La noción de mímesis en Aristóteles

Acción y autonomía estética.

El motivo de la presente reflexión, es realizar un recorrido por la noción de mímesis en la antigüedad y más concretamente en lo que esta significaba para Aristóteles, ya que como señala Marchán Fiz, la mímesis es uno de los principios estéticos definitorios de la misma idea de arte que más se resisten a morir, pues parece rebrotar siempre que se plantea las relaciones entre el arte y la realidad. 

Ilustración del concepto de mímesis aristotélica donde unas manos esculpen una idea universal en lugar de una copia de la realidad.
Para Aristóteles, el arte no imita la realidad tal como es, sino como podría o debería ser. La mímesis es un acto de creación.


De igual forma el concepto de arte como mímesis, como imitación, es sin duda el más asentado en la historiografía artística desde la prehistoria y desde la tradición estética griega. Si no todos los pensamientos estéticos hallaron de inmediato una expresión verbal y en cambio, fueron expuestos en la obra de arte, en la forma, el color o el sonido, la actitud estética primitiva se resumía para los primeros griegos, (Arístides y su Choreia), en su carácter expresivo, de manera que la mímesis era la expresión de la realidad, su imitación, que después derivó en la representación de la realidad por el arte: teatro, pintura, escultura. Imitación en el sentido del actor, no del copista. La palabra que no aparece en Homero ni en Hesíodo, según los historiadores, pasó de referirse a los misterios de los cultos que realizaban y representaban los sacerdotes en los que intervenían el baile, la música y el canto, según atestigua Platón, a incorporarse a la terminología filosófica designando la reproducción del mundo externo. Si bien parece que Sócrates tuvo algunas reticencias en llamar mímesis al arte de pintar, Platón y Demócrito la utilizaron para denotar la imitación de la naturaleza, aplicable a las artes utilitarias que copiaban la apariencia de las cosas. Platón cambió la concepción de mímesis a mera descripción de las cosas, ya que no aceptaba que el arte imitase la realidad porque la imitación no era el camino apropiado a la verdad, es decir, concibe la mímesis como una participación- pálida- del mundo de las Ideas, en el que la composición de las imágenes por el arte es la encargada de encarnarlas en formas perceptibles. Al final, aceptó una mímesis reproductiva, (artesanal) y otra ilusionista, (fantástica); teoría apoyada por Gorgías: el mejor es el que induce a error al espectador). Pero esta afirmación de la mímesis como imitación de la realidad, más o menos afortunada en cuanto copia del original, queda un poco vacía y no dice nada de las múltiples articulaciones que ha encontrado esta noción en las diferentes teorías estéticas. Aristóteles, con su viraje al mundo físico propone otra teoría para la mímesis atribuyendo a esta la necesidad innata de imitar no ya las Ideas, sino los caracteres, toda la realidad natural y humana, así como las acciones y las pasiones humanas. Sostenía que la imitación artística puede presentar las cosas más o menos bellas de lo que son, como podrían o como deberían ser: “puede y (debe) limitarse a las características de las cosas que son generales, típicas y esenciales. (Poética). De esta forma, el arte imita la realidad, pero no como copia fidedigna, sino en un libre enfoque de la realidad, el artista puede representar la realidad de un modo personal, lo que parece una fusión del concepto ritualista y socrático. Para Aristóteles, la mímesis fue en primer lugar la imitación de las actividades humanas para ampliarla después a la imitación de la naturaleza, pero como libre creación de los elementos de esta a través del conocimiento adquirido por medio del arte. Este arte debe ser entendido como no útil o artesano, en el sentido que la techne tenía en la antigua Grecia y que viene a ser el de técnica aplicada a una ciencia. Arte como conocimiento de lo no estrictamente necesario, es decir como acción y (no necesariamente) acompañado de la producción, aunque hay autores para los que existe una identificación total del arte aristotélico, entre acción y producción. Quizá se trataría más bien de diferenciar que, si en la acción de una técnica como conocimiento se busca siempre una meta o finalidad, en el arte lo que se busca es modificar la realidad mediante la aplicación del conocimiento, es decir se busca la producción:”Las demás producciones se llaman creaciones y son efecto de un arte, o de un poder, o del pensamiento…”.El objetivo del arte está fuera de sí mismo, busca hacer, no un obrar, sino una producción que imita la naturaleza, no las Ideas, sino que representa aquello que la naturaleza no puede hacer. Esta afirmación contenida en la Poética supone un giro respecto a todas las concepciones anteriores de mímesis, pues señala una soberanía, una autonomía en la acción artística. De ser un pálido reflejo del mundo eterno e inmutable, pasa a ser un reflejo del mundo sensorial, (y los sentidos son para Aristóteles una forma de conocimiento), excluye la anamnesis dando lugar a la autonomía que mejora el concepto escueto de imitación, mejorándolo porque la mímesis no es ya imitación restringida a las apariencias sino también imitación de las cosas como pudieran o debieran ser. En este sentido el arte poético es superior a la historia, ya que esta se limita a describir hechos acaecidos, irrepetibles que no se pueden universalizar. Producir, crear, imitar se convierten en complementarios. En la concepción platónica del arte los poetas son unos mentirosos, porque promueven figuras que se muestran como verdaderas que engañan a los sentidos al mostrarse como realidades paralelas de las formas puras, con lo que el problema parece estar en la relación de la mímesis (poética) con lo real. Sin embargo en la concepción aristotélica se elogia a Homero porque enseñó a los demás a contar mentiras como es debido. Aristóteles, en cambio, parece negar la identidad entre la mímesis y el reflejo de una realidad de otro orden en la que su maestro basaba su ontología y su crítica del arte.

