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    Hegel, ¿lata o sardinas?


    Hegel, ¿lata o sardinas?
    El objeto de este escrito es intentar dar una respuesta a la cuestión planteada en el título. Por descontado, los dos términos son una representación esperpéntica y metafórica de los conceptos coloquialmente entendidos como "forma" y "fondo" y de los más formales "apariencia y realidad". Lo de si Hegel es o no una «lata» -en su sentido más peyorativo- también merecerá debida atención.

    La importancia del tema y el profundo mensaje que subyace en el mismo requiere un planteamiento de lo más diáfano, con objeto de no caer en lo criticado, que, en el fondo, no es más que la omnipresente incertidumbre, inherente o impostada, del lenguaje. En un ingenuo intento de minimizar ambas, vamos a adoptar un estilo estructurado en distintas secciones, atendiendo a la homogeneidad del mensaje contenido, dejando para las conclusiones la síntesis de todas ellas.

    Contexto y cláusulas de salvaguarda.
    Podrá parecer extraño empezar de esta forma, pero creo que resulta de lo más necesario. Aprovecharé para fijar mi postura respecto a la frecuente apelación al «contexto» por parte de escritores y lectores. Pienso sinceramente que se trata de un recurso fácil causado por la incertidumbre generada en origen, recurso siempre utilizado «a posteriori». En el caso de los escritores, el «contexto» se utiliza para intentar explicar lo inexplicable, para defenderse de las acusaciones de lectores confundidos y en el caso de los lectores interpretadores, normalmente, para justificar su pretendida erudición y su capacidad para comprender lo incomprensible para el común de los mortales (éstos, los simples lectores, no apelan a nada; simplemente no lo entienden). Por lo tanto, en mi opinión, la apelación al «contexto», así en genérico, es algo perverso en sí mismo, en particular, porque siempre se obvia su atributo más importante: su alcance. Nunca se nos dice si, para interpretar correctamente el mensaje, necesitamos leer el párrafo, capítulo o libro contenedor o la obra completa del autor (aunque curiosamente, se acostumbra a hacer referencia a las coordenadas temporales y a las circunstancias personales del escritor, como si pudiésemos ponernos en la piel -y en la mente- del mismo).

    En este caso, intentaré fijar el contexto «a priori», con lo que espero satisfacer dos objetivos: a) evitar apelaciones «a posteriori» y b) justificar lo que puede calificarse de atrevimiento por parte de un diletante al abordar este tema.

    Este escrito debe situarse en el siguiente contexto: Responde de forma primaria a la preocupación que siempre he manifestado por la incertidumbre del lenguaje, factor principal en la deficiente comunicación que lastra las relaciones culturales y la calidad -en el sentido del grado de correspondencia con el deseo del emisor- del mensaje. A esto se le debe añadir la circunstancia particular en la que me encuentro respecto a la filosofía, que se puede expresar como un intento de acercamiento sincero desde una perspectiva racionalista fruto de mi formación técnica, no humanística. Debo declarar también aquí y ahora que mi conocimiento de Hegel es superficial y se limita a la obra comentada más adelante, pero, en mi defensa, argumentaré que, más allá de las ironías propias de mi estilo, mi interés por la filosofía en general y por su obra en particular es de lo más serio. Pero, aquí estamos, y el estímulo catalizador de este escrito ha aparecido en este momento y me ha parecido de suficiente peso para acometerlo.

    Descubrimiento.
    Al margen de las semblanzas incluidas en las diversas historias de la filosofía a las que ha accedido, mi conocimiento de Hegel podemos decir que se inicia de forma abrupta con la lectura de una frase de Schopenhauer, la cual me impactó de forma extrema y dejó grabada en mis neuronas la tarea pendiente de profundizar en el tema: "Charlatán, vulgar, sin espíritu, repugnante, ignorante, ...fué tomado por los imbéciles como poseedor de la sabiduría universal" (Fragmentos sobre la historia de la filosofía). Mi conocimiento de Hegel aumentó ligeramente con la atención que le dedica Ferrater Mora como uno de los protagonistas de su obra "Cuatro visiones de la historia universal". Recientemente, adjunto a una revista de filosofía, llegó a mis manos su libro "Introducción a la historia de la filosofía", el cual es el que ha devenido responsable de este escrito (en el intermedio, he disfrutado referencias puntuales de Hegel en otras obras a las que me referiré en su momento).

