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El destino de las universidades.

por JOSÉ RAFAEL HERRERA @jrherreraucv

Desde su creación, las universidades han tenido que soportar las embestidas que la barbarie le ha infligido, una y otra vez, sin la menor conmiseración y con la mayor impiedad. No es el mérito, la dedicación al estudio, el aprendizaje y la enseñanza, lo que le interesa a la grosera ignorancia mandona, habituada al inmediatismo y la riqueza fácil, al saqueo más que al cultivo. La suya es voz de mando, aullido de pirata y mayoral, berrido de látigo y machete. Para ella -para la barbarie- quien más sabe es quien más fuerza bruta exhibe o quien más alto puede llegar a gritar. šNo pueden ser dioses” -concluía, después de una detenida y escrupulosa observación, Cuauhtémoc, sobrino y heredero del emperador azteca Moctezuma-: “los dioses son sabios y los sabios no gritan”. La barbarie, soberbia, violenta y gritona como es, no se conforma con la cortesía y tolerancia de quienes comprenden de brutalidad e intentan morigerarla. No hay Sherezade ni mil noches. Eso que llaman conocimiento se le hace sospechoso, conspirativo. Por eso tiene que intervenir la Academia, tiene que penetrarla hasta las entrañas, doblegarla y someterla. Tiene que ponerla de rodillas y humillarla. Ahora su objetivo es rebajarla hasta la servidumbre, pues de otro modo se la representa innecesaria. Intuye que la frágil civilidad de su condición creadora es un peligro potencial para toda tiranía, para la naturaleza bruta del sometimiento de todo y de todos. 


No por azar, la mayor parte de las agresiones contra las instituciones universitarias provienen de regímenes que no comprenden, por su mismo desconocimiento de la vida académica, el hecho de que si bien las universidades están al servicio del Estado no tienen porqué estar al servicio de gobiernos que pretenden desviar los objetivos para los cuales fueron creadas. Y es que su sacerdocio es la verdad. La docencia, la investigación y la extensión, sustentadas en el mérito, son los medios a través de los cuales las universidades promueven la mayor diversidad, el debate de las ideas, en la búsqueda, precisamente, de la verdad. Para lo cual la autonomía es conditio sine qua non, ya desde los tiempos de Boloña, Oxford y Salamanca. Es obvio que para quienes provienen de instituciones en las que se prohíbe disentir, ésta se convierte en una seria amenaza para sus fines. Para los que provienen, se ha dicho. Para los que no provienen la cosa se complica. Decían los griegos que de la nada no sale nada. La verdad es conquista del consenso, no de la coersión.

Es verdad que no todo organismo estatal puede ser autónomo. Pero las instituciones del Estado que gozan de autonomía, es decir, que han conquistado con su esfuerzo la necesaria madurez social e histórica, jurídica y política, para poder sustentarla, precisamente por el hecho de tenerla, están obligadas a velar por los intereses del Estado, más allá de las eventuales disposiciones y el vaivén de los gobiernos.

Cuando la barbarie se hace del poder, la autonomía es puesta en situación de minusvalía. Y entonces, las pezuñas de la ruín mediocridad -no ajena al vandalismo-, ya instalada en el interior de la academia, comienza a hacerle el juego a la tiranía barbárica. La combinación resulta atroz. Se genera así aquello que el maestro García Bacca designara como “la canalla vil”, y la autonomía es sometida a un doble proceso de estrangulamiento. Presupuestariamente, es asfixiada desde afuera. Desde adentro, se pretende generar el caos y la zozobra, de la mano de una no tan espontánea malandritud. 

            Barbarie y autonomía son palabras griegas. De la primera, Aristóteles le escribe a Alejandro: “a diferencia de los griegos, en los bárbaros predomina el instinto sobre la razón”. La segunda significa literalmente “vivir según la propia norma”, es decir, ejercer el auto gobierno o la capacidad de gobernarse a sí mismo, mediante la virtud y la razón. En su acepción académica, se refiere a la independencia del objeto de estudio y método en la adquisición de conocimientos, a la libertad para pensar y expresar ideas acordes con las propias convicciones, más allá de todo dogma.

La autonomía universitaria supone cierta entidad política dentro de la organización más amplia del Estado, a fin de garantizar la libertad de cátedra frente a un determinado orden social, lo cual no tiene porqué entorpecer el ordenamiento jurídico-político. Todo lo contrario, se trata de que el saberse “señor de sí mismo”, redunde en beneficio y maduración de y para la libertad, enriqueciendo las bases de la vida civil. Cuando el pensamiento y la voluntad se ven reprimidos y pierden la razón de obrar, se produce la heteronomía, tan grata a la mordaza totalitaria. La autonomía es, por tanto, la facultad que se reconoce a sí misma como voluntad libre, capaz de autodeterminarse, tal como lo expone Kant en su Crítica de la Razón Práctica. En cuanto coinciden libertad y responsabilidad, la autonomía es la raíz de la moralidad y su condición necesaria, de modo que las acciones morales no son imputables a un sujeto que no sea autónomo, es decir, libre o responsable.

Un régimen que no está en capacidad de comprender la importancia de la autonomía universitaria, es decir, su función en la formación de hombres capaces de crear respuestas –con sentido crítico, con libertad y con conciencia del deber- a los problemas fundamentales de la sociedad, es un régimen que siembra las bases para su propia destrucción. Pero, además, la de toda una nación. El destino de la universidad coincide, en este sentido, con el destino del Estado. Los pueblos, como dice Hegel, se labran su propio destino. Destruir la universidad es, ni más ni menos, destruir todo un país. Así, pues, el progreso de una nación depende del crecimiento de la autonomía de sus universidades, porque en ellas los ciudadanos se educan para la crítica y la libertad, es decir, para la vida en civilidad. Condición indispensable para la superación de la ignorancia, la barbarie, la miseria y la servidumbre. El ejercicio de la autonomía propicia el desarrollo de la sociedad, la realización de la democracia, el crecimiento de las capacidades del Espíritu del pueblo, la equidad y la justicia. La barbarie es, y ha sido siempre, la real amenaza. Ir contra las universidades no sólo significa la ruina de sus instalaciones. Significa, además, el intento por asaltar la razón y el sagrado derecho a decir que no. 

Desaprender

Elogio y crítica de la deconstrucción

Aprender es, demasiado a menudo, repetir. La incertidumbre nos hace conservadores. Hay que reconocerle a la posmodernidad el mérito de atreverse a cuestionar las convicciones aparentemente más firmes. Ya nada es intocable. El aire fresco de esa relatividad, sin embargo, nos deja ateridos y a la merced de los vientos que soplen con más fuerza. Tras los escombros de la deconstrucción hay que atreverse a construir otra vez. Desaprender para aprender.


Ortega y Gasset hablaba de nuestra “ilimitada capacidad de aprender”, y cifraba en ella la esperanza de progreso, tanto personal como colectivo. Nuestra extraordinaria predisposición al aprendizaje nos hace más adaptables y menos rígidos que la mayoría de nuestros primos animales. Los seres humanos inventamos instrumentos, materiales e imaginarios; los compartimos, los imitamos, los perfeccionamos, y su conjunto configura la cultura. Transmitida y remodelada de generación en generación, la cultura es el dispositivo colectivo que nos mantiene relativamente al margen de la presión evolutiva.
La cultura es el acervo de aprendizajes heredados y actualizados con el que organizamos, de manera más o menos eficaz, nuestra actividad, que es siempre social. Es una amalgama de recursos, mecanismos, recetas y convicciones que hemos ido consolidando entre todos a lo largo del tiempo, y que configuran el marco en el que convivimos y luchamos, sobrevivimos y morimos, sacamos partido de la naturaleza y nos vinculamos a ella. El individuo se engarza al colectivo mediante la cultura; todo lo que concibe de sí mismo se basa en ella. Luego la cultura es nuestra principal fuente de identidad: ensancha el minúsculo territorio individual y, a la vez, perfila sus fronteras.
Lo magnífico de la cultura, por consiguiente, es su versatilidad y su capacidad para poner en nuestras manos herramientas forjadas por la cadena vertiginosa de nuestros antepasados. Pero, precisamente porque se transmite de modos estereotipados, porque representa la persistencia frente al cambio, la cultura plantea sus propias rigideces, sus resistencias a cambiar. Y aquí la educación juega un papel clave.
La educación es de esencia conservadora, tiende a reproducir las cosas tal como le han sido dadas, y a presentarlas como válidas por sí mismas, por el mero hecho de proceder “del que sabe”, es decir, del que llegó primero. Lo que se consideró útil una vez, y por tanto fue asumido como tal, se resiste a ser revisado, por el mero hecho de que fue tomado como válido. Incluso cuando no se sostiene o a alguien se le ocurre algo mejor, incluso cuando muestra un evidente desajuste con unas circunstancias que han cambiado. Como el borracho del chiste, buscamos las llaves donde hay luz, no donde se nos cayeron.
Nuestra capacidad de aprender quizá no sea tan ilimitada como quería Ortega. Aferrarse a lo que creíamos saber y cerrar los ojos a aquello que lo contradice es humano, demasiado humano. Las costumbres reducen la inseguridad natural del flujo de la vida, atenúan la incertidumbre, instauran la ilusión de que las cosas pueden mantenerse fijas y previsibles. Nos resistimos a la renovación porque tememos perdernos en ella. Incluso mientras sobrenadamos nuestro mundo líquido, sin tocar pie, o quizá por ello, echamos mano de los pocos agarraderos que parecen quedarnos como herencia de nuestros antepasados. Pero la naturaleza de las cosas también de las humanas es cambiar.

