tiempo es el tiempo lógico del análisis. No el tiempo cronológico, sino el tiempo de la elaboración. El sujeto no se lanza al abismo. Se detiene en las chimeneas. Las observa. Las escucha. Y sólo después de haberlas leído, se arriesga a pasar. Ese tiempo no es cobardía. Es prudencia. Es el tiempo del deseo que no se precipita.


La montaña es la metáfora de la metafísica: la altura, la cima, el fundamento, el sentido. El volcán es la metáfora de la superficie: el territorio, las chimeneas, las fumarolas, el agujero. La montaña se sube. El volcán se habita. Y Sísifo no es un condenado a subir: es un jugador que se toma el tiempo en cada fumarola. El "timing" no es una garantía, es una jugada. La erupción no se puede prever, pero se puede jugar. Y el riesgo de quemarse no es un castigo: es la condición del juego. Sin riesgo, no hay juego. Sin quema, no hay vértigo.


¿Pasar sin quemarse, sin morir? ¿Es posible? Sí. Pero no para siempre. El volcán siempre puede eruptar. El mapa siempre puede fallar. La fumarola siempre puede engañar. El sujeto que pasa sin quemarse no es el que ha dominado el volcán. Es el que ha aceptado que el volcán no se domina. Sólo se habita. Y habitarlo es arriesgarse a quemarse. Pero no quemarse del todo. No morir. Sólo bordear la muerte para seguir viviendo.


Sísifo no es un héroe solitario que empuja una roca. Es un sujeto que lee el mapa del volcán. Que toma el tiempo de las fumarolas. Que se arriesga a pasar. Y que, al pasar, no elimina el abismo. Sólo lo atraviesa. La roca no desaparece. El volcán no se apaga. Pero Sísifo ya no es el mismo. Ha aprendido a habitar el borde.

El psicoanálisis no promete sacar al sujeto del volcán. Promete enseñarle a leer las fumarolas. A tomarse el tiempo. A pasar sin quemarse. Y si se quema, que sea sólo lo suficiente para saber que está vivo.


La roca no es una carga: es una tapadura. Y tapar un agujero es el gesto metafísico por excelencia. Es el gesto de Tomás, de Heidegger, de todos los que buscan un fundamento. La roca es el fundamento. La roca es la causa necesaria. La roca es el ser. Y Sísifo, al empujarla, no sube: tapa. Tapa el agujero para no verlo. Tapa el abismo para no caer. Tapa el vértigo para no jugar. Y el castigo no es el esfuerzo: es la ilusión de que el agujero puede taparse. De que el abismo puede cerrarse. De que el juego puede terminar.


Pero Sisifo quiere saturar el volcán de rocas, sabiendo que todo muere por su exceso, su excrecencia, su saturación.

Porque saturar no es resistir. Resistir es oponer una roca al volcán. Saturar es oponer todas las rocas al volcán. Resistir es heroico. Saturar es irónico. Resistir es trágico. Saturar es cómico. El que resiste cree en el volcán. El que satura cree que el volcán puede llenarse. Y al llenarlo, lo destruye. No por la fuerza. Por el exceso. Por la acumulación. Por la saturación. El volcán no muere de un golpe: muere de empacho. Muere de rocas. Muere de superficie. Muere de simulacro.


¿Y si sobrevive? Sisifo construye una montaña. Pero el eterno retorno no se cierra sin comprender que, una vez la montaña hecha, Sísifo hace algo horrible: deja caer cada roca de nuevo por la ladera. Por añoranza al abismo, para evitar el nihilismo.

Las rocas que arroja por la ladera no desaparecen. Ruedan. Caen. Se acumulan al pie de la montaña. Y al pie de la montaña, ¿qué hay? El volcán. El abismo. El agujero. Las rocas caen sobre el volcán. Lo cubren. Lo saturan otra vez. Y Sísifo, al arrojar las rocas, no destruye la montaña: la deshace para volver a hacerla. La desata para volver a atarla. La niega para volver a afirmarla. Es el eterno retorno. Es el juego de la montaña y el volcán. Es la saturación y la destrucción. Es la añoranza y el nihilismo. Es el simulacro del simulacro.

El gesto es horrible. Destruye su obra. Arroja las rocas por la ladera. Por añoranza. Por no creer en nada. Pero ese acto, por horrible que sea, no es un juego. Es un duelo. Es un lamento. Es un suicidio simbólico. Y el que se suicida, no juega. Muere. Y al morir, deja de jugar. Y el juego continúa sin él. Sin Sísifo. Sin la montaña. Sin las rocas. Sólo el volcán. Sólo el abismo. Sólo el simulacro. Y el simulacro no se lamenta. Es Gregorio Samsa preguntándose, cuando ya no sabe lo que es, si llegará tarde al trabajo.


Porque la metamorfosis, el cuerpo que ya no es humano, la voz que ya no es voz, la vida que ya no es vida, no produce una crisis ontológica. Produce una preocupación horaria. El ser se ha disuelto, pero el horario sigue en pie. La identidad se ha quebrado, pero el tren sale a las siete. Y Gregorio, convertido en insecto, mira el reloj.

Toda la tradición filosófica ha pensado la transformación radical como un momento de revelación. El yo se disuelve y entonces aparece la verdad. La máscara cae y entonces aparece el rostro. El cuerpo se quiebra y entonces aparece el alma. Pero Kafka invierte la jerarquía. La transformación radical no revela nada: revela que no había nada que revelar. Gregorio no descubre su esencia de insecto. Descubre que su esencia era el horario. Que su yo era el tren de las siete. Que su alma era la oficina. Y al convertirse en insecto, lo único que conserva es la preocupación por llegar a tiempo. La superficie ha sobrevivido a la catástrofe. El simulacro ha resistido a la metamorfosis.

