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Elogio de la crítica.

Elogio de la crítica, por @jrherreraucv

Los orígenes de la palabra elogio remiten a la historia de la dignidad humana. Desde el presente, el historicismo filosófico va interrogando al pasado y descubriendo las razones que permiten comprender, superar y conservar, a un tiempo, las desgarraduras del aquí y ahora. Desgarraduras entre el decir y el hacer, entre la palabra y la acción, como si las palabras mismas no comportaran acciones y las acciones palabras. .

Las críticas adormecen

Para los latinos, propiciadores de la cultura de lo estable, elogium era la inscripción sobre las tumbas y las esculturas para alabar a los difuntos, las cláusulas testamentarias y los sumarios de las causas judiciales. Un préstamo tomado y deformado –como tantos otros– de la cultura griega clásica, para la cual elegeión –de legein y logos– es una estrofa apologética en versos que expresan nostalgia por aquello que se ha perdido. Y es de ahí que surgen las elegías. Su raíz indoeuropea –leg– muestra la necesidad de re-coger, de colectar y de escoger los mejores frutos del cultivo, lo más granado. Una selección de calidad, de la cual deriva la lec-tura, la lec-ción y el inte-lec-to. En días de crisis orgánica, elogiar la crítica impone la tarea de hacer concrecer, de reconstruir, la historicidad de su real significado.

Dice Kant, en el prefacio a la primera edición de su gran Kritik, que “nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación (léase: el dogma y el poder político) pretenden, de ordinario, escapar de ella. La primera en nombre de la santidad; la segunda, en nombre de la majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra sí mismas sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón solo concede a lo que es capaz de resistir un examen público y libre (ein öffentliche und freie prüfung)”. El temor a la crítica es temor a la verdad. En una sociedad que compró para sí la idea de que el ejercicio de la crítica representa una sentencia premeditada y alevosa, es decir, anticipada y movida por la mala fe, que oculta tras de sí el deseo malsano –la triste pasión– de condenar a priori toda posible empresa, con el propósito de destruirla, las cosas se hayan invertidas, y la carreta ha sido puesta –por el entendimiento abstracto– delante de los bueyes. No hay estudio ni examen detenido. No hay juicio, según el rigor del debido proceso. Sólo se impone la mala fe y, con ella, la ignorancia abierta y directa. Y no solo por parte de quienes gustan enlodar la dignidad de la crítica sino también por parte de quienes la reciben, pues suponer que se trata de un asunto personal desnaturaliza su suprema condición esencial.

En realidad, no es posible reconocer la profundidad de una crisis sin que la consciencia (Gewissen) tenga la obligación, el compromiso ético, de actuar en consecuencia, de ejercer el derecho, la facultad de litigar, de someter al “tribunal de la razón”, como dice Kant, y de sentenciar, si ese fuera el caso, a los responsables principales del desastre, a sus autores intelectuales y materiales, a fin de conquistar un resultado, un desenlace definitivo, que ponga fin al entuerto criminal y remedie los males causados, en este caso, a toda una nación. Porque la crítica es el resultado de la enfermedad del juicio (morbi iudicium seu crisis), su consecuencia directa. Pero no se puede –no cabe– confundir la majestad de la crítica con las retorceduras del resentimiento. La crítica confronta, polemiza, problematiza, con el objetivo de revelar, de poner al descubierto, la verdad. Se propone evidenciar si lo que se sostiene posee efectivamente fundamentos sustentables, sólidos y objetivos. Por eso mismo, la crítica no presupone, no pre-juzga: estudia, examina en detalle, pone en entredicho los absolutismos, duda y juzga de acuerdo con los resultados obtenidos. Así, pues, quien juzga objeta, crea las condiciones para la realización de un reacomodo, de una modificación sustantiva, de las relaciones sociales y políticas existentes sobre la base del conocimiento, no de los prejuicios, sin ira y sin llanto, incluso por encima del dolor causado.