    Forma (envoltorio).
    Pareceré superficial, pero me preocupa(n) mucho la(s) forma(s). Si se trata de un libro, antes de ponerlo en la estantería (incluso, de nuevo, antes de leerlo) busco el índice. Y si no hay índice, empezamos mal. Del mismo modo, le concedo extremada importancia al título. Digamos que, en mi mente estructurada, el contenido -el fondo- se resume en el índice, el cual, a su vez, se resume en el título. Como un libro siempre tiene título y contenido, al margen de su hipotética calidad, lo que, para mí, deviene atributo diferenciador es la presencia o ausencia de índice. Y como en el caso de un libro, lo verdaderamente importante son las letras que forman su contenido, mientras éstas sean legibles ya me está bien. La forma ortodoxa, encuadernado, papel, formato digital, etc., deja de tener importancia. En cambio, agradezco sobremanera el índice. Y debo decir que la forma de este libro de Hegel es excelente y que me causó tan buena impresión que empecé a dudar del cascarrabias Schopenhauer. El índice revela una mente muy bien amueblada y estructurada. No lo voy a reproducir íntegramente pero me remitiré a los dos primeros capítulos: 1.- El pensamiento como concepto e idea; a) El pensamiento; b) El concepto; c) La idea. 2.- La idea como desarrollo; a) El ser en sí; b) La existencia (Dasein); c) El ser por sí.
    El índice del primer capítulo es un ejemplo de estructura y promete un desarrollo de contenido claro y concreto y el del segundo nos pone en materia con la presentación de los conceptos «ser en sí» y «ser por sí» que por sí mismos (valga la redundancia) no dicen nada, pero que, indudablemente, se espera que queden oportunamente explicados. Y la aparición de ambos conceptos (nominalmente, no extraños para mí), es la que me animó a llegar al fondo.

    Fondo (contenido).
    He comentado que el «ser en sí» y el «ser por sí» no eran conceptos extraños para mí. Me explicaré. Hace algún tiempo, en el libro "Filosofía para bufones" de Pedro González Calero encontré la siguiente frase de Hegel: "Sólo lo espiritual es lo real; es la esencia y el ser en sí lo que se mantiene y lo determinado -el ser otro y el ser para sí- y lo que permanece en sí mismo es esa determinabilidad o en su ser fuera de sí o es en y para sí. Pero este ser en y para sí es primeramente para nosotros o en sí, es la sustancia espiritual" (prólogo de "La fenomenología del espíritu"). Al margen de esta indigerible frase, la recurrente referencia al ser «en, por, para sí» me resultó chocante, pero quedó aparcada en lo más profundo de mi mente, hasta que emergió con violencia al encontrarlos de nuevo en el índice del libro de Hegel de referencia. Me dije: esta es la mía, ahora me voy a enterar.

    2. La idea como desarrollo.  Tras algún circunloquio más o menos gratuito, llegamos a esta frase cuya primera parte "La idea de la evolución debe convertirse en lo que ella es" ya merece alguna atención: si ya "es" no es preciso que se convierta. Pero al seguir leyendo nos tranquilizamos al ver que el propio Hegel reconoce "Esto parece una contradicción para el entendimiento..." con lo que estamos absolutamente de acuerdo, aunque, lamentablemente, continúa con la siguiente definición "..., pero, precisamente, la esencia de la filosofía consiste en resolver las contradicciones del entendimiento.". Queda pues, pendiente que las resuelva. De momento, al menos, «en mí, por mí o para mí», permanecen. Finaliza este punto con una promesa de explicación que nos alivia: En la evolución "debemos distinguir dos cosas -dos estados, por decirlo así-: la aptitud, el poder (la potencia), el ser en sí y el ser por sí, la realidad (el acto)". Ya hemos presentado las novedades del discurso, aunque no comprendo la utilidad de corregir la nomenclatura aristotélica. Veamos si nos enteramos.

