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Cuestión de extremos.

Por JOSÉ RAFAEL HERRERA / @JRHERRERAUCV  Durante los primeros años setenta del pasado siglo, la brecha entre q uienes desde la extrema izquierda insistían en mantenerse dentro del modelo de la lucha armada para “asaltar el poder” y quienes se proponían la construcción de un modelo democrático, moderado y de participación activa dentro de la vida institucional se fue haciendo cada vez más evidente. Los primeros se inspiraban en las prácticas revolucionarias que, desde el derrocamiento de la Rusia zarista hasta la salida del dictador Batista de la presidencia de Cuba, se habían convertido en una referencia modélica, en una suerte de “manual del usuario” revolucionario, que confirmaba la clásica tesis –sin duda, ya presente en Marx, aunque enfatizada hasta el paroxismo, primero por Lenin y luego por Mao Tse-tung– según la cual el único modo de derrocar a “los enemigos del proletariado” era a través de la vía violenta, es decir, por medio del derramamiento de “la sangre de los opresores”. La otra izquierda, en cambio –asistida por Gramsci y sus tesis sobre la distinción entre Oriente y Occidente, la sociedad política y la sociedad civil, la “guerra de movimiento” y la “guerra de posición”, etc.–, vindicaba los valores del humanismo y la democracia liberal y, con ellos, la tolerancia, el respeto a la disidencia y la toma de decisiones para los cambios políticos y sociales a través del voto. Era esa “la vía democrática al socialismo”, que más tarde se dio a conocer con el nombre de “eurocomunismo”.

Con el tiempo, ambas posiciones se fueron haciendo cada vez más pugnaces, más extremas, más opuestas entre sí. Para los primeros, los segundos no eran más que “reformistas” y “revisionistas” de la “doctrina” comunista, que fue la fórmula empleada, primero por Lenin y luego por Stalin, para referirse a los “traidores”, los cuales, progresivamente, fueron siendo incorporados al “libro negro” de la Internacional Comunista dirigida desde la Unión Soviética. Para los segundos, los primeros eran militantes de una anacrónica –decimonónica– idea de revolución, impulsada por el “foquismo” y el “voluntarismo” irracionales. De hecho, habitualmente se referían a ellos con el epíteto de “los locos”. Derrotados militar y políticamente, sus partidos fueron reducidos a pequeños grupos –casi a juntas de condominio– con una participación apenas perceptible en la vida nacional. Hasta que los “locos”, después de las fallidas intentonas golpistas contra un gobierno democrático legítimo y legal, tomaron la decisión unánime de presentarse en las elecciones que le dieron un triunfo indiscutible al “vengador”, al Buzz-Lightyear del llano. Lo extraordinario es que muchos de sus antiguos rivales, los de la llamada izquierda democrática, se sumaron a la nueva aventura de los extremistas, porque, finalmente, estos habían entendido que el camino al poder tenía que ser por la vía electoral, como en efecto había sucedido en esa oportunidad, a pesar de aquel indescifrable, aunque claramente amenazante, “por ahora” y de sus obvias implicaciones para el menesteroso presente.

Los así llamados “líderes históricos” de la versión democrática del socialismo, convencidos de que sería un error apoyar a un grupo de subversivos y militares insurrectos para conformar un nuevo gobierno, fueron expulsados del partido que habían fundado, para dar paso a ese gran “rompecabezas”, al “gran polo patriótico” que la “fusión cívico-militar” había logrado, finalmente, amalgamar. Pronto, más pronto de lo que se hubiesen imaginado, los nuevos aliados de los viejos bolcheviques fueron siendo eliminados de la alianza, y el río de la ortodoxia, inspirado en el mito de la muy antimarxista “teoría de la dependencia” –especialmente, en su versión paulista y habanera– volvió a su cauce, para hacerse del poder –a confesión de parte relevo de pruebas– für ewig. Y, una vez afianzados en el poder, terminaron transformando el Estado nada menos que en un gang, en un cartel que mantiene secuestrada a la sociedad civil. En una expresión, el “por ahora” devenido “por siempre”, hasta nuevo aviso. Se ha dicho que carecen de un proyecto de país y que solo poseen un proyecto para preservar el poder. Como si en realidad les interesara tener un proyecto de país. Y, en este punto, quizá sea conveniente recordar el hecho de que las mafias son ajenas a aquellos intereses que no les son de particular interés. Un Estado forajido no es un Estado. Es la opacidad del espejo de un espejo roto, carente de luz.