Karl Marx estudió filosofía. Se especializó en filosofía del derecho, bajo la tutela de Eduard Gans, el más cercano de los discípulos de Hegel, para quien la crítica filosófica era la filosofía misma, en sentido estricto. La obra filosófica entera de Marx lleva como subtítulo “crítica”: Crítica de la Filosofía del Derecho, Crítica de la “crítica crítica”, Crítica de la novísima filosofía alemana, Crítica de la economía política, Crítica al Programa de Gotha, etc. Había aprendido de Kant y de Hegel el valor inconmensurable de la crítica, a los fines de restablecer la identidad del orden y la conexión de las ideas y las cosas. Por eso define la tarea de la filosofía, siempre y cuando se encuentre al servicio de la historia, en “desenmascarar la forma sacra del autoextrañamiento humano” y, a partir de él, “desenmascarar el autoextrañamiento en sus formas profanas”, haciendo de “la crítica del cielo la crítica de la tierra”, de la “crítica de la religión la crítica del derecho”, y de la “la crítica de la teología la crítica de la política”.

Los dogmas y las “verdades reveladas”; el culto a la muerte y la adoración de los ídolos “caídos”; las recetas y los constructos prefabricados acerca de cómo será el desenlace final o de cómo se tendrá que reconstruir el país, según “los técnicos” no son más que reminiscencias de la teología, del positivismo o del marxismo oriental. En nombre de unos supuestos “sagrados principios” –traídos de lecturas trasnochadas y mal traducidas o de esquemas sin tiempo–, se han cometido los mayores delitos contra la sociedad. Se ha perseguido a los que se oponen y se les ha obligado a huir al exilio. Se ha asesinado, se ha encarcelado, se ha robado, se ha intervenido, se ha aplastado a instituciones enteras, como en el caso de las universidades autónomas. Sin servicios básicos, sin medicamentos, sin expectativas de vida, sin alimentos y con la mayor de las hiperinflaciones del planeta. Pero, además, hay quienes, desde el lado opositor, han caído presos en los brazos de sus antagonistas, bien por temor o por provecho personal. La “lógica” inmanente de los unos revela ser idéntica a la de los otros. Los egos de los ignorantes, de fámulos solícitos de honores, dinero y sensualidad, abundan por doquier. El país se halla enfermo de entendimiento abstracto, de esperanzas infundadas e intereses gansteriles. La pobreza del espíritu es el único pan que se consume cada día. Plagados de patéticas cancioncitas y de mensajes subliminales que se traducen en el más auténtico “opio del pueblo”. No es tiempo de recetas dictadas desde la soberbia y el inevitable fracaso. Es tiempo de la más sensata y descarnada crítica del sí mismo, de la labor del pensar, que se traduce en energía vital, en convicción firme, capaz de apoderarse de las mayorías y del creciente clamor del “ya basta”.

Políticos como moscas en el coche.

Moscas cocheras por @jrherreraucv

En una de sus exquisitas Fábulas, Jean de La Fontaine relata la travesía de una mosca que iba montada sobre un coche tirado por seis caballos exhaustos, los cuales atravesaban un difícil paraje de montaña, en una tarde calurosa. La mosca en cuestión era -cuenta La Fontaine- de tosca especie, particularmente fastidiosa, de esas que suelen perturbar el sosiego y la concentración con sus constantes, y cada vez más insistentes, zumbidos en las orejas de sus víctimas.



Entre tanto, con “aguijón agudo”, no cesaba de picar a las nobles bestias, mientras se iba jactando de que el largo camino recorrido era el resultado de su particular pericia y empeño. De vez en vez, se sentaba en el coche, o sobre la nariz de los “infelices caminantes”, a “descansar”, al tiempo de quejarse, una y otra vez, por el nulo trabajo que hacían los demás. Ya entrada la noche, el coche terminó de subir la pendiente. Exclamó entonces la mosca, no sin solemnidad: “¡Respiremos!: cierto es que han sido extremos mi afanes, mas ya libres estamos de peligros. Vamos señores brutos, creo que, a conciencia, debéis recompensarme la asistencia”.

El filósofo italiano Antonio Gramsci tomó prestada la fábula de La Fontaine para definir la ociosidad e imprudencia de ciertos “ideólogos” que suelen aparecer, gustosamente, como los auténticos protagonistas de historias fantásticas, de “repúblicas aéreas” –como las llama Maquiavelo–, de “proyectos”, “procesos”, “legados” y, en fin, de “hazañas heroicas” en las cuales, en realidad, no solo no participaron directamente, y poco –o nada– tuvieron que hacer, sino que, al igual que las moscas cocheras, se cansaron de perturbar el más humilde y menos grandilocuente o menos pomposo esfuerzo de los caballos por sacar adelante el coche del atolladero. Y es que para ellos, para este tipo de fanfarrones, incompetentes y corruptos, “la historia deviene una historia formal, una historia de conceptos, y, en último análisis, una historia autobiográfica, una historia de moscas cocheras”, como dice Gramsci.

