La dialéctica de Nadie en Odiseo y la razón

Descubre la dialéctica de Nadie: cómo Odiseo se anula para sobrevivir y el análisis de Adorno y Horkheimer sobre el origen de la razón y el mito.
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Dialéctica de Nadie

Figura de Odiseo perdiendo su identidad frente al cíclope Polifemo
Odiseo se salva renunciando a su nombre y deviniendo Nadie.

“El poeta que no es uno, nombra al héroe que es Nadie”
Giambattista Vico

“El Dasein e s el lugarteniente de Nadie” Martin Heidegger

“Salva su vida en cuanto se hace desaparecer”. TW Adorno y Max Horkheimer

“No tiene facultades constitucionales: ¡es Nadie!” Miguel Rodriguez F

Existen momentos en los que un determinado individuo puede salvarse dejando de ser quien es o qué ha sido. Odiseo lo supo cuando, frente a Polifemo, le respondió a la pregunta por su nombre con una palabra que intentaba negarlo: “έγω ούτις είμι” (“yo soy Nadie”). El argucioso no dice que su nombre sea desconocido, ni que no quiera revelarlo. Dice algo más extraordinario: que no es nadie.

El sofisma parece elemental. De ahí que, después de cegar al Cíclope, cuando los otros gigantes acuden a la llamada de sus gritos y le preguntan quién o qué le ha hecho daño, Polifemo responde: “¡Nadie!”. El culpable quedó oculto y pudo escapar. No obstante, la escena homérica contiene algo mucho más profundo que la simple estratagema destinada a engañar al monstruo. La palabra que permite la fuga es, al mismo tiempo, la palabra mediante la cual el sujeto renuncia a su propia identidad. Odiseo se salva dejando de ser lo que ha sido, anulándose, deviniendo Nadie .

Y aquí comienza una de las escenas más extraordinarias de la historia de la razón. Porque Nadie no es simplemente la ausencia de alguien. Nadie es la forma negativa bajo la cual alguien consigue conservarse. Paradójicamente, la identidad aparece mediante su propia negación. Odiseo puede volver a ser Odiseo porque ha logrado dejar de ser Odiseo.

La astucia consiste en haber descubierto que entre la palabra y aquello que la palabra nombra puede abrirse una brecha. El nombre deja de estar mágicamente unido a la cosa. Puede ser manipulado, invertido, separado de su referente. Odiseo puede significar Nadie y Nadie puede ser, precisamente, la manera de conservar a Odiseo. Ahí donde el mundo mítico permanece sujeto al poder del nombre, comienza a insinuarse otra forma de relación con las cosas: la del sujeto que se distancia de ellas para poder dominarlas.

T.W. Adorno y Max Horkheimer encuentran en esta escena una de las figuras originarias de la conciencia de la Ilustración. El episodio de Polifemo muestra que la razón no comienza cuando desaparece el mito. Más bien, comienza dentro de él, en el momento en el que el sujeto aprende a utilizar sus propias reglas para sustraerse de su poder. La Ilustración no llega desde fuera del mito: nace de él y, al nacer, conserva aquello contra lo cual se constituye. Pero no solo. La escena contiene, además, el fenómeno de la inversión. Polifemo representa el mundo que aún no ha alcanzado la identidad reflexiva. Es fuerza inmediata, naturaleza bruta, brutalidad que no distingue aún entre las palabras y las cosas. Por eso puede ser engañado, timado. El cíclope escucha «Nadie» y queda atrapado en el nombre. Su propia incapacidad para separar palabra y cosa se convierte en el instrumento de su derrota. Podrá ser hijo de Poseidón, pero nada sabe de psiquiatría.

La dialéctica de Nadie consiste en que la negación de su nombre no es una simple ocultación. Su audacia constituye el acto originario mediante el cual el individuo se emancipa de la identidad inmediata que lo expone al poder de lo mítico. El sujeto se salva haciéndose Nadie: renuncia provisionalmente a ser quien es para poder llegar a serlo de nuevo. La identidad nace de su propia negación y la autoconservación exige el sacrificio de su identidad inmediata. Adorno y Horkheimer descubren en esta astucia el germen de una tragedia: lo que comienza como liberación frente al mito termina convirtiéndose en el principio del dominio, porque el sujeto que aprende a negarse para sobrevivir aprende también a convertir la negación en un instrumento. Nadie terminará siendo la primera figura del sujeto ilustrado: aquel que se constituye mediante la distancia respecto de sí mismo y que, al hacerlo, descubre que la razón de su supervivencia puede ser también la razón de su sometimiento.