La descontextualización de los procesos históricos es asunto de graves consecuencias, especialmente para la real y efectiva conquista de la libertad y del derecho, y, más aún, en momentos en los cuales una determinada formación social se ha perdido a sí misma en el laberinto de su propia imaginación, dado que padece de la peor de las pobrezas espirituales sufridas por la experiencia de su conciencia. Las presuposiciones de la ya desgastada ideología de factura reformista no pueden ser –porque ya carecen del necesario sustento histórico y conceptual– un “modelo” fijo que, por cierto, pretende sustentarse en ficciones, traídas de otras latitudes, para transformarlas en reglas, patrones o axiomas políticos organizacionales que “deberían” ser instrumentalizados “rigurosamente” a los fines de poder llegar a ser “exitosos”. Uno de los grandes inconvenientes de una ciencia social o política que se ha dejado guiar por el entendimiento reflexivo y la ratio instrumental consiste en la pretensión de formalizar matemáticamente las inéditas determinaciones que son características específicas del espíritu de cada pueblo. El extremo de la violencia abstracta es, ontológicamente, idéntico al del electoralismo abstracto. En realidad, tanto el belicismo como el pacifismo tout cout alimentan esperanzas, por una parte, mientras, por la otra, ocultan sus grandes temores. Caras de una misma moneda. Los trillados ejemplos de las dictaduras del Cono Sur o de la Europa Central redundan en abstracciones ahistóricas, desdibujadas por completo de su contexto y de sus circunstancias específicas. Es como si, por ejemplo, de golpe y porrazo y de la noche a la mañana, después de una fervorosa campaña electoral se pudiera lograr el desalojo de una feroz dictadura que se niega a abandonar el poder, mediante la simple y mágica convocatoria de los comicios. Por si alguien aún no ha caído en cuenta, puede ser que el Muro de Berlín haya sido derrumbado. Pero eso no significa que, en realidad, la sustancia de la Unión Soviética haya desaparecido de la faz de la tierra. Que ya no porte ese nombre, que sus estandartes ya no sean los mismos, no significa que no se haya redimensionado y siga manteniendo viva, y amenazante, su tradicional concepción tiránica del poder. En nombre de la democracia y del mundo libre, no bastará con la simple participación en un proceso electoral para cambiar las cosas si no hay una resistencia organizada, capaz de defender la cultura y los valores republicanos.

Profundizando en el ideal liberal.

Gotha o la profundización del ideal liberal

Las presuposiciones y los prejuicios, vengan de donde vengan, no son buenos consejeros. El tumor del conocimiento es el “caletre” o character como le decían los latinos: un concepto sin vida, al que se le ha extraído la fuerza vital de su historicidad, una forma vaciada de todo contenido, un texto sin contexto. La sociedad de la llamada “sabiduría popular”, cuya característica básica es el “conocimiento de oídas”, ese incuestionable “lo dijo mamá” que termina en el amén de lo dijeron en la tele nuestra de cada día, es el mayor enemigo de la inteligencia, sobre todo en momentos en los que se intentan comprender las razones de fondo que han conducido a un determinado país a la peor de sus crisis orgánicas, sustantivas, estructurales, más allá de toda carrerilla. Y es que no se puede superar lo que no se comprende. Pero, lejos de disiparse, el prejuicio ya no es solo de oídas, como en el pasado, sino que ha redoblado sus fuerzas y se ha incrementado con mayor énfasis al hacerse, además, conocimiento visual, tormenta de imágenes, a consecuencia de la gran revolución tecnológica. Nunca se imaginó el viejo Tomás, discípulo y apóstol de Cristo, que su “ver para creer” llegaría a convertirse en la síntesis perfecta de la doctrina que ha sustentado todo el desarrollo de la gran industria cultural de, por lo menos, los últimos cien años. Como se suele decir, una imagen vale más que mil palabras.


