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Vivir bajo sospecha

No importa la verdad, sino quién puede instalarla.

Somos una sociedad que desprecia los hechos y ama las teorías. Muchas de esas teorías responden a dogmas previos cristalizados, o peor aún a intereses particulares.
En el marco de la posverdad, para un conjunto de actores (sobre todo vinculados al poder económico, político, religioso, científico, comunicacional), no importa la verdad, sino quién puede instalarla. Logran instalar como verdad algo que se le parece pero no lo es.

Desde hace un tiempo, la posibilidad de acceder a la  verdad, fue puesta en duda[1]. Hoy parece que es imposible, nos conformamos con que algo sea verificable o simplemente verosímil, aún así nos queda la duda, quedando a criterio y discernimiento propio su aceptación.

Para poder entender la paradoja que esta situación nos plantea, es necesario hacer un recorrido sobre algunos conceptos y definirlos:
-         Qué entendemos por verdad desde las distintas áreas de la filosofía: lógica, teoría del conocimiento, ontología, ética y psicológica.
-         Proceso de conocimiento.
-         Concepto de verdad.
-         Verificabilidad.
-         Verosimilitud.

Qué entendemos por verdad:
Desde la Lógica, la verdad es una herramienta, que junto con las reglas formales del razonamiento, nos llevan a un resultado válido. O sea, la verdad en este caso es absoluta, algo o es verdadero o falso, no hay término medio, no puede existir una verdad a medias (sería falsa), pues se aplica el principio de tercero excluido.
En la Teoría de Conocimiento, se considera a la verdad como una adecuación entre el objeto y lo que piensa de él el sujeto. O sea una relación entre lo que pensamos subjetivamente y una realidad objetiva.
En cuanto a la Ontología, el ser es uno, bueno y verdadero. Es decir, la verdad es una de las características esenciales del ser.
En relación a la postura Ética, es lo opuesto a la mentira, se conoce algo como verdad y se decide, voluntariamente, sostener lo opuesto.
Desde la psicología filosófica, se identifica a la verdad con la certeza, que es la seguridad, interior y subjetiva, de poseer la verdad.
La verdad, que hoy nos parece imposible acceder, se refiere más a la mirada gnoseológica que al resto, por lo cual me voy a enfocar en esta perspectiva.


En cuanto al proceso de conocimiento:
Analicemos el siguiente cuadro acerca de la relación de conocimiento:

La relación de conocimiento se da entre un objeto al que se conoce y un sujeto que lo adquiere, entre la realidad y el cognoscente:
-                           La realidad irrumpe, perturba  la indiferencia de nuestros sentidos, los excita y a partir de ese momento se pone en funcionamiento nuestra capacidad cognitiva.
-                           Los sentidos reciben los estímulos, y con ellos conforman una imagen.
-                           De esa imagen, la inteligencia extrae las notas inteligibles y elabora los conceptos y los asocia a palabras que los designan, que también hemos recibido del exterior.
-                           Los conceptos e imágenes se guardan en la memoria, que también tiene su particularidad, que es el de modificar, de alguna manera, el recuerdo a la hora de necesitarlo.
-                           Al relacionar conceptos, realizamos representaciones, interpretaciones de esa situación que nos afecta; proposiciones que nos permiten referirnos a la realidad.
-                           Pero, aún nos falta un paso más, es comprobar si ese enunciado se corresponde con aquello a lo que se refiere. Es en este momento donde se puede comprobar la verdad de la proposición.
De este esquema podemos sacar algunos datos a tener en cuenta:
-                           No hay conocimiento sin observador.
-                           Todo lo conocido pasa a través de los sentidos, aunque después lo reelaboremos.
-                           La verdad es una relación de adecuación, y se refiere a la interpretación que hacemos de la realidad, no al objeto.
-                           No hay objeto conocido sin sujeto cognoscente.
Concepto de verdad:
La definición más común, desde el punto de vista del conocimiento, es aquella de Aristóteles, “la verdad es la adecuación de la mente a la realidad” o dicho de otra forma: “La Verdad es la correspondencia entre una relación pensada ‘subjetiva’ (proposición) con la situación ‘objetiva’ a la que se refiere (realidad)”.

