¿Cuál es la religión de Miguel de Unamuno?



¿Cuál es la religión de este señor Unamuno?" Pregunta análoga se me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido de la tal pregunta.

Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso - y cabe pereza espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de otros órdenes análogos - propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan, quiéranlo o no, proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica.

Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él.

En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación el pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el borrar lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso. Cuando una casa amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo que procede es derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre ella. Cabe, sí, edificar la nueva con materiales de la vieja, pero es derribando antes ésta. Entretanto, puede la gente albergarse en una barraca, si no tiene otra casa, o dormir a campo raso.

Y es preciso no perder de vista que para la práctica de nuestra vida, rara vez tenemos que esperar a las soluciones científicas definitivas. Los hombres han vivido y viven sobre hipótesis y explicaciones muy deleznables, y aun sin ellas. Para castigar al delincuente no se pusieron de acuerdo sobre si éste tenía o no libre albedrío, como para estornudar no reflexiona uno sobre el daño que puede hacerle el pequeño obstáculo en la garganta que le obliga al estornudo.

Los hombres que sostienen que de no creer en el castigo eterno del infierno serían malos, creo, en honor de ellos, que se equivocan. Si dejaran de creer en una sanción de ultratumbas no por eso se harían peores, sino que entonces buscarían otra justificación ideal a su conducta. El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en él cuanto que cree en él por ser bueno. Proposición ésta que habrá de parecer oscura o enrevesada, estoy de ello cierto, a los preguntones de espíritu perezoso.

Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible - o Incognoscible, como escriben los pedantes - ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.

"Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto", nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.

Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. "No hay enfermedades, sino enfermos", suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.


Lectura de Miguel de Unamuno en Mi religión.



                  

Heine Heinrich en prólogo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha

Retrato de Miguel de Cervantes fusionando lo ideal y lo cotidiano en su obra literaria

 He dicho que Cervantes no pasó de ser un simple soldado, pero como hasta en esa posición subordinada llegó a distinguirse y su gran jefe, don Juan de Austria, hubo de fijarse en él, recibió, cuando se disponía a regresar a España desde Italia, certificados de alabanza dirigidos al rey en los se le recomendaba muy expresamente su ascenso. Y cuando los corsarios argelinos, que lo apresaron en el mar Mediterráneo, vieron la carta, lo tuvieron por una persona de gran alcurnia y exigieron por lo un elevado rescate, lo que impidió a su familia, pese a sacrificios y esfuerzos, comprar su libertad, quedando así el pobre poeta tanto más tiempo y con tan más grande martirio en el cautiverio. Y de este modo, hasta el reconocimiento de su superioridad se convirtió para él en fuente de infelicidad, por lo que hasta el final de sus días, la diosa Fortuna, esa mujer cruel, se burló de él, ya que no podía perdonarle al genio el haber alcanzado sin su protección honor y gloria.

Pero la infelicidad del genio, ¿es siempre solamente la obra de la casualidad ciega o surge necesariamente de su propia naturaleza interna y del contexto que lo rodea? ¿Entra en lucha su alma con la realidad o es la cruda realidad la que emprende un desigual combate con su alma hidalga?

La sociedad es una república. Cuando el individuo aislado trata de elevarse por encima de ella, la mayoría lo rechaza mediante el ridículo y la difamación. A nadie le es permitido ser más virtuoso y más inteligente que los demás. Pero quien destaca, por el poder invencible de su genio, por sobre la medida trivial de la comunidad, ha de sufrir el ostracismo por parte de la comunidad, la que le persigue con el escarnio inclemente y la difamación, obligándole a retirarse a la soledad de sus pensamientos.
Y es que la sociedad es republicana por su esencia. Toda grandeza le es odiosa, tanto la espiritual como la material. Esta última se apoya, por lo común, sobre la primera más de lo que se sospecha comúnmente. A esta opinión tuvimos que llegar poco después de la revolución de julio, cuando el espíritu del republicanismo se manifestó en todas las relaciones sociales. Los laureles de un gran poeta les resultaban tan odiosos a nuestros republicanos como la púrpura de un gran rey. Quisieron acabar también con las diferencias intelectuales entre los hombres, considerando propiedad común burguesa todos los pensamientos que surgían del territorio estatal, por lo que no les quedó más remedio que decretar la igualdad en el estilo. Y de hecho, un estilo pulido fue condenado como algo aristocrático, y muchas veces tuvimos que oír la afirmación de que un demócrata auténtico ha de escribir como el pueblo: llanamente y perfectamente mal. La mayoría de las personas lograron esto con gran facilidad, pero no a cada quien le es dado el escribir mal, sobre todo cuando uno se ha acostumbrado a la pureza del estilo, y esto conducía inmediatamente a la sentencia: Ese es un aristócrata, un amante de las formas, un amigo de las artes, un enemigo del pueblo.» Con certeza que eran honrados en su opinión, al igual que san Jerónimo, quien consideraba pecado el tener un buen estilo, disciplinándose a conciencia por ello.

