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El Registro de Occidente y el olvido de la Barbarie

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Nota preliminar:

Este pequeño texto es producto de las reflexiones realizadas en el curso de “Historia de la Construcción de Occidente”  en el curso de Historia de América latina en la universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA) ministradas por el profesor Dr. Rodrigo Bonciani. Hemos tratado de mostrar acá, una contraposición a lo dicho por el Nuevo ministro de Relaciones Exteriores del gobierno Brasileño  Ernesto Araujo en su texto “Trump y el Occidente”, mostrando que “Occidente” es un “registro” que debe perder vigencia, para abrir la posibilidad de una historia humana entre distintos modos de ver lo que acontece sin la necesidad de Estados Naciones. Una historia "Anarco-Descolonial" de Occidente.  





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Aquello que le historiador llama de «Acontecimiento» es sino un «evento» del día cotidiano exagerado. La “existencia” y el “Registro” constituye precisamente le fundamento del hecho de que la historia sea la posibilidad  misma de que lo real sea efectivo. Cómo reconocer un acontecimiento histórico?  Cómo saber el «evento» que constituye (mi) existencia. Es a partir de construir una fecha, un “signo” de su efectuación? Acaso no habría “existido” ya antes de que (me) se fuese dado un nombre y fecha de ocurrencia (nacimiento)?  “América” es una “existencia” que se “registró” a partir de la construcción de una «identidad» como universal: la de “occidente”. Ambas son construcciones y “registros” de aquello que es in-registrable. Nos encontramos sobre una plataforma de «discontinuidad», de movimiento entre átomos, de materia que choca en el vacío, asemejándose la historia a un rio sobre el cual no es posible detener su cauce y, sobre cual es posible realizar una imagen estatizable únicamente en el «Registro» - el signo-, aun cuando no necesite «Registro» alguno para existir.





El problema no es tanto el encuentro entre un “Yo” y un “Otro”, sino la construcción de un “Nosotros”, “Occidentales”, como manera de encubrir al aniquilar al “Vosotros”, los demás modos de «Registro» de lo real. La construcción de “Occidente” (como proyecto de conquista, destierro e invasión), es lo que  dio precisamente a la idea de una civilización “Occidental”.  Todo rio se desarrolla sobre un cause espacial, por lo que entender la historia como totalidad, implica precisamente considerar la sistematicidad del «acontecer», el hecho de su simultaneidad y no-simultaneidad al mismo tiempo en un espacio global. El “evento” del 13 de octubre de 1492, fue un día como cualquier otro[1]  y, sin embargo, su «Registro» fue la construcción de una nueva época histórica, en la que una parte usurpó el puesto de «todo», tomando con ello el monopolio de la manera de desarrollar  «Registro del acontecer» (del proceso de vida en su universalidad). Es así que con la conquista de “América” Europa no sólo se colocó como modelo universal de lo humano, sino que se dio a sí misma una “existencia”.

No se trata solamente de un evento discursivo; el «Registro» histórico es muestra misma del desarrollo material de las relaciones sociales (proceso de trabajo), siendo las condiciones de posibilidad de un modo de darse un «Registro» histórico. La modernidad es tanto la construcción del modo capitalista de producción como sistema universal de producción y reproducción de la vida, como la construcción de un ethos con pretensiones de  universalidad. En ese sentido, “América” en cuanto «Registro» histórico es el fundamento la construcción del mundo  como “Civilización Occidental” (aquello sin lo cual no podría haber existido). C. Colón no sólo construyó “el camino de Occidente”, sino que además abrió el camino para darle dirección al propio desarrollo histórico como un todo.  La forma como estableció la centralidad de Europa (Eurocentrismo) es al mismo tiempo el establecimiento de una “historia universal” (las bases genealógicas de “occidente”). Si la historia en cuanto «acontecimiento» es real como síntesis de la diversidad de los momentos (sociales, culturales, políticos, económicos), el establecimiento de tal universalidad necesariamente precisa de la aniquilación lo diferente, de un «Registro absolutamente Dis-tinto».  Lo sorprendente del encuentro entre las “diferencias”, es el hecho de que manifiestan efectivamente aquello de lo cual hacen parte, la pertenencia a un mismo «Género»: la humanidad. De ese modo la cuestión es puesta sobre el modo de establecimiento del «Registro».