Sostenía B. “Spinoza que el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas. Pero cuando se genera una ruptura –precisamente, un desgarramiento, una escisión– recíproca de los términos de esta adecuación o, lo que es igual, cuando se pone objetiva y explícitamente de manifiesto la inadequatio existente de lo uno y de lo otro, el resultado es la pérdida de la más importante de todas las riquezas: la del espíritu, sin la cual no es posible la prosperidad material de una sociedad”[2].

En este punto es donde comienza la dificultad, pues, tanto la realidad, en cuanto objeto capaz de ser pensada, como la relación que el sujeto establece entre dos o más conceptos (proposición), son construcciones sociales. Una y otra dependen del observador, ya que es éste el que constituye al objeto y al sujeto como lo que son, respecto al conocimiento.
En cuanto a la realidad, la forma y características de las cosas, aunque existentes en sí mismas, pues de ellas se reciben los estímulos que excitan los sentidos; no existen por sí mismas como objeto, con objetividad propia, sin un observador que las defina, legalice o sancione.
Voy a utilizar un ejemplo que me propuso Oscar Schvarzer, “podríamos suponer un hipotético Ser inteligente muy pequeño de menor tamaño que un microbio. Este observaría que si el núcleo de un átomo fuera del tamaño aproximado de una Nuez, su nube de electrones circundantes, ocuparía un espacio superior al de una cancha de fútbol y el siguiente átomo más próximo constitutivo de esa porción de materia, se encontraría a decenas de kilómetros del anterior (o sea que en proporción equivaldría a una distancia, equivalente a esta) de manera que el espacio vacío sería gigantesco, frente al ocupado por materia densa. Otro ser un poco más grande, podría ver los átomos como una manzana y estos estarían a una distancia “equivalente” a varios km unos de otros, (2, 5 o 10 km, según el tipo de sustancia) es decir que si este observador se encontrara en un lugar intermedio, no podría visualizar nada material”.
Todos estos modelos, pueden ser válidos o inexistentes según el observador. Decir que el mismo objeto tiene distintas formas o tamaños simultáneamente, podría ser equivalente a que no posea una existencia propia mientras que ésta no se pueda probar, aunque la tenga y no dependa de la existencia o no del espectador. Es decir, el universo existe aunque no existiera vida inteligente capaz de constituirse en observador que pudiera afirmar su existencia.
De esta situación surgen varias posturas, desde la realidad está ahí y lo único que tengo que hacer es dejar que transcurra, es inasible;  pasando por lo que sostiene Aristóteles: “nada está en la inteligencia, que primero no haya pasado por los sentidos”; hasta el más absoluto nihilismo que sostiene que la realidad extra-mental es una construcción de mi mente (soy lo único que existe), o al menos no puedo probar la existencia de algo fuera de mi.
En conclusión, el observador es el que da entidad cognoscitiva al objeto como tal y en referencia a sí mismo, que se instituye como sujeto, y establece, con aquél, una relación de conocimiento.
Pero, la realidad, está ahí y nos golpea, el objeto también nos convierte en sujeto, sin él no habría conocimiento y no cabría la posibilidad de cuestionarnos acerca de la verdad.
Resulta casi imposible, entonces, conocer la realidad (lo existente fuera del observador) tal cual es, para lo cual necesitamos la posibilidad de comparación con otros observadores, de ahí que el conocimiento se convierte en un hecho social.
Es en el marco del lenguaje, donde se elabora la relación pensada por el sujeto (proposición), que es una conexión entre conceptos, predicando una propiedad (predicado-cualidad) a un determinado objeto (sujeto, en lenguaje sintáctico) que la contiene.
En filosofía es muy usada la frase “vivimos en el lenguaje” para anunciar que la realidad humana descansa sobre la plataforma del lenguaje. El lenguaje es el sistema lingüístico mediante el cual nos comunicamos los seres humanos a partir de signos sonoros que pueden ser representados gráficamente. En tanto que tenemos la facultad de usarlo, el lenguaje se nos presenta como la condición necesaria para organizar un mundo a la manera humana. Sin este sistema de comunicación, la vida no sería la que es toda vez que el lenguaje define el entorno en el que cobra acción la vida de los hombres.”[3] El lenguaje define, pero no da existencia real.
“Pensemos por un momento que careciéramos de lenguaje. Sin lenguaje toda esa realidad sólo sería un ‘eso’, es decir, un todo indeterminado imposible de definir en el que no se descubren partes, no se distinguen cosas como mesa, silla o árbol, no hay nada concreto, sino una espesa nube colorida y difusa en donde los objetos desaparecen en el todo. Y es que el lenguaje hace que las cosas se destaquen, que ‘salgan’ a la realidad y se manifiesten, que cobren ‘existencia’”[4].
Lo que sostiene J. Derrida, hace pensar que damos existencia al objeto, pero, la realidad misma es la que hace que nosotros, a través del lenguaje, podamos nombrarla y darle ‘existencia como objeto’.  De hecho, cada vez que nos encontramos con una cosa desconocida, le ‘inventamos’ un nombre.