Lo cierto es que el prejuicio fija, pone, congela, esquematiza, en la misma medida en la que suspende la capacidad de juzgar, como llamaba Kant a esa característica esencial de la humanidad que es el pensamiento. De suerte que el pre-juzgar sustituye al juicio, a ese “mucho juicio” que los buenos padres acostumbran aconsejarle a sus hijos. Mucho juicio que es como decir ni más ni menos que: “Piensa bien antes de actuar”.

Gotha es la quinta ciudad alemana de Turingia, más o menos equidistante de Érfurt y Eisenach. No está muy lejos de Jena, el lugar de nacimiento de la Fenomenología del espíritu de Hegel. En Gotha, en 1875, se llevaron a cabo las negociaciones que dieron lugar al nacimiento del Partido Socialdemócrata Alemán. Negociaciones sustentadas sobre la base de un programa de “principios comunes” tanto a la Asociación General de Trabajadores como al Partido Socialista Obrero Alemán. “Principios comunes” que debían ser aprobados por el congreso ahí reunido para tales fines. Todo un “programa” o, más bien, todo un silabario, colmado de simplicidades, frases huecas, lugares comunes y consignas vacías, exaltantes de un obrerismo igualitarista, esculpido en el yeso de los prejuicios y las presuposiciones, que le han servido de premisa al estatismo “redentor”, populista e intervencionista. Casi de inmediato, fue objeto de un conjunto de observaciones que llevan por título: Glosas marginales al programa de Gotha, escritas por Karl Marx. Pero los organizadores del congreso –auténticos predecesores de la politiquería, la demagogia y la mediocridad que caracteriza a los llamados socialistas del siglo XXI– no solo no dieron a conocer dichas observaciones, sino que, además, las ocultaron y solo saldrían publicadas dieciséis años después, bajo el título de Crítica al programa de Gotha.

Por años, la versión oficial de la vulgata marxista ha hecho ver –¡y oír!– que el ensayo en cuestión contiene la diferencia esencial existente entre la concepción socialdemócrata y la concepción “marxista-leninista” de la sociedad. La socialdemocracia es “blanda”, una suerte de socialismo light, que se propone reivindicar, paño caliente en mano, a la clase trabajadora frente a los desalmados desmanes de los ricachones, que acostumbran aprovecharse de los buenos trabajadores y explotarlos. Por eso se empeña en crear un Estado libertario, de justicia social, en beneficio de los desposeídos y de los marginados. Es un tibio Robin Hood hecho Estado. Pero el comunismo no. El comunismo “marxista-leninista-maoísta” –¡pobre Marx!– va con todo: aplasta la propiedad privada, funda “la dictadura del proletariado”, expropia industrias, bancos, comercios; les quita a los ricos para darles a los pobres, hasta acabar con la riqueza. Controla la economía, la seguridad, la salud, los medios de comunicación y la educación, en nombre del “pueblo”. Lo vigila todo y se apropia de todo. De hecho, es el dueño absoluto de todo, el auténtico Leviatán, el Big brother. Una totalidad que carece de partes no solo no es una totalidad, es, de hecho, una parte que se autoproclama como “totalidad”. Y, en efecto, el totalitarismo no es una totalidad en sentido orgánico, sino, en todo caso, una autocracia.