Al igual que no encontramos alusiones anticatólicas en el Quijote, tampoco las hay antiabsolutistas. Algunos críticos, que pretenden intuir cosas por el estilo, se hallan equivocados. Cervantes fue hijo de la escuela que hasta idealizaba poéticamente la obediencia incondicional al soberano. Y este soberano fue rey de España en una época en la que Su Majestad brillaba en el mundo entero. El simple soldado se sentía envuelto en los rayos luminosos de aquella majestad y sacrificaba gustosamente su libertad individual por la satisfacción del orgullo nacional castellano.

La grandeza política de España en aquel tiempo no pudo menos que contribuir a elevar y a ampliar el sentir de un escritor. También en el espíritu de un poeta español no se ponía el sol, al igual que en el imperio de Carlos V. Los combates sangrientos contra los moriscos habían terminado, y al igual que después de una tormenta suelen esparcir las flores sus más embriagadores perfumes, así florece siempre la poesía, en su expresión más excelsa, tras una guerra civil. Podemos apreciar el mismo fenómeno en la Inglaterra de la reina Isabel II, y al mismo tiempo que en España, surgía allí un movimiento poético que nos lleva a comparaciones asombrosas. Allí vemos a Shakespeare, y aquí a Cervantes, en lo más glorioso de ese movimiento.

Al igual que los poetas españoles bajo los Austria, tienen también los ingleses bajo Isabel II un cierto aire familiar, y ni Shakespeare ni Cervantes pueden pretender originalidad, tal como hoy la concebimos. No se diferencian en modo alguno de sus contemporáneos por sentimientos y pensamientos especiales, ni por una peculiar fuerza de expresión, sino solamente por su mayor profundidad, por sus cualidades de sensibilidad, ternura y fuerza más desarrolladas. Sus escritos se adentran más en el éter de la poesía.
Pero ambos poetas no eran sólo lo más florido de su tiempo, eran también las raíces del futuro. Y así como hemos de ver en Shakespeare el fundador del posterior arte dramático, mediante la influencia de sus obras, en Alemania y la Francia actual, por ejemplo, así hemos de venerar en Cervantes al fundador de la novela moderna. Y al particular me permito algunas observaciones ligeras.


La novela antigua, la llamada novela de caballerías, surge de la poesía medieval; fue al principio un arreglo en prosa de aquellos poemas épicos cuyos héroes encontramos en los círculos legendarios de Carlomagno y del santo Grial; el argumento estaba siempre basado en aventuras caballerescas. Era la novela de la nobleza, y los personajes que en ella aparecían eran o bien productos fantásticos de la fantasía o caballeros de lanza y espada; por ninguna parte encontramos rastro alguno del pueblo. Cervantes, con su Quijote, derrocó esas novelas de caballería. Pero al escribir una sátira, que acababa con las viejas novelas, nos ofrecía el paradigma de un nuevo arte poético, que llamamos novela moderna. Es así como actúan siempre los grandes poetas; al destruir lo viejo, fundan al mismo tiempo algo nuevo. No niegan nunca sin afirmar algo. Cervantes funda la novela moderna al introducir en la novela de caballerías la descripción fiel de las clases bajas, al mezclar en ella la vida del pueblo. La tendencia a describir la conducta del populacho más bajo y de la hez más despreciable de la sociedad no sólo se encuentra en Cervantes, sino en todos sus literatos contemporáneos; y al igual que entre los poetas, la observamos también entre los pintores de la España de entonces; un Murillo, que le quita al cielo sus colores más sagrados, para pintar a sus hermosas madonas, nos muestra también con el mismo amor los más sucios fenómenos de esta tierra.