Pero además, los observadores, están insertos y atravesados por la sociedad espacio-temporal en que se desarrollan y se moldean a través del lenguaje.
Como sostiene Descartes “Y si escribo en francés, que es la lengua de mi país, en lugar de hacerlo en latín, que es el idioma empleado por mis preceptores, es porque espero que los que hagan uso de su pura razón natural, juzgarán mejor mis opiniones que los que sólo creen en los libros antiguos; y en cuanto a los que unen el buen sentido con el estudio, únicos que deseo sean mis jueces, no serán seguramente tan parciales en favor del latín, que se nieguen a oír mis razones, por ir explicadas en lengua vulgar[5].
“Aparentemente, nos encontramos aquí con la distinción, incluso con la oposición, entre lengua y discurso, lengua y habla. En la tradición saussuriana se opondría, de este modo, el sistema sincrónico de la lengua, el ‘tesoro de la lengua’, a los actos de habla o de discurso, que serían la única efectividad del lenguaje. Esta oposición, que cubriría también la de lo socioinstitucional y lo individual (el discurso sería siempre individual), suscita numerosos  problemas… Ante esta dificultad, que él trata un poco como un accidente terminológico inesencial. Saussure dice… que… es preferible interesarse por las cosas mas que por las palabras”.[6]
“Sin embargo, si nos fiásemos, por pura comodidad provisional, de esta posición saussuriana, de este modelo mas ‘estructural’ que ‘generativo’, tendríamos entonces que definir nuestra problemática así: tratar aquello que en un acontecimiento filosófico como acontecimiento discursivo o textual, siempre tomando en la lengua, llega por la lengua y a la lengua, ¿qué pasa cuando semejante acto de discurso se nutre del tesoro del sistema lingüístico y eventualmente lo afecta y lo transforma?”.[7]
Sería, “una poderosa combinatoria de discursos que se nutre de la lengua y está condicionada por una especie de contrato social preestablecida y que compromete de antemano a los individuos”.[8]
Aquí se presenta la paradoja de la lengua natural, aquella con que nos comunicamos en una determinada sociedad, dando un significado especial a cada término donde intervienen todos los aspectos que hacen al humano como tal, aunque solo intente interpretar; y de la lengua artificial, creada a propósito para determinada función, general, que trasciende las diferencias y connotaciones culturales, dando así un común significado a cada símbolo, como ocurrió con el griego antiguo o el latín, y ahora con el lenguaje matemático o de las ciencias duras; ambas responden a un contrato social preestablecido, uno particular y otro universal. En una se manifiestan las particularidades humanas, pasiones, emociones, etc., y en la otra solo las racionales, lógicas, estrictas. Sin embargo en ambas se puede perder de vista la necesidad de adecuar las proposiciones a la realidad. Realidad que es interpretada en razón del lenguaje mismo.
Pero, cuando se rompe el contrato social, para el observador, ya no existen referentes, salvo las cosas, para construir expresiones que se refieran al hecho.
En el mundo científico, es difícil que se rompa el contrato social que da base al sistema lingüístico, por la misma razón de su rigidez estructural y metódica.
Pero, en las ciencias humanas, en las relaciones sociales y culturales, etc., la globalización de la economía y especialmente de las comunicaciones, produjo esa ruptura.
El sistema –mundo globalizado– hace que se difuminen las referencias. Los distintos sistemas culturales, lingüísticos, ponen en duda las estructuras de referencia.
Solo se trata de interpretaciones.
Por la cual podemos llegar, fácilmente a la conclusión que:
“En el marco de la posverdad, para un conjunto de actores (sobre todo vinculados al poder económico, político, religioso, científico, etc.), no importa la verdad, sino quién (o quiénes) puede instalarla, evidentemente, estos actores vinculados con el poder del estado y de los medios de comunicación, logran instalar ciertas interpretaciones como verdades y no lo son, o por lo menos no se adecúan a la situación objetiva. Solo apariencias”.
Sostiene F. Nietzsche, "la apariencia es la viva realidad misma actuando que, irónica consigo misma, había llegado a hacerme creer que aquí no hay más que apariencia, fuegos fatuos, danzas de duendes y nada más."[9]
"La creencia en la reputación, el nombre, la apariencia, el valor, el peso y la medida habituales de una cosa –que en un principio fueron algo erróneo y arbitrario que cubrió a la cosa como fina capa totalmente extraña a su naturaleza e incluso a su epidermis–, la creencia en todo esto, digo, transmitida de generación en generación, se fue convirtiendo en el cuerpo de esa cosa en solidaridad de algún modo con su crecimiento más íntimo; ¡la apariencia primitiva acaba siempre convirtiéndose en la esencia y actuando como tal! ¡Qué locura supone pretender que bastaría denunciar ese origen, ese velo nebuloso de la ilusión para aniquilar ese mundo que consideramos esencial y al que llamamos "realidad"! ¡Sólo podemos aniquilar siendo creadores! Pero no olvidemos tampoco esto: que basta crear nuevos nombres, nuevas valoraciones y verosimilitudes para crear, a la larga, "cosas" nuevas."[10]
Dice I. Asimov, “Negar un hecho es lo más fácil del mundo. Mucha gente lo hace, pero el hecho sigue siendo un hecho.”




