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El bucle

Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv
Representación del cocepto "esquizo".

La ciencia ficción no es tan ficticia, después de todo. No lo es como, en cambio, sí lo es cierta rimbombancia epistemológica y metodologicista –en el fondo, tristes derivados escolásticos del entendimiento abstracto– a la que en los últimos tiempos le ha dado por autoproclamarse como científica, a la hora de arrojar sus pretenciosas sentencias tautológicas, vertidas en “datos” y “hechos”, sobre un ser social aboyado, a punto de naufragar y hundirse en las espesas y descompuestas aguas de la pobreza espiritual, ese estanque de putrefacciones que afanosamente una banda de criminales dejó desbordarse, muy por encima de los niveles previstos por la decencia civil. Son ellos los Caronte del presente. Y es que, más bien, se podría concluir que, bajo el pomposo ropaje científico –tablet en mano–, se ocultan los comprensibles temores de quienes, siempre cargados de frases hechas en favor de la esperanza, hasta la fecha, han sido incapaces de resolver los enigmas develados por la ciencia ficción a la que tanto desprecian o consideran como mero divertimento. Que se sepa: el arte no solo inspira y se inspira en la auténtica ciencia, sino que crea y recrea las ideas que terminan por transformar la realidad.


Douglas Hofstadter, científico y filósofo estadounidense, publicó en 1979 la que quizá sea su obra de divulgación científica y filosófica más importante, al punto de que con ella obtuvo el premio Pulitzer: GEB: an Eternal Golden Braid (traducido al español como EGB: un eterno y grácil bucle). El argumento del autor consiste en mostrar cómo interactúan de continuo los logros creativos de tres auténticos genios: el lógico-matemático Kurt Gödel, el artista plástico Mauricio Escher y el músico y compositor Johan Sebastian Bach, a la luz del concepto general de “bucle”: “Me di cuenta –escribe Hofstadter– que Gödel, Escher y Bach eran solamente sombras dirigidas en diversas direcciones de cierta esencia sólida central e intenté reconstruir ese objeto central”. El bucle es definido por el autor como una jerarquía de niveles recíprocamente vinculados que, sin embargo, se encuentran “enredados”, por lo que no se puede determinar con precisión cuál sea el nivel superior o el inferior, ya que desplazándose a través de ellos se vuelve siempre al punto de partida, en una suerte de continuo y eterno retorno nietzscheano. Las autorreferencias de los sistemas formales gödelianos; la circularidad de los constructos biunívocos de los diseños de Escher; el tejido barroco, de finas y gruesas orlas, que giran indefinidamente en el interior de la estructura de las composiciones de Bach. Pero también el flujo informativo que, a través de la síntesis de proteínas, va desde las enzimas al ADN y a la inversa.

En todo caso, y según el autor, el bucle no es un “circuíto físico abstracto”, sino una serie de etapas que constituyen el “ciclo-alrededor”, en el que la jerarquía del movimiento hacia arriba cambia hacia abajo, para dar lugar y tiempo a un ciclo cerrado. En una expresión, a pesar del sentido direccional in crescente del “vamos bien”, reflexivamente, se produce un choque en el que se es conducido al punto desde el que se había comenzado. Immerwieder: un bucle –dice Hofstadter– es “un lazo de retroalimentación paradójica a nivel cruzado”. Nada menos.

La exposición de esta –sin duda– asfixiante concepción de flujo en circuito cerrado, de eterno retorno indescifrable, tiene su sustentación en la llamada teoría del bucle temporal o curva cerrada de tiempo, de W. J. van Stockum y del propio Kurt Gödel, con base en la cual se puede volver al mismo espacio del cual se parte en un determinado lapso de tiempo. Una teoría que, recientemente, ha sido tema de inspiración de largometrajes y series de ciencia ficción: a finales del mes de enero de cualquier año, el protagonista del filme se despierta y comienza su día, lleno de fervor y esperanza. Se dispone a poner fin, junto a miles y miles de ciudadanos, al secuestro perpetuado por una banda de facinerosos, narcotraficantes y terroristas, que los mantienen sometidos a un régimen de opresión y miseria. “Calle, calle y más calle”, se grita con férvida pasión. Las concentraciones son masivas, multitudinarias. Estalla de alegría el colorido tricolor. ¡Esta vez sí se conquistará la tan ansiada libertad! Y se produce la confrontación. Hay fuerte represión. Las calles se llenan de heridos y muertos. Las residencias son allanadas y los daños a las propiedades son notables. Los “agitadores” son apresados y condenados. Las ciudades comienzan a apagarse. El terror se va imponiendo. Los dirigentes, sin embargo, insisten: “¡Vamos bien porque vamos juntos!”. El miedo y la zozobra cunden por doquier. Para el mes de mayo se comienza a hablar de una negociación propiciada por la mediación internacional. Los facinerosos mantienen el secuestro. El año termina y el protagonista se despierta a finales de un mes de enero cualquiera, con la cara pintada “color esperanza”, lleno de fervor y, bandera en mano, se dispone a poner fin al secuestro al que él y el resto de la población han sido sometidos. Una vez más, el bucle se ha cerrado.