Fue quizás la admiración del arte por el arte lo que hizo que ese español ilustre sintiese a veces por la imagen fiel de un niño pordiosero que se quita los piojos el mismo placer que por la reproducción de una virgen excelsa. O fue quizás el acicate del contraste lo que movió a los más altos nobles, a un cortesano refinado como Quevedo o a un ministro poderoso como Mendoza, a escribir sus novelas de pícaros y pordioseros; pretendían quizás salirse de la monotonía del medio en que vivía su clase, valiéndose de la fantasía para trasladarse a esferas de vida totalmente opuestas; necesidad esta que podemos apreciar en más de un escritor alemán, que llena sus novelas con descripciones del alto mundo que sólo coge por héroes a condes y barones. En Cervantes no encontramos todavía esa orientación parcial de describir lo innoble de manera aislada; él mezcla únicamente lo ideal con lo común, lo uno está al servicio del ensombrecimiento o de la iluminación de lo otro, el elemento noble es ahí tan poderoso como el popular. Ese elemento noble, caballeresco y aristocrático desaparece totalmente, sin embargo, en las novelas de los autores ingleses, los primeros en imitar a Cervantes y los que lo han tenido siempre como ejemplo hasta el día de hoy.


Lectura del prólogo de Heine Heinrich en El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha.


El estilo de Nietzsche y Spinoza en filosofía.

En esta entrada intentaremos incluirnos en el estilo de hacer filosofía de Nietzsche y Spinoza,‭ ‬aquí recorreremos diferencias en la inserción de los personajes en el momento de crear su individualidad, cada personaje de un libro de filosofía, es un concepto, estos son los que utiliza el filósofo como actores principales.

Y como es tan importante conocer a los filósofos por sus creaciones,‭ ‬por su estilo y forma de conmover – que es el cómo se hacen importantes, miraremos el estilo en sus obras como si ellos hicieran como aquellos que se llaman directores y novelistas. Si el que fue llamado director teatral por su representación, y su control en la puesta en escena le dio la fama, que llego a representar teatro para grandes reyes y en lujosos palacios, hay quien -como Spinoza- compuso su obra en forma teatral, y él en su Ética representó igual que un gran director sus conceptos en proposiciones, como si de escenas separadas en la obra se tratase. Y dotó de un carácter concreto a cada afecto en la obra retratado -como hacían en las obras clásicas, como aquel tal Homero, y concretando de una forma muy liviana encontró nítidas las individualidades, pudiendo entonces mostrarlas simples, frescas con toda su naturalidad, como conjunto incluia los conceptos en proposiciones, como si de escenas separadas en la obra se tratase. Y es que Spinoza no necesito hablar de magia ni esoterismo para mostrar lo inimaginable, su lenguaje era el del pueblo, por eso algunos le llamaron el príncipe de los filósofos.


Spinoza en filosofía hacía teatro, los conceptos que utilizó, a los que llamó afectos aparecían en los diferentes actos desplegando de uno a uno características propias‬

Y en Nietzsche, ¿Cual era el estilo de este otro?, este que se deshizo de toda ceremonia y cualquier acto organizativo, él empujo al concepto al movimiento, para que pariese de sí algo propio y vivo, en sus escritos hacia valer un estilo trascendente que acompañaba la lectura hacia una acción sangrienta, la sangre en Nietzsche tiene que ver con su águila y serpiente, estos son sus ojos y vísceras en la acción, con sangre decía este que escribía y sin ella nada tendría valor. Y esto solo por el hecho de parir de un concepto muerto otro vivo, y sacar de una tristeza una alegría, aquí hace falta sangre. Él que diferenciose de Spinoza en el modo de lucha, en la forma de hacer filosofía que decidió Nietzsche romper y transformar los ídolos p‭o‬pulares -que como conceptos muertos vivían y no habitaban, en dioses sin nombre y arraigados al cuerpo, al cuerpo de cada cual, para que cada uno se gobernase.


