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    Formar un concepto claro y distinto partiendo de cualquier afección.

    Proposición 4 de la parte 5ª de Ética demostrada por orden geométrico.
    No hay afección alguna del cuerpo de la que no podamos formar un concepto claro y distinto.


    Demostración: Lo que es común a todas las cosas sólo puede concebirse adecuadamente (por la Proposición 38 de la Parte II), y, por ello (por la Proposición 12, y el Lema 2 que está después del Escolio de la Proposición 13 de la Parte II), no hay afección alguna del cuerpo de la que no podamos formar un concepto claro y distinto. Q.E.D.

    Corolario: De aquí se sigue que no hay ningún afecto del que no podamos formar un concepto claro y distinto. Pues un afecto es la idea de una afección del cuerpo (porla Definición general de los afectos), y, por ello debe implicar un concepto claro y distinto.

    Escolio: Supuesto que nada hay de lo que no se siga algún afecto, y dado que todo lo que se sigue de una idea que es en nosotros adecuada lo entendemos clara y distintamente, se infiere de ello que cada cual tiene el poder —si no absoluto, al menos parcial— de conocerse a sí mismo y cono­cer sus afectos clara y distintamente, y, por consiguiente, de conseguir padecer menos por causa de ellos. Así, pues, debemos laborar sobre todo por conseguir conocer cada afecto, en la medida de lo posible, clara y distintamente, a fin de que, de ese modo, el alma sea determinada por cada afecto a pensar lo que percibe clara y distintamente, y en lo que halla pleno contento; y a fin de que, por tanto, el afecto mismo sea separado del pensamiento de una causa exterior y se una a pensamientos verdaderos. De ello resultará que no sólo serán destruidos el amor, el odio, etc. (porla Proposición 2 de esta Parte), sino que los apetitos o deseos que suelen brotar del afecto en cuestión tampoco puedan tener exceso (por la Proposición 61 de la Parte IV). Pues ha de notarse, ante todo, que el apetito por el que se dice que el hombre obra y el apetito por el que se dice que padece son uno y lo mismo. Por ejemplo, al mostrar que la naturaleza humana está dispuesta de manera que cada cual apetece que los demás vivan según la propia índole de él (ver Corolario de la Proposición 31 de la Parte III), vimos que ese apetito, en el hombre no guiado por la razón, es una pasión que se llama ambición, y que no se diferencia mucho de la soberbia, y, en cambio, en el hombre que vive conforme al dictamen de la razón, es una acción o virtud, que se llama moralidad (ver Escolio 1 de la Proposi­ción 37 de la Parte IV, y la Demostración segunda de esa Proposición). Y de esta manera, todos los apetitos o deseos son pasiones en la medida en que brotan de ideas inadecuadas, y son atribuibles a la virtud cuando son suscitados o engen­drados por ideas adecuadas. Pues todos los deseos que nos determinan a hacer algo pueden brotar tanto de ideas adecua­das como de ideas inadecuadas; y (para volver a donde estábamos antes de esta digresión) no hay un remedio para los afectos, dependiente de nuestro poder, mejor que éste, a saber: el que consiste en el verdadero conocimiento de ellos, supuesto que el alma no tiene otra potencia que la de pensar y formar ideas adecuadas, como hemos mostrado anteriormente.




    Notas..... 


    1- No hay aclaraciones más precisas para comprender esta obra que las expuestas por Spinoza en esta proposición, solo a modo de síntesis: Un cuerpo (nosotros o cualquier otro) puede afectarse por las imágenes de las cosas en cuanto estas son ideas inadecuadas, o puede vivir conforme al dictamen de la razón, en virtud de las ideas adecuadas que este forma clara y distintamente.

    Vergüenza y culpa

    El moralista disfruta, con una satisfacción algo morbosa, al descubrir la repentina banderilla de la vergüenza en el lomo ajeno. El moralista disimula a menudo, bajo un velo de justicia, el corazón cruel de los amargados y los resentidos; un corazón, como diría Camilo José Cela, "negro y pegajoso como la pez". 
    Al moralista ya se va viendo no queremos darle la razón, se nos hace correoso y antipático. Y menos en lo que toca a la vergüenza, que tanto estrago causa en nuestros inocentes remansos narcisistas. Pero admitamos que la vergüenza, bien mirada, no es tan mala compañera: le sube un poco el color a nuestra pálida jactancia. Sin acabar de amarla (nos hemos propuesto no amar ningún dolor), podemos al menos reconocerle algunos méritos. 
    La vergüenza hace correr el agua de esos remansos que empezaban a cubrirse de moho. Siempre que nos deje flotar, quizá su sacudida nos despierte de la modorra autocomplaciente y nos invite a ser mejores remeros. Al dejarnos súbitamente en cueros, tal vez ayude a que se nos vea con más nitidez, que se nos quiera y nos queramos con más autenticidad, con ese punto de compasión que merecen todas las verdades puestas al descubierto. La vergüenza, bien mirada, y como todos los sentimientos adversos, es una oportunidad: la oportunidad de completarnos con esas partes de nosotros mismos que hubiéramos preferido no tener, pero que están ahí, y que nos interpelan. 

