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    Cine: Drácula, de Bram Stoker

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    El comienzo es sin dudas lo más difícil a la hora de escribir un texto, no importa el tema que trate, siempre sucede lo mismo: encontrar las palabras iniciales que den comienzo y posterior cuerpo al escrito. Según leí una vez en uno de esos libros en los que se brindan ¨recetas¨ para el novel escritor, se recomendaba siempre modificar el comienzo del texto. Ensayar varios comienzos posibles, alternativos al primer borrador hasta tomar la difícil decisión de elegir el que mejor se adapte al cuerpo del texto. Para ser sincero nunca hago caso de estas recetas de cómo escribir. Sí leo en ocasiones algunos libros de este tipo en el que la escritura parece ser una receta de cocina en la que se ofrecen pautas y procedimientos a seguir para que luego de 40 minutos de horneado el texto este listo, lo hago sólo para ver cómo describen los procesos de escritura. Pero es más complicado que eso. En cierto modo algunas indicaciones son válidas pero no logran darnos el material necesario para luego plasmar en nuestros propios trabajos. Siguiendo una analogía algo pobre son como esos libros en los que el acento está puesto en cómo poner en práctica ciertas prácticas, por ejemplo: cómo superar una pérdida o cómo hacer dinero con escasos recursos o de estrategias varias aplicadas a nuestra vida cotidiana con la razón de llevar ¨una mejor calidad de vida¨.  La escritura tiene como base la lectura y cierta predisposición del alma y asumo el tono espirituoso de mi afirmación pero en lo personal es una necesidad interior la que determina algunas lecturas, los temas y hasta el tono del texto, los registros varían al compás de mis experiencias vitales más intimas y son ellas las que van dictándome las palabras mientras escribo, logrando(no siempre) así dar cuerpo al texto que ahora usted lee. Ahora bien, por qué todos estos rodeos que no dan con el tema anunciado en el título. La respuesta es que no lograba dar con el comienzo del texto. Ensayé unos cuántos, por ejemplo comenzar con la obra de Stoker, luego intenté iniciar el texto por el film de Coppola pero no me convencía ninguno. Leía mi escrito y no me parecía, no tenía la música textual que quería imprimirle a las palabras, me leía y mis palabras se asemejaban a una reseña acartonada y sin embargo esto que escribo no es más que eso. En fin, no era lo que buscaba, me costaba soltar las palabras.


    Como les decía, toda esta introducción sirvió para poner en calor mis ideas e ir plasmando las palabras, una vez que comienzan a fluir el texto sigue solo por su cuenta; me limito a seguir el ritmo de las palabras que nacen de mi mente. Y Drácula tiene una música que me resuena internamente, sobre todo cuando miro la gran adaptación de Coppola, incluso en lo personal me parece superior a la obra en la cual se basa. La obra de Stoker es una novela del tipo epistolar, todas las descripciones que vamos obteniendo del conde son por terceros, por los personajes acartonados que hacen a la historia: Mina Murray, su prometido Jonathan Harker y el trío de enamorados de la joven Lucy Westenra: Quincey Morris, Dr. John Seward y finalmente quien será su esposo, Lord Arthur Holmwood. La novela se sitúa temporalmente al interior de los parámetros sociales de la sociedad victoriana. Cada uno de los personajes de Stoker expresa una moral expresa y disciplina en sus actos, una marcada búsqueda de ascenso social,  a través del trabajo, por ejemplo en la figura del joven Jonathan Harker. De hecho son asuntos de trabajo los que llevan al joven abogado hasta los confines de la europa oriental al castillo del conde. La novela es densa, larga y poco atractiva, el registro de los personajes detalla situaciones aunque si bien fantásticas, el carácter de los mismos es plano así como el registro y los modismos. La diferencia la hace el conde al que apenas vamos conociendo por la imagen puritana de sus cazadores. Quienes mejor supieron expresar todo este juego de doble moral con todos sus valores conservadores y ascetas de base fueron Charles Dickens en Oliver Twist, donde retrató la cruda realidad de los niños expósitos explotados y maltratados por adultos. También Stevenson hizo algo similar pero en otro nivel con Dr. Jekyll y Mr Hyde, donde un reputado doctor de sociedad bajo su otro-yo se entrega a todos esos excesos reprimidos por la moral victoriana. Siguiendo esta línea la novela de Stoker no hace más que burlarse de todo ese mundo victoriano a través del carácter de sus chatos personajes y en este mismo sentido, ese al que llaman el no-muerto es el único de entre todos que siente algo, aquel cuyo corazón no late es el único que manifiesta la condición humana. De todos modos el final de la novela es acorde a su tiempo. Mina y Jonathan son padres de una criatura a la que bautizan con el nombre de Quincey. Una vida de amor conyugal y de trabajo forzado para hacerse lugar en la rígida Londres victoriana les espera luego de haber dado muerto al conde rumano. 

