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Frágiles convicciones

Atreverse a seguir dudando

Descartes nos enseñó las virtudes de la duda, su alianza insobornable con la verdad. Pero la duda es incómoda. Frente a su ingrato balbuceo de aguafiestas, el brillo de la convicción resulta mucho más seductor. Tanto, que nos atrapa. Filosofar (dudar) es, entonces, un acto de libertad.  


La psicología social ha mostrado hasta qué punto nuestras convicciones suelen ser irracionales. Impacto y repetición: así percibimos, como saben bien los propagandistas y los artífices de rumores. La verdad, mal que nos pese, es a menudo una cuestión de fuerza, y muchas veces las certezas se imponen más por su cantidad que por su calidad.
Estamos convencidos de que contamos con principios sólidos y posturas bien fundamentadas, supuestas verdades que consideramos firmemente asentadas. Sin embargo, muchas de ellas son el poso de la costumbre, que crea su propia ilusión de legitimidad. Las creímos no porque nos parecieran válidas, sino porque una autoridad nos aseguró que lo eran. Porque nos lo repitieron insistentemente y con una convicción que nuestra falta de criterio no podía cuestionar. En eso consiste la primera educación, la que hemos recibido en la infancia más temprana: nuestros padres nos inculcaron sus principios no necesariamente porque les parecieran verdaderos, sino porque eran suyos, y eso también nos bastó a nosotros.

¿Y ahora? Se supone que los adultos pensamos por nosotros mismos: podemos someter lo heredado a un escrutinio crítico. Sin embargo, no solemos hacerlo: muchas de nuestras creencias están tan trenzadas con la identidad que da la impresión de que no se sostendría sin ellas. Hay convicciones que nos acompañarán toda la vida sin que nos atrevamos a ponerlas en duda, porque son como nuestros cimientos.
¿Y qué pasa con nuestras otras ideas, las que vamos forjando por nosotros mismos a lo largo de la vida? Nos gustaría pensar que al menos esas son fruto de una reflexión consciente, de nuestro esfuerzo personal por comprender. Pero en muchos casos, quizá en la mayor parte, no es así: seguimos creyendo las apariencias precisamente por lo que parecen; seguimos convenciéndonos de lo que nos inculcan las personas que nos rodean, aquellas a las que les atribuimos un cierto prestigio, o simplemente las que forman parte de nuestros grupos de referencia, y con las que nos identificamos.
Es probable que consideremos más convincente a un amigo que a un extraño, salvo que este se nos aparezca tocado con el aura del prestigio social (que es otro criterio que a menudo se nos transmite ya hecho, sin que haya mediado un proceso de prueba o crítica por nuestra parte). O sea, creemos más porque confiamos que por argumentos convincentes.

¿Y qué sucede con los cambios de opinión? De entrada, como demuestra el fenómeno de la disonancia cognitiva, nos mantenemos bastante conservadores con nuestras convicciones; no nos gusta tener que renunciar a ellas, reconocer que eran erróneas y sustituirlas por otras. Si lo hacemos, suele ser después de resistirnos y a regañadientes; pero una vez hemos dado el paso, defendemos esa idea nueva con la misma intensidad que si nos hubiese acompañado toda la vida.
¿Y cómo se gestan esos cambios? ¿Se basan en la propia experiencia? En ocasiones sí. Pero la vida es limitada, las vivencias casi siempre son puntuales, incompletas, sesgadas o parciales. De nuevo, lo que más cuenta es el hecho de que los demás —cuantos más, mejor— consideren válidas esas ideas. Es muy difícil sostener una afirmación en contra de la tribu. No nos gusta estar solos, ni siquiera en nuestras convicciones.

En última instancia, queda lo que impacta, queda lo que insiste. Lo que atraviesa la dura piel de la indiferencia y conquista la atención; lo que sustituye una costumbre con otra costumbre. Convence lo que emociona o se repite: filosofar es rebelarse y atreverse a seguir dudando.

Ética y libertad

Elegir lo bueno, lo bueno de elegir

No se entiende la una sin la otra: la ética escoge lo mejor y se hace responsable de ello; la libertad no tiene sentido sin criterios que la guíen. Ambas cuestan y nos dan miedo.


Sartre propone una moral autónoma, sin trascendencias ni códigos a priori, basada en la responsabilidad y la autenticidad. ¿Por qué es bueno lo verdadero? Porque solo en la verdad el hombre realiza su naturaleza, que es la libertad; solo allí es él mismo y decide sin subterfugios.
Las excusas y las imposturas nos hacen menos libres, nos esconden de nuestro destino, que es elegir responsablemente. Hacen que nuestra vida sea menos nuestra. ¿Realmente será peor por ello? Al fin y al cabo, en la verdad expuesta hace mucho frío; la falsedad nos cobija de nuestras impotencias entre sus mantos imaginarios. Sin embargo, a la larga es un abrigo equívoco: puede que la verdad nos deje al descubierto, pero la mentira nos traiciona al primer golpe de viento. Además, entretanto, nos somete a su tiranía: somos esclavos de nuestras falsedades, porque hay que apuntalarlas, porque una lleva a otra, porque una vez establecidas les pertenecemos. En cambio, la verdad se sostiene por sí misma, y no nos pide más que el valor de afrontarla.