La misma aversión innata a la incertidumbre que consolida las culturas nos impulsa, individualmente, a darnos la razón a nosotros mismos. Si estamos o no en lo cierto es secundario: se trata de evitar a toda costa lo que cuestione nuestras convicciones sobre el mundo, y especialmente sobre nuestra propia identidad. Más que una coherencia racional, nos interesa una coherencia emocional, o más bien existencial. Si parto de la base de que yo soy bueno y necesito partir de esa base, o se tambalearían todos los cimientos de mi autoestima, y correría peligro mi estatus entre los demás, cualquiera que colisione conmigo tiene que ser a mis ojos, necesariamente, malo. Necesito creerlo, y, puesto que se trata de una convicción frágil y en el fondo arbitraria, debo apuntalarlo constantemente con nuevos argumentos. La percepción selectiva, esa que pone todos los focos sobre lo que nos reafirma y deja de lado lo que nos cuestiona, destacará una y otra vez el comportamiento funesto de aquel a quien no queremos perdonar, hasta que no nos quepa duda de que es imperdonable. Y la disonancia cognitiva se encargará de reinterpretarlo todo a favor de nuestra convicción, considerando insignificante o tendencioso cualquier hecho que la contradiga.
Es más: empujaremos al otro, conscientemente o no, a ir encajándose cada vez más en el nicho que necesitamos que ocupe. Le reprocharemos que no nos salude, sin admitir que nosotros tampoco le hemos saludado previamente. Descubriremos en cada uno de sus actos malas intenciones, sin reparar en cuántas veces estamos contemplando una proyección de las nuestras: ¿cuántas veces “me odia” es una componenda de “le odio”, mucho más aceptable para nuestro endeble ego? Redoblaremos nuestra indignación al comprobar que decepciona las oportunidades que le damos, sin reconocer que esas oportunidades estaban envenenadas, que obedecían solo a nuestros intereses sin tener en cuenta los suyos. Obligaremos al cónyuge a acompañarnos a un acto social en el que sabemos que se sentirá incómodo “si no vienes es que no me quieres”, y luego le reprocharemos que sea un aguafiestas o que ni siquiera sea capaz de hacer ese pequeño esfuerzo por nosotros. En cambio, cuando lo haga, a menudo no sabremos valorarlo, o desconfiaremos de él: “Algún interés tendrá”.

Así que aprender tiene sus límites. Unos límites que, en buena parte, obedecen a nuestra naturaleza innata. Para empezar a aprender de verdad hay que mirar con nuevos ojos lo conocido; hay que ponerlo en duda, analizarlo críticamente, y estar dispuesto al difícil a menudo doloroso ejercicio de admitir que nuestras convicciones sobre ello sean falaces. Como ya señaló el psicólogo francés Jean Piaget, cada nuevo conocimiento nos interpela, nos obliga a revisar el edificio, construido a rachas, de lo que ya sabíamos, o creíamos saber; o más bien cabría hablar de lo que creíamos, porque la mayor parte de lo que consideramos conocimientos son, en realidad, creencias: transmitidas por la tradición, compartidas con los que nos rodean, consolidadas firmemente por nuestros esquemas de comportamiento, a menudo sin ningún análisis previo.
De ahí que, como nos recomendó Descartes, todo nuevo saber empiece por una duda; y la duda tiene siempre algo de inquietante. La duda hace tambalearse nuestro edificio mental, que nos parecía tan sólido y del que estábamos tan orgullosos; es comprensible que nos disguste su aparición. Pero si tras la duda asoma la sospecha, el temor fundado de que algo está mal, tal vez peligren los cimientos del edificio entero, y eso puede resultarnos más angustioso de lo que podemos tolerar. No siempre nos sentimos preparados para mirar a la cara a la verdad, cuando esta nos contradice.
La tarea descrita requiere un esfuerzo, y nunca nos esforzamos sin motivación: este es el otro factor, clave y difícil, del trabajo de conocer. La curiosidad o la ambición son buenos acicates, pero su alcance es superficial: rara vez intentamos aprender algo realmente nuevo si no nos vemos obligados por el naufragio de lo viejo. La mayoría de la gente está convencida de que las personas no cambian, y probablemente tienen bastante razón, pero habría que matizar: no cambian fácilmente; y añadir: no cambian si no se ven obligados a hacerlo. Los budistas ya lo han señalado repetidamente: nos instalamos cómodamente en nuestra ignorancia hasta que el dolor nos obliga a buscar el conocimiento. Esta economía del conocimiento tiene su sentido práctico: la vida es demasiado complicada, y si podemos sobrellevarla con lo que tenemos mejor no buscarle tres pies al gato. Solo cuando el gato tropieza a menudo hay que empezar a preguntarse si no deberá aprender a caminar de otra manera.

En definitiva, la motivación que nos impulsa al aprendizaje es un componente emocional: salir de la angustia o sentirnos mejor. Con el cambio de siglo se nos ha desvelado la importancia de la inteligencia emocional, y hoy la convicción ya está tan consolidada que cuesta creer que valga la pena una inteligencia que no lo sea. Sin embargo, las emociones, sin el temple de la razón, presentan sus propios peligros: tanto pueden impulsarnos hacia lo nuevo como aferrarnos a una defensa irracional de lo viejo. El resquebrajamiento de las certezas ha impulsado a mucha gente a refugiarse ávidamente en el cálido abrazo de las tradiciones, y ahí tenemos, alcanzando a veces lo grotesco, las olas de nueva espiritualidad, el renacer de los nacionalismos y la estremecedora plaga de los fanatismos neoplatónicos. Erosionada la promesa de la razón, se apela de nuevo a instancias esotéricas, como la religión o las naciones, que tal vez alimenten más nuestras emociones que la simple, austera, quizás un poco fría razón.
A esa desconfianza en la razón han contribuido intensamente los pensadores posmodernos, desde Foucault a Derrida, desde Lyotard a Vattimo… Su trabajo de relativización de los valores y de deconstrucción de los grandes relatos resulta una iniciativa valiosa, imprescindible: se atrevió a instaurar la duda allá donde la convicción se había convertido en una mecánica repetición de divisas simplistas que muchos ya no comprendían, o no se paraban a comprender.
Había que revisar la Ilustración, cuyas luces pueden acabar calcinando al hombre si pretenden arder por encima de él, como denunciaron Adorno y Horkheimer; la lógica estricta, sin el matiz de los afectos, puede convertir al hombre en un autómata al servicio de ideales abstractos que acaban por aplastar a las personas: en última instancia, puede conducirnos a Auschwitz. Incluso el marxismo y cualquier otro ideal de justicia se desvirtúan si piensan en el hombre como masa y lo someten como individuo, si no admiten dentro de sus rígidos dogmas la sinuosidad de la naturaleza humana.
Pero con su deconstrucción, los posmodernos (que quizá no hayan hecho más que consagrar una tendencia colectiva) han dejado al mundo a merced del relativismo, de la sospecha permanente, desorientado en su incapacidad de proponerse nuevas metas. No basta con demoler, hay que hacerlo siempre con el horizonte de qué construiremos después; de lo contrario, el hombre se queda solo, con la presión de la incertidumbre, y frente a ella recurre a lo primitivo: el instinto, la fantasía, el mito y la batalla; y queda a merced de los oportunistas, que lo someten a su manipulación, aprovechando la renuncia a limitarlos. Los ciudadanos del siglo XXI vagamos entre sombras, nos peleamos, deslumbrados, por baratijas, y a veces nos quedamos hipnotizados frente a los prestidigitadores. Añoramos valores como la solidaridad y el entusiasmo, pero no sabemos muy bien qué hacer con ellos. Tenemos que volver a pensar, volver a aprender.

Sobre el aprendizaje, los posmodernos nos han recordado algo esencial de lo que aún no hemos extraído todas las consecuencias: del mismo modo que para construir hace falta deconstruir, para aprender también hay que desaprender, es decir, des-prenderse de lo inadecuado, de lo que lastra nuestra conciencia y le impide contemplar lo nuevo con mirada clara. Ahora también se habla bastante de la necesidad de desaprender, que alude, en definitiva, a una actitud crítica y valiente, insobornable y rigurosa. Sabidurías milenarias ya lo habían descubierto, pero hemos tenido que dar una larga vuelta para recuperarlo: “Cuando el ojo está limpio, el resultado es la visión”.

Hay, pues, que limpiar los ojos; hay que echar a un lado los mitos y los dogmas y atreverse al difícil ejercicio de pensar por uno mismo. Hay que evitar el recurso fácil de reanimar viejos prejuicios, y, si de revolver entre los trastos del desván se trata, dirigir nuestra atención a aquellos griegos fundadores del logos que nos enseñaron a pensar, que no estaban dispuestos a comulgar con ruedas de molino, por tradicionales o socialmente establecidas que estuvieran, o por provocadoramente novedosas que pareciesen. Aprender es inventar, ejercer la libertad desde la observación y la reflexión, pero antes hay que estar dispuesto a poner en cuestión lo que nos parece inamovible (que a menudo es lo que le parece indiscutible a la mayoría). Nada se puede dar por sentado. El peligro mayor es el prejuicio. Dialoguemos: hablemos, escuchemos, fundemos sin cesar nuevos puntos de encuentro. Desaprendamos, pues, para aprender; con lucidez; con persistencia; apasionadamente.

La presencia virtual

Realidad e interpretación en las redes

El ciberespacio: ¿evasión de la realidad o más bien una nueva versión de lo real?

El hombre es un dios cuando sueña
y un mendigo cuando reflexiona.
F. Holderlin.

Tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas… y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad.
Muchas veces, cuando voy de excursión, me descubro a mí mismo contemplando, en lugar de los bosques, los riscos o las flores, estampas para fotos interesantes. ¿Me aíslo del paisaje, o más bien lo estoy recreando? La pasión fotográfica limita, sí, mi presencia en la naturaleza, la recorta por los límites de un determinado encuadre. Pero, ¿no demostró Kant que es siempre así nuestra aproximación a las cosas?
¿Quién puede abarcar la infinitud de un lugar, de un solo instante? Vemos lo que queremos (o lo que no queremos) ver, vemos lo que sabemos ver. Con ese concepto (encuadre o marco, "frame"), es como algunos estudiosos denominan nuestra peculiar ordenación de las percepciones: todo nos llega a través de nuestros marcos personales. Es el modo de hacer las cosas nuestras, de adentrarnos en ellas, de incorporarlas a nuestra particular construcción del mundo. Un mundo al que accedemos haciéndolo propio, con la esperanza de que la versión de él que concibe nuestra mente no se aleje demasiado del modelo que suponemos existe “ahí fuera”. Los ignorantes y los locos, ¿son exiliados del mundo o de la visión que se admite convencionalmente sobre él?
¿Acaso no estamos todos un poco locos? ¿Acaso no somos todos ignorantes? Aprender es, quiere ser, afinar nuestra visión para que gane en fidelidad a lo real. “Alta fidelidad”: nuestras pantallas ganan en precisión, nuestros altavoces reproducen con exactitud los sonidos originales. La tecnología es un mundo que imita al mundo cada vez mejor. Pero la mente no imita: interpreta. Imprime significado. Lo que vemos en la pared de la caverna platónica no son sombras, sino proyecciones. 

Antes, los viajeros escribían cartas o postales, pintaban cuadros o se llevaban objetos de recuerdo para adornar sus salones. Bartolomé de las Casas retrató la crueldad de los conquistadores. Montaigne glosó sus viajes como ejemplo de la diversidad de modos de vida. Darwin siguió una larga tradición de expediciones científicas, y de sus notas y sus dibujos surgiría un giro copernicano para la biología. Montesquieu imitó el epistolario del viajero en sus Cartas persas, y Cadalso le imitó a él en sus Cartas marruecas. Los diarios de viaje integran un verdadero género literario, que no busca tanto retratar lo que se ve como las impresiones de uno ante lo que ve.
También hoy usamos los lugares que visitamos para encontrar en ellos algo de nosotros. Por eso les hacemos fotos, los grabamos en vídeo, los narramos por escrito, con la intención de apropiarnos de ellos, además de hacerlos perdurar en la memoria y atenuar así la insoportable levedad del ser. Pero lo que no se comunica es como si no existiera, es como si nos perteneciera menos. Nuestro mundo interior anhela verterse en el exterior. Por eso lo exponemos todo en ese gran escaparate de la vida (tal como la queremos enseñar) que es internet. Allí lo encontrarán, sin duda, muchas más personas que las que verían un álbum que guardamos en casa, y cientos, tal vez miles de “amigos” desconocidos conocerán nuestras impresiones en blogs o webs, en Twitter o en Facebook, y quizá nos dejen sus opiniones como estelas congeladas de su paso…
Porque en internet todo queda (y quizá más tiempo que nosotros). Es cierto que, a la vez, todo pasa, arrastrado bajo el imparable aluvión de la permanente novedad, pero, ¿no fue siempre así? Lo único que ha hecho la tecnología ha sido intensificar lo que ya sucedía: acelera el tiempo (nuestro testimonio es inmediato, y a la vez se disipa casi al instante), multiplica la cantidad al infinito (y comunicamos más y a más, pero al mismo tiempo nuestros mensajes se arrumban en el gigantesco depósito de remotos almacenes de información). Si todo eso desborda nuestra medida es porque ha alcanzado la medida de nuestra imaginación: el Big Data es ya una monstruosa avalancha de información que nos engulle si pretendemos abarcarla.

Confieso que a mí Facebook no me gusta. Me incomoda ir dejando cada día huellas de mi rastro vital, y estar pendiente de lo que hacen los otros. Quizá simplemente me aburra, o no me guste porque soy un solitario (también cibernético), y en tal caso no puedo reprocharle nada. Pero de entrada me parece que consume buena parte del tiempo libre, y se lo escatima a la presencia.
Sin embargo, a veces me pregunto si no se tratará, más bien, de otro tipo de presencia. Porque no deja de ser un modo de acompañarnos, de saber unos de otros, de escabullirnos un poco del aislamiento que nos impone la sociedad de la producción. Mejor Facebook, supongo, que ver la televisión, aunque a veces parezca que es como una televisión que habla de gente conocida. Mejor Facebook, a veces, que estar solo, aunque estemos solos cuando entramos en él, aunque consista en una vida postiza. Porque hay presencias que parecen virtuales, y virtualidades que quizá tengan más solidez que algunas presencias. Claro que nada podrá sustituir al gesto, a la mirada, al contacto físico, pero es evidente que no se trata de sustituir, sino de complementar, incluso de interpretar, como las cartas y los libros, como las fotos y los diarios.
Siempre hemos vivido en un mundo paralelo: el de nuestras fantasías, nuestros temores y nuestras esperanzas. Ahora lo hemos hecho más rápido y más grande. Si eso acaba arrastrando nuestra vida, y convirtiéndola en “líquida”, como reflexiona Zygmunt Bauman, tal vez sea porque no queremos estar en ella, porque no nos atrevemos a quedarnos y preferimos correr y correr, ciberesfera adentro… La vida ya era ilusión, a veces feliz y otras terrible. Allá donde vayamos (también en internet) no encontraremos más que nuestros ángeles y nuestros demonios. Esos son nuestros testimonios de viaje. Ni más ni menos.

Ansias de eternidad

La Conciencia Como Fundamento Del Deseo De Perennidad

Y al final es uno mismo el que ignora la conciencia,
el que avanza a contramano, sin medir las consecuencias.
Jorge Rojas.

Todos los seres humanos sentimos el ansia de perennidad, nosotros, a lo largo de la historia, hemos tratado de dar una respuesta. Algunas dentro desde lo mítico, otras desde lo religioso, también desde la ciencia, y la filosofía. En este ensayo planteo si aún hoy seguimos dando respuestas míticas revestidas de ciencia, y de dónde nos viene este deseo.


En el ensayo “el Yo como conciencia de si mismo” planteo una serie de problemas, que el ser humano, a lo largo de la historia, ha tratado de dar respuesta.
Entre las mismas hay varias que retomaré, empezando por
       ¿Por qué sentimos ansias de eternidad?
Todos los seres humanos sentimos ese ansia de perennidad, de eternidad.
La ciencia, a través de la biología, nos da cuenta de los procesos que van sucediendo desde el embrión hasta la descomposición total del cuerpo, de todos los seres vivos incluido el hombre.
También nos da cuenta que todos los vivientes pasan por los siguientes estadios: nacen crecen, se reproducen, mueren.
A esto se suma, en los animados, los instintos, que complejizan la vida, en especial el de la conservación del individuo, que junto con el de preservación de la especie hacen que se reproduzcan y se perpetúen en el tiempo. Pero sin conciencia de lo que se realiza. Cada instinto tiene una función específica y finalidad propia.
En el ser humano, estos instintos están sublimados a la inteligencia, a la razón, a la conciencia de sí mismo.
En razón de lo expresado hasta aquí, la primer respuesta que podríamos dar a la pregunta sobre el ansia de eternidad, es la sublimación de los instintos de conservación del individuo y de la especia que conjugado con la imaginación, hacen creer al ser humano, que puede llegar a ser eterno, o que parte de él lo es. Lo cual sería una ilusión, pero también un sinsentido por tener un deseo que no se corresponde con una función o finalidad. Y la acción de la naturaleza tiende a atrofiar o hacer desaparecer algo que no tiene función o finalidad, pero el ser humano sigue teniendo este deseo.
Consideremos que la conciencia de sí mismo, el “yo”, es además comprensible y transmisible.
El Yo puede trasmitir, por la palabra, sus necesidades, sus pensamientos, sus elecciones, y los “otros yo” comprenderlos.
A esta realidad es lo que nosotros llamamos cultura, por lo que el hombre se convierte en un ser cultural y social.
Quiero introducir aquí un hecho, solo tomando al homo sapiens, las distintas culturas diseminadas a lo largo del tiempo y del espacio de la tierra, coinciden en la respuesta al ansia de eternidad: el alma humana (parte del/ o el hombre mismo) es eterna (transmigra, va al cielo/infierno). No hay ninguna expresión cultural que de otra interpretación a este deseo, que no incluya un elemento humano eterno.
El homo sapiens lleva sobre la tierra, alrededor de ochenta mil años. Hoy mirando hacia atrás y considerando el progreso científico y tecnológico, entendemos que todas esas respuestas culturales a la pregunta sobre el ansia de eternidad, como animismo, como mitología. Y por lo tanto un saber arcaico.
       ¿Qué nos da el derecho de tirar por la borda ochenta mil años de cultura?
       Pero esta forma de entender, actual, el deseo de perennidad, como mitológico ¿no sería una nueva forma de mito?
       ¿Un nuevo paradigma no es un nuevo mito con apariencia de saber auténtico?
       ¿Qué nos hace pensar que lo que hoy llamamos conocimientos válidos no son otra forma de mitología?
Tenemos que definir en primer término, el significado de mito.
Según la definición usual se le llama mito a:
       1.- Historia fabulosa de tradición oral que explica, por medio de narración, las acciones de seres que encarnan en forma simbólica fuerzas de la naturaleza, aspectos de la condición humana, etc.
       2.-Historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona o cosa y le da más valor de la que tienen en realidad.
Si tomamos, por ejemplo, la teoría atómica, que representa el sostén de una importante fracción del conocimiento actual, y que es verificada constantemente, está fundada sobre un elemento, el átomo, que nadie ha podido ver. Hasta el momento hay varias teorías que establecen como sería el modelo atómico, sin embargo, no se lo ha podido visualizar, ni siquiera con aparatos complejos. Lo que sí se ha podido comprobar y verificar son las consecuencias de su funcionamiento.
Si a la teoría atómica le aplicamos las dos definiciones usuales veremos que se ajusta a las mismas.
       1.- La teoría atómica es una historia fabulosa (producto de la imaginación) que explica las acciones de seres (átomos) que encarnan en forma simbólica (utiliza símbolos para especificar propiedades energéticas y de cada elemento químico) las fuerzas (energía) de la naturaleza.
       2.- La teoría atómica, historia imaginaria que altera (ha producido una revolución en el conocimiento humano acerca del funcionamiento del universo) las verdaderas cualidades de una cosa (cuando se interpreta como solo movimiento atómico) y le da mas valor de la que tiene en realidad (reemplaza el valor del ser de las cosas, ya no son entes en sí mismo sino un conjunto de átomos).
Seguramente alguien me podrá decir que lo ut supra escrito sobre la teoría atómica es una interpretación muy alejada (torcida) de la realidad, y posiblemente tengan razón, pues no soy un experto en la misma. Mi objetivo es sembrar la duda acerca de si los conocimientos verificables no son en definitiva nuevos mitos, dicho de otro modo, si las condiciones de verificabilidad y de sentido que le pedimos a un conocimiento teórico, práctico  y/o tecnológico y que se logra, comúnmente a través de tecnologías inventadas a tal fin, no son nuevas formas de construir nuevos mitos, relatos, con la pretensión de acercarnos a lo verdadero, a la realidad.
Volviendo al punto en cuestión, entender el ansia de eternidad en el ser humano, como un mito basado en nuestros conocimientos actuales, sería alejarlo de la realidad, descartarlo, en base a otro mito que reemplaza al anterior.
El ansia de eternidad en el ser humano es un  hacho que problematiza y merece una respuesta y a mí particularmente no me conforma la explicación biológica (expuesta al principio) pues deja muchas dudas sin resolver.
El deseo de perennidad es un hecho que nos produce una situación paradojal:
       “El ansia de eternidad o es una sublimación de los instintos de conservación, entonces es un sinsentido, pues en la naturaleza nada hay que no tenga un sentido o función que no se atrofie o desaparezca, por lo que el deseo de perennidad o se atrofia y desaparece, lo cual no ocurrió hasta el momento, o no es un deseo natural por lo cual debe tener otra explicación”.
Es el ser humano el único capaz de crear paradojas, pero justamente, lo paradójico lo es para buscarle una solución, que no se encuentra en el mismo enunciado del problema, justamente es la base de la posibilidad del conocimiento, es la motivación de la búsqueda de respuestas, es el problema que nos lleva a plantear hipótesis. Toda paradoja tiene solución, aunque se tarde toda una vida en resolverla, de lo contrario se convertiría en absurdo.
En definitiva, lo que quiero expresar es que el conocimiento actual limitado por las condiciones de verificabilidad y de sentido hacen que “el deseo de eternidad” que subyace en el ser humano, entre en el terreno de lo paradójico. Un deseo que no puede ser satisfecho es un sinsentido, algo absurdo y por lo tanto no puede existir, no puede ser real. Pero existe y es real, por lo que hay que buscar otra forma de acceso a la respuesta.

