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    La lección de Unamuno.

    Lección de Unamuno.



    Don Miguel de Unamuno solía decir que la obra de Hegel es “el álgebra del universo” y que, junto con Platón, había tejido “los más grandes poemas, los más verdaderos, del más puro mundo del espítitu”. No obstante, en su obra no hay un estudio sobre el pensamiento de Hegel. No está expuesto de modo explícito sino que, más bien, se le encuentra implícitamente. Claro que, de vez en cuando, al referirse al gran pensador alemán, utiliza expresiones que delatan sus inclinaciones: “mi maestro Hegel”, “el Quijote de la filosofía” o “aprendí alemán en Hegel, en el estupendo Hegel, que ha sido uno de los pensadores que más honda huella han dejado en mí”. Y sin embargo, el implacable Unamuno no podía perder la ocasión para compararlo, alguna vez, con el barón de Münchhausen, “quien quería sacarse del pozo tirándose de las orejas”. Lo cierto es que, como todo buen discípulo, Unamuno supo nutrirse del pensamiento hegeliano para, conservándolo, seguir el compás de su propio pensamiento. Hay quienes desde su ignaro patetismo sociológico, marcadamente arrastrado por un positivismo y un pragmatismo ramplones, consideran que las citas o referencias textuales de los grandes pensadores de otros tiempos son un vano intento escolástico que, a lo sumo, invoca la autoridad de “el reino de las sombras”, sin detenerse a pensar que subestiman las potencias del pasado. Nada saben de Aristóteles ni de Maquiavelo. ¡Si supieran que fue sobre los empedrados de dicho reino que se escribió nada menos que la Crítica de la economía política!



    No pocas veces, los apologetas de la modernidad muestran ser bastante poco modernos. Y no pocas veces los llamados post-modernos suelen ser excesivamente pre-modernos. “Quien no ha aplicado en su vida más que un sólo procedimiento -observa Unamuno-, no tiene experiencia ni aún de él”. Y es que para la filosofía, como para la vida misma, las construcciones, los grandes aportes o contribuciones, no son posibles sino sobre la base del diálogo con las enseñanzas heredadas de los maestros del pensamiento. Porque, en materia filosófica, pensar el für sich -el para sí mismo- siempre será un encuentro con el für uns -el para nosotros. La obra de un día no es sino el resultado de la paciente labor de los siglos. La filosofía es, en efecto, historia y nada más que historia. Pero la historia no es ni un museo de cera ni un tanatorio, como tampoco una mera referencia anecdótica del pasado, según la creencia de algunos -incluso- respetables académicos: es, siempre, historia contemporánea, la cabal enseñanza del aquí y ahora. Es, pues, lo contrario de “la ciencia oficial o enjaulada”, de la “ciencia hecha” que le resultara tan deleznable a Unamuno: “con sus dogmas, sus resultados, sus conclusiones, sean verdaderas o falsas, es todo menos lo vivo, porque lo vivo es la ciencia in fieri, en perpetuo y fecundo hacerse, en formación vivificante. Las conclusiones frente a los procedimientos, el dogma frente al pensamiento. Es el gato en el plato en vez de la liebre en el campo”.

    Una universidad obligada a repoducir conocimientos sin producirlos, sin innovarse de continuo, condena el desarrollo de toda la sociedad. Pero una universidad que se autoimpone la reproducción del conocimiento como única meta no es una universidad sino una vergüenza. El objetivo principal de las universidades no consiste tan sólo en egresar profesionales “competentes”, sino esencialmente en resolver, con base en el resultado de sus investigaciones, los grandes problemas que aquejan a la sociedad en sus más diversos ámbitos. Por eso mismo, los profesores universitarios no pueden ser calificados ni como “docentes” ni, mucho menos, como “trabajadores y trabajadoras universitarios”. Sin investigación y extensión, las universidades se convierten en liceos o, en el mejor de los casos, en institutos universitarios. Pero con ello desaparece el sacerdocio que las sustenta. No sólo se trata de egresar profesionales y “especialistas” de calidad, sino de mantener el cultivo diario, in fieri, del saber. Porque, ¿cómo podrían formarse profesionales de calidad sin que a lo interno progrese la enseñanza como fruto de la investigación y la extensión? Una universidad burocratizada, de mera “nómina”, no es tan solo una infamia: es una abominación. Esta, en sustancia, la lección de Unamuno para un presente en bucle, para un aquí y ahora que parece repetir los errores que, una vez objetivados, alentaron el terror de la barbarie que terminó por conducir a su España natal a la guerra civil y, con ella, a su autodestrucción.



    El tres veces Rector de la Universidad de Salamanca, el hegeliano cuya idea filosófica se explaya a lo largo y ancho de su obra literaria, no solo fue testigo presencial de la crisis orgánica de su tiempo sino, además, una de sus más representativas víctimas: “En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel, debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con cierto sustrato patológico-corporal, las inauditas salvajadas de las ordas rojas excedían toda descripción. Y dan el tono no socialistas, ni comunistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, excriminales natos sin ideología alguna, que van a satisfacer feroces pasiones atávicas. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. España no debe estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera, puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Triste cosa sería que el bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo”.





    Así estaba su pobre España, tal como hoy está la pobre Venezuela: desangrada, arruinada, envenenada y entontecida. Como nunca antes, la lección de Unamuno está abierta. Estudiarla y comprenderla es estudiarse y comprenderse. El reclamo de Unamino por el hundimiento de la inteligencia universitaria es la premisa para el hundimiento en la más cruenta de las barbaries de la sociedad. La pretendida horizontalización de las universidades no sólo anuncia su definitiva ruina en manos de la quincalla populista, sino que, como su consecuencia directa, el país entero quedará sumergido en la peor mediocridad borreguil, tan grata a los gansters que administran el narco-terrorismo en Venezuela y que ponen en riesgo la propia civilización occidental. Junto a Unamuno, los universitarios venezolanos libran la que tal vez sea su batalla más importante: la de resistir, bajo las peores condiciones de vida, la brutal arremetida de la barbarie. La fuerza bruta vence, pero no convence, decía el filósofo. Porque convencer significa persuadir y para persuadir es necesario tener razón y derecho. Las tiranías no lo tienen. El búho de Minerva inicia su vuelo al caer las primeras luces del día. Por eso mismo, y al final, la universidad resurgirá de sus cenizas y, una vez más, vencerá la sombra que va dejando a su paso la estupidez.