El que vive al abrigo de la excusa se disminuye, erosiona su conatus, su fuerza vital. Cuando se empieza a huir, ya solo se puede seguir huyendo, y un hombre en retirada vive en una angustiosa ausencia de sí mismo. No hay realización sin autenticidad: quiero ser yo el que se realiza, no un impostor.
La libertad, por consiguiente, no es solo un imperativo moral: es también una necesidad existencial. No es extraño que a veces seamos capaces de las luchas más enconadas contra quienes pretenden arrebatárnosla. Sin embargo, cuando la alcanzamos nos da miedo y somos nosotros los que imploramos que se nos imponga algo. Y así pasamos la vida: reclamando nuestra libertad y conspirando contra ella.

Un caso de esa vacilación que siempre me ha asombrado es el final de una relación amorosa. Algo en nosotros sabe que ya no hay vuelta atrás, que todo está perdido y lo coherente es despedirse y partir. Sin embargo, titubeamos: nos duele el riesgo de perder demasiado por una mala decisión, nos abruma la responsabilidad. No queremos ser los culpables del dolor del otro; pero sobre todo no queremos ser los que se equivocan, los que malogran por torpeza o maldad una oportunidad quizá irrepetible.
Entonces empieza una etapa tremendamente dolorosa, en la que cada uno procura empujar al otro para que sea el que decide, hacer que el otro sea el que se harte y tome la iniciativa; o acabe por hacernos tanto daño que ya no quepa duda en lo justificado de rechazarle. No soportamos separarnos desde el amor: por eso azuzamos todo aquello que puede alimentar el odio. Hasta que la decepción es lo bastante grande, el resentimiento lo bastante enconado, y parece que la relación se quiebra por sí misma, o al menos no por nuestra culpa.
Los que no saben amarse, lamentablemente, acaban a menudo por odiarse. Solo así encuentran la coartada para el alejamiento. Pero al urdir el pretexto, en lugar de asumir la responsabilidad, se esconden tras la mentira y se escatiman la propia libertad. Su vida queda encogida, su fuerza interior debilitada. Al traicionarse, al huir, se convierten en prófugos de su propio destino: el destino que correspondería a la persona que no se engaña, que reside en el coraje de elegir, con todas las consecuencias.

Solo el que se asume como responsable aprende y se realiza. Solo el que es conscientemente libre crece y se siente seguro en sí mismo. Todas las terapias se resumen en sustituir “Me vi obligado a…” por “Elegí…”

Vivir bajo sospecha, apariencias.

No importa la verdad, sino quién puede instalarla.                                                      


Tengo de todo para ver y creer, 
para obviar o no creer 
y muchas veces me encuentro solitario 
llorando en el umbral de la vida. 
Busco hacer pie en un mundo al revés 
busco algún buen amigo 
para que no me atrape algún día, 
temiendo hallarla muerta 
a la vida. 
La realidad duerme sola en un entierro 
y camina triste por el sueño del más bueno. 
La realidad baila sola en la mentira 
y en un bolsillo tiene amor y alegrías, 
un dios de fantasías, 
la guerra y la poesía.
León GIECO, La colina de la vida



