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29 de junio de 2018



Ontología del estado.

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Subtitulo o segundo título utilizando sinónimos

Es propio del historicismo filosófico considerar lo actual y distinto como un reencuentro con lo antiguo y conocido. Como apunta Hegel en los Aphorisma de Jena: “La campesina vive cerca de Lisa, su mejor vaca. Además, tiene otras dos, una negra y otra manchada. Luego está Martín, su hijo, y Úrsula, la niña. Ellos le son tan familiares como a la filosofía le resulta familiar la infinitud, el conocimiento, el movimiento, la ley sensible etc. Y así como la campesina tiene el recuerdo de su hermano o de su tío ya fallecidos, así para el filósofo son Platón o Spinoza. Una cosa tiene tanta realidad como la otra. Sólo que estos últimos tienen la eternidad ante sí”. Y sin embargo, toda historia es historia contemporánea, por lo que por más evidente que pueda ser la conexión de un determinado contexto con la totalidad del proceso, dicha conexión no es y no puede ser comprendida como su paráfrasis. Paralelo, pero no sincrónico, observa Giambattista Vico. Necesario es –especialmente al hacer referencia al contexto político y social– prestar atención a la lógica específica del objeto específico, como advertía Marx en su temprana Kritik del '41.


La ontología es el modo contemporáneo asumido por la siempre vieja y siempre nueva “filosofía primera”. Investiga el ser en cuanto ser o, como dice Leibniz, “lo que es y la nada, el ente y el no-ente, las cosas y sus modos, la sustancia y el accidente”. Por eso mismo, la ontología es, ni más ni menos, el estudio de “lo que hay”, del ser en su estar, así como la relación de las diversas entidades –los entes– existentes entre sí. Su pregunta esencial es, pues, la pregunta acerca del ser por medio del ente que existe, es decir, por “el ser-ahí”, según la expresión acuñada por Heidegger. Y así como la metafísica tiene por objetos fundamentales el estudio de Dios, del alma y del mundo, la ontología –devenida comprensión del ser social– estudia la historia, la libertad y el Estado. Más que conocer, su propósito es re-conocer, porque tan necesario es el juicio para el entendimiento como el entendimiento para el juicio. En este sentido, y a diferencia de lo que pueda llegarse a creer, la ontología es un esfuerzo de pensar esencialmente problemático y dinámico, que intenta dar cuenta de los límites trazados por el entendimiento abstracto y por sus presupuestos conceptuales, esa manía de querer imponer formalizaciones a priori, patrones, nóminas, “modelos” prestablecidos, epistemologías, metodologías e instrumentos de medición, característicos de un presunto conocimiento “científico” separado y ajeno a lo existente.

Un conocimiento inadecuado, estático, puesto, muerto, extrañado de las cosas, obsesionado por la desgarrada imposición de las formas sobre los contenidos. Si un producto de primera necesidad –la leche, por ejemplo– está regulado por un régimen fraseológico, el mismo no podrá ser vendido por encima del precio establecido en la regulación impuesta. Pero bastará con cambiarle el nombre al producto –“bebida láctea”– para ser vendido a cualquier precio. Ya no es “leche”, sino “bebida láctea”, por más que se haya extraído de la misma vaca, y no precisamente la de la campesina del aforismo hegeliano. Cuestión de nombres, lucha nominativa de “clases”. Este es un régimen que ha encontrado en el nominalismo un provechoso modo de presentar la realidad, encubriéndola. Formas vaciadas de todo contenido, rimbombantes y pomposas frases hechas sin ningún significado. Patria sin patriotas, billetes ficticios, carentes de todo valor adquisitivo, sueldos sin sustancialidad, leyes carentes de legalidad, instituciones desprovistas de institucionalidad, elecciones sin electores. En suma, misiones sin misioneros. El llamado chavo-madurismo es el real opio del pueblo. La “Venezuela potencia” es la consigna con la que se pretende ocultar la más espantosa e indigna de las impotencias.

Es curioso –y quizá digno de un estudio pormenorizado, óntico, propio de las ontologías regionales de Husserl–, pero el escenario no es muy distinto dentro de buena parte de los sectores “dirigentes” de la oposición, felices y orgullosos como están de sus virtuales esquematismos y formulaciones “científicas”, “epistemológicas”, como gustan decir, asistidos por “instrumentos de medición” de una “opinión pública” carente de opinión o, en el mejor de los casos, ya esclerotizada, en la que las preguntas se deducen de las respuestas y no al revés. En sus huecos –por banales– discursos, se puede anticipar cada frase que vendrá a continuación. Es la vanidad de la nada, el sentido del sin-sentido, la tácita disponibilidad al visto bueno de la heteronomía establecida. Y es que, en el fondo, no importa qué se diga con tal de tener “algo” qué decir para ganar el aplauso de la galería. Son discursos de utilería, retórica escolástica fielmente ajustada a criterios estrictamente mediáticos, “científicamente” calculados. En fin, se trata de prender una vela en el altar metodológico y aplicarlo mecánicamente a una supuesta realidad –una fotografía– que, previamente figurada en las “pruebas piloto”, en poco o en nada se compadece con la realidad de verdad, la realidad efectiva, la del ser en cuanto ser. En una expresión, es la suma teológica de la levedad del ser.

La ontología se hace necesaria ante el indicio de un hueco, de una falla telúrica, de una ausencia de objetividad. Ya no se trata de un síntoma sino de una pandemia no reconocida, no avistada, ni por el fanatismo mediocre ni por el vago pragmatismo. El Estado ya no es, porque un Estado es –más que por definición de principios, como resultado de la experiencia de la conciencia de una formación histórica y social– la adecuada conjunción de la sociedad civil y de la sociedad política, el inestable equilibrio de lo uno y de lo otro, el recíproco reconocimiento de legalidad y legitimidad, de coerción y consenso. Un Estado meramente nominal no es un Estado. Un Estado que prescinde cada vez más de sus fuerzas productivas, fuerzas a las que, no sin torpeza, se niega implícitamente reconocer, mientras que explícitamente las reprime, las acorrala, las humilla y las aplasta, obligándolas finalmente a emigrar. Un Estado así concebido, no es un Estado, es una “fase superior” del autoritarismo totalitario: es un cártel, cuya motivación proviene de una tristísima pasión: la del profundo deseo de venganza infinita de un puñado de fámulos que se traduce en el continuo saqueo, precisamente, de “lo que hay”, o más bien, de las miserias que van quedando. Una ontología del Estado tiene la obligación de dar cuenta de este particular fenómeno de la conciencia invertida, muy por encima y muy a pesar de la impotencia de la razón instrumental. El fin se aproxima. Es cuestión de tiempo. Pero el espacio de la reconstrucción tiene que sustentarse en el ser, por lo que es tiempo de ir desechando las vanas ilusiones de los esquematismos y las presuposiciones.

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