LAUREANO
GÓMEZ Y ABELARDO DE LA ESPRIELLA: LA PATRIA COMO TRINCHERA DEL AUTORITARISMO
Jesús Alejandro Villa
Lic. en Filosofía - Politólogo
Tras
el proceso electoral que vivimos en Colombia, donde millones votaron por una
postura, a todas luces, autoritaria, quiero compartir unas líneas de ideas
sobre el fascismo en Colombia, y para ello quiero revisar el hilo conductor
entre Laureano Gómez y el Señor De la Espriellla: El Monstruo y el Tigre, este
último avalado en su candidatura, precisamente, por el partido de los herederos
políticos y de sangre de Laureano Gómez.
Para
empezar, hay que decir que comparar a Laureano Gómez con Abelardo de la Espriella
no significa decir que son idénticos, ni ignorar los más de setenta años de
distancia que los separan, eso sería pueril, sino ir a lo profundo de sus
prácticas y discursos.
Gómez
gobernó un país rural que se desangraba a machete en medio de La Violencia
bipartidista del siglo XX, y aunque el tiempo real de su presidencia fue corto,
su influencia en las barbaries cometidas en la violencia, fue determinante.
De la
Espriella, en cambio, se mueve en la Colombia actual: una sociedad regida por
la mutilada Constitución de 1991 y profundamente polarizada en este 2026, justo
terminando el primer gobierno progresista de la historia del país.
Entre
esos dos personajes hay un hilo conductor alarmante que los une: ambos
construyen su proyecto político sobre la base de una "patria”
supuestamente amenazada por un enemigo interno, y señalo que esto es alarmante
pues ya sabemos lo que implico en la década del 50 del siglo pasado, o incluso
lo que esa lógica supuso en los tiempos, más recientes de los gobiernos de
Álvaro Uribe, lo que no puede más que encender alarmas sobre cómo podría ser el
gobierno de Abelardo de la Esperilla, al sustentarse en el mismo discurso y
lógicas de acción.
Para
los dos, el orden, la mano dura y la coacción no son herramientas de última
opción, sino soluciones autoritarias que imponen por encima de la deliberación
y el pluralismo democrático, como lo hizo, en su momento, el Partido
Conservador y su dirigencia con su policía política y lo anuncia, ahora, el
señor De la Espriella: los unos destriparon por miles, el otro lo anuncia sin
rubor en medios y redes.
Para
entender este paralelo, hay que despojarse de la idea ingenua de que el
fascismo es solo una camisa negra o un desfile militar y verlo como algo lejano
en la historia y superado con la derrota de la Alemania Nazi a manos del
Ejército Rojo.
El
pensador Robert Paxton explica que el fascismo se reconoce por sus “pasiones
movilizadoras”: la obsesión con una supuesta decadencia nacional, el uso del
miedo y la manipulación de las masas para que sacrifiquen sus libertades en
nombre de una salvación mesiánica. Esto, hasta la muy conservadora Iglesia
Católica Colombiana, lo vio en el señor De la Espriella, al punto que la
Conferencia Episcopal llamo a no votar por salvadores.
Cuando
el desacuerdo deja de ser una postura legítima y su expresión un derecho, y
desde una orilla política se etiqueta como “enemigo a ser eliminado” a quien
piensa diferente, la democracia empieza a ser desmantelada.
Justamente
los discursos de Laureano Gómez y de Abelardo de la Espriella permiten identificar
señales claras de autoritarismo, comprobadas las del primero en la práctica y
pagadas por Colombia con ríos de sangre dúrate la violencia, y evidenciadas,
las del segundo, como amenaza directa a la democracia y las libertades, en el
momento actual, bajo la sentencia “destripar a la izquierda”
En
Laureano Gómez, su partido y la iglesia católica de ese momento, la violencia
verbal fue la antesala del exterminio, como bien lo ejemplifica la tristemente
célebre frase de monseñor Builes “matar liberales no es pecado”
Laureano
Gómez representa uno de los capítulos más nefastos de la historia colombiana.
Su visión política no nacía del respeto a la soberanía popular, sino de una
concepción profundamente elitista, excluyente y teocrática. No veía a los
colombianos como ciudadanos con derechos, sino como un “pueblo de equivocados”
al que una minoría selecta debía someter y corregir. Para él, la democracia
liberal y el voto universal eran errores que debían erradicarse.
En
1942, frente al Congreso, dejó clara su intolerancia:
“Yo hablo en nombre de los principios de la
doctrina católica, que están expresados en las obras filosóficas de Santo
Tomás, que dice cómo debe organizarse un Estado”
Su sintonía
con el fascismo europeo no era una copia superficial. Su espejo fue el
nacional-catolicismo del franquismo español y el corporativismo de Oliveira
Salazar. Utilizó el poder para intentar reformar la Constitución con un único
fin: debilitar al Congreso, asfixiar la separación de poderes y reemplazar la
representación ciudadana por corporaciones controladas desde la presidencia.
Véase la similitud con el discurso del señor Abelardo, su desconocimiento de
las instituciones, su desdén por la pluralidad democrática, su servilismo al
gran capital.
El
verdadero daño del laureanismo fue su capacidad para deshumanizar al rival
político a través de la palabra. Al crear el mito del “Basilisco”, una metáfora
donde el cuerpo liberal estaba movilizado por la cabeza del comunismo, Gómez
transformó al opositor en un enemigo mortal al que era legítimo eliminar.