    a) El ser en sí.  Debemos reconocer que empieza citando a Aristóteles argumentando que la potencia, la posibilidad real, es llamada "lo en sí, aquello que es en sí y sólo por de pronto así". Manifiesto no identificar textualmente esta definición aristotélica aunque tengo bastante claro que, en su momento, comprendí perfectamente el significado de «potencia» y «acto», conceptos fundamentales repetidos hasta la saciedad en su obra "Física" y dudo mucho que lo hubiese hecho con la abstrusa definición de Hegel. Continúa así: "De lo que es en sí, se tiene ordinariamente la alta opinión de que es lo verdadero". Ni que decir tiene que no comprendemos lo de "ordinariamente" (por lo visto, no soy ordinario) ni mucho menos lo de "verdadero". A continuación siguen unas disquisiciones interminables sobre gérmenes, árboles, hojas y plantas que finalizan con la obviedad: "No se descubre ninguna otra cosa que lo que ya existía". Para este viaje no hacían falta alforjas. Pero le va bien para ligarlo con el siguiente punto.

    b) La existencia (Dasein).  Como la primera impresión es la que cuenta, transcribo y comento la primera frase: "Lo segundo es que lo en sí, lo simple, lo envuelto, es capaz de desarrollarse, de desenvolverse". Y nos aclara "Desenvolverse quiere decir: ponerse, entrar a la existencia, existir como algo distinto". Resulta obvio que lo envuelto puede desenvolverse y no lo es tanto el que en la existencia "se entre" y que se exista "como algo distinto" no se sabe muy bien de qué. Bien es verdad que, en un intento de explicación, recurre de nuevo a las metáforas vegetales del punto anterior, pero, en mi opinión, por confusa, de forma muy poco convincente. Daremos su definición: "Lo que nosotros llamamos Existencia es así un muestrario del concepto, del germen, del Yo". Tras la extrapolación de lo vegetal a lo humano (niño, no racional, hombre, racional) culmina el análisis con esta contundente frase, calificada por él mismo de resumen: "Lo que es en sí tiene que convertirse en objeto para el hombre, llegar a la conciencia; así llega a ser para él y para sí mismo. De este modo, el hombre se duplica. Una vez él es razón, es pensar, pero en sí; otra él piensa, él convierte este ser, su en sí, en objeto del pensar". Reconozco que lo del hombre duplicado me supera. Finaliza con una palmaria diferenciación entre orientales (son «en sí», pero no existen como libres) y europeos (saben «de sí», se conocen a sí mismos como libres). Me sigue superando. Pero vayamos a la siguiente fase del proceso, el segundo concepto de «ser».

    c) El ser por sí.  Empieza con: "La tercera determinación es que lo que existe en sí y lo que existe por sí con solamente una y la misma cosa". Caramba, pues ya está todo dicho. Sobra la tercera determinación que es, precisamente, el punto c). Pero no nos engañemos, todavía nos faltan seis páginas. Para acabarlo de arreglar, la frase anterior concluye "Esto quiere decir precisamente evolución". Y continúa con otra obviedad: "Lo en sí que ya no fuera en sí sería otra cosa. Por consiguiente, allí habría una variación, un cambio". Para llegar a encontrar la definición que Hegel da al «ser por sí» debemos ponernos el casco de minero y explorar concienzudamente palabras, frases y párrafos hasta encontrar, allá por la tercera página, otro resumen:  "El primer momento era lo en sí de la realización, del germen; el segundo es la existencia, aquello que resulta; así, es el tercero la identidad de ambos, el fruto de la evolución; y a esto llamo yo abstractamente el ser por sí". Pues, la verdad, bastante abstracto es. No me queda nada claro. Y siguen tres páginas más...    

