¿Qué es el historicismo filosófico?

Descubre qué es el historicismo filosófico, su diferencia con el relativismo y cómo la verdad se desarrolla históricamente según Hegel y Croce.
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Qué es el historicismo filosófico y su diferencia fundamental con el relativismo

Una gran estructura arquitectónica conceptual en construcción por un filósofo en andamios flotantes, mostrando capas de tiempo en piedra tallada.
Verum ipsum factum: La humanidad comprende lo que ella misma ha construido a través de la historia viva.

“La verdad no es una moneda acuñada que pueda entregarse ya hecha,
sino el resultado del trabajo del espíritu”

Georg Wilhelm Friedrich Hegel

Una de las simplificaciones más persistentes en la historia de la filosofía moderna ha sido la identificación del historicismo filosófico con el relativismo. Esta identificación, difundida sobre todo por la doctrina positivista, no sólo es incorrecta, sino que revela la profunda incomprensión de la naturaleza dialéctica de la historia y del pensamiento. No es lo mismo el historicismo filosófico que el Historismus alemán, ni mucho menos la simple reducción de la verdad a la variabilidad de las opiniones en el tiempo.

Como se sabe, el positivismo, desde su fundación hasta las corrientes cientificistas posteriores, concibe la verdad como algo exclusivamente verificable por el método de las ciencias naturales. Desde esa perspectiva, todo lo que no considera como “ley científica universal” queda relegado al ámbito de lo relativo, lo subjetivo o lo “meramente histórico”. La historia, entonces, es percibida como el reino de la contingencia, mientras que la ciencia representa el reino de la verdad. Esta oposición es, por cierto, el punto de partida de su error.

El historicismo filosófico no afirma que la verdad sea relativa. Lo que afirma es, en realidad, algo mucho más profundo: que la verdad humana es de factura histórica, lo cual es completamente distinto. Esta idea aparece formulada por primera vez con extraordinaria claridad por Giambattista Vico, quien afirmaba que la humanidad sólo puede conocer verdaderamente aquello que ella misma ha hecho: Verum ipsum factum. La historia no es, en consecuencia, el reino de la arbitrariedad sino el ámbito propio de la verdad humana, porque es el mundo que los hombres han construido. Esta idea alcanza su formulación filosófica más elevada con G.W.F. Hegel, para el cual la historia no es una sucesión caótica de acontecimientos, sino el proceso mediante el cual el espíritu llega a conocerse a sí mismo. La verdad, en este sentido, no es algo, por cierto, “positivo”, es decir, fijo o inmóvil, sino aquello que se desarrolla. Pero para Hegel desarrollo no significa relativismo, sino devenir dialéctico. La verdad no cambia porque sea arbitraria, sino porque se despliega en el tiempo, mostrando sus determinaciones inmanentes. Por eso mismo, historicidad no significa relatividad, sino desarrollo.

Sin embargo, la confusión se agravó en Alemania con la formulación del llamado Historismus, una doctrina directamente vinculada a la Escuela histórica del Derecho, especialmente con Friedrich Carl von Savigny y, más tarde, con Wilhelm Dilthey. En estos autores aparece la idea de que cada época histórica posee su propia visión del mundo, su propio sistema de valores y su propia forma de comprender la realidad. Esta perspectiva, aunque fue de suma importancia para el desarrollo de la hermenéutica y las ciencias del espíritu, puede conducir a una formulación relativista de la cultura, si se le interpreta como imposibilidad de toda verdad universal. Solo que este no es el historicismo filosófico en sentido enfático, sino una forma de historicismo cultural o metodológico, que en cierto sentido opera como “el otro del otro” del positivismo. El historicismo filosófico propiamente dicho, sostiene algo muy distinto: que la verdad es histórica porque el espíritu es histórico, no porque la verdad sea arbitraria.

Benedetto Croce lo formuló de un modo contundente, al afirmar que “toda historia es historia contemporánea”. Esto quiere decir que el pasado sólo tiene sentido en la medida en que es pensado desde el presente. Pero esto no significa que todo sea relativo, sino que el conocimiento histórico es un acto del espíritu que comprende el pasado como momento de un proceso espiritual más amplio. Y es aquí donde el positivismo incurre en su mayor simplificación del historicismo, porque no logra comprender la relación dialéctica -la oposición correlativa de los términos-, de historia y verdad. Por eso los presupone como términos excluyentes, cuando, en realidad, la verdad misma es histórica, y justamente por eso no puede dejar de ser verdad.

El positivismo pretende reducir todo conocimiento al modelo de la física. Por eso de su seno surgen inevitablemente los regímenes despóticos y la barbarie. Para el positivismo, la historia no puede ser concebida como un conocimiento verdadero. Pero esta reducción es filosóficamente insostenible, porque el mundo humano —la política, el derecho, el arte, la religión, las instituciones— no son naturaleza, sino historia y nada más que historia. El historicismo filosófico no sostiene que cada época tenga su verdad y que todas valgan lo mismo. Sostiene una afirmación mucho más compleja: cada época es un momento de la verdad. Se trata de una diferencia es fundamental. El relativismo sostiene que no hay una verdad. El historicismo filosófico sostiene que la verdad sólo puede comprenderse históricamente. El relativismo disuelve la verdad. El historicismo la desarrolla. El relativismo fragmenta la razón. El historicismo la concibe como proceso. El relativismo afirma que la verdad cambia continuamente. El historicismo filosófico afirma que la verdad se desarrolla.

La diferencia no es, por cierto, pequeña. Se trata de dos concepciones del mundo completamente distintas de la historia y del espíritu humano. Y es por eso que se puede decir que el positivismo, por desconocimiento del movimiento dialéctico, preso de sus propios prejuicios naturalistas, confunde el desarrollo histórico de la verdad con la negación de la verdad. Al hacerlo, pierde de vista el hecho de que el mundo humano -a diferencia de la naturaleza- sólo se puede comprender efectivamente a la luz de su devenir histórico. En el fondo, se trata de saber si la verdad es algo inmóvil o algo vivo. El positivismo la concibe como una ley. El historicismo filosófico la concibe como el movimiento mismo del espíritu. Entre la ley natural y el espíritu histórico, se hace evidente la presencia de la oposición de naturaleza y libertad. Una oposición que solo puede resolverse comprendiendo la libertad como consciencia de la necesidad. Por eso mismo, el historicismo filosófico no puede interpretarse como un relativismo, sino como el intento de comprensión de la verdad no como una cosa ajena a la realidad, sino como historia viva, como un continuo proceso.

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