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    De la soberbia.

    Los antiguos la llamaban Hybris, diosa de una desmesurada insolencia y carente de toda moderación, quien acostumbraba pasar la mayor parte del tiempo entre los mortales, a quienes solía contagiar sus caracteres presuntuosos, injustificadamente engreídos, pretenciosos y, a todas luces, ignorantes, si es verdad que, como solían afirmar sus grandes poetas y filósofos, mientras mayor sea la vanidad menor será la virtud. Porque la divinidad, como observa Herótodo, fulmina a quienes presumen demasiado y suele abatir a todo lo que descuella en demasía. Hybris es, pues, la representación griega de los presupuestos y de las acciones de los hombres que pretenden, sin merecerlo, ser iguales o incluso superiores a los dioses. Es el orgullo insolente, el celo ardiente de las pasiones, de los intereses o de las ambiciones desbordadas, cuyos lados, a la vez particulares y generales, suelen constituir los móviles del quehacer humano, especialmente en tiempos de crisis. Pronto, tarde o temprano, el destino termina dando cuenta de la soberbia devenida insensatez. La Teogonía de Hesíodo relata cómo, una tras otra, las distintas épocas por las que ha discurrido la humanidad fueron condenadas por su propia soberbia. Es de Hegel el adagio según el cual cada quien se labra su propio destino: “Ora et labora: ruega y maldice”.

    A propósito de Hegel, en un pasaje de la Estética señala que “los hombres pueden llegar a sentir terror ante el poder de lo infinito y absoluto”, pero, agrega: “A lo que realmente deberían temer es al poder moral, que es el destino de su razón libre y, al mismo tiempo, el eterno e inviolable poder que levanta en contra suya cuando se vuelve contra ella”. La gran enseñanza que dejará la ya inminente intervención de la autonomía universitaria será la confirmación de estas palabras de Hegel, sobre todo para aquellos necios y pusilánimes, dispuestos a participar sumisamente en cualquier elección que paute y ordene el narcorrégimen de usurpación, y no en las que por ley y constitucionalmente corresponde. Los mismos que, además, consideran que los autores clásicos poco o nada tienen que decirle al presente, cuando, precisamente, no hay ni autores ni pasado que no sean, en realidad, lo más presente que hay, porque, como dice Benedetto Croce -y vale la pena repetirlo hasta la saciedad, de ser necesario- toda historia no puede no ser sino historia contemporánea. Es el problema esencial de la soberbia, por más que trate de ocultarse tras una falsa humildad: el de no saber escuchar, porque presupone que no necesita saber quien todo lo sabe. Y es aquí donde se pone en evidencia su ignorancia, porque quien cree saberlo todo o es un dios -y es evidente que este no es el caso- o es un ignorante, como en efecto. Y es que la ignorancia produce este pésimo efecto: no acepta las cosas de las que se cree provisto. La ignorancia carece de modestia.

    La soberbia -como dice Spinoza- “es una alegría que brota de que el hombre se estima en más de lo justo, opinión que el soberbio se esforzará cuando pueda en mantener; y de esta suerte, los soberbios amarán la presencia de los parásitos o aduladores, y huirán de la presencia de los generosos, que los estiman en lo justo”. Y dice más: “Los soberbios están sujetos a todos los afectos (y, por cierto, a los del amor y la misericordia menos que a ninguno). Pero no debemos silenciar que también se llama soberbio a quien estima a los demás en menos de lo justo, y, en este sentido, la soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se juzga superior a los demás. Y la abyección contraria a este género de soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se cree inferior a los demás. Concebimos fácilmente que el soberbio sea necesariamente envidioso y que experimente un odio mayor hacia quienes más son alabados a causa de sus virtudes. Su odio hacia ellos no puede ser fácilmente vencido con el amor, ni haciéndole un beneficio, y solo se deleita con la presencia de los que siguen la corriente a su impotente ánimo, y de tonto lo convierten en loco”.


    Mal de muchos, consuelo de tontos. La prepotencia suele acompañar a los menos preparados, a quienes no quieren comprender. Sospechan que detrás de todo posible intento de comprensión siempre existirán segundas intenciones, con lo cual ponen de manifiesto no una docta ignorancia, sino, más bien, la crasa ignorancia de una lastimosa sociedad que se ha colmado de dientes rotos. Los escenarios de la soberbia parecen multiplicarse. La figura de Chávez -réplica, a su vez, de la mediocridad caudillesca, incivilizada y corrupta que se hizo del poder al culminar la guerra de independencia- ha terminado por convertirse en un modelo platónico, hiperuránico, “digno” de ser imitado. Todo funcionario público pareciera llevar un pequeño Chávez por dentro. Muchos se le enfrentan, algunos logran conjurarlo, pero la mayoría cae rendida ante sus tentaciones. Se es más o menos Chávez en la misma proporción del tamaño de cada soberbia, es decir, de cada ignorancia. La procesión va por dentro. Asediada por un tribunal ilegítimo que, como parte del malandraje, funge de monumento a la sumisión ante el malandraje, por una Asamblea Nacional más preocupada por lavarse el rostro que por cumplir cabalmente con su compromiso de legislar en materia académica, por un gremio profesoral ya sin ideas, trasnochado de populismo y carente de poder de convocatoria, y por una comunidad académica exhausta, que piensa más en cómo resolver el día a día que en las intangibles bondades de las glorias del ideal autonómico, la mesa parece estar servida para que el banquete de la barbarie lance el zarpazo final. El resto de la comunidad solo aguarda el momento indicado para prender sus velas en el entierro de los restos de la Academia. El régimen sonríe, y en nombre de una ficticia y deformada representación de la democracia universitaria, aprovecha el momento de las inoportunas, pero sobre todo, incomprensibles fracturas. La soberbia no permite ver más allá de la punta de la nariz, y se traduce en el monólogo del miedo. Se dice y no se sabe, se sabe y no se dice. Una inmensa torre de Babel rompe la dignidad sobre la cual se erigió la más antigua institución del país. Hybris, como todos los dioses clásicos, tiene en sí misma el germen de su ocaso.