    El movimiento del avergonzado es contrario al del envidioso. Así como la envidia procura espolearnos ser como otros para ser más, para exponernos más, la vergüenza tiende a contenernos y a contraernos, a relegarnos en un rincón del escenario. Detecta un desajuste, de momento, irremediable, y nos devuelve, para reunir fuerzas, a nuestros cuarteles de invierno. La vergüenza sabe que ha habido una derrota y que no es el momento de luchar, sino de recoger velas y dejar que la marejada nos arrastre.
    La envidia y el coraje son expansivos, la vergüenza es retraída: en realidad no están tan lejos la una de la otra, en realidad la una suele incluir a la otra; su predominio relativo es consecuencia del equilibrio de fuerzas entre el mundo y nosotros. La envidia es un impulso para igualarnos hacia arriba (o para tirar de los que sobresalen hacia abajo, que es otro modo de igualarnos a ellos); la vergüenza no solo no pretende igualarnos, sino que desiste de ello: se rinde a la diferencia, una diferencia que radica en una inferioridad irresoluble. La envidia nos enfrenta a la tribu, la vergüenza nos impulsa a recostarnos blandamente en su abrazo compasivo, con las alas rotas después de pretender volar, acaso, demasiado alto. ¿Sintió vergüenza Ícaro antes de estamparse contra el suelo?
    El gesto del vergonzoso es conciliador: se encoge para que se le vea menos, para que se le castigue menos por su carencia o por su torpeza. El vergonzoso está pidiendo perdón, admite que ha perdido un trozo de su dignidad (o al menos que merece, que se ha ganado a pulso que se le cuestione). Entiende que su capacidad no alcanza para reconquistarlo, y que solo la generosidad de la tribu podrá restituírselo, mediante la compasión y el perdón, quizá el olvido o el aburrimiento. La vergüenza es una rendición y una entrega; un ruego para la concesión de una segunda oportunidad. En eso se parece a la culpa, aunque esta quema donde aquella enfría, y tiene más que ver con la trasgresión del código social: la vergüenza alude a algo que nos falta, mientras que a la culpa le atañe, propiamente, un acto que estuvo de más.


    Hay muchas vergüenzas, casi tantas como vergonzosos. El pudor se adelanta, es una especie de expectativa de vergüenza, un intento avergonzado de evitar la ocasión que podría azuzarla. La vergüenza propiamente dicha, en cambio, viene al final, después de actuar, cuando ya ha sucedido todo y no tiene remedio, cuando se daría cualquier cosa por poder volver atrás y, al menos, cubrirnos para que no se nos vea (porque la desvergonzada vergüenza tiene que ver con quedar más expuesto de la cuenta, con una ocultación fallida, con haberse convertido en público algo que debería permanecer privado). Hay una vergüenza que sufre por no llegar, y otra que lamenta haber traspasado el límite: esta se acerca a la culpa, que a menudo la sigue de cerca, y si no llega a ella es porque incluye aún, decíamos, algo de carencia, de impotencia, de defecto.
    La vergüenza, pues, viene a recordarnos nuestra pequeñez, el presagio de que tal vez nos caractericemos más por lo que nos falta que por lo que tenemos (o porque lo que tenemos no es del todo como debería, y ahí asoma el aviso de la norma, del deber incumplido). También nos insiste en nuestra dependencia, en lo angustioso que es perder el abrazo de la tribu (y de nuevo en esto se parece a la culpa). Es una llamada a la humildad que nos rescata de los excesos de la hybris, de la soberbia que no se atuvo a su núcleo de vulnerabilidad.


    Así que la vergüenza nos restituye a la tribu, a esa masa que pretendíamos haber sobrepasado; pero solo es el primer paso: para hacer efectivo ese regreso, habrá que exponerse del todo, habrá que situarse sin disimulo frente a los demás y desnudarse, y afrontar su desprecio porque hemos descubierto que es justo o necesario; en definitiva, habrá que humillarse y pedir perdón. De ese modo, y con suerte, uno será redimido, será readmitido en la tribu y podrá desembarazarse del peso de la vergüenza, y volver a ser uno más entre los otros. Ese proceso catártico de reconciliación con uno mismo y con los demás, si no nos hunde del todo, quizá nos regale la sabiduría de la sencillez, y nos ofrezca la oportunidad de reconstruir una nueva dignidad más amplia, una dignidad que incluya la carencia.
    Así se cura también la culpa, como nos muestra el capitán Rodrigo Mendoza en la película La misión. Atormentado por la culpa (¿también la vergüenza?) como consecuencia de haber asesinado en disputa de celos a su hermano, Mendoza encarnado por el gigantesco Robert de Niro gana el perdón del mundo, y sobre todo el suyo propio, cargando a rastras la armadura y las armas por los despeñaderos río arriba. En una de las escenas de redención más impresionantes que ha concebido el cine, Mendoza llega hasta el poblado de los indios guaraníes, que lo libran de la pesada red de viejas armaduras apréciese el simbolismo que alude a la arrogancia guerrera y a la defensa rígida del yo y lo acogen cálidamente entre risas. Imposible ver esa secuencia sin llorar con el capitán, sin sentir el consuelo de ese abrazo redentor de la bondad humana que libra de las culpas y perdona, y el alivio de ver cómo el río se lleva los restos herrumbrosos de un pasado en el que fuimos monstruos.
    Culpa, pues, en este caso, absuelta gracias a la catarsis de una abrumadora penitencia: restitución con dolor del dolor provocado, restauración del equilibrio cósmico y sobre todo del que mantiene ese microcosmos que es la tribu. El que sufre demuestra que ha aprendido, gana con su tribulación otra oportunidad, el regreso a una vida que ya no será igual, una vida que será nueva porque nuevo será todo después de atravesar el umbral iniciático del dolor. Ya sin culpa, tal vez nos quede la vergüenza como una evocación de aquel suceso que nos transformó, para que no lo olvidemos.

    Publicado en mi blog Filosofías para vivir 21/06/2019

    Palabra y poder



    Bien mirado, el fenómeno humano de la conversación resulta asombroso. Su riqueza simbólica va más allá del mero significado de los mensajes expresados: el propio acto de conversar está lleno de sentidos y convenciones, es una interacción, quizá la interacción social por excelencia.