    Untergang

    Destrucción por drogadicción.


    Decía Heidegger, en un bello ensayo sobre Hölderlin y la esencia de la poesía, que el alemán es el idioma propicio de la filosofía. El traductor de dicho ensayo al español fue Juan David García Bacca, cuyos méritos en materia filosófica no son precisamente pocos. La densa y extensa contribución de García Bacca al pensamiento contemporáneo abruma. Eso sin agregar que se trata del maestro indiscutible de la filosofía en Venezuela, siendo, además, uno de los primeros Decanos de la Facultad de Humanidades y Educación y el fundador del Instituto de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Sí, de esa Casa de Luz que en otros tiempos, más felices, fuese una referencia mundial, no sólo de los estudios filosóficos, por cierto, y que hoy ha sido objeto de la peor saña -premeditada y alevosa- por parte de la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela. El maestro García Bacca tradujo el texto de Heidegger, en efecto. No obstante, hizo la advertencia de que si bien la lengua de Lutero vindica efectivamente el discurrir filosófico, la lengua de Cervantes nada tiene que envidiarle y de nada puede sentirse avergonzada a la hora de dar expresión y plasticidad al pensamiento.

    En todo caso la palabra Untergang es, como casi todas las construcciones del idioma alemán, una intersección, un encuentro entre las múltiples calles por las que transita el decir del ser. La preposición Unter significa “por debajo”, mientras que el sustantivo Gang significa “curso”. Se trata de la inclinación del curso de las cosas, de su progresivo de-caimiento, de su hundimiento o caída. En una expresión, es la cadencia de lo que declina, la de-cadencia. Como se podrá observar, la lengua alemana invita a pensar. Y es probable que haya sido esto -la invitación a pensar- lo que tanta irritación causara a los cartesianos frente a cierto napolitano hispanizado de nombre Giambatista Vico, cuya extraordinaria inteligencia estética solía introducir, una y otra vez, las más diversas voces griegas y latinas en las semovientes aguas del río del Oscuro Heráclito, hasta hacerlas confesar la flexión inherente a sus más íntimas verdades. Vico fue en su tiempo -como Heidegger o García Bacca en el suyo- un deconstructor de la rigidización del verbo, en manos de los intereses de la vil canalla metodologicista.

    La decadencia de Occidente -Der Untergang des Abendlandes-, de Oswald Spengler, es uno de esos ensayos de filosofía de la historia que obligan a repensar con sentido enfático la cadencia-de este menesteroso presente. Es verdad que el filósofo alemán -lo mismo que su contemporáneo, Heidegger llegó a sentir sincero entusiasmo por el movimiento fascista. Pero no menos cierta fue su abierto rechazo del nacional-socialismo alemán y del bolchevismo ruso -según él, los más grandes fraudes políticos de todos los tiempos-, al punto de que su temprana muerte dejó abierta la sospecha de un asesinato político. (Curiosamente, en la vieja Escuela de Filosofía de la UCV, quien mayor empeño hacía en citarlo y recomendar con entusiasmo su lectura era el maestro J.R. Núñez Tenorio, a quien los pegadores profesionales de estampillas suelen juzgar sin haber conocido tan siquiera un poco).

    Spengler tuvo el honor de administrar por años el Archivo Nietzsche, y denunció la manipulación de los textos nietzscheanos acometida por el nazismo. Fue un apasionado seguidor de Goethe y Schopenhauer. De ellos recibió la idea de la existencia de formas universales inmanentes a los acontecimientos históricos específicos, suerte de macroestructura sobre la cual van fluyendo los llamados “hechos” de la historia, cuyo movimiento circular va en la misma dirección que las agujas del 'eterno retorno' nietzscheano. Las primeras tonalidades grises del amanecer de la humanidad, tarde o temprano, terminan entregándose a los brazos de las sombras del atardecer, del Dämmerung o crepúsculo, desde donde volverá a surgir el nuevo ciclo. Todo está isomórficamente conectado. Si el alba surge en el Oriente y, llegado un determinado momento, alcanza su climax fáustico, la cadencia del circunstancias lo conducirá hasta el inevitable ocaso del Occidente, a su Untergang. La traducción literal de Abendlandes, Occidente, es “la región nocturna”. Pues bien, llegado el anochecer, la humanidad se encuentra con su destino y alcanza su decadencia.

    Decía Hegel que América era la región (das land) del por-venir. “El futuro -observa Ortega y Gasset- se aloja en el absoluto pretérito que es la pre-historia natural”. En todo caso, conviene preguntarse si dentro de las actuales circunstancias, de los “hechos” que parecieran conducir directamente a la decadencia de la civilización occidental, cabría la posibilidad de incluir los horrores del proyecto trazado por el narco-tráfico, después de la creación del cartel paulista. En nombre de un socialismo deformado y pervertido -tumoroso desde sus cimientos-, se promueve la intoxicación e inminente estupidización de lo que va quedando del anunciado porvenir. Occidente está, en efecto, siendo intoxicado y se encuentra cada vez más enfermo. Y mientras eso ocurre, los narcos amasan ingentes sumas de dinero, con lo cual su poderío crece cada vez más. Muy probablemente, el narcotráfico sea la mayor fuente de riqueza en la actualidad. Y es evidente que la complicidad desde las altas esferas del poder global tiene que ser inmensa. La cadencia del narco-tráfico anuncia la decadencia de Occidente.