    @jrherreraucv

    El próximo pueblo

    A mi hermano de, la vida

    Henry Collet Camarillo

    Juan Nuño cruzado de manos, escéptico.

    Juan Nuño fue el más ilustre, conspicuo y polémico representante del escepticismo lógico en Venezuela. Agudo y punzante, inteligente y satírico, nadie puede poner en duda -nisiquiera el propio Nuño, quien habituaba ponerlo todo entre signos de interrogación- ni su densa y sólida formación filosófica ni la decisiva importancia que ha tenido su contribución para el quehacer filosófico contemporáneo, tanto en hispanoamérica como, especialmente, en el país que escogió para emigrar desde su España natal apenas con una veintena de años, para hacerse discípulo de Juan David García Bacca, de quien no sólo recibió el pléroma -esa unidad primordial- de la filosofía clásica antigua, sino el riguroso dominio de la lógica formal y de la filosofía de la ciencia. Después vinieron Cambridge y el positivismo lógico, la Sorbona y el existencialismo de Merleau-Ponty, Suiza y las enseñanzas de Bochenski. La época dorada de la filosofía en Venezuela pasa, de modo inevitable, por la tonalidad incandescente que le brindaran los tropos del escepticismo de Nuño, esa doctrina -ciertamente, mordaz- que considera que no existe ningún saber firme ni ninguna opinión definitiva. Pero además, y como afirmara Jesús Sanoja Hernández, “Nuño intentó bajar poco a poco desde las alturas de la filosofía a las tierras llanas de la polémica cotidiana”. Y es que es eso lo que, precisamente, transforma al catedrático de filosofía en auténtico filósofo, teniendo o no la razón siempre de su lado.

    En algún artículo de opinión, Juan Nuño dejó claro que Venezuela, a diferencia de otras regiones más transparentes, nunca había tenido la mayor importancia para el imperio español. No era un virreinato sino, apenas, una capitanía general y, en última instancia, un lugar de paso, un puerto de entrada ubicado al norte del sur del continente. Un puerto, con todas las implicaciones que el término sugiere. Una puerta, un portal, un toc-toc. La puerta de los gallos (portu-galia) del Caribe. El desprecio -y, más bien, el reconcomio político- de los españoles del Renacimiento frente a Portugal marcó el destino de Venezuela, cuyo nombre de pila, por aquello de los palafitos, ya llevaba inscritos los caracteres de la poca monta: una Veneci-ucha, una Vene-zuela: la zuela de Venecia. Según esta descripción, Venezuela, incluso antes de nacer, comporta los signos de la decadencia. Su bautismo revela un reflejo especular, la imagen invertida de su referente europeo. Es la extensa llanura, aguas abajo, del virreinato de la Nueva Granada. La casamata desde la cual se puede resguardar la vastedad de las playas caribeñas, ya desde entonces, plagadas de piratas ingleses, holandeses, franceses, entre otros, pero no el lugar estratégicamente indicado para la fundación de la capital imperial en los nuevos territorios que se iba anexando.

    Al liberarse definitivamente del dominio monárquico español, Bolívar, venezolano y caraqueño, no pensó en su terruño como la capital de la nueva república independiente sino, por cierto, en Santa Fe de Bogotá, la antigua capital del virreinato de la Nueva Granada. Allá estaba la ilustración, la cultura, la educación, la institucionalidad, en fin, como él decía, “la universidad”. Venezuela era el “cuartel” y Ecuador el “convento”. Por eso se convirtieron en los otros dos Departamentos de “Colombia la grande”, como el Libertador -inspirándose para ello en la Colombeia de Francisco de Miranda- solía denominar a la nueva nación. Al producirse la ruptura y tener lugar en Valencia la fundación de la República de Venezuela, la incipiente conciencia comienzó a construir y destruir -una y otra vez- su propio artificio. Si, por un lado, con el doble triunfo obtenido -el haberse independizado de la monarquía española y el haberse separado del antiguo centro político y cultural neo-granadino- el pueblo venezolano parecía haber llegado a su más alta cumbre, por el otro, iba dando rienda suelta a sus determinaciones interiores. Y al volverlas hacia afuera se iban poniendo en evidencia sus discordias. Ya no estaba en lucha contra sus anteriores opresores, pero al cumplir la misión y llegar al goce de sí mismo, comenzó a reproducir dentro de sí la oposición que acababa de anular. La progresiva descomposición interna fue la inmediata consecuencia de su victoria. Y, así, el final de la tiranía exterior puso en evidencia la presencia de la tiranía que se llevaba por dentro. Ya no había tensión hacia afuera, pero ahora se ponía de manifiesto la descomposición interna. Su más alta cumbre terminó por dar inicio a su decadencia. Como podrá observarse, la geografía no es tan sólo el “estudio de la tierra”, sino que precisamente por ello es historia viva.

    Adel paréntesis democrático, que durante cuatro décadas hizo florecer a un pueblo que parecía encaminarse finalmente hacia su civilidad, conducido de la mano por sus instituciones universitarias, las reiteradas convulsiones orgánicas y la inclinación mórbida por la autoflagelación parecen ser sus constantes. Son los reflejos de un reflejo, las ruinas circulares de un inmenso fractal de odios y venganzas contra sí mismo. Un espejo roto y enterrado en la arena sangrante. Una constante que, por estos días, pareciera no ser exclusiva de la multitud venezolana. Es tiempo de que esta ficción de la conciencia natural se termine. Para superarse a sí misma, Venezuela no puede “volver a ser lo que fue”, ni debe “salvarse” nada en ella. El “como éramos antes” es parte de la ficción. Sólo queda reinventarse y rehacerse o, más bien, re-crearse. No era difícil adversar el entendimiento de Nuño desde el historicismo filosófico, pero era fácil reconocer el correcto ejercicio de sus refutaciones. Quizá Nuño no llegara e tener plena conciencia de las implicaciones contenidas en su negación del mito venezolano. Pero, en todo caso, conviene advertir que es en virtud del escepticismo que el espíritu se pone en condiciones de examinar lo que es verdad, haciéndolo desesperar de sus propias representaciones. Quizá sea este, como dice Hegel, “el camino de la duda y la desesperación”. Pero es el único camino capaz de hacerle saber a los muertos que tienen la obligación de enterrar a sus muertos.

