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¿Qué es una constitución nacional?

¿Qué es una constitución?, por José Rafaél Herrera / @JRHerreraucv

Una Constitución no es tan solo, como se cree, un cuerpo de leyes positivas “dadas”, un mandato supremo del más allá que, cual Venus, nace de un sagrado carey que brota de la espuma del mar. Tampoco dicho corpus cae del cielo para ser puesto, nada menos que por Dios, en las santas manos del profeta Moisés. (Por lo demás –y permítase aquí un breve paréntesis, a modo de aclaratoria–, que se sepa, a ciertos redactores criollos de constituciones no les cuadra precisamente –piénsese por un instante en el insigne señor Escarrá– ni la figura de Moisés ni, mucho menos, la de Venus, desnuda en su concha marina). No: ni cae del cielo ni sale del mar.

Una constitución esta hecha con personas.


Una Constitución es la autoconsciencia y el sistema del Espíritu de un pueblo, de una nación, el fundamento conceptual de un Estado adecuado consigo mismo, armónico, que conforma la unidad del todo y de las partes, de lo uno y lo múltiple, de la identidad y la diversidad, que impide que los mezquinos intereses particulares y el agitamiento centrífugo de los más variados sectores sociales o territoriales, las inclinaciones religiosas, los egos heredados de un largo pasado caudillesco, traspasen los límites de la razón y se desborden en medio de la locura disoluta, corrupta y autodestructiva, la misma locura que en el menesteroso tiempo presente parece incendiar y consumir el destino de Venezuela, en nombre del “pueblo”.

La pujante nación que comenzó a surgir con la muerte de Gómez y se consolidó con el derrocamiento de Pérez Jiménez, ya no existe. Y no volverá a existir. El mapa territorial venezolano semeja la figura de un elefante. La muerte por inanición de Ruperta –la bella, admirable y elegante elefanta de otros tiempos, que bajo la administración del actual régimen se fue mostrando cada vez más descompuesta, más famélica, más esquelética– es una fiel metáfora de la Venezuela que se fue o, más bien, que una mayoritaria parte de la población permitió que se fuera, en el momento en el que –¡oh, insensatez!– el entusiasmo por un taimado “vengador” decimonónico encandiló la mirada y nubló la mente de una población hecha de cortos recuerdos, ávida de la riqueza fácil y sin esfuerzo, esa soga de la que cuelgan los pueblos prestos al metálico y estridente canto de las sirenas populistas. Y fue por cierto bajo tales premisas que se diseñó el plan para pasar de la República democrática a la “bolivariana”, mediante el artilugio de confeccionar una nueva carta constitucional, “la mejor Constitución del mundo”, como fue definida por un estrafalario y mendaz dicharachero en su momento.

Fue entonces –y no, como se lo imagina el inmediatismo del “antiercito”, en el más cercano ahora– que se abrieron las puertas del infierno, ofrecidas como la entrada trasera –como siempre, por los “caminos verdes”– al paraíso terrenal, a la que los más desprevenidos ingresaron bajo el estridente fulgor de los fuegos artificiales chinos, el papelillo y las serpentinas rusas, los cánticos del fundamentalismo islámico, la santería y el son cubanos, en medio de una danza de miles de millones de dólares que iban siendo incinerados en medio de senderos in ricorso, de ruinas circulares, que no conducen a ninguna parte. La indescriptible algarabía, la francachela ante el ilusionado reparto de los “cupos” para viajeros –más tarde, sustituídos por el “raspadito” de divisas en el exterior–, hicieron sordos los continuos “exprópiese” y el cada vez mayor control financiero y de lo que, alguna vez, constituyó el aparato productivo del país, hoy en manos de quienes se propusieron, desde un principio, romperle los huesos a la educación, la salud, la seguridad, la infraestructura y los servicios públicos, haciendo desaparecer, “a paso de vencedores”, el país que una vez fue. Y todo ello bajo una consigna implícita, tácita, sobrentendida: sin droga y corrupción no hay revolución.