    Los grandes imperios de la historia han caido por causa de sus vicios. El Espíritu del mundo yace tirado sobre el polvo que, esta vez, no solo muerde sino inhala. Desde Cuba, Fidel Castro concibió y gestó el plan. Y aguardó el momento oportuno. La vuelta de Chávez al poder, después de aquél funesto golpe del 11 de Abril y del llamado “paro petrolero”, le permitió a Castro encontrar su brazo ejecutor. De ahí en adelante, no fue “la espada de Bolívar” la que comenzó a recorrer la América Latina , sino la gran industria de la cocaína y sus derivados, una auténtica amenaza, un monstruoso sistema industrial con todas las etapas o estaciones requeridas, desde la siembra de la “materia prima” hasta su distribución y comercialización a escala mundial, con conexiones y filiales en las más diversas regiones del planeta. Oriente, desde la lejanía, sonríe. La nueva versión del Caballo de Troya ha penetrado las murallas de Occidente, con su venia. El resto es cuestión de tiempo. Porque la diferencia es que, esta vez, Troya arderá por dentro, desde sus entrañas, hasta implotar. Un poderoso movimiento subversivo y terrorista se ha hecho de las herramientas organizacionales de la mafia. La praxis política ha devenido cartel internacional y su centro de operaciones está ubicado en Venezuela, estratégicamente entre la América del Norte y la América del Sur, justo en el corazón de América. Y desde ella, sometida, secuestrada y mancillada por el cartel, se trabaja día a día en función de conquistar su principal objetivo: la caída -Der Untergang- de Occidente.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Madame Heller.

    Agnes Heller


    Todo el que posea una mínima formación filosófica contemporánea, por más intermitente que ésta sea, no podrá poner en duda los alcances de la gran contribución hecha por Georg Lukács a la recuperación del pensamiento dialéctico, constitutivo del historicismo filosófico. Entre los ensayos que componen su densa y dilatada bibliografía, Historia y conciencia de clase, de 1923, y El joven Hegel, de 1948, guardan un sitial de honor. En ellos, el filósofo húngaro no sólo demuestra el uso y el abuso, la descarada manipulación y adulteración cometidas por el aparato ideológico ruso de las filosofías de Hegel y Marx -quizá uno de los mayores crímenes cometidos contra los rigores de la inteligencia-, sino que con ello motiva la fundamentación histórica y conceptual que dio origen, primero, a la fundación de la Escuela de Frankfurt y, más tarde, a la Escuela de Budapest. La primera, formada, entre otros, por Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse y Jürgen Habermas. La segunda, por Ferenc Fehér, György Márkus y, por supuesto, Agnes Heller, la recia y siempre irreverente Madame Heller, fallecida hace apenas unos días, que motiva las presentes líneas.

    Los fundamentalismos se sustentan sobre imposturas. De hecho, son consustancialmente tramposos. Exigen el ciego cumplimiento de textos que previamente han manipulado y adulterado para luego convertirlos en “leyes” sagradas. Con harta frecuencia, la ortodoxia bolchevique calificó de “revisionista” el pensamiento propiamente dicho, es decir, al pensamiento en sentido enfático, al que solía condenar como herejía y blasfemia. Su estricta cotidianidad litúrgica, sensiblemente marcada por el bizantinismo, trastoca en doctrina todo lo que percibe. Su término opuesto correlativo es el positivismo. Ambos quieren todo fijo, todo quieto, todo puesto. De ahí su incomprensión absoluta del movimiento dialéctico como crítica de la razón histórica. Como afirmara en su momento el gran artísta plástico Carlos Cruz-Diez, recientemente fallecido: “Un dogma no es necesariamente una verdad ni corresponde al comportamiento de la sociedad. El dogma es una creencia, un supuesto que pretende volver estático e inamovible el pensar y sentir del individuo, que está en continua evolución”. Ni los unos ni los otros pueden llegar a aceptar la fuerza del spinozismo inmanente que, en su momento, Lukács -siguiendo también en esto a Hegel- debió ocultar, disimular, “bajo el lenguaje de Esopo”. Pero no así su aguda e impenitente pupila, Agnes Heller, la pensadora de las necesidades radicales y de la vida cotidiana, que supo hallar en Aristóteles, Spinoza, Hegel y Marx el proceso reconstructivo esencial -la mente heróica, la llamaba Vico- que le permitió comprender el espíritu de su tiempo y develar sus taras, insertas en los engranajes de la cotidianidad. Por eso mismo, se vio obligada a abandonar Hungría, emigrar a Australia y, más tarde, a Estados Unidos, donde ocupó la cátedra que había pertenecido a Hannah Arendt.

    En todo caso, conviene observar que fue precisamente en virtud del espíritu disidente que siempre mantuvo encendido, como si se tratara de un faro de luz en medio de la bahía del lúgubre y menesteroso horizonte del presente, que pudo producir y hacer concrecer sus estudios sobre la vida cotidiana, la cual se va formando mediante las apropiaciones que hacen los individuos de los medios e instrumentos de socialización: el lenguaje, los “usos y costumbres”, la peculiar idiosincracia de una determinada formación social, de una cultura. Lo cotidiano, según Heller, está condicionado por elementos comunicativos básicos de intercambio que van conformando y definiendo la convivencia, cuyas características terminan por constituir los valores vivos del quehacer social, las llamadas “necesidades radicales”. En una expresión, los hombres son lo que hacen -o lo que no hacen- y, por eso mismo, recogen lo que siembran. Lo producido se objetiva, se sedimenta y se reproduce, transfigurándose en el conocimiento, los valores y la historia de la entera sociedad. La complexión dialéctica, la oposición de los términos sociales, políticos e históricos -el ser social como tal-, tiene sus nutrientes justo ahí, en la vida cotidiana.

