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| La modernidad ante el espejo: ¿elegimos genuinamente o nos limitamos a desear lo que la industria cultural determina? |
Libertad y resignación
A Dora, mi esposa, con amor.
Cuarenta y cinco años después.
La libertad es una conquista tan valiosa como frágil, y puede perderse de manera imperceptible. Habituados a identificarla con la satisfacción de deseos y elecciones, los individuos de las sociedades tardo-modernas pueden llegar a sentirse libres porque compran, trabajan, consumen, se entretienen y expresan sus preferencias sin que nadie parezca obligarlos a hacerlo. Y sin embargo, conviene preguntarse: ¿bastará con poder escoger entre un arcoíris de opciones disponibles para ser auténticamente libres? ¿Qué ocurre cuando las necesidades, los anhelos o las aspiraciones que orientan una determinada escogencia han sido moldeados por las mismas condiciones sociales que mantienen a los individuos sujetos a ellas?
Se trata de una pregunta que si bien no representa una novedad para el pensamiento contemporáneo, posee, no obstante, un giro inquietante -y por cierto, muy actual- en la obra de Max Horkheimer, uno de los filósofos que, junto con Theodor W. Adorno, sometió al tribunal de la crítica las contradicciones de la sociedad industrial avanzada. Su juicio -dialéctico e histórico- obliga a examinar en profundidad la paradoja de una sociedad que proclama la libertad individual como uno de sus principios fundamentales, a pesar de que esa misma condición contribuye, de hecho, a desarrollar mecanismos que debilitan la capacidad efectiva de los seres humanos para determinar su propia existencia.
Para comprender esta flagrante contradicción es necesario abandonar la presuposición, demasiado arraigada, según la cual la libertad constituye una propiedad natural del individuo, algo que le pertenece “naturalmente”, con independencia de la historia. La libertad no es un don que acompaña al ser humano desde su nacimiento ni un atributo que las instituciones se limiten a reconocer. Es una conquista histórica, el resultado de luchas, transformaciones y formas de organización de la vida colectiva, social. Y, como toda conquista histórica, puede ser ampliada, restringida o incluso desfigurada.
En este punto, la Ciencia Nueva de Giambattista Vico -una obra de factura esencial para Horkheimer- ofrece un orden conceptual decisivo. Su reconstrucción histórica del derecho permite comprender que las instituciones jurídicas no pueden separarse del proceso mediante el cual los pueblos construyen sus formas de convivencia. La distinción entre derecho natural y derecho de gentes se inscribe en esa comprensión del mundo civil como creación de factura histórica. El derecho no existe al margen de la historia concreta de las naciones: por el contrario, adquiere realidad en las prácticas, costumbres e instituciones que los seres humanos producen y transforman. Y precisamente por eso, la libertad no puede comprenderse fuera de ese mismo movimiento.
La modernidad hizo de la libertad individual una de sus grandes promesas, su mayor deseo por cumplir. La Ilustración combatió las tutelas tradicionales y reivindicó la autonomía de la razón. El liberalismo formuló derechos y garantías frente al poder absolutista. Se trata de conquistas que aún conservan toda su importancia. Pero el problema aparece cuando la proclamación jurídica de la libertad se confunde con su realización efectiva, como si la existencia de derechos bastara para asegurar que los individuos puedan comprender y gobernar las condiciones de su propia vida. Las formas confundidas con los contenidos.
Horkheimer dirige su crítica precisamente hacia esa contradicción. El desarrollo de la sociedad industrial no produce necesariamente individuos más autónomos por el solo hecho de incrementar sus capacidades técnicas, su instrucción, su productividad o sus posibilidades de consumo. Incluso puede suceder lo contrario: que la organización social se vuelva cada vez más poderosa y que el individuo aprenda a adaptarse a ella con una docilidad proporcional a su incapacidad para comprender y reconocer las fuerzas que condicionan su existencia. Nada menos libre que una sociedad tutelada, concebida para la heteronomía.
Por otra parte, la dominación (Herrschaft) no necesita presentarse siempre como una orden, una prohibición o una amenaza. Sus mecanismos más eficaces pueden actuar a través de hábitos, aspiraciones y necesidades que parecen surgir espontáneamente de cada individuo. La persona trabaja para satisfacer necesidades que nunca termina de satisfacer, compite para alcanzar objetivos cuya legitimidad rara vez cuestiona y consume para encontrar una satisfacción que la propia dinámica del consumo vuelve efímera, fugaz. Después de todo, ¿qué podría parecer más libre que perseguir los propios deseos? Las dificultades comienzan cuando se ignora cómo se han formado esos deseos y por qué determinadas aspiraciones llegan a parecer las únicas razonables.