Lo curioso es que, al leer en detalle el texto de Marx y compararlo con la actual situación de los regímenes totalitarios, se descubren cosas francamente sorprendentes, que hacen pensar que lo que el filósofo alemán concebía como “comunismo” es, en realidad, una efectiva radicalización del liberalismo en clave crítica e histórica. Y, en efecto, más allá de la propuesta de la creación de la famosa “dictadura del proletariado” –tomada de los afanes de la república romana por mantener el orden político y social, más que de los regímenes tiránicos o absolutistas–, el lector encontrará en las observaciones de Marx argumentos que dejarían pasmados a los gánsteres, choferes, sargentones o psiquiatras que lo han mantenido secuestrado durante todos estos años: “Eso de educación popular a cargo del Estado es absolutamente inadmisible. ¡Una cosa es determinar, por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc., y velar por el cumplimiento de estas prescripciones legales mediante inspectores del Estado, como se hace en los Estados Unidos, y otra cosa completamente distinta es nombrar al Estado educador del pueblo! Lejos de esto, lo que hay que hacer es sustraer la escuela de toda influencia por parte del gobierno y de la iglesia... es el Estado el que necesita recibir del pueblo una educación muy severa”. En una expresión, el Estado no está por encima de la sociedad civil, porque la sociedad civil es la causa y no el efecto del Estado. “A cada quien según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. Los individuos no pueden ser aplastados por ninguna “maquinaria” que anula la diversa complejidad de la sociedad. Si hubiese conocido a los Castro o a Maduro, Marx se hubiese arqueado.

¿La última cena?

Iovis dies

(¿La última cena?)

Un antiguo refrán asegura que hay tres jueves en el año que relucen más que el sol. La conciencia -dice Hegel- 'sabe lo que no dice y dice lo que no sabe'. Jueves (precisamente,Iovis dies o el día de Júpiter) fue el nombre con el cual los antiguos romanos -fundadores de la Res-publica, la 'cosa pública' , mejor conocida como la República- homenajearon al "dios de todos los dioses y de todos los hombres", protector de la ciudad y del Estado, pues de Él resultan las leyes y el orden de la sociedad.


No por casualidad, Zeus -nombre griego que da origen al de Júpiter- no sólo significa Theos (zeos, Dios) sino Ius (Justicia): nada menos que el origen -o punto de partida- y, al mismo tiempo, la estructura -el fundamento- del derecho y la ley. Fue el genial Giambattista Vico, padre del historicismo filosófico, el primero en observar, en laCiencia Nueva, que Logos Mithos (el Verbo y el Mito) nacieron de un mismo parto, tal como la forma y el contenido, o como el sujeto y el objeto. Pero, como la vida misma de las naciones, los términos no son estáticos, y lejos de perder su significado original crecen y con-crecen.

Curioso, pero históricamente comprensible, el hecho de que un nombre de origen pagano presida una de las conmemoraciones más importantes de la cultura cristiana: el jueves (Iovis) 'santo'. Obligado por la fuerza de la historia a desprenderse de sus temibles rayos ("¡zos!": de ahí le proviene su nombre); despojado de la devastación de sus tempestades, de sus habituales 'escapadas' nocturnas fuera del lecho de Juno, para terminar siendo revestido con toga monjil, crucifijo y camándula. Si de algo se sentía orgulloso el dios Júpiter no era, por cierto, de ser muy santo que se diga. Quienes juzgan los procesos históricos bajo los gruesos lentes de la lógica proposicional y de la ratio técnica, se ven forzados a voltear la mirada, a pasar el caso por inadvertido, so pena de no tener que declarar esta evidente contradicción en los términos: o se es santo o se es Júpiter. No se pueden ser las dos cosas a la vez. Y, sin embargo, el Jueves Santo es. Ha sido puesto, fijado, en el calendario oficial cristiano por el entendimiento abstracto. "¡Santo Júpiter!", exclamaría, con notoria ingenuidad, Robin, el ya legendario 'jóven maravilla', ese 'otro del otro' del avesado hombre-murciélago.