Son cosas –“eventos”, como suelen decir– de la era posmoderna. Conducida de las manos de Nietzsche y Heidegger, surgió una cierta izquierda que, partiendo del totalitarismo, lo negaba, huía de él, para retornar a él. Su característica esencial puede ser definida, siguiendo la terminología de Deleuze, como un “sin fondo” (Abgrund), un abismo que devela el horizonte problemático, ezquizofrénico, en el que se mece, desde finales de los años sesenta del siglo pasado, el bucle del llamado posthumanismo, de origen esencialmente francés, obsesionados como están con el fantasma del cógito, contra el cual inútilmente maquinan acechos y celadas parricidas, edípicas. El sujeto de la historia es sustituido por una realidad que lo perpleja, lo conforma, lo disciplina y lo oprime, una y otra vez. Pero es el triunfo del “genio maligno” cartesiano y de Sade, como figuras centrales de la cultura. Es la realización efectiva de La naranja mecánica de Burgess, la elevación de la agresión y el sadísmo a política de Estado, a condición sine qua non de la vida civil o, más bien, de su epitafio.

Y así, los cantos eleusinos terminan en los gritos del silencio deleuzinos, en la postulación de un cosmos fraguado con espuma, con hule interestelar, hecho de pliegues y ruinas circulares, de ministerios del tiempo y de reiterativos e infinitesimales “si no te hubiese conocido”. Entretanto, los buenos epistemólogos y metodólogos, Carontes de siempre, víctimas de los efectos de la mariposa posmoderna, siguen buscando entre sus instrumentos de precisión el punto intermedio de la medición, la dialéctica de la medianía, el quod y el quantum, la tautología más adecuada para la sentencia, la copa de vino rosé: ni rouge ni blanc y, por supuesto, mucho menos bleu.

Civilidad.

Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

Civi vs militar


Es habitual o común representarse la idea de civilidad como la de un término que, por el hecho de referirse a lo civil, se define como aquello que es lo opuesto o lo ajeno a lo militar. Y, en efecto, no pocas son las voces que evocan y sentencian que la civilidad es un modo de vida alterno, incompatible y antagónico, al de la cifrada vida de los cuarteles: una vida que no solo no contempla sino que, por su propia condición, está obligada a rechazar. De ahí que se presuponga, por ejemplo, que cuando se habla de la sociedad civil se esté haciendo referencia inequívoca, aunque indirecta, a la existencia efectiva de una sociedad militar como tal –esa a la que los populistas suelen llamar la “gran familia”–; de tal manera que un Estado, cualquiera sea su signo y tendencia, estaría compuesto no por una sino por dos sociedades que, en virtud de su propia condición, no solo son distintas entre sí sino, lo que es más importante, recíprocamente antagónicas e incompatibles: la sociedad civil, es decir, la sociedad horizontal de “los civiles”, y la sociedad militar, la sociedad vertical de los hombres y mujeres que viven en los cuarteles, armados y uniformados de verde olivo, esa exclusiva –y excluyente– sociedad de y para los militares. Solo que, en realidad, semejante representación, propia de una percepción de oídas o de la vaga experiencia, no se adecúa con la idea, es decir, ni con el ser de la civilidad ni con su concepto.