Y mientras se concretaba la pesadilla en la realidad, el texto constitucional fue puesto en evidencia: el puro ideal, la irrealidad del sueño de todos. Tanto que, a los fines de los intereses más cercanos, más inmediatos, más empíricos, se vieron en la necesidad de recurrir a una constituyente que interviniera el articulado nada menos que de la “mejor Constitución del mundo”. Se olvida que el ideal verdadero no aspira a su realización, por el simple hecho de que es real. Es la única realidad. Cuando se afirma que una determinada idea es demasiado buena para existir es porque se ha puesto en evidencia su inconsistencia y el hecho de que la realidad de verdad la supera. Lo que es racional es real, como dice Hegel. Una Constitución “perfecta” tiene que considerarse en relación con un determinado pueblo, es decir, sin perder de vista que, por más perfecta que esta resulte ser, no puede ser aplicada mecánicamente a todo posible pueblo, como si se tratara de un ejercicio matemático. Es verdad que la Constitución de un determinado pueblo es más excelente cuanto más excelente hace a su pueblo. Pero, viceversa, dado que las reales costumbres –la Bildung– de un pueblo, tal como este se va haciendo, son su Constitución viva, su carta constitucional tiene que hacer referencia continua a esas costumbres, esforzándose en plasmar el espíritu vivo de su pueblo. No existe una Constitución que sea apta, indeterminadamente, para cualquier pueblo, porque una Constitución que es buena para todo no es buena para nada.

El formalismo propio del derecho natural tiene que ser superado y conservado –como dice Vico– por el “derecho natural de gentes”. Los pueblos viven dentro de la historia, no fuera de ella. Y del mismo modo como un individuo es educado dentro de un Estado, es decir, así como es elevado desde su condición individual a una condición general –que es el camino del niño al hombre–, de igual modo son educados los pueblos: su estado de infancia o de barbarie se va haciendo estado de civilidad. Son los pueblos históricamente dados los que “oran y elaboran” sus constituciones, no las que comportan sus deseos sino las que dan cuenta de sus reales necesidades. Una sociedad que se comporta de manera distinta a su Constitución vive en el desgarramiento. Su modo de ser y su modo de representarse a sí misma no son compatibles, no se adecúan. Es entonces cuando, al tomar conciencia de semejante inconsecuencia, ocurren las explosiones sociales y se abre, como dice Marx, “un período de revolución”, porque la sociedad política, empeñada en imponer las formas de lo que no es, pretende seguir gobernando, mientras que la sociedad civil –las fuerzas productivas de la sociedad– no logra reconocerse en el espejo de semejante ficción. Como se podrá observar, es el propio Marx quien juzga y condena a todo régimen que pretende perpetuarse en contra de su ser social, y que se niega a comprender que su tiempo histórico ya ha concluido para siempre.

La constitución de la sola imaginación

Lumpencracia por @jrherreraucv

Se dice en las Escrituras que “conocimiento implica dolor”, porque mientras más se sabe más se sufre. Es bien conocido el papel preponderante del Pathos en la teoría platónica del conocimiento. Hegel, pensador de la libre voluntad como resultado de la historia, retoma las pulsaciones del mundo clásico antiguo cuando sostiene que “las cosas vivas tienen, respecto de las no vivas, el privilegio del dolor”. De ahí proviene el hecho de que el saber implique responsabilidad. La condición adulta del saber es propia del compromiso de todo ciudadano libre. El saber se identifica con la libertad. Pero la libertad es el resultado de una ardua y dolorosa conquista, que implica la necesidad de asumir un alto grado de responsabilidad, el estar consciente y en plena posesión de la necesaria madurez que ciertos hombres maduros nunca llegan a alcanzar, a consecuencia de su palmaria ignorancia.

Constitución e imaginación

Por eso mismo, la sustitución del saber por la sola imaginación –las meras representaciones– es sinónimo de osadía pueril, de volubilidad y maleabilidad, pero, sobre todo, de servil heteronomía. Son esos los infantes de los sargentones cuarteleros, dispuestos a obedecer sin razón alguna, a no ser la exclusiva “razón” que dan los billetes devaluados y manchados de sangre; son los sabihondos sin estudio ni formación, repetidores de frases hechas sin causa ni fundamento; o los que disparan a discreción proyectiles mortales, con macabra frialdad, con absoluta indiferencia; son los que llegan a creer que “el pueblo” está plenamente representado en sus cuatro o cinco compinches del barrio, esos mal-andros (hombres de mal) que siguen alegremente sus fechorías. La ignorancia es cándida, ‘feliz’, precisamente porque no sabe. Poner el destino del país en manos de los muy alegres, los muy ajenos al dolor del prójimo, candidatos 'seleccionados' por el régimen para “deliberar” –¡oh, vergüenza!– en ese trasto del lumpanato, en ese “coro de vicios”, al que pomposamente se han dado la tarea de llamar “asamblea nacional constituyente”, produce, más que preocupación, un profundo dolor, una profunda y triste indignación.