    Conclusiones a la Forma y el Fondo.
    Más allá del picoteo irónico que no hemos podido evitar, vamos a plasmar nuestras conclusiones respecto a los textos analizados: Ya hemos expresado que la forma promete, pero resulta evidente que el fondo decepciona. Sorprende el enorme contraste entre el ejemplar y bien estructurado índice y el, para mí, confuso y disperso contenido. En mi humilde opinión, Hegel ha retorcido hasta sobrepasar el limite elástico los claros y diáfanos conceptos aristotélicos de «potencia» y «acto», en una ceremonia de la confusión que lleva implícita la segura apelación al «contexto» por parte de los eruditos necesariamente «interpretadores». Pero el texto «en sí» no resiste un análisis racional y escapa a la comprensión lectora de la mayor parte del género humano. Por otra parte, situar, en el proceso, la «existencia» entre la «potencia» y el «acto» es absolutamente inconsistente. Si buscamos un símil con la energía potencial y la energía cinética, los equivalentes a la «potencia» y el «acto» aristotélico, no se sostiene. El agua que mansamente descansa en el pantano y que representa la energía potencial (la potencia) existe indudablemente y esta energía se transformará en energía cinética cuando se abran las válvulas y mueva los rotores de las turbinas (el acto). Le damos la razón en que su «en sí» (potencia) y su «por sí» (acto) son lo mismo, son dos manifestaciones distintas de la energía que es una. Pero el agua existe antes, durante y después. Aceptemos que la electricidad generada no existía antes, pero... ¿para qué retorcer los conceptos e inventar nuevas formas de decir lo mismo?  Conclusión: ninguna aportación neta a mi conocimiento, excepción hecha del indudable refuerzo de mi convencimiento de la omnipresencia e importancia de la incertidumbre -en este caso, confusión- del lenguaje. Definitivamente, en este libro, Hegel es una lata. Y las sardinas, pocas y pequeñas.

    Opiniones ajenas.
    "Hegel, por medio de la formulación oscura y llena de pretensiones de sus pretenciosas enseñanzas abrió a la sabiduría ficticia puertas y más puertas, esto es, a las grandes palabras y, por decirlo brevemente, a la charlatanería" (Karl R. Popper, Sociedad abierta, universo abierto. La miseria de la falta de imaginación).

    "Charlatán, vulgar, sin espíritu, repugnante, ignorante, ...fué tomado por los imbéciles como poseedor de la sabiduría universal" (Schopenhauer, Fragmentos sobre la historia de la filosofía).

    "Si se quiere embrutecer adrede a un joven y hacerle incapaz de toda idea, no hay medio más eficaz que el asiduo estudio de las obras originales de Hegel, porque esa monstruosa acumulación de palabras que chocan y se contradicen de manera que el espíritu se atormenta inútilmente en pensar algo al leerlas, hasta que cansado decae, aniquilan en él paulatinamente la facultad de pensar tan radicalmente, que desde entonces tienen para él el valor de pensamientos las flores retóricas insulsas y vacías de sentido [...]. Si alguna vez un preceptor temiera que su pupilo se hiciera demasiado listo para sus planes, podría evitar esa desgracia con el estudio asiduo de Hegel" (Schopenhauer, Parerga y Paralipómena).

    Poco puedo añadir a estas opiniones autorizadas, las cuales van mucho más allá de lo que me hubiese atrevido a manifestar. Ni que decir tiene que mostrar sólo las negativas podrá ser tildado de sesgo inaceptable e interesado, pero ahí están. Y el objeto de este escrito no es precisamente glosar sus bondades, sino analizar su mensaje, aunque sea desde el limitado dominio de una sola obra y, dentro de ella, de un solo capítulo. Pero lo que no se puede negar es que las opiniones anteriores provienen de contrastados pensadores a los que se les supone disponer de la perspectiva general que a mí me falta.