Hay que recordar que arte y poesía son sinónimos en el mundo griego. Aristóteles parece restringir la noción de mímesis a la de praxis, es decir, la imitación que produce el arte no se refiere a cualquier cosa, sino a las acciones de los hombres. No hay una reducción de la mímesis como conducta imitativa de la naturaleza, el mundo sensible no aparece como copia de las ideas porque la producción lo es siempre de cosas singulares y esta praxis como objeto del arte o hacer poético, no se reduce a la mera conducta imitativa sino a una acción previamente deliberada entre las diferentes opciones a escoger para conseguir el propósito que persigue. Hay entonces, una acción y una elección, es decir, una autonomía. Esta se muestra, por ejemplo, en la creatividad que los pintores efectúan al pintar a los hombres: “Polignoto los pinta mejores, Pausón peores, Dionisio iguales. Es evidente que cada una de las mencionadas artes imitativas comprenderá estas diferencias y se hará diferente al imitar de tal manera diferentes objetos.”Es decir hay un doble sentido en el hacer artístico, por un lado desde el punto de vista poético o de la construcción de la obra (poiésis) y desde el punto de vista estético o de la recepción de la obra por parte del espectador. Pero para no caer en la trampa engañosa de la sofística alejada de lo real, Aristóteles afirma la condición necesaria de que los sucesos se ajusten a lo posible, a lo real, para así ligarlos a la filosofía y al conocimiento verdadero. Esta necesidad implica que los sucesos deben poseer una trama coherente y lógica, con lo que parece que el poeta o artista aplica su conocimiento a la elaboración de un mito que se define como una trama de acciones en una estructura coherente, que de otra manera sería informe o improbable. De la estructura de la trama depende la belleza y la verdad de la obra, es decir de la proporción de las partes y su unión, y de la mediación que permite reconocer la trama formal de la obra y seguirla. La creación artística aparece como un proceso imitativo de algo que es externo a la obra, la praxis humana. Paradoja que se observa en la tragedia, pues lleva adelante una imitación de la conducta humana transformándola, elevándola, o en la música, la más expresiva de las artes para Aristóteles pues imita estados morales y las imitaciones provocan sentimientos afines en los oyentes. La importancia de la Ética a Eudemo para la estética de Aristóteles ha sido recogida en Historia de seis ideas. Según Tartarkiewicz, la experiencia estética había sido expuesta por Aristóteles de forma completa o decisiva en sus obras éticas. Oculta en ellas, aún sin citarla como experiencia estética se describe exactamente lo que entendemos como tal. Aún cuando es parte de una teoría más compleja se resaltan varios puntos:
Experiencia de un placer tan intenso que deriva de observar o escuchar una obra; llega a producir la suspensión de la voluntad, puede llegar a ser un placer excesivo pero que a diferencia de otros placeres que cuando son excesivos se convierten en repugnantes, nadie encuentra repúgnate un exceso en la experiencia estética; esta experiencia es característica del hombre y sólo de él, las otras criaturas experimentan otro tipo de placeres y eso que sus sentidos son más agudos, con lo que la agudeza de los sentidos no explican por sí solos la experiencia estética y por lo tanto este tipo de placer se origina en las mismas sensaciones. Se disfruta de las cosas por sí mismas o por las cosas que se asocian a ellas. Como señaló el Aquinate el placer humano no sólo es biológico como en los animales sino que se da en los objetos sensibles; si bien nuestro conocimiento de la belleza se origina en la concentración de nuestros sentidos, estos no parecen marcar el fin de la experiencia sino su principio, lo que marca el camino para alcanzar el conocimiento que da la obra de arte. La mímesis se convierte para Aristóteles en una re-presentación, re-creación de la praxis de las acciones humanas que se presentas como posibilidades futuras. La mímesis aparece como un concepto procedimental, inicial, que no excluye nada, el objeto es siempre conocer, conocer la universalidad desde la novedad que introduce el mito, lo que supone una apertura. El mito regula en su trama la posibilidad y su verosimilitud, (verdad poética), regula la valoración ética de sus actores pero centrado en sus propias acciones.

En el mito aristotélico que nutre su idea de mímesis, la voluntad humana existe, no es pura sujeción a los designios de los dioses; comprender el proceso de mímesis artística es un acontecimiento generador de placer, tal y como quiso Ricoeur, un placer no sólo relacionado con lo agradable, sino con el saber, el conocer y el comprender. En este sentido la tragedia no copia las acciones humanas imitándolas para que sean reconocidas por el espectador, como los eslabones de una intriga, sino restituir el sentido de la acción en un proceso estético y educativo, persigue el re-conocimiento, la instrucción, (paideia), de los ciudadanos, no sólo persigue la purificación de las pasiones o catarsis, sino que en su imitación quiere mostrar los caracteres radicales de los hombres, sus conflictos. El fenómeno estético, la experiencia estética, busca también el reconocimiento de la semejanza, (los humanos aprendemos por imitación), entre el espectador y el héroe de la tragedia, busca sentir las pasiones y los excesos de los héroes y sintiendo sus miedos y su compasión, comprender la moderación, la prudencia. No se consigue una verdad al modo histórico, descriptiva, es decir mostrada, sino una verdad metafórica construida por el relato que se refiere en lo esencial a las acciones humanas y como tal entrelazada entre lo alegórico de la metáfora y las posibilidades que abren las acciones humanas. Aristóteles no creía diferentes al historiador o al poeta porque escribieran en prosa o verso, sino en que el primero cuenta las cosas tal cual sucedieron y el segundo como era natural que sucediesen o puedan suceder. Es preferible que el paradigma supere a la realidad, es mejor lo convincente imposible que lo posible no convincente, y así “es preferible que Zeuxis pintara de esa forma a las personas, aunque se supiera que no existían así”. Lo que caracteriza a la mímesis aristotélica respecto a la platónica es que mientras Platón aplica la mímesis a todas las artes y a todas las cosas en su conjunto, en lo que lo importante es la relación o grados de semejanza entre sí o con las Ideas, en Aristóteles no es la relación de semejanza como mímesis-copia sino como un proceso de construcción que se opone a un carácter pasivo de copia. Hay, como ya he señalado antes, una posición autónoma por parte del espectador, que proviene de este hacer mimético. Ricoeur dijo que no cabe mímesis más que donde hay un hacer. El mythos y la mímesis no son entendidos como estructura sino como operación. Una operación paradójica para Ricoeur pues es “curiosa imitación, la que compone y construye aquello mismo que imita”. Sin embargo, ya comenté que la mímesis aristotélica no consiste tampoco en duplicar la realidad, sino en re-hacerla, re-construirla. La utilización de la metáfora es fundamental para Aristóteles para la construcción del relato, tanto retórico o poético, lo que Adorno eludirá sistemáticamente para centrarse en la fantasía del mythos, pero ambos coinciden en que la forma de conocimiento que el arte promueve es no discursiva, no conceptual. Aquí residiría su fuerza, en la capacidad de instrucción al ciudadano por medio de la catarsis en vez de por la retórica y en la ventaja que Adorno ve al convertirla en la alternativa al pensamiento fetiche que subsume lo particular en lo universal ideológico. Si bien la obra no puede alejarse de aquello que imita, tampoco puede perder su carácter de creación. La relevancia de la acción se observa también en que aparece de dos formas en la concepción aristotélica: como lo que es imitado y como lo que es construido. Hay una relación de esencia entre los elementos y el mhytos, entendido siempre como trama que organiza dichos elementos, como estructura, y no sólo de relación y efecto. Es quizá, aquello que Adorno llamó el residuo de la obra de arte, lo que se resiste a la interpretación. Resultado quizá de la función metafórica, si seguimos a Ricoeur, y del desplazamiento de sentido propio de la metáfora, de forma que la mímesis es interpretada desde la metáfora y la metáfora desde la mímesis, resultado de la elevación de sentido operada por la mímesis mediante la construcción de la trama. La noción de mímesis en Ricoeur implica también una teoría de la verdad, que inicialmente se plantea como verdad metafórica, y se aparta de la concepción de verdad-adecuación propia de la noción de representación. A pesar de que esta metáfora propuesta por Ricoeur participaría de la doble tensión que caracteriza a la imitación, la sumisión a la realidad e invención de la trama. La dificultad estriba en hallar la referencia esencial de experiencia humana expuesta en la obra de arte, en lo que el artista ha querido expresar. Interpretar o llevar al texto a decir algo nuevo, en el sentido metafórico con el que Aristóteles define el lenguaje: trasladar los nombres. La recepción de una obra es lo que Aristóteles denomina estética y su captación de sentido es la (necesidad de) interpretación. Siempre será necesario trascender la inmediatez, salvo quizá en la música, para alcanzar la verdad de la obra a través de un argumento filosófico que cierre el círculo hermenéutico para su comprensión, aunque ya sabemos por Adorno, que esta empresa, aunque necesaria es siempre infructuosa ante una obra que deja un excedente que se resiste. Quizá sea esta sombra la que no permite la re-interpretación, trascienda su mundo y nos deje desacoplados ante ella.
Aristóteles propone una autonomía tanto para el arte como para la experiencia estética del espectador, y si bien se ha considerado la hostilidad platónica a la poesía el reconocimiento de esa autonomía, es Aristóteles quien por primera vez defiende, expone y admite implícitamente esa autonomía sin recurrir en su defensa a soluciones fuera de la razón conceptual y estableciendo además lo que es arte y lo que no lo es, y los rasgos de la experiencia estética. Si en la definición de mímesis clásica la concepción de la obra aparece subordinada al modelo de la naturaleza, en la autonomía aristotélica concebir el arte sólo como dependencia mimética sería una lectura restringida de mímesis, implica una normatividad que introduce parámetros que incluso Kant abolió: la finalidad sin fin del arte especifica una autonomía, su independencia respecto al servicio forzoso a otra esfera cualquiera, moral, religiosa, política, que son señaladas expresamente por Aristóteles en su Poética como pertenecientes al “no arte”.
La tesis de la imitación le permite a Aristóteles incluir la autonomía de la obra de arte en una autonomía mayor, la del pensamiento abstracto. Queda el problema de regular el orden de la obra desde fuera, -aunque según Gadamer, en todo arte, aún en el más extravagante existe uno-,que imposibilita conocer el orden interno de la obra de arte y al mismo tiempo le da su carácter autónomo ya que no hay un orden exterior que lo determine, lo que también implica una autonomía que se apoya en una soberanía del conocimiento. Lukács dijo que si el arte es un reflejo de la realidad, la obra de arte sería ante todo un modo de conocer. Aunque también está la opción de pensar con Baudelaire que el arte como mímesis ha perdido vigencia a medida que se ha concedido primacía a la imaginación y la fantasía o cuando se parte del convencimiento de que en la actividad artística predomina la invención o creación sobre la imitación. O decir, como señaló Engels, naturalismo y realismo, contra el arte de tendencia.