Una mamarrachada no puede ser fundamento para la refundación de un Estado. Un país que el pasado domingo 16 de Julio, y mediante un histórico plebiscito, tomó la soberana determinación de ingresar al siglo XXI, no merece semejante bufonada. Si es verdad que “se saca el pasajero por la maleta”, bastará con soportar alguna de las insufribles cadenas matutinas –que inician con una pomposa e hipócrita frase dedicada al “derecho a la información veraz”– para darse cuenta de la estrecha relación de conocimiento y dolor: un fulano “Car'e Mango” –ponga el lector el apodo de su preferencia– propone su candidatura para recomponer la economía del país. Su “logos” consiste en que lleguen completas al barrio las trescientas bolsas “clap” que les envían y no las ciento cincuenta que les llegan. Nel mezzo del camin, como diría el Dante, misteriosamente se desaparece la mitad de la carga. Pero “la constituyente” resolverá el problema, gracias a las gestiones anti-robo de bolsas de alimentos que “Car'e Mango”, diligentemente, se encargará de realizar. Y es muy probable que por sus arduas gestiones termine recibiendo el premio Nobel de Economía.

Además de “Car'e Mango”o de “Car'e Tabla”, hay otros candidatos, de similar tenor y valía, que proponen decretar el cese de la inflación que, de modo continuo, vienen provocando los dueños de los abastos –¡esos grandes burgueses vinculados a las transnacionales imperialistas!–, con el fin de destruir el aparato productivo, el comercio y la banca. El régimen se lava las manos. No fueron ellos quienes destruyeron la economía del país, como tampoco fueron los responsables de la más escalofriante y aterradora corrupción que haya tenido el país en toda su historia. ¡No, señor!: fueron los tenderos, los panaderos, los fruteros, los ferreteros, los farmacéuticos, etc., quienes, junto con “el Pelucón”, y en macabro plan terrorista, crearan esa “sensación de crisis” inflacionaria que, por supuesto, no existe. Porque la hay, pero, en realidad, no la hay. Y de haberla, ¿cuál es el problema?: la constituyente lo resolverá todo. Resolverá desde los problemas del robo de los cables del “ferro”, la aprobación del “sueldo único” para todo el mundo, la desaparición de esa chocante meritocracia y de la autonomía universitaria, la dotación de medicamentos para los hospitales, la repartición de lo que queda de propiedad, la recolección de la basura en todas las ciudades y pueblos, hasta las colas para el pan, el transporte público, el golpismo mediático, la falta de alumbrado, la escasez, los cráteres en calles y aceras, el olor a orine. O sea, todo, hasta el infinito y más allá. Eso sí: no se tocará “ni un milímetro” la Constitución del '99. Sólo se eliminarán algunas partes y se “profundizará” en otras, con el fin de “mejorarla”, según las recientes declaraciones hechas por su principal promotor.

Se dice que la Constitución del '99 fue un traje hecho a la medida, es decir, fue diseñada “a la medida de Chávez”. Pues bien, la eventual Constitución que salga de este dramma giocoso constituyente, que se le pretende imponer a la sociedad a punta de barbarie, y en el supuesto caso de que se llegase a efectuar, tendría el corte de un pantagruélico liquiliqui en tonos de rojo sanguinolento y de verde militar, como la última expresión, el último “grito de la moda”, del gobierno del lumpen boliburgués. Pero, con él, también tendrá lugar el último episodio de la última satrapía de la historia nacional.

Ninguna constitución está pensada para la resolución de problemas puntuales o circunstanciales, a menos que la ignominia del grosero populismo haya recubierto por completo, con su colcha de retazos, la inteligencia de su pueblo. Una Constitución funda un Estado, no un circo. La unidad en la diversidad de una república, la conservación y sostenimiento de una nación, su defensa y perfectibilidad, su riqueza y desarrollo integral, son asuntos que tienen estrecha relación con la realidad efectiva de las cosas, con la wirklichkeit, no con la realidad inmediata, con la realität. Poner cables nuevos, tapar huecos, combatir la criminalidad, suministrar medicamentos, es decir, cumplir con las labores habituales que hace años el régimen dejó de cumplir, es una obligación de quienes administran los poderes públicos. Pero eso nada tiene que ver con los fundamentos y las estructuras sobre las cuales se sustenta el Estado. Un fraude, como se ha dicho, se pretende urdir. Y es muy difícil que un pueblo en consciente rebeldía permita la instauración de una lumpencracia. Sólo el laborioso camino del dolor puede garantizar, al final, el contento del espíritu del pueblo.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/lumpencracia_194159