Conviene recordar, en primer término, que los llamados Estados modernos conforman un bloque de poder –un “bloque histórico”, como lo denomina Gramsci–, que ya Maquiavelo, en su momento, había observado y expuesto en sus tratos generales. En efecto, los Estados se componen de una sociedad política y de una sociedad civil, cabe decir, de un cuerpo jurídico-político que sustenta la legalidad, la burocracia, la seguridad y defensa del Estado (del cual el estamento militar forma parte), y de un cuerpo en movimiento continuo, complejo, multiforme, en fin, un cuerpo productivo, tanto material como espiritual, al que los políticos suelen designar bajo el título de “las fuerzas vivas”, y en el que no pocas veces impera la competencia, el interés personal y el provecho propio. Hegel lo denomina “el reino animal del espíritu”, precisamente porque en él predomina una continua confrontación de intereses de la más diversa índole. Pero, paradójicamente, es en la sociedad civil donde se desarrollan constantemente las artes, las ciencias, las letras –¡las “tres gracias”!– y, por supuesto, las creencias religiosas. De tal modo, el Estado no se compone de una sociedad de los militares y una sociedad de los civiles, en la que se contraponen el militarismo y la civilidad. Se compone de una sociedad política y de una sociedad civil. Cuando ente ambas hay adecuación, reciprocidad y consenso, cuando la una se identifica plenamente con la otra, la ciudadanía crece y se desarrolla, haciendo estable y próspero al Estado. Cuando, por el contrario, entre la una y la otra se abre un período de no correspondencia recíproca, de fractura dialógica, de desgarramiento, de dominio y coerción, entonces se genera una crisis profunda que termina en una confrontación entre lo viejo y lo nuevo de imprevisible magnitud y duración. Esta es, por cierto, la actual situación que padece Venezuela, secuestrada por una banda criminal que nada sabe –y que por esa misma razón, no le interesa saber– ni de desarrollo ni de prosperidad, atada como está a sus bajas y muy tristes pasiones.

La civilidad es el resultado de la adecuación de la sociedad política y de la sociedad civil, no la contrapartida de una supuesta “sociedad militar”. Su definición más precisa es la de eticidad (Sittlichkeit). Se trata de la forma de vida, de costumbres, normas y valores, que una determinada sociedad se da a sí misma, y que son los fundamentos de la legitimidad de un Estado. Se diferencia del corpus legal por el hecho de que no se derivan de la imposición de los tribunales sino de las convicciones que comparte con el resto de los ciudadanos. Es lo que no comprenden quienes creen que el decretar una determinada ley, manu militari, modificará sustancialmente el espíritu de un determinado pueblo para, como dice Spinoza, sujetarlo como se sujeta un caballo con un freno. La ley será acatada sustentándose en la coerción, pero no en el consenso. Y mientras mayor sea su rigidez e incompatibilidad con las costumbres, mayores serán las argucias que hallarán los individuos para sortearlas. De ahí el adagio popular: quien inventa la ley inventa la trampa.

No son iguales las sociedades que cumplen formalmente con las leyes por coacción que las que lo hacen por ser conscientes de la necesidad de cumplirlas por el bien del todo y de las partes, con ánimo firme y por decisión propia. Las primeras atienden al derecho abstracto. Las segundas a la civilidad. Al observar abierta una de las puertas de acceso a la estación del tren de un país nórdico, un venezolano, asombrado, le preguntó a una de las funcionarias si no temían que por esa puerta se colaran los pasajeros. La funcionaria, sorprendida, le respondió: “¿Y por qué alguien tendría que hacer eso?”. Esa es la diferencia que muestran las sociedades en las que impera la civilidad. Es evidente que la gran mayoría de las sociedades, a fin de mantener el orden, se ven obligadas –conducidas de la mano de la ratio instrumental– a mantener firmes los frenos de la bestia que se lleva por dentro y que los individuos han sido condicionados a respetar las reglas de convivencia social más por temor que por convicción. Pero el temor no pocas veces se convierte en violencia contenida, y la violencia contenida pronto se expande para convertirse en crimen.

De las anteriores consideraciones derivan algunas conclusiones de interés, a la hora de establecer los lineamientos fundamentales para la elaboración de un eventual Plan País. No existe tal cosa como una “sociedad militar”, alterna a una “sociedad civil” o “civilista”. Estas presuposiciones carecen de todo rigor. Lo militar es parte de la sociedad política y, en tal sentido, está obligado a formar parte de la construcción de la civilidad. Las sociedades no se rigen por un modelo exclusivo, porque no atienden a razones matemáticas ni meramente instrumentales. Los procesos sociales no son unívocos. El causa-efectismo es, apenas, una mínima parte del proceso de comprensión de la historia de la humanidad. No hay forma de superar la barbarie y de colocarse a la altura de los tiempos sino mediante la concreción de un proyecto sostenido, de largo alcance, de educación estética, es decir, de formación cultural (Bildung), cuyo fin es la conquista de la civilidad. Porque no habrá ni libertad ni prosperidad efectivas, reales, si no hay civilidad.