La narrativa histórica manifiesta la Mentalidad (un Ethos) del mismo modo que despliega una práctica. Hacerse a sí mismo como modelo, fue el momento de la construcción de “Occidente” como un mito y como una realidad histórica (realidad mítica). “Occidente” constituye la «Razón de la Identidad» y mutila, destruye la «Multiplicidad de los Versos», la «Razón Analógica», el modo de construcción del «Registro del acontecer» de los pueblos aborígenes. Verdad (aletheia) para el colonizador fue lo mismo que el establecimiento de un Encubrimiento, la puesta del “velo” al establecer el “registro” como el único universal.  El establecimiento de un modelo sobre lo humano como parámetro, que implicó un ejercicio de esquematización de la realidad. Asía, África y Europa siempre tuvieron relaciones, “América” fue el vacío hacia el cual el ser con pretensiones de universalidad, podía establecerse como historia mundial. Es por ello que es necesario el establecimiento de un cauce para el rio de los acontecimientos históricos anulando su diversidad en una identidad arbitraria. La linealidad del discurso que constituye la narrativa histórica  (como una narrativa heroica) de “Occidente” fragmentada en Antigüedad, edad media y modernidad (contemporaneidad), establece como sujeto histórico una determinada cultura y deja por fuera la diversidad de construcciones de narrativas y, consecuentemente, sus formas de vida; apagar un discurso significó también aniquilar un pueblo al imponer un “registro” como forma de vida universal y estrictamente valida.

La manera como Occidente se construye a sí mismo es negando a singularidad del “registro” de lo otro. Todas las formas de vida que «registran» el «acontecer» de forma «Singular», si no se encajan en el esquema universal, han de ser aniquilados, deben perder su “existencia”[2]. Este procedimiento se establece tanto como ejercicio objetivo como construcción de una subjetividad.

La conquista de “América”, fue la extensión de la narrativa europea sobre el «acontecer» como contrapartida a “Oriente” con quien siempre se tuvo una disputa por la hegemonía[3] y una relación de co-construcción.  Por la conquista de “América” que “Occidente” logra una ventaja frente a “Oriente” (el  imperio turco-otomano), ya que la explotación de la fuerza de trabajo sobre la base de una producción de extracción de materias primas, permite una acumulación del capital y una expansión de su cosmovisión. El laboratorio civilizatorio se establece de ese modo en “América” y permite una reformulación de la universalidad de lo humano como imposición de un modelo cultural. La conquista “América” significó el encuentro de lo “Absolutamente Otro”; un sentimiento todavía mayor de extrañeza, que su contacto con el mundo “Oriental” jamás había suscitado. Así el encuentro con lo Dis-tinto reconstruye la propia relación que “Occidente” sostuvo con “Oriente”, construyendo a partir de allí su hegemonía, en ese sentido, re-inventase.


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          Las fuertes motivaciones religiosas y económicas de la expansión ultramarina sobre el atlántico de Europa (península Ibérica), dan muestra de cómo el proyecto de C. Colón es la búsqueda de elementos comerciales y culturales que establecen una hegemonía geopolítica. Colón pretendía ir hacia “Oriente”, hacía la India, en búsqueda de una ruta comercial fuera del contacto con el imperio turco-otomano y, de ese modo liberarse de las cargas aduaneras y los altos costos de transporte. Desde el punto de vista de su motivación religiosa, sostuvo la justificación de esa empresa como una continuación de las cruzadas a partir de un proyecto de evangelización en un territorio “Nuevo” y, en contraposición a la expansión islámica con su visión de explicar el orden del mundo, del poder político y de las relaciones entre los seres humanos ante Dios y los Otros.

La primera expansión europea hacia Asía y África  (“oriente”) antes de 1492, abrió los caminos al desarrollo de las ciudades puertos dando inicio al sistema mercantilista como forma de estructura económica. La disputa por territorios entre las coronas católicas europeas y los territorios soberanos de los sultanatos turco-otomanos avalados por la el islam, unifican en esta disputa tanto los elementos económicos como los sentidos religiosos; se trata tanto de una disputa de modelos mentales, como un problema de estrategia y táctica geopolítica, que como trasfondo objetivo construye las bases del modelo de producción capitalista; un imaginario que guía la acción, como un modelo socio-histórico material de desarrollarse la vida social de los seres humanos que sustenta tal imaginario. 