En Nietzsche la filosofía se despliega como en una película de acción, al más puro estilo de Silvester Stalone, sus conceptos eran valientes héroes incomprendidos y alegres saltarines.






                                     

El soberbio se ignora a sí mismo.

PROPOSICIÓN LV

La mayor soberbia, y la mayor abyección, son la mayor ignorancia de sí mismo.

Demostración: Esta Proposición es evidente por las Definiciones de los afectos de soberbia y abyección .

Lectura de Spinoza en Ética demostrada en orden geométrico.





                                   

                             

Video documental más aforismos de Nietzsche en Así habló zaratustra

     
Video documental sobre Así habló Zaratustra.





Estas son las frases correspondientes a las imagenes:

¡Ningún pastor y un solo rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio

*Invitáis a un testigo cuando queréis hablar bien de vosotros mismos; y una vez que lo habéis seducido a pensar bien de vosotros, también vosotros mismos pensáis bien de vosotros

*Semejantes a quienes se paran en la calle y miran boquiabiertos a la gente que pasa: así aguardan también ellos y miran boquiabiertos a los pensamientos que otros han pensado

*Y también hay quienes se sientan en su pantano y hablan así desde el cañaveral: «Virtud - es sentarse en silencio en el pantano

*Ahi estan los tisicos del alma; apenas han nacido y ya empiezan a morir y anhelan doctrinas de fatiga y de renuncia

*O, extienden la mano hacia las confituras y, al hacerlo, se burlan de su niñería: penden de esa caña de paja que es su vida y se burlan de seguir todavía pendientes de una caña depaja.

*¡Vedlos trepar, esos ágiles monos! Trepan unos por encima de otros, y así se arrastran al fango y a la profundidad

*Sus rodillas adoran siempre, y sus manos son alabanzas de la virtud, pero su corazón nada sabe de ello

*De momias se enamoran unos, otros, de fantasmas; y ambos son igualmente enemigos de toda carne y de toda sangre - ¡oh, cómo repugnan ambos a mi gusto! Pues yo amo la sangre

*Todos quieren llegar al trono: su demencia consiste en creer - ¡que la felicidad se sienta en el trono! Con frecuencia es el barro el que se sienta en el trono - y también a menudo el trono se sienta en el barro

*Donde acaba la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas

*Si alguna vez jugué a los dados con los dioses sobre la divina mesa de la tierra, de tal manera que la tierra tembló y se resquebrajó y arrojó resoplando ríos de fuego...

*Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros tenéis todavía caos dentro de vosotros

*El amarillo intenso y el rojo ardiente: eso es lo que mi gusto quiere, - él mezcla sangre con todos los colores. Mas quien blanquea su casa me delata un alma blanqueada

*Redondos, justos y bondadosos son unos con otros, así como son redondos, justos y bondadosos los granitos de arena con los granitos de arena

*Estado llamo yo al lugar donde todos, buenos y malos, son bebedores de venenos: Estado,al lugar en que todos, buenos y malos, se pierden a sí mismos: Estado, al lugar donde el lento suicidio de todos - se llama «la vida»

*Y la ceguera del ciego y su buscar y tantear deben seguir dando testimonio del poder del sol al que miró - ¿sabíais ya esto?

*¡Ved, pues, a esos superfluos! Enfermos están siempre, vomitan su bilis y lo llaman periódico. Se devoran unos a otros y ni siquiera pueden digerirse.

*No sois águilas: por ello no habéis experimentado tampoco la felicidad que hay en el terror del espíritu. Y quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre abismos

*O se sientan durante el día, con cañas de pescar, junto a ciénagas, y con ello se creen profundos; ¡mas a quien pesca allí donde no hay peces, yo ni siquiera lo llamo superficial!

*De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.




                                          

¿Como son los héroes de los cuentos?.


Y va de cuento..

A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe, sí! ¿Y por qué?
—preguntará el lector—. Pues primero, porque casi todos los protagonistas de los cuentos y
de los poemas deben ser héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, véamoslo.

P.— ¿Qué es un héroe?
R.— Uno que da ocasión a que se pueda escribir sobre él un poema épico, un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o siquiera una gacetilla o una mera frase. Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero, o quien fuese, al componer la Ilíada. Somos, pues, los escritores —¡oh noble sacerdocio!— los que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes, y no habría heroísmo si no hubiese literatura.


