Ejercicios autodidactas.

Ejercicios autodidactas/ Profesor autodidacta. 



Primer post con este nombre, se propone con esto trabajar sobre diferentes conceptos, consta de: Meditaciones de busqueda, ejercicios autodidactas, repeticiones homologadas, perdidas y vueltas, contradiciones sueltas, momentos graciosos, entender maquinas de pensamiento, olvidar esquemas, crear , comenzar o expandir rizomas, alcanzar un extasis, destruir lecciones antiguas, catapultar ideas, etc.

Posdt/
Dando buena cuenta de la escasa seriedad de las ideas aquí expuestas, tratenlas como a compañeras de fiesta, sirvan de ellas a su gusto e intenten crear lazos poco profundos.

Ejercicios autodidactas se desarrolla en este hilo.

Cada cosa se esfuerza cuanto puede en perseverar en su ser.Spinoza

PROPOSICIÓN VI

Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser.

Demostración: En efecto, todas las cosas singulares son modos, por los cuales los atributos de Dios se expresan de cierta y determinada manera (por el Corolario de la Proposición 25 de la Parte I), esto es (por la Proposición 34 de la Parte I), cosas que expresan de cierta y determinada manera la potencia de Dios, por la cual Dios es obra, y ninguna cosa tiene en sí algo en cuya virtud pueda ser destruida, o sea, nada que le prive de su existencia (por la Proposición 4 de esta Parte), sino que, por el contrario, se opone a todo aquello que pueda privarle de su existencia , y, de esta suerte, se esfuerza cuanto puede y está a su alcance por perseverar en su ser. Q.E.D.


PROPOSICIÓN VII

El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no es nada distinto de la esencia actual de la cosa misma.

Kavita Singh Kale
Demostración: Dada le esencia de una cosa cualquiera, se siguen de ella necesariamente ciertas cosas (por la Proposición 36 de la Parte I), y las cosas no pueden más que aquello que se sigue necesariamente a partir de su determinada naturaleza (por la Proposición 29 de la Parte I); por ello, la potencia de una cosa cualquiera, o sea, el esfuerzo por el que, ya sola, ya junto con otras, obra o intenta obrar algo —eso es (por la Proposición 6 de esta Parte), la potencia o esfuerzo por el que intenta perseverar en su ser— no es nada distinto de la esencia dada, o sea, actual, de la cosa misma. Q.E.D.

PROPOSICIÓN VIII

El esfuerzo con que cada cosa intenta perseverar en su ser no implica tiempo alguno finito, sino indefinido.

Demostración: En efecto: si implicase un tiempo limitado que determinara la duración de la cosa, entonces se seguiría, en virtud sólo de la potencia misma por la que la cosa existe, que dicha cosa no podría existir después de ese tiempo limitado, sino que debería destruirse; ahora bien, eso (por la Proposición 4 de esta Parte) es absurdo; por consiguiente, el esfuerzo por el que la cosa existe no implica un tiempo definido, sino al contrario, ya que, si no es destruida por ninguna causa exterior, continuará existiendo en virtud de la misma potencia por la que existe ahora. Luego ese esfuerzo implica un tiempo indefinido. Q.E.D.

Profesor autodidacta. Visibilidades de enunciados y construcciones visibles.

Estuve en clase, el profesor autodidacta hablaba de dos problemas y escuche que decía:

En la teoria de los enunciados nos dicen algo sobre lo visible, también sobre lo que no esta. Ellos dicen, puedes localizar lo visible porque se presenta directamente, como también veras lo invisible y lo no enunciado de forma indirecta, por una especie de asimetria en los enunciados, una neblina que tapa algunas palabras, que escondidas tras significantes sin relación ofrecen apariencia de verdad, aunque este oculto bajo un relieve.

Es en casos así que se encuentran conceptos enmascarados, ha pasado en todas las epocas, en la victoriana pasó con la sexualidad ese era el concepto no enunciable. Bién, hablamos sobre conceptos o ideas con vida, que existen ,que son longebos, creados en algún momento, con una duración. Tienen principio y quizá final. Esto remite a Foucault, por eso el estudio antropológico al que el se remitía.

John Osgoo
Miremos otra forma, esta la hicieron unos cuantos. Empezaron con una base. Que era un flujo de deseos entre tres construcciones. Cada una de ellas se situa en un lugar visible, es decir existen radios de acción que funcionan aislados los unos de los otros, aquí lo visible es todo, nada escapa a la visión en cada una de las salas, todo adquiere una importancia y nada se queda fuera.