    Por José Rafael Herrera 
    @jrherreraucv

    El imperio del entendimiento

    El imperio es algo sectario.
    Las luchas del entendimiento.



    Se sabe que la cadencia andaluza floreció y extendió sus raíces a lo largo de las costas venezolanas bañanadas por las olas del mar Caribe, bordeando la magia de las luces incandescentes del sol de la costa oriental, hasta penetrar las blancas arenas y los cardonales, incorporándose a la exuberante selva de la geografía tropical. Decía Hegel que el paisaje marino es el paisaje característico de la libertad. Muy pronto, más pronto de lo esperado, el 'palo' flamenco español se hizo indio y negro también para devenir 'polo', del cual el margariteño o neo-espartano es, si no la más acabada, una de sus manifestaciones estéticas más depuradas y ricas. Hay un 'polo' en particular cuyas primeras letras recogen el significado de lo que, según Kant, configura el itinerario por el que debe transitar nada menos que la arquitectónica de la Razón Pura, desde la estética trascendental, pasando por la analítica, hasta adentrarse en las aporías de la razón. Es el que dice: “el cantar tiene sentido, el cantar tiene sentido, entendimiento y razón”. Es verdad que el entendimiento es el gran diseñador de las conquistas de la sociedad contemporánea. Pero también es verdad que, a causa de sus manías distintivas y regulatorias, ha contribuido decididamente en la construcción de diques y férreas alcabalas, de “controles”, entre la estética y la dialéctica trascendentales, entre lo sensible y lo inteligible, entre el ser y el pensar, entre el creer y el saber, transmutando la fantasía estética en un “instructivo para el usuario” y la fuerza de la razón en acto de revelación mística del lejano más allá.

    Una nación se sustenta sobre un proyecto -cabe decir, sobre ideas y valores- de común historicidad, no sobre un “plan” del cómo se hace, así se le llame del “país” o de “la patria”. Y mucho menos sobre la vergüenza de una caja de alimentos o de las bonificaciones de la ganga populista. Ya nada extraña en la era de la hegemonía de la cultura reggaetón. Y ya nisiquiera parece que “el cantar” del viejo 'polo' pueda guardar algún sentido. Lo que las abstracciones del entendimiento toca se mutila y diseca. Reflexivo y duplicador como es, el entendimiento convierte el rostro en ficción y la ficción en rostro. A consecuencia de su predominio, los bosques son leña y la selva amazónica es “arco minero” y cenizas. A partir de sus intervenciones, las imágenes son cosas que tienen ojos pero no ven, oídos que no oyen y el tacto figura sentir lo que no siente. Hace siglos dejó de ser intelligere para devenir big brother, en este caso, pintado en negro sobre fondo rojo. En fin -al decir de Hegel-: “como los ideales no pueden ser tomados en la realidad completa propia del entendimiento como troncos y piedras, se les convierten en ficciones, y toda relación con ellos aparece como un juego insustancial o como dependencia de objetos y como superstición”.

    Contrapuestos como si se tratara de dos absolutos, lo finito -el día a día- limita lo infinito -la idea concreta del Ethos-, poniendo entre paréntesis su infinitud, mientras lo infinito, a su vez, niega lo finito, haciéndole desaparecer day after day. En una expresión, contrapuestos como dos cosas distintas, incapaces de reconocerse recíprocamente, ni lo infinito es infinito ni lo finito puede llegar a subsistir. Todo es un “periódico de ayer”. El entendimiento ha obrado: ha preparado el terreno de la insustancialidad, propicio para el surgimiento del miedo y la esperanza, que se traducen en la vida tutoreada, el lenguaje vacío, la disfuncionalidad burocrática y el control mecánico del más mínimo gesto. Formas vaciadas de contenido, pero puestas en su lugar, usurpándolo. Moldes, patrones, esquemas, “modelos” carentes de vida. La corrupción del alma se objetiva como el alma de la corrupción, mientras van quedando en evidencia la pobreza material y espiritual de todo y de todos. Es el recuerdo de lo que fue y la nada de lo que va siendo. Pero la nada como estiercol del entendimiento, cuya mayor alegoría se ha objetivado en la muerte de centenares de niños en los hospitales, en la tortura y el asesinato de presos políticos, en la absoluta insignificancia del salario, en la humillación del “carnet de la patria”, en el ardid del censo nacional, en la intervención de la autonomía de las universidades. En fin, en la violación fehaciente de los más mínimos derechos humanos. Es Boves vestido de catedrático. Y es que el chavismo o, más específicamente, la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela, es hijo -quizá ilegítimo y deforme, pero hijo a fin de cuentas- del entendimiento abstracto. No salió de la nada: salió de las universidades y de las academias militares conducidas, precisamente, de sus torcidas y malformadas manos. El imperio del entendimiento es la consagración del reino de la barbarie. 