    En las pláticas se juegan, por ejemplo, complejos tanteos de poder. Cuando se están intercambiando confidencias, cada intimidad que se revela al otro es una porción de poder que se le entrega. De ahí que, inversamente, atrincherarse en el secreto constituya un intento de resguardar el propio poder: un poder, en definitiva, que se nos hace triste, pues se construye desde lo negativo lo que se niega al otro en conocimiento mío, lo que me niego a mí mismo en posibilidad de compartir, que se crece recluyendo al sujeto y perjudicando su afán de sociabilidad; pero un poder al fin, que nos hace sentir más seguros y menos expuestos. La complicidad, por el contrario, se teje con la confidencia, que es un riesgo y por tanto una demostración de confianza (o una fundación de esa confianza, puesto que la confianza cobra entidad precisamente en el momento en que alguien se arriesga a poner en manos de otro algo que el otro puede usar en contra suya).
    He conocido gente tan abierta a aceptar confidencias, como cerrada a la hora de ofrecer las propias. Yo mismo tiendo a escuchar más que a explicar. Es cierto que parto de la convicción de que al otro no van a interesarle mis asuntos, pero debo reconocer que ha habido siempre en esa negación un sutil ejercicio de poder, un reducto de reticencia. El mero hecho de hablar implica una cierta vulnerabilidad; callar es una resistencia a esa vulnerabilidad, un modo de mantenerse acorazado. Ese es el poder del silencio.

    Ese poder nos priva de su contrario, el poder de la palabra. Hablar reafirma, marca el territorio, se abre paso entre los otros al captar su atención. El silencio es solitario, acaba en sí mismo, en su penumbra siempre un poco melancólica; la palabra crea vínculos, va y viene, es un alegre compartir.
    Cierto que hay quien abusa del poder expansivo de la palabra, y lo aprovecha para acaparar el espacio con su verborrea. Son los que hablan y hablan compulsivamente, ocupando todo el espacio y sin dar apenas opción a la baza de los otros. Son vampiros de atención y de tiempo. Cabe preguntarse: ¿les sacia alguna vez su palabrería? No, puesto que insisten en ella. Utilizan sus palabras como quincalla, que lanzan al oído del vecino, viniéndole a decir: “Me importa un bledo que te importe un bledo lo que digo; me importa un bledo que estés perdiendo el tiempo, que te veas sometido a mi capricho; lo único que me importa es que te tengo subyugado, estás atrapado en mi telaraña de palabras; mientras hable no puedes escapar; mientras hable soy yo quien tiene el protagonismo, quien ocupa el espacio común, quien devora el tiempo común”. En el fondo, estos también están solos.  
    El que no sabe escuchar no sabe compartir, porque el compartir está hecho de intercambio. El que no sabe escuchar, en el fondo, no se siente escuchado; no se siente visto; no se siente confirmado en su existencia ni en su dignidad. ¿Será que le aterroriza la perspectiva del aislamiento, que equivale a la inexistencia social? Dar y recibir es un complejo y necesario equilibrio, que le está vedado a quien necesita crear ilusiones de poder mediante el silencio o mediante la verborrea: dos maneras de ausentarse, de no llegar al fondo, de no dejar que la relación vaya muy lejos; de negarse la necesaria ilusión de haber sido visto, de existir, de disfrutar de un poder auténtico: el poder que solo da el amor, es decir, el intercambio.

    Tenemos, pues, un pulso de palabras y silencios. Pero en las conversaciones, como en cualquier encuentro humano, hay en juego otros poderes y otras pugnas, de hecho más obvias. Por ejemplo, el esfuerzo por convencer y el enfrentamiento directo en forma de discusión, que no siempre son lo mismo.
    Cuando una persona se dirige a otra siempre hay una intención, una meta, un intento de lograr alguna cosa. De ahí que la persuasión sea uno de los poderes más evidentes que se juegan en la arena de las palabras. Tengo una necesidad que pasa por el otro, y, si no puedo forzarle, tendré que convencerle para ponerlo a mi favor. El arte de la persuasión consiste, en definitiva, en plantear las cosas de tal manera que yo gane más que el otro sin que el otro se dé cuenta. Hay que arreglárselas para enfatizar su ganancia (o de minimizar su percepción de pérdida). Si no queda más remedio, siempre se puede recurrir a ofrecer algo, o apelar al aprecio o a la bondad. Estamos de nuevo en el terreno del intercambio, donde la habilidad reside en conseguir el máximo pagando el precio mínimo.
    El éxito de nuestra vida social consiste en buena parte en un dominio adecuado del arte de la persuasión. No es extraño que entre los griegos, como buenos comerciantes y amantes de la plática que eran, cobrara prestigio la figura del profesor de persuasión, que alcanzó la cumbre en los sofistas. Protágoras, por ejemplo, fue un sofista admirado al que muchos recurrieron, y cobraba buenas tarifas por su trabajo. Y el propio Aristóteles dictó un tratado sobre retórica que es a la vez una sagaz colección de reflexiones sobre psicología.

    ¿Y qué decir de esa versión de lucha que es la discusión? Nos referimos a ella en sentido amplio, como un enfrentamiento de pareceres divergentes, una pugna que puede desarrollarse con circunspecta elegancia de catedrático o con la tosquedad de una pelea a gritos y a insultos. La diferencia entre ellas no es tanta como pueda parecer: solo las separa la urbanidad. La educada esgrima de la ironía puede resultar a veces más punzante “¡Touché!” que un insulto el cual, al fin y al cabo, deja en bastante mal lugar a quien lo profiere.
     Aun cuando se proponga convencer, el verdadero objetivo de la disputa, como el de toda pelea, es vencer. Lo que queremos es tener razón, o al menos que lo parezca, y en esto se aprecia claramente que lo que está en juego es una forma de poder, que tiene que ver con el prestigio y con el amor propio. Por eso, en realidad no necesitamos que el otro cambie su punto de vista ni que nos dé la razón aunque ese sea el trofeo más sabroso que pueda llevarse un discutidor: nos basta con invalidar sus argumentos, con dejar comprometido su punto de vista, con haber agitado la duda en el plácido estanque de la convicción. Es más: en muchas ocasiones, los argumentos son lo de menos, lo que se intenta más bien es subyugar al otro de algún modo.
    No es extraño, pues, que la mayoría de las discusiones cotidianas acaben en tablas, y se interrumpan, cuando lo hacen, por puro agotamiento: a ninguno le importa si el otro tiene o no razón, lo que cuenta es, si no se logra hacer ceder al otro, no darle, al menos, la satisfacción de ceder nosotros. Si uno encara un pulso de poder como un intercambio de pareceres en busca de la verdad, se arriesga a acabar hundido en la desesperación o incendiado por la indignación, ambos resultados bastante perniciosos para la salud. Pocas discusiones sirven para aproximarse, pero a veces, milagrosamente, sucede, y entonces, cuando se vislumbra el dulce territorio del encuentro, uno comprende que es ahí donde reside el verdadero poder.