Sostiene F. Nietzsche, “la apariencia es la viva realidad misma actuando que, irónica consigo misma, había llegado a hacerme creer que aquí no hay más que apariencia, fuegos fatuos, danzas de duendes y nada más.”[1]
La instalación de una ‘verdad’, sea por el grupo que sea, solamente por el uso del poder que suelen ejercer, conduce a producir una situación incongruente, por un lado los iluminados creedores de poseer la verdad y por el otro el escepticismo total de no considerar que es posible alcanzar cierto grado de veracidad.
En el primer caso, los iluminados, José Rafael Herrera[2], expresa: “Como se sabe, toda oración –toda oratio– se compone de verbo y predicado. En clave spinoziana, verbo es principio, sustancia. Predicado es atributo y modo. Predicar es la acción de quien pre-dice, de quien está facultado para anticiparse a lo inminente y lo-dice-antes. Él es, pues, quien advierte, porque su función consiste, precisamente, en pre-dicare el verbo, la verdad que ya conoce, porque le ha sido revelada. El “portador de la verdad” se anticipa al hecho, advierte lo que se viene y, por ello, debe tomar las pre-visiones y actuar en consecuencia. Es, todo él, un “iluminado” por el efecto del chispazo, por el resplandor de la revelación divina. Es el fulgor en sí del flash en el rostro del portador de la “filosofía del pistoletazo”. Y fue eso lo que pudo ver Isabel la Católica en el semblante hosco –y aún tiznado por los abrasivos fogonazos de la verdad– de Torquemada: a solicitud de la reina, y mediante bula del Papa Sixto IV, el bruciante es designado inquisidor general, dependiente, directamente, de la Corona española. Su crueldad y fanatismo contra los “enemigos de la fe cristiana” –particularmente contra los judíos– aún son objeto de estupor. Muy caro ha pagado España –y con ella buena parte del mundo occidental– el odio esparcido por aquél siniestro personaje, en nombre de la verdad”[3]. Cuántos ‘bruciantes’, ‘torquemadas’, existen y están imponiendo al resto de la sociedad sus verdades, como poseedores, iluminados por un ser superior, de la verdad absoluta.
En el otro extremo, el escepticismo, que nos lleva a pensar en que nada es verdad, y que incluso esto mismo tampoco lo es, nos deja en no poder conocer, en que el conocimiento, ni siquiera como forma de adaptación y dominio de la naturaleza, es inútil.
En la antigüedad, ya Platón advierte la necesidad de dar respuesta a este dilema y en la “Alegoría de la caverna” expresa que el mundo que observamos, al que llamamos realidad, es apariencia. Lo verdadero, la verdad está más allá de lo que vemos, en otra dimensión, no está en este mundo. Si la verdad es absoluta, no le cabe la carencia, no puede ser una parte, tiene que ser el todo. Por lo que lo resuelve creando un mundo de ‘Arquetipos’, hoy diríamos en otra dimensión, del cual lo que vemos son copias más o menos parecidas.
Darío Sztajnszrajber, sostiene “la cuestión de la verdad, se mueve entre dos polos: existe y es imposible, o no existe. Aunque no existe no se puede dejar de buscarla, pero si existe no es para nosotros”[4]
Aristóteles, sostuvo, que ‘la verdad se oculta tras las apariencias por lo que hay que develarla’. Los arquetipos de Platón los ubicó en las cosas, en la realidad, en las esencias, las cuales hay que aprehenderlas, hacerlas conscientes.
A la verdad hay que buscarla, se escabulle de nuestra mirada cual animal salvaje que siente el peligro de ser encontrado y devorado.
“Hacer  filosofía es la construcción permanente de una inseguridad existencial; huimos cuando nos peleamos con las seguridades de ese adormecimiento que al mismo tiempo provocamos, porque buscamos un saber que sabemos que nunca vamos a alcanzar”[5]
Lo cual significa vivir en la apariencia, en la penumbra.
“La penumbra tiene la propiedad de no dejar percibir dónde termina la oscuridad y dónde comienza la luz. Su sombría presencia circular no permite precisar con exactitud el inicio de la una y el acabamiento de la otra. No sin cierto riesgo -que, llevado de la mano por la tentación de su belleza singular, bien se puede antojar divino, como casi todo riesgo- es posible leer en la penumbra. Salva al encantamiento del riesgo en cuestión el hecho de poder percibir cierta magia en los caracteres desdibujados que, de pronto, cobran vida y que permiten sorprender, para la mirada atrevida, y detrás de la letra muerta, nada menos que al Espíritu: al Logos re-cobrando realidad inmanente, ejercitando la pureza del fuego que es su ser y que, a la vez, no lo es. La filosofía propiamente dicha, es decir, la que comporta sentido enfático, sin duda vive entre luces y sombras por el bien de las ideas. Sólo quien ha penetrado en la más densa oscuridad puede conquistar la luz de la verdad: “en el círculo el principio y el fin coinciden”, observa, en la penumbra, el Éfeso oscuro (Heráclito).”[6]
Por su parte, Darío Sztajnszrajber  expresó que en la actualidad “la dicotomía real-aparente es una categoría arcaica, no tiene sentido en la era digital” y que “la tecnología no destruye ni mejora al ser humano, lo transforma”.A su vez, problematizó los conceptos de verdad y mentira en la sociedad actual”. “La posverdad tiene que ver con la mentira, con el mentirse a sí mismo. Lo opuesto a la verdad no es la mentira, es la ficción, la apariencia”, dijo. En relación a lo que concebimos como la realidad, aseguró que es una construcción social.  “Lo más interesante es que el espectáculo del espectáculo convence. Todos saben que no es así, pero parece no importar”.[7]
J. A. López sostiene que “tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario ―construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas…― y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad”.[8]
La búsqueda de un camino para volver a una realidad objetiva, independiente del observador, es un esfuerzo que hasta los científicos desvela.
Así S. Hawkins dice: "Los filósofos, desde Platón hasta ahora, han discutido a lo largo de los siglos sobre la naturaleza de la realidad. La ciencia clásica está basada en la creencia de que existe un mundo real externo cuyas propiedades son definidas e independientes del observador que las percibe. Según la ciencia clásica, ciertos objetos existen y tienen propiedades físicas, tales como velocidad y masa, con valores bien definidos. En esa visión, nuestras teorías son intentos de describir dichos objetos y sus propiedades, y nuestras medidas y percepciones se corresponden con ellos. Tanto el observador como lo observado son parles de un mundo que tiene una existencia objetiva, y cualquier distinción entre ambos no tiene importancia significativa."… sin embargo “Diferentes teorías pueden describir el mismo fenómeno a través de marcos conceptuales distintos”… ya “David Hume (1711-1776), escribió que a pesar de que no tenemos garantías racionales para creer en una realidad objetiva, no nos queda otra opción sino actuar como si dicha realidad fuera verdadera.” Es por eso que propone “No hay imagen —ni teoría— independiente del concepto de realidad. Así, adoptaremos una perspectiva que denominaremos realismo dependiente del modelo: la idea de que una teoría física o una imagen del mundo es un modelo (generalmente de naturaleza matemática) y un conjunto de reglas que relacionan los elementos del modelo con las observaciones. Ello proporciona un marco en el cual interpretar la ciencia moderna.”[9]
Sobre esto podemos decir: “Siempre hemos vivido en un mundo paralelo: el de nuestras fantasías, nuestros temores y nuestras esperanzas. Ahora lo hemos hecho más rápido y más grande. Si eso acaba arrastrando nuestra vida, y convirtiéndola en “líquida”, como reflexiona Zygmunt Bauman, tal vez sea porque no queremos estar en ella, porque no nos atrevemos a quedarnos y preferimos correr y correr, … La vida ya era ilusión, a veces feliz y otras terrible.”[10]
“La negación de la verdad nos lleva hacia, una vida vacía de hechos. La cual, niega también el conocimiento, donde no hay verdad no existe el conocimiento. Para después hundirse en la ignorancia de una realidad, que termina negando los hechos. Mientras el presente se diluye entre los deseos y las ilusiones, las cuales alimentan una vida de inconsciencia colectiva. Esta es una de las realidades en donde se desarrollan las masas sociales. Domesticadas y encadenadas a una existencia de oscuridad, la cual recorre los pasillos de lo laberintos de la ignorancia compartida. La verdad siempre será negada por las muchedumbres inconscientes, porque la verdad les destruye las inútiles ilusiones, y los deseos no consumados.”[11]
Nos encontramos aquí ante la pérdida de sentido de la categoría error.
Ya no puede haber verdad, no hay posibilidad de confrontarla con la realidad, pues ésta es ilusión.
Todo es mera ilusión, deseo, penumbra, que nos oculta la verdad. El afirmar algo es tomado como intento de instalar una mentira, hacerla pasar como verdad, sin entender que para mentir es necesario conocer la verdad. Pues la mentira es un concepto moral. En cambio desde una mirada gnoseológica el error, el equívoco, son lo opuesto a la verdad.
       Y nos sobreviene la posibilidad de la ‘teoría conspirativa’. “No importa la verdad, sino quién puede instalarla.”
       