    Se engañan quienes -siguiendo los manuales de texto, los diccionarios o las enciclopedias, por más prestigiosos que estos instrumentos puedan presentarse en la web- definen al entendimiento como “la facultad de pensar” que, ciertamente, en algún determinado momento de su desarrollo histórico tuvo, pues, como dice Hegel, en entendimiento sin la razón es algo. En realidad, su origen, más que griego o latino, es hebreo y quizá sea éste su significado de mayor incidencia en la actual vida cotidiana, pues, en efecto, bin traduce separar o distinguir. Y es por cierto esta la función característica del entendimiento: la separación y fijación del sujeto y del objeto. Fue obra de la teología filosofante, durante el medioevo, la traducción del griego nous -el pensamiento mismo- por la de intellectus -entendimiento-, por lo cual, desde sus orígenes, el entendimiento se encuentra indisolublemente vinculado con los dogmas constitutivos de la fe positiva. La separación y elevación del reino de los cielos -del deber ser- por encima de las relaciones sociales -del ser- es, de hecho, idéntica a la separación y elevación del reino de las formas cognoscitivas por encima de la realidad. Una vez más, lo infinito es colocado de una parte y lo finito de otra. Y así como el bien se coloca del lado de los “fieles” de una determinada secta y el mal del lado de sus detractores, la verdad se pone del lado de los seguidores de la secta de los esquemas e instrumentos “cognitivos” y lo falso del lado de aquellos que se atreven a refutarlos. La “lógica” -maniquea, por donde se le mire- es la misma. Y, como es la misma, aplica para todos los unos y todos los otros. Se encontrará al infiel sosteniendo los mismos argumentos del fiel, sólo que invertidos, y a la inversa. Es así como la totalidad orgánica es sustituida por una multiplicidad infinita e insustancial, aunque sumamente peligrosa, dada su cercanía con el inevitable conflicto.

    Con razón, Spinoza hablaba de la necesidad de reformar el entendimiento. Lo que el gran Aristóteles le atribuyó, vale decir, “saber leer” el sustrato prescindiendo de las particularidades externas, se fue transformando en un “saber leerse”, dado que el “lector” terminó por transfigurarse en el propio sustrato. No hay causas, y si las hay no vienen al caso. Solo cuentan los efectos. No hay ni un qué ni un por qué. Sólo importa el cómo, el resto no se discute. La sensibilidad y la razón quedaron sometidas a su voráz tutelaje. El triunfo del imperio del entendimiento es, a la vez, la mayor derrota propinada al pensamiento y, con él, a la libertad.

    Por José Rafael Herrera@ / jrherreraucv
     
       

    La lección de Unamuno.

    Lección de Unamuno.



    Don Miguel de Unamuno solía decir que la obra de Hegel es “el álgebra del universo” y que, junto con Platón, había tejido “los más grandes poemas, los más verdaderos, del más puro mundo del espítitu”. No obstante, en su obra no hay un estudio sobre el pensamiento de Hegel. No está expuesto de modo explícito sino que, más bien, se le encuentra implícitamente. Claro que, de vez en cuando, al referirse al gran pensador alemán, utiliza expresiones que delatan sus inclinaciones: “mi maestro Hegel”, “el Quijote de la filosofía” o “aprendí alemán en Hegel, en el estupendo Hegel, que ha sido uno de los pensadores que más honda huella han dejado en mí”. Y sin embargo, el implacable Unamuno no podía perder la ocasión para compararlo, alguna vez, con el barón de Münchhausen, “quien quería sacarse del pozo tirándose de las orejas”. Lo cierto es que, como todo buen discípulo, Unamuno supo nutrirse del pensamiento hegeliano para, conservándolo, seguir el compás de su propio pensamiento. Hay quienes desde su ignaro patetismo sociológico, marcadamente arrastrado por un positivismo y un pragmatismo ramplones, consideran que las citas o referencias textuales de los grandes pensadores de otros tiempos son un vano intento escolástico que, a lo sumo, invoca la autoridad de “el reino de las sombras”, sin detenerse a pensar que subestiman las potencias del pasado. Nada saben de Aristóteles ni de Maquiavelo. ¡Si supieran que fue sobre los empedrados de dicho reino que se escribió nada menos que la Crítica de la economía política!



    No pocas veces, los apologetas de la modernidad muestran ser bastante poco modernos. Y no pocas veces los llamados post-modernos suelen ser excesivamente pre-modernos. “Quien no ha aplicado en su vida más que un sólo procedimiento -observa Unamuno-, no tiene experiencia ni aún de él”. Y es que para la filosofía, como para la vida misma, las construcciones, los grandes aportes o contribuciones, no son posibles sino sobre la base del diálogo con las enseñanzas heredadas de los maestros del pensamiento. Porque, en materia filosófica, pensar el für sich -el para sí mismo- siempre será un encuentro con el für uns -el para nosotros. La obra de un día no es sino el resultado de la paciente labor de los siglos. La filosofía es, en efecto, historia y nada más que historia. Pero la historia no es ni un museo de cera ni un tanatorio, como tampoco una mera referencia anecdótica del pasado, según la creencia de algunos -incluso- respetables académicos: es, siempre, historia contemporánea, la cabal enseñanza del aquí y ahora. Es, pues, lo contrario de “la ciencia oficial o enjaulada”, de la “ciencia hecha” que le resultara tan deleznable a Unamuno: “con sus dogmas, sus resultados, sus conclusiones, sean verdaderas o falsas, es todo menos lo vivo, porque lo vivo es la ciencia in fieri, en perpetuo y fecundo hacerse, en formación vivificante. Las conclusiones frente a los procedimientos, el dogma frente al pensamiento. Es el gato en el plato en vez de la liebre en el campo”.