De la necesidad

Libertad necesaria

Según la mitología griega clásica, en el principio de todas las cosas, la necesidad, Ananké, surgió súbitamente del vacío y comenzó a formarse a sí misma, de modo que la necesidad no sólo es un ser incausado sino que va formando de continuo su propia necesidad de ser. Ella contiene en sí y para sí la razón de su existencia. Su imponente figura es, a simple vista, incorpórea, y sus sigilosos movimientos semejan a los de las sierpes. Sus largos brazos son fantasmales y se extienden por toda la infinitud del cosmos. No es improbable que tenga -como dice el adagio popular- “cara de perro”. Lo cierto es que ella es y no puede no ser. Avanza siempre en espirales, de la mano de su hermano Cronos, el tiempo, y fue en su inseparable unidad que rondaron pacientemente el Ovo primigenio del que surgieron los elementos que le dieron forma y contenido a la creación: el mar, el cielo y la tierra. Además, Ananké parió tres hijas: Kloto, la hilandera de la vida; Lákesis, la que mide la longitud de los hilos de la vida; Átropos, la inevitable cortadora del hilo de la vida. Hilar, medir y cortar, una y otra vez , siempre de nuevo. Ellas son las Moiras, las diosas del destino, temidas y respetadas por todos los dioses, pues incluso ellos se encuentran sometidos a sus severos y hieráticos designios.

Nadie, que se sepa, se ha encontrado a la necesidad en persona, serpenteando y moviendo sus largos brazos por alguna de las calles de la ciudad. Y, sin embargo, a pesar de que a nadie en particular se le haya aparecido, ello no significa que no esté ahí, justo ante los inadvertidos ojos del transeúnte o del buen vecino. Está en la menesterosa fila de los ancianos que, desde tempranas horas, esperan a que les sea cancelada su pensión, o en los que, detrás de la cava refrigerada, estacionada en la esquina, completan los devaluados billetes para poder llevar a los suyos, por lo menos, una pieza pollo. Está presente y serpentea cuando el servicio eléctrico colapsa, cuando el agua -como suelen decir los periodistas, ese “vital líquido”- no llega ni por dentro ni por fuera de los ductos, o cuando el transporte público termina siendo nada menos que una “perrera”. Ella está ahí, siempre al acecho, en el hospital sin medicamentos y sin las mínimas condiciones para garantizar que una vida se pueda salvar a tiempo. Como también está en el bote de basura, en el que centenares de fámulos, cuerpos esqueléticos, ausentes de carne y alma, esos a quienes se les suele llamar los más necesitados, buscan algún sustento para poder mantenerse en pie, por un día más. O en los millones de ciudadanos que, exhaustos de tanto miedo, de tanta ira y de tanto dolor, se ven forzados a abandonar un país convertido en callejón sin salida. Son esas, entre tantas otras, a las que Hegel llama “necesidades subordinadas de la vida de los hombres”, tan básicas y esenciales que son las que determinan y dan sustentación material al carácter absoluto y universal de la necesidad. Superar las necesidades del espíritu pasa -por ciertonecesariamente, por la superación de las necesidades inmediatas. Primum vivere, deinde philosophari, apunta Aristóteles.

Por definicion, lo necesario es lo que no es contingente. Pero en Venezuela sólo lo contingente es lo necesario. Es verdad que existen grados de necesidad. En efecto, la necesidad se puede sentir, entender y comprender. Se siente en el llanto de la criatura con hambre que necesita comunicar sus deseos para poder saciarla; se entiende cuando se toma conciencia de su presencia y se la convierte en objeto de estudio, se la conoce y clasifica con rigurosa meticulosidad. Y, una vez en posición de “lista para llevar”, se cosifica y enajena. Todo ante su acechante presencia. Así, por ejemplo, una vez entendida la necesidad de liberarse de una tiranía se consultan los manuales de instrucciones para el usuario. Y todo parece quedar instalado según el orden de convención prestablecido. Pero el temor ¡esa pesada contingencia!-, ante una inevitable confrontación de la libre voluntad con el gansterato, es tal que se termina sugiriendo la necesidad de un entendimiento con el cartel, un acuerdo electoral que ponga fin a la tiranía. De una parte, la ira belicista pide venganza. De la otra, la hipocresía del pacato se oculta tras las banderas del humanismo y la civilización que exhibe. Finalmente, se comprende la necesidad cuando, a un tiempo, se la conserva y supera, porque, al sorprenderla, se llega a saber que la fuerza de la libre voluntad proviene de la incesante confrontación y el reconocimiento con la mismísima necesidad. Sólo entonces la sustancia deviene sujeto: se trata del cese de la usurpación, del gobierno de transición y de las elecciones libres, en ese mismo orden, porque “el orden y conexión de las ideas es idéntico al orden y conexión de las cosas”.