Por otro lado, valdría la pena preguntarse: ¿qué sucede con Polifemo cuando Odiseo consigue escapar? ¿Ha sido simplemente vencido? ¿Ha quedado incorporado en aquello mismo que lo ha vencido? La pregunta importa, porque la contradicción no desaparece cuando uno de los términos parece haber triunfado sobre el otro. En realidad, solo se ha cambiado de posición. Porque toda imagen se duplica, pero al duplicarse se trastoca e intercambia. Lo que parecía estar fuera reaparece adentro; lo que debía ser superado termina formando parte de la forma mediante la cual se produce la superación. Ese, por cierto, es el movimiento secreto de Nadie. Los presuntuosos amantes de los “botines de guerra” podrían tener la necesidad de prestar mayor atención a la duplicación de las oposiciones que se proyectan en las imágenes. En el Caribe, Polifemo y Nadie devienen corsarios, bucaneros.

De un lado, Odiseo se convierte en Nadie para escapar de Polifemo. Pero del otro, Polifemo queda atrapado en el Nadie que lo designa. El que representa la fuerza bruta inmediata termina convertido en víctima de la astucia de una abstracción lingüística. Y la razón que lo derrota solo puede hacerlo adoptando momentáneamente la forma de aquello que pretende superar: la indeterminación, la apariencia, la semejanza. La astucia consiste en parecer nadie para poder seguir siendo alguien. La contradicción no ha sido eliminada. Ha cambiado de figura. Es lo que Vico llama “la barbarie de la reflexión”, un término que Adorno y Horkheimer no pueden no celebrar.

Por eso la fuga de la caverna no es todavía la liberación. Escapa de Polifemo, pero no de la contradicción que ha hecho posible su escape. Más aún: cuando ya se encuentra a salvo, necesita recuperar su nombre. No puede permanecer siendo Nadie. Grita quién es, proclama su origen, restituye la identidad que había debido abandonar para salvar la vida. Y entonces aquello que parecía superado vuelve a alcanzarlo. El nombre que había sido despojado de su poder retorna convertido en destino. El ardid de quien había descubierto que podía salvarse siendo Nadie, al perder su nombre, descubre que no puede vivir sin recuperarlo. La astucia se vuelve soberbia y la emancipación vuelve a quedar sometida a lo que pretendía dominar.

Acá se encuentra el significado más hondo de la Dialéctica de la Ilustración: no es que la racionalidad se transforme accidentalmente en barbarie, es que aquello que la razón combate reaparece en el interior de su propio ser. La barbarie no se encuentra al comienzo de la historia para ser posteriormente vencida por la Ilustración. Regresa con fuerza en la misma figura que la Ilustración produce para vencerla. El término de la una deviene el principio de la otra.

No se trata de un círculo cerrado sino, más bien, de un círculo de círculos que van formando el gran laberinto de la historia. La historia no vuelve simplemente al mismo lugar. Quizá sus anteriores figuras regresen, pero transformadas. El mito reaparece bajo la forma de entendimiento y racionalidad instrumental; y la razón, no sin sorpresa, llega a descubrir en su interior lo que creía haber dejado atrás. Lo que parecía exterior se vuelve interior y, al hacerlo, modifica los términos de la contradicción. Por eso el verdadero laberinto de Odiseo comienza después de la experiencia con Polifemo. La obscuridad de la caverna apenas representa el primero de sus encierros. Y aunque la fuga le abre el camino, el regreso ya no puede ser comprendido como un simple volver. Deberá atravesar las formas sucesivas en las que lo que ha sido negado reaparece bajo otra figura. El ardid de Nadie tendrá que reconstruir lo que de hecho es, su quién se es. El camino de regreso es también el camino hacia sí mismo. No hay salida sin recorrido ni identidad sin pérdida. Nadie no es el nombre de la ausencia. Es el nombre de una contradicción no resuelta bajo el clamor de justicia.

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