Y lo que hacia diferentes a las 3 construcciones entre si se reflejaba en sus potencias y devenires, en la esfera más baja, más natural, toda visión alcanza condiciones instintivas, un flujo de deseo que atraviese esta óptica devendria libidinal, agresivo y animal. Todo lo contrario ocurriría en la estructura mas alta, esta estaba influida por el efecto de cultura, aquí se depositaban los conceptos aprendidos e interiorizados que a su vez son producto de la experiencia del sujeto. Al deambular por esta optica se podrían potenciar percepciones producto de un egoismo multiplicado, masificado en la pertenencia a una clase, familia o rango. Más lo que interesa no es eso, la tercera construcción se situa en el medio, es la parte central de un conjunto y de ella depende el equilibrio de todo el, como si del manejo de unas y otras fuerzas lograsemos estabilizar una balanza, igualar ambos pesos.

La construcción central se encuentra en la ecrucijada, en el paso central de los deseos, su misión o condición consiste en racionalizar a estos para consolidarse como tal. Como construción central tiene el dever, el poder, el merito y el demerito, no se trata aquí de la naturaleza de tal o cual concepto que habita este plano, sino de esta o aquella visión que ha sido localizada por esa construcción. La visión esta codificada, ya existen significados para tantas imagenes o sensaciones, la solución se hace portadora de la construcción central, ella es quien tiene su merito, su partida o su continuidad.

Así querido estudiante, para el proximo dia, un problema queda en el aire. Invente usted una posible solución, podríamos trazar una linea entre ambos esquemas, el ejercicio sería, Si partieramos de el conjunto de enunciados – visibilidades; Procedamos a idear un camino para arrivar al esquema de las tres construcciones. Espero vuestros trabajos.

Entreguen sus trabajos antes de la próxima clase.

El hombre es virtuoso en cuanto entiende.

El esfuerzo por preservarse a sí mismo es la esencia y la primera virtud, actuar virtuosamente significa actuar bajo la guía de la razón para el propio beneficio.



PROPOSICIÓN XXII


No puede concebirse virtud alguna anterior a ésta (es decir, al esfuerzo por conservarse).

Demostración: El esfuerzo por conservarse es la esencia misma de la cosa (por la Proposición 7 de la Parte III). Así pues, si pudiera concebirse alguna virtud anterior a ésta, es decir, a este esfuerzo, entonces (por la Definición 8 de esta Parte) la esencia de la cosa sería concebida como anterior a ella misma, lo cual (como es notorio por sí) es absurdo. Luego no puede concebirse virtud alguna, etc. Q.E.D.

Corolario: El esfuerzo por conservarse es el primero y único fundamento de la virtud. Pues no puede ser concebido ningún otro principio anterior a él, y, sin él (por la Proposición 21 de esta Parte), no puede concebirse ninguna virtud.

PROPOSICIÓN XXIII

No puede decirse, en absoluto, que el hombre obra según la virtud, en la medida en que es determinado a hacer algo por el hecho de tener ideas inadecuadas, sino sólo en la medida en que está determinado por el hecho de entender.

Demostración: En la medida en que el hombre está determi­nado a obrar por tener ideas inadecuadas, padece (por la Proposición 1 de la Parte III); esto es (por las Definiciones 1 y 2 de la Parte III), hace algo que no puede ser percibido por medio de su sola esencia, es decir (por la Definición 8 de esta Parte), que no se sigue de su virtud. Ahora bien, si es determinado a hacer algo por el hecho de entender, en esa medida obra (por la misma Proposición 1 de la Parte III), esto es (por la Definición 2 de la Parte III), hace algo que es percibido por medio de su sola esencia, o sea (por la Defini­ción 8 de esta Parte), que se sigue adecuadamente de su virtud. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXIV

En nosotros, actuar absolutamente según la virtud no es otra cosa que obrar, vivir o conservar su ser (estas tres cosas significan lo mismo) bajo la guía de la razón, poniendo como fundamento la búsqueda de la propia utilidad.