El hecho a partir del cual se puede esbozar una respuesta es que el “ansia de perpetuidad” se nos presenta a partir de la conciencia de sí mismo, de la inteligencia.
Si podemos de alguna manera establecer la naturaleza de la conciencia, la inteligencia, voluntad, a su vez podemos establecer de dónde nos viene el deseo de inmortalidad.
En la conciencia, la inteligencia, voluntad, etc. encontramos  características distintivas por ejemplo en el habla, el concepto, las ideas, las ideologías, el querer, el amor, y otros mas.
Tomemos la palabra, es el resultado de un acuerdo social para nombrar algo. Que a su vez representa la idea que nos formamos de ese algo: ej. casa, es un término que usamos para determinar un cierto tipo de objeto, mi casa, pero también es un concepto común a todas las casas. Por lo que una palabra, casa, se convierte en un concepto que representa una casa en particular y a todas las casa en general.
Quisiera aclarar que no hablo de lenguaje pues en un sentido amplio todos los seres vivos e incluso el universo, se expresan, algunos pueden entenderse entre ellos, pero solo el hombre puede inventar terminología para interpretarlos.
La posibilidad de conceptualización y transmisión de ideas que solo el ser humano posee, tienen características que tendríamos que analizar.
Lo que la ciencia ha demostrado hasta el momento es que el cerebro es la base en la que se asienta nuestra actividad pensante, y es a su vez su límite. Veamos un par de ejemplos. Cuando recordamos o creamos, nuestra mirada se dirige hacia uno u otro hemisferio cerebral como indicando qué parte del cerebro está en funcionamiento. Por otra parte una de las consecuencias nefastas que tiene la desnutrición infantil en el primer año de vida es el poco desarrollo del volumen de masa cerebral, que va a impedir que esa persona, en el futuro, pueda desarrollar su inteligencia.
Aunque limitado por la materialidad cerebral, la actividad pensante es la única función que puede reflexionar, o sea pensarse a sí mismo, dicho de otra forma, solo con el pensamiento podemos interpretar de distintas maneras el mundo, los animales y a nosotros mismos y nuestros pensamientos. Interpretar es pensar, interpretar es tener la posibilidad de comunicar y que se pueda comprender. Comprender es pensar.
Y esta actividad solo el ser humano, puede realizarla. Toda la naturaleza se expresa, en el aquí/ahora. Solo el pensamiento humano puede interpretarlo espacial y temporalmente en historia (pasado y presente) y proyectar (futuro).
En base a lo expresado hasta aquí se percibe que el pensamiento, la conciencia, es una actividad que va más allá de lo meramente cerebral, aunque limitado por este órgano. O sea, el pensamiento va más allá de lo meramente material, en definitiva es inmaterial.
Todo lo material está atado a los procesos naturales de corrupción, de finitud, del ciclo ecológico, del ciclo ecológico o universal. Comienza y termina.
Por lo cual si la conciencia, el pensamiento, u otra forma de denominarlo, es inmaterial, no está atado a esos procesos, no es corruptible, no tiene comienzo ni fin. Trasciende lo material.
Pero entonces ¿qué es el pensamiento? ¿de dónde viene? ¿a dónde va?, es una serie de preguntas que han tenido respuestas distintas a lo largo de la historia humana y que seguiremos investigando.
La limitación que impone el cerebro, al pensamiento, es justamente lo que nos hace que no podamos encontrar todas las respuestas, y especialmente todo lo referido a lo trascendente.
En conclusión: el “deseo de inmortalidad” nos viene de la propia naturaleza de la conciencia que es inmaterial.

A partir de aquí entramos en terreno de la fe y dejamos la filosofía.

¿Qué entiende Addison por “placeres de la imaginación”?

¿Qué quiere decir Addison con el término “placeres de la imaginación?

Continuamos en esta serie de artículos relacionados con la “Estética y Teoría del Arte en el siglo XVIII”, revisando el ensayo de “Los placeres de la imaginación” de Joseph Addison, para profundizar más en la temática. En esta ocasión abordaremos el tema respecto a tratar de comprender ¿qué entiende Addison por la idea de “placer de la imaginación”?


Continuamos en esta serie de artículos relacionados con la “Estética y Teoría del Arte en el siglo XVIII”, revisando el ensayo de “Los placeres de la imaginación” de Joseph Addison, para profundizar más en la temática. En esta ocasión abordaremos el tema respecto a tratar de comprender ¿qué entiende Addison por la idea de “placer de la imaginación”?
Al revisar el ensayo del propio autor, encontramos la siguiente idea que vale la pena citar: “entiendo los placeres que nos dan los objetos visibles sea que los tengamos actualmente a la vista, sea que se exciten sus ideas por medio de las pinturas, de las estatuas, de las descripciones, u otros semejantes” (p. 130-131). Y naturalmente que a partir de ahí podemos reflexionar.
Como podemos leer y rescatar en la cita anterior, Addison entendía como placer, aquello que provenía, digamos hermenéuticamente, del sentido de la vista. Por supuesto notamos en ello una fuerte influencia por las ideas de los filósofos de su época que abordaban el tema de la teoría del conocimiento; y de manera particular, sobre el trabajo de Locke.
Continuando con el planteamiento, tenemos que el autor clasificó de manera categórica a los placeres en dos clases; en primario: en él se manifiestan todos aquellas sensaciones que proporcionan los propios objetos que tienen como elemento esencial, que los tenemos presentes. Desde aquí se empieza a sospechar de la influencia de Locke.
Mientras tanto, los placeres secundarios son, según él, aquellas sensaciones que provienen de manera particular, de las imágenes e ideas a partir de recuerdos o evocaciones. Aquí se podría sospechar de una influencia de Berkeley, aunque la adaptación al tema de estudio es más directa de Locke. Cuestión de revisar sus aportaciones.

Sobre esta última idea, es necesario señalar que la condicionante es que verdaderamente los recuerdos o visiones sean fielmente producto de una observación de algo tangible, sea una pintura, una escultura o algo similar. No se considera algo producto de nuestra creatividad estética.  

Aprender a aprender explicado

Como aprender a aprender por uno mismo.
Aprender a aprender quiere decir fortalecer habilidades que inciten al aprendizaje y la motivación para continuar aprendiendo de manera eficaz y autónoma, que implica comprender los propios objetivos y necesidades.