El sentir y el entender la necesidad hace que las sociedades vivan acechadas por sus sinuosos movimientos y sean presas de sus largos y asfixiantes brazos. En las sociedades sometidas a estos niveles de necesidad, todo lo que las trasciende, todo lo que se remonta por encima de la amarga presencia inmediata de la caja de alimentos o del racionamiento eléctrico, es considerado como un excedente, como un lujo. En ellas impera el “reino animal del espíritu”, en el que cada individuo no es más que el conjunto de sus necesidades de subsistencia, una multitud de individuos que concibe al resto como sus eventuales medios para la satisfacción de las mismas. Homo homini lupus, el hombre transmutado en lobo del hombre. Es dentro de este tipo de necesidades en las que se encuentra atrapada la sociedad venezolana. Si “se va la luz” es que se está en presencia de una señal “inequívoca” de que la oposición, otra vez, perdió vigor y que se debe “negociar” con la narcotiranía, nada menos que con un cártel que se encuentra “atrapado y sin salida”, que boquea buscando un segundo aire que, esta vez, no le llegará. De “necesidades radicales” habla Agnes Heller. No pareciera comprenderse que los diferentes modos de actividad, que forman parte del proceso reproductivo de la vida cotidiana, son actividades sociales objetivas. Lo son los impulsos y las motivaciones que se transforman en actos específicos. Pero también lo son el lenguaje y el pensamiento. Lo es el reconocimiento del individuo como elemento determinante del ser social. Más allá de lo inmediato está la verdad. No se supera la necesidad sin tener plena conciencia de las necesidades. Y es justo eso a lo que Spinoza llama libertad. Comprender la necesidad es enfrentarla hasta que se vea, ella misma, en la forzosa necesidad de reconocer que la voluntad humana es la mayor de las fuerzas del universo. Desde hace rato, las Moiras rondan el Ovo de las cabezas del narco-régimen usurpador.

Por José Rafael Herrera /@jrherreraucv

De la toma de Simacota al Atentado de la Escuela de Cadetes General Santander:


«Honradamente queremos la paz.  Lo que ocurre es que nuestra propuesta no es una propuesta de entrega, de rendición o desarme, porque entendemos que la paz sólo puede ser fruto de la justicia social y la democracia»
Manuel Peréz.


«El deber de un cristiano es ser revolucionario y, el deber de todo revolucionario es hacer la revolución »
Camilo Torres Restrepo




  
 Los movimientos armados por lo general tienen a construir una historia heroica de su aparición en la escena política.

El ELN había dado sus primeros pasos de vida política guerrillera con la “Toma de Simacota”  el 7 de enero de 1965, siendo el “Manifiesto de Simacota” un documento  fundacional que daba vida al movimiento político armado al establecer sus ideales que motivaban su lucha revolucionaria con el objetivo de ser escuchado por la opinión pública nacional. Antes de aquel evento,  un año atrás, el ELN era ya una organización armada, con una estructura ya construida, con un proyecto político y económico, con una lectura frente al devenir histórico del país. El 4 de julio de 1964 acontece la “Primera Marcha” de un grupo de familias campesinas (de Santa Helena, Orpon, Fortuna y Simacota) algunas familias de filiación  liberales-comunista, así como algunos integrantes militantes del MRL,  que en tesis da surgimiento a la estructura armada del ELN. Pero el momento genético es en 1962 con la “Brigada José Antonio Galan” que se propone, luego de una experiencia formativa ideológico y militar en Cuba, impulsar la lucha por la liberación en América Latina[i]. Lo que empezó con toda anterioridad, se efectivo con su primera acción militar, que al mismo tiempo fue su presentación política.
El atentado a la escuela de cadetes General Santander el pasado 17 de enero aparece como otra fecha emblemática, una que nuevamente se presenta como evento mítico para el ELN al poner el carácter ambivalente de su propuesta de unificar una reflexión  política  junto a un  accionar militar.
Después del atentado, lejos de ser debilitadas la utraderecha oligárquica nacional, se fortaleció su discurso, legitimando el propio actuar coercitivo del Estado como instrumento de “la defensa de la seguridad democrática”. Se desvió el foco del debate público en torno del caso de corrupción más grande del país "Odebrecht", así como las duras críticas a los altos funcionarios del gobierno (el Ministro de Hacienda Carrasquilla y el Fiscal general Nelson Humberto Martínez), el país nuevamente se polariza y como mayor medida, se cierra la Mesa de negociación, reactivándose nuevamente las ordenes de captura para los principales líderes y equipo negociador en la Habana. El país pasó entonces de un ambiente de construcción de paz y de movilización de las bases sociales al discurso del enemigo, la amenaza constante y de  tensión con el vecino país bolivariano.
En ese sentido muchos sectores ven en la posición del ELN una postura compleja, puesto que tras el atentado, se presupone una mala lectura del conflicto armado y de la situación política del país y de la región por parte del grupo guerrillero.
Es posible una defensa todavía hoy del proyecto político del ELN? Creemos que sí, porque defender el proyecto de este grupo político alzado en armas significa innegablemente defender el proyecto de Liberación del oprimido y con ello regresar al espíritu misionero de Camilo Torres Restrepo, de Paulo Freire y al pensamiento crítico latinoamericano.  
En Defensa de la Liberación