Demostración: Actuar absolutamente según la virtud no es otra cosa (por la Definición 8 de esta Parte) que actuar según las leyes de la naturaleza propia. Ahora bien, nosotros obramos sólo en la medida en que entendemos (por la Proposición 3 de la Parte III). Luego actuar según la virtud no es, en nosotros, otra cosa que obrar, vivir o conservar el ser bajo la guía de la razón, y ello poniendo como fundamento la búsqueda de la propia utilidad. Q.E.D.

Spinoza.La falsedad consiste en una privación de conocimiento, implícita en las ideas inadecuadas, o sea, mutiladas y confusas.

PROPOSICIÓN XXXII

Todas las ideas, en cuanto referidas a Dios, son verdaderas.


Demostración: En efecto, todas las ideas que se dan en Dios son por completo conformes con lo ideado por ellas (por el Corolario de la Proposición 7 de esta Parte), y, de esta suerte (por el Axioma 6 de la Parte I), son todas verdaderas. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXXIII

En las ideas no hay nada positivo en cuya virtud se digan falsas.


Demostración: Si lo negáis, concebid, si es posible, un modo positivo del pensar que revista la forma del error, o sea, de la falsedad. Tal modo del pensar no puede darse en Dios (por la Proposición anterior); pero fuera de Dios tampoco puede darse ni ser concebido (por la Proposición 15 de la Parte I). Y, de esta suerte, nada positivo puede haber en las ideas en cuya virtud se digan falsas. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXXIV


Toda idea que en nosotros es absoluta, o sea, adecuada y perfecta, es verdadera.


Demostración: Cuando decimos que se da en nosotros una idea adecuada y perfecta, no decimos otra cosa (por el Corolario de la Proposición 11 de esta Parte) sino que se da una idea adecuada y perfecta en Dios, en cuanto que constituye la esencia de nuestra alma, y, por consiguiente (por la Proposi­ción 32 de esta Parte), no decimos sino que tal idea es verdadera. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXXV


La falsedad consiste en una privación de conocimiento, implícita en las ideas inadecuadas, o sea, mutiladas y confusas.


Demostración: En las ideas no se da nada positivo que revista la forma de la falsedad (por la Proposición 33 de esta Parte); y la falsedad no puede consistir en una privación absoluta (efectivamente, se dice que yerran o se equivocan las almas, no los cuerpos), ni tampoco en una absoluta ignoran­cia, pues ignorar y errar son cosas distintas. Por ello, consiste en una privación de conocimiento, implícita en el conoci­miento inadecuado de las cosas, o sea, en las ideas inadecuadas y confusas. Q.E.D.


Escolio: En el Escolio de la Proposición 17 de esta Parte he explicado en qué sentido el error consiste en una privación de conocimiento; pero para una más amplia explicación de este asunto daré un ejemplo, a saber: los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan. Y, por tanto, su idea de «libertad» se reduce al desconocimiento de las causas de sus acciones, pues todo eso que dicen de que las acciones humanas dependen de la voluntad son palabras, sin idea alguna que les corresponda. Efectivamente, todos ignoran lo que es la voluntad y cómo mueve el cuerpo, y quienes se jactan de otra cosa e inventan residencias y moradas del alma suelen mover a risa o a asco. Así también, cuando miramos el Sol, imaginamos que dista de nosotros unos doscientos pies, error que no consiste en esa imaginación en cuanto tal, sino en el hecho de que, al par que lo imaginamos así, ignoramos su verdadera distancia y la causa de esa imaginación. Pues, aunque sepamos más tarde que dista de nosotros más de 600 diámetros terrestres, no por ello dejaremos de imaginar que está cerca; en efecto, no imaginamos que el Sol esté tan cerca porque ignoremos su verdadera distancia, sino porque la esencia del Sol, en cuanto que éste afecta a nuestro cuerpo, está implícita en una afección de ese cuerpo nuestro.

Los hombres son movidos más bien por la opinión que por la razón.

PROPOSICIÓN XVI

El deseo que brota del conocimiento del bien y el mal, en cuanto que este conocimiento se refiere al futuro, puede ser reprimido o extinguido con especial facilidad por el deseo de las cosas que están presentes y son agradables.