De esa manera, una mezcla entre realidad y fantasía construía el ensanchamiento –extensión- del «Registro» del mito edénico para expresar el proceso de expansión de la hegemonía “eurocéntrica” frente a “Oriente” (Asía y África). Para comprender este movimiento entre ambos factores, tenemos que considerar que toda experiencia humana es motivada por un ideal, un sentido imaginario que guía la acción; del mismo modo que todo ideal posee unos determinados materiales (socio-histórico y económicos) que sustentan tal imaginario. En ese caso, infraestructura y superestructura se mantiene en una relación dinámica, pero manteniendo una autonomía relativa.  Si consideramos que como una de las matrices centrales de occidente en la construcción de su propio imaginario está como centro la Religión Cristiana, es posible considerar que la búsqueda de los orígenes perdidos motivaron y sustentaron el emprendimiento hacia el atlántico.  Occidente construyó como un ideal de territorio sagrado el modelo edén, tierra maravillosa de prosperidad, armonía y paz, donde alguna vez se dio origen a la experiencia humana[4].

La conquista de “América” fue un acontecimiento producto del azar del movimiento intrínseco a la materia en el vacío, adscrita a una voluntad de expansión territorial y una mentalidad religiosa, siendo un “evento” generado por el movimiento objetivo de las relaciones económicas que permite la expansión del mercado como forma de relación imperante como un sistema mundo.

La conquista de “América” permite entonces justificar una empresa cultural y social como la imagen de la civilización humana y de la forma de existencia económica a partir del intercambio de mercancías. No es posible entonces considerar la construcción de “Occidente” sin la propia Ley de desarrollo desigual, sin el carácter de expansión como construcción de la miseria y a pobreza para el mayor número de la población, el desprendimiento del Trabajo y los medios de vida, como la enajenación de la propia esencia humana (el ser social) al construir una forma de existencia histórica en la que «La masa de la humanidad se expropio a sí misma en aras de la acumulación del capital»[5]

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Por el “registro”  de “América” no solo se construye una identidad universal como proyecto único de civilización, sino que se hace en relación a la reconstrucción del Poder; es decir, las relaciones entre Dios, el papado, los reyes y entre estos y los “indios” y negros de África.  El proceso de expansión ultramarina al permitir el encuentro entre lo humano absolutamente distinto, abre la problematización sobre la esencia del ser humano, siendo el problema de la esquematización de lo distinto, como bárbaro, para así justificar la práctica de la explotación de la fuerza del trabajo esclava sin deslegitimar el poder absolutamente soberano.  La justificación de esa “esencia humana” es la matriz para justificar la guerra justa contra la religión y el imperio islámico turco-otomano, en la medida que justificaba la conquista y la racionalidad del proyecto de invasión de los territorios “recién Registrados”, como un proceso de evangelización y expansión de la santa voluntad, de Dios y del Rey donados por el papado.

                El “registro” de “Occidente” lejos de establecer una memoria que narre la vivencia de la comunidad de hermanad mundial, se propuso así mismo ganar una hegemonía internacional, imponiéndose como modelo, como premisa del “acontecer” de todo “evento” vital en la historia de la humanidad. Propuso una memoria sobre su propio “acontecer heroico”; siendo el personaje principal de una fábula de sus propias invenciones.

El hecho de que no se encuentren esquemas de clasificación de los entes de la nueva realidad “Des-Cubierta”, comienza a encubrir el ejercicio genocida al fijar un modelo en la experiencia histórica, para que el termino bárbaro fuese el concepto predilecto para encasillar sobre la identidad – de la imagen europea-  la no-identidad de aquel tipo de Registro aborigen.  La guerra contra los pueblos aborígenes es “justa” en la medida que “santa” es su manera de registrar el mundo del colonizador, poniendo en discusión humanidad o inhumanidad de lo que al margen del modelo sobrepasaba su propia capacidad de percibir la diversidad de lo real.  El peligro de esta discusión para Europa misma, es que sobre tal “registro” se puede relativizar el poder divino del rey ante sus propios súbditos, por lo que fue necesario el restablecimiento general del orden del universo[6] y como tal, se construye el “registro de Occidente”.  