Eso de los héroes ignorados es una mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser cantado! Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque le habían pedido uno. Aquel a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo de pedírselo, un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos. Era, pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era héroe mi Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando éste que escribo. Es decir, burla, burlando, van los dos delante. Y mi héroe, delante de las blancas y agarbanzadas cuartillas, fijos en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos sobre la mesilla de trabajo— y con esta descripción me parece que el lector estará viéndole mucho mejor que si viniese ilustrado esto, se decía: «Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me pide? ¡Ahí es nada, escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista de profesión! Porque hay el novelista que escribe novelas, una, dos, tres o más al año, y el hombre que las escribe cuando ellas le vienen de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!... Y no, el Miguel de mi cuento no era un cuentista. Cuando por acaso los hacía, sacábalos, o de algo que, visto u oído, habíale herido la imaginación, o de lo más profundo de sus entrañas. Y esto de sacar cuentos de lo hondo de las entrañas, esto de convertir en literatura las más íntimas tormentas del espíritu, los más espirituales dolores de la mente, ¡oh, en cuanto a esto!... En cuanto a esto, han dicho tanto ya los poetas líricos de todos los tiempos y países, que nos queda ya muy poco por decir.



Y luego los cuentos de mi héroe tenían para el común de los lectores de cuentos —los cuales forman una clase especial dentro de la general de los lectores— un gravísimo inconveniente, cual es el de que en ellos no había argumento, lo que se llama argumento. Daba mucha más importancia a las perlas que no al hilo en que van ensartadas, y para el lector de cuentos lo importante es la hilación, así, con hache, y no ilación, sin ella, como nos empeñamos en escribir los más o menos latinistas que hemos dado en la flor de pensar y enseñar que ese vocablo deriva de infero, fers, intuli, illatum. (No olviden ustedes que soy catedrático, y de yo serlo comen mis hijos, aunque alguna vez merienden de un cuento perdido.) Y estoy a la mitad de otro cuarteto. Para el héroe de mi cuento, el cuento no es sino un pretexto para observaciones más o menos ingeniosas, rasgos de fantasía, paradojas, etc., etc. Y esto, franca-mente, es rebajar la dignidad del cuento, que tiene un valor sustantivo —creo que se dice así— en sí mismo y por sí mismo. Miguel no creía que lo importante era el interés de la narración y que el lector se fuese diciendo para sí mismo en cada momento de ella: «Y ahora, ¿qué vendrá?», o bien: «¿Y cómo acabará esto?». Sabía, además, que hay quien empieza una de esas novelas enormemente interesantes, va a ver en las últimas páginas el desenlace y ya no lee más.

Por lo cual creía que una buena novela no debe tener desenlace, como no lo tiene, de ordinario, la vida. O debe tener dos o más, expuestos a dos o más columnas, y que el lector escoja entre ellos el que más le agrade. Lo que es soberanamente arbitrario. Y mi este Miguel era de lo más arbitrario que darse puede. En un buen cuento, lo más importante son las situaciones y las transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones, oh! Y respecto a aquellas, es lo que decía el famoso melodramaturgo d'Ennery: «En un drama (y quien dice drama dice cuento), lo importante son las situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e importa poco lo que en ella digan los personajes, porque el público, cuando llora, no oye». ¡Qué profunda observación ésta de que el público, cuando llora, no oye! Uno que había sido apuntador del gran actor Antonio Vico me decía que, representando éste una vez La muerte civil, cuando entre dos sillas hacía que se moría, y las señoras le miraban con los gemelos para taparse con ellos las lágrimas y los caballeros hacían que se sonaban para enjugárselas, el gran Vico, entre hipíos estertóricos y en frases entrecortadas de agonía, estaba dando a él, al apuntador, unos encargos para contaduría. ¡Lo que tiene el saber hacer llorar! Sí; el que en un cuento, como en un drama, sabe hacer llorar o reír, puede en él decir lo que se le antoje. El público, cuando llora o cuando se ríe no se entera. Y el héroe de mi cuento tenía la perniciosa y petulante manía de que el público —¡su público, claro está!— se enterase de lo que él escribía. ¡Habráse visto pretensión semejante!