Bibliografía:


Adorno, Teoría Estética. Ed. Akal 2004
Aristóteles, Poética, Metafísica, Ética a Eudemo, Ética a Nicómaco...Ed Alianza,
Barbero, Santiago G, La noción de mímesis en Aristóteles, Ed Ordia Prima Studia, 2004
Gadamer H-G, Verdad y Método I y II, Ed, Sígueme,2010.
Givone, S, Historía de la Estética, ed Tecnos 2009.
Marchán Fiz, S, Teoría Estética, Uned.
Mauro S, La forma paradójica de la mímesis en Aristóteles y Adorno. A parte rei. Nº41. 2005
Martínez Sánchez A, Invención y realidad. La noción de mímesis como imitación creadora en Paul Ricoeur. Dianoia, Nº 57 2006.
Sosa F, Autonomía en la estética de Aristóteles. A parte rei, Nº22.
Spang K, Mímesis, ficción y verosimilitud en la creación literaria. S P U, Navarra, 2005.
Tatarkiewicz, Historia de seis ideas Ed, Tecnos 2001. Hª de la estética antigua. E-Book Google.

Pareyson y la Formatividad


La teoría de la formatividad en Luigi Pareyson.

Esta reflexión está pensada para un acercamiento a la obra de Luigi Pareyson, y más concretamente a su teoría de la Formatividad, por la relación que expone entre otras, sobre la interpretación y el proceso de generación de la obra de arte, la intencionalidad específica que toda producción de la obra requiere, el proceso de creación de los diferentes mundos y sobre todo, la necesaria autonomía en su realización y en su comprensión.