    Publicado en mi blog Filosofías para vivir 04/05/2019

    La eternidad de la nada

    Eternidad.

    Pronto olvidarás todo; pronto te olvidarán a ti. Marco Aurelio.


    Asomado al balcón, en casa de mis padres, pensaba en tantas personas como he visto marchar a lo largo de mi vida. Personas que estuvieron presentes, activas, cargadas de sueños y de pesadillas; personas que llenaron el mundo de estampas, escenas que hoy amarillean camino del olvido. Mientras estaban, parecía imposible que un día hubieran de ausentarse para siempre. Ahora que no están, que ya no estarán nunca, parece asombroso que hubiesen estado alguna vez.
    Richard Dawkins asegura que, puesto que no existió durante miles de millones de años, no le preocupa dejar de existir otro tanto (siempre me ha parecido sorprendente que hayamos aparecido justo en la mitad del trayecto del Sistema Solar). Es más: “Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de nacer contra todo pronóstico, ¿cómo osamos lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado previo del que la inmensa mayoría jamás escapó?” Si a ese privilegio le añadimos tantos otros, concernientes a las circunstancias de nuestra vida frente a las de millones de personas, parece que la muerte resulte una minucia. Y, sin embargo, dado que somos vida y nuestra vocación es la vida, la muerte siempre se nos aparece como una siniestra paradoja. Una paradoja que, además, provoca nuestra rebeldía. Porque no podemos pensar en la muerte con la sangre fría: es un asunto demasiado personal.  

    Vuelvo a mis muertos. A veces los evocamos solo desde el angustioso pesar de haberlos perdido para siempre, de que hayan ingresado en esa ausencia que, como dice Comte-Sponville, “durará y durará”. Y, como el protagonista de La habitación verde de Truffaut, que convierte una habitación en el mausoleo obsesivo de su mujer perdida, quisiéramos esforzarnos por mantenerlos vivos construyéndoles un santuario en nuestra memoria, convirtiendo nuestra vida en una remembranza de los que amamos. Sin embargo, también nosotros nos iremos, y ya no estará nuestra memoria para oponerse al tiempo. ¿Quién encenderá entonces la vela de nuestra evocación?
    Reflexionando sobre esto se me ocurrió que dejar de estar viene a ser como no haber estado nunca, que al día siguiente de una desaparición el mundo tapia el hueco que ocupaba esa persona y apenas queda un rastro que se va desvaneciendo poco a poco, hasta que al final desaparece del todo. La realidad seguirá su curso, ya para siempre, sin los que se fueron, y eso significa que, para un cierto presente que sucederá algún día, nunca habrán existido. A nuestras espaldas se acumula una multitud innumerable de muertos anónimos, de los que ya nada se sabe, que se perdieron para siempre en la ceniza del pasado. Y entendía un poco mejor ese principio budista de la “impermanencia”: si un día dejaremos de existir, si un día se borrarán por completo todos los rastros que dejamos en el mundo, entonces es como si ya no existiéramos, como si nuestra existencia fuese, ya aquí y ahora, un mero hálito ocasional de la nada eterna. Lo pasmoso, lo desconcertante, no es que habiendo sido dejemos de ser, sino que cuando desaparezcamos será como si no hubiésemos estado nunca.

    Hemos de concluir, por consiguiente, que la verdadera característica del ser no es la levedad, como en la novela de Kundera, sino la nada; la eternidad de la nada que es ya un hecho en nuestro futuro. El pasado no existe, ya está perdido y nada lo hará regresar; no tiene consistencia ontológica más que como causa o precedente, pero aunque las cosas guarden en sí mismas la huella de sus causas, ya no son estas, del mismo modo que llevamos los genes de nuestros antepasados, pero no somos ellos: ellos se han desvanecido, la mayoría por completo, puesto que ya no queda nadie para recordarlos. En cuanto al presente, ¿dónde encontrarlo? ¿En qué minuto, en qué segundo, en qué milésima exacta está el presente, esa lámina tan infinitesimal que resulta imposible de aislar? Lo único consistente es el futuro: la infinitud de las posibilidades, la incuestionable seguridad del fin. Heidegger tenía razón: estamos lanzados hacia ese futuro, todo nos conduce a él, nos aguarda en algún cruce de todos los caminos; somos seres para la muerte.
    Así que el tiempo, para nosotros, es una vivencia, un fenómeno ante todo psicológico. Para Kant es la intuición en la que se asientan los marcos de nuestras percepciones, esas estructuras a priori que él llamó categorías. Conceptualmente, lo construimos al diferenciar pasado, presente y futuro. Pero no existe la línea objetiva que los distinga: solo hay un flujo incesante que avanza, una marea que empuja, una flecha que se abre paso en una única dirección. Y en esa flecha todo sucede y deja de suceder, todo está y no está, todo relumbra y se apaga. “Dentro de un rato te marcharás por el mismo camino por el que has venido, y será como si nunca hubieses estado aquí, porque aquí ya no quedará nada tuyo”, me dijo más o menos un ermitaño que guardaba el parque de Bigues (un pequeño pueblecito próximo a Barcelona), y al que conocí casualmente yendo de excursión. En aquella ocasión me pareció una idea triste: al fin y al cabo, habíamos compartido un rato de afable charla; me daba pena que ese regalo se perdiera en la nada.