    Conclusiones generales.
    Veamos como salgo de este embrollo. Declaro una enorme inquietud por ampliar mis conocimientos, gracias a la digestión y correspondiente metabolización de nuevas lecturas. Pero Hegel se me ha indigestado. Cuando uno se encuentra en su crepúsculo vital, cobra mucha importancia la priorización del material, dada la incontrovertible realidad de no poder leer, por falta material de tiempo, todo lo que desearía. Entonces, creo que descarto a Hegel. A duras penas lo entiendo, pero no lo comprendo. Nada que ver con Aristóteles, Wittgenstein, Russell o Popper (entre otros muchos). Y esto debe verse como un principio general, en refuerzo del cual, terminaré con una anécdota de un científico y con varias frases de filósofos, para mí, "digeribles".

    Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, explica que una vez, siendo ya científico reconocido, fue invitado a participar en un seminario multidisciplinar sobre "La ética de la igualdad en la educación". Participaban además de él, entre otros, un jurista internacional, un historiador, un jesuíta, un rabino, un reputado psicólogo y "eruditos" de muy diversa extracción. Recuerda que ya tuvo importantes problemas al decidir a qué le debería dedicar más atención, si a la ética, a la igualdad, o a la educación, pero haciendo abstracción de ello, participó activamente. El jesuíta no hacía otra cosa que argumentar que "el verdadero problema de la ética de la igualdad en la educación radicaba en la fragmentación del conocimiento". Cuando le preguntaba qué problema ético entrañaba la fragmentación del conocimiento, le respondía con enormes masas de niebla a las que él replicaba que "no le comprendía" pero todos lo demás decían que sí, aunque se manifestaban incapaces de explicárselo. Cuando Feynman presentó el trabajo sobre el tema que le habían encargado, sólo consiguió por parte del presidente del seminario buenas palabras, reconocimiento de la calidad del trabajo, pero quedó en cola, si quedaba tiempo, tras la discusión de otros trabajos. Uno de ellos, creación de un sociólogo, debía ser objeto de debate el día siguiente. Se puso a la tarea y se quedó asombrado. En sus propias palabras "no le veía ni la cabeza ni el rabo". Tuvo la penosa impresión de no estar a la altura de las circunstancias. Pero intentó el método de "divide y vencerás". Escoger una frase al azar y analizarla lentamente a ver si comprendía que demonios significaba. La frase rezaba: "El miembro individual de la comunidad social suele recibir su información vía canales visuales simbólicos". Lo leyó repetidas veces hasta que lo comprendió (en sus propias palabras, lo tradujo). Decía -o más bien, quería decir- realmente: "la gente lee". Tras digerir lentamente la siguiente frase, del mismo estilo sociológico-literario, consiguió captar el mensaje, absolutamente vacío de contenido: "A veces la gente lee, a veces ve la televisión". Esto es todo. Así de simple y así de complicado.

    "El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de un modo tal, en efecto, que de la forma externa del ropaje no puede deducirse la forma del pensamiento disfrazado." (Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, 4.002).

    "La filosofía propiamente dicha trata de asuntos de interés para el público culto en general, y pierde mucho de su valor si sólo unos pocos profesionales pueden comprender lo que dicen los filósofos." (Bertrand Russell. El conocimiento humano. Prefacio).

    "Cuando leo, lo primero que quiero es entender lo que ha querido decir el autor. Mas para entender lo que se quiere decir, es necesario entender no sólo el lenguaje, sino también el asunto. La inteligencia depende del entendimiento del asunto."

    "Hay que aceptar la exigencia de que la filosofía sea accesible a todo el mundo." (Ambas de Karl Jaspers. La filosofía desde el punto de vista de la existencia).