Los orígenes de los movimientos de la liberación deben encontrarse en la realidad de dominación, explosión y sufrimiento de los pueblos oprimidos, no solamente en Latinoamérica, sino también de otras latitudes del mundo. En ese sentido, esta postura nace en una profunda conexión con su tiempo, como una regeneración del pensamiento y la acción política. Importantísimos antecedentes son los movimiento de lucha por la emancipación colonial e imperial ya desde la propia época de la invación y la conquista (grupos de resistencia indígena y quilombos), así como los movimientos más recientes del siglo pasado de lucha guerrillera y las posturas  intelectuales de la liberación, en la teología (C, Torres, Gutierrez), en la sociología (F. Borda), en la pedagogía (P. Freire), unidos al boom Literario latinoaméricano (Cortazar, Marquez  etc.).  Se trata de una situación de «crisis», en sus dimensiones política, económica, social y espiritual. El concepto mismo de liberación enmarca la necesidad de ejercer, no solamente una praxis teórica, sino una praxis enteramente política que posibilite la emancipación de los oprimidos.

El establecimiento de esta condición caracteriza la historia reciente (prehistoria) del ser humano y enmarca su experiencia en el mundo como la búsqueda implacable de su reconciliación. El ser humano se encuentra en una situación falsa que se hace evidente con la existencia real de la contradicción entre  opresor y oprimido que cada vez inviabiliza el proyecto de humanidad[ii]. El ser humano ha caído preso de un orden socio-económico y político que impide su propio desarrollo; un orden que si bien posee sus causas estructurales, se mantiene por el interés de grupos locales e internacionales que se lucran con el despojo de los pueblos a los que oprimen. El surgimiento del modo de vida moderno y del modo de producción capitalista en todo el mundo lleva inscrito una lógica colonial de explotación y dominación, que se fundamenta en el saqueo de los recursos naturales de los pueblos, imponiendo en toda la maquina civilizatoria el principio de la valorización del valor (principio del lucro y la ganancia por sobre el principio de la vida y la dignidad) como el engranaje que hace da dirección al movimiento de la máquina. Esta situación falsa del mundo caracteriza propiamente la manera en que se presenta la  Situación del oprimido cuanto la Situación del opresor, construyendo la relación entre ambos como una relación deshumanización[iii].
La búsqueda de la liberación es la procura de la superación de esta situación falsa, siendo un proceso de emancipación de los marcos de pensamiento que permiten el análisis crítico de la situación existencial que oprime, así como una acción política que procura la superación efectiva de este orden de experiencias. Liberatio-onis  es una acción de poner en libertad; se trata de una acción que implica la perdida de las cadenas materiales y espirituales. La praxis de liberación, en palabras de P. Freire, es “Amor hecho praxis” porque es potencia que libera de la contradicción que deshumaniza, un verdadero acto de bondad del oprimido frente a la violencia del opresor[iv].
Es sobre este marco filosófico que se debe entender el actuar ético y la lectura política, así como las maneras de actuar de esta organización como quedó expuesto en los 12 puntos del “manifiesto de Simacota”[v].  
Bajo el lema “¡Liberación o muerte!” el ELN manifiesta su postura revolucionaria que plantea diferentes escenarios de lucha y reivindicación que parten de una idea general y utópica de la liberación desde una perspectiva de la experiencia colonial[vi].  En ese sentido, la dificultad de la liberación nacional radica en el mantenimiento de las estructuras de dominación y explotación colonial sobre la construcción de la República al servicio de las oligarquías mundiales (estructura neocolonial), por lo que la idea de liberación propuesta por el ELN tiene dos niveles. a). Condiciones internas de dominación y explotación y b). Condiciones de la dinámicas del poder mundial[vii].
Es esta bandera por la liberación del oprimido lo que caracteriza  el horizonte político cultural de la organización del ELN, que se propone como una fuerza de resistencia armada en comunión con la lucha de las organizaciones sociales y civiles de los pueblos por su liberación frente a las estructuras del poder mundial (anticolonialismo), frente a las formas de composición social (anti racismo y defensa de la justicia social) así como de la soberanía y autodeterminación de los pueblos.