La trayectoria de Pareyson, filósofo turinés 1918-1991, cultiva diferentes disciplinas. Parte del existencialismo que estudió en Alemania con Karl Jaspers y que integra en un personalismo ontológico, realizó críticamente una importante interpretación del idealismo alemán con sus obras sobre Fitche, Schelling, pero también sobre la estética de Kant, Schiller, siendo también gran conocedor de la obra de Aristóteles que lo llevará, a pesar de su gusto metafísico, a articular en una estética de la formatividad la tradición que va desde éste a la modernidad estructuralista. Entre sus obras más importantes están la Teoría de la Formatividad, 1954, Filosofía de la libertad, 1989, Ontología de la libertad, 1995, y Conversaciones sobre estética, 1966. Entre sus discípulos se encuentran Umberto Eco, Gianni Vattimo y Sergio Givone. Para este último la estética de Pareyson es considerada como post-crociana más que anti-crociana, y nace de la hermenéutica y a ella regresa porque su noción central, la formatividad, posee fundamentalmente un carácter interpretativo y da lugar a una concepción del arte donde este aparece como el lugar de la interpretación de la verdad. Para Pareyson “el hacer que, a la vez que hace inventa el modo de hacer, es la formatividad. No todo hacer es formativo, solamente lo es aquel que no se limita a seguir algo ya dado o a realizar un proyecto dado o de acuerdo a lo establecido y fijado, sino el que en el transcurso de la operación inventa el modus operandi y define la regla de la obra mientras la hace y concibe, mientras la ejecuta y la proyecta en el acto mismo de realizarla. Hay una clara apuesta por la autonomía, es más, por la consideración como organismo autónomo de la forma, concebida esta como resultado de una intencionalidad natural y de una intencionalidad humana que no se opone a aquella sino que la prolonga. Quizá conviene señalar que el término forma tiene un significado distinto en relación con las obras de arte, debido a su significado en contextos no estéticos. Así forma no significa lo mismo que figura, ni siquiera en las artes visuales, tiene que ver con las interpretaciones totales de las partes, con la organización global de la obra, en la que las figuras, incluido el arte visual son sólo un aspecto. Tampoco se refiere a su forma estructural, como ocurre en lógica, matemáticas, literatura…se refiere siempre a su modo único de organización y no al que comparte con otras obras de arte. Si en el hacer la relación entre el fin y la actividad está basada en reglas cuya correcta aplicación garantiza el resultado, en el formar, las reglas deben ser inventadas y descubiertas cada vez, es decir, inventarlas, extraerlas cada vez que se aplican. Por esto la formatividad se caracteriza no tanto por ser un resultado sino por ser un logro. Un logro que ha motivado su propia regla, en la que producción e invención son simultáneas y donde el “modo de hacer que se trata de inventar es a la vez el único modo de realizar lo realizable y el modo en que se debe realizar.”Lo que significa que, si la obra que está por hacer es siempre singular, determinada y circunstancial, el modo de hacerla debe ser siempre inventado y descubierto y la actitud que la realiza debe ser formativa. Así aparece el elemento estético que está en la base de la acción humana. (Cuando este actuar es propiamente humano, es decir, inventivo, formativo y no ejecutivo sin más.)La vida aparece orientada artísticamente, existe algo artístico allí donde el hombre mira hacia un fin al que sólo puede acceder mediante intentos, tanteos, poniendo a prueba las posibilidades que se le van ofreciendo. Para él “forma” es entendida como organismo, es decir una unidad de elementos, una vida autónoma que tiende a la armonía con sus propias leyes. El concepto de materia reune todo aquello que se pone en contacto en el proceso de producción: los medios expresivos, las técnicas, las teorías, los diversos lenguajes artísticos, etc. El diálogo consiste en interrogar a la materia, y ese interrogar tiene carácter interpretativo. Por lo tanto no hay una relación única con la materia y la forma. A su vez en la recepción de la obra no existe tampoco una interpretación única, hay un proceso de interpretación donde se interroga a la obra y se busca la perspectiva más reveladora. El intérprete se sirve de su personalidad como instrumento para la lectura de la obra. La obra se va clarificando lentamente en los distintos pasos de un proceso en que el artista se somete y que sólo una vez terminado, es consciente que tomó el único camino posible para realizar la obra. Podemos decir entonces que en la creación artística hay un camino de aventura, donde la actividad del artista se compone de intuiciones, diálogo con la materia, ensayos, errores, búsqueda, etc. A esta búsqueda Pareyson la denomina forma formata, pero que contiene a su vez laforma formans; es decir; el resultado de esa búsqueda; la organización de todo eso, porque las reglas de la producción se descubren en el propio hacer, en la propia aventura, esto es la intencionalidad de la obra que orienta al artista a tomar una de las múltiples posibilidades que se le presentan en el camino. La unidad o la conciliación de la forma formata y la forma formans, es el punto principal de la teoría de la formatividad. La verdadera pre-existencia de la obra es eso; forma formata y forma formans al mismo tiempo, es ley y el resultado de su aplicación a la vez. Formar la obra significa entonces, inventar la obra y al mismo tiempo el modo de hacerla; tanteo y realización ordenada; dos momentos para una misma acción. El arte no conoce otra ley que la que él mismo se da, tal vez como quiere el Dewey de Art a experience: El arte enseña como enseñan los amigos y la vida: no con palabras, simplemente siendo. El arte, para Pareyson, procede de modo que la realización es el único criterio que guía la operación, sin embargo, si sucediera que este mismo criterio sea extendido a otras esferas de la experiencia, como si ellas también estuvieran guiadas por la realización, desembocaría en la desnaturalización de las esferas y de la especificidad del arte, lo que desembocaría en el esteticismo por evitar la normatividad de la razón, ya que sólo en el arte “no existe otra normatividad que no sea la de la realización ni otra ley que no sea la que ha instaurado la obra a realizar”. Autonomía: La experiencia estética y por extensión la creación artística, dice Claramonte, se concibe así en producción de situaciones u objetos, de modos de relación, dotados de una estructura y por tanto de una economía interna, de seres autónomos que exigen ser comprendidos en función de su propia organización sin referencia externas y que sirven para engarzar con elementos del pensamiento del Kant de la Crítica del juicio en el que las cosas existen como fines de la naturaleza, en tanto seres organizados, y que al ser causa y efecto de sí mismas hace que las causas eficientes puedan ser juzgadas como efecto de las causas finales. Aunque la obra y la experiencia estética se hacen por el método de tanteo y organización, no significa que los tanteos sean ciegos, están dirigidos por la misma forma que ha de surgir allí, lo que parece indicar una univocidad, como si hubiera una pre-estructura innata y específica en la obra. Sin embargo, esto que parece de obligado cumplimiento con el estructuralismo de la época, no es así, porque como vio bien Dewey: “No se necesita mencionar ninguna propiedad específica de un objeto estético, sino sólo su capacidad para producir una respuesta estética”. Marchán Fiz, expone que el instinto formativo, operante en todos los ámbitos de la actividad humana, alcanza su culmen en las artes, que crean la forma por la forma. Toda actividad humana es formativa, de ahí el carácter estético de toda actividad espiritual. Lo que nos acerca a la faceta más existencialista de Pareyson, la cercanía de lo físico y lo espiritual, pues el artista se organiza en su productividad como la energía formante citada anteriormente, que nos da una noción fuerte de forma, de formatividad, donde pierden peso las nociones de sujeto y el objeto y donde, como señala Claramonte, las cosa son sólo cognoscibles porque son imágenes que a su vez son formas. Trasciende la imitación de la naturaleza griega del arte, hacia una autonomía de la creación, de la generatividad, a la actividad misma de la naturaleza y por ser parte, al hombre en sus modos de relación propuestos con la nueva manera de interpretar la materia. El arte se revela así como hecho esencialmente interpretativo y a la vez ontológico. Sus productos originados que el artista ha hecho en la materia, sólo viven en la interpretación a la que se ofrecen, hermenéutica del proceso artístico: en el proceso de producción el artista continuamente juzga, sopesa, valora, sin saber de dónde viene el criterio de sus valoraciones, que al final se descubrirán “orientadas”. Es hecho ontológico, porque el estilo es personal y está, como la persona, en relación con el ser y relacionado con lo espiritual y con la verdad. A decir de Givone, en su última época su punto de vista estético hace concebir el arte como el ámbito más propio de la verdad. Para Eco, en su libro Obra abierta, lo que mantiene a la obra abierta, una continua apertura al mundo, es su interpretabilidad, el hecho de que no existe sino en la interpretación, aunque Eco ve esta en términos de semiótica más que de hermenéutica, es decir, poniendo entre paréntesis su carácter personal, (que para la última es constitutivo y primario), y subrayando sus elementos de objetividad (la estructura sígnica, el código, el mensaje, etc). Vattimo, propondrá con su afortunada expresión, un ser y una verdad debilitada, donde el arte pasará de ser un lugar donde está en juego la verdad y nosotros con ella, sino como el lugar donde se experimentamos su disolución. Pareyson desborda a Croce, como quiere Givone, ya que su proyecto de igualar la intuición pura del arte a la expresión, como representación de la voluntad en sus manifestaciones pasa a ser considerada como realización, hecho autónomo, no de la voluntad crociana sino de las relaciones establecidas en la búsqueda constante de los modos de hacer arte, sólo más tarde intuidos por su desarrollo, sino por la interpretación de sus relaciones con la naturaleza. Lo que nos lleva, como quiere Claramonte a repescar la noción de ser genérico, proveniente de la esencia social del Marx de la sexta tesis sobre Feuerbach y la necesaria noción, inherente, de agenciamiento que explica la generatividad ineludible de las relaciones de la naturaleza y del hombre, vistas como sistemas autopoiéticos y relacionales, porque como quiere Deleuze: Tout agencement est collectif, puisqu´il est fait de plusieurs flux qui emportent les personnes et les choses, et ne se divisent ou ne se rassemblent qu´en multiplicités.