En
tiempos de Laureano Gómez como hoy con de la Espriella, no faltaron voces que
alertaron sobre su peligro. Alberto Lleras Camargo advirtió, con angustia, el
peligro de esta retórica destructiva: “¡Llegaremos
hasta la acción intrépida y el atentado personal y haremos invivible la República!
Es el régimen de la amenaza”.
El
resultado de este discurso de odio fue un país fracturado, miles de muertos y
la normalización de la violencia como método de control político. De la
Espriella y la “Patria Milagro”, siete décadas después, revive el riesgo del
mesianismo punitivo.
En la
actual coyuntura de 2026, Abelardo de la Espriella reactiva esos mismos
mecanismos autoritarios, adaptados a la era del espectáculo digital. Su
movimiento, Defensores de la Patria, explota el miedo ciudadano y la
inseguridad para proponer una estructura de tintes neofascistas: el culto a la
fuerza, el nacionalismo agresivo y la división del país entre “patriotas” y
“traidores”.
En su
documento programático, “Primeras 13 propuestas para reconstruir la Patria
Milagro” y sus múltiples intervenciones públicas, el disenso es criminalizado
directamente. Al calificar las iniciativas de paz o las posturas de sus
opositores como una “traición a la patria”,
De la
Espriella anula cualquier posibilidad de debate democrático. Si quien piensa
diferente es un traidor, se abandona la política y se entra en la lógica de la
guerra: al enemigo no se le convence, se le destruye, se le destripa.
Su
campaña se sostuvo sobre la falsa promesa de un orden inmediato mediante la
fuerza bruta, con consignas como “90 días para retomar el país”
Aunque
la complejidad del orden público lo ha obligado a camuflar su discurso bajo la
idea de un “plan de choque”, la raíz de su propuesta sigue siendo el desprecio
por los contrapesos institucionales, como lo evidencia su anuncio de gobernar
mediante la firma exprés de 90 decretos extraordinarios, en una estrategia
explícita para pasar por encima del Congreso y de los jueces, imitando el
estilo autocrático de presidentes como Nayib Bukele o Javier Milei.
Este
proyecto autoritario busca legitimación internacional aliándose con las
corrientes más radicales de la derecha global. El propio Donald Trump, tras el
triunfo de De la Espriella en la segunda vuelta, evidenció este respaldo de
forma pública: “Estaba en el décimo lugar. Lo apoyé y ganó las elecciones...
Será un gran presidente”. La sumisión a esta agenda se hizo evidente cuando De
la Espriella prometió que “Colombia hará parte del Escudo de las Américas”,
abriendo la puerta a operaciones militares conjuntas que comprometen la
soberanía nacional en nombre de una cruzada ideológica.
Su
talante intimidatorio quedó sellado en su propio discurso de victoria, donde
lanzó una advertencia directa a la oposición parlamentaria: “No se equivoque
doctor Cepeda, ya usted sabe lo duro que muerde el tigre”.
Los
elementos que hemos señalado, de forma breve, evidencian que, aunque son dos
épocas, el peligro es el mismo, y no es poca cosa.
Las
diferencias entre ambos reflejan las herramientas de sus respectivos tiempos,
pero el objetivo de control social es el mismo. Laureano Gómez utilizaba la
prensa partidista tradicional (El Siglo) y los púlpitos de las iglesias para
encender a una población rural. De la Espriella utiliza el algoritmo de las
redes sociales, los tribunales mediáticos y la puesta en escena para movilizar
el resentimiento y el miedo de una población urbana desgastada, pero en ambos
casos movilizando pasiones similares.
Mientras
Laureano intentó cambiar las leyes para perpetuar un Estado corporativo y
excluyente, De la Espriella busca un hiperpresidencialismo que someta los
poderes públicos a la voluntad de un solo hombre.
Parafraseando
un poco, hay que decir que la historia demuestra que las democracias rara vez
mueren por un golpe de Estado violento de la noche a la mañana; se debilitan y
caen desde adentro cuando la sociedad normaliza el lenguaje del odio y la
exclusión.
Laureano
Gómez dejó una herida imborrable al pretender gobernar un “pueblo de
equivocados” mediante la violencia y el sectarismo. Abelardo de la Espriella,
bajo el ropaje de la “Patria Milagro”, representa la versión contemporánea de
ese mismo peligro: un mesianismo populista que utiliza el miedo de los
ciudadanos, se ampara en el ala más radical de Washington y pretende gobernar
mediante el autoritarismo de los decretos ejecutivos.
Cuando
un proyecto político exige renunciar a las garantías constitucionales a cambio
de una supuesta seguridad, y cuando la crítica es perseguida como traición, la
república corre el riesgo de convertirse en el feudo de un autócrata.
Ante
un gobierno que se presagia, si cumple sus mismas promesas, como absolutamente
peligroso las alarmas democráticas en Colombia no pueden apagarse, y allí toda
la ciudadanía que se considera demócrata y amante de la libertad tiene que
despertar, pues no solo están en juego las conquistas sociales sino la
existencia de la democracia, las libertades individuales y la vida misma de
miles, sino millones de personas.
Junio 24 de 2026
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