    Una universidad obligada a repoducir conocimientos sin producirlos, sin innovarse de continuo, condena el desarrollo de toda la sociedad. Pero una universidad que se autoimpone la reproducción del conocimiento como única meta no es una universidad sino una vergüenza. El objetivo principal de las universidades no consiste tan sólo en egresar profesionales “competentes”, sino esencialmente en resolver, con base en el resultado de sus investigaciones, los grandes problemas que aquejan a la sociedad en sus más diversos ámbitos. Por eso mismo, los profesores universitarios no pueden ser calificados ni como “docentes” ni, mucho menos, como “trabajadores y trabajadoras universitarios”. Sin investigación y extensión, las universidades se convierten en liceos o, en el mejor de los casos, en institutos universitarios. Pero con ello desaparece el sacerdocio que las sustenta. No sólo se trata de egresar profesionales y “especialistas” de calidad, sino de mantener el cultivo diario, in fieri, del saber. Porque, ¿cómo podrían formarse profesionales de calidad sin que a lo interno progrese la enseñanza como fruto de la investigación y la extensión? Una universidad burocratizada, de mera “nómina”, no es tan solo una infamia: es una abominación. Esta, en sustancia, la lección de Unamuno para un presente en bucle, para un aquí y ahora que parece repetir los errores que, una vez objetivados, alentaron el terror de la barbarie que terminó por conducir a su España natal a la guerra civil y, con ella, a su autodestrucción.



    El tres veces Rector de la Universidad de Salamanca, el hegeliano cuya idea filosófica se explaya a lo largo y ancho de su obra literaria, no solo fue testigo presencial de la crisis orgánica de su tiempo sino, además, una de sus más representativas víctimas: “En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel, debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con cierto sustrato patológico-corporal, las inauditas salvajadas de las ordas rojas excedían toda descripción. Y dan el tono no socialistas, ni comunistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, excriminales natos sin ideología alguna, que van a satisfacer feroces pasiones atávicas. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. España no debe estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera, puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Triste cosa sería que el bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo”.





    Así estaba su pobre España, tal como hoy está la pobre Venezuela: desangrada, arruinada, envenenada y entontecida. Como nunca antes, la lección de Unamuno está abierta. Estudiarla y comprenderla es estudiarse y comprenderse. El reclamo de Unamino por el hundimiento de la inteligencia universitaria es la premisa para el hundimiento en la más cruenta de las barbaries de la sociedad. La pretendida horizontalización de las universidades no sólo anuncia su definitiva ruina en manos de la quincalla populista, sino que, como su consecuencia directa, el país entero quedará sumergido en la peor mediocridad borreguil, tan grata a los gansters que administran el narco-terrorismo en Venezuela y que ponen en riesgo la propia civilización occidental. Junto a Unamuno, los universitarios venezolanos libran la que tal vez sea su batalla más importante: la de resistir, bajo las peores condiciones de vida, la brutal arremetida de la barbarie. La fuerza bruta vence, pero no convence, decía el filósofo. Porque convencer significa persuadir y para persuadir es necesario tener razón y derecho. Las tiranías no lo tienen. El búho de Minerva inicia su vuelo al caer las primeras luces del día. Por eso mismo, y al final, la universidad resurgirá de sus cenizas y, una vez más, vencerá la sombra que va dejando a su paso la estupidez.

    Untergang

    Destrucción por drogadicción.


    Decía Heidegger, en un bello ensayo sobre Hölderlin y la esencia de la poesía, que el alemán es el idioma propicio de la filosofía. El traductor de dicho ensayo al español fue Juan David García Bacca, cuyos méritos en materia filosófica no son precisamente pocos. La densa y extensa contribución de García Bacca al pensamiento contemporáneo abruma. Eso sin agregar que se trata del maestro indiscutible de la filosofía en Venezuela, siendo, además, uno de los primeros Decanos de la Facultad de Humanidades y Educación y el fundador del Instituto de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Sí, de esa Casa de Luz que en otros tiempos, más felices, fuese una referencia mundial, no sólo de los estudios filosóficos, por cierto, y que hoy ha sido objeto de la peor saña -premeditada y alevosa- por parte de la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela. El maestro García Bacca tradujo el texto de Heidegger, en efecto. No obstante, hizo la advertencia de que si bien la lengua de Lutero vindica efectivamente el discurrir filosófico, la lengua de Cervantes nada tiene que envidiarle y de nada puede sentirse avergonzada a la hora de dar expresión y plasticidad al pensamiento.

    En todo caso la palabra Untergang es, como casi todas las construcciones del idioma alemán, una intersección, un encuentro entre las múltiples calles por las que transita el decir del ser. La preposición Unter significa “por debajo”, mientras que el sustantivo Gang significa “curso”. Se trata de la inclinación del curso de las cosas, de su progresivo de-caimiento, de su hundimiento o caída. En una expresión, es la cadencia de lo que declina, la de-cadencia. Como se podrá observar, la lengua alemana invita a pensar. Y es probable que haya sido esto -la invitación a pensar- lo que tanta irritación causara a los cartesianos frente a cierto napolitano hispanizado de nombre Giambatista Vico, cuya extraordinaria inteligencia estética solía introducir, una y otra vez, las más diversas voces griegas y latinas en las semovientes aguas del río del Oscuro Heráclito, hasta hacerlas confesar la flexión inherente a sus más íntimas verdades. Vico fue en su tiempo -como Heidegger o García Bacca en el suyo- un deconstructor de la rigidización del verbo, en manos de los intereses de la vil canalla metodologicista.

    La decadencia de Occidente -Der Untergang des Abendlandes-, de Oswald Spengler, es uno de esos ensayos de filosofía de la historia que obligan a repensar con sentido enfático la cadencia-de este menesteroso presente. Es verdad que el filósofo alemán -lo mismo que su contemporáneo, Heidegger llegó a sentir sincero entusiasmo por el movimiento fascista. Pero no menos cierta fue su abierto rechazo del nacional-socialismo alemán y del bolchevismo ruso -según él, los más grandes fraudes políticos de todos los tiempos-, al punto de que su temprana muerte dejó abierta la sospecha de un asesinato político. (Curiosamente, en la vieja Escuela de Filosofía de la UCV, quien mayor empeño hacía en citarlo y recomendar con entusiasmo su lectura era el maestro J.R. Núñez Tenorio, a quien los pegadores profesionales de estampillas suelen juzgar sin haber conocido tan siquiera un poco).