    Los hombres no son “el hombre”. La humanidad, los derechos, las creencias religiosas y morales, políticas o económicas, no son un punto de partida sino un resultado de su propio hacer y rehacer, de su producir y reproducir-se. Los llamados valores universales son, pues, consecuencia de la producción y reproducción cotidianas. Es indispensable, en tal sentido, la adecuación de los particulares con su especificidad, de los individuos con el espíritu de su pueblo y de su tiempo. El “yo” particular se constituye y desarrolla a partir de su adecuación con el “nosotros”. Se nace dentro de ciertas y determinadas relaciones sociales ya existentes, en un país, una ciudad, un vecindario y una familia que no se han escogido. El individuo se ve obligado a aprender, a interiorizar, el entorno que lo rodea, tanto las relaciones objetuales con las que se encuentra como los signos, las formas, que estas contienen. El individuo se va moldeando al entorno, se va integrando a sus relaciones, al modo de vida que ahora comparte con sus familiares, con sus vecinos, y comienza a reproducirlas. La sociedad le enseña a vivir en y para la cotidianidad. En ella crece hasta madurar, una vez que ha desarrollado plenamente las capacidades y conocimientos de lo cotidiano. Ahora es un yo. Pero su yo ha sido mediado por el nosotros, de manera que el yo es una construcción social, y por eso mismo, sus necesidades, por más específicas que sean, siempre estarán condicionadas por el espíritu de su pueblo y de su tiempo.

    Un niño que nace en una sociedad severamente empobrecida, con un cuerpo de relaciones sociales basada en la sospecha y el miedo, el odio y la agresión, con un lenguaje cada vez más pobre y limitado, carente de instituciones sólidas, sin alimentación, salud, seguridad, cultura y educación, es un niño que con toda certeza reproducirá las relaciones dentro de las cuales se ha formado. Es “Coqui”, el violento y sanguinario, el hombre del malandraje y la mediocridad, el pobre de cuerpo y alma. Diría Agnes Heller que ese no es precisamente el “hombre nuevo”, sino más bien el hombre que ha sido condenado a la condición de las bestias, que ha vuelto al salvajismo del estado de naturaleza, a la prehistoria de la humanidad.

    Agnes Heller no rompió con Marx. Rompió con el marxismo manoseado, empobrecido, canonizado, que muy poco tiene que ver con Marx. Si le hubiesen preguntado por el narcorégimen de terror que ha secuestrado y saqueado a Venezuela, seguramente hubiese pronunciado por la necesidad radical de superarlo a fin de poder cambiar la vida y de reivindicar la racionalidad por encima del instinto criminal. La historia de la filosofía tenga a Madame Heller en su gloria.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Tiempo y ser.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    A Antonio Sánchez García, mi amigo. Con todo respeto.

    Pensando en el bucle.


    En un pequeño cuaderno de anotaciones, hechas en Jena entre 1803 y 1806, que lleva por título Wastebook -“libro de desechos”, podría traducirse-, su autor, el joven Hegel, escribió cien aforismos que, a pesar del premeditado y alevoso título, no tienen desperdicio. Más bien, esos aforismos son de una enorme importancia para la comprensión del tránsito cumplido por el gran pensador en la ardua y paciente tarea que hizo posible la construcción de la “ciencia de la experiencia de la conciencia”. Uno, en particular, inspira las líneas que siguen a continuación, y probablemente sean su premisa: “Con admiración se cita a Kant, indicando que él no enseñaba filosofía, sino el filosofar; como si alguien enseñase carpintería, pero no enseñase a construir una mesa, una silla, una puerta, un armario, etc.”. En Latinoamérica los complejos -esa fuente continua de resentimiento y pobreza espiritual- sobran. Por ejemplo, afirmar que en Venezuela es “inimaginable” la existencia de filósofos, ya que, si acaso habrán profesores de filosofía, es una temeridad que en sí misma recoge el espíritu del desgarramiento presente en la formulación kantiana, entre lo que se es y lo que se hace. Nada tiene de pomposo pensar y enseñar a pensar, como nada tiene de exhuberante conocer la historia y exponerla, conocer el derecho y abogar por su cumplimiento, o aprender medicina y velar por la salud de los pacientes.

    Negar la posibilidad de la existencia de la filosofía, pero pretender ejercerla, llevando “a cabo” una “reflexión sobre la naturaleza de Venezuela, dar con su esencia, desentrañar heideggerianamente hablando, su Ser y su Tiempo”, es, una audacia, más digna de las osadías inventivas de Simón Rodríguez que de las sutiles prudencias de Andrés Bello, quien, por cierto, no sólo fuera un lingüísta de primera -como lo fue Heidegger-, sino, además, el autor de una Filosofía del conocimiento, cuyas cercanías con Kant y de lo que en él persiste de Hume, son admirables, sobre todo por el hecho de ser también- hijo de la cultura del “hedonismo tropical, la barbarie imperante, la exhuberante naturaleza, el enriquecimiento súbito y la opulencia, un poco burda, vulgar y desarrapada, sin finesa alguna” que, no obstante, contribuyó decididamente en la construcción de la Bildung chilena, dado que fue Senador, redactor del Código Civil y Rector de la Universidad de Chile. No se puede juzgar a un pueblo sólo por sus características geográficas o su mestizaje. Mucho menos por lo que algunos villanos -hedonistas tropicales- han decidido hacer con él. Si fuese así, habría que afirmar que a unos cuantos emperadores romanos o a unos cuantos monarcas y dictadores europeos, sólo les faltaron las palmeras de las bellas costas venezolanas para ser también “hedonistas tropicales”.