Bibliografía:
Jordi Claramonte Arrufat: La república de los fines, Ed. Cendeac, 2010.
Arte de contexto, Ed. Nerea, 2011.
Simón Marchán Fiz: Del arte objetual al arte de concepto. Epílogo sobre la sensibilidad posmoderna. Ed. Akal, 2008.
Sergio Givone: Historia de la estética. Ed. Tecnos, 2009.
Monroe C Beardsley, John Hospers: Estética: Historia y Fundamentos. Ed. Cátedra, 2007.
Dialogues: Gilles Deleuze y Claire Parnet. Ed. Champs essais, 1996.
Teoría de la formatividad, Conversaciones sobre estética. Luigi Pareyson.
Revistas y artículos:
Arte, verdad e interpretación. P Blanco Sarto. Anuarios filosóficos, 2002. SPUN, 2008.
Análisis formal del objeto estético. L Rey Altuna. Anuario filosóficos, 1997, ibíd., 2007.
El mito en el pensamiento de Luigi Pareyson. C Coriasso. ACIS, UCM-CAM Madrid.

Libertad y fe en Epícteto



Epícteto una fe en la libertad.
Decía Musonio Rufo, en sus Disertaciones, que el estudio teórico de la filosofía no debe constituirse como un fin en sí mismo, sino como un medio para aprender a vivir de acuerdo a la naturaleza..

Este principio fue hecho suyo por Epícteto, discípulo suyo, manusumiso y fundador de una escuela de filosofía en Nicópolis, en la que enseñó el principio estoico de que el conocimiento filosófico que no se encarna en un estilo de vida, una actitud vital, es inútil. “Mostradme un estoico, si tenéis alguno…mostradme uno enfermo y contento, en peligro y contento…”

Para Epícteto hay tres ideas importantes:

No son las cosas las que nos disturban, sino nuestro juicio sobre ellas.

Podemos y debemos intervenir en nuestras representaciones.

Discernir entre lo que depende de nosotros y lo que no.

Como solución para todas ellas propone la libertad interior del hombre. Siguiendo la tradición estoica Epícteto denomina representaciones al modo en que los seres humanos nos representamos la realidad, es decir, lo que nos acontece, los hechos, situaciones, el Kosmos o Mundo del que nos habla y en el cual vivimos y actuamos. Todo juicio resultante de estos hechos origina en nosotros un impulso, opinión, y los hombres se ven perturbados por las opiniones, no por las cosas, pues todas nuestras opiniones presuponen un juicio de valor. Todo juicio genera un impulso de asentimiento o rechazo, reflejo directo de nuestra cultura adquirida, nuestra forma de interpretar la naturaleza. Estas opiniones no operan lógicamente, actúan de forma automática, sin reflexión, porque las hemos incorporado a nuestro modo de actuar dado por nuestro entorno y ala ser operativos conforman nuestras acciones. El sufrimiento no viene de los hechos sino de las interpretaciones de estos, porque nuestro pensamiento nos daña: Intenta antes que nada no ser arrebatado por la representación. No ofende el que insulta o golpea, sino el pensar que son ofensivos.
Para poder escapar de esta negra apertura nos dice que hay en nosotros algo mucho más originario que el ámbito de nuestras representaciones y sus contenidos: el discernimiento para distinguir las que son ajustadas a la realidad y las que no: Eres una representación, y no en absoluto lo representado. Y esta capacidad de discernir es fundamentalmente la libertad interior, la proaíresis o elección, el albedrío, quien posibilita que no seamos arrastrados por las representaciones espontáneas y no demos nuestra opinión ni actuemos instintivamente, al modo animal, sino de acuerdo a un juicio reflexivo, que se convierte así en una señal de identidad humana pues es in- coercible, in-esclavizable, libre de impedimentos, dada y partícipe de la divinidad. ¡El particular dice: Pobre de mi hermano, pobre muchacho….el filósofo dice!: Pobre de mí….! Y es que nada ajeno al albedrío puede poner impedimentos o perjudicarlo, sino es el mismo. Esta dimensión que nos hace humanos se basa para Epícteto en la proaíresis y en el hegemonikón, en la libertad y en el principio rector o guía del alma, que hacen que exista la capacidad de observar, discernir, aceptar o rechazar a las representaciones: ¡Espera un poco representación, deja que vea quien eres y de que tratas, deja que te ponga a prueba! Y esto, que también sirve para las afecciones del alma, se supera distinguiendo entre lo que depende de nosotros y lo que no.
Lo primero está sometido al albedrío, no nos puede ser arrebatado y podemos resumirlo en un uso correcto, -en Epícteto esto significa moralmnete-, de las representaciones. Lo segundo es lo accesorio, ajeno al albedrío: la fama, la riqueza, salud, etc. Para él, si bien los hechos y situaciones de nuestra vida dependen de nosotros en grado variable: mucho, poco o nada, lo que siempre tenemos es nuestra capacidad para interpretar esas situaciones y nuestras acciones. Sólo seremos libres si sabemos que lo somos, de ahí su insistencia. En Medea, los maníacos…., Epícteto nos dice que hay que abstenerse de las reacciones emocionales porque son contrarias al ideal de la ataraxia.
Si desde un punto de vista ético, aquello que no depende de nosotros no es bueno o malo, es indiferente, no significa que no conozcamos la esencia del bien y del mal, ya que al igual que la libertad, la divinidad nos dio los recursos necearlos para reconocerlos y discernirlos. Somos lo que hacemos, maestreas acciones serán lo que pongamos en relación con ellas, podemos errar pues el error se da en la naturaleza, pero debemos reparar nuestros errores, someter nuestros actos al entendimiento para imitar la naturaleza de los dioses. Foucault dice que el control de las representaciones no supone encontrar una verdad oculta en ellas, sino encontrar un conjunto de principios prácticos, de forma que se pueda saber si somos capaces de actuar de acuerdo a ellos. Como dice Salvador Mas, Epícteto nos enseña cual si de un cínico se tratara, un espejo que devuelve a los hombres la imagen de lo que realmente somos. Pero no nos deja sin salvación: “¿Se puede sacar provecho de esto? De todo. Un mal padre…Un mal vecino…venga lo que quieras y yo lo convertiré en un bien”.
No puedo evitar pensar en María Zambrano, al comentar, leer -y releer- a los estoicos y su comentario que decía "que la filosofía antigua y de ella todavía más la estoica, es amarga medicina, vigilia y desvelo, despertar a alguna verdad que pide todo nuestro valor. El filósofo estoico es más un mediador que un filósofo con razón pura y como tal coactiva, tiene una razón más dulcificadora. Según Zambrano, Séneca siente horror al dogma y por tanto relativiza aquello en lo que más cree. No es el logos el principio del mundo, sino la medida. La ley no tiene un resquicio para la libertad ni para la piedad. Séneca relativiza esta ley y regresa a la armonía de los contrarios, pero si la razón es medida y armonía, la ley queda imposible de fijarse, regresa a la fe de Heráclito, pues si la medida no está en un dogma puede fijarse en un hombre concreto que puede percibir en su interior la medida del mundo, quizá con resignación o haciendo de la moral un estilo de vida, tal que Epícteto. Séneca tuvo que pactar con el poder -pues parece que la fe de Heráclito no se da en Séneca con la pureza que en Epícteto- desde dentro porque los principios, la libertad y la razón sólo pueden preservarse dentro del poder si estás investido por él, tal que Marco Aurelio, y lo abres a los principios, aunque cometas errores: Por conocer la verdad, admites la tortura. La fe estoica era la antigua fe griega en la razón natural, pero se convierte en Epícteto en una nueva fe que deja espacio a la libertad de la persona humana, aún más, que lo lanza inexorablemente hacia ella. No es la razón natural antigua que no se diferencia de la vida y al fin sólo sirve para soportarla- estoicamente, se dice- es una nueva fe que soportada en que la libertad proviene de la divinidad encumbra a la persona que hace un uso moral de ella. Epícteto aparece como el receptáculo de la nueva razón, de la fe en la libertad, quizá el más digno de los estoicos, pues la dignidad para un estoico proviene de la libertad, quizá como lo que es: un sinónimo de ella.