La justificación de la guerra es al mismo tiempo la construcción de un “enemigo”, de un “Otro”, un Distinto, que se debe  aniquilar. Con relación a la justificación de la conquista y de la “guerra justa” contra los pueblos aborígenes en “América” estaría construyendo la forma de justificación del poder moderno: la forma del Estado (que le es inherente ser absolutista). El pensamiento de la escolástica colonial de contra-reforma, reforzó una visión de la justificación de las relaciones entre el poder de Papado, advenido de Dios y el poder de los Reyes, transferido por el papado al ser humano (teoría de la utrumque gladium[7]). La institución eclesiástica fue la mediación entre el poder Divino y el poder Terrenal, defiendo así el carácter de humanidad o inhumanidad de los “indios”  como vía de aval a su práctica de ilegitima de invasión y expropiación territorial, siendo la posesión y ocupación de las provincias de los pueblos aborígenes concebidas como una acción de “gracia divina”, pues elevaba a aquellos bárbaros que llamamos indios al grado de la “cristiana civilización” y, si esto era imposibilitado por estos mismos,  parece poderse defender fundamentalmente con el derecho de la guerra[8].  

Como ya dijimos, “América” fue el laboratorio donde se aplicó por vez primera el despliegue de la “identidad” de “Occidente”, fue la puesta en práctica  de la benevolencia del progreso de la Razón. El “indio” necesariamente tuvo que ser el Bárbaro, lo distinto, la manera como Europa del siglo XVI heredo del modelo greco-romano (de los siglos IVa.c a V. D.c) para referenciar aquello que le significaba extranjero, lejano, fuera de su mismidad autorreferencial. La congregatio fidelium cristiana, la hermandad de todos los hombres en Cristo, estaba tan convencida de su singularidad y tan preocupada por evitar la contaminación por el contacto con el mundo exterior como lo había estado la oikuméne griega y, paradójicamente, debe mantener pretensión de universalidad. Así, el propio proyecto de “caridad cristiana” de evangelización con relación a los “indios”, es al mismo tiempo aceptación de la “existencia” de un “Otro” (inserción en el “registro” como acontecimiento heroico) y, sin embargo perdida de su autoridad en relación a su propio  «acontecer», perdiendo su humanidad al entrar en contacto con la Civilización “Occidental” [9]. Frente a los turcos servidores del islam está bien justificada el ejercicio de la guerra, no del mismo modo con los “indios americanos” a quienes era preciso darles una apariencia de humanidad para por lo menos tener una excusa moral que permitiera su propia expropiación  y aniquilación al imponer un “registro” como un “descubrimiento”.

Habría por esta razón una diferenciación de trato entre lo que se construía por aquel entonces como “Occidente” con relación a “América” y “Oriente” (Asía y África). El carácter Cristiano de esta matriz, hizo que  se comprometiera de alguna manera con el pueblo que decía convertir a la fé cristiana y no así con los negros africanos que fueron mayormente esclavizados con posterioridad.  El poder quedaba así transferido de la justificativa papal al poder real, como se ve en la La Bula Intercaetera de 1493[10] en la que sobre la experiencia de los portugueses en  África se amplia y extiende aquel poder al proyecto emprendido por Colón en “América”.  El trato “cristiano” con los seres humanos de las “indias”, no solo justifica su invasión territorial, sino que permite la justificación de la guerra y, el encubrimiento de la deshumanización sobre la apariencia de un “Registro”,  “el descubrimiento de América”.

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 Este hecho marca las dos caras de la “civilización occidental”: por un lado el reconocimiento de lo diferente como manifestación de lo humano universal y, al mismo tiempo su aniquilación, presupone la necesidad de la crítica radical a tal forma de “registro” del “acontecer”. De un encuentro se hizo un evento inolvidable en un registro eminentemente ético en tanto la enunciación de una memoria como multiplicidad de los versos:   la necesidad de reconocer lo que subyace sobre la apariencia de racionalidad de una forma de vida que cada vez se torna más inviable en su fundamento ético, en su modo de “registro vital con los otros” la experiencia de la existencia humana.