    Si bien considero que la obra de Stoker es algo decepcionante posee el gran mérito de ir más allá del talento del escritor irlandés. El haber inspirados las mejores expresiones artísticas del siglo XX en el cine o en teatro pero también la literatura juvenil a través de las sagas de vampiros adolescentes. En este contexto la película de Coppola es el ejemplo acabado de cómo una obra literaria puede inspirar y ser mejorada en un registro diferente al original. Pocas veces sucede que una obra literaria es superada por su versión cinematográfica, y Drácula, de Bram Stoker (1992) lo logra llevando a la pantalla no solo una historia de horror decimonónica es algo más que simple terror, básicamente es una historia de amor sin los condimentos edulcorados habituales en este tipo de film. ¿Y no es el amor algo monstruoso que nos saca de nosotros mismos disminuyendo nuestras facultades de raciocinio a una mínima expresión? La historia comienza con un joven Vlad Draculea preparándose para la batalla contra las fuerzas turcas. Según leí en algunas referencias históricas, Vlad Tepes, es decir el empalador, no sólo lucho contra los turcos durante el siglo XV sino que además dependiendo de las necesidades de la política exterior de su tiempo supo combatirlos cuando fue necesarios o aliarse a ellos para contrarrestar los intentos de Hungría de anexionarse la región de Valaquia. En concreto y desde la óptica de Coppola, Draculea es un defensor del cristianismo ante la avanzada de las fuerzas islámicas sobre la europa cristiana. Es un cruzado de dios. Pero por una artimaña enemiga su mujer Elizabetha cae engañada y decide suicidarse. El conde guerrero habrá ganado batallas pero ha perdido la guerra, el golpe enemigo dio en su flanco más débil. Por eso resulta patética la escena del conde frente a sus cazadores exclamando ¨mirá lo que tu dios me ha hecho¨. Los monjes le advierten que está maldita y que no podrá ser sepultada cristianamente por haberse quitado la vida. La ruptura con dios se produce y como para romper la alianza clava su espada en el centro de la cruz. La sangra brota, la toma con una copa y la bebé, la muerte de Elizabetha marca el fin y el comienzo de una vida entre márgenes de oscuridad, soledad y espera. 