    Theodor Adorno afirma, en Dialéctica Negativa, que el gran defecto de la ontología de Heidegger consiste en la pretensión de fundar un concepto de historicidad carente de “la sal de la historia”. Por cierto, para Marx, la ciencia de la historia no es ni más ni menos que la filosofía desprendida de toda formulación ahistórica. Se trata de comprender la filosofía de modo viviente. Croce tuvo el privilegio de definirla bajo los siguientes términos: “la filosofía es historia y nada más que historia”. Por supuesto, esta concepción de la historia no consiste en un cúmulo de crónicas -o de cronologías-, ni en un museo de cera o de trastos antiguos, acompañados de la respectiva nostalgia por lo que ya nunca más volverá. Se trata de la historia in fieri, en acto continuo. No, pues, la historia res gestae sino la historia rerum gestarum, como comprensión del yo que es un nosotros y del nosotros que es un yo, de la sustancia que deviene sujeto. Y es de esto, justamente, de lo que se trata: el ser no es una entidad fija, rígida, estática, inamovible. El ser es lo que se va haciendo, el devenir continuo. La llamada esencia humana no es una fotografía ni un cuadro estadístico, y está determinada por la formación cultural que los hombres sean capaces de generar entre sí.

    Cuando una sociedad se ha escindido, los extremos aparecen (erscheinen) con toda claridad. La luz y la sombra se separan y se concentran, mientras los claroscuros se van difuminando hasta mostrar su evanesencia y su consecuente insustancialidad. La fictio del “centro” o de la medianía no es, no porque los extremos empujen en su contra, sino porque, por temor y esperanza, no empujan lo suficiente. No existe moderación sin conflicto. Más bien, la moderación es resultado del conflicto, su conquista, su Aufgehoben. En su Venezuela independiente, Mariano Picón Salas -otro “inimaginable” pensador venezolano-, se pregunta: “¿Por qué no fue desde los grandes y aúreos Virreinatos del Perú y de México de donde se expandió el movimiento insurgente por toda la América Hispana, sino desde provincias un tanto marginales de la vida económica y el esplendor colonial, como Caracas y Buenos Aires?”. Su respuesta no es heideggeriana, aunque sí historicista: a diferencia de los cerrados movimientos indigenistas, la formación y la voluntad de sus líderes tuvo un carácter mucho más universal. No les satisface el mito de la restauración del mundo perdido del indígena, esa fantasía que, por cierto, tanto provecho le trajo al cartel chavista. La independencia de América la interpretaban no como un asunto local sino mundial. No era una revolución racista, india o negra, para derrocar a Pizarro o a Cortéz y restablecer el imperio de los incas o aztecas; no se trataba de retroceder el reloj de la historia para ir de vuelta al tiempo cósmico de los mayas: se trataba de colocarse, sin complejos, a la altura de su tiempo. Pero ningún tiempo es bueno o malo en sí mismo. Todo tiempo tiene sus ventajas y desventajas, sus virtudes y sus defectos. Por eso, precisamente, el tiempo deviene y el devenir se hace ser.

    Lo que no comprende el extremismo, sea cual sea su posición, es que no sólo no puede mantenerse incólume, sino que en sus esfuerzos por mantenerse incólume asume -y se podría decir que expropia- la lógica del otro extremo. Es por eso que el extremismo de izquierda, llevado a sus últimas instancias, termina por convertirse en extremismo de derecha. Los términos de la oposición se reflejan recíprocamente. Son el otro del otro. Una época de ezquizofrenia justifica las ruindades del desgarramiento. Venezuela no es la excepción sino -al decir de Carlos Fuentes- la región más transparente, en este caso, del morbo del presente. Hoy, más que nunca, la tarea de la inteligencia consiste en desenredar el bucle que la propia sociedad se ha impuesto como ser del tiempo y como tiempo del ser.

