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Surrealismo daídísta ó pastando nuves.

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Pastor de Nuves por @Jrherreraucv

Dadaísmo fue el nombre que recibió el movimiento estético-literario nacido bajo los tenues faroles del Cabaret Voltaire, en Zurich, entre los años 1916 y 1922. Sus fundadores, artistas refugiados en aquella ciudad durante la Primera Guerra Mundial, fueron Tristan Tzara y Marcel Jank, Hugo Ball, Hans Richter, Richard Huelsenbek y Jean Arp. La primera muestra del llamado Dadá fue una exposición de pinturas y esculturas, acompañada por la lectura de poemas y canciones francesas y alemanas con música rusa y africana de fondo. Pronto vino la publicación del primer Manifiesto dadaísta, bajo el título de Cabaret Voltaire, con textos de Apollinaire, Marinetti, Picasso, Modigliani y Kandinsky. La portada del Manifiesto muestra una ilustración de Arp.

El ímpetu del mensaje dadaísta, similar al de un río de fuego, se hizo cada vez más extenso, al punto de alcanzar repercusiones en todos los ámbitos artísticos, intelectuales, académicos y políticos. En Alemania encontró adeptos entre los miembros de la Liga Espartaquista, fundada por Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg y Clara Zetkin. En Francia fue acogido por André Breton y Louis Aragón. En Italia, por Giuseppe Ungaretti. Había comenzado una auténtica revolución espiritual, que se extendía impetuosamente por el orbe entero.


Se suele decir que el dadaísmo es una simple sucesión de palabras y sonidos a los cuales difícilmente se les pueda encontrar algún significado preciso dentro de la lógica discursiva del sentido común. Y tal vez así sea. Cuentan sus estudiosos que Tristan Tzara tomó un diccionario, lo puso encima de su escritorio, buscó al azar la palabra más rara y desconocida y encontró Dadà, que significa “caballo de madera” en francés. Pero, más allá o más acá de lo anecdótico, el Dadá se propuso, deliberadamente, ser auténtico, diverso, dubitativo y, sobre todo, dialéctico, es decir, crítico, en el sentido más enfático del término. Su contribución histórica fue la de producir una renovación del ser social, un sacudón en todos los ámbitos de la cultura, mediante el uso de estructuras, hasta entonces, no relacionadas entre sí. Su talante es la autonomía, su manifestación más representativa es la provocación mayéutica. Se trata de un desafío frente al prejuicio y la superstición, frente a lo tácito y lo sobrentendido, que llegó a cuestionar hasta el extremo la existencia de las normas en y para las artes, las letras, las ciencias y, a fin de cuentas, la vida toda.

El surrealismo dadaísta se presenta, pues, como una Weltanschaung total, como una forma de ser, de pensar y decir, de actuar, cuyo sustento es el rechazo absoluto a todo lo tradicional, a todo lo muerto. El suyo es, in nuce, el inalienable derecho universal a decir que no. En el fondo, se propuso ser la negación determinada del dogma, del precepto, del “método” o de la rigidez en todos los ámbitos del saber. Se trata de combatir todo aquello que se empeña en ponerle límites a la libre y decidida creación del espíritu. Nada ni nadie deja de ser objeto de estudio y revisión. No hay catecismos. Nada ni nadie queda a salvo y todo está en discusión. Para el dadaísmo, el arte es acción y, por ello mismo, las fronteras entre arte y vida deben ser abolidas.

No es obra del acaso el hecho de que Carlos Raúl Villanueva escogiera una monumental escultura de Jean Arp, quien, como ya se ha indicado, fue uno de los padres fundadores del movimiento Dadá, para colocarla justo en frente de la entrada principal del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. La obra en cuestión es el conocido Pastor de Nubes. No hay egresado ucevista que, después de recibir su título en el Aula Magna, quiera perder la oportunidad de preservar el recuerdo del importante momento fotografiándose, junto con sus padres, familiares o amistades, al lado del imperturbable gigante de gruesa contextura, metálico, dorado y de indeterminada fisonomía, que “pastorea” en el claro de la Plaza Cubierta, al lado de la fuente, como si quisiera tener por testigos del momento crucial de su “rebaño” a los cuatro elementos que lo circundan: el fuego –la luz– del saber; el aire –la brisa– del tiempo presente; el agua –la fuente– del frescor juvenil; la tierra –la Plaza– del espacio por construir.

En la Plaza Cubierta de la Ciudad Universitaria de Caracas existe un Pastor que celosamente ejerce su profesión –precisamente, el pastoreo–, pero no de ovejas, sino de Nubes, magistralmente simbolizadas por Alexander Calder en el Topos hyper uranus del Aula Magna. Pastorea, en efecto, Nubes que son también Platillos voladores, como el propio Calder los llamara, y que representan la versatilidad, el inagotable cambio, de la trascendencia infinita del saber autónomo, democrático, siempre crítico e irreverente, presto a decir que no al prejuicio y al dogma, propios de la ignorancia y la barbarie. Pero esta es, justamente, la misión de la universidad: pastorear el ser, el alma que deviene Alma y se eleva como las nubes, como los platillos que vuelan tan alto como la creación infinita del saber.

Hay algo de surrealista en la obra de Villanueva, porque, a pesar de que para el uso del lenguaje común el surrealismo es interpretado como algo fantasioso y sin sentido, su aproximación a los grandes creadores del espíritu de su tiempo da cuenta de su cabal comprensión de la auténtica sustancia del movimiento Dadá como denuncia del poder heterónomo, de su incapacidad de pensar y de crear. En suma, de toda posible cristalización de la libertad. No se trata de una inclinación por lo irracional. Más bien, se trata de no colocarle límites a la razón.

La presencia del Pastor de Arp frente al Aula Magna de la UCV, compromete. Exige al recién egresado que muestre las alas de su autónoma preparación, más allá de toda realidad inmediata, de todo conocimiento de oídas o, simplemente, de lo meramente empírico, porque ha sido formado, en sustancia, para ejercer el oficio de pensar. Solo queda en pie un postulado: Sapere aude!
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José Rafael Herrera

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