    No voy narrar la película cronológicamente, el lector puede verla hoy por internet sin necesidad de leer una crónica cinematográfica.  Además de los giros al texto por el cineasta hay algunos elementos que permanecen inalterables de su libro original, por ejemplo el carácter de los personajes que hacen a la historia; podría exceptuar al viejo Van Helsing interpretado por Anthony Hopkins que con su humor sardónico logra salir del molde del original maestro de virtud y metafísica que retrata Stoker. Otra excepción es la bella y sensual Lucy Westenra en la piel de una joven Sadie Frost. Jonathan Harker es el timorato y moralista arribista social que bien encarna en un deslucido papel gris Keanu Reeves, el resto de los amantes de Lucy lo mismo.  La excepción es la interpretación de Gary Oldman en la piel de Drácula. Es notable que Coppola haya decidido mantener el mismo perfil de casi todos los personajes exceptuando a este último. La necesidad se debe al giro que decidió darle a la historia. Para hacer algo más complejo que una historia de horror necesitaba de estos giros textuales. El personaje del conde es la clave, mientras que en la obra de Stoker las descripciones son realizadas por terceros a través del registro epistolar, en el film de Coppola es el conde el centro de la historia, el giro conceptual consiste en hacer de una historia de horror una historia de amor. De un amor ideal sólo posible en la literatura o en el cine. El conde es a lo largo de la historia el único que expresa la compleja condición humana: es despiadado y al mismo tiempo sensible y vulnerable, siente temor cuando se ve cercado por sus cazadores pero es a la vez capaz de desatar las fuerzas de la naturaleza, además se conjuga una sexualidad activa siempre presente: el conde sólo muerde mujeres. Todo un juego de polaridades que conforman la compleja personalidad del personaje. Al estar puesto el acento de lectura cinematográfico en el amor como causa de la caída del conde es por amor que debe ser redimido. El amor de ella es la única posibilidad de salvar su alma. Es un ideal abstracto sin correlato profano que va más allá del tiempo, exclusivo y limitado a la vez a una sola persona. El conde al interior de la historia resulta ser pese a su idealismo( por eso es cruel) más humano que todos aquellos hombres que buscan cazarlo, su forma de adoptar distintas figuras ponen de relieve toda una gama de imágenes de los temores del hombre en la imagen del lobo, el murciélago, las ratas y las fuerzas desatadas de la naturaleza en los vientos, en la niebla espesa durante la noche y de la tormenta en el mar. El silencio y la soledad más absoluta, la oscuridad y los instintos. Es la suma de nuestros temores proyectados en su figura.  Por eso debe morir. Porque nos expone ante nuestros temores, nuestras limitaciones, nuestra incapacidad de amar por sobre todos a una persona en particular, un amor de tan potente, que es capaz de destruir al ser amado como al amante; nuestras vidas acantonadas y rutinarias no soportarían un instante de tanta intensidad. Por eso no es un ser social. Es un monstruo. Un ser aislado. Más que un hombre menos que un dios, una bestia diría Aristóteles. Toda esa fuerza lo consume, es su fortaleza su punto más débil. De ahí que Mina en la obra de Coppola sea muy diferente al personaje presentado por Stoker. Ella también es diferente. En el film son dos almas gemelas.


    ¨He cruzado océanos de tiempo para encontrarte¨, le susurra el conde a Mina en uno de sus encuentros íntimos. Mina es Elizabetha, cuatrocientos años esperando el reencuentro, es el motivo de la ruptura de la alianza y el desenlace que hace posible una nueva alianza en el reencuentro. Por eso es un ideal, un amor que vence al tiempo, marcado por la ausencia, la espera entre tinieblas y el encierro en soledad viviendo prisionero de un sentimiento mezquino que le impide ligarse afectivamente con otras personas. Sin embargo como sucede en el libro aquí tampoco pueden estar juntos, el destino del que habla el conde los ha condenado a expresarse el amor pero a no estar juntos. Debe morir. Es curioso el final. Me recuerda al final del Fausto. El amor de Margarita y el coro angelical salvan a Fausto de caer en las sombras. Drácula también debe caer, es vencido y sin fuerzas a los pies de una cruz en brazos de Mina es redimido por un beso. Las luces descienden sobre su rostro, todo rastro de oscuridad se disipa, las luces envuelven a la pareja: el conde ha sido salvado. Sin dudas que el film de Coppola brinda una excelente versión del clásico libro del escritor irlandés. El gran mérito de Stoker es haber inspirado miles de versiones que con matices diferentes enriquecen la historia. La clave está en que el conde expresa todas nuestras dualidades, confluyen desde los sentimientos más puros, diría casi infantiles, junto al deseo de los placeres, no es ese acaso el verdadero amor: el deseo sexual pleno con el ser amado. La entrega y la comunión de los cuerpos que se unen. También el bien y el mal, no en el sentido moral del término, sino como fuerzas destructoras o fuerzas de vida. La soledad y el aislamiento, temor siempre presente en el hombre. O los instintos en estado puro, las fuerzas de la naturaleza, los sentidos plenos y a flor de piel. El conde es más humano que la mayoría de nosotros: seres grises consumidos por la rutina y el miedo, con prejuicios y gregarios. Somos ovejas. En lo personal siempre me ha dados vueltas en la cabeza este personaje. Posiblemente, no estoy seguro, la clave de todo es que el amor duele incluso si se es un vampiro inmortal con poder sobre la naturaleza. Y sin embargo el personaje se juega y al hacerlo se pierde. En la historia, paradójicamente, quien lo hace es aquel cuyo corazón no late. 

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