[2] José R. Herrero es docente de la Cátedra de Filosofía en la Universidad Central de Venezuela
[4] http://www.telam.com.ar/notas/201508/117824-dario-sztajnszrajber-sabemos-que-la-verdad-no-existe-pero-no-hacemos-otra-cosa-buscarla.html
[5] http://www.telam.com.ar/notas/201508/117824-dario-sztajnszrajber-sabemos-que-la-verdad-no-existe-pero-no-hacemos-otra-cosa-buscarla.html
[8] https://www.microfilosofia.com/2017/11/la-presencia-virtual-jal.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+Microfilosofia+(Microfilosofia)
[9] S. Hawkins y L. Mlodinov,  El gran diseño. www.librosmaravillosos.com 
[10] https://www.microfilosofia.com/2017/11/la-presencia-virtual-jal.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+Microfilosofia+(Microfilosofia)
[11] dario-sztajnszrajber

Vivir bajo sospecha

No importa la verdad, sino quién puede instalarla.

Somos una sociedad que desprecia los hechos y ama las teorías. Muchas de esas teorías responden a dogmas previos cristalizados, o peor aún a intereses particulares.
En el marco de la posverdad, para un conjunto de actores (sobre todo vinculados al poder económico, político, religioso, científico, comunicacional), no importa la verdad, sino quién puede instalarla. Logran instalar como verdad algo que se le parece pero no lo es.

Desde hace un tiempo, la posibilidad de acceder a la  verdad, fue puesta en duda[1]. Hoy parece que es imposible, nos conformamos con que algo sea verificable o simplemente verosímil, aún así nos queda la duda, quedando a criterio y discernimiento propio su aceptación.

Para poder entender la paradoja que esta situación nos plantea, es necesario hacer un recorrido sobre algunos conceptos y definirlos:
-         Qué entendemos por verdad desde las distintas áreas de la filosofía: lógica, teoría del conocimiento, ontología, ética y psicológica.
-         Proceso de conocimiento.
-         Concepto de verdad.
-         Verificabilidad.
-         Verosimilitud.

Qué entendemos por verdad:
Desde la Lógica, la verdad es una herramienta, que junto con las reglas formales del razonamiento, nos llevan a un resultado válido. O sea, la verdad en este caso es absoluta, algo o es verdadero o falso, no hay término medio, no puede existir una verdad a medias (sería falsa), pues se aplica el principio de tercero excluido.
En la Teoría de Conocimiento, se considera a la verdad como una adecuación entre el objeto y lo que piensa de él el sujeto. O sea una relación entre lo que pensamos subjetivamente y una realidad objetiva.
En cuanto a la Ontología, el ser es uno, bueno y verdadero. Es decir, la verdad es una de las características esenciales del ser.
En relación a la postura Ética, es lo opuesto a la mentira, se conoce algo como verdad y se decide, voluntariamente, sostener lo opuesto.
Desde la psicología filosófica, se identifica a la verdad con la certeza, que es la seguridad, interior y subjetiva, de poseer la verdad.
La verdad, que hoy nos parece imposible acceder, se refiere más a la mirada gnoseológica que al resto, por lo cual me voy a enfocar en esta perspectiva.