Cuando enunciamos el significado de "aprender a aprender" nos referimos al desarrollo de la capacidad del individuo para reconocer su proceso de aprendizaje, aumentando así su eficacia, su rendimiento y el control sobre el mismo. Para lograrlo, el individuo debe hacerse consciente metacognitivamente con entrenamiento en el uso de estrategias que le permitan: 1/ tomar distancia respecto al propio proceso de aprendizaje, es decir, observar y analizar tanto el proceso de interpretación o creación del significado sobre las frases o hechos concretos que realiza el propio cuerpo y de sus posibles errores. 2/ Administrar y regular el uso de las estrategias de aprendizaje más apropiadas en cada caso, alcanzar la autonomía en la creación de objetivos que se amolden al ritmo de aprendizaje y medir la misma estructura de aprendizaje ligada al conocimiento.

1- Observar y analizar el proceso de "aprender a aprender"

Las materias de psicología y filosofía han mostrado interés en definir las relaciones entre saber y aprender, por un lado, y entre los de enseñanza y aprendizaje, por el otro. El aprendizaje se concibe como un proceso complejo en cuya construcción participa activamente el aprendiente al aportar sus experiencias y conocimientos previos. El individuo participará de manera activa en el proceso si es consciente del mismo y puede identificar las estrategias que él utiliza.

Teóricos que trataron este aspecto como S. Bruner (1960), que desarrolló las ideas de J. Piaget, construyó un puente entre la psicología cognitiva y la pedagogía. Afirmó que en el aprendizaje son tan importantes los procesos como los productos. Para J. S. Bruner, el objetivo de la educación es el desarrollo de la comprensión conceptual ligada al lenguaje y al mismo cuerpo pensante, es decir, de las destrezas y de las estrategias cognitivas, en mayor medida incluso que la adquisición de información factual. Su teoría se conoce como el constructivismo social y sostiene que la educación implica a la totalidad de la persona, y que el valor de aprender a aprender existe en la posibilidad de transferir de una situación a otra aquello que se aprende. De amoldar el saber a diferentes escenarios.

En la creación del concepto de "aprender a aprender" han influido También las teorías de L. S. Vygotsky, psicólogo ruso de principios del siglo XX, y de R. Feuerstein, psicólogo educador israelí. Ambos autores destacan la mediación del profesor como uno de los principales factores de aprendizaje, la importancia del contexto social en el que se produce el aprendizaje y la conveniencia del aprendizaje en cooperación como complemento del aprendizaje individual. Ahora, en consecuencia, la Pedagogía actual cada vez da más importancia a la posibilidad de que el alumno juegue un papel activo en su propio aprendizaje, ajustándolo de acuerdo con sus necesidades y objetivos personales. Este proceso es psicológico en cuanto a lo inteligible en la palabra, es el cuerpo humano el que es capaz de no interferir emocionalmente en la creación de procesos conceptuales y sintácticos.

2/ Autoadministrarse las estrategias de aprendizaje más apropiadas.

Las estrategias de aprendizaje son aquellos procesos o técnicas que ayudan a realizar una tarea de forma idónea.

Como el aprendizaje es un proceso individual y cada persona debe optar por su método de estudio y aprendizaje, también es el individuo quien más capacitado esta para medir el cambio conceptual y la consecución de los objetivos de aprendizaje que se ha marcado. Forma que es capaz de medir, por un lado si es capaz de "alejarse de él mismo" para medir exento de emoción y afecto la estructura lingüística y conceptual del contenido y el significado más correcto objetivamente - y no algún otro significado ligado de forma subjetiva a la experiencia personal del sujeto.

Por otro lado es necesario en cada proceso de aprendizaje descubrir, crear e inventar, los medios que le permiten seguir con los procesos de asimilación y acomodación intelectiva de un modo intermitente, no sólo en la enseñanza regulada, sino en cada individuo que partícipe de aprendizajes permanentes.
El proceso consiste en ejercer activamente el conocimiento de cómo uno aprende, de los mecanismos que está usando, de cuales son las maneras más eficaces para aprender, donde se destaca la manera de entender, analizar y aprender las cosas del exterior por los medios que a cada uno le parezcan convenientes o cómodos. Por ejemplo, usando el mapa conceptual de Spinoza se puede apreciar como unas proposiciones son productos del aprendizaje de otras anteriores formando un esquema complejo unido, así para el filósofo de Amsterdam "Cada cosa -cuerpo o idea- se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser.",que es una idea aprendida de otras anteriores: la proposición 34 de la parte 1 "La potencia de Dios es su esencia misma y por la 4 de la segunda parte de la Ética "Ninguna cosa puede ser destruida sino por una causa exterior". Y de esta forma -sucesivamente, aprende uno de los más grandes filósofos empiristas y lógicos, de sus mismos procesos de aprendizaje -algo que puede hacer cualquier persona que se conozca a sí misma tanto como el filósofo de Amsterdam- se sigue la enunciación que acopla unos conceptos en otros y los convierte en teoría contrastable.


Aprender a aprender es importante en nuestros días para cualquier persona, ya que en una sociedad donde permanentemente estamos bombardeados de información es necesario saber organizarse, seleccionar lo más importante, saber utilizar más tarde ese conocimiento, etc. Estas tareas requieren tener asimiladas una serie de estrategias y su puesta en práctica.

Así pues aprender a aprender sería el procedimiento personal más adecuado para adquirir un conocimiento cualquiera. Ello supone impulsarlo como una forma de acercamiento a los hechos, principios y conceptos. Por tanto aprender a aprender implica:

El aprendizaje y uso adecuado de estrategias cognitivas.

El aprendizaje y uso adecuado de estrategias meta cognitivas.

El aprendizaje y uso adecuado de modelos conceptuales (de forma primitiva que se transformarán o madurarán).

Desde esta perspectiva el aprender a aprender supone para el individuo poseer "herramientas para aprender" y estas herramientas no son otras que los conceptos como visagras entre el lenguaje y la experiencia.

El conocimiento más importante es el conocimiento de uno mismo, o "meta cognición": esto implica el conocimiento sobre el propio funcionamiento psicológico. Es decir, ser conscientes de lo que se está haciendo, de tal manera que el sujeto pueda controlar eficazmente sus propios procesos mentales. Así al individuo no le interesa aprender unas técnicas eficaces para el estudio, sino tener un cierto conocimiento sobre sus propios procesos de aprendizaje. La vía fundamental para la adquisición de ese meta conocimiento será la reflexión sobre la propia formación teórica en el contexto. Es decir, el único medio para conseguirlo es crear la teoría, equivocarse y darse cuenta del error, y cambiar lo errático por otro concepto en su lugar, como hizo uno de los grandes filósofos que ha inspirado este ensayo en su Ética demostrada por orden geométrico, Baruch de Spinoza.

Conocimiento de oídas.

Por @jrherreraucv

Conocimiento “de oídas”.
Decía Nicolás Maquiavelo en El Príncipe –y para sorpresa de muchos estudiosos o especialistas en la ciencia política, habituados como están a interpretar su agudo pensamiento exclusivamente como el de uno de los fundadores de la teoría política moderna, pero en ningún caso como el del precursor de una de las más firmes y potentes filosofías críticas e históricas, de inobjetable estirpe ontológica– que existen tres géneros de conocimiento: el primero, observa Maquiavelo, es aquel que “entiende por sí mismo”; el segundo es el que “discierne lo que otros entienden”; y el tercero es el que “no entiende ni por sí ni por otros”.


El Príncipe, como se sabe, es una obra escrita en 1513, como resultado de la difícil experiencia vivida por su autor durante los años de la República de Florencia, en pleno Renacimiento italiano. Años que, sin duda, le permitieron ponderar muy de cerca las ideas y los valores de los hombres bajo ciertas y determinadas condiciones de vida y, particularmente, en relación con el poder político, social y cultural, del cual pudo extraer principios fundmentales de conocimiento que, en buena medida, siguen vigentes, aquí y ahora. Algunos años más tarde, uno de sus mayores admiradores escribió, en 1659, un Tratado de la reforma del entendimiento. Era holandés, aunque de origen ibérico. Se llamaba Baruch Spinoza. Sobre él ha dicho Hegel que “ser spinozista es el punto de partida esencial de toda filosofía”. Y fue precisamente Spinoza quien, tanto en el citado Tratado como en la Ética, recuperó, ordenó y desarrolló, para la conciencia filosófica, la sutil y genial distinción de los “tres géneros de conocimiento” apenas intuida por Maquiavelo en El Príncipe.

En efecto, dice Spinoza: “Hay un conocimiento que adquirimos de oídas o por medio de cualquier signo de los llamados convencionales”. A este tipo de conocimiento –que en Maquiavelo corresponde al tercer género– Spinoza agregará el que se adquiere “por experiencia vaga”, es decir, que “ocurre por casualidad”. Pero, al igual que en El Príncipe, el segundo tipo de conocimiento es aquel en el que “la esencia de una cosa se infiere de otra”. El tercer tipo es el conocimiento –el primer género, para Maquiavelo– es aquel en el que “la cosa es conocida solo por su esencia”.


Las sociedades crecen, prosperan y se desarrollan cuando son capaces de cultivar su espíritu. En la medida que los habitantes de una determinada sociedad van dejando detrás de sí sus prejuicios y son capaces de propiciar las condiciones necesarias para el estudio, la investigación, la creatividad, la promoción de las artes, en fin, para dar libre tránsito al pensamiento, en esa misma medida se transforman en personas de bien y, a consecuencia de ello, en amantes de la libertad. El orden de las ideas es idéntico con el orden de las cosas, decía Spinoza. Una sociedad mayoritariamente constituida por personas que no entienden ni por sí ni por otros, es una sociedad que solo está en capacidad de garantizar sus propios resentimientos, sus miserias, sus tristezas, su violencia, su mayor pobreza material y espiritual y, lo que quizá sea aún más significativo: el hecho de sentirse “gozoso” de su propia esclavitud.