Heidegger explica el conocimiento en Hegel

Lectura de heidegger en "El concepto de experiencia en Hegel".
Solo unas lineas en las que Heidegger habla de Hegel, inclinado este en la forma de experiencia -matemático lógica- del segundo que se presta a la explicación más lingüística y prosaica.  

«Es una representación natural pensar que, en filosofía, antes de entrar en la cosa misma, es decir, en el conocimiento efectivamente real de lo que es de verdad, es necesario llegar a un previo acuerdo sobre el conocimiento que consideramos como el instrumento con el que nos apropiamos de lo absoluto o como el medio gracias al que lo divisamos. Esta preocupación parece justa, en parte porque pudiera haber distintos tipos de conocimiento y, entre ellos, alguno más adecuado para alcanzar este fin último -lo que implica la posibilidad de una elección errónea entre ellos- y en parte porque, dado que el conocimiento es una facultad de un tipo y un alcance determinados, si no se señala con precisión su naturaleza y sus límites se alcanzarían las nubes del error en lugar del cielo de la verdad. Esta preocupación puede incluso transformarse en la convicción de que toda intención de ganar para la conciencia por medio del conocimiento lo que es en sí mismo, es en su concepto un contrasentido y de que entre el conocimiento y lo absoluto se alza una barrera que los separa de manera absoluta. Porque, si el conocimiento es el instrumento para adueñarse de la esencia absoluta, resulta evidente que la aplicación de un instrumento a una cosa no sólo no la deja tal como es ella para sí misma, sino que la somete a una modelación y transformación. Y si el conocimiento no es el instrumento de nuestra actividad, sino en cierto modo un medium pasivo por medio del cual llega hasta nosotros la luz de la verdad, tampoco recibiremos la verdad tal como es en sí, sino tal como es a través de ese medium y en él. En ambos casos estamos utilizando un medio que produce de inmediato lo contrario de su fin o tal vez el contrasentido sea el propio hecho de recurrir a un medio. Es verdad que parece como si pudiera resolverse este inconveniente conociendo el modo de actuación del instrumento, porque este conocimiento hace posible restarle al resultado la parte que le corresponde al instrumento en la representación que nos formamos de lo absoluto por medio de él y, de este modo, hace posible obtener lo verdadero en su pureza. Pero esta corrección se limitaría a devolvernos a nuestro punto de partida. Si a una cosa formada le restamos lo que le ha añadido el instrumento, dicha cosa -aquí, lo absoluto volverá a ser para nosotros exactamente igual que antes de este esfuerzo manifiestamente vano.

Si, por medio del instrumento, el absoluto pudiera aproximarse aunque sólo fuera un poco a nosotros sin transformarse para nada, del mismo modo que las varas untadas de liga nos aproximan a los pájaros que se dejan apresar en ellas, seguramente se reiría de esta astucia, si es que no estaba y no quería estar ya en sí y para sí junto a nosotros desde un principio. Porque, efectivamente, el conocimiento sería en este caso una astucia, ya que por medio de sus múltiples esfuerzos aparentaría estar haciendo algo completamente diferente que limitarse simplemente a producir una relación inmediata y por lo tanto sin esfuerzo. O bien, si el examen del conocimiento, que nos representamos como un medium, nos enseña a conocer la ley de refracción de los rayos, entonces tampoco sirve de nada restar la refracción del resultado, porque el conocimiento no es la refracción del rayo, sino el propio rayo, por medio del cual nos alcanza la verdad, y si restamos el rayo la única indicación que tendremos será una mera dirección o el lugar vacío.

Breve biografía de Tales de Mileto

Biografía Tales de Mileto
Tales fue el iniciador de la indagación racional sobre el universo. Se le considera el primer filósofo de la historia de la filosofía occidental, y fue el fundador de la escuela jónica de filosofía, según el testimonio de Aristóteles. Fue el primero y más famoso de los Siete Sabios de Grecia (el sabio astrónomo), y habría tenido, según una tradición antigua no muy segura, como discípulo y protegido a Pitágoras. Fue además uno de los más grandes matemáticos de su época, centrándose sus principales aportaciones en los fundamentos de la geometría.


La rica y próspera capital griega de Mileto, en el margen de la actual Turquía, nace la procedencia del pensamiento occidental; en ella se desarrolló, a lo largo del siglo VI, la influencia de los filósofos milesios, en otras palabras, patrios de Mileto: Tales, Anaximandro y Anaxímenes. El paso del mito al logos, a la prudencia, que define el semilla de la impasibilidad. Y los filósofos milesios fueron, en impacto, los primeros en desatender las puntualizaciones mitológicas y religiosas de los fenómenos (los rayos son producto de la rabia de Zeus) y en mostrar respuestas razonables a las cuestiones. La que más ocupó a los milesios fue la del arjé (comienzo o principio). La fisis, la condición o cosmos físico, es un conjunto de cuerpos de muy diversa categoría; ¿existe un postulado auxiliar único, una entraña primera a toda esta gama de individuos? Cada uno de los pensadores de la cátedra milesia dio un parecer distinto: para Tales de Mileto el arjé es el linfa; para Anaximandro, el ápeiron, lo feraz; para Anaxímenes, el éter. La cuestión seguiría siendo gestión por otros prestigiosos pensadores de la brillante entereza griega, parecido Pitágoras, Jenófanes, Parménides, Anaxágoras o Heráclito, implícitamente se convierte en uno de los libretos filosóficos esenciales de la Antigüedad.