    Desde la memoria he evocado a menudo aquel encuentro, y he reflexionado sobre la lección de mi querido ermitaño, al que, en efecto, nunca volví a ver. Acertó: de nuestro encuentro no queda nada real, solo la vaga sombra que acerca de él reconstruye la memoria. Allí ya no queda nada mío, y aquí, en mí, tampoco queda nada suyo, salvo el revoloteo, distraído y bostezante, de los recuerdos.
    Y pensarlo ya no me parece tan triste, aunque siga desconcertándome. El viejo refrán tenía razón, una razón literal: no somos nada. O más bien habría que enunciarlo en positivo: somos nada. Una nada eterna que se despliega en el tiempo, que también es nada. Ni la habitación verde ni el santuario que construye Davenne, el personaje de Truffaut, a modo de baluarte, salvará a su mujer (tampoco a él, ni a aquella otra mujer que él perdió la oportunidad de amar) del olvido: todas las velas acabarán por apagarse, porque la luz es la excepción, porque lo eterno es la oscuridad.

    Publicado en mi blog Filosofías para vivir 01/02/2019

    Las tinieblas.


     Tinieblas de ideas.

    No fueron siete las plagas que, por intermediación de Moisés, el mismísimo Dios le infligiera a los egipcios, con el propósito de que el faraón liberara y permitiera el éxodo del pueblo hebreo. Fueron diez en total, a pesar de lo que el sentido común suele asegurar invariablemente, bajo la forma del adagio popular: “a ese pobre país le han caído las siete plagas de Egipto”, se dice en la actualidad, casi siempre haciendo referencia a Venezuela, una ex-nación que, hasta la llegada al poder del llamado chavismo, gozaba de la mayor pujanza económica y de una envidiable estabilidad política y social, con un desarrollo cultural y educativo de los más altos en la región, amén de su privilegiada situación geográfica, del encanto de sus paisajes y de sus incalculables riquezas naturales. En 1498, al llegar a suelo venezolano, Cristóbal Colón la bautizó como “Tierra de gracia”. Y, en efecto, hasta hace veinte años, y desde que las plagas del cartel chavista -literalmente- la devoraran, Venezuela era considerada por el mundo como Il più bel segreto dei caraibi.

    El verbo apercibir es un verbo transitivo. Significa hacer saber a alguien las sanciones a las cuales se expone. En derecho procesal se habla de apercibir cuando un juez emite una comunicación a alguna de las partes implicadas en un proceso judicial para advertirla de las consecuencias que acarrearía su incumplimiento. Se trata de una advertencia, un llamado de atención, un exhorto, que se hace a la luz de la conciencia. Los verbos transitivos expresan la acción -precisamente, el tránsito- del sujeto sobre su predicado, es decir, sobre su objeto. Es por eso que Kant define la apercepción trascendental como el tránsito -el “lazo”, dice Kant- que posibilita la unidad del sujeto y del objeto. Ese “lazo”, ese actus, es el movimiento de la conciencia conciente de sí misma, de la autoconciencia, el “Yo pienso que debe poder acompañar todas mis representaciones”, la unidad de la sustancia con el sujeto. Una de las páginas más sublimes de la filosofía kantiana.

    Según el segundo libro del Pentateuco, que lleva por título Éxodo, Moisés, en nombre de Dios, apercibe al faraón para que libere al pueblo judío. De no hacerlo, Dios iría sucesivamente aumentando las sanciones con grandes pestes contra los dominios del faraón. El lector avisado se encuentra ahora, mutatis mutandi, en pleno cese de la usurpación. Y, en efecto, la primera de aquellas plagas fue la transformación del agua en sangre, a la que, ante la persistente soberbia del faraón, seguirían la de las ranas, los piojos, las moscas, el exterminio del ganado, las úlceras en la piel, la lluvia de granizo y fuego, las langostas y, las dos últimas: la llegada de una tiniebla tan densa que podía sentirse su presencia física, y, finalmente, el arribo del “ángel exterminador”, que acabaría con la vida del hijo primogénito del faraón, el heredero del dios Horus, el galáctico. Como podrá observarse, todas las opciones estaban sobre la mesa del apercibiente. El resto es historia conocida. El mar se abrió y el pueblo judío conquistó la libertad y reconstruyó su nación.

    Todo en Venezuela ha sido deliberadamente puesto al revés. El país que fue es, ahora mismo, ruina circular, laberinto de espejos, precipicio en reverso sin fondo visible: un “mundo invertido”. Mientras lo que va quedando de país productivo usa la cabeza para caminar, quienes usurpan el poder político usan los pies para pensar. Los fanatismos son asunto de cuidado. Por lo general, invocan pomposos ideales que conducen directamente al callejón sin salida de los más bajos y perversos apasionamientos, en manos de la inescrupulosa canalla. De la luz sólo quedan sombras, de las aguas sólo sed y pestilencias, del alimento excremento, de la paz la guerra, del moralismo la corrupción, del justicialismo el crimen organizado, del purismo de la verdad el engaño, del triunfalismo la derrota, del comunitarismo la egolatría, del instruccionismo la incompetencia. El Estado se ha hecho negocio privado y los negocios privados asunto de Estado. Entretanto, los mercenarios asumen la función de las langostas, de los sapos, de los piojos, de las moscas. La “Venezuela potencia” ha terminado en la más miserable, triste e impotente de las Venezuelas históricamente existentes. Tiembla, y hay fuego y granizo. Una desgracia. Creencia y entendimiento se contraen y dilatan, proyectan su recíprocidad, hasta hacerse espejísmos, ficciones, el uno del otro, mientras van trastocando sus roles de continuo para poner siempre de nuevo en evidencia su correspondiente -correlativa- bancarrota. Las manos del entendimiento abstracto están teñidas de la sangre de las víctimas que brota del manantial de los fanatismos.