En cuanto al proceso de conocimiento:
Analicemos el siguiente cuadro acerca de la relación de conocimiento:

La relación de conocimiento se da entre un objeto al que se conoce y un sujeto que lo adquiere, entre la realidad y el cognoscente:
-                           La realidad irrumpe, perturba  la indiferencia de nuestros sentidos, los excita y a partir de ese momento se pone en funcionamiento nuestra capacidad cognitiva.
-                           Los sentidos reciben los estímulos, y con ellos conforman una imagen.
-                           De esa imagen, la inteligencia extrae las notas inteligibles y elabora los conceptos y los asocia a palabras que los designan, que también hemos recibido del exterior.
-                           Los conceptos e imágenes se guardan en la memoria, que también tiene su particularidad, que es el de modificar, de alguna manera, el recuerdo a la hora de necesitarlo.
-                           Al relacionar conceptos, realizamos representaciones, interpretaciones de esa situación que nos afecta; proposiciones que nos permiten referirnos a la realidad.
-                           Pero, aún nos falta un paso más, es comprobar si ese enunciado se corresponde con aquello a lo que se refiere. Es en este momento donde se puede comprobar la verdad de la proposición.
De este esquema podemos sacar algunos datos a tener en cuenta:
-                           No hay conocimiento sin observador.
-                           Todo lo conocido pasa a través de los sentidos, aunque después lo reelaboremos.
-                           La verdad es una relación de adecuación, y se refiere a la interpretación que hacemos de la realidad, no al objeto.
-                           No hay objeto conocido sin sujeto cognoscente.
Concepto de verdad:
La definición más común, desde el punto de vista del conocimiento, es aquella de Aristóteles, “la verdad es la adecuación de la mente a la realidad” o dicho de otra forma: “La Verdad es la correspondencia entre una relación pensada ‘subjetiva’ (proposición) con la situación ‘objetiva’ a la que se refiere (realidad)”.

Sostenía B. “Spinoza que el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas. Pero cuando se genera una ruptura –precisamente, un desgarramiento, una escisión– recíproca de los términos de esta adecuación o, lo que es igual, cuando se pone objetiva y explícitamente de manifiesto la inadequatio existente de lo uno y de lo otro, el resultado es la pérdida de la más importante de todas las riquezas: la del espíritu, sin la cual no es posible la prosperidad material de una sociedad”[2].