Expertos en autoconvencerse de sus propios mitos, y más allá de sus primeras experiencias en cantinas que, al final del día, llevaron rotundamente a la quiebra, las moscas cocheras son expertas en el uso de las hipérboles y en la transmutación de los predicados en sujetos. Por ejemplo, el “poder popular para la transformación revolucionaria de la economía productiva socialista” es una forma de expresar la absoluta ausencia de sentido común y la más atroz desconexión con la realidad objetiva.

No pocas veces, decía Lukács, el licor del fanatismo requiere de una buena dosis de agua fresca. Pero en un país en el cual el constante fluir de las aguas del río heraclíteo parece haberse estancado o –cuando no– mostrar su más dramática sequedad, la “fiesta” de las imágenes vaciadas de contenido y la persistencia en las llamadas “convicciones” carentes de objetividad persiste, rumbo al colapso general de la sociedad. Quisquillosamente se insiste en frases palmariamente incompatibles con lo que es.

De un lado se encuentra el hueco cascarón de lo que “debe ser”. Del otro, una inversión y, con ella, una descomposición del ser social, llevada al extremo. Imposible saber dónde terminan las convicciones  y dónde comienzan los intereses. La “Disney-Chávez” que se transmite y “vende” por los mass-media, se manifiesta en el mundo de carne y hueso como un gran “Tocorón”, una gran “San Antonio” de las balaceras. Mientras, Alicia, en el país –¡oh!– de las “maravillas”, se retrata junto al conejo. En síntesis: “El país de nunca jamás”, en el que los “niños perdidos” –en última instancia, heterónomos– pueden llegar a creer en las buenas intenciones del capitán Garfio.

Pensar significa mantener el esfuerzo de reconciliar lo general y lo particular, el hic et nunc y su concepto, a sabiendas de la no existencia de su adecuación inmediata, del constatable desgarramiento existente de lo uno y de lo otro. Es la movilidad del pensamiento frente al fenómeno, su atenta observación desde adentro, según sus propias demandas, sus propias aspiraciones, sin esquemas ni presuposiciones canónicas, lo que, finalmente, permite conquistar la verdad y, con ella, la recomposición de la eticidad. Más allá de lo estrictamente económico o de lo político, se pone de manifiesto la necesidad de recomponer el ethos.

Para el pensar no hay ninguna “categoría fija”, ninguna “categoría correcta”. El pensamiento no posee un punto fijo, estático. La estática, la insistencia en mantenerse en la parálisis, el “no ir” a ninguna parte, tiene también una dirección previsible: el caos que busca propiciar conflictos fraticidas, a objeto de afianzarse en el poder für ewig. Río revuelto, río de fuego. Semejante irresponsabilidad necesariamente tiene que ser obligada a cesar en sus viles propósitos. La verdad, y con ella, la civilidad, es el camino que conduce a través de la falsedad de los juicios e intereses de los zánganos o de las moscas cocheras.

Al ser el pensamiento una determinación esencial en la lucha por el poder entre individuos, grupos políticos y sociales, entre formas diversas de concebir el funcionamiento del Estado, es menester, como decía el viejo Sócrates, “hacer de la palabra más débil la palabra más fuerte”. Cuanto mayor es la diferencia, cuanto menos limitadamente se desarrolla, cuantas más variables influyen en la crisis, entonces desaparece el rigor convencional. Hay que desinvertir la inversión. De nuevo, se hace indispensable el reconocimiento, la sensata superación del desgarramiento, la lucha permanente por la paz. Necesario, pues, espantar del coche a las moscas.

Manifiesto filosófico

Manifiesto filosófico.
Deberíamos empezar por decir qué es la filosofía, o Filosofía mejor escrito, pero es una pregunta de difícil solución. Casi imposible, tantos y tantos atrás en el tiempo han dado sus impresiones acerca de lo que es y lo que no es.