Pero más interesante todavía es el hecho de que el Jueves Santo -punto crucial de la Pasión de Cristo- sea un día, en sí mismo, contradictorio. Sublime y excelso, por un lado, porque en él se conmemora la última cena de Jesús con sus discípulos, la eucaristía o transustanciación de la carne en pan y de la sangre en vino. Y sin embargo, por el otro, día infausto e infeliz, de aciaga recordación, porque, una vez terminada la Santa Cena, Judas vende a su maestro por un puñado de denarios. Un viejo Western, protagonizado por Clint Eastwood, tiene un título más acorde con los tiempos que se viven: "Por un puñado de dólares".

Judas es un personaje poco comprendido, después de todo. El 'galáctico' lo tenía por un vulgar capitalista, dentro de ese flébil esquema de 'buenos y malos', de 'vaqueros e indios' que, con toda seguridad, tanto influyó en él durante la época de oro, por cierto, de los Western spaghetti. Como la tenue silueta de un 'Quijote' tercermundista -sin duda, una mala copia de la caverna platónica-, de tanto ver aquellos enlatados inspirados en las largas cabalgatas de cuatreros, los atracos a las diligencias cargadas de dólares, las balaceras en pleno pueblo y los ajusticiamientos de indios en las minas de oro, "se le secó el cerebro". Judas 'el malo', el capitalista. Cristo 'el bueno', el socialista. Hay, sin embargo, otras versiones. Por ejemplo, que Cristo le exigió a Judas entregarlo, ya que él era su más fiel discípulo, por lo que le correspondía asumir un encargo tan doloroso. De ser así, de ser Judas el más cercano, el más afín de los discípulos de Jesús, el esquema de nuestro Buzz Lightyear del llanoy de todo su comando intergaláctico, quedaría reducido a 'polvo cósmico', porque entonces Judas ya no sería más un capitalista, sino, todo lo contrario, un seguidor de las enseñanzas del "primer socialista" de la historia.

De todas estas elucubraciones quedan, no obstante, algunas posibles hipótesis para la reflexión, relativas, por ejemplo, al cómo queda en todo esto un tipo de la calaña deRaúl Castro, es decir, del 'nuevo mejor amigo' del presidente de los Estados Unidos, Barak Obama. Presidente, como se sabe, de una Nación que ha hecho de cada dólar -capitalista- un motivo de confianza en Dios: "In God we trust". El 'viejo mejor amigo' de Nicolás Maduro parece haber dado un gran viraje. Y es muy probable que dentro de poco pueda llegar a afirmar, no sin la osadía que caracteriza a los vividores de oficio, que  los norteamericanos y los cubanos "somo la mima cosa" (sic); frase con la cual, no hace mucho tiempo, el señor Castro definiera la -más que estrecha- apretada relación de Cuba y Venezuela. ¿Quién es el Judas en toda esta entramoyada circunstancia? ¿Será el presidente Obama? ¿Será Raúl o, tal vez, su hermano Fidel, tras bambalinas? Y, a todas estas, ¿Qué papel ocupa dentro de este caviloso escenario el presidente Maduro?, ¿acaso el de Judas, rechazado por sus condiscípulos y obligado a cometer un 'autosuicidio' político o, más simplemente, el de padecer cual "Cristo crucificado"? ¿Quién ha traicionado a quién?

Todos los caminos conducen a La Habana, habría que decir, mutatis mutandi. Pero, de ser así, y dentro del esquema galáctico-maniqueísta, da la impresión de que Castro le ha dado un beso en la mejilla al presidente Maduro para, luego, entregarlo en bandeja de plata al "Imperio". Fuera del formato Western, el Judas caribeño resultaría ser nada menos que un sacrificado discípulo, penosamente obligado por las ruedas del molino de la historia a entregar al otrora camarada, su 'viejo mejor amigo'. Pero, además, ello confirmaría -¡oh, misterio revelado!- que ni él ni su hermano eran, en realidad, socialistas, sino más bien, fieles 'discípulos' del gran capital, cuya trust in God, muy a pesar de todo, siempre mantuvieron intacta. Todo indica que está cerca "la última cena" de Nicolás, y, esta vez, con exiguas posibilidades de transustanciación.
El emperador Costantino tiene metidas las manos hasta los codos en toda esta truculencia teológico-política. Y, a todas estas, el pobre Júpiter, devenido 'santo y seña', carga sobre sus anchos hombros el peso del discurrir de la cultura occidental