    Spengler tuvo el honor de administrar por años el Archivo Nietzsche, y denunció la manipulación de los textos nietzscheanos acometida por el nazismo. Fue un apasionado seguidor de Goethe y Schopenhauer. De ellos recibió la idea de la existencia de formas universales inmanentes a los acontecimientos históricos específicos, suerte de macroestructura sobre la cual van fluyendo los llamados “hechos” de la historia, cuyo movimiento circular va en la misma dirección que las agujas del 'eterno retorno' nietzscheano. Las primeras tonalidades grises del amanecer de la humanidad, tarde o temprano, terminan entregándose a los brazos de las sombras del atardecer, del Dämmerung o crepúsculo, desde donde volverá a surgir el nuevo ciclo. Todo está isomórficamente conectado. Si el alba surge en el Oriente y, llegado un determinado momento, alcanza su climax fáustico, la cadencia del circunstancias lo conducirá hasta el inevitable ocaso del Occidente, a su Untergang. La traducción literal de Abendlandes, Occidente, es “la región nocturna”. Pues bien, llegado el anochecer, la humanidad se encuentra con su destino y alcanza su decadencia.

    Decía Hegel que América era la región (das land) del por-venir. “El futuro -observa Ortega y Gasset- se aloja en el absoluto pretérito que es la pre-historia natural”. En todo caso, conviene preguntarse si dentro de las actuales circunstancias, de los “hechos” que parecieran conducir directamente a la decadencia de la civilización occidental, cabría la posibilidad de incluir los horrores del proyecto trazado por el narco-tráfico, después de la creación del cartel paulista. En nombre de un socialismo deformado y pervertido -tumoroso desde sus cimientos-, se promueve la intoxicación e inminente estupidización de lo que va quedando del anunciado porvenir. Occidente está, en efecto, siendo intoxicado y se encuentra cada vez más enfermo. Y mientras eso ocurre, los narcos amasan ingentes sumas de dinero, con lo cual su poderío crece cada vez más. Muy probablemente, el narcotráfico sea la mayor fuente de riqueza en la actualidad. Y es evidente que la complicidad desde las altas esferas del poder global tiene que ser inmensa. La cadencia del narco-tráfico anuncia la decadencia de Occidente.


    Los grandes imperios de la historia han caido por causa de sus vicios. El Espíritu del mundo yace tirado sobre el polvo que, esta vez, no solo muerde sino inhala. Desde Cuba, Fidel Castro concibió y gestó el plan. Y aguardó el momento oportuno. La vuelta de Chávez al poder, después de aquél funesto golpe del 11 de Abril y del llamado “paro petrolero”, le permitió a Castro encontrar su brazo ejecutor. De ahí en adelante, no fue “la espada de Bolívar” la que comenzó a recorrer la América Latina , sino la gran industria de la cocaína y sus derivados, una auténtica amenaza, un monstruoso sistema industrial con todas las etapas o estaciones requeridas, desde la siembra de la “materia prima” hasta su distribución y comercialización a escala mundial, con conexiones y filiales en las más diversas regiones del planeta. Oriente, desde la lejanía, sonríe. La nueva versión del Caballo de Troya ha penetrado las murallas de Occidente, con su venia. El resto es cuestión de tiempo. Porque la diferencia es que, esta vez, Troya arderá por dentro, desde sus entrañas, hasta implotar. Un poderoso movimiento subversivo y terrorista se ha hecho de las herramientas organizacionales de la mafia. La praxis política ha devenido cartel internacional y su centro de operaciones está ubicado en Venezuela, estratégicamente entre la América del Norte y la América del Sur, justo en el corazón de América. Y desde ella, sometida, secuestrada y mancillada por el cartel, se trabaja día a día en función de conquistar su principal objetivo: la caída -Der Untergang- de Occidente.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Madame Heller.

    Agnes Heller


    Todo el que posea una mínima formación filosófica contemporánea, por más intermitente que ésta sea, no podrá poner en duda los alcances de la gran contribución hecha por Georg Lukács a la recuperación del pensamiento dialéctico, constitutivo del historicismo filosófico. Entre los ensayos que componen su densa y dilatada bibliografía, Historia y conciencia de clase, de 1923, y El joven Hegel, de 1948, guardan un sitial de honor. En ellos, el filósofo húngaro no sólo demuestra el uso y el abuso, la descarada manipulación y adulteración cometidas por el aparato ideológico ruso de las filosofías de Hegel y Marx -quizá uno de los mayores crímenes cometidos contra los rigores de la inteligencia-, sino que con ello motiva la fundamentación histórica y conceptual que dio origen, primero, a la fundación de la Escuela de Frankfurt y, más tarde, a la Escuela de Budapest. La primera, formada, entre otros, por Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse y Jürgen Habermas. La segunda, por Ferenc Fehér, György Márkus y, por supuesto, Agnes Heller, la recia y siempre irreverente Madame Heller, fallecida hace apenas unos días, que motiva las presentes líneas.