En un determinado momento de su historia contemporánea, la población venezolana se ubicó en las muy concretas “condiciones objetivas” de dar el “salto cualitativo”, desde el spinoziano primer grado del conocimiento a, por lo menos, el segundo. Profesionales y técnicos, formados en sólidas y prestigiosas instituciones educativas, fueron poblando el escenario social del país de un modo acelerado y sostenido, como nunca antes. De pronto, con su esfuerzo, agilidad mental y deseos de crecer, los venezolanos se hicieron bilingües, profundizaron en las más diversas creaciones de la “ratio” técnica, se colocaron “a la altura de su tiempo” e ingresaron a la gran cosmópolis de la vida civil, en todas sus instancias: las ciencias, las artes, la tecnología, entre otras. El mérito tomó ventaja frente a la insolvencia del compadrazgo decimonónico. La riqueza se hizo patente. Y todo ello motivaría el cambio de su anterior visión “criolla” del mundo, es decir, modificaría sus gustos, necesidades y apetencias, para devenir perfil de “ciudadanos del mundo”, plenos de libertades, sin dejar por ello de sentir un profundo apego por la querida “tierra de gracia”. Pero la historia cambia, no es fija. Y no siempre se viaja en ella de menor a mayor, de cero a uno. Sobre todo, si no se han sentado convenientemente las bases para la siembra del llamado por Spinoza “tercer género de conocimiento”, eso que denominaba la “ciencia intuitiva”, en su Ética.

Lo cierto es que el “conocimiento de oídas” se ha convertido, por lo menos durante los últimos quince años, en el conocimiento característico de la gruesa mayoría de la población. El antiguo locus de los técnicos y profesionales ha sido suplantado por el prejuicio o la pre-suposición que ama huir de toda posible inteligencia. Reos de malvivientes por “arriba” y por “abajo”, el país asiste al “pranato” como modelo de ser y pensar. La calle es el barrio, a ritmo de reguetón y estruendo motorizado. La casa es el refugio, la cárcel autoimpuesta. Las universidades son concebidas como extrañas e innaturales, en una sociedad que ha hecho suya la agresión al otro como algo “natural”, como norma de ser. Es la real imposición del “todos contra todos” y del “sálvese quien pueda”. Pero, además, los peligros del mero “conocimiento de oídas” no terminan ahí. La sustitución de las costumbres porta nuevos significados y significantes. Los códigos de la civilidad han desaparecido progresivamente para rendir tributo a la ignorancia y la violencia desatadas como modo característico de “vida” y “verdad”. El “rumor” y el “miedo” han llegado a traspasar sus propios límites, al punto de convertirse en “categorías trascendentales” de comprensión. La irracionalidad del fascismo no tiene un rostro exclusivo, mucho menos si logra hacerse mestizo.

El conocimiento de “oídas” es la puerta de entrada a la peor de las formas de servilismo: la propia. Concebirse a sí mismo en la impotencia de la “igualdad por abajo”; asumir el resentimiento y la venganza como expresiones del más autóctono “ser venezolano”; autoconformarse con “lo que hay”; aprovecharse del otro; aspirar a ganar más dando el mínimo; esperar que la solución venga siempre “desde arriba”; concebirse no como sujeto sino como objeto que “debe ser” empujado por “órdenes superiores”; sentir el orgullo de no estar preparado, de no formarse, de no ser mejor, de no crecer internamente, de conformarse con las colas para obtener lo necesario y poder así sobre-llevar el propio destino: son estos solo algunos de los elementos esenciales del “legado” de un pueblo que marcha directo a la deriva, que ha sido inducido a transmutar la exigencia de su formación cultural y de su libertad por el “bachaqueo” y la opresión. Cuestiones, diría Spinoza, de “mera casualidad”.

Crítica del conocimiento para la vida.

Henri Bergson lectura en la evolución creadora, Introducción.
Una teoría de la vida que no se acompañe de una crítica del cono­cimiento está obligada a aceptar, al pie de la letra, los conceptos que el entendimiento pone a su disposición: no puede sino encerrar los hechos, de grado o por fuerza, en cuadros preexistentes que considera como definitivos. Ob­tiene así un simbolismo fácil, necesario incluso quizás a la ciencia positiva, pero no una visión directa de su ob­jeto. Por otra parte, una teoría del conocimiento, que co­loca de nuevo a la inteligencia en la evolución general de la vida, no nos enseñará ni cómo están constituidos los cuadros de la inteligencia, ni cómo podemos ampliarlos o sobrepasarlos. Es preciso que estas dos investigaciones, teoría del conocimiento y teoría de la vida, se reúnan, y, por un proceso circular, se empujen una a otra indefini­damente..

Así podrán resolver por un método más seguro, más cercano a la experiencia, los grandes problemas que pre­senta la filosofía. Porque, si tuviesen éxito en su empresa común, nos harían asistir a la formación de la inteligen- cia y, por ende, a la génesis de esta materia cuya confi­guración general dibuja nuestra inteligencia. Ahondarían hasta la raíz misma de la naturaleza y del espíritu.

Sustituirían el falso evolucionismo de Spencer —que consiste en recortar la realidad actual, ya evolucionada, en peque­ños trozos no menos evolucionados, luego en recompo­nerla con estos fragmentos y en darse así, de antemano, todo lo que se trata de explicar— por un evolucionismo verdadero, en el que la realidad sería seguida en su ge­neración y su crecimiento.
Pero una filosofía de este género no se hará en un día. A diferencia de los sistemas propiamente dicho?, cada uno de los cuales fue obra de un hombre genial y se pre­sentó como un bloque, que puede tomarse o dejarse, no podrá constituirse más que por el esfuerzo colectivo y progresivo de muchos pensadores, de muchos observado­res también, completándose, corrigiéndose, enderezándose unos a otros. Pero tampoco el presente ensayo trata de resolver de una vez los problemas más importantes. Que­rría simplemente definir el método y hacer entrever, so­bre algunos puntos esenciales, la posibilidad de aplicarlo.

El plan ha sido trazado por el objeto mismo. En un primer capítulo, ensayamos para el progreso evolutivo las dos prendas de confección de que dispone nuestro enten­dimiento: mecanicismo y finalidad 1; mostramos que no nos valen ni la una ni la otra, pero que una de las dos podría ser recortada, recosida, y, bajo esta nueva forma, sentar menos mal que la otra. Para sobrepasar el punto de vista del entendimiento, tratamos de reconstruir, en nuestro segundo capítulo, las grandes líneas de evolución que ha recorrido la vida al lado de la que llevaba a la inteligencia humana. La inteligencia se encuentra así co­locada, nuevamente, en su causa generatriz, que trataría entonces de aprehender en sí misma y de seguir en su movimiento. Un esfuerzo de este género es el que inten­tamos —aunque de manera incompleta— en nuestro ter­cer capítulo. Una cuarta y última parte está destinada a mostrar cómo nuestro entendimiento mismo, sometiéndo­se a una cierta disciplina, podría preparar una filosofía que le sobrepase. Para esto, se haría necesaria una ojeada a la historia de los sistemas, al mismo tiempo que un aná­lisis de las dos grandes ilusiones a las que se expone, des­de que especula sobre la realidad en general el entendi­miento humano.

El Conocimiento: ¿Ensalada o Potaje?

El Conocimiento: ¿Ensalada o Potaje?
En este escrito se pretende estimular una reflexión sobre la universalidad –o no– del concepto y la capacidad del sujeto para influir, según sea el caso, en su naturaleza global o en sus características particulares. Inevitablemente, el escritor toma partido.

Siempre he albergado dudas sobre la verdadera naturaleza del conocimiento, verse sobre lo que verse. No importa si tratamos de gastronomía –la rama del conocimiento «alimenticia» por excelencia– o de filosofía; en cualquier caso, mi impresión es que su naturaleza es la misma y que, haciendo uso de un fácil recurso gastronómico, se acerca más al «potaje» que a la «ensalada». Reafirmo que se trata de una impresión y que, en mi opinión, esto es lo que se debería calificar como conocimiento «verdadero», sin descartar ni descalificar la posible validez de las opiniones divergentes que discrepen, en su totalidad o en parte, de las reflexiones que se acompañan, las cuales pretenden justificar esta opinión subjetiva, evidentemente sujeta, como toda convicción que se precie, a revisión fundamentada.

La primera reflexión que se debe afrontar –quizá una premisa, difícilmente prescindible– es que el conocimiento es el resultado de un proceso, más o menos extenso en el tiempo o en complejidad, que utiliza, en mayor o menor dosis, sus entradas, siendo éstas las que caracterizan la salida, es decir, el resultado. Conviene aquí puntualizar que con esta afirmación no estamos despreciando la enorme importancia del proceso ni la de los recursos empleados, sino enfatizando una obviedad así ejemplificada: que leyendo prensa amarilla o rosa, difícilmente aumentará nuestro conocimiento sobre los clásicos griegos. Quizá, afinando la precisión, habida cuenta que toda lectura bien digerida es potencialmente beneficiosa, aumentemos o reafirmemos nuestra confianza en sus enseñanzas, pero aumentar nuestro conocimiento sobre ellos, el que ya teníamos, seguro que no. En cambio, lo que sí se puede asegurar es que el consumo de prensa amarilla o rosa (las entradas), convenientemente digerido (el proceso), aumenta el conocimiento del famoseo y del chismorreo de baja estofa, resultado eficaz, ya que, podemos suponer, era el deseado por el sujeto. Por lo tanto, son las entradas las que determinan el carácter del resultado o, en otras palabras, el tipo de conocimiento. Dediquemos ahora nuestra atención a los recursos empleados, dejando para el final el propio proceso, determinante, en último término, de la calidad del resultado. Ni que decir tiene que, a partir de ahora, nos centraremos en la adquisición de un conocimiento de mayor trascendencia cultural que el coloreado y superficial ejemplo anterior, haciendo uso, eso sí, de la analogía culinaria evocada en el título.