Podemos rastrear su Historia, tal vez eso ayude a comprender más o menos qué quiere decir la dichosa palabrita que a mentes brillantes les llevo por el callejón de la locura. A algunos de forma real, incluso. Podemos también hablar de lo que los términos griegos philo ysophía quieren decir, es la forma más aceptada con la que explicar qué quiere decir philosophía. Quizá sea un buen argumento.

Los primeros que empezaron a pensar no lo hicieron bajo ese nombre, ni siquiera se llamaron pretenciosamente a sí mismos filósofos, eso vino más tarde. Realmente lo que conocemos por filosofía era un todo, no hacía escisión entre teoría y práctica. Los que por entonces vivían en el ámbito geográfico de lo que es la costa turca se dedicaron a dar voz a sus pensamientos sobre la naturaleza, desde entonces surgió una corriente que se expandió más allá de eso y llegó a preguntas por el origen y sentido. Su finalidad era preguntarse por la realidad imperante desde la palabra racional, desde el lógos. Este término es comparable al de philosophía por el hecho de ser muchas y una sola cosa a la vez, es la palabra, es el escuchar, es el decir, es la lógica, es el estudio. Así mismo, philo significa amor y sophía sabiduría. Estos dos términos estaban reservados al sophós, al sabio, que era el hombre (y alguna que otra mujer sólo reconocida más tarde) capaz de articular un discurso racional por el que dar a conocer el funcionamiento de la realidad. Por tanto, la Filosofía no sólo es amor por la sabiduría sino discurso lógico, racional y argumentativo capaz de transmitir conocimiento. ¿Se queda ahí?

A partir de la Revolución Científica (siglos XVI y XVII) surge un cambio muy grande que domina hasta ahora y deja a nuestra materia herida, no es mortal porque la ciencia sigue sin poder entenderse de forma independiente pero es una herida profunda. Nicolás Copérnico y Andreas Vesalius son los principales culpables de esto, pero, insisto, la Ciencia no era independiente ya que sólo marcaba un camino que debía seguir para cambiar el mundo. Hasta entonces la Filosofía era quien hablaba de la realidad, desde ese momento tenía una compañera de viaje. El trayecto empezó a hacerse más y más complicado, sobre todo cuando a mediados del siglo XIX y principios del XX materias principalmente filosóficas decidieron que su método era científico más que dialéctico por lo que la Filosofía quedó aislada. Desde el siglo pasado se habla del fin de la filosofía o su muerte, pensadores tan influyentes como Heidegger por ejemplo. 

¿Ha muerto o ha terminado la Filosofía? Esta pregunta es mucho más difícil de responder incluso que la primera que formulaba al principio. Hoy en día no podemos medirlo a través de filósofos, en cualquier caso deberíamos de acudir a las Facultades de Filosofía y observar el estado de las aulas. Claro que ahora tenemos una dificultad añadida, no es sólo que esta disciplina parezca aburrida o se haga pesada por los motivos que sean. El problema es que los mandatarios piensan, término que se puede entender de modo irónico en este momento, que es verdad. Que la Filosofía no sirve de algo. Que su aplicación práctica es nula. Admitamos que está un escalón por debajo de las ciencias exactas, pero no olvidemos que las ciencias humanas son inherentes a nosotros. La Filosofía, tal y como se entiende hoy, no es una asignatura de clase. La Filosofía es nuestro día a día, es nuestro decidir, es nuestra capacidad de observar alrededor y criticar lo que ocurre. Eso es lo que no quieren los mandatarios, personas críticas, quieren un rebaño que obedezca sin rechistar. El conocimiento es poder y el mayor conocimiento de todos lo da la Filosofía, porque da lecciones de vida. No es matemática, pero la matemática sin filosofía no sería lo que es hoy. No es física, pero la física sin filosofía no sería lo que es hoy. Estas dos materias, como ejemplo, no significan nada para el mundo porque no tratan de entenderlo sino de justificarlo. No digo que sean inservibles, ojo, sin ellas el mundo tampoco sería como es y lo que es. Digo que la Filosofía es necesaria para la Ciencia tanto como para la vida misma.