Recuperar el proyecto de “civilización universal” que es “Occidente” como se pretende por el nuevo ministro de relaciones exteriores de la república federativa de Brasil sobre el modelo de la política defendida por Trump en EEUU es retomar  la actualización de un “registro” sobre el olvido de su barbarie, de lo que negó como “existencia” y como vida. Para  Ernesto Araújo, el problema de  las potencias “occidentales no radica tanto en la capacidad de mantener su hegemonía internacional a nivel político, bélico y económico, más sí en su carácter ético, en cuanto modelo de humanidad:

[...] O problema, portanto, não está no terrorismo nem muito menos na diminuição da competitividade, mas sim, muito mais fundo, está no desaparecimento da vontade de ser quem se é, como coletividades identificadas com um destino histórico e uma cultura viva [...].[11]

“Occidente”, es como proyecto civilizatorio, la gran comunidad de las naciones! La forma de un “registro” único que dice defender la posibilidad de la particularidad al mismo tiempo que quema sus archivos del terror para ocultar a los vencidos, los versos que fueron aniquilados por la lógica de una  razón que se ve como universal:

[...] O conceito de comunidade, reserva‑o para aquelas nações que, juntas, sem deixar a identidade de cada qual, compõem uma civilização. Comunidade precisa ter base na história profunda, nos mesmos arquétipos. Comunidade construída só com base em valores abstratos não é comunidade. Nas relações internacionais rege o respeito mútuo, mas não rege o sentimento – este só governa dentro de uma civilização [...]O Ocidente nasce em Salamina, nasce na luta, o Ocidente não nasce no diálogo nem na tolerância, nasce na defesa de sua própria identidade [...][12]

Todo lo contrario a “escuchar” al logos  de Heráclito, el verdadero origen de “Occidente” lleva consigo la marca, un “registro” que pretende borrar, la huella de la barbarie que ha dejado sobre las demás identidades étnicas; hacer del rio de la historia una única narrativa a imposibilitado una verdadera comunidad no de “naciones” sino humanamente distinta. 

La actualización del discurso clásico del derecho internacional como derecho de conquista, es ver en Trump alguien que acepta la diferencia mientras expulsa de su casa un hermano por no ser exactamente como ser un nacional. En América latina se ha de ser decididamente no-occidental, estar en contravía de Trump y de Bolsonaro como defensa de un modelo civilizatorio que se coloca decididamente con todo aquello que nos hace humanos: la posibilidad de construir un registro como una vida singular que se realiza en la convivencia con lo absolutamente Otro. 




La historia no puede ser más de las guerras y victorias de los grandes héroes. La historia necesita ser una narrativa sobre la amistad de los seres humanos; un relato acerca del encuentro entre  los pueblos distintos que logran experiencias juntos.  El animal simbólico que es el ser humano se ve  condenado a su propio Ethos singular como manera de “registrar” el “acontecer” y, sin embargo, como premisa ética se impone la defensa de la posibilidad de otro “registro” que posibilite un vosotros un dialogo entre formas de experimentar la vida.

El Brasil y Latinoamérica toda, debe realmente abandonar el proyecto nacionalista, la singularización vía aniquilación y no reconocimiento de otros “registros”, retomar otra consideración de la manera de registrar su propio “acontecer” y, no se trata tanto de retomar un “registro occidental”, por el contrario, anteponer a él, la multiplicidad rítmica de registro que presenta nuestra América Aborigen que fundamento la construcción del propio ideario occidental. Con Hegel (Occidente) no solamente el pensamiento se piensa a sí mismos, sino que nos pensamos a Nós- Otros (portugués-español=portuñol) como registro latinoamericano como aquello que a Hegel –Occidente- le interrumpe su pensar: el anhelo de un paraíso perdido.