En todo proceso –y el de adquisición de conocimiento no es ninguna excepción– se consumen unos determinados recursos, con lo que damos por sentada otra premisa: nada es gratis, y el conocimiento tampoco. En el caso particular que nos ocupa, podríamos identificar dos recursos principales:  tiempo atención. Los diferenciamos porque, en contra de lo que pudiera parecer, no son equivalentes ni intercambiables. Podemos consumir mucho tiempo con poca o nula atención o poco tiempo con mucha atención, consiguiendo, en ambos casos, resultados dispares e insatisfactorios. Y por muy buenos que sean el proceso y las entradas, sin el tiempo y la atención adecuados, esto –el resultado– no hay quien lo arregle. Pero sigamos adelante. Supongamos, a) que nuestro objetivo sea adquirir conocimiento filosófico en forma autodidacta, y que para ello nos proveemos de las mejores entradas representadas por una completa biblioteca de lecturas, tanto en forma de originales de culto de relevantes filósofos –primera elección subjetiva– como de obras recopilatorias, históricas o académicas de reputados autores –segunda elección subjetiva–; b) que nos dotamos de todo el tiempo razonablemente necesario –tercera elección subjetiva– y c) que asumimos el compromiso de consumir este tiempo dedicándole al proceso la máxima atención, último e importante recurso al que consideraremos, en principio, objetivable, dando por supuesto que nadie –por lo menos, nadie que, realmente, desee adquirir el tipo de conocimiento de nuestro supuesto–, se engaña a sí mismo: es decir, aislamiento, radio o caja tonta apagada, silencio o, como máximo, si procede, suave música ambiental inspiradora o facilitadora de la tranquilidad espiritual necesaria para agudizar la comprensión lectora y con ello, optimizar la eficiencia del proceso, factores coadyuvantes eminentemente personales que subjetivizan de nuevo el recurso(1).

Con lo que hemos llegado al propio proceso productivo, al verdadero generador de resultados, al verdadero responsable de nuestro conocimiento, al cocinero que determina su verdadera naturaleza, naturaleza que es la nuestra, la única que vamos a tener a nuestra disposición para su utilización y disfrute y que, por lo tanto, es personal e intransferible y cuya homologación total o parcial con otros conocimientos –en el caso que nos ocupa– filosóficos será muy de agradecer pero, con toda probabilidad, mera coincidencia estadística. Y esto no será debido únicamente a la subjetividad inherente en las entradas y los recursos, sino a la del propio proceso, sobre el que tenemos poco o nulo control, debido fundamentalmente a que se desarrolla de forma absolutamente independiente de nuestra voluntad, en respuesta a algoritmos neuronales que dependen en mucha mayor medida de nuestras capacidades innatas que de las capacidades adquiridas en nuestra experiencia o en otros procesos de aprendizaje, las cuales pueden modular, reforzar o inhibir parcialmente la predisposición genética, pero no anularla o modificarla de forma determinante(2). Esto refuerza mi opinión sobre la no-universalidad del conocimiento y su restringida localidad subjetiva, lo cual no excluye la existencia de amplias vetas de conocimiento parcial o aproximado –vetas verticales, no transversales– que facilitan el intercambio cognitivo –evidentemente, sin garantía de éxito– entre las personas «conocedoras», sea de este tema o de cualquier otro. Y con esto, con la sensación de no haber desarrollado ni propuesto todavía nada realmente novedoso, llegamos por fin a la cuestión planteada en forma de metáfora culinaria: ¿ensalada o potaje?

Conviene comenzar las conclusiones recordando que lo que se trata de analizar es la naturaleza del conocimiento adquirido, es decir, sus características o rasgos diferenciadores, no su alcance ni su grado de erudición. Ni tan siquiera la eficacia del proceso, es decir, su mayor o menor aprovechamiento. Continuando con la analogía culinaria, estamos intentando dilucidar cuál es el plato que se encuentra el sujeto al finalizar el proceso, plato que, en nuestra analogía, representa el conocimiento adquirido, servido y disponible para el consumo. No importa el tamaño o profundidad del plato ni lo más o menos lleno que se encuentre. Tampoco importa la cantidad de ingredientes ni sus dosis. Lo único que nos importa es la naturaleza de su contenido. Hecha esta puntualización ya sólo queda ponernos el gorro de chef y entrar en la cocina.

Puede resultar un tanto decepcionante, pero creo que es así: la naturaleza básica del conocimiento adquirido no depende de nuestra voluntad. Unos disfrutamos de conocimiento básico «ensalada» y otros de conocimiento básico «potaje». Entre ambos se encuentran múltiples naturalezas intermedias que podríamos etiquetar como un menú de dos platos, cuya intensidad, existencia y volatilidad dependen de la voluntad y esfuerzo del sujeto, pero que, en ningún caso, llegan a superar o anular la naturaleza básica, que es innata. Entendemos por conocimiento «ensalada» el basado en una memoria literal, en lo que podría ser una especie de memoria fotográfica –quizá lo sea– que le lleva al sujeto a recordar la literalidad de lo leído. Todos hemos conocido a enciclopedias ambulantes que recuerdan no sólo citas literales, sino la obra y capítulo donde aparecen. Y, en la mayoría de casos, sin demasiado esfuerzo. Debo reconocer que nunca lo he conseguido. Cuando he necesitado memorizar algo de forma literal, el esfuerzo ha sido ímprobo y la volatilidad, extrema. En cambio, persisten recuerdos –no sentimentales, intelectuales, por ejemplo, fórmulas– que están ahí y que se grabaron de forma involuntaria, natural e indolora. Es por esto que pienso que no depende de nosotros sino de nuestra configuración «de serie». Y por esto también dudo de que quien tenga esta facultad, fácilmente reproducible por cualquiera que no la tenga con el recurso a la biblioteca, y se quede en ella, disfrute de un conocimiento «verdadero». En una ensalada, por completa que sea, todos sus ingredientes son perfectamente identificables y se encuentran en el mismo estado que antes de ser procesados –excepción hecha de su troceado–. Más allá de la simple respuesta en forma de satisfacción sensorial, no se puede encontrar diferencia racional ni nutricional entre el consumo independiente de los ingredientes –aliño incluido– o su consumo tras el simple proceso de mezcla, por el elemental hecho de que, a diferencia del potaje, esta mezcla no es tal. Se da también la circunstancia que al sujeto propietario de conocimiento «ensalada» le resulta particularmente difícil extraer, deducir o destilar conceptos básicos –transversales– que puedan ser utilizados como denominadores comunes de su ingente memoria de almacenamiento de datos(3).
 
En cambio, pienso que el conocimiento «verdadero» se corresponde con el «potaje», plato que no existiría sin sus ingredientes, pero que los ha integrado de tal forma que resulta verdaderamente difícil su identificación precisa. Por descontado, algunos son evidentes, otros destacan, algunos se sugieren, los menos se confunden, pero el plato, conceptualmente, es distinto: es algo nuevo y «verdadero». Su naturaleza es diametralmente opuesta a la «ensalada». Si disfrutamos o no con él es secundario. Lo que nos importa es que es auténtico y que, como sabe todo cocinero, a pesar de repetirse mil veces con los mismos ingredientes, siempre es distinto. Y, una vez finalizado el proceso, en su degustación se olvidan los ingredientes –las entradas– y se disfruta del resultado como un todo distinto, en una explosión de nuevos sabores imposibles de encontrar en la «ensalada». Novedad es equivalente a enriquecimiento y enriquecimiento es equivalente a aumento del conocimiento. A verdadero conocimiento.  

La verdad es que con todo esto me ha entrado hambre. Será cuestión de preparar un nuevo «potaje» filosófico. Resulta paradójico que algunos necesitemos leer los libros para conocer lo que no está en ellos. Porque lo que está, lo leamos o no, permanece en la estantería, mejor ubicación que en nuestras neuronas.

Notas:
1 - Por descontado, si el objetivo no es la formación autodidacta sino la obtención de una licenciatura, la entrada principal del proceso vendría representada por la matrícula en una universidad, cosa, lamentablemente, cada vez más exótica y dificultosa. En este caso, la subjetividad de esta entrada no le correspondería al sujeto –excepción hecha de la elección de centro–, sino a los responsables de los planes de estudios. Obviamente, las lecturas complementarias a las «regladas» seguirían siendo entradas del proceso. Tanto los recursos necesarios como la naturaleza del resultado no se verían afectados.
2 - Puede resultar interesante consultar la teoría de las Inteligencias múltiples de Howard Gardner.
3 - Datos e información no son sinónimos. La definición más ajustada del término «información» es: «datos con significado». Extraer y aprovechar el significado de los simples datos es lo que caracteriza al conocimiento.

YA somos iguales

YA somos iguales.
Este escrito –sintetizado en su título– pretende plantear una réplica común a dos posiciones intelectuales diferenciadas y contrapuestas relacionadas con la conciencia colectiva llevada a sus últimas consecuencias, la conciencia única: Defensa o Combate; Acelerador o Freno; Fomento o Sabotaje.

En la acelerada dinámica –mejor, torbellino– en que nos sume el devenir actual de nuestra existencia, se aprecian determinadas entradas que apuntan a una normalización de la conciencia o identidad, a una esterilización del pensamiento individual en favor de su disolución, como un azucarillo, en una sopa mental común, brebaje único sobre el que los pensadores –ya sean de salón o de pedigree contrastado– no se ponen de acuerdo: para los detractores se ve como el mayor de los males y para sus defensores como la solución a todos nuestros problemas.