Sin Filosofía estamos perdidos, es el último reducto personal en el que el ámbito de lo público tan de moda no puede entrar y sin el que, precisamente, el ámbito público puede vivir. La Filosofía, queridos lectores, es lo que nos hace ser, es nuestro propio ser. Sin ella no existe algo que tenga sentido porque se banalizaría la simple pregunta ¿por qué?. La Filosofía es tan necesaria como el respirar y quien no sepa ver esto es un necio profundo.

Tal vez la Filosofía desaparezca del ámbito educativo para la desgracia de todos aquellos que vengan por detrás, pero la Filosofía es más Educación que la religión. La Filosofía es Educación, es el sapere aude kantiano, el conócete a ti mismo socrático. La Filosofía es la formación de ciudadanos críticos, la Filosofía eres tú.


Crítica social en un mundo llamado X


Señor X y señora Z en un mundo Y.
Crítica abrumadora de una sociedad de consumo cualquiera, el bienestar maldito, o, maldito bienestar es sacado a empujones en este impactante escrito de Patricia Olmo Ruiz.

Imaginemos que existe un tipo, llamémoslo X, que ha crecido en un hogar estándar, ha recibido una formación académica estándar, ha cursado, como toda persona que se precie, una carrera, digamos derecho por decir una, con sus correspondientes 5 años y su master, cómo no, de algo que le garantice su salida al mundo laboral con las mejores probabilidades de éxito. Como es de suponer, X tiene unos amplios conocimientos de inglés y unos conocimientos medianamente básicos de otro par de idiomas, digamos pues italiano y alemán, siendo de nuevo simplemente ejemplos. Y, claro, como toda persona medianamente culta sabe algo de literatura, puede que incluso sea capaz de leer a Dostoyevski con fluidez, sin entenderlo del todo, pero de todas formas lo que cuenta es la intención, y X lee muchísimo, libros buenos, de esos que todo el mundo llama “atemporales”, de los que “marcan una época”. Y, por supuesto, las inquietudes intelectuales de X no se quedan sólo en el terreno de la literatura: ve cine, pero no cualquier película, no, X sólo ve las mejores, los clásicos, es un entendido de la edad de oro de Hollywood. Y también sabe de artes plásticas, y de vinos. La verdad es que X ha invertido mucho tiempo y dinero en llegar a ser una persona con un nivel cultural medianamente alto.

X se siente bastante satisfecho con su vida: al fin encuentra trabajo, se compra un buen coche, alquila un pisito, la casa ya la comprará cuando aparezca la mujer apropiada, viaja con relativa frecuencia, tiene una considerable cantidad de amigos que comparten su gusto por las cosas bien hechas y las charlas de relativa profundidad…

Y, como era de esperar, no tarda mucho en aparecer la mujer perfecta, llamémosla, para no romper el ejemplo, Z. Z es una buena chica, con su carrera, su trabajo, sus idiomas y sus sofisticados intereses, que finalmente queda prendada de X por sus más que obvias cualidades, y a él le pasa exactamente lo mismo. No tardan mucho en casarse, no porque a ninguno de los dos les haga especial ilusión, total, esa costumbre a estas alturas de la vida es inútil, pero a la madre de Z siempre le ha hecho mucha ilusión verla casarse, y qué más da, si a ellos les da igual. Pero, ya que lo hacen, por la Iglesia, claro, ya que se ponen, lo hacen bien. Y con la venia del Señor, X y Z tienen un par de hijos monísimos, a los que llevan al colegio y les preparan el terreno para que tengan una formación, por lo menos, igual de buena que la que ellos disfrutaron.

Con el tiempo X y Z empiezan a notar cierta inestabilidad, como si algo dentro de ellos no estuviera del todo resuelto, ya se sabe, la famosa crisis de los 40. Pero, como gente culta que son, X y Z se buscan un buen psicólogo que les recete una buena dosis de placebos para la parte del siglo XXI que les duela en ese momento, y siguen con sus apacibles vidas.

A pesar de todo esto, X y Z sienten que han perdido oportunidades a lo largo de su vida, claro, pero bueno, no estaba en sus manos cogerlas: siempre faltaba dinero, o tal vez era culpa de sus padres, hermanos, compañeros, del gobierno… No podían hacer nada, no estaba en sus manos aprovechar esa oportunidad, ¿quién puede echárselo en cara? A todos nos ha pasado alguna vez. Además, tienen una buena vida, no se pueden quejar, y Papá Estado puede que no te dé muchas seguridades, pero, joder, ya se encarga de poner en la tele cosas que te entretengan y te digan qué pensar con la frecuencia necesaria para que no te sientas demasiado asustado.