    "En filosofía, el grado en que uno se apartaba de lo inteligible casi se convirtió en la medida de su maestría." (Schelling. Tomado de "Filosofía para bufones" de Pedro González Calero).

    "Hubo uno que me entendió y ni siquiera ese me entendió." (Hegel en su lecho de muerte. Tomado de "Filosofía para bufones" de Pedro González Calero).

    La verdad, si la última frase es cierta, terminar así debe ser bastante triste.

    Contexto

    Contexto
    Éste artículo pretende llamar la atención sobre la profundidad latente en cada situación que vivimos, en los elementos de su intensidad, invitando al lector a reflexionar sobre su posición, los beneficios que podrían derivarse de una mayor sensibilidad y las posibilidades de acción que podrían surgir en relación al lugar que ocupa en cada momento de su vida.

    Mantiene la tesis de que cualquier individuo puede protagonizar una apertura frente a las circunstancias y condiciones del entorno, logrando así una mejor comprensión y capacidad transformadora de los mecanismos que subyacen a cuento le rodea.

    Cada mirada, gesto y palabra, cada pensamiento y acto humano se dan, por necesidad, enmarcados en una situación determinada. Es condición ineludible para cualquier individuo el estar inmerso en un contexto, en sucesivos escenarios por los que transcurre su acción. Será por ello fructífero tomar conciencia de una condición tan presente en la existencia, para poder mejorar nuestra percepción y capacidad de sumergirnos a través de ella. Por ello quisiera ofrecer una toma de contacto con la noción de contexto como tal, en su formato o sentido más sencillo, prescindiendo aquí de otras posibles indagaciones. Contexto como situación concreta, el entorno inmediato de la experiencia subjetiva.

    Contexto será toda situación habitable por un sujeto, ya se trate de eventos comunes o extraordinarios. Cualquier vivencia que un individuo pueda protagonizar o presenciar será caracterizable como tal. Nadie puede lanzar una mirada a una situación concreta prescindiendo de un contexto que le sirva de base. Uno se asoma a un contexto, desde otro, e incluido en otros muchos.

    La múltiple aplicabilidad del término nos hace vislumbrar que se trata de algo divisible en planos, de diversa escala y trascendencia. Contexto personal, laboral, familiar… Hasta otros cuya magnitud nos rebasa, como el social, vital, epocal, existencial… Cuyas diferencias entre sí no les impiden encontrarse sumamente interconectados. No obstante, se trata de dimensiones que no trataré aquí.

    En un contexto, en sí, pueden distinguirse diferentes dimensiones, niveles, aunque se presenten al sujeto de manera simultánea. Una dimensión física, el lugar de los objetos materiales y estímulos sensoriales del entorno, cuya importancia radica en su disposición, en la habitabilidad que pueda llegar a ofrecer al sujeto. A ésta le siguen otras más vivenciales, de naturaleza más interactiva, y no meramente perceptiva, por lo que su complejidad será notablemente mayor. Cabe destacar la profunda permeabilidad que comparten individuo y contexto, aquello que posibilita una intensa comunicabilidad entre ambos. El contenido de cada uno cala en el otro, quedando absorbido, consolidado como unidad.

    La realidad se nos presenta en cada contexto dado. El contacto con ésta se da en un contexto concreto, quedando bañada por él. Nuestra percepción del tiempo y el espacio se relativizan en relación a él, según su ritmo. El entorno no es el simple objeto de la percepción, sino su administrador. Igual que una imagen puede ser tomada como un texto visual, o una película como un texto fílmico, puede decirse que cualquier situación nos permite tomarla como poseedora de un texto experiencial. Todo con-texto albergará un texto que podrá ser leído, un código que, según se interprete, dotará a la situación de un sentido u otro, sentido que por otra parte, exige ser satisfecho por la acción.