En este punto es donde comienza la dificultad, pues, tanto la realidad, en cuanto objeto capaz de ser pensada, como la relación que el sujeto establece entre dos o más conceptos (proposición), son construcciones sociales. Una y otra dependen del observador, ya que es éste el que constituye al objeto y al sujeto como lo que son, respecto al conocimiento.
En cuanto a la realidad, la forma y características de las cosas, aunque existentes en sí mismas, pues de ellas se reciben los estímulos que excitan los sentidos; no existen por sí mismas como objeto, con objetividad propia, sin un observador que las defina, legalice o sancione.
Voy a utilizar un ejemplo que me propuso Oscar Schvarzer, “podríamos suponer un hipotético Ser inteligente muy pequeño de menor tamaño que un microbio. Este observaría que si el núcleo de un átomo fuera del tamaño aproximado de una Nuez, su nube de electrones circundantes, ocuparía un espacio superior al de una cancha de fútbol y el siguiente átomo más próximo constitutivo de esa porción de materia, se encontraría a decenas de kilómetros del anterior (o sea que en proporción equivaldría a una distancia, equivalente a esta) de manera que el espacio vacío sería gigantesco, frente al ocupado por materia densa. Otro ser un poco más grande, podría ver los átomos como una manzana y estos estarían a una distancia “equivalente” a varios km unos de otros, (2, 5 o 10 km, según el tipo de sustancia) es decir que si este observador se encontrara en un lugar intermedio, no podría visualizar nada material”.
Todos estos modelos, pueden ser válidos o inexistentes según el observador. Decir que el mismo objeto tiene distintas formas o tamaños simultáneamente, podría ser equivalente a que no posea una existencia propia mientras que ésta no se pueda probar, aunque la tenga y no dependa de la existencia o no del espectador. Es decir, el universo existe aunque no existiera vida inteligente capaz de constituirse en observador que pudiera afirmar su existencia.
De esta situación surgen varias posturas, desde la realidad está ahí y lo único que tengo que hacer es dejar que transcurra, es inasible;  pasando por lo que sostiene Aristóteles: “nada está en la inteligencia, que primero no haya pasado por los sentidos”; hasta el más absoluto nihilismo que sostiene que la realidad extra-mental es una construcción de mi mente (soy lo único que existe), o al menos no puedo probar la existencia de algo fuera de mi.
En conclusión, el observador es el que da entidad cognoscitiva al objeto como tal y en referencia a sí mismo, que se instituye como sujeto, y establece, con aquél, una relación de conocimiento.
Pero, la realidad, está ahí y nos golpea, el objeto también nos convierte en sujeto, sin él no habría conocimiento y no cabría la posibilidad de cuestionarnos acerca de la verdad.
Resulta casi imposible, entonces, conocer la realidad (lo existente fuera del observador) tal cual es, para lo cual necesitamos la posibilidad de comparación con otros observadores, de ahí que el conocimiento se convierte en un hecho social.
Es en el marco del lenguaje, donde se elabora la relación pensada por el sujeto (proposición), que es una conexión entre conceptos, predicando una propiedad (predicado-cualidad) a un determinado objeto (sujeto, en lenguaje sintáctico) que la contiene.
En filosofía es muy usada la frase “vivimos en el lenguaje” para anunciar que la realidad humana descansa sobre la plataforma del lenguaje. El lenguaje es el sistema lingüístico mediante el cual nos comunicamos los seres humanos a partir de signos sonoros que pueden ser representados gráficamente. En tanto que tenemos la facultad de usarlo, el lenguaje se nos presenta como la condición necesaria para organizar un mundo a la manera humana. Sin este sistema de comunicación, la vida no sería la que es toda vez que el lenguaje define el entorno en el que cobra acción la vida de los hombres.”[3] El lenguaje define, pero no da existencia real.
“Pensemos por un momento que careciéramos de lenguaje. Sin lenguaje toda esa realidad sólo sería un ‘eso’, es decir, un todo indeterminado imposible de definir en el que no se descubren partes, no se distinguen cosas como mesa, silla o árbol, no hay nada concreto, sino una espesa nube colorida y difusa en donde los objetos desaparecen en el todo. Y es que el lenguaje hace que las cosas se destaquen, que ‘salgan’ a la realidad y se manifiesten, que cobren ‘existencia’”[4].
Lo que sostiene J. Derrida, hace pensar que damos existencia al objeto, pero, la realidad misma es la que hace que nosotros, a través del lenguaje, podamos nombrarla y darle ‘existencia como objeto’.  De hecho, cada vez que nos encontramos con una cosa desconocida, le ‘inventamos’ un nombre.
Pero además, los observadores, están insertos y atravesados por la sociedad espacio-temporal en que se desarrollan y se moldean a través del lenguaje.
Como sostiene Descartes “Y si escribo en francés, que es la lengua de mi país, en lugar de hacerlo en latín, que es el idioma empleado por mis preceptores, es porque espero que los que hagan uso de su pura razón natural, juzgarán mejor mis opiniones que los que sólo creen en los libros antiguos; y en cuanto a los que unen el buen sentido con el estudio, únicos que deseo sean mis jueces, no serán seguramente tan parciales en favor del latín, que se nieguen a oír mis razones, por ir explicadas en lengua vulgar[5].
“Aparentemente, nos encontramos aquí con la distinción, incluso con la oposición, entre lengua y discurso, lengua y habla. En la tradición saussuriana se opondría, de este modo, el sistema sincrónico de la lengua, el ‘tesoro de la lengua’, a los actos de habla o de discurso, que serían la única efectividad del lenguaje. Esta oposición, que cubriría también la de lo socioinstitucional y lo individual (el discurso sería siempre individual), suscita numerosos  problemas… Ante esta dificultad, que él trata un poco como un accidente terminológico inesencial. Saussure dice… que… es preferible interesarse por las cosas mas que por las palabras”.[6]
“Sin embargo, si nos fiásemos, por pura comodidad provisional, de esta posición saussuriana, de este modelo mas ‘estructural’ que ‘generativo’, tendríamos entonces que definir nuestra problemática así: tratar aquello que en un acontecimiento filosófico como acontecimiento discursivo o textual, siempre tomando en la lengua, llega por la lengua y a la lengua, ¿qué pasa cuando semejante acto de discurso se nutre del tesoro del sistema lingüístico y eventualmente lo afecta y lo transforma?”.[7]
Sería, “una poderosa combinatoria de discursos que se nutre de la lengua y está condicionada por una especie de contrato social preestablecida y que compromete de antemano a los individuos”.[8]
Aquí se presenta la paradoja de la lengua natural, aquella con que nos comunicamos en una determinada sociedad, dando un significado especial a cada término donde intervienen todos los aspectos que hacen al humano como tal, aunque solo intente interpretar; y de la lengua artificial, creada a propósito para determinada función, general, que trasciende las diferencias y connotaciones culturales, dando así un común significado a cada símbolo, como ocurrió con el griego antiguo o el latín, y ahora con el lenguaje matemático o de las ciencias duras; ambas responden a un contrato social preestablecido, uno particular y otro universal. En una se manifiestan las particularidades humanas, pasiones, emociones, etc., y en la otra solo las racionales, lógicas, estrictas. Sin embargo en ambas se puede perder de vista la necesidad de adecuar las proposiciones a la realidad. Realidad que es interpretada en razón del lenguaje mismo.
Pero, cuando se rompe el contrato social, para el observador, ya no existen referentes, salvo las cosas, para construir expresiones que se refieran al hecho.
En el mundo científico, es difícil que se rompa el contrato social que da base al sistema lingüístico, por la misma razón de su rigidez estructural y metódica.
Pero, en las ciencias humanas, en las relaciones sociales y culturales, etc., la globalización de la economía y especialmente de las comunicaciones, produjo esa ruptura.
El sistema –mundo globalizado– hace que se difuminen las referencias. Los distintos sistemas culturales, lingüísticos, ponen en duda las estructuras de referencia.
Solo se trata de interpretaciones.
Por la cual podemos llegar, fácilmente a la conclusión que:
“En el marco de la posverdad, para un conjunto de actores (sobre todo vinculados al poder económico, político, religioso, científico, etc.), no importa la verdad, sino quién (o quiénes) puede instalarla, evidentemente, estos actores vinculados con el poder del estado y de los medios de comunicación, logran instalar ciertas interpretaciones como verdades y no lo son, o por lo menos no se adecúan a la situación objetiva. Solo apariencias”.
Sostiene F. Nietzsche, "la apariencia es la viva realidad misma actuando que, irónica consigo misma, había llegado a hacerme creer que aquí no hay más que apariencia, fuegos fatuos, danzas de duendes y nada más."[9]
"La creencia en la reputación, el nombre, la apariencia, el valor, el peso y la medida habituales de una cosa –que en un principio fueron algo erróneo y arbitrario que cubrió a la cosa como fina capa totalmente extraña a su naturaleza e incluso a su epidermis–, la creencia en todo esto, digo, transmitida de generación en generación, se fue convirtiendo en el cuerpo de esa cosa en solidaridad de algún modo con su crecimiento más íntimo; ¡la apariencia primitiva acaba siempre convirtiéndose en la esencia y actuando como tal! ¡Qué locura supone pretender que bastaría denunciar ese origen, ese velo nebuloso de la ilusión para aniquilar ese mundo que consideramos esencial y al que llamamos "realidad"! ¡Sólo podemos aniquilar siendo creadores! Pero no olvidemos tampoco esto: que basta crear nuevos nombres, nuevas valoraciones y verosimilitudes para crear, a la larga, "cosas" nuevas."[10]
Dice I. Asimov, “Negar un hecho es lo más fácil del mundo. Mucha gente lo hace, pero el hecho sigue siendo un hecho.”