Demostración: El afecto relativo a una cosa que imagina­mos como futura es menos enérgico que el afecto relativo a una cosa presente (por el Corolario de la Proposición 9 de esta Parte). Ahora bien, el deseo que brota del conocimiento verdadero del bien y el mal, aun en el caso de que verse sobre cosas que estén presentes y sean buenas, puede ser extinguido o reprimido por un deseo irreflexivo (por la Proposición 15 de esta Parte, cuya demostración es universal); por consiguiente, el deseo que nace de ese conocimiento, en el caso de que se refiera al futuro, podrá ser reprimido o extinguido con una mayor facilidad, etc. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XVII

El deseo que brota del conocimiento verdadero del bien y el mal, en cuanto que versa sobre cosas contingentes, puede ser reprimido con mucha mayor facilidad aún por el deseo de las cosas que están presentes.

Demostración: Esta Proposición se demuestra del mismo modo que la anterior por el Corolario de la Proposición 12 de esta parte.

Escolio: Con esto, creo haber mostrado la causa de que los hombres sean movidos más bien por la opinión que por la verdadera razón, así como la causa de que el verdadero conocimiento del bien y el mal suscite turbaciones del ánimo, y de que ceda frecuentemente a todo género de concupiscen­cia. De ahí proviene aquello del poeta: «veo lo que es mejor y lo apruebo, pero hago lo que es peor». Y el Eclesiastés parece haber pensado en lo mismo al decir: «quien aumenta su ciencia, aumenta su dolor». No digo estas cosas con el objeto de inferir que es mejor ignorar que saber, o que no hay diferencia alguna entre el tonto y el inteligente a la hora de moderar sus afectos, sino porque es necesario conocer tanto la potencia como la impotencia de nuestra naturaleza para poder determinar lo que la razón puede y lo que no puede por lo que toca al dominio de los afectos; y ya he dicho que en esta Parte iba a tratar sólo de la impotencia humana, pues he decidido tratar por separado de la potencia de la razón sobre los efectos.

PROPOSICIÓN XVIII

El deseo que surge de la alegría, en igualdad de circunstan­cias, es más fuerte que el deseo que brota de la tristeza.

Demostración: El deseo es la esencia misma del hombre, esto es (por la Proposición 7 de la Parte III), el esfuerzo que el hombre realiza por perseverar en su ser. Un deseo que nace de la alegría es, pues, favorecido o aumentado (por la Definición de la alegría: verla en el Escolio de la Proposición 11 de la Parte III) por el afecto mismo de la alegría; en cambio, el que brota de la tristeza es disminuido o reprimido por el afecto mismo de la tristeza (según el mismo Escolio). De esta suerte, la fuerza del deseo que surge de la alegría debe definirse a la vez por la potencia humana y por la potencia de la causa exterior, y, en cambio, la del que surge de la tristeza debe ser definida sólo por la potencia humana, y, por ende, aquel deseo es más fuerte. Q.E.D.

Escolio: Con estas pocas Proposiciones he explicado las causas de la impotencia e inconstancia humanas, y por qué los hombres no observan los preceptos de la razón. Me queda ahora por mostrar qué es lo que la razón nos prescribe, qué afectos concuerdan con las reglas de la razón humana, y cuáles, en cambio, son contrarios a ellas. Pero antes de empezar a demostrar todo eso según nuestro prolijo orden geométrico, conviene primero aludir brevemente a los dictá­menes mismos de la razón, para que todos comprendan más fácilmente mi pensamiento. Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia —lo que realmente le sea útil—, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor, y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano por conservar su ser. Y esto es tan necesariamente verdadero como que el todo es mayor que la parte (ver Proposición 4 de la Parte III), Supuesto, además, que la virtud (por la Defini­ción 8 de esta Parte) no es otra cosa que actuar según las leyes de la propia naturaleza, y que nadie se esfuerza en conservar su ser (por la Proposición 7 de la Parte III) sino en virtud de las leyes de su propia naturaleza, se sigue de ello: primero, que el fundamento de la virtud es el esfuerzo mismo por conservar el ser propio, y la felicidad consiste en el hecho de que el hombre puede conservar su ser. Se sigue también, segundo: que la virtud debe ser apetecida por sí misma, y que no debemos apetecerla por obra de otra causa más excelente o útil para nosotros que la virtud misma. Se sigue, por último, tercero: que los que se suicidan son de ánimo impotente, y están completamente derrotados por causas exteriores que repugnan a su naturaleza. Además, se sigue, en virtud del Postulado 4 de la Parte II, que nosotros no podemos prescindir de todo lo que nos es externo, para conservar nuestro ser, y que no podemos vivir sin tener algún comercio con las cosas que están fuera de nosotros; si, además, tomamos en considera­ción nuestra alma, vemos que nuestro entendimiento sería más imperfecto si el alma estuviera aislada y no supiese de nada que no fuera ella misma. Así pues, hay muchas cosas fuera de nosotros que nos son útiles y que, por ello, han de ser apetecidas. Y entre ellas, las más excelentes son las que concuerdan por completo con nuestra naturaleza. En efecto: si, por ejemplo, dos individuos que tienen una naturaleza enteramente igual se unen entre sí, componen un individuo doblemente potente que cada uno de ellos por separado. Y así, nada es más útil al hombre que el hombre; quiero decir que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser, y buscando todos a una la común utilidad; de donde se sigue que los hombres que se gobiernan por la razón, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que no deseen para los demás hombres, y, por. ello, son justos, dignos de confianza y honestos.