    Los fundamentalismos se sustentan sobre imposturas. De hecho, son consustancialmente tramposos. Exigen el ciego cumplimiento de textos que previamente han manipulado y adulterado para luego convertirlos en “leyes” sagradas. Con harta frecuencia, la ortodoxia bolchevique calificó de “revisionista” el pensamiento propiamente dicho, es decir, al pensamiento en sentido enfático, al que solía condenar como herejía y blasfemia. Su estricta cotidianidad litúrgica, sensiblemente marcada por el bizantinismo, trastoca en doctrina todo lo que percibe. Su término opuesto correlativo es el positivismo. Ambos quieren todo fijo, todo quieto, todo puesto. De ahí su incomprensión absoluta del movimiento dialéctico como crítica de la razón histórica. Como afirmara en su momento el gran artísta plástico Carlos Cruz-Diez, recientemente fallecido: “Un dogma no es necesariamente una verdad ni corresponde al comportamiento de la sociedad. El dogma es una creencia, un supuesto que pretende volver estático e inamovible el pensar y sentir del individuo, que está en continua evolución”. Ni los unos ni los otros pueden llegar a aceptar la fuerza del spinozismo inmanente que, en su momento, Lukács -siguiendo también en esto a Hegel- debió ocultar, disimular, “bajo el lenguaje de Esopo”. Pero no así su aguda e impenitente pupila, Agnes Heller, la pensadora de las necesidades radicales y de la vida cotidiana, que supo hallar en Aristóteles, Spinoza, Hegel y Marx el proceso reconstructivo esencial -la mente heróica, la llamaba Vico- que le permitió comprender el espíritu de su tiempo y develar sus taras, insertas en los engranajes de la cotidianidad. Por eso mismo, se vio obligada a abandonar Hungría, emigrar a Australia y, más tarde, a Estados Unidos, donde ocupó la cátedra que había pertenecido a Hannah Arendt.

    En todo caso, conviene observar que fue precisamente en virtud del espíritu disidente que siempre mantuvo encendido, como si se tratara de un faro de luz en medio de la bahía del lúgubre y menesteroso horizonte del presente, que pudo producir y hacer concrecer sus estudios sobre la vida cotidiana, la cual se va formando mediante las apropiaciones que hacen los individuos de los medios e instrumentos de socialización: el lenguaje, los “usos y costumbres”, la peculiar idiosincracia de una determinada formación social, de una cultura. Lo cotidiano, según Heller, está condicionado por elementos comunicativos básicos de intercambio que van conformando y definiendo la convivencia, cuyas características terminan por constituir los valores vivos del quehacer social, las llamadas “necesidades radicales”. En una expresión, los hombres son lo que hacen -o lo que no hacen- y, por eso mismo, recogen lo que siembran. Lo producido se objetiva, se sedimenta y se reproduce, transfigurándose en el conocimiento, los valores y la historia de la entera sociedad. La complexión dialéctica, la oposición de los términos sociales, políticos e históricos -el ser social como tal-, tiene sus nutrientes justo ahí, en la vida cotidiana.

    Los hombres no son “el hombre”. La humanidad, los derechos, las creencias religiosas y morales, políticas o económicas, no son un punto de partida sino un resultado de su propio hacer y rehacer, de su producir y reproducir-se. Los llamados valores universales son, pues, consecuencia de la producción y reproducción cotidianas. Es indispensable, en tal sentido, la adecuación de los particulares con su especificidad, de los individuos con el espíritu de su pueblo y de su tiempo. El “yo” particular se constituye y desarrolla a partir de su adecuación con el “nosotros”. Se nace dentro de ciertas y determinadas relaciones sociales ya existentes, en un país, una ciudad, un vecindario y una familia que no se han escogido. El individuo se ve obligado a aprender, a interiorizar, el entorno que lo rodea, tanto las relaciones objetuales con las que se encuentra como los signos, las formas, que estas contienen. El individuo se va moldeando al entorno, se va integrando a sus relaciones, al modo de vida que ahora comparte con sus familiares, con sus vecinos, y comienza a reproducirlas. La sociedad le enseña a vivir en y para la cotidianidad. En ella crece hasta madurar, una vez que ha desarrollado plenamente las capacidades y conocimientos de lo cotidiano. Ahora es un yo. Pero su yo ha sido mediado por el nosotros, de manera que el yo es una construcción social, y por eso mismo, sus necesidades, por más específicas que sean, siempre estarán condicionadas por el espíritu de su pueblo y de su tiempo.

    Un niño que nace en una sociedad severamente empobrecida, con un cuerpo de relaciones sociales basada en la sospecha y el miedo, el odio y la agresión, con un lenguaje cada vez más pobre y limitado, carente de instituciones sólidas, sin alimentación, salud, seguridad, cultura y educación, es un niño que con toda certeza reproducirá las relaciones dentro de las cuales se ha formado. Es “Coqui”, el violento y sanguinario, el hombre del malandraje y la mediocridad, el pobre de cuerpo y alma. Diría Agnes Heller que ese no es precisamente el “hombre nuevo”, sino más bien el hombre que ha sido condenado a la condición de las bestias, que ha vuelto al salvajismo del estado de naturaleza, a la prehistoria de la humanidad.

    Agnes Heller no rompió con Marx. Rompió con el marxismo manoseado, empobrecido, canonizado, que muy poco tiene que ver con Marx. Si le hubiesen preguntado por el narcorégimen de terror que ha secuestrado y saqueado a Venezuela, seguramente hubiese pronunciado por la necesidad radical de superarlo a fin de poder cambiar la vida y de reivindicar la racionalidad por encima del instinto criminal. La historia de la filosofía tenga a Madame Heller en su gloria.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Tiempo y ser.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    A Antonio Sánchez García, mi amigo. Con todo respeto.

    Pensando en el bucle.


    En un pequeño cuaderno de anotaciones, hechas en Jena entre 1803 y 1806, que lleva por título Wastebook -“libro de desechos”, podría traducirse-, su autor, el joven Hegel, escribió cien aforismos que, a pesar del premeditado y alevoso título, no tienen desperdicio. Más bien, esos aforismos son de una enorme importancia para la comprensión del tránsito cumplido por el gran pensador en la ardua y paciente tarea que hizo posible la construcción de la “ciencia de la experiencia de la conciencia”. Uno, en particular, inspira las líneas que siguen a continuación, y probablemente sean su premisa: “Con admiración se cita a Kant, indicando que él no enseñaba filosofía, sino el filosofar; como si alguien enseñase carpintería, pero no enseñase a construir una mesa, una silla, una puerta, un armario, etc.”. En Latinoamérica los complejos -esa fuente continua de resentimiento y pobreza espiritual- sobran. Por ejemplo, afirmar que en Venezuela es “inimaginable” la existencia de filósofos, ya que, si acaso habrán profesores de filosofía, es una temeridad que en sí misma recoge el espíritu del desgarramiento presente en la formulación kantiana, entre lo que se es y lo que se hace. Nada tiene de pomposo pensar y enseñar a pensar, como nada tiene de exhuberante conocer la historia y exponerla, conocer el derecho y abogar por su cumplimiento, o aprender medicina y velar por la salud de los pacientes.