Permítame el lector que interrumpa un momento el hilo de la narración de mi cuento, faltando al precepto literario de la impersonalidad del cuentista (véase laCorrespondance de Flaubert, en cualquiera de sus cinco volúmenes Oeuvres completes, París, Louis Conard, libraire-éditeur, MDCCCXX), para protestar de esa pretensión ridícula del héroe de mi cuento de que su público se interesa de lo que él escribía. ¿Es que no sabía que la más de las personas leen para no enterarse? ¡Harto tiene cada uno con sus propias penas y sus propios pesares y cavilaciones para que vengan metiéndole otros! Cuando yo, a la mañana, a la hora del chocolate, tomo el periódico del día, es para distraerme, para pasar el rato. Y sabido es el aforismo de aquel sabio granadino: «La cuestión es pasar el rato»; a lo que otro sabio, bilbaíno éste, y que soy yo, añadió: «Pero sin adquirir compromisos serios». Y no hay modo menos comprometedor de pasar el rato que leer el periódico. Y si cojo una novela o un cuento no es para que de reflejo suscite mis hondas preocupaciones y mis penas, sino para que me distraiga de ellas. Y por eso no me entero de lo que leo, y hasta leo para no enterarme...

Pero el héroe de mi cuento era un petulante que quería escribir para que se enterasen, y, es natural, así no puede ser, no le resultaba cuanto escribía sino paradojas. ¿Que qué es esto de una paradoja? ¡Ah!, yo no lo sé, pero tampoco lo saben los que hablan de ellas con cierto desdén, más o menos fingido; pero nos entendemos, y basta. Y precisamente el chiste de la paradoja, como el del humorismo, estriba en que apenas hay quien hable de ellos y sepan lo que son. La cuestión es pasar el rato, sí, pero sin adquirir compromisos serios; y ¿qué serio compromiso se adquiere tildando a algo de paradoja, sin saber lo que ella sea, o tachándolo de humorístico?

Yo, que, como el héroe de mi cuento, soy también héroe y catedrático de griego, sé lo que etimológicamente quiere decir eso de paradoja: de la preposiónpara, que indica lateraildad, lo que va de lado o se desvía, y doxa, opinión, y sé que entre paradoja y herejía apenas hay diferencia; pero... Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cuento? Volvamos, pues, a él. Dejamos a nuestro héroe  empezando siéndolo mío y ya es tuyo, lector amigo, y mío; esto es, nuestro— de codos sobre la mesa, con los ojos fijos en las blancas cuartillas, etc. (véase la precedente descripción) y diciéndose: «Y bien, ¿sobre qué escribo yo ahora?...».

Esto de ponerse a escribir, no precisamente porque se haya encontrado asunto, sino para encontrarlo, es una de las necesidades más terribles a que se ven expuestos los escritores fabricantes de héroes, y héroes, por lo tanto, ellos mismos. Porque, ¿cuál, sino el de hacer héroes, el de cantarlos, es el supremo heroísmo? Como no sea que el héroe haga a su hacedor, opinión que mantengo muy brillante y profundamente en mi Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, librería de Fernando Fe, 19051 —y sirva esto, de paso, como anuncio—, obra en que sostengo que fue Don Quijote el que hizo a Cervantes y no éste a aquél. ¿Y a mí quien me ha hecho, pues? En este caso, no cabe duda que el héroe de mi cuento. Sí, yo no soy sino una fantasía del héroe de mi cuento. ¿Seguimos? Por mí, lector amigo, hasta que usted quiera; pero me temo que esto se convierta en el cuento de nunca acabar. Y así es el de la vida... Aunque, ¡no!, ¡no!, el de la vida se acaba.

Aquí sería buena ocasión, con este pretexto, de disertar sobre la brevedad de esta vida perecedera y la vanidad de sus dichas, lo cual daría a este cuento un cierto carácter moralizador que lo elevara sobre el nivel de esos otros cuentos vulgares que sólo tiran a divertir. Porque el arte debe ser edificante. Voy, por lo tanto, a acabar con una Moraleja. Todo se acaba en este mundo miserable: hasta los cuentos y la paciencia de los lectores. No sé, pues, abusar.

Lectura de Miguel Unamuno en Tres cuentos, as leído el titulado Y va de cuento..