    Quizá la peor de todas las plagas, la que ha dejado las mayores secuelas y, al mismo tiempo, las renovadas premisas que retroalimentan la viscosidad de su eterno retorno, haya sido la de las tinieblas que va dejando a su paso el populismo, esa vil enfermedad que puede palparse en cada niño que fallece de inanición, en el rostro de las madres que van perdiendo a sus hijos, en la angustia y la desesperación del día a día para poder sobrellevar el peso de una vida que hace tiempo dejó de serlo. Es tan tragicómico el populismo en Venezuela que no ha necesitado ni de los castigos de Dios ni de las apercepciones de Moisés: ellos mismos han hundido al país en terribles plagas. El populismo chavista es la muleta de quien hipoteca su voluntad para que alguien -el “gran líder”-, a quien considera mejor que él, la dirija a su antojo. Es el padre que, de vez en cuando, pone la electricidad o el agua, envía la cajita de alimentos, desprecia la educación y la cultura, asfixia las universidades y el desarrollo del saber, otorga una generosa pensión para poder comprar menos de seis huevos al mes y permite el ingreso del enfermo a un hospital sin recursos para que pueda morir “en paz”. El populismo es la negación de la luz del conocimiento y de la libertad, ese que deja la puerta abierta al gran negocio del narcotráfico, que corrompe el cuerpo y el espíritu de la sociedad hasta los tuétanos. Y cuando la incompetencia y el rentismo parasitario comienzan a dar sus primeros frutos, cuando todo falla y nada alcanza, entonces inicia la retórica de la expiación. Surgen las iguanas, los francotiradores, los ataques electro-magnéticos, la “guerra económica”, los “enemigos del pueblo”. El “pueblo”, ese vasallaje de los narcotraficantes. Venezuela como nación no es más que la triste fachada de la Cuba castrista. Es una satrapía. La enfermedad populista ha colocado las premisas. Y cuando todo se ha invertido, la apercepción ya no es la premisa sino el resultado de las tinieblas.

    De la toma de Simacota al Atentado de la Escuela de Cadetes General Santander:


    «Honradamente queremos la paz.  Lo que ocurre es que nuestra propuesta no es una propuesta de entrega, de rendición o desarme, porque entendemos que la paz sólo puede ser fruto de la justicia social y la democracia»
    Manuel Peréz.


    «El deber de un cristiano es ser revolucionario y, el deber de todo revolucionario es hacer la revolución »
    Camilo Torres Restrepo




      
     Los movimientos armados por lo general tienen a construir una historia heroica de su aparición en la escena política.
    Política colombia

    El ELN había dado sus primeros pasos de vida política guerrillera con la “Toma de Simacota”  el 7 de enero de 1965, siendo el “Manifiesto de Simacota” un documento  fundacional que daba vida al movimiento político armado al establecer sus ideales que motivaban su lucha revolucionaria con el objetivo de ser escuchado por la opinión pública nacional. Antes de aquel evento,  un año atrás, el ELN era ya una organización armada, con una estructura ya construida, con un proyecto político y económico, con una lectura frente al devenir histórico del país. El 4 de julio de 1964 acontece la “Primera Marcha” de un grupo de familias campesinas (de Santa Helena, Orpon, Fortuna y Simacota) algunas familias de filiación  liberales-comunista, así como algunos integrantes militantes del MRL,  que en tesis da surgimiento a la estructura armada del ELN. Pero el momento genético es en 1962 con la “Brigada José Antonio Galan” que se propone, luego de una experiencia formativa ideológico y militar en Cuba, impulsar la lucha por la liberación en América Latina[i]. Lo que empezó con toda anterioridad, se efectivo con su primera acción militar, que al mismo tiempo fue su presentación política.
    El atentado a la escuela de cadetes General Santander el pasado 17 de enero aparece como otra fecha emblemática, una que nuevamente se presenta como evento mítico para el ELN al poner el carácter ambivalente de su propuesta de unificar una reflexión  política  junto a un  accionar militar.
    Después del atentado, lejos de ser debilitadas la utraderecha oligárquica nacional, se fortaleció su discurso, legitimando el propio actuar coercitivo del Estado como instrumento de “la defensa de la seguridad democrática”. Se desvió el foco del debate público en torno del caso de corrupción más grande del país "Odebrecht", así como las duras críticas a los altos funcionarios del gobierno (el Ministro de Hacienda Carrasquilla y el Fiscal general Nelson Humberto Martínez), el país nuevamente se polariza y como mayor medida, se cierra la Mesa de negociación, reactivándose nuevamente las ordenes de captura para los principales líderes y equipo negociador en la Habana. El país pasó entonces de un ambiente de construcción de paz y de movilización de las bases sociales al discurso del enemigo, la amenaza constante y de  tensión con el vecino país bolivariano.
    En ese sentido muchos sectores ven en la posición del ELN una postura compleja, puesto que tras el atentado, se presupone una mala lectura del conflicto armado y de la situación política del país y de la región por parte del grupo guerrillero.
    Es posible una defensa todavía hoy del proyecto político del ELN? Creemos que sí, porque defender el proyecto de este grupo político alzado en armas significa innegablemente defender el proyecto de Liberación del oprimido y con ello regresar al espíritu misionero de Camilo Torres Restrepo, de Paulo Freire y al pensamiento crítico latinoamericano.  
    En Defensa de la Liberación

    Los orígenes de los movimientos de la liberación deben encontrarse en la realidad de dominación, explosión y sufrimiento de los pueblos oprimidos, no solamente en Latinoamérica, sino también de otras latitudes del mundo. En ese sentido, esta postura nace en una profunda conexión con su tiempo, como una regeneración del pensamiento y la acción política. Importantísimos antecedentes son los movimiento de lucha por la emancipación colonial e imperial ya desde la propia época de la invación y la conquista (grupos de resistencia indígena y quilombos), así como los movimientos más recientes del siglo pasado de lucha guerrillera y las posturas  intelectuales de la liberación, en la teología (C, Torres, Gutierrez), en la sociología (F. Borda), en la pedagogía (P. Freire), unidos al boom Literario latinoaméricano (Cortazar, Marquez  etc.).  Se trata de una situación de «crisis», en sus dimensiones política, económica, social y espiritual. El concepto mismo de liberación enmarca la necesidad de ejercer, no solamente una praxis teórica, sino una praxis enteramente política que posibilite la emancipación de los oprimidos.
    Política colombia