    Doña Bárbara

    Aufheben


    Por José Rafael Herrera
    @jrherreraucv


    El período histórico que apenas se inicia con el nuevo siglo, pareciera estar signado por los caracteres esenciales de una nueva -otra- barbarie ritornata, según la definición dada por Vico en la Scienza Nuova. Se trata, una vez más, de un costoso guiño, una trastada, uno de esos giros imprevistos que, no sin ironía, suele dar esa sierpe que controla el “curso que siguen las naciones” mientras desalienta el “derecho de las gentes”: es la propia humanidad, en medio de su poco claro -siempre sinuoso y caracoleante- destino. Por lo pronto, en plena edad de 'globalización', paradójicamente he aquí, una vez más, los fanatismos de todo signo, las cruzadas fundamentalistas en nombre de Dios, la multiplicación de los ghettos, las hogueras encendidas contra los herejes impenitentes, el apedreamiento de “impíos” y “blasfemos”, la indigna hechicería, las hordas esteparias sobre las urbes, la plaga del provincianismo regionalista, la camorra y la mafia ancestrales a la caza de sus reclutas de siempre, los fámulos. Terror, superstición, odio, venganza, ira, ocultos o simuladas tras las más alambicadas representaciones del antifaz teológico-político. El más avanzado desarrollo tecnológico conquistado hasta la fecha al servicio de las taras dejadas a su paso por la barbarie intolerante, siempre ignorante. La historia ni va en linea recta -de menos a más- ni gira en un indetenible círculo vicioso. La historia serpentea, deambula es espirales infinitos. Cursa y re-cursa, avanza y retrocede. Vico definía el medioevo como la seconda barbarie. Acaso, ¿Será posible definir el presente como el arribo de la terza?
    El Tratado teológico-político de Spinoza inicia su prefacio con estas expresiones que hoy resultan premonitorias: “Si los hombres pudieran conducir todos sus asuntos según un criterio firme, o si la fortuna les fuera siempre favorable, nunca serían víctimas de la superstición. Pero como la urgencia de las circunstancias les impide muchas veces emitir opinión alguna y como su ansia desmedida de los bienes inciertos de la fortuna les hace fluctuar, de forma lamentable y casi sin cesar, entre la esperanza y el miedo, la mayor parte de ellos se muestran sumamente propensos a creer cualquier cosa. Mientras dudan, el menor impulso les lleva de un lado para otro, sobre todo cuando están obsesionados por la esperanza y el miedo; por el contrario, cuando confían en sí mismos, son jactanciosos y enfreídos”. En todo caso, y como ya lo hicieran antes, en un pasado cada vez más cercano que remoto, víctimas de las supersticiones y los extremismos, “forjan ficciones sin fin e interpretan la Naturaleza -lo que también incluye a la historia, al Estado y a la entera sociedad- bajo las formas más sorprendentes, cual si toda ella fuera cómplice de sus delirios”.
    La contemporaneidad pareciera asistir al quiebre, a la bancarrota de las ideas y valores que forjaron las bases de la llamada modernidad, conducida de las manos del neopopulismo socialista, de un lado, y del neoliberalismo economicista, del otro. Es posible ofrendar la vida por la libertad de un país, pero ¿será posible hacerlo por el “fluído de caja” en el tomacorriente de los “enchufados” a una organización gansteril? ¿Se le podrán brindar honores en el panteón nacional al portador del “carnet de la patria” o al “consumidor desconocido”? El Estado-nación, cuya dinámica gira en torno a las exigencias ciudadanas, parece haber sido sustituído por el consumismo ciego y el rentismo vacío. Frente al discurso, o como suelen decir en la actualidad quienes pretenden abrogarse un cierto aire de exquis élite, la “narrativa” según la cual la llamada postmodernidad ha dejado en el pasado las ideas y valores de la era moderna, no pasa de ser eso: una narrativa. Y convendría pensar si la pomposa superación anunciada no es, más bien, una vuelta a las peores experiencias del feudalismo. De hecho, si el empirismo neopositivista y la teología nihilista representan un paso atrás respecto de la apercepción trascendental de Kant -y por lo menos diez respecto de negación determinada de Hegel-, el neoliberalismo economicista y el neopopulismo socialista representan un retroceso respecto del liberalismo clásico de Kant y de la idea republicana (Sittlickkeit) de Hegel. El pasaje de la civilización a la barbarie.
    La presuposición de la existencia de una sociedad de libre mercado “natural” y “pura”, sin regulaciones ni controles, es tan ficticia como la de su término extremo -opuesto e idéntico-: la de la existencia de un presunto “buen salvaje”. No existen ni individuos ni instituciones fuera de la historia. Ni existe “el individuo privado” o “el hombre” más que como abstracciones. Los que sí existen son los hombres, de carne y sangre, en la historia. Lo que no comprenden los promotores de la nueva barbarie, polarmente situados en un extremo o en el otro, es que ella -la barbarie- sólo sirve para salir de ella. En realidad, la no existencia de límites legales en el terreno económico se traduce en la no existencia de límites morales en el terreno social. Todo vale y nada vale. Pero son estas las premisas necesarias para la construcción de estructuras gansteriles, en nombre de uno o de otro “principio”, de una o de otra “verdad”.
    Rómulo Gallegos, autor de Doña Bárbara, ha sido calificado por algunos de sus exégetas como un exponente del positivismo de principios del siglo XX venezolano. Carlos Fuentes, en Valiente mundo nuevo, lo reivindica ante semejante desgracia. En efecto, a diferencia de Esteban Echeverría (La cautiva), de Domungo Sarmiento (Facundo) o, incluso, de José Hernández (Martín Fierro), Gallegos no concibe la barbarie como un datum natural, sino como el resultado de un proceso histórico, marcado por el miedo y la esperanza, es decir, por las dos caras de una misma moneda. El mismo personaje central, Santos Luzardo, proviene -es el resultado- del proceso civilizatorio hispano-americano. Gallegos tampoco concibe la civilización como un término que se ubica por encima del otro término de la oposición -la barbarie-, sino que su papel consiste en su reconocimiento mediante la progresiva función civilizatoria, educativa, ética, de la barbarie. En fin, no toma partido por uno de los términos del conflicto, porque su función consiste en la comprensión de la necesidad de su recíproca compenetración. Y en esto el juicio -la objetivación-, el buen sentido, el respeto por el estado de derecho, juegan un papel central. La solución al conflicto no consiste en destruir uno de los términos -en este caso, una vez más, a la barbarie-, sino superarla y conservarla (Aufheben), transformarla en beneficio de una nación de ciudadanos libres. Quizá por eso, valga la pena recordar lo que dice Fuentes: “padre nuestro que eres, Gallegos”.

    Historia y conciencia de los extremos.

    Enviado por @jrherreraucv 
    Pieter Brueghel el Viejo: “La torre de Babel” (1563).
    Pieter Brueghel el Viejo: “La torre de Babel” (1563). 

    El siglo XIX venezolano fue una tragedia anunciada. Desués de terminada la guerra de independencia, y con la muerte de Bolívar, el país, ya dividido de “Colombia la Grande”, perdió cien años de historia. En una conocida carta del 9 de Noviembre de 1830, Bolívar le escribe a su amigo el General Juan José Flores -primer presidente de Ecuador-: “He mandado veinte años, y de ellos he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la América es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve a una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5) devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6) si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América”. Bolívar resumía, con extraordinaria precisión, lo que durante los siguientes cien años caracterizaría a Venezuela y, en no poca medida, al resto de la América Latina.

    Las luchas intestinas entre godos y liberales en Venezuela fueron, más o menos, similares a las del resto de latinoamérica. En realidad, todas poseían una escisión de origen que pocas veces ha logrado cicatrizarse para, en un relativamente corto lapso de tiempo, volver a abrirse y sangrar, Immerwieder. Se trata de la lucha a muerte por el reconocimiento de dos figuras de la experiencia de la conciencia social e histórica, a las que Hegel, en la Fenomenología del Espíritu, define como “señorío y servidumbre”, la “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. Dos términos incompatibles, opuestos entre sí, que, sin embargo, son interdependientes y, en última instancia, idénticos en la medida en la cual se determinan recíprocamente. Los unos son conservatistas, los otros liberales; éstos son elitístas, aquéllos populistas. Los primeros dicen defender a Dios, la familia y la propiedad. Los otros a la Historia, la prole y la justicia social. Son la razón de los monstruos y los monstruos de la razón. En El espejo enterrado Carlos Fuentes los ha definido magistralmente: “un chiste corriente en Bogotá decía que la única diferencia entre ellos era que los liberales iban a misa de seis y los conservadores a misa de siete”.