El devenir del comunismo

Por @jrherreraucv
El devenir del comunismo.
La mayor parte de la opinión pública concibe el comunismo sobre la base de una serie de supuestos que, en realidad, poco –o nada– tienen que ver con lo que efectivamente sostuvo su mayor exponente, quien no fuera, por cierto, un profeta místico, ni un sacerdote ortodoxo o budista, ni mucho menos una suerte de Rasputín de la vida política, sino un filósofo alemán, crítico por lo demás, y asiduamente formado dentro de la Escuela de Hegel. Este último, tal vez, el más grande e influyente filósofo de todos los tiempos. De hecho, la historia de la filosofía se divide cabalmente en dos: antes y después de Hegel. Incluso, la gran ansiedad que sufre toda filosofía contemporánea, como ha recordado recientemente un filósofo norteamericano, está en que, sea cual sea el camino que tome, termina en un callejón sin salida, y en cada uno de esos caminos se encuentra a Hegel, aguardando con una sonrisa. El llamado fundador del “comunismo moderno”, el filósofo crítico discípulo de Hegel, se llamaba Karl Marx.

La filosofía de Marx tiene su origen en el estudio de la filosofía alemana, de la teoría política francesa y de la economía política inglesa, la cual por cierto era, por entonces, relativamente de reciente data. No hay en la formación teórica de Marx ningún interés por la civilización oriental, ni china ni rusa. La única vez que se interesó por el estudio de tal civilización fue para denunciar el modo de producción asiático como la cabal expresión de la barbarie autocrática y el esclavismo. Su formación fue, en consecuencia, estrictamente occidental y, más precisamente, eurocéntrica. Detestaba profundamente el despotismo, bajo cualquiera de sus manifestaciones históricas.

Hay que imaginarse al filósofo y estudioso de la economía política, exiliado en la Inglaterra del siglo XIX, con sus calles húmedas y enlodadas, las contaminantes emanaciones que brotaban de las numerosas fábricas, con su febril proceso productivo, en pleno desarrollo de la Revolución Industrial. Los trabajadores apiñados a las puertas de las fábricas buscando un empleo, aunque fuese por un día, o por una semana; con una jornada laboral superior a las diez horas continuas, sin tregua. Mujeres y niños enrolados en el gran “ejército” de la producción y convertidos, al poco tiempo, en auténticos despojos humanos. No hay seguro médico, ni garantías contractuales, ni prestaciones sociales, ni asueto laboral, ni cajas de ahorro. Solo hay jornada laboral o desempleo. O se trabaja, de acuerdo con las “condiciones” establecidas por las empresas o, simplemente, no se trabaja. Y cuando no hay trabajo hay hambre, frío, penuria y una muerte segura. Las cuantiosas ganancias de las empresas, de un lado. Los miserables salarios de los productores de la riqueza, por el otro, reducidos, como dice Marx, a la condición de bestias, pues apenas si el salario les alcanzaba para cubrir sus necesidades básicas: comer, vestirse y reproducirse.

Ya desde la primera parte del siglo XIX, los teóricos franceses de la política –Saint-Simon, Fourier, Cabet, entre otros– habían comenzado a expresar con énfasis la necesidad de implementar una nueva forma de vida estatal, en la cual la riqueza fuese controlada y equitativamente distribuida. Las formas del libre cambio, generadoras de la injusticia social, debían concluir para dar paso a una sociedad que recuperara la bondad natural y la igualdad –también esta, natural– de los seres humanos. La riqueza social debía ser compartida entre todos, con lo cual sería posible recuperar la condición originaria de la humanidad, su talante bondadoso. El Estado tenía que garantizar la justicia y la equidad, eliminando la diferencia entre lo público y lo privado, a consecuencia de lo cual se había escindido, desgarrado, esquizofrénicamente, al género en dos mitades, transformándolo en una suerte de Doctor Jekyll y Mister Hyde. No por casualidad, el autor de esa conocida novela, Robert Louis Stevenson, fue también testigo presencial del surgimiento del sistema económico, social y político de aquella época de miserias materiales y espirituales. Su hombre desgarrado en dos mitades, es decir, en un buen citoyen y en un siniestro bourgeois, es el fiel reflejo de la monstruosa separación generada por las insuficiencias de un mundo regido por el interés material y el frío cálculo.

