De El hombre unidimensional al sujeto algorítmico
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| La transición del hombre unidimensional de Marcuse al sujeto algorítmico contemporáneo. |
En 1964, Herbert Marcuse publicó una de las obras más incisivas y contundentes producidas por la teoría crítica de la sociedad, conocida también como la Escuela de Frankfurt. Se trata de El hombre unidimensional, un ensayo en el que Marcuse presentaba el diagnóstico de la transformación radical sufrida por las sociedades industriales avanzadas: la cada vez mayor y más sistemática desaparición de la capacidades crítico-negativas en los individuos y su progresiva sustitución por una forma de integración “positiva” total con el sistema. Lo que el filósofo alemán denunciaba en su obra no era el compendio de una simple mutación económica, social o política, sino la reconfiguración de toda la estructura sobre la cual se sustentaba, hasta entonces, la actividad sensitiva humana.
Así, pues, ser “unidimensional” implicaba estar inmerso en la reducción del pensamiento a una sola dimensión: la de lo dado, lo puesto, lo inmediato, lo plano y funcional. El individuo estaba perdiendo la capacidad de comprender críticamente la realidad, de imaginar y pensar alternativas, de negar y rechazar lo establecido, lo im-puesto. En términos conceptuales que dialogan con Hegel y Adorno, Marcuse afirma que la negatividad -esa potencia de decirle que “no” al mundo tal como aparece- termina siendo absorbida por un sistema que logra integrar, incluso, lo que rechaza. Un fenómeno que se vincula estrechamente con el desarrollo de la racionalidad instrumental. No se trata simplemente del avance de la técnica, sino de su transformación bajo la forma de racionalidad dominante. La razón deja de ser crítica para convertirse en un instrumento que mide, calcula, organiza, pero no cuestiona. Marcuse radicaliza, así, la crítica hecha por Horkheimer a la razón instrumental y muestra cómo la tecnología no solo produce bienes, sino también formas de conciencia. El sujeto se adapta a los imperativos del sistema productivo y consume no solo objetos, sino modos de vida prefabricados, pre-su-puestos (positum o positivos).
Uno de los núcleos del diagnóstico de Marcuse se centra en la idea de las “necesidades falsas”, que no son impuestas de manera externa y coercitiva, sino interiorizadas y asumidas como si fueran propias. El individuo desea lo que el sistema necesita que desee. La sociedad de consumo, lejos de liberar, consolida la dominación al generar satisfacción en la dependencia. Y aquí la crítica alcanza una dimensión casi paradójica: la opresión ya no es percibida como algo hostil, sino, más bien, como una forma de bienestar.
En este contexto, la cultura -que en anteriores formaciones histórico-sociales funcionaba como espacio de distanciamiento y crítica- se convierte ahora en un instrumento de integración del dominio. El arte, el lenguaje, los movimientos ideológicos, son absorbidos por la lógica del sistema. El pensamiento pierde su tensión dialéctica para degenerar en discurso positivo. La “sociedad sin o-posición”, descrita por Marcuse, no es una sociedad sin conflictos: es una sociedad en la que los conflictos han sido neutralizados de su potencial carga transformadora.
A más de medio siglo de la publicación de esta obra de Marcuse, la cuestión consiste en saber si su diagnóstico todavía conserva alguna vigencia para el presente. A primera vista, se podría decir que la sociedad contemporánea, atravesado por múltiples crisis, polarización política y proliferación de discursos de confrontación, termina desmintiendo una tesis centrada en la unidimensionalidad. Y sin embargo, una mirada más detenida sugiere lo contrario: el argumento desarrollado por Marcuse no solo no pareciera no haber desaparecido, sino que, más bien, pareciera haberse profundizado e, incluso, conquistado niveles de extrema sofisticación.
La actual sociedad digital introduce una nueva capa de complejidades. Las plataformas tecnológicas, gestionadas por corporaciones como Google, Meta o Amazon, no solo organizan la producción y el consumo, sino también la percepción, la atención e incluso el deseo. Los algoritmos personalizan la experiencia del mundo, pero, al hacerlo, la estrechan: cada individuo habita en una burbuja de información que refuerza sus preferencias y limita un posible encuentro con la alteridad.
Se podría decir que la condición unidimensional de la sociedad contemporánea ha terminado mutando en una suerte de “multidimensionalidad simulada” en la que -al decir de Spinoza- “la apariencia esconde la esencia”. La subjetividad contemporánea se percibe a sí misma como libre, diversa y autónoma. No obstante, esa supuesta diversidad está pre-configurada por sistemas de recomendación que anticipan y modelan sus elecciones. La negatividad, la crítica, no es reprimida frontalmente: es diluida en un flujo de constantes estímulos, opiniones preconcebidas y formas efímeras de un consumo que ha hecho de la liquidez de Bauman la mejor confirmación de la positividad de Hegel.
Recientemente, Byung Chul Han, en textos como La sociedad del cansancio o Psicopolítica, ha expresado que el poder contemporáneo ya no opera principalmente mediante la represión, sino a través de la autoexplotación. El sujeto ya no es dominado desde afuera, sino que se explota a sí mismo en nombre de su propia libertad. Esta figura -el “sujeto de rendimiento”- enfatiza radicalmente la concepción de Marcuse: la integración ha llegado a ser tan profunda que adopta la forma de la autonomía. La negatividad se ha desvanecido, no porque se halla prohibido, sino porque resulta innecesaria para un sistema que convierte toda energía crítica en mercancía.
Una consideración todavía más precisa del presente, permite comprender que, muy por encima de la sociedad unidimensional, el weberiano dominio (Herrschaft) se ejerce a través de la multiplicación controlada de dimensiones aparentes, como el consumo, la identidad, la expresión o el rendimiento. La “libertad” que se experimenta se inscribe en el ámbito de una pre-estructura. Y quizá por ello la figura del “hombre unidimensional” no solo no ha sido superada, sino que, más bien, se ha ido consolidando bajo formas mucho más sutiles y eficaces. El sujeto contemporáneo no está menos integrado que el descrito por Marcuse. Por el contrario, a medida que se percibe a sí mismo como un ser cada vez más libre, confirma su cada vez más profunda integración.
Pero la pregunta decisiva permanece abierta. Si, como advertía Marcuse, la negatividad es la condición de posibilidad de la crítica, entonces el desafío del presente consiste en reinventar la negatividad, justo en el contexto que tiende a absorberla. Lo que implica, como afirma Han, la sustracción a la lógica del rendimiento y la posibilidad de reconstruir espacios de comunicación no colonizados. En todo caso, la vigencia de Marcuse no reside en la literalidad de su diagnóstico, sino en la potencia de su pregunta: ¿todavía es posible pensar y vivir de otro modo? Ahí donde la pregunta no haya sido cancelada, las formas de la unidimensionalidad -por más sofisticadas que puedan llegar a presentarse- no podrán terminar de imponerse.

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