[1] Este tema está desarrollado en http://www.microfilosofia.com/2017/03/el-camino-la-subjetividad-nem.html
[2] http://www.microfilosofia.com/2017/10/del-dicho-al-hecho.html
[4] Ídem.
[5] Rene Descartes, Discurso del método. pdf. Pg. 61. Hablando del presente francés que lo atraviesa a Descartes, Derrida sostiene “Este presente marca… el acontecimiento aparente de ruptura, pero también de continuidad de un proceso histórico interminable e interminablemente conflictivo… el imperativo de la lengua nacional, como medio de comunicación filosófica y científica, no ha dejado de reiterarse y de re-iterarnos al orden… en una Nota de… (1982) que la lengua francesa ‘debe seguir siendo o volver a convertirse en un vector privilegiado del pensamiento y de la información científica y técnica’.” Jacques Derrida, El lenguaje y las instituciones filosóficas, Paidós, 1995, pg. 34.
[6] Jacques Derrida, El lenguaje y las instituciones filosóficas, Paidós, 1995, Pg. 31
[7] Ídem Pg. 32
[8] Ïdem, pg 33

La búsqueda de la verdad de Tomas de Aquino.

Filosofía y Teología en Santo Tomás de Aquino: “Una vida dedicada a la búsqueda de la Verdad” por Hander Andrés Henao / Twitter: @hormy11

Filosofía y teología se encuentran relacionadas de manera inmanente en aquello mismo que las constituye como experiencias espirituales del ser humano. Ambas buscan desesperadamente un encuentro con la verdad de lo absoluto. Para ello, se elevan sobre la experiencia cotidiana del mundo y se encaminan hacia la especulación, como un sumergirse decidido en lo trascendental. Santo Tomás de Aquino (1225- 1274) como filósofo y como teólogo cristiano, muestra con su vida esta inevitable relación, pues como consideró Chesterton (2014) en la biografía realizada por él a santo Tomás, la vida de dominico es la introducción a su filosofía, a la vez que su filosofía es la introducción a su teología.

Santo Tomas luz de la verdad

La época en la que transcurrió su vida, es la época de la consolidación del modo de producción feudal y de la forma de vida adherida a este. El siglo XIII, en materia del desarrollo cultural, se conoce, entre los historiadores de la filosofía y de la teología, como el apogeo de la escolástica; época en que se pacificaba el cristianismo debido al final de la guerra de conquista de la tierra santa y el enfrentamiento entre el sacerdocio y el imperio papal (Coutinho, 2008). Este ambiente de paz, posibilitó, no solo el desarrollo libre de estudio de las escrituras y de los textos antiguos, sino también el intercambio de saberes desarrollados por el mundo árabe musulmán como el Aristotelismo, así como la construcción de las primeras universidades como centros de reflexión y producción de los distintos saberes (Coutinho, 2008). En el centro del cristianismo, se configuran las denominadas ordenes medicantes, dedicadas a la preservación y expansión de la verdad del dogma cristiano por lo que aparecieron como las organizaciones idóneas en el control de aquellas instituciones de enseñanza y producción de cultura que eran las universidades. La escolástica no es para nada una época de oscurantismo, sino de ensanche, de búsqueda de mayor libertad; es una reforma de la antigua visión neoplatónica y agustiniana (Chesterton, 2014).