Marx fue un apasionado lector de Shakespeare. El asesinato del rey Hamlet a manos de su esposa y de su hermano, el “algo huele a podrido en Dinamarca” y el espectro del rey acusando con su aterradora presencia a sus asesinos, debió impactar al filósofo alemán tremendamente. De hecho, su Manifiesto Comunista se inicia con la figura de un espectro que, esta vez, recorre a toda Europa, denunciando el crimen cometido por la sociedad del desgarramiento contra los trabajadores. Pero su denuncia, que en principio coincide con los teóricos del socialismo francés, pronto se aferra a Hegel, no al enciclopedismo ni a Rousseau, como creyó Galvano Della Volpe. Para Marx, como para Hegel, los hombres son historia, “actividad sensitiva humana”. No nacen buenos: se hacen –o no se hacen– buenos mediante la educación, la formación cultural (ire eigemen Bildungselemente). No hay justicia y equidad por “naturaleza” –y aquí Marx se distingue también, necesariamente, del anarquismo. La civilidad se conquista en virtud de la educación. Por lo demás, el Estado –por entonces comprendido exclusivamente como la sociedad política– no es, por definición, el garante ni de la justicia social ni de la equidad, porque el Estado, históricamente, surge con el objetivo de controlar a los individuos, de “orientarlos” –en realidad, de someterlos–, obligándolos a ser dependientes de él, a seguir sus reglas, incluso por la fuerza. En fin, los hace heterónomos. Piénsese en el Leviatán de Hobbes. Es por eso que para Marx un supuesto “Estado comunista” es una contradictio in terminis, porque el comunismo, para él, es la “superación que conserva” tanto la propiedad como el Estado. En otros términos, no se trata, según Marx, de eliminar la propiedad, como tampoco de suprimir toda forma de organización social y política. Se trata de su “superación y conservación, simultáneamente comprendidas” tanto de la propiedad (Aufhebung, zusammenfassen) como del Estado. La primera, bajo la premisa de atribuir “a cada quien según sus necesidades y a cada cual según sus capacidades”, porque no hay sociedad sin justicia, pero tampoco la hay sin el reconocimiento de la meritocracia. El segundo, con la promoción de un “Estado ético”, es decir, una organización de la sociedad sustentada en el consenso y no en la coerción. A medida que la humanidad es más culta, mejor formada, más educada, se hace más autónoma, más libre. Y se enriquece espiritual y materialmente. No requiere de un gendarme controlador, ni de un “Big Brother”, ni de un líder supremo.

Comunismo no es, pues, y según Marx, la “igualdad por abajo”, la repartición de la pobreza, ni es la sociedad de los “controles”, de la opresión, de la promoción del atraso, la miseria y la ignorancia. Esa es la sociedad de los Stalin, de los Mao, de los Kim Il Sung, de los Castro o de los “fascismos rojos”, como el que regenta el poder tiránico en Venezuela. Ese tipo de ejercicios autocráticos nada tiene que ver con el concepto de comunismo comprendido por Karl Marx. Se podrá compartir o no. Podrá ser una utopía, nada científica, por cierto. Pero en ningún caso es un régimen despótico. De mediocres lectores e intérpretes o de camarillas con oscuros intereses está plagado el mundo. ¡Cuántas canalladas no se han dicho y hecho en nombre de Cristo, de Bolívar o de Marx!