    Negar la posibilidad de la existencia de la filosofía, pero pretender ejercerla, llevando “a cabo” una “reflexión sobre la naturaleza de Venezuela, dar con su esencia, desentrañar heideggerianamente hablando, su Ser y su Tiempo”, es, una audacia, más digna de las osadías inventivas de Simón Rodríguez que de las sutiles prudencias de Andrés Bello, quien, por cierto, no sólo fuera un lingüísta de primera -como lo fue Heidegger-, sino, además, el autor de una Filosofía del conocimiento, cuyas cercanías con Kant y de lo que en él persiste de Hume, son admirables, sobre todo por el hecho de ser también- hijo de la cultura del “hedonismo tropical, la barbarie imperante, la exhuberante naturaleza, el enriquecimiento súbito y la opulencia, un poco burda, vulgar y desarrapada, sin finesa alguna” que, no obstante, contribuyó decididamente en la construcción de la Bildung chilena, dado que fue Senador, redactor del Código Civil y Rector de la Universidad de Chile. No se puede juzgar a un pueblo sólo por sus características geográficas o su mestizaje. Mucho menos por lo que algunos villanos -hedonistas tropicales- han decidido hacer con él. Si fuese así, habría que afirmar que a unos cuantos emperadores romanos o a unos cuantos monarcas y dictadores europeos, sólo les faltaron las palmeras de las bellas costas venezolanas para ser también “hedonistas tropicales”.

    Theodor Adorno afirma, en Dialéctica Negativa, que el gran defecto de la ontología de Heidegger consiste en la pretensión de fundar un concepto de historicidad carente de “la sal de la historia”. Por cierto, para Marx, la ciencia de la historia no es ni más ni menos que la filosofía desprendida de toda formulación ahistórica. Se trata de comprender la filosofía de modo viviente. Croce tuvo el privilegio de definirla bajo los siguientes términos: “la filosofía es historia y nada más que historia”. Por supuesto, esta concepción de la historia no consiste en un cúmulo de crónicas -o de cronologías-, ni en un museo de cera o de trastos antiguos, acompañados de la respectiva nostalgia por lo que ya nunca más volverá. Se trata de la historia in fieri, en acto continuo. No, pues, la historia res gestae sino la historia rerum gestarum, como comprensión del yo que es un nosotros y del nosotros que es un yo, de la sustancia que deviene sujeto. Y es de esto, justamente, de lo que se trata: el ser no es una entidad fija, rígida, estática, inamovible. El ser es lo que se va haciendo, el devenir continuo. La llamada esencia humana no es una fotografía ni un cuadro estadístico, y está determinada por la formación cultural que los hombres sean capaces de generar entre sí.

    Cuando una sociedad se ha escindido, los extremos aparecen (erscheinen) con toda claridad. La luz y la sombra se separan y se concentran, mientras los claroscuros se van difuminando hasta mostrar su evanesencia y su consecuente insustancialidad. La fictio del “centro” o de la medianía no es, no porque los extremos empujen en su contra, sino porque, por temor y esperanza, no empujan lo suficiente. No existe moderación sin conflicto. Más bien, la moderación es resultado del conflicto, su conquista, su Aufgehoben. En su Venezuela independiente, Mariano Picón Salas -otro “inimaginable” pensador venezolano-, se pregunta: “¿Por qué no fue desde los grandes y aúreos Virreinatos del Perú y de México de donde se expandió el movimiento insurgente por toda la América Hispana, sino desde provincias un tanto marginales de la vida económica y el esplendor colonial, como Caracas y Buenos Aires?”. Su respuesta no es heideggeriana, aunque sí historicista: a diferencia de los cerrados movimientos indigenistas, la formación y la voluntad de sus líderes tuvo un carácter mucho más universal. No les satisface el mito de la restauración del mundo perdido del indígena, esa fantasía que, por cierto, tanto provecho le trajo al cartel chavista. La independencia de América la interpretaban no como un asunto local sino mundial. No era una revolución racista, india o negra, para derrocar a Pizarro o a Cortéz y restablecer el imperio de los incas o aztecas; no se trataba de retroceder el reloj de la historia para ir de vuelta al tiempo cósmico de los mayas: se trataba de colocarse, sin complejos, a la altura de su tiempo. Pero ningún tiempo es bueno o malo en sí mismo. Todo tiempo tiene sus ventajas y desventajas, sus virtudes y sus defectos. Por eso, precisamente, el tiempo deviene y el devenir se hace ser.

    Lo que no comprende el extremismo, sea cual sea su posición, es que no sólo no puede mantenerse incólume, sino que en sus esfuerzos por mantenerse incólume asume -y se podría decir que expropia- la lógica del otro extremo. Es por eso que el extremismo de izquierda, llevado a sus últimas instancias, termina por convertirse en extremismo de derecha. Los términos de la oposición se reflejan recíprocamente. Son el otro del otro. Una época de ezquizofrenia justifica las ruindades del desgarramiento. Venezuela no es la excepción sino -al decir de Carlos Fuentes- la región más transparente, en este caso, del morbo del presente. Hoy, más que nunca, la tarea de la inteligencia consiste en desenredar el bucle que la propia sociedad se ha impuesto como ser del tiempo y como tiempo del ser.