[1] Este tema está desarrollado en http://www.microfilosofia.com/2017/03/el-camino-la-subjetividad-nem.html
[2] http://www.microfilosofia.com/2017/10/del-dicho-al-hecho.html
[4] Ídem.
[5] Rene Descartes, Discurso del método. pdf. Pg. 61. Hablando del presente francés que lo atraviesa a Descartes, Derrida sostiene “Este presente marca… el acontecimiento aparente de ruptura, pero también de continuidad de un proceso histórico interminable e interminablemente conflictivo… el imperativo de la lengua nacional, como medio de comunicación filosófica y científica, no ha dejado de reiterarse y de re-iterarnos al orden… en una Nota de… (1982) que la lengua francesa ‘debe seguir siendo o volver a convertirse en un vector privilegiado del pensamiento y de la información científica y técnica’.” Jacques Derrida, El lenguaje y las instituciones filosóficas, Paidós, 1995, pg. 34.
[6] Jacques Derrida, El lenguaje y las instituciones filosóficas, Paidós, 1995, Pg. 31
[7] Ídem Pg. 32
[8] Ïdem, pg 33

F. Nietzsche y la corrupción

Los filósofos también profetizamos

En toda sociedad existe la corrupción, es algo inherente al ser humano, pues tiene tendencia acumular poder, que le viene de los resabios del instinto de dominio. Especialmente en aquellas personas que tienen alguna cuota de poder. En una sociedad organizada, con instituciones independientes y fuertes, que se controlen mutuamente, la posibilidad de que la corrupción llegue a todos los ámbitos es poca.