    Exceptuando las situaciones de soledad absoluta, como los retiros, el contexto es elaborado colectivamente por los individuos que lo pueblan. Cada uno de ellos lo interpreta, por su parte, tomando a los demás como partes de éste. La percepción individual no agota el papel configurador de éstos, ya que no solo su presencia, sino también su actitud, pensamiento y conducta imprimen su condición o estatus en el entorno.

    En cada uno de ellos, la disposición de cada participante configura el éter, la atmósfera del encuentro. Cada situación específica diverge de las demás, por singular, lo que hace que sus oscilaciones sean únicas. Nada presente, ningún elemento, será ajeno a su constitución. Desde la más excéntrica aportación hasta el más nimio detalle podrán ser objeto de nuestra atención.

    Cada actitud, pensamiento y acto fluctúan, en la medida en que actúan como un fluido que, vertido sobre aquella mezcla, tiñe y altera el evento, involucrándose en una danza que es casi observable espacialmente. Así como uno siente cuando una situación tensa parece reclamar algún detalle humorístico, podrá percibir en cualquier otro evento qué es lo que éste precisa para su mejora o equilibrado.

    Pero la actitud no configura en bloque, sino que cada pensamiento, palabra y gesto modelan el ambiente de manera independiente, provocando acciones, reacciones, giros, cierres… Hasta el elemento del entorno aparentemente más insulso posee una capacidad causal inestimable. Cuestiones como la luz, temperatura, brillo, textura u olor poseen roles que contribuyen a la creación de una atmósfera que va más allá de su estructuración física.

    Un contexto gozará siempre de una inercia propia que, atravesando al individuo, podrá provocar en él una pluralidad de reacciones.

    Pueden pensarse casos de inmersión contextual tan profundos que, sólo al salir de ellos, sólo al apartar la atención y consciencia de su transcurso, seamos capaces de advertirlos. Un contexto puede absorber de tal manera que parezca que cada acción brote en él de manera casi automática, logrando la satisfacción inmediata de sus demandas. Son situaciones en las que parece que actuamos instintivamente, casi sin la mediación de pensamientos propios, como si los actos fueran sustraídos, más que ejecutados. Como inconveniente puede apreciarse que ésta especie de automatismo de la conducta puede llevar al sujeto a cometer actos que no recibirían su aprobación si se viera liberado de la inercia que lo moviliza.

    También pueden imaginarse otros en los que se vaya más allá del contexto, en los que en vez de darse esta inconsciencia, acaezca la inmersión en un flujo propio que aparte, no del entorno ajeno al contexto, sino del contexto mismo, donde el sujeto queda ensimismado en una corriente de pensamiento de la que sólo toma consciencia cuando ralentiza su curso. Momentos que nos dejan cierta sensación de desconexión, sólo cuando su flujo ha cesado. Casos de negación de todo contexto, paradójicamente enmarcados en uno propio.

    La posibilidad de ejercer una resistencia a dejarse llevar por una situación siempre está presente, de ofrecer una actitud disonante, convertirse en un infiltrado, en un miembro ilegítimo a rechazar. Algunos contextos especialmente cruentos pueden vapulear a los sujetos que los habitan hasta el punto de que sus nociones básicas, su conocimiento de sí y del mundo se vean derruidos, surgiendo un sujeto casi nuevo, nacido no ya de su vida, sino de una situación especialmente afectante y agresiva. Casos de grandes desgracias, catástrofes o situaciones traumáticas.

    Las variables de cada situación son infinitas, por lo que también lo será el influjo que causen en el individuo. Tras estos ejemplos, el lector podrá elucubrar otros no citados tomando como único referente su propia experiencia.

    La influencia que el contexto ejerce sobre cada individuo no pasa por ser tan excesivamente concreta. Gran parte del peso recae en su trasfondo, en su intertexto, en las conexiones que mantiene con situaciones previas, que plasman su impronta en cada acto que en él se desarrolle. Cuestiones como la calidad de las relaciones o los eventos previos que la han propiciado modularán en gran parte la atmósfera de la vivencia.