Estos son los dictámenes de la razón que me había propues­to mostrar aquí en pocas palabras, antes de empezar a demos­trarlos según un orden más detallado; y he procedido así por ver si era posible atraer la atención de quienes creen que este principio —a saber, el de que cada cual está obligado a buscar su utilidad— es el fundamento de la inmoralidad, y no el de la moralidad y la virtud. Y así, tras haber indicado rápidamente que sucede todo lo contrario, paso a demostrarlo por la misma vía que venimos siguiendo hasta aquí.


Clasicos de la cultura: Ética demostrada según el orden geométrico (Gastos de envío gratuitos)

Dos cartas a un joven.

A UN JOVEN DE DIECIOCHO AÑOS 28 de febrero de 1950.

No he echado en olvido su carta, no; mas no quería despacharla con un mero gesto de cortesía, y como cada día me trae nuevas cartas más fáciles de contestar que la suya y el aparato con el cual me veo obligado a trabajar es harto modesto, me ha sido imposible contestarle a usted hasta el momento presente. Este aparato consiste, además de en los utensilios de escribir, en dos ojos que desde hace muchos años padecen constante fatiga y rara vez se hallan libres de dolores, y asimismo en dos manos que, hinchadas por la artritis, escriben o golpean las letras desganada y torpemente. Los ojos preferirían ocuparse con flores, con gatos jóvenes o con la lectura de un poeta antes que con todas estas cartas, y también las manos sabrían hallar más de un pasatiempo harto más grato para ellas. Y por si fuera poco todo ello, mi respuesta a su carta resulta más dificultosa todavía por el hecho de que me es imposible esperar una rectificación o remedio de sus posibles defectos en cartas posteriores, porque esta será la primera y la última carta que habré de escribirle a usted. Ciertamente leeré con gusto otras cartas suyas, pero no puedo invitarle a que me remita sus manuscritos, ni tampoco puedo prometerle más sino que leeré estas cartas posteriores, en caso de que lleguen hasta mis manos, con verdadero interés y con el grado de comprensión que me sea posible.




Su carta no pide, reclama o pregunta cosa alguna determinada. Está escrita no tanto con la intención de invocarme cuanto con la de liberarse de sí propio durante una hora. Usted rebosa una vida agitada, impulsiva y rica, que no puede desplegarse o expresarse en forma artística; usted se siente, en cierto modo, distinto y apartado de todos sus coetáneos, de los demás en general, y esta situación tan pronto le llena de felicidad como de espanto; usted pertenece a esa minoría de personas cuyas dotes y vocación les elevan muy por encima del nivel medio, y a quienes en épocas pasadas se llamaba genios, y se dirige usted a mí precisamente porque no me cuenta entre esos otros, sino que se siente de algún modo semejante y cercano a mí.
El camino de estos hombres singularizados y fatalmente estigmatizados ha sido siempre difícil y lleno de peligros, y el suyo lo será también. A su edad la desconfianza frente a la experiencia de los demás y el rechazo de toda responsabilidad pertenecen a los recursos naturales con los cuales el hombre singular, individualizado por encima del nivel medio, ha de defenderse contra el mundo que intenta envilecerlo, someterle a normas y obligarle a una presurosa adaptación. Innumerables muchachos de este genero han quedado aniquilados, ya sea porque la vida resulta insoportable en esta tensión constante y en esta actitud defensiva, y salta con impaciencia sus propias fronteras, sea porque el joven solitario cede al final, se torna un filisteo y apenas logra salvar un mezquino resto del fuego divino, con o sin ayuda del alcohol, en el cobijo de un romanticismo filisteo harto poco honroso y ornado generalmente con la corona del anonimato. He conocido a muchos jóvenes así.