La llamada “cadena de montaje”, en este sentido, no termina necesariamente en las puertas de la fábrica. Puede prolongarse en la organización del tiempo libre, en la industria del entretenimiento o en las formas de percepción mediante las cuales los individuos interpretan el mundo. La adaptación que exige el trabajo puede encontrar su complemento en una cultura que convierte el descanso en otra forma de consumo y la diversión en una interrupción pasajera de las condiciones de las que se necesita descansar. Y, justo aquí, adquiere toda su relevancia la crítica de la industria cultural desarrollada por Horkheimer (y Adorno). No se trata, como algunos analistas de medio pelo sostienen, de condenar al entretenimiento, ni de suponer que toda producción cultural somete a quien la recibe. La cuestión es mucho más profunda: cuando la cultura queda subordinada a la producción industrial y a la lógica del mercado, puede contribuir a estandarizar las experiencias, reproducir expectativas y debilitar la capacidad de distanciarse críticamente de lo existente. El “aura” de la autenticidad de la creación se desvanece, como afirmaba Benjamin. El individuo recibe una oferta incesante de novedades mientras permanece dentro de un horizonte de posibilidades que rara vez se le invita a cuestionar.
La dominación totalitaria alcanza, entonces, una forma particularmente eficaz: enseña a vivir con resignación sin necesidad de predicar la resignación, más allá de los domingos de santa misa. El individuo aprende a considerar como naturales las condiciones en las que vive, interpreta la adaptación como madurez y encuentra en la satisfacción de sus necesidades una confirmación de que, en efecto, es libre. Incluso puede llegar a sentirse feliz, con la ayuda de cierto estoicismo de pacotilla. Pero la satisfacción subjetiva, por sí sola, no demuestra que exista ni autonomía ni libertad. También es necesario preguntarse qué posibilidades han quedado excluidas, qué necesidades podrían ser distintas y qué condiciones impiden convertir la propia existencia en objeto de una reflexión consciente.
Esta es la paradoja de un presunto concepto de libertad que no sin cierta facilidad termina vaciándose desde adentro. No desaparecen necesariamente los derechos privados ni las opciones individuales, pero se debilita la capacidad de comprender las condiciones que les dan contenido y autenticidad. La sociedad ofrece deseos, pero también contribuye a delimitar aquello que los individuos consideran deseable, posible y razonable. La renuncia a la libertad deja de experimentarse como una renuncia y, más bien, se vuelve costumbre, adaptación y, finalmente, sentido común.
La concepción desarrollada por Horkheimer adquiere aquí su más elevado alcance filosófico y político. El progreso técnico y material no garantiza por sí mismo la realización de la libertad. Una sociedad puede perfeccionar su racionalidad instrumental, aumentar su productividad y multiplicar sus bienes y servicios mientras restringe la capacidad de sus integrantes para determinar conscientemente los fines de su actividad. El dominio de la naturaleza -y mucho menos su conversión en ley del entendimiento- no equivale automáticamente a la emancipación humana. Más bien, asiste y encubre nuevas formas de dependencia, toda vez que la racionalidad es reducida al mero cálculo de los medios más eficaces para alcanzar fines que ya nadie se detiene a examinar.
Es por eso que la tarea de la filosofía consiste en destejer las falsedades que el entendimiento abstracto anuda y presenta como leyes naturales, inquebrantables y verdaderas. Pero no para sustituirlas por un catálogo de respuestas definitivas e igualmente petrificadas, sino para descubrir las contradicciones que permanecen ocultas bajo las supuestas evidencias -en realidad, las presuposiciones o los prejuicios- de una existencia mecanizada y unidimensional que ha devenido rutina. Pensar filosóficamente la libertad exige reconocer que esas formas actuales de existencia no son naturales ni, mucho menos, inmutables, que tienen una historia, que han sido producidas por seres humanos y que, en consecuencia, pueden ser transformadas por ellos.
Desde esta perspectiva, la crítica de Horkheimer no invita a despreciar las conquistas jurídicas de la modernidad, sino a impedir que se conviertan en una justificación suficiente del presente. La libertad necesita derechos, pero no se agota en ellos. Requiere, además, condiciones sociales que permitan desarrollar la libertad, someter a examen las necesidades impuestas y participar conscientemente en la determinación de la vida común.
Si la libertad es una conquista histórica, su conservación no puede darse por descontada. Una sociedad puede acostumbrar a sus integrantes a renunciar a la libertad mientras les ofrece innumerables motivos para sentirse satisfechos. Quizá la pregunta más incómoda de nuestro tiempo no sea si somos libres para desear, sino si somos lo suficientemente capaces de reconocer aquello que condiciona nuestras voliciones y escogencias.
El peligro comienza cuando dejamos de formular la pregunta. La filosofía conserva su razón de ser justamente porque se niega a aceptar que “lo que hay” sea, por el simple hecho de existir, la única posibilidad de la realidad. Ahí donde la resignación se confunde con la libertad, pensar vuelve a ser una exigencia de la praxis. Es esa la posibilidad de comprender la historia para dejar de padecerla como un destino y asumirla como una realidad susceptible de transformación.