Subversión del Oprimido

 Lo que legitima la lucha armada es precisamente la imposibilidad de realizar una actividad  política por otros medios. El levantamiento armado de un grupo guerrillero obedece a una serie de causas socio-históricas que dan la condición de posibilidad de la emergencia de una acción política que ve en el uso de la lucha armada el mecanismo de manifestación política. Cuando Fals Borda considera la dimensión sociológica de la subversión[viii] nos está hablando del carácter objetivo que determina el surgimiento de levantamiento subversivo como la propia tendencia en el interior de la sociedad por alcanzar el cambio social que se presenta como necesario para el pueblo.
La creación de formas de dominación social en Colombia – y en Latinoamérica como un todo- hunde sus raíces en la experiencia colonial. Desde allí se nos está marcada una ruta en el proceso mismo de construcción de un orden vigente al que le es connatural el conflicto político. La experiencia de independencia republicana fundó una nueva modalidad de experiencias sociales y políticas (creación de Estados nacionales) sin modificar en sentido sustancial la estructura de dominación social. La violencia como fenómeno social y político marca la experiencia histórica de nuestro país, por lo que hace bien en considerar el profesor Moncayo que las causas y los orígenes de la violencia en Colombia han de buscarse fundamentalmente en el orden social vigente[ix], en el que permanece la contradicción entre oprimido-opresor en cada una de las esferas de la experiencia social, cultural, económica y política del país (y de la región). El orden social vigente se erige como una modesta, pero efectiva, forma de dominación política que permite la explotación de las personas en la expropiación de la riqueza social, siendo la causante del choque de intereses en el seno de la sociedad como un todo.

La interconexión  entre el orden social vigente (las formas de dominación social) y el cierre de las posibilidades políticas para las posturas contrarias a ese orden, construyen las condiciones objetivas para la subversión armada como estrategia política. Como dijo Camilo Torres Restrepo:

 «[…] La miseria de sus hogares, la angustia de no poder llevar al hogar el mercado necesario, de no poder pagar el arrendamiento, de no poder educar a los hijos, les está demostrando a todos los desempleados la necesidad de emprender la lucha definitiva contra el sistema» [x]

El choque entre las fuerzas de estabilización por parte de la oligarquía y las fuerzas de subversión por parte los grupos populares caracteriza el desarrollo del conflicto político en una modalidad armada, puesto que de parte de las fuerzas de estabilización de la oligarquía se cuenta con toda la capacidad bélica del aparato represivo del Estado y, por parte de las comunidades se establecen ejércitos de liberación con armamento militar en el ejercicio de su defensa. La violencia estableció como fundadora de derecho y luego como conservadora del mismo, del tal modo que la oligarquía adquirió un derecho (casi divino!) por el monopolio del uso legítimo de la violencia.
Acciones de insurgencia y contrainsurgencia como la característica del conflicto armado de los últimos 60 años, marcados los ciclos del capitalismo trasnacional y por fuertes oleadas de violencia interna.
La Subversión del ELN no es moral ni inmoral, su naturaleza es producto del proceso histórico que se construye como una acción utópica hacia el futuro. Lo político y lo militar en el ELN se explican por su carácter anti-sistémico y de negación del orden social vigente al mismo tiempo que el cierre de las posibilidades de enunciación de esa negación y de procura de cambio, lo llevan a la acción armada. La Subversión del oprimido puede realizarse de múltiples maneras, culturales, religiosas, económicas y civiles, etc.;  no es la violencia lo que se promueve, lejos de eso, la acción armada y militar aparece como un mecanismo de defensa ante  las fuerzas de estabilización que buscan la aniquilación del movimiento popular de liberación. Ante la violencia legal del opresor, la violencia liberadora del oprimido.