Por su parte, Tomás nació en Roccasecca, cerca de Aquino (en el sur de la región italiana del Lacio), en el seno de una familia noble y numerosa de sangre germana. Su padre estaba emparentado con el Emperador Federico II y su madre era una condesa (Chesterton, 2014, Manser, 1947). Siempre estuvo rodeado de riqueza, poder y mucho confort, pero su espíritu buscaba una experiencia que iba más allá de aquellas falsos bienes. A los cinco años, en 1230, fue enviado a la abadía de Montecassino en donde un familiar suyo era un abad; luego estudiaría en la universidad de Nápoles en 1239, en dónde rápidamente se uniría a la orden medicante de los Predicadores de la mano maestro general, Juan de Wildeshausen en 1244 (Chesterton, 2014). En la universidad de Nápoles no sólo tendría contacto con la lógica Aristótelica, sino también con una perspectiva de vida austera, de pobreza, dedicada a la experiencia intelectual y a la búsqueda de la verdad Divina. En 1245, un año después de unirse a la orden dominicana, continua sus estudios en París en donde conoce a Alberto Magno quien lo sumerge completamente en la obra del estagirita (Chesterton, 2014; Manser,1947).
Tomás género controversias, tanto en el ambiente intelectual de su tiempo como en el seno de su familia. Desde el comienzo su familia rechazo esta decisión de Tomás ya que la encontraba obstáculo para el desarrollo de sus propios intereses, ya que desde que habían enviado a Tomás para Monteccassino, su plan está en que éste remplazase a su tío en la dirección de aquella abadía. Su familia entonces lo raptaría y lo encerraría en una torre de su castillo, para aislarlo del desarrollo de las actividades de la orden dominicana. Tomás logrará escapar y continua con la búsqueda de la verdad absoluta al margen del poder, la riqueza o el confort. Siempre fue firme a sus lecturas e interpretaciones aristotélicas, sin importar que lo acusen de hereje, de tergiversador de las enseñanzas divinas al recuperar un autor pagano interpretado fundamentalmente por árabes. No solo esto, Tomás tuvo también a los propios árabes como sus contradictores en materia de aristotelismo.
Sin importar esto, Santo Tomás de Aquino tuvo una vida dedicada a la experiencia espiritual de la verdad absoluta y, como expresa Manser (1947:38) en su estudio sobre el Tomismo:
«Todo en él ha de acabar subordinándose de nuevo a la verdad y a su conocimiento y a su posesión, absolutamente todo, hasta el amor de Dios. S´olo en esta arm´onica subordinación se puede comprender bien y abarcar por completo la figura aristotélica de Tomás, en oposición al platonismo del siglo XIII»

La búsqueda de la verdad fue su principal objetivo; no se trataba de que este o aquel autor estuviese más en boga en la discusión, sino que se trataba única y estrictamente de encontrar los caminos seguros para el encuentro de la luz absoluta de la verdad. Nunca contrapuso, simple y llanamente, la verdad del dogma cristiano; por el contrario, estudiaba detalladamente los argumentos de sus adversarios para mostrar desde ellos mismos, el error de sus posturas frente a la verdad absoluta. En ese sentido, Santo Tomás de Aquino unión dos cosas que paren ser contradictorias en un principio: una inquebrantable fidelidad a la iglesia, junto con una entrega desesperada a la investigación racional (Manser, 1947). Acá no se trata de construir una jerarquía entre ambas líneas, por el contrario, diferenciando estas disposiciones, mantiene que ellas, son solo posible en virtud de la gracia divina que toca la experiencia humana. La verdad es amplia e inmensa como Dios, a quien le rinde culto y homenaje, pues ella amplia el horizonte de un alma grande que se dedica a la búsqueda de una experiencia fundamental de lo absoluto (Manser, 1947).
Su obra manifiesta esta majestuosidad, no solo por su volumen bastante extenso, sino por la amplitud de miras con las que abordo cada uno de los temas que se propuso considerar. Entre comentarios y refutaciones a los árabes, entre los comentarios a la biblia y las sumas, encontramos un espíritu entregado completamente al trabajo filosófico, al mismo tiempo que se tiene una vida completamente religiosa entregada a la plegaria y al conocimiento de los misterios y los sacramentos. Dios y la verdad son, como en ningún otro escolástico, una y la misma cosa.
Ahora, no por ello, se puede decir que Tomás confundió los campos de la teología y de la filosofía, por el contrario, mantuvo su diferenciación, a la vez que reconoció que ambas no podrían sino tener un único e igual origen divino (Manser, 1947). Esto lo aclararemos más adelante, por ahora nos interesa resaltar que Tomás tuvo un único y fundamental objetivo: La búsqueda de la verdad, que él comprendía como la búsqueda de Dios.

En ese orden de ideas, podemos destacar dos valores que manifiestan el genio único de Santo Tomás de Aquino, como resalta Coutunho (2008): su capacidad de síntesis y su potencia de análisis. El aquinante, bebió de una diversidad de fuentes, superando cualquier sincretismo y eclecticismo, logró sintetizar los elementos de verdad de cada uno de ellos (del Neoplatonismo, de agustinismo, del Averroismo, etc.) construyendo un sistema coherentemente elaborado. Por otro lado, su capacidad de análisis lo constituye en un filigranista del pensamiento, ya que supo captar lo más profundo de cada cuestión y abrió miras en aquellos puntos obscuros o revelo obscuridades en aquellos otros que ya se consideraban solucionados y superados (Coutinho, 2008). Su estilo entonces no es retorico, sino frio y racionalista, ya que Santo Tomás no busca dejar un sello personal, sino permitir una vía de expresión a la verdad que está por encima de sus opiniones particulares y singulares.
Quisiéramos dejar claro en estas primeras palabras introductorias que santo Tomás de Aquino dedico sus esfuerzos vitales a la completa búsqueda de la verdad, no porque aspiraba con ella a ganar algún tipo de beneficio político, económico o celestial, sino porque reconocía que es Dios la única, eterna y entera verdad. Su experiencia teológica fue una experiencia filosófica, a la vez que su reflexión filosófica es sostenida con una clara vocación hacia la fe.