    El establecimiento de esta condición caracteriza la historia reciente (prehistoria) del ser humano y enmarca su experiencia en el mundo como la búsqueda implacable de su reconciliación. El ser humano se encuentra en una situación falsa que se hace evidente con la existencia real de la contradicción entre  opresor y oprimido que cada vez inviabiliza el proyecto de humanidad[ii]. El ser humano ha caído preso de un orden socio-económico y político que impide su propio desarrollo; un orden que si bien posee sus causas estructurales, se mantiene por el interés de grupos locales e internacionales que se lucran con el despojo de los pueblos a los que oprimen. El surgimiento del modo de vida moderno y del modo de producción capitalista en todo el mundo lleva inscrito una lógica colonial de explotación y dominación, que se fundamenta en el saqueo de los recursos naturales de los pueblos, imponiendo en toda la maquina civilizatoria el principio de la valorización del valor (principio del lucro y la ganancia por sobre el principio de la vida y la dignidad) como el engranaje que hace da dirección al movimiento de la máquina. Esta situación falsa del mundo caracteriza propiamente la manera en que se presenta la  Situación del oprimido cuanto la Situación del opresor, construyendo la relación entre ambos como una relación deshumanización[iii].
    La búsqueda de la liberación es la procura de la superación de esta situación falsa, siendo un proceso de emancipación de los marcos de pensamiento que permiten el análisis crítico de la situación existencial que oprime, así como una acción política que procura la superación efectiva de este orden de experiencias. Liberatio-onis  es una acción de poner en libertad; se trata de una acción que implica la perdida de las cadenas materiales y espirituales. La praxis de liberación, en palabras de P. Freire, es “Amor hecho praxis” porque es potencia que libera de la contradicción que deshumaniza, un verdadero acto de bondad del oprimido frente a la violencia del opresor[iv].
    Es sobre este marco filosófico que se debe entender el actuar ético y la lectura política, así como las maneras de actuar de esta organización como quedó expuesto en los 12 puntos del “manifiesto de Simacota”[v].  
    Bajo el lema “¡Liberación o muerte!” el ELN manifiesta su postura revolucionaria que plantea diferentes escenarios de lucha y reivindicación que parten de una idea general y utópica de la liberación desde una perspectiva de la experiencia colonial[vi].  En ese sentido, la dificultad de la liberación nacional radica en el mantenimiento de las estructuras de dominación y explotación colonial sobre la construcción de la República al servicio de las oligarquías mundiales (estructura neocolonial), por lo que la idea de liberación propuesta por el ELN tiene dos niveles. a). Condiciones internas de dominación y explotación y b). Condiciones de la dinámicas del poder mundial[vii].
    Es esta bandera por la liberación del oprimido lo que caracteriza  el horizonte político cultural de la organización del ELN, que se propone como una fuerza de resistencia armada en comunión con la lucha de las organizaciones sociales y civiles de los pueblos por su liberación frente a las estructuras del poder mundial (anticolonialismo), frente a las formas de composición social (anti racismo y defensa de la justicia social) así como de la soberanía y autodeterminación de los pueblos.

    Subversión del Oprimido

     Lo que legitima la lucha armada es precisamente la imposibilidad de realizar una actividad  política por otros medios. El levantamiento armado de un grupo guerrillero obedece a una serie de causas socio-históricas que dan la condición de posibilidad de la emergencia de una acción política que ve en el uso de la lucha armada el mecanismo de manifestación política. Cuando Fals Borda considera la dimensión sociológica de la subversión[viii] nos está hablando del carácter objetivo que determina el surgimiento de levantamiento subversivo como la propia tendencia en el interior de la sociedad por alcanzar el cambio social que se presenta como necesario para el pueblo.
    La creación de formas de dominación social en Colombia – y en Latinoamérica como un todo- hunde sus raíces en la experiencia colonial. Desde allí se nos está marcada una ruta en el proceso mismo de construcción de un orden vigente al que le es connatural el conflicto político. La experiencia de independencia republicana fundó una nueva modalidad de experiencias sociales y políticas (creación de Estados nacionales) sin modificar en sentido sustancial la estructura de dominación social. La violencia como fenómeno social y político marca la experiencia histórica de nuestro país, por lo que hace bien en considerar el profesor Moncayo que las causas y los orígenes de la violencia en Colombia han de buscarse fundamentalmente en el orden social vigente[ix], en el que permanece la contradicción entre oprimido-opresor en cada una de las esferas de la experiencia social, cultural, económica y política del país (y de la región). El orden social vigente se erige como una modesta, pero efectiva, forma de dominación política que permite la explotación de las personas en la expropiación de la riqueza social, siendo la causante del choque de intereses en el seno de la sociedad como un todo.
    Política colombia

    La interconexión  entre el orden social vigente (las formas de dominación social) y el cierre de las posibilidades políticas para las posturas contrarias a ese orden, construyen las condiciones objetivas para la subversión armada como estrategia política. Como dijo Camilo Torres Restrepo:

     «[…] La miseria de sus hogares, la angustia de no poder llevar al hogar el mercado necesario, de no poder pagar el arrendamiento, de no poder educar a los hijos, les está demostrando a todos los desempleados la necesidad de emprender la lucha definitiva contra el sistema» [x]

    El choque entre las fuerzas de estabilización por parte de la oligarquía y las fuerzas de subversión por parte los grupos populares caracteriza el desarrollo del conflicto político en una modalidad armada, puesto que de parte de las fuerzas de estabilización de la oligarquía se cuenta con toda la capacidad bélica del aparato represivo del Estado y, por parte de las comunidades se establecen ejércitos de liberación con armamento militar en el ejercicio de su defensa. La violencia estableció como fundadora de derecho y luego como conservadora del mismo, del tal modo que la oligarquía adquirió un derecho (casi divino!) por el monopolio del uso legítimo de la violencia.
    Acciones de insurgencia y contrainsurgencia como la característica del conflicto armado de los últimos 60 años, marcados los ciclos del capitalismo trasnacional y por fuertes oleadas de violencia interna.
    La Subversión del ELN no es moral ni inmoral, su naturaleza es producto del proceso histórico que se construye como una acción utópica hacia el futuro. Lo político y lo militar en el ELN se explican por su carácter anti-sistémico y de negación del orden social vigente al mismo tiempo que el cierre de las posibilidades de enunciación de esa negación y de procura de cambio, lo llevan a la acción armada. La Subversión del oprimido puede realizarse de múltiples maneras, culturales, religiosas, económicas y civiles, etc.;  no es la violencia lo que se promueve, lejos de eso, la acción armada y militar aparece como un mecanismo de defensa ante  las fuerzas de estabilización que buscan la aniquilación del movimiento popular de liberación. Ante la violencia legal del opresor, la violencia liberadora del oprimido.