Hay, no obstante, senderos distintos y más nobles, y en ellos se encuentran también auxilios y consolaciones de orden singular. Existe el camino del creador, del artista, del poeta, del pensador. Sin embargo, la obra del pensador o del artista presupone un acto de aceptación y de renuncia, legitima al artista genial ante el mundo, pero exige de él, al mismo tiempo, un grado de entrega, de lucha, de sacrificio desesperado, de los cuales no tuvo sospecha en la época de su irresponsabilidad. Por contra, e independientemente de si su obra alcanza o no el éxito en el mundo, se siente recompensado por su participación en el reino total del espíritu, por su camaradería con mil antecesores y compañeros de lucha, y recibe el don de un oído afinado para percibir las sabidurías y las hermosuras que han permanecido vivas e indestructibles a través de todas las épocas y las culturas.
Es este un camino más hermoso y más digno de entrega que otro cualquiera. En quien el amor a la verdad o a la belleza, el ansia por ser admitido en su reino, por tomar parte en su luz suprema, es lo bastante fuerte, ese tal permanecerá siempre solitario e incomprendido, y aunque sufra con frecuencia recaídas en la actitud infantil de orgullo y de irresponsabilidad, su destino es, sin embargo, nobilísimo, pleno de sentido y digno de cualquier sacrificio.




Empero, a este camino y esta obra pertenecen unas dotes no solo generales. Hay en el mundo profusión de poetas llenos de espléndidas ideas, pero faltos de la palabra precisa y encendida; de pintores llenos de fantasía, pero sin la innata pasión del juego con los colores; de pensadores llenos de noble humanidad, pero carentes del vigor y el temperamento de la expresión. En el Arte, los ideales no son suficiente, y si alguien es un Cézanne, no basta que sea capaz de pintar como Tiziano o como Rubens, sino que tiene que poseer ese don y ese coraje sin par, esa paciencia y esa obsesión irrepetibles para pintar como Cézanne.
Existen, empero, numerosos solitarios, muchos hombres geniales y capacitados para lo superior a la normalidad, a quienes, no obstante, faltan las dotes singulares para una cualquiera de las artes y poseen tan solo las dotes generales, un plus de espiritualidad y fantasía, de capacidad para la experiencia vital, para la percepción sensible, para la resonancia. En su temprana juventud han sufrido asimismo, al igual que todos los otros, por su aislamiento y su diferenciación, han ensayado también, quizá, alguna profesión espiritual o artística sin lograr ningún rendimiento especial, y no obstante arden siempre en amor y en nostalgia hacia la participación en el Todo, hacia el rompimiento de su soledad, hacia una auténtica donación de sentido a su ardua y peligrosa existencia. Desean lo sublime, tienen sed de entrega total, pero no son oradores, ni poetas, ni heraldos, ni pensadores. Y precisamente en ellos se pone en evidencia lo que es en rigor el genio, las altas dotes y se hace patente que también los mejores artistas y los más profundos pensadores son todavía esclavos de su talento, capaces y especialistas. Y es que estos genios que no están especialmente dotados para ningún arte o ciencia en particular, son aquellos en quienes s alcanza la cima de lo humano y a través de quienes se justifican todos los dolores, toda la soberbia y el extravío de los superdotados y los geniales. Sucédeles un día que se topan de manos a boca con la realidad desnuda, son bruscamente despertados de su sueño por un espectáculo o una llamada cualquiera, de ese sueño que se llama Yo, contemplan el rostro de la vida, su grandeza espantosa y hermosísima, su plenitud, hasta estallar de sufrimiento, de penuria, de amor irredento, de extraviada nostalgia. Y ellos responden a la contemplación del abismo con el único sacrificio que es verdaderamente pleno de valor y definitivo, esto es, con el sacrificio de la propia persona. Se sacrifican a los hambrientos, a los enfermos, a los infames, sean quienes fueren; se dejan atraer, absorber y devorar con cualquier defecto, cualquier flaqueza, cualquier dolor. Ellos son los que aman de veras, los santos. A ellos tiende toda la Humanidad que desea algo más que la norma y la vida diaria, y de su sacrificio toma valor y sentido cualquier otro sacrificio más pequeño; en ellos se cumple y justifica todo el problema de los solitarios, de los superdotados, de los difíciles y a menudo desesperados. Porque genio significa fuerza amorosa, nostalgia de entrega, y solo alcanza su plenitud en este sacrificio pleno y definitivo.
Creo que he dicho poco más o menos cuanto deseaba decirle a usted. Es mi respuesta a la carta que ha dirigido usted a un viejo desde la complejidad y la angustia de su problemática adolescente. Del mismo modo que su llamada a mí no contenía ruegos ni preguntas, así también mi respuesta no contiene consejos ni consolaciones. Usted me ha permitido lanzar una mirada sobre el desasosiego, la belleza y la inseguridad de su joven existencia, y yo, que también viví un día ese mismo desasosiego, esa belleza y esa inseguridad, he intentado ofrecerle a usted una imagen de cómo se presentan estos fenómenos y estos problemas a un hombre anciano. Si yo fuese un santo no habría tenido necesidad de acudir a tantas palabras. Si fuese uno de los grandes artistas, la carta de usted, con la importunidad de sus revelaciones, solo hubiera significado para mí una molestia y una perturbación en mi trabajo. Si hubiese sido, por ejemplo, un gran pintor, no hubiese acabado de leer sus cuartillas, sino que habría continuado mi trabajo y, al igual que el anciano Renoir, hubiese sujetado más firmemente el pincel a la gotosa mano.