El antagonismo y lo que ahora nos parece una pequeña fundamentación de las respuestas no puede exonerar la gravedad de estas contribuciones en la medida en que suponen el bosquejo de una manera neutral, en otras palabras, filosófica. En este sentido, Tales fue el primer filósofo griego que intentó descargar una testificación automática del Universo, que para él era un aire justo pese a su aparente barullo. Tales se planteó la inferior cuestión: si una entidad puede degenerar en otra, al estilo de un trozo de mineral azulón que se hace en sarcófago carmesí, ¿cuál es la natura de las entidades, del mineral y del sarcófago? ¿cualquier médula puede trastornar en otra de faceta que por último todas las entrañas sean aspectos desiguales de una misma clase? Tales consideraba que la oposición a esta última cuestión es el consentimiento, y que siendo así podría incrustarse en el Universo un decreto decisivo; quedaba decidir cuál era entonces ese sor añadido (en griego, arjé o arché). Para Tales de Mileto el arjé es el linfa, ya que es la conferencia que se encuentra cifrada, rodea firmemente y corre la inclinación de los continentes. Todo nace del linfa, la cual es el punto crucial del que están hechas todas las cosas. La secreción impregna el cielo con faceta de fluido, que es donaire, cumulos y edén; del linfa se forman los comités al condensarse, y la existencia no es aparente ausentandose ella.



La Tierra, para Tales, era un compacto plano secreto por la semiesfera azulado flotando en un punto. Esta consideración sobre la sinceridad de un dato del cual estaban alineadas todas las cosas cobró gran aprobación por los filósofos posteriores, a pesar de que no aceptasen que el linfa exteriormente es similar al medio ambiente. Lo importante de su despacho es la consideración de que todo ser proviene de un comienzo natural, sea secreción, sea cualquier otro. Y el hecho de buscarlo de una suerte justo, de extraerlo de una serie de admoniciones y mejoras, es lo que ha negado a Tales el eslogan de "procreador de la filosofía". De la edad de Tales de Mileto nos han impresionado números y curiosidades dispersas de irrealizable antagonismo. Al parecer, en su inexperiencia viajó a Egipto, donde aprendió geometría de los religiosos de Menfis, y astronomía, que ulteriormente enseñaría con el prestigio de astrosofía. Dirigió en Mileto una academia de flota, construyó un canal para bizcornear las jugos del Halis y dio aptos consejos políticos. Fue maestro de Pitágoras y Anaxímenes, y flagrante de Anaximandro. En geometría, y en embrión a los conocimientos adquiridos en Egipto, Tales de Mileto elaboró un conjunto de teoremas generales y de argumentos inductivos a partir de los frontales. Todo ello fue reunido luego por Euclides en su drama Elementos, Tales tiene el derecho de haber filtreado en Grecia con provecho por los exámenes geométricos. Ningún de sus escritos ha conseguido llegar a nuestros días; a pesar de ello, son nutridas las contribuciones que a lo largo de la fábula, desde Herodoto, Jenófanes o Aristóteles, se le han asignado.

El juicio: ética contra estética en la era del narcisismo

El juicio: ética contra estética

Escultura clásica que representa la dualidad humana entre la ética interna y la estética externa.
La constante batalla entre la realidad de nuestro ser y la máscara de la belleza superficial que exige la sociedad.

¿Cuántos de nosotros, insufribles seres, hemos vagado y tenido horas paupérrimas, de banal lucha por ser aquello que queremos ser pero no somos, porque los medios de los cuales tomamos estereotipos hermosos nos abruman, nos hacen sentir vacíos, nos hacen sentir vagos? Es una lástima el no saber qué directrices cortas tomaron para llegar a esa perfección, perfección de la que la llamada caja idiota y pasquines mediocres nos rellenan, como rellenar un embutido. Porque en sí, somos un embutido, solo que, como tal, también el contenido. Nos diferenciamos monetariamente de la calidad de lo que estamos hechos internamente; es un sentir de lo que estamos hechos. Nuestra mente está llena de cosas con las que podemos llegar a una belleza, de la cual nos comparamos o somos comparados porque jamás estaremos satisfechos de nuestra belleza.

Pero ¿cuál es el significado de belleza en nosotros? ¿Estaremos catalogados ¡¡por quiénes!! para llegar a ese clímax de belleza, clímax para algunos inalcanzables, o ¿es la apreciación uno de los sinodales a superar?

Como seres, todos tenemos momentos narcisistas. ¿Cuántas veces denotamos un cierto dejo de narcisismo al contemplarnos como el narciso mitológico que muere ahogado tratando de verse mejor, acercándose al agua y pagando ese pecado que es la vanidad con su vida? ¿Cuántas veces nos miramos en el espejo y vemos nuestras imperfecciones, lo bueno en nosotros y esas cosas que nos hacen humanos, y tratamos de borrarlas, empezando así el juicio de la ética contra la estética? Nunca entenderemos que tenemos que trabajar con lo que tenemos, con nuestros rostros, con nuestros cuerpos, solo aquellos que tienen recursos monetarios podrán componer sus llamadas “imperfecciones”, atacando la ética para llegar a una estética que resulta infalible, ganando el juicio de la ética contra la estética sin importar nada, y al llegar al espejo lograrán ganar ese juicio que pocos ganamos, pero ¡qué precio tenemos que pagar nosotros los terrenos!, los faltos de dinero, que tratamos de dar vida a aquello que no es hermoso en nosotros o que a otros no les parece así; le pondremos un cúmulo de sustancias con tal de tener un remedio, y esperamos que el tremendo juez “espejo del veredicto”, (aunque internamente sabemos que el juez es nuestro consciente) solo mostrará lo que queremos, o que quisiéramos ver, haciéndonos juez y verdugo. De ahí, ya ataviados, nos enfrentamos a nuestra familia y amigos, los cuales serán más bien nuestros aliados porque con tal de no herirnos, nos dirán lo que queremos escuchar, atacando otra vez la ética sobre lo estético. Esto tendrá un sabor agridulce por obvias razones, pero no faltan los que atacarán de una manera hasta de cierta forma hienesca, destrozando lo poco que se ha compuesto y dejándonos con nuestra verdad. Sabedores de esto, nos dejamos arrastrar por un sinnúmero de falacias al aire, construyendo un personaje falso para cazar algo que eleve ese espíritu estético destrozado. Esta dolorosa sustitución de la verdad (la ética) por la máscara (la estética) es el núcleo de la identidad narcisista. De hecho, si buscas profundizar en cómo esta tiranía de la imagen devora al individuo y a quienes le rodean, explora este exacto conflicto en Terapia Espinosa. Siendo hoy en día un mapa imprescindible entre los libros sobre narcisismo, la obra ayuda a desmantelar el simulacro y ofrece herramientas reales de recuperación frente al abuso narcisista.