A fines del siglo XIX el filósofo alemán Friedrich Nietzsche[1], en el libro “La gaya ciencia”, en el punto 23, propone “Los síntomas de la corrupción”.
Dice: "Detengámonos a observar en el interior de las condiciones sociales…, los síntomas que son calificados de "corrupción".[2]
En un primer lugar: "comienza a predominar una superstición de diversos aspectos, mientras que se degrada y se vuelve impotente la creencia que hasta entonces profesaba un pueblo en su totalidad: la superstición es efectivamente un librepensamiento de segundo orden, quien se entrega a ella opta por un determinado número de formas y de fórmulas que le convienen, concediéndose a sí mismo el derecho a elegir. En comparación con el individuo religioso, el supersticioso es mucho más "personal".[3]
En las última década del siglo XX, luego de “la caída del muro de Berlín” resurge el liberalismo económico, a la nueva versión se le denomina “neoliberalismo” que propone nuevas formas de libertad de mercado, se desecha la idea del “Estado de Bienestar” y comienza la era de la “Teoría del Derrame”, se impone en la sociedad, supersticiones del tipo “hay que privatizar las empresas estatales”, y se concibe la idea de la privatización de la educación y salud. El Estado ya no es indicador del camino a seguir sino que sólo es regulador.
Asimismo, junto con el aspecto económico, se pone énfasis en el goce individual, en lo valioso de las distintas culturas, la globalización de la información, la diseminación de las distintas religiones mono y politeístas, filosofías orientales, aparece el postmodernismo[4], ya no hay verdades absolutas.
En segundo lugar sobreviene el relajamiento de las costumbres: "se acusa de relajamiento a la sociedad en la cual la corrupción gana terreno; y es evidente que en ella disminuyen el aprecio de la guerra y la afición a ésta, mientras que de ahora en más se aspira a las comodidades de la vida con el mismo fervor con el que antes se aspiraba a los honores gimnásticos y guerreros."[5] ¿Quién no puede estar de acuerdo con el fin de las guerras?, con más razón después de las dos guerras mundiales, la guerra fría, etc. y, como si fuera un movimiento pendular, se pasa a las comodidades de la vida que se manifiesta en el goce a toda costa, con el consecuente enriquecimiento. Sin tener en cuenta que se está perjudicando a todo el resto de la sociedad, se antepone el beneficio propio por sobre el bien común. El “otro” se convierte en un medio para alcanzar los fines personales.
Pero, "precisamente, en épocas de "relajamiento", la tragedia frecuenta las casas y recorre las calles, surgen grandes amores y grandes odios"[6], comienzan a crecer en gran medida los excluidos de las sociedades, los sin trabajo, las migraciones internas a los grandes centros de poder, recrudecen las adicciones, la violencia doméstica, la virulencia de los delitos…
"Se tiende a considerar, para compensar de algún modo los inconvenientes de la superstición y del relajamiento, que en estas épocas de corrupción existe una mayor dulzura que en las precedentes y que, en comparación con las épocas más creyentes y fuertes"[7], se ensalzan, al máximo, los valores de libertad, tecnologización, propiedad y algunos disvalores como el lujo, vulgaridad, ostentación…, se tiende a justificar la corrupción con la frase “roban, pero hacen”.
"La crueldad ha retrocedido considerablemente. Pero yo no podría sumarme a esta forma de alabanza, como tampoco podría hacerlo a censuras semejantes; sólo aceptaré que ahora la crueldad se hace más sofisticada y que en adelante sus formas más antiguas atentan contra el buen gusto, aunque en épocas de corrupción las heridas y torturas mediante palabras y miradas alcanzan su pleno desarrollo; asimismo, en tales épocas se crean tanto la maldad como el placer por la maldad"[8]. Se incrementan los daños producidos por el neoliberalismo y el individualismo, es cada vez mayor la marginalidad, pobreza; y la consecuente exclusión y protesta social. 
En tercer lugar: los corruptos en general son los que acusan a otros de lo mismo que son ellos, le cabe aquél refrán que dice “el ladrón cree a todos de su misma condición” y para ello agudizan sus discursos. "Los hombres de la corrupción son muy ingeniosos y agresivos; saben que existen otras maneras de matar diferentes a las causadas por un puñal y un golpe de mano, y no desconocen que todo lo que se dice bien goza de credibilidad"[9], y toda mentira que se repite hasta el hartazgo al final queda subyacente como verdad.