                  

Utilidad de la psicología y filosofía

¿Qué es cultura? ¿Cómo se forma una cultura?, se podría pensar en una definición como esta; Una cultura es una formación conceptual influida de tal forma, o forzada de tal forma a la acción que es capaz de utilizar unos saberes eficazmente. Por ejemplo, cuando habla un científico o una persona culta en una materia, lo hace por el dominio que los conceptos referentes a esa ciencia le otorgan en la formación de los diferentes saberes. Es considerado culto en esa rama, por la capacidad de formar de ella saberes útiles y ponerlos al servicio de una empresa.

Propongo el caso de la cultura psicológica, de la psicología como ciencia o pseudociencia para esta reflexión, porque es quizá la ciencia que hoy por hoy progresa en mayor medida. E, igualmente es muy difícil de delimitar y observar -en ella- un proceso de culturalización uniforme,  puede parecer que la dificultad esta en la definición si precisamos que: la psicología responde a cualquier grupo de saberes que contribuyan al estudio del comportamiento humano. Encontramos muchos saberes de formaciones culturales diferentes, algunos ejemplos: La hipnosis, que habla sobre el comportamiento humano y sus relaciones inconscientes, o las disciplinas neurológicas que contribuyen con funciones químicas y biológicas en el comportamiento corporal, también, si miramos en la estadística, tan importante y necesaria para reflejar los cambios de comportamiento en muestras y conjuntos de población, contribuye de una forma organizativa, permite plasmar en porcentajes las diferencias comportamentales por grupos, los hombres y las mujeres son, o los jóvenes y los ancianos son esto más que esto. La psicología no es una ciencia quizá por esta razón, cualquiera puede adueñarse de su definición, y decir yo soy psicólogo, yo utilizo una serie de conceptos que me ayudan a prever el comportamiento humano, incluso el que utiliza una buena psicología popular, con sus saberes como fruto único de la experiencia.

La psicología, por lo tanto, parece que está a medio camino, no se convierte en una ciencia hermética completamente, y permite la regulación de las ideas que completan los saberes del psicólogo, con la creación de nuevas fórmulas. Es una "ciencia" destinada a no formarse completa, a siempre poseer devenires y funciones nuevas en relación al comportamiento humano. Decimos que los saberes psicológicos no se pueden encontrar en culturas aisladas si pretenden obtener su máximo beneficio. Por ejemplo: la cultura conductista como cultura aislada, sin el contacto con la biología, o la estadística, se formaría como un abanico de teorías para museo, sin la capacidad de ser usadas, de actuar.

La psicología es la ciencia que más necesita de la invención del filósofo, o de otra forma, la que más se siente influenciada por las creaciones filosóficas, pues el comportamiento humano como objeto de la ciencia, es móvil, veloz, ágil. Mucho más -seguro- que las matemáticas, que la teoría biológica, la historia, etc. Es el ser humano mismo quien decide como es, el filósofo es un ser humano, y cuando el filósofo crea algo no tiene por que ser consciente, puede no saber que ha creado algo, pues la mayoría de los filósofos son personas normales, algunos campesinos, algunos hombres de negocios, que inventan conceptos porque les es vital. Y si inventan conceptos, irremediablemente, fuerzan por el comportamiento humano la movilidad de la cultura psicológica.

La psicología juega con una incapacidad -como ciencia, la de incluirse en una formación sistematizada, allí quienes se aventuren encontrarán continuos fracasos. ¿Puede alguien imaginar la disciplina psicológica útil en una lengua ajena a la que utilizan los mortales?, es decir, al modo de las matemáticas, que inventen códigos y funciones útiles únicamente para quienes sean capaces de interpretar. La psicología necesita de la filosofía , de sus saberes filosóficos y de su capacidad de invención.

Cualquiera que piense sobre la disciplina psicológica observará que el objeto siempre es la persona, los cambios se originan en la base del habito a base de voluntad, de consciencia y pastillas. El filósofo hace otra cosa, él es más elegante cuando usa la palabra y su influencia, el concepto es fuente de vida, y una forma inconsciente de cambiar el habito a fuerza de creatividad. Solo un problema podría encontrarse, el de la inmovilidad del lector, el lector necesitado de guía no se encuentra cómodo entre filosofías y busca -preferentemente- salud en la psicología.