Estas entradas son de dos tipos: externas o internas. Entre las externas destacan la globalización imparable –diríase que cuenta con vida propia– y su consecuencia lógica, la multiculturalidad, difícilmente controlable desde una posición individual, más allá del papel de espectador pasivo y sufridor activo. De esta entrada es fiel reflejo la siguiente cuestión, planteada por una buena amiga «virtual», María Diz, cuestión que, aunque limitada al ámbito de la política local, es perfectamente escalable y que, debo reconocer, ha sido el catalizador de este escrito:

«¿En un mundo globalizado hay que perder la identidad individual para diluirse en lo amorfo de los términos como conservador, progresista, derecha, izquierda ...?».

Esta entrada externa –a diferencia de la interna, como veremos más adelante– la podríamos definir como inevitable, como «impuesta por las circunstancias», causada por una nube de hechos que podrían resumirse en dos conceptos: el «progreso» tecnológico y el «regreso» cultural, no necesariamente relacionados. Y sus consecuencias son malas, aceleradamente malas, con un final acusadamente «distópico».

En cambio, la entrada interna es una expectativa, una pretensión, una teoría de imposible verificación, patrocinada por los defensores de la introspección, de la búsqueda del yo –de nuestra identidad– dentro de nosotros mismos, del «conócete a ti mismo» llevado a sus últimas consecuencias, con el pretendido objeto de llegar al conocimiento del Ser absoluto, de la comunión universal con la Verdad, solución, cual bálsamo de Fierabrás, de todos nuestros males. Se podría calificar de una globalización no material, «espiritual» cuyas consecuencias, en contraposición con la entrada externa, son buenas, aceleradamente buenas, pero también, a mi modesto entender, utópicas. Paradójicamente, en esta corriente de pensamiento coinciden creyentes religiosos, agnósticos y ateos, éstos últimos máximos exponentes de inconsistencia intelectual.

En resumen, a esta conciencia colectiva única universal, a esta identidad normalizada, o nos llevamos nosotros mismos –lo que es bueno, bueno– o nos llevan las circunstancias –lo que es malo, malo–. Como vemos, de nuevo enfrentadas Mente y Materia.

Materia

«Polvo eres y en polvo te convertirás» (Génesis, III. 19). Resulta difícil encontrar un texto más antiguo, más físico, menos espiritual y más ajustado al tema de hoy que este proverbio bíblico. Representa una verdad indiscutible subordinada a la única verdad absoluta aplicable a nuestra efímera existencia: la muerte (material, para los creyentes).

Un montón de siglos más tarde, Lawrence Krauss dijo:

"Cada átomo en tu cuerpo vino de una estrella que estalló. Y los átomos de tu mano izquierda probablemente vinieron de una estrella diferente que los de tu mano derecha. Es realmente la cosa más poética que sé de la física: todos somos polvo de estrellas. Tú no podrías estar aquí si estrellas no hubieran estallado, porque los elementos –el carbón, el nitrógeno, el oxígeno, el hierro, todas las cosas que importan para la evolución– no fueron creados al principio del tiempo. Fueron creados en los hornos nucleares de estrellas y la única manera para que terminaran en tu cuerpo es el hecho de que esas estrellas fueron lo suficientemente amables para estallar. Así que olvídense de Jesús. Las estrellas murieron para que pudiéramos estar hoy aquí."(1)

Obvia y notablemente, ambas frases, salvadas las distancias de toda índole, dicen lo mismo: polvo, elementos básicos, átomos, ladrillos, en suma. Ciento dieciocho (118) elementos –átomos– distintos, de los cuales, muchos son artificiales y efímeros. Aproximadamente sesenta átomos (60) se encuentran en el cuerpo humano, de los que cuatro (sí, sólo 4: oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno) representan el 96%, mayormente en forma de agua. Por lo tanto, a pesar de las apariencias, cuando te miras al espejo cada mañana, al lavarte la cara, deberías recordar que, en el fondo, eres agua, que estás construido por los mismos cuatro (4) ladrillos que cualquiera y que, consecuentemente, eres prácticamente igual que Charlize Theron(2). Pero podemos coger un martillo y romper un átomo. Electrones, protones y neutrones, tres componentes (sólo 3), fundamentalmente iguales entre sí. Y si queremos ir más allá, con un martillo un tanto especial, un martillo cuántico, nos encontramos con doce (sí, sólo 12) partículas elementales –el electrón es una de ellas–, lo que se conoce como el Modelo Estándar. Doce partículas elementales. Esto es todo. Iguales para todo y para todos.

No creo que exista mayor introspección, mayor profunda mirada a nuestro interior que conocer esta realidad, mayor «conocerte a tí mismo» que este conocimiento. Y esto me lleva a la siguiente conclusión utlitarista: para qué reflexionar, especular, temer o promover la globalidad universal si ya nos fundiremos todos cuando muera el cuerpo. Si ¿nuestras? doce partículas elementales seguirán existiendo recombinadas aquí o allí, en un nuevo cuerpo o en una piedra, cumpliendo este desiderátum de forma automática sin mayor esfuerzo. En definitiva, si «YA somos iguales».

En cambio, mucho más importante es –pienso– reconocer y reflexionar sobre el misterio de la exuberante diversidad generada por la rigurosa igualdad de las exiguas doce partículas, del que destaca, indudablemente, la vida, y dentro de ella, la vida racional, la Mente.

Mente

Empecemos también con una frase, ésta de Erwing Schrödinger, físico cuántico, premio Nobel en 1933:

«La conciencia no se experimenta en plural, sólo en singular. No sólo nadie ha experimentado más de una conciencia, sino que no existe huella de la evidencia circunstancial de que ello haya ocurrido alguna vez en el mundo».

Esta frase, extraída de su recomendable obra "Mente y Materia", nos sirve de percha para argumentar la improbabilidad de la existencia de una conciencia colectiva, la cual, de existir, debería «ser consciente» –valga la redundancia– de su pluralidad. De no ser así, a pesar de ser, hipotéticamente, clónica de Todas, no podría ser calificada de otra forma que de «individual».

Pero no debemos olvidar que la Mente es el conjunto de procesos cerebrales conscientes, inconscientes y procedimentales y que el cerebro es una parte más del cuerpo y que, como tal, en su constitución más íntima, es cualitativamente igual para todo el género humano –excepción hecha de su «musculatura» intelectual, básicamente adquirida(3) y de la degeneración vegetativa–, con sus aproximadamente cien mil millones de neuronas. Y olvidamos también que la Mente, y dentro de ella, los procesos conscientes, el pensamiento, es el último reducto de libertad individual, presente en todas las situaciones humanas, por agresivas y humillantes que éstas sean, y que nada puede ser más alienante que pretender su «normalización», sea con el fin que sea, utópico o distópico, bueno o malo.

Y ya que estamos con la Mente, finalizaremos haciendo uso de ella:

¿Conciencia colectiva? ¿Ser absoluto? ¿Esencia universal? No, gracias. Ya somos iguales. Pero yo soy yo, y a mucha honra.

Por encima de la globalización impuesta (externa) o voluntaria (interna) se sitúa la libertad, la responsabilidad y el mantenimiento de la identidad, en los tres casos, individual. Y la herramienta para estar en este plano superior, para ver la globalidad «mala», la imparable, a la que nos lleva el «progreso», desde arriba y extraer de ella todo lo bueno –que lo tiene–, es la Cultura.
Resulta bochornoso el desconocimiento de la mayoría de las personas de su propio cuerpo y del universo –incluso de su tribu– donde están alojados(4) y las eternas y políticamente sangrientas disquisiciones de la clase dirigente sobre la importancia de una nota de corte o la enseñanza de la religión o el idioma tribal. Si la totalidad(5) del género humano conociera y reconociera su interior, su «yo» más íntimo, el hecho de que todos somos iguales, de que estamos formados por las mismas doce partículas elementales, que somos, fundamentalmente, agua, quizás veríamos al prójimo con otra cara y todo nos iría mejor. Sin necesidad de especulaciones o comuniones místicas o esotéricas(6). Porque «YA somos iguales», pero no lo sabemos. Porque no nos lo enseñan. Y esta igualdad es la responsable de la abrumadora diversidad. De nuestra individualidad. Por lo tanto, libertad, responsabilidad, identidad y ejemplo individual. Y asumir la siguiente cita, porque Todo depende de cada uno de nosotros, aunque algunos seamos más iguales que otros. Por favor:

«Las sociedades siempre topan con los mismos bobos, incluso los elegidos democráticamente, ignorando la máxima de que cuando la clase dirigente se vuelve más tonta que la dirigida nos encaminamos inexorablemente al abismo» (Alfredo Abián, vicedirector de La Vanguardia, ¿Es plana la tierra? 27-06-2013).

Notas:
1 - Se reproduce la frase íntegra perteneciente a una conferencia, fácilmente localizable en YouTube, sobre la Nada como origen y final de Todo, dualidad que no comprendo ni comparto y sin efectuar juicios de valor sobre el rotundo argumento ad hominem. Desprovista de este sesgo, define hechos físicos incontrovertibles.
2 - Mala forma de empezar el día.
3 - Obviamos aquí posibles predisposiciones genéticas, propuestas por Howard Gardner en su teoría de las «siete inteligencias».
4 - Ver concursos televisivos.
5 - Dejémoslo en «mayoría». Por lo de las utopías.
6 - Mi experiencia me permite asegurar que cada vez que le he explicado a un niño, o a un adulto ignorante de este conocimiento, la constitución básica de la materia y del cuerpo humano –los ladrillos fundamentales, comunes para todos–, se le ha abierto mucho la boca y ha tardado, también mucho, en cerrarla. Me consta también que la percepción de su propia existencia y del mundo ha cambiado. En cambio –perdón a quien se sienta aludido, maestro o alumno–, mis intentos de llevar a contertulios y amistades a profundas reflexiones sobre preguntas existenciales tales como ¿quién soy yo?, ¿de dónde vengo? o ¿adónde voy? han despertado, generalmente, un gran desinterés e, incluso, grandes bostezos. Se echa en falta utilitarismo –no materialismo– cultural.