Probablemente no es ningún azar el que usted se haya dirigido precisamente a mí y no a un santo o a un Renoir. Probablemente su carta ha sido escrita y dirigida a mí porque usted presiente en mí una persona muy semejante a usted mismo, que ni en el Arte ni en la vida ha alcanzado lo grande y lo absoluto, que no sienta sus reales en un más allá inaccesible para usted, sino en el mismo mundo y la misma problemática, aunque con otras costumbres, otras formas de pensamiento y expresión, otro temperamento y otras maneras de adaptación y de defensa, que son las propias de la vejez. El anciano a quien usted, saltando por encima de las numerosas diferencias, ha interpelado como si de un camarada se tratase, ha respondido a sus confesiones con las suyas propias e intentado mostrarle cómo se presenta nuestra común problemática vista desde el escalón de su edad. Le saluda cordialmente su afectísimo...

A UN JOVEN POETA
Que me escribió con ocasión de mi "Carta a un joven de dieciocho años". Abril - 1950.

Estimado señor G.:
En su carta, según dice usted mismo, avanza un paso más allá de lo que yo hago, y llama genios a todos los hombres, simplemente, porque la Humanidad es un conjunto total y porque cada individuo lleva ínsitas en sí todas las posibilidades del hombre. Es este un paso muy sencillo pero extremadamente peligroso, que usted debería dar en cartas privadas y entre iniciados, pero no en público. Porque el hecho de que el Bien y el Mal, lo Bello y lo Feo, y todas las parejas de contrarios puedan reducirse a una unidad, constituye una verdad esotérica, secreta, accesible a los iniciados (y muchas veces inalcanzable aún para estos), pero en modo alguno una verdad exotérica, comprensible y accesible por igual para todos. Es la sabiduría de Lao-Tsé, cuando este menosprecia virtudes y las buenas obras (con lo cual pensamos bien en el joven Lutero); pero Lao-Tsé se hubiese guardado muy bien de ofrecer al pueblo ignaro esta sabiduría.
Si nosotros damos este paso adelante, como usted hace, si para nosotros genio y persona humana son equivalentes en significación, con ello no hacemos otra cosa que despreciar el lenguaje, cuyo valor y cuya virtud máximos consisten precisamente en la diferenciación. Y entonces se puede sustituir una palabra por otra cualquiera y solo nos resta la nada.
Probablemente todo esto lo sabe ya usted mismo.
Por lo demás, mi carta a un joven de dieciocho años no era ningún ensayo sobre una cuestión de interés, ni un intento de plasmar una formulación objetiva o amena, sino la respuesta momentánea a una llamada concreta, personal e irrepetible.
No permita usted que le importunen en su camino, ni siquiera estas torpes líneas. Cartas como estas me cuestan mucho esfuerzo, sin que ni una sola vez se haya mostrado satisfecho aquel a quien he dado respuesta. Casi le envidio a usted un poquillo, porque hace todavía versos y puede gozar de una existencia privada.