    Esas necesidades latentes, aprehensibles en toda situación, esas posibilidades de equilibrado, respecto de las que el sujeto puede hacerse sensible es lo que podemos caracterizar como demandas específicas del contexto. En su conjunto, pueden leerse en él indicios para cambiar su rumbo, para mejorarlo. Más que mensajes, en un contexto oscilan peticiones, solicitudes, que interpelan al individuo que lo presencia. Sólo así se torna posible el juego entre demanda, por parte del contexto, y escucha, por parte del individuo.

    La constancia del juicio reflexivo revela su valor cuando, vistos algunos tipos de inmersión contextual, nos percatamos de que una importante parte de nuestros actos son fruto de exigencias que la situación provoca, de las que no tenemos garante de su corrección. Son de sobra conocidas las atrocidades que el hombre, inmerso en la vorágine de la masa, es capaz de cometer.

    Quizá no se trate sin más de una interpretación como tal, al estilo de un análisis hermenéutico, ya que podría resultar que, más que simple cálculo, se tratara de una suerte de apertura atenta, una mirada radical, partícipe de la intuición y necesitada de la quietud que le da validez, capaz de captar la necesidad de la situación hacia la que es lanzada. Un estar acorde, más que un captar analítico.

    Es esa pluralidad de matices la que hace que se  presente complicada esa mirada abierta y comprensiva en estos planos. Se puede entender y aceptar que una situación cotidiana provoque en alguien lúcido el imperativo de realizar ciertos actos, de mantener cierto tipo de comportamiento. Recapacitar acerca del curso de acción individual parece relativamente sencillo si lo comparamos con el curso de acción colectivo. A saber, captar la necesidad de consolar a alguien que llora es más fácil que captar las necesidades políticas de un colectivo, por ejemplo. La tarea se torna inabarcable cuando llevamos la noción de contexto a una escala mayor, porque ¿cómo captar las necesidades o peticiones que nos exige, por ejemplo, el contexto social en que vivimos?

    A pesar de no ser el objetivo de éste ensayo, por carecer de la ontología necesaria para asumir tal abrumador número de variables, no debemos obviar que en última instancia, el trasfondo del contexto remite a planos mayores, y que esos niveles en los que se haya adscrito también realizan demandas, siendo su nivel de complejidad infinitamente mayor. Una cuestión que desborda, pero hacia la que hay que apuntar, pues a pesar de su aparente lejanía, hasta el suceso más recóndito puede repercutir, y de hecho repercute, en nuestras vivencias particulares.

    Quisiera concluir resaltando sin más lo conveniente de ejercer, frente al entorno, un tipo de quietud sensible, una apertura atenta capaz de captar las necesidades de éste, con el fin de lograr una mejora de la situación que se presencia y protagoniza. Tomar esa atención lúcida, y ponerla a la escucha de los mecanismos que rigen cuanto nos rodea y afecta. Una disposición que, aunque necesitada de lo racional, no encontrará en el cálculo, sino en la sintonización, en la consonancia con el entorno, su mejor aliada.

    Trascender lo particular, caminando hacia una profunda visión de conjunto, aprehender la textura de lo circundante, el panorama en derredor, permitiendo esa eclosión de sentido, particular por individual pero no por ello menos válida, que como una lámina que se aplica a una lente, nos muestra recovecos del paisaje que pudieran haberse ocultado a nuestra mirada. Integrarse en la situación vivida, interpretándola desde sus propios parámetros, porque es nuestra mera presencia la que nos vincula primariamente con ella.

    Que escucha, y no sólo presencia, se conviertan en caracteres propios de la actitud en su estar cotidiano.


    Contexto
    Podrás encontrar éste y otros artículos en Fundamentes. Imagen diseñada por María Valle para éste escrito.