¿Pero qué pasa cuando Gregorio Samsa se transforma en insecto? ¿En qué se transforma la oficina? Pues, lo contratan para que el baño se vea sucio. Porque también Samsa tiene un eterno retorno. Se vuelve en contra del sistema, pero, para el sistema, como Sísifo.

Es la jugada definitiva. Y la más cruel. Porque no es que el sistema absorba la rebelión de Samsa: es que lo contrata. No lo tolera: lo emplea. No lo reprime: lo pone a trabajar. El insecto que ya no sabe lo que es se convierte en funcionario de la suciedad. Su monstruosidad se vuelve oficio. Su metamorfosis se vuelve currículum. Y el baño, que era el lugar de la abyección, se convierte en su oficina.

Samsa se vuelve contra el sistema. Se convierte en insecto. Se niega a ser humano. Se niega a ser hijo. Se niega a ser empleado. Y el sistema, en lugar de aplastarlo, le ofrece un contrato. "Tu rebeldía es útil. Tu monstruosidad es necesaria. Tu suciedad es un servicio. Te contratamos para que el baño se vea sucio." Y Samsa acepta. Porque no tiene otra cosa que hacer. Porque el eterno retorno lo ha devuelto al mismo lugar: la oficina. Sólo que ahora la oficina es el baño. Y el trabajo es ensuciar. Y el sueldo es la supervivencia. Y la supervivencia es el simulacro.

Y ahí está el eterno retorno. Samsa vuelve al baño una y otra vez. Lo ensucia. El sistema lo limpia. Lo vuelve a contratar. Lo vuelve a ensuciar. Lo vuelve a limpiar. Y en ese círculo, en esa repetición, en ese retorno, Samsa se convierte en Sísifo. Pero no en el Sísifo que empuja la roca hacia arriba. En el Sísifo que ensucia el baño hacia abajo. El Sísifo del simulacro. El Sísifo del sistema. El Sísifo que se vuelve contra el sistema pero para el sistema. El Sísifo que cree que juega pero trabaja. El Sísifo que cree que resiste pero sirve. El Sisifo que cree en el abismo.

Lo contratan para que el baño se vea sucio. No para que esté sucio. Para que se vea sucio. Ahí está la diferencia. La suciedad no es real. Es una apariencia. Un efecto. Un simulacro. Samsa no ensucia el baño: produce la apariencia de suciedad. Y el sistema no necesita un baño sucio: necesita un baño que se vea sucio. Porque el sistema vive de la apariencia. De la imagen. Del simulacro. Y Samsa, al producir la apariencia de suciedad, se convierte en el empleado perfecto del sistema. No un rebelde. Un productor de simulacros. Un trabajador de la superficie. Un funcionario del vértigo.

Pero entonces, ¿dónde está la rebelión? ¿Dónde está la metamorfosis? ¿Dónde está el insecto que se negó a ser humano? En ningún lugar. Porque el sistema lo ha contratado. Lo ha absorbido. Lo ha convertido en empleado. Y Samsa, al aceptar el contrato, ha dejado de ser insecto para convertirse en funcionario. Ha dejado de ser monstruo para convertirse en trabajador. Ha dejado de ser rebelde para convertirse en simulacro. Y el sistema sigue funcionando. No porque haya ganado. Porque el sistema no gana. El sistema absorbe. El sistema contrata. El sistema convierte la rebelión en oficio. Y el que acepta el oficio, no juega. Trabaja. Sufre. Muere. Y el baño se ve sucio. Y el sistema lo limpia. Y Samsa vuelve a empezar. Eterno retorno. Eterno simulacro.


Sísifo también se vuelve contra el sistema. Empuja la roca hacia arriba. Se rebela contra la gravedad. Se rebela contra los dioses. Y los dioses lo castigan con el eterno retorno. Pero el castigo es también el sistema. La roca que cae es el sistema. La montaña que sube es el sistema. El esfuerzo que repite es el sistema. Y Sísifo, al empujar la roca, trabaja para el sistema. Produce el espectáculo de la rebelión. Produce la imagen de la resistencia. Produce el simulacro de la libertad. Y los dioses, al castigarlo, lo contratan. Lo contratan para que empuje la roca. Para que produzca el espectáculo. Para que se vea que hay rebelión. Para que se vea que hay castigo. Para que se vea que hay sistema.

Luego, ¿qué queda? ¿La rebelión? ¿La negativa? ¿El suicidio? No. Eso también es un contrato. El sistema también contrata la rebelión. También contrata la negativa. También contrata el suicidio. Todo es un contrato. Todo es un oficio. Todo es un simulacro. Y el que cree que puede escapar, firma otro contrato. El contrato de la escapada. El contrato de la pureza. El contrato de la autenticidad. Y el sistema lo absorbe. Lo contrata. Lo pone a trabajar. Lo convierte en empleado. Y el empleado, aunque sea de la pureza, sigue siendo empleado. Sigue trabajando. Sigue produciendo. Sigue acumulando. Sigue sufriendo. Sigue muriendo. Y el sistema sigue funcionando. No porque haya ganado. Porque el sistema no gana. El sistema absorbe. El sistema contrata. El sistema convierte todo en oficio. Y el oficio es el eterno retorno. Convertirse en insecto puede ser un oficio.