Una obra de arte, sea cual fuere, podría ser catalogada de bella por aquellos quienes han alcanzado un estudio y así poder apreciar su belleza, o será la belleza algo más prístino, como poder decir que algo es bello. Si lleváramos a un campesino ignaro a ver al David de Miguel Ángel, este solo podría ver una estatua de un hombre desnudo y grotesco; no sabría apreciar sus relieves, su tamaño, su belleza.

Y partiendo desde otro punto, si a un docto en artes lo lleváramos a un lugar rural y le mostráramos una “bestia”, quizás solo podría sentir el olor y la fauna circundante antes de apreciar la belleza del animal. Sin embargo, el propietario apreciaría el alce, el tamaño de la bestia, que para él sería finalmente bella.

La cuestión es: ¿quién o qué delimita lo que es belleza? Tomando el ejemplo de estos dos expertos de la belleza, cada uno haría su propio juicio denotando lo estético, digamos un juicio de ética contra estética.

La belleza podría ser parte de un gusto propio en el que influyen el ambiente, la sociedad y los medios, el cual a veces se unifica con otros pensares y formas de apreciar; se acoplan a ciertas características que gustan a este sector, dando paso a una especie de moda, por cierta cosa, a lo que le damos un nombre que es belleza, o más bien, el sentido de belleza, porque acaso, ¿la belleza no es una moda? Tenemos que, cuando se convierte en ella, es entonces cuando se etiqueta como tal. Muchas veces, la belleza se encontrará en un estudio de las cosas, y muchas veces es un aprendizaje visual, en relación a su ambiente, ya sea laboral o de vida. Y lo visual sería un parámetro totalmente válido, si bien “el principal”, por obvias razones.

La importancia del lenguaje poético en Heidegger


La poesía de Hölderlin en Heidegger
Ante las dificultades de encontrar en la filosofía un lenguaje que realmente suponga una apertura al ser, Heidegger recurre a la poesía de Hölderlin. El lenguaje es la condición que nos limita las posibilidades de reflexionar sobre el ser. La poesía, en este caso la poesía de Hölderlin, sería una vía de acceso a un lenguaje más adecuado para pensar el ser.


Hölderlin, que escribió junto a Hegel y a Schelling el “Primer programa de un sistema del idealismo alemán. Su influencia en la filosofía no se limita solo a los estudios de Heidegger y a la atención que éste le prestó, sino que la encontramos ya en los autores contemporáneos a él. En contra de lo que afirmaba Fichte, Hölderlin no concebía la unidad originaria del conocer y lo conocido como una actividad moral infinitamente reflexiva, sino que tal unidad encierra una contradicción real e irresoluble para la reflexión.

Para Hölderlin, el fenómeno estético es entendido como cierre de la escisión entre el ser y el conocer. Es en la armonía que el juicio estético encuentra en lo bello donde se revela que hay un solo ser originario que escapa a la reflexión filosófica.

Es esta visión la que atrae a Heidegger hacia el lenguaje de Hölderlin como el más adecuado a la hora de relacionarse con el ser. Es lo que le lleva a escogerle frente a otros poetas quizá más clásicos. Heidegger considera a Hölderlin como un poeta que va más allá de sí mismo en un poetizar que no es solo creatividad, sino destino natural.

La posición de Heidegger es de superación de Hölderlin, va aún más allá del sentido originario de lo interpretado, pero que a la vez lo recoge en sí, lleva con los poemas de Hölderlin la misma labor de destrucción y asimilación que con la historia de la filosofía. Para Heidegger esta poesía refleja el sentido de la historia del mundo como olvido del ser y, por tanto, la historia del ser. Hölderlin canta a unos hombres sin divinidad, a la vez al mismo tiempo ese canto a la divinidad ausente su revelación y la huida de lo divino. Marca la distancia que se crea entre la divinidad y el hombre, entre el ser y el Dasein.

Heidegger toma como base sobre la que desplegar su discurso las alusiones de Hölderlin a los poetas. A partir de ahí construye un discurso en el que eleva la palabra del poeta al plano de lo sagrado en la historia de los pueblos. Este discurso se desarrolla a propósito de un fragmento en prosa de Hölderlin en el que éste habla del hombre como aquel al que se le ha dado el lenguaje para que piense lo que él es, el lenguaje como forma de autoconsciencia.

Para Heidegger el lenguaje poético es anterior al lenguaje común, es el que posibilita la existencia de este. No todo el pueblo adquiere este nivel de autoconsciencia y cuando ambos autores hablan de pueblo lo hacen en un sentido casi metafórico, se refieren a un pueblo puro, al que viven la experiencia auténtica y está capacitado para relacionarse con el ser.

El acontecer de lo creado en la obra no ha de ser entendido como acción de un sujeto que impone su voluntad artística, sino que la creación es el impersonal aparecer “histórico” de lo existente de la obra; respecto a ello, el artista es solo el ser cuya creación va más allá de su voluntad personal, porque es en el acontecer de un “factum” ya dado “históricamente”. La renuncia a la propia voluntad es inherente a la creación reveladora de la verdad del ente; así, dice Heidegger.

Categorías estéticas: ¿Qué es el arte kitsch?



Mr. Brainwash




El concepto de kitsch nació junto a “la revolución industrial que urbanizó las masas […] y estableció lo que se denomina alfabetidad universal” (Greenberg). En otras palabras, empezó cuando las ciudades se comenzaron a llenar de “proletarios y pequeños burgueses” alfabetizados que descubrieron “una nueva capacidad de aburrirse”

Imagen que representa el kitsch: arte accesible y superficial, diseñado para complacer a una audiencia masiva sin exigir comprensión profunda


De este modo, como nos explica Greenberg, al no poder acceder al confort ni al tiempo necesario para abrazar la “tradicional cultura de ciudad” –es decir, el arte verdadero– estos individuos satisficieron su hambre de distracciones con un sucedáneo: la cultura kitsch. Esta, destinada a aquellos “insensibles a los valores de la cultura genuina”, imita y se nutre del arte auténtico. Consecuentemente, el concepto de kitsch se aplica al arte que “no exige nada a sus consumidores, salvo dinero”. Debido a esto, no incita al pensamiento ni invita a la reflexión; más bien al contrario, pues lo kitsch se presenta al espectador masticado y digerido. Por este motivo, Greenberg dice que gusta al espectador inculto, que se ve eximido de la tarea de comprender la obra de arte. Así, el arte kitsch es un arte cuyo fin es agradar al gran público, encontrar su beneplácito; un arte que no arriesga, que no va nunca más allá y que, carente de ironía e imaginación, copia y masifica el arte verdadero mediante fórmulas.
 En definitiva, el arte kitsch es arte superficial, vacío de contenido (es decir, fácil de entender) y que complace a las grandes e incultas masas.

A Eduard Cairol
Bibliografía
Greenberg, Clement: Avant-Garde and Kitsch.