    Lo cierto es que cuando uno de los extremos perdía sus privilegios frente al otro y, aplastado, era conducido a la ruina y al no-reconocimiento, asumía el papel del “revolucionario liberal”, en el nombre de los desposeídos. Pero una vez que tomaba el poder y consolidaba su triunfo asumía cabalmente el lugar del otro. Y viceversa. Este drama continuado de “tiranuelos de turno” terminó arruinando al país, hasta conducirlo, como advertía Bolívar, al “caos primitivo”. Juan Vicente Gómez, un campesino zamarro de los Andes venezolanos, puso fin al combate a través del ejercicio del terror durante ventisiete años, desde 1908 hasta su fallecimiento, en 1935. A sangre y fuego, el dictador extinguió la llamarada de los constantes alzamientos de los caudillos regionales a lo largo y ancho del país. La creación de un ejército profesional y la construcción de carreteras por casi todo el territorio nacional tuvo ese propósito. Pero con ello, además, terminó unificando la nación y fraguando los fundamentos del Estado moderno en Venezuela. Es un ejemplo más de la hegeliana astucia de la razón. Gómez ató con fuerza a las diferentes figuras asumidas por los extremos y las mantuvo bien atadas, con grilletes, por lo menos hasta después de su muerte. Sólo hasta el 18 de Octubre de 1945, con el golpe militar contra Isaías Medina Angarita, el otro extremo pudo reagruparse y recuperar sus fuerzas, rearmándose. Pero pronto las fuerzas conservatistas le asestarían un nuevo golpe, que las mantuvo fuera de combate hasta 1959, época de la caída de la dictadura de Pérez Jimenez.

    Fue con la presidencia de Rómulo Betancourt, de 1959 a 1964, y luego con quien lo sustituiría en el cargo, Raúl Leoni, que el país logró volver a atar con firmeza a sus demonios extremistas.

    Durante sus primeros años en el poder, Betancourt debió enfrentar la contraofensiva militarista y conservadora hasta reducirla a su mínima expresión. Más tarde, debió enfrentar a la llamada 'guerra de guerrillas' de la extrema izquierda, a la que también logró desarticular y reducir. Betancourt, ideólogo del Pacto de Punto Fijo -acuerdo consensuado entre los más representativos sectores democráticos del país-, había neutralizado a los extremos en pugna y estabilizado el naciente régimen democrático. Él fue, sin lugar a duda, el más importante político venezolano de todo el siglo XX. Coerción y consenso a un tiempo. Sólo después de la hazaña democrática liderada por Betancourt el país prosperó progresiva y sostenidamente y pudo entrar al siglo XX. Venezuela tuvo cuarenta años de estabilidad política y de crecimiento económico y social. Hasta que Chávez desatara -una vez más- los demonios decimonónicos. Los extremos se tocan, y Chávez hizo que se tocaran, aprovechándose del creciente descontento general de la población y de la desconfianza en las instituciones democráticas. Descontento y desconfianza, por demás, sembradas a través de poderosos e influyentes medios de comunicación, en manos de sectores interesados en sacar provecho mientras se autodefinían como “el centro”. Sectores conservatistas que, en esa oportunidad, cerraron filas del lado de la extrema izquierda y en contra del sistema democrático. Los extremos devienen, no son puntos fijos, inamovibles. El centro es, en realidad, una ilusión, la mala conciencia de los extremos. La ¨lógica binaria” no se resuelve con una lógica “alternativa” sino inmanentemente. Más bien, y de acuerdo con sus intereses, los extremos son camaleónicos. Los nuevos aliados marcharon juntos, mientras reconocían sus coincidencias. Esa fue la función de Luis Miquilena y de José Vicente Rangel, entre otros operadores políticos: tender los puentes necesarios para que las fuerzas extremas se fusionaran y se consolidaran en un mismo polo -en el llamado “polo patriótico”-, a objeto de hacer desaparecer de la faz de la tierra el sistema democrático representativo fundado por Betancourt. Y así lo hicieron. Hasta que, en el año 2002, Chávez comenzó a manifestar diferencias de fondo con la vieja godarria, al tiempo que se acercaba, cada vez más, a Fidel y Raúl Castro. Y, después del golpe de Estado del 11 de Abril, decidió romper los compromisos adquiridos con la derecha histórica para instaurar un régimen dictatorial de extrema izquierda, bajo la capucha de las apariencias democráticas. En realidad, un cártel, un gang, al servicio del narco-tráfico y del terrorismo internacionales, bajo la sombra del Foro de Sao Paulo, que ha terminado colmando de miserias, corrupción, saqueo del erario público, violencia sin fin y la más brutal de las represiones. Con el llamado socialismo del siglo XXI, Venezuela -y con ella, buena parte de la América Latina- regresó, bajo las formas propias del ricorso viquiano, a los peores días del caos primitivo del siglo XIX. Bajando por la espiral de la historia viquiana, Venezuela ha pasado, una vez más e indefectiblemente, de la modernidad a la pre-modernidad. La tarea que sigue a continuación es inevitablemente ardua y su recuperación pasa por una reconstrucción de su tejido civil en el cual la educación estética tendrá que ocupar un lugar preponderante.