     El Camino de la Solución Política del Conflicto en Colombia  

    Lejos de una efectiva implementación de los acuerdos de Paz firmados con las FARC- EP[xi], en medio de una fase de transición del conflicto bélico a  conflicto político, la barbarie de la guerra se repite como acontecimiento cotidiano de la historia de la nación. El pasado 11 de marzo fueron objetados, por inconveniencia social y económica, en 6 puntos la Ley Especial para la Paz (JEP) dejando nuevamente claro que la postura del gobierno, del partido Centro Democrático y de la clase oligárquica de ultraderecha, está muy lejos de una voluntad de paz.  Esto confirma las propias palabras del ELN el 21 de enero cuando se adjudicaron la autoría del atentado a la Escuela de cadetes General Santander[xii] manifestando del mismo modo su disposición política para continuar la mesa de negociación. El atentado del 17 de enero es respuesta ante la arremetida militar en su contra y las evasivas  en la continuidad de la mesa en la Habana.
    Las burguesías transnacionales se han direccionado hacia una serie de posturas de completo cierre de las posibilidades democráticas de participación política. El Estado colombiano está jugando un papel clave en su posicionamiento geopolítico frente a al Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, liderando las acciones regionales en su contra. Lejos de superarse el conflicto bélico interno, se anda provocado insistentemente en el inicio de un contexto bélico regional (un nuevo ciclo de violencia, un nuevo ciclo del capital internacional que amenaza con una intervención militar en Venezuela, un repliegue a las posiciones totalitarias). Lejos de la salida negociada, el gobierno Duque demuestra que se inicia una nueva etapa de enfrentamientos y de persecución a los movimientos sociales, como lo ha venido haciendo desplegando la capacidad represiva de contra la minga indígena que deja al menos 16 muertos en los que se encuentra el comunero Breiner Yunda Camayo  que murió hoy (02 de abril). La oligarquía colombiana ha construido una retórica en la que unos muertos valen y otros no; en el que unas vidas son valiosas y las otras son “el precio del progreso”. 
    Como insurgencia, el ELN el pasado 17 de enero tomaron su decisión, hacen lo propio y quedando como Ejercito popular; ahora las movilizaciones en las calles y todos los movimientos sociales articulados, podrán dar lucha en esa correlación de fuerzas. No es momento de des-legitimar su lucha y caer en un discurso que facilita el cierre de posibilidades políticas y afiance el mecanismo de dominación social.
    Y finalizo con unas palabras de Camilo Torres Restrepo

    […] Ahora el pueblo ya no creerá nunca más. El pueblo no cree en las elecciones. El pueblo sabe que las vias legales están agotadas. El pueblo sabe que no queda sino la vía armada. El pueblo está desesperado y resuelto a jugarse la vida para que la próxima generación de colombianos no sea de esclavos […] [xiii]







    [i] De ese grupo fundacional se encuentran  Fabio Vásquez Castaño, Víctor Medina Marrón, Heriberto Espítia, Ricardo Lara Parada, Luis Rovira, Mauricio Hernández , José Marchan.  Para una mayor descripción de ese proceso de creación del grupo guerrillero del ELN, ver: Medina Gallego, M. FARC-EP Y ELN: una Historia política Comparada (1958-2006). Tesis doctoral. Universidad Nacional De Colombia. Bogotá, 2012, p.
    [ii] Freire, P. Pedagógia do Oprimido. Rio de Janeiro. Editorial Paz e Terra. 2014, p. 56.
    [iii] Ibíd, p. 67.
    [iv] Ibíd, p. 70
    [v] Ver manifiesto Simacota 1965: https://www.cedema.org/ver.php?id=3703
    [vi] Pedraza, Oscar Humberto.  El ejercicio de la liberación nacional: ética y recursos naturales en el ELN. En: Controversia no. 190 (junio 2008). Bogotá : IPC, FNC, CINEP, CR, ENS, 2008.
    [vii] Ibid. p. 220.
    [viii]  La subversión en Colombia: el cambio social en la historia, Bogotá, FICA/CEPA, 2008, pp. 249-275.
    [ix] Moncayo, V. Relatoria: “Haciala verdad del Conflicto: Insurgencia Guerrillera y Orden Social Vigente. En: Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia Comisión Histórica. Del Conflicto y sus Víctimas Febrero de 2015
    [x] MENSAJE A LOS DESEMPLEADOS.  En: Periódico Frente Unido N° 10, Octubre 28 de 1965
    [xi] La mesa de negociaciones fue instalada en 2012, los acuerdos firmados en Cartagena el día 26 de septiembre de 2016, refrendados el 10 de octubre de 2016, donde gano el No con el 50, 2% de los votos, por lo que fueron modificados ente octubre y noviembre, para nuevamente ser firmados el día 24 de noviembre en el teatro Colon de Bogotá, siendo aprobados luego por el Congreso de la República con una votación de 75 votos a favor y cero en contra en el Senado y, 130 votos a favor y  0 en contra en Camara, sabiendo que en ambas corporación los representantes del No, salieron a la hora de votación.
    [xii] Comunicado del ELN 21 de enero 2019 “El camino es la Solución política del Conflicto”. 
    [xiii] Proclama al pueblo colombiano. Emitido desde la clandestinidad en forma de volaron nte y publicado por diversos medios de la prensa colombiana en enero de 1966