En cuarto lugar cuando el terreno está propicio, surgen los tiranos: "Cuando la descomposición alcanza el mayor grado, justo como la lucha entre tiranos de todo tipo, surge entonces el César, el tirano definitivo, que pone fin al conflicto agotado por el dominio exclusivo de uno solo, dejando que el cansancio actúe por su cuenta. A su llegada, el individuo está ya en plena madurez y, por consiguiente, la "cultura" ha alcanzado su más grande estado de fecundidad (si bien no a causa de él ni por él, aunque a los hombres sumamente cultos les gusta adularla haciéndose pasar por obra suya)."[10]
Seducen a todas las organizaciones sociales de todo tipo con su discurso, "hasta las manos más nobles se ofrezcan en cuanto un hombre poderoso se muestre dispuesto a derramar en ellas su oro. En ese instante se descubre una gran incertidumbre respecto del futuro que se vive para el presente; es un estado anímico en relación con el cual todos los seductores disponen de buenas oportunidades de juego, en tanto que la seducción y la corrupción se dejan para "el presente", ¡reservándose el futuro y la virtud![11]
Construyen poder con la teoría ‘amigo-enemigo’, necesitan de un enemigo común externo o interno, que siempre son poderosos, aúnan las voluntades de los pueblos y acallan voces que reclaman por la corrupción reinante; corrompen y desvían, de su propósito o ideal, a las organizaciones que en ellos pusieron su confianza. Se apropian y tuercen los ideales que sostuvieron a una sociedad ensamblada. Se sienten inmortales, y con derecho a eternizarse en el poder.
“Los individuos…, se preocupan del momento más de lo que lo hacen sus oponentes, los hombres gregarios, pues se consideran a sí mismos tan imprevisibles como el futuro. De esta manera, se unen con gusto a los violentos, pues se sienten capaces de actuar y disponen de recursos que la masa no comprendería ni perdonaría, mientras que, por otro lado, descubren que el César extiende el concepto de derecho del individuo hasta incluir también sus transgresiones, y que le interesa convertirse en el intérprete de una moral privada más audaz. El tirano piensa de sí mismo, y quiere también que los demás piensen, lo que a su modo dijo Napoleón de una manera totalmente clásica: "Tengo el derecho a contestar todas las quejas que me hagan con un eterno 'yo soy el que soy'. Yo estoy al margen de todos, no acepto condiciones de nadie. Deben someterse a todos mis caprichos y estimar como absolutamente natural que me entregue a tales o cuales distracciones". Así le aseveró Napoleón a su esposa, un día que ella puso en duda, no sin fundamento, la fidelidad conyugal de su marido”[12]. Sostienen que tienen el derecho a disponer de los bienes de todos como si fueran suyos, someten a la sociedad a su imperio y orden, hasta se creen sus propios discursos, y se sienten únicos capaces de salvar a la patria de los enemigos, que ellos mismos establecieron.
"En las épocas de corrupción caen los frutos del árbol; me refiero a los individuos, portadores de las semillas del futuro, instigadores de la colonización espiritual y de la formación de nuevos órganos del Estado y de la sociedad. La palabra corrupción no es sino un término despectivo para hacer referencia a las épocas otoñales de un pueblo."[13]
Pero, como son seres humanos, también les llega el final de la vida, o la sociedad, al sentirse tan humillada, bastardeada, dice “basta”.
Para salir de esta situación se necesita de instituciones fuertes e independientes, no corruptas, las cuales el “cesar” se ha encargado de destruir.
Se necesita volver a fundar el “pacto social” pero cuidado, en una auténtica democracia se deben escuchar todas las voces, aún las de lo que están en contra de ella, aún las que siguen sosteniendo al ‘césar’, pues se corre el peligro de caer en la demagogia o lo que es peor aún en la oclocracia[14].
Esto es un simple análisis sobre la historia reciente que me toca vivir, y le quité aspectos particulares para que se pueda realizar una analogía con la los hechos que les ha tocado vivir a cada uno en los últimos años. Porque la historia siempre enseña lo que NO debemos volver a repetir.