    Utopía

    Utopía de Tomas Moro


    El entendimiento abstracto domina a sus anchas el presente histórico. Es el verdadero Imperium tras las disputas de los eventuales imperios. Lo ha hecho por siglos y no siempre sin saña. Lo hizo a partir de la edad cartesiana, quizá todavía con cierta candidez, tímidamente. Pero la Ilustración lo hizo su señor, y a partir de entonces se fue haciendo cada vez más necesario, cada vez más determinante. Hoy es omnipresente, todo lo rige y controla. Es la “barra de seguridad” del presente. De ahí que la flexión de las ideas haya perdido vitalidad y se entumeciera ante las disecciones que al entendimiento le son inevitables. Y es que el entendimiento, abstracto y reflexivo como es, todo lo entumece, todo lo fija, lo encasilla y lo proyecta, convirtiendo la parcialidad y univocidad de sus puntos de vista en tablas sagradas, contentivas de mandamientos irrefutables, leyes absolutas que han hecho de la analítica, la lógica y la Scientia prima aristotélicas un manual, un catecismo, en formato de tablet, para no decir de teléfono “inteligente” (y acá, por cierto, la expresión “inteligente” no hace referencia al intelligere, a la facultad de entretejer la delicada filigrana de la actividad de pensar, sino más bien al ente por mor de las abstracciones propias del entendimiento). Cenizas calcinadas por árboles. La inversión especular de la hoguera de las vanidades de Girolamo Savonarola. La obsesiva referencia implícita a la renuncia al cambio, al devenir y a la esteticidad -la plasticidad- de la libertad, que es la condición sine qua non de la capacidad de pensar.

    No la naturaleza, sino las “leyes físico-matemáticas”; no el derecho de gentes, sino las “leyes del derecho natural”; no la mente o el quehacer social, sino “las leyes -o “los modelos”, da lo mismo de la psicología, la sociología o la teoría política, con sus “instrumentos metodológicos” y “estadísticos”, que “aseguran” mediante el cálculo, la “previsión” y la “prevención” de todo y de todos. En fin, no el sujeto-objeto en su devenir, sino el sujeto puesto y cosificado. Un mundo seguro porque quieto. Una fotografía. Es el “está más quieto que una foto”, salido de la jerga del rufián, en la que, sorprendentemente, hay mucho más vida. La “fiel imagen” de una realidad que carece de realidad. Lúgubre y triste, naturaleza muerta, cadaver insepulto, ático de todos los enseres rotos del mundo de desechos que va dejando a su paso, maqueta de una maqueta que asegura ser perfectible. Vitrina de lo que no puede llegar a ser y exhibe con arrogancia. Lejos de limitarse a su función específica, el entendimiento usurpa la tarea de la ontología. Por eso se ve en el apremio de invocar la fe y de proyectarla como su máximo grado de autorealización. Lo que no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el cláustro de María, aseguran las Escrituras. De ahí surge el reflejo, el espejismo de la esperanza, tanto como el de la utopía, ese mundo invertido, del no lugar, del no ser y del no estar, que Quevedo tradujo como “no hay tal lugar”.

    Según el entendimiento, la utopía tiene dos modos de definirse: o -según el conocimiento de oídas o por experiencia vaga- es el proyecto de lo deseable, aunque de improbable realización, o -según el conocimiento causa-efectista- es la representación imaginaria de la sociedad, tal y como ésta debería ser. En ambos casos, o bien como proyecto o bien como representación, se trata de una aspiración indistintamente imposible de realizar, de alcanzar en la práctica, dado su caracter esencialmente fantástico, o como dice el entendimiento abstracto, “idealista”. Hay algo de religioso en la utopía. De hecho, no es improbable que sus aromas provengan directamente de la oferta de una vida, si no eterna, por lo menos sí paradisíaca. Vivir en la isla Utopía es como vivir en el Paraíso. Tomás Moro, sentado en uno de los bancos del gran parque de la isla. No tiene hambre y el clima es primaveral. Al fin puede respirar la paz infinita. Es un camposanto. El césped del parque es perfecto. Moro cuenta ovejas regordetas, vestidas de un blanco impecable. Cerca del arroyo cristalino, está un arbol de tupido follaje que oculta entre sus frondosas ramas una familia de petirrojos. Moro cuenta las ovejas, oye el correr de las aguas y la dulce melodía de las aves. La imagen se repite día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Moro sigue contando y oyendo. Ya van tres meses. Está al borde de un ataque de nervios. Esa noche, sufre una pesadilla. Las ovejas se le vienen encima y tratan de morderle el rostro. Los petirrojos le atormentan y ya no entonan una dulce melodía sino que, como en The birds de Hitchcock, lo asechan y tratan de asesinarle. Ha despertado en un charco de sudor y orine, al sentir como se hundía en las aguas del arroyo. The dream is over, como diría Lenon. La utopía termina en la peor distopía, y ambas son sorprendidas como los lados extremos, opuestos y complementarios, de una única e indivisible topía totalitaria. Hic Rhodus, hic saltus.

    Dice Carlos Fuentes en su Valiente mundo nuevo que, en realidad, Moro no diseñó Utopía sólo como un mundo imaginario, fantástico, ese al que Maquiavelo llamara en Il Principe “un castillo sobre las nubes”. Más bien, se trata de la caracterización de la imagen invertida de la amarga Inglaterra que le tocó vivir, y, en tal sentido, vista a través del espejo, contiene su más radical denuncia. Por cierto, pintar los colores del mundo deseado, tal y como debería ser, es también la premisa de toda religión. Pero, al mismo tiempo, Utopía sirvió de motivo inspirador para la construcción del nuevo mundo. Había que construir una nueva sociedad, absolutamente opuesta a la europea, de estreno. El resultado de tal empresa está a la vista. El cielo y el infierno no son términos alternativos. Como dice Spinoza, “bien y mal se expresan en forma puramente correlativa, y una sola y misma cosa puede ser llamada buena y mala según como se la considere”. Pero como el entendimiento abstracto, fiel a sus presuposiciones, es incapaz de “abrazar este orden de pensamientos”, no puede más que trazar los límites entre los términos, sin detenerse a pensar que fue él mismo quien definió por bueno lo que hoy considera malo. Se impone la razón histórica. La fe se niega a voltear la mirada. Teme convertirse en esfigie de sal. Pero si, llegados a los efectos, no se es capaz de mirar retrospectivamente el propio recorrido, no habrá otro remedio que cometer, una y otra vez, los mismos errores de siempre.

    Por @Jrherreraucv / José Rafael Herrera