[1] Dice Heráclito, DK. 6:« Ό ἥλιος νέος) ἐφ´ ἡμέρη ἅπτεται....  χαί σβέννυται»,  «El sol nunca sería nuevo cada día, sino  que siempre sería nuevo  continuamente». Trad. Mondolfo, Rodolfo Heráclito, textos y problemas de su interpretación, 13° ed., México: S. XXI. 2007. p. 46. 
[2] «[. .] Se puede decir, por otra parte, que existen formas de sociedad muy desarrolladas, pero históricamente inmaduras, en las cuales tienen lugar las formas más elevadas de la economía por ejemplo la cooperación, una división del trabajo desarrollada, etc. sin que exista 'tipo alguno de dinero, como por ejemplo el Perú. [. .] ». MARX, K. Materiales Para la Historia de América Latina. Córdoba. Ediciones pasado y presente. 2016, p 112
[3] «[…] Porque, cristianísimos excelentes y poderosos soberanos, Rey e reina de las Españas y de las islas del mar, nuestros monarcas, en este presente año de 1492, des pues que vuestra majestades dieran fin a la guerra contra los moros que dominaron Europa […] pensaron en enviarme, a mi Cristóbal Colón, a las mencionadas regiones de la india para ir y ver en nombre de dichos príncipes, pueblos, las tierras y las disposiciones de ellas y de todo y manera que se pudiera atenerse para su conversión para nuestra fé y ordenaron que yo no  fuese para la tierra de oriente, por donde se acostumbraba a ir, y si por el camino de Occidente[..]». COLÓN, Cristóbal (1445-1515). “Primer Viaje”. In: Los cuatro viajes del almirante y sutestamiento. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002. /// Carta de Cristobal Colon de  1492
[4] HOLANDA, Sérgio Buarque de. Visão do Paraíso : os motivos edênicos no descobrimento e colonização do Brasil. São Paulo: Brasiliense, 1994 [1959], p. IX-14.
[5] MARX, K. El Capital Tomo I. Proceso de Producción. Fondo de Cultura Económica. México, 2011. p. 652.
[6] Padmen dice: «[…] La paradoja que hace del indio un esclavo y un agente libre también era un intento de salvar el fenómeno de la armonía del mundo natural, que exigía que, dentro de ciertos límites bien  definidos, todos los hombres deben comportarse igual, o renunciar al derecho de ser hombres [..]» Cf.  p. 87. PAGDEN, Anthony. “La imagen del bárbaro” e “La teoría de la esclavitud natural”. In: La caída del hombre natural : El indio americano y los orígenes de la etnología comparativa. Madrid: Alianza Editorial, 1988 [1982].
[7] Teoría de “las dos espadas” Es una noción sobre el poder político que se remonta hasta el antiguo imperio romano del siglo V D.c. y las relaciones entre el poder terrenal y el poder divino, dejando claro que este último es más absoluto y es transferido por el papado, al poder espiritual que toma primacía frente al poder imperial, fundamento de la disputa entre el pensamiento político católico de contra-reforma.
[8] Por lo menos así lo deja claro F. Victoria cuando dice: «[…] Aquellos sean de corto ingenio, pueden ser privados de sus bienes y ser vendidos. Lo que quiere enseñar es que hay quienes, por naturaleza, se hayan en la necesidad de ser gobernados y regidos por otros; siéndoles muy provechosos el estar sometidos a otros  [..]» VICTORIA,F. Relaciones sobre los Indios. I, 1539.
[9] Apropósito dice Sepulveda  «[…]Tales son en suma la índole y costumbres de estos hombrecillos tan barbaros, incultos e inhumanos, y sabemos que así eran antes de la venida de los españoles; y eso que no hemos hablado de su impía religión [..] » En: SEPULVEDA, Juan Ginés de. Democrates segundo o de las justas causas de la guerra contra los indios.  1547.
[10] «[…] haciendo uso de la plenitud de la potestad apostólica y con la autoridad de Dios omnipotente que detentamos en la tierra y que fue concebida al bien aventurado Pedro […] Concedemos y asignamos perpetuamente, a vosotros y a vuestros heredados y sucesores del reino de Castilla y León, todas y cada una de las islas y tierras predichas y desconocidas hasta el momento […] y además os mandamos en virtud de la santa obediencia […] destinéis a dichas tierras e islas varones probos y temerosos de Dios, peritos y expertos para instruir en la Fé católica […] y como quiera que algunos reyes de Portugal descubrieron y adquirieron, también por concesión apostólica algunas islas en la zona de África [..] queremos extender y ampliar de modo semejante, a vosotros y a vuestros sucesores, respecto a las tierras e islas halladas […]». Roma, São Pedro, 8 de janeiro de 1455. Bulas Inter Caetera de Alejandro VI. a) Breve de 3 de mayo de 1493.
[11] Trump  e Ocidente. En: Cadernos de Política Exterior / Instituto de Pesquisa de Relações Internacionais. – v. 3, n. 6 (dez. 2017). pp. 323-359.
[12] Ibíd. 

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