El odio. Ante esta declaración, el pensar meditativo no puede apresurarse a juzgar, ni a condenar sumariamente, ni mucho menos a aplaudir. El pensar debe, ante todo, escuchar la tonalidad afectiva que aquí se expresa, para preguntar por su proveniencia y por su verdad. Pues el odio, como toda disposición afectiva, es un modo de abrirse el Dasein al mundo, un modo de encontrarse en medio de los entes. La pregunta no es si odiar es bueno o malo según un código moral (eso sería lo óntico), sino: ¿qué revela el odio sobre el ser del Dasein, y qué vela al mismo tiempo?
I. El Odio como Modo de la Caída.
El odio comúnmente conocido, es un odio selectivo. Se dirige contra los necios, los tontos, los incapaces, los cretinos, contra esa masa informe del vulgo que se balancea como patos, que mira con la boca abierta, que se revuelca en el tibio fango de su trivialidad.
Sin embargo, el análisis ontológico del Dasein nos muestra que este vulgo, este "se" (das Man), no es un conjunto de otros individuos que nos asedian. El "se" no está afuera; es un modo de ser de cada Dasein. La medianía, la nivelación, la publicidad; todo aquello que el autor execra; son estructuras constitutivas del ser-en-el-mundo cotidiano. El Dasein es, en su facticidad, siempre ya caído en ese "se".
Por lo tanto, quien odia al «vulgo» está odiando, sin saberlo, una dimensión de su propio ser. El odio es aquí un intento desesperado por arrojar fuera de sí la propia impropiedad, por localizar la amenaza de la dispersión en un enemigo exterior. Es la hybris de creer que uno puede arrancarse del "se" con un gesto de repudio, cuando en verdad la autenticidad no se conquista mediante el desprecio, sino mediante la asunción de la propia finitud.
II. El Odio como Imposibilidad de la Serenidad.
El que odia proclama su aislamiento: "me he complacido en aislarme*. Y, desde ese aislamiento, odia. Pero preguntémonos: ¿puede el Dasein auténtico, aquel que se ha vuelto hacia su ser-para-la-muerte y ha asumido su cuidado (Sorge), odiarse a sí mismo? ¿O, más bien, la autenticidad no es quizás un modo de serenidad ante los entes, incluidos aquellos que llamamos necios?
La serenidad heideggeriana, pensada a partir de la Cuestiones sobre la técnica, es el "dejarse-ser" de los entes en lo que son. No es indiferencia, sino respeto por la presencia de lo ente en su ocultamiento. El Dasein que odia al necio ya no puede dejarlo ser necio. Quiere aniquilarlo, someterlo a la plaza de Grève. Este querer-aniquilar es la esencia del Gestell (la Im-posición técnica) aplicada al hombre mismo: reducir al otro a un fondo disponible (Bestand), que estorba y que debe ser ordenado.
El odio, en este sentido, es la imposibilidad de la serenidad. Es el fracaso del pensar que no puede habitar la diferencia entre el Ser y los entes, y que proyecta su propia angustia (Angst); esa disposición que abre a la Nada; sobre un enemigo concreto. El odio es la angustia mal comprendida y mal dirigida.
III. El Odio y la Confusión entre lo Óntico y lo Ontológico
Quien odia afirma: Odio a los hombres incapaces e impotentes; me molestan. Notemos la reducción: el otro Dasein es juzgado según su capacidad o impotencia para hacer algo. Es una medición del valor del hombre por su utilidad (la medianía que se opone al hombre de valor). Este es el lenguaje de la técnica y de la voluntad de poder, no el del pensar del Ser.
El Dasein no vale por su capacidad. El Dasein es valioso por ser el "ahí" (Da) del Ser, independientemente de su torpeza, su lentitud o su necedad. El«necio no es un subproducto desechable del proceso histórico; es, como todo Dasein, un pastor (aunque dormido) del claro. Querer "matar a los necios" es querer cerrar el claro mismo, porque el claro se abre precisamente en la pluralidad y la diferencia de los modos de ser.
El que odia confunde el poder-ser-propio, con el poder-hacer útil. Es la confusión más profunda de nuestra época técnica. Y al confundirlos, propone una solución técnica: leyes, ejecuciones, para un problema ontológico: la incomodidad de la convivencia con lo otro.
IV. El Odio como Negación del Ser- con.
El Dasein es siempre ser-con. Incluso en el aislamiento más radical, el Dasein es co-determinado por los otros. El odio, al querer aniquilar al otro en su alteridad, niega esta estructura fundamental. Quiere un mundo sin «se», un mundo de "fuertes" solitarios. Pero ese mundo sería el fin del Dasein como tal, porque el Dasein sólo es en la apertura a lo otro.
El aislamiento del que habla el que odia no es el de quien se retira para escuchar la llamada del Ser, sino el de quien se encierra en su propia subjetividad enfurecida. Es el aislamiento de la voluntad que no soporta el espejo de su propia finitud reflejado en la necedad ajena.
Conclusión: Más Allá del Odio, la Pregunta
No condenamos al que odia en el texto. Su grito es el grito de un Dasein herido por la mediocridad, sofocado por el «se» de su época. Es un grito comprensible, humano. Pero no es un pensar.
El pensar no odia. El pensar pregunta. Y la pregunta que debemos hacernos (en lugar de redactar listas de ejecución), es: ¿Por qué la presencia del necio nos resulta tan insoportable? ¿Acaso no es porque en él, deformada y grotesca, se esconde la misma pregunta por el Ser que nosotros hemos olvidado? ¿Acaso su "baba de medianía" no es también un modo, aunque oscuro, de habitar el mundo?
El odio consuela, dice este texto. Sí, como consuela la borrachera. Pero la autenticidad no necesita consuelo. Necesita claridad, silencio, escucha. La única respuesta digna del "insolente reinado de los tontos" (como temió Sócrates), no es la guillotina, sino el pensar que, en su lentitud, en su torpeza (como el sabio del Tao que el odiador despreciaría), aprende a dejar ser a los tontos, a los incapaces, a los necios. No por bondad barata, sino porque en ese dejar-ser se abre, por fin, el claro donde el Ser puede brillar, y donde el Dasein, fuerte o débil, listo o torpe, encuentra su única morada común: el misterio de que hay entes en lugar de nada.
El odio no es santo. El odio es el olvido del Ser hecho pasión. Solo el pensar que interroga, y la serenidad que deja ser, son el comienzo de lo que salva.

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