                                        

Problemas sobre los que todo el mundo da su opinión y tiene un punto de vista

Conversación entre Sócrates y Platón sobre el habla, la filosofía y el contraste entre la experiencia y las opiniones comunes, incluidos temas como la fabricación de zapatos, la existencia de Dios y la naturaleza de la expresión de puntos de vista frente al conocimiento verdadero.

 

Hablar quiere decir que cada uno se expresa. Es lo contrario de la filosofía. Hay un bello texto de Platón, en un dialogo con Sócrates donde Sócrates dice : es curioso lo que pasa, hay asuntos sobre los cuales nadie se atreve a hablar, a menos de ser competente, por ejemplo sobra la fabricación de calzado, o sobre la metalurgia. Y después hay una masa de asuntos de los que todo el mundo se cree capaz de tener un punto de vista. Es un buen tema socrático, y, he hay, esta masa de asuntos sobre los que todo el mundo cree poder tener un punto de vista y que, entonces se agita particularmente antes o después de la cena, o durante la cena: ¿qué piensas de eso, cuál es tu punto de vista? Eso cubre lo que se llama filosofía. Bien, la filosofía es la materia de la que todo el mundo tiene una opinión. Saber si Dios existe, de eso se puede hablar en el momento del postre. Saber si Dios existe, sobre una pregunta como esta todo el mundo tiene un punto de vista, cada uno tiene algo que decir. Al contrario, acerca de la fabricación de calzado, aquí somos más prudentes, porque tememos decir tonterías. Pero sobre Dios no se teme decir una tontería; esto es, por lo menos, curioso. Sócrates ha captado, en la aurora de la filosofía, ha captado algo que era perfecto. ¿Por qué? Si comprendemos esto, comprendemos todo. ¿Qué es la filosofía? la filosofía es algo de lo que tu dices de entrada: hay no te expresas. Hay tu no te expresas. El último año yo hablaba de esos llamados que eran el único lado despreciable de 1968: exprésate, exprésate, toma la palabra. Mientras que no nos damos cuenta, una vez más, que las fuerzas más diabólicas, son las fuerzas que incitan, que nos incitan a expresarnos. Esas son fuerzas peligrosas.

Consideren la tele, no nos dice: ¡cállate!, nos dice continuamente : cual es su punto de vista, cual es vuestro punto de vista, cual es vuestro punto de vista sobre esto, cual es tu punto de vista sobre la inmortalidad del alma, sobre el genio de Pívot, sobre la popularidad de Maurois, etc… entonces es necesario expresarse.

Se ordenará su barrio, se tendrá un cuaderno de cargos, todo eso. Digo que es un peligro, un inmenso peligro. Es necesario resistir a esas fuerzas que nos fuerzan a hablar cuando no tenemos nada que decir. Eso es fundamental. Igualmente toda palabra que consiste en decir su punto de vista sobre algo es anti-filosófica. Los griegos tenían una muy buena palabra para eso, es lo que llamaban la doxa y que ellos oponían al saber, aún antes de saber si el saber era algo existente: ¿hay saber? En todo caso sabemos que la filosofía no es la confrontación de opiniones.

Entonces hablar no es yo diciendo, por ejemplo: yo, he aquí lo que pienso, y usted diciendo: bien, yo no pienso así. En la medida en que usted es filósofo, usted rehúsa participar en cualquier conversación de este tipo, a menos que sea sobre lo insignificante. Entonces sobre lo insignificante es muy cómodo y alegre decir: tienes muy buena cara hoy, ¡no, no tengo buena cada, no me siento bien!. Eso es la doxa, el reino de la opinión, y también es la amistad. La amistad se forma al nivel de la doxa. Hacer filosofía es otra cosa, hacer filosofía es construir conceptos y eso solo quiere decir eso. A mi modo de ver es un camino de creación, los conceptos no existen, no están ya hechos, no son pequeñas estrellas en el cielo que tratamos de descubrir. Los conceptos son objetos de una creación y, una vez más, en la filosofía hay tanta creación como en la literatura o en la música, simplemente se trata de crear conceptos.

Lectura de Deleuze en Les cours de Gilles Deleuze.