 El Camino de la Solución Política del Conflicto en Colombia  

Lejos de una efectiva implementación de los acuerdos de Paz firmados con las FARC- EP[xi], en medio de una fase de transición del conflicto bélico a  conflicto político, la barbarie de la guerra se repite como acontecimiento cotidiano de la historia de la nación. El pasado 11 de marzo fueron objetados, por inconveniencia social y económica, en 6 puntos la Ley Especial para la Paz (JEP) dejando nuevamente claro que la postura del gobierno, del partido Centro Democrático y de la clase oligárquica de ultraderecha, está muy lejos de una voluntad de paz.  Esto confirma las propias palabras del ELN el 21 de enero cuando se adjudicaron la autoría del atentado a la Escuela de cadetes General Santander[xii] manifestando del mismo modo su disposición política para continuar la mesa de negociación. El atentado del 17 de enero es respuesta ante la arremetida militar en su contra y las evasivas  en la continuidad de la mesa en la Habana.
Las burguesías transnacionales se han direccionado hacia una serie de posturas de completo cierre de las posibilidades democráticas de participación política. El Estado colombiano está jugando un papel clave en su posicionamiento geopolítico frente a al Gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, liderando las acciones regionales en su contra. Lejos de superarse el conflicto bélico interno, se anda provocado insistentemente en el inicio de un contexto bélico regional (un nuevo ciclo de violencia, un nuevo ciclo del capital internacional que amenaza con una intervención militar en Venezuela, un repliegue a las posiciones totalitarias). Lejos de la salida negociada, el gobierno Duque demuestra que se inicia una nueva etapa de enfrentamientos y de persecución a los movimientos sociales, como lo ha venido haciendo desplegando la capacidad represiva de contra la minga indígena que deja al menos 16 muertos en los que se encuentra el comunero Breiner Yunda Camayo  que murió hoy (02 de abril). La oligarquía colombiana ha construido una retórica en la que unos muertos valen y otros no; en el que unas vidas son valiosas y las otras son “el precio del progreso”. 
Como insurgencia, el ELN el pasado 17 de enero tomaron su decisión, hacen lo propio y quedando como Ejercito popular; ahora las movilizaciones en las calles y todos los movimientos sociales articulados, podrán dar lucha en esa correlación de fuerzas. No es momento de des-legitimar su lucha y caer en un discurso que facilita el cierre de posibilidades políticas y afiance el mecanismo de dominación social.
Y finalizo con unas palabras de Camilo Torres Restrepo

[…] Ahora el pueblo ya no creerá nunca más. El pueblo no cree en las elecciones. El pueblo sabe que las vias legales están agotadas. El pueblo sabe que no queda sino la vía armada. El pueblo está desesperado y resuelto a jugarse la vida para que la próxima generación de colombianos no sea de esclavos […] [xiii]







[i] De ese grupo fundacional se encuentran  Fabio Vásquez Castaño, Víctor Medina Marrón, Heriberto Espítia, Ricardo Lara Parada, Luis Rovira, Mauricio Hernández , José Marchan.  Para una mayor descripción de ese proceso de creación del grupo guerrillero del ELN, ver: Medina Gallego, M. FARC-EP Y ELN: una Historia política Comparada (1958-2006). Tesis doctoral. Universidad Nacional De Colombia. Bogotá, 2012, p.
[ii] Freire, P. Pedagógia do Oprimido. Rio de Janeiro. Editorial Paz e Terra. 2014, p. 56.
[iii] Ibíd, p. 67.
[iv] Ibíd, p. 70
[v] Ver manifiesto Simacota 1965: https://www.cedema.org/ver.php?id=3703
[vi] Pedraza, Oscar Humberto.  El ejercicio de la liberación nacional: ética y recursos naturales en el ELN. En: Controversia no. 190 (junio 2008). Bogotá : IPC, FNC, CINEP, CR, ENS, 2008.
[vii] Ibid. p. 220.
[viii]  La subversión en Colombia: el cambio social en la historia, Bogotá, FICA/CEPA, 2008, pp. 249-275.
[ix] Moncayo, V. Relatoria: “Haciala verdad del Conflicto: Insurgencia Guerrillera y Orden Social Vigente. En: Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia Comisión Histórica. Del Conflicto y sus Víctimas Febrero de 2015
[x] MENSAJE A LOS DESEMPLEADOS.  En: Periódico Frente Unido N° 10, Octubre 28 de 1965
[xi] La mesa de negociaciones fue instalada en 2012, los acuerdos firmados en Cartagena el día 26 de septiembre de 2016, refrendados el 10 de octubre de 2016, donde gano el No con el 50, 2% de los votos, por lo que fueron modificados ente octubre y noviembre, para nuevamente ser firmados el día 24 de noviembre en el teatro Colon de Bogotá, siendo aprobados luego por el Congreso de la República con una votación de 75 votos a favor y cero en contra en el Senado y, 130 votos a favor y  0 en contra en Camara, sabiendo que en ambas corporación los representantes del No, salieron a la hora de votación.
[xii] Comunicado del ELN 21 de enero 2019 “El camino es la Solución política del Conflicto”. 
[xiii] Proclama al pueblo colombiano. Emitido desde la clandestinidad en forma de volaron nte y publicado por diversos medios de la prensa colombiana en enero de 1966