[1] Friedrich Nietzsche. Friedrich Wilhelm Nietzsche; Röcken, (15 de octubre de 1844 - Weimar, 25 de agosto de 1900) fue un filósofo, poeta, músico y filólogo alemán, considerado uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del siglo XIX. https://es.wikipedia.org/wiki/Friedrich_Nietzsche
[2] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, edición digital.
[3] Ídem
[4] En una famosa declaración del fin del modernismo, simbolizado por Auschwitz, el post modernista francés Jean-François Lyotard preguntó: "¿Después de los metarrelatos, dónde puede residir la legitimidad?" Entonces, ¿qué es el post modernismo? "Simplificando hasta el extremo, yo defino lo post moderno como la incredulidad hacia los metarrelatos". Es decir, el post modernismo es profundamente escéptico (o receloso) hacia los grandes sistemas o historias explicativos. También critica todo criterio que proclame ser neutral, imparcial o racional. El filósofo cristiano Merold Westphal observa que el modernismo se caracterizaba por la búsqueda de (a) la certeza absoluta (piense en Descartes) y (b) el totalismo, ese sistema "todoincluyente" (metarrelato). Los modernistas intentaron crear "grandes historias" --sin referencia a Dios-- sobre las cuales fundamentar la dignidad humana, la libertad, la moralidad y el progreso.
Mientras que el modernismo buscaba sistemas totalizantes y una certeza absoluta, el post modernismo ahora los pone en duda de dos maneras. Para contrarrestar el totalismo, el post modernismo asevera que frecuentemente utilizamos la "razón" para buscar el cumplimiento de nuestros intereses y deseos; la "verdad" es cualquier cosa que fomente mi voluntad o intereses (o los de mi grupo). Hay una "agenda política" en cualquier cosa que declaremos como verdad. El conocimiento no es neutral. (Esta observación utiliza la "hermenéutica de la sospecha"). En respuesta a la certeza imparcial, el post modernismo enfatiza que nuestras ideas y juicios están incrustados en un contexto histórico-cultural; así que nunca podemos salirnos totalmente de dicho contexto por pura reflexión. (A esto se le ha llamado la "hermenéutica de la finitud"). http://es.4truth.net/fourtruthespbnew.aspx?pageid=8589983633
[5] Ídem
[6] Ídem
[7] Ídem
[8] Ídem
[9] Ídem
[10] Ídem
[11] Ídem
[12] Ídem
[13] Ídem
[14] La oclocracia es el gobierno de la muchedumbre, es decir," la muchedumbre, masa o gentío es un agente de producción biopolítica que a la hora de abordar asuntos políticos presenta una voluntad viciada, evicciosa, confusa, injuiciosa o irracional, por lo que carece de capacidad de autogobierno y por ende no conserva los requisitos necesarios para ser considerada como  «pueblo»" https://es.wikipedia.org/wiki/Oclocracia