Y, sin más, un día, a la no mala edad de 80 años, X termina muriendo, como todo el mundo, sin haberse preguntado nunca qué esperaba él de la vida, qué buscaba obtener de tanto barullo. X sabía qué iba a estudiar de mayor, X consiguió un buen trabajo, X se compró un coche bonito, una casa bonita, se casó con Z, una gran mujer, tuvo un par de hijos y tenía unos conocimientos amplios sobre muchos ámbitos, salvo de quién era él y qué hacía en este mundo.

Pero no fue solamente X quien murió sin saberlo. Cada vez pasa más, tanto, que ha llegado un momento que esas preguntas ya no incomodan, sino que comienzan a parecer una broma de mal gusto. Ya tenías que llegar tú, con tu excentricidad de vida, a preguntar esa estupidez. Qué tontería, desde luego. ¿Quién soy? Pues quién voy a ser, por favor, si llevamos años siendo amigos. Desde luego, no hay quién siga tu humor.

Y, si os soy sincera, me empieza a dar miedo no poder vivir la vida de X, no porque no pueda, sino porque no quiera. Me empieza a dar miedo que toda esta gente que se muere como si todo esto fuera un hacer tiempo para algo mejor, un prologo antes de la auténtica historia, al final haya conseguido lo que se proponía: convertir la vida en una broma.

Me da miedo que al final no seamos más que una panda de imbéciles que se tomaron en serio la bromita, que no paran de correr en pos del sentido de un simple chiste.

Fundamentos de la crítica y capacidad crítica.

Este es un escrito que pretende aclarar los fundamentos e infundamentos del acto crítico. ¿Es el acto crítico positivo en el devenir de la individualidad? o ¿Como influye en la realización de la "personalidad"?.

Mostramos primero dos definiciones requeridas para comprender el presente escrito, estas son la de individualidad e identidad:
  • La individualidad la forman todos aquellos pensamientos que te hacen único y que han sido creados por ti.
  • La identidad es todo aquello que te identifica, y te hace actuar conforme a lo que se espera de ti.
Comenzamos pues con la crítica, que es un atributo de la inteligencia, se dice,  esto es aceptado ya que evita caer en un engaño. Cualquier persona que utilice su capacidad crítica esta elevando su identidad sobre unos acontecimientos que no le benefician, se utiliza identidad, en referencia a un grupo de creencias determinadas que forman el conjunto identificable, y esto es lo que hace el crítico, identificarse hacia el espectador y contra el predicado como un sujeto de determinada opción cultural.
Por esto cuanto más se esfuerza uno en la crítica, menos habla del predicado y más del sujeto personal "yo", y menos se habla de la cosa y más de uno mismo, pero de su parte más intima, de sus afectos truncados y sus más perfectas impotencias.
Parafraseando a Spinoza,  se podría decir que en la crítica estas perdido, son momentos en los que un ser vivo deja de existir, y esto solo por el refugio carnal que utiliza -que es la identidad social y cultural, ya en el acto de creación crítica el foco de nuestra atención apenas se sitúa antes de una fuga displacentera, y es justo para obstruir la salida a la consciencia que se desvía al pensamiento por otras rutas.  Por rutas de identificación -que son canales comunes de ansiedad, hostilidad y tristeza, de localización del peligro en estereotipos y heurísticos representacionales, es decir, fruto de una vagueza meditativa que escapa a la opción creativa.

Pero, ¿como puede dejar de existir un ser vivo en la crítica?, esta afirmación se refiere a la continua formación de individualidad, la que se detiene y estanca cuando la crítica actúa, y es que en la crítica siempre hay un movimiento defensor de la identidad, o en su caso, en forma de ataque hacia la identidad opuesta, y entonces se deja de existir -en sentido Spinozista, pues no es posible la vida sin, a la misma vez, ampliar la potencia de individualidad.

En la crítica nunca se haya un nuevo refugio en el que formar parte, ni algún otro placer en el camino, continuamente se protege la identidad y su sistema de creencias. ¿Que puedo pensar? o ¿Qué puede existir? son las preguntas que quedan sin respuesta en la crítica.