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    El imperio del entendimiento

    El imperio es algo sectario.
    Las luchas del entendimiento.



    Se sabe que la cadencia andaluza floreció y extendió sus raíces a lo largo de las costas venezolanas bañanadas por las olas del mar Caribe, bordeando la magia de las luces incandescentes del sol de la costa oriental, hasta penetrar las blancas arenas y los cardonales, incorporándose a la exuberante selva de la geografía tropical. Decía Hegel que el paisaje marino es el paisaje característico de la libertad. Muy pronto, más pronto de lo esperado, el 'palo' flamenco español se hizo indio y negro también para devenir 'polo', del cual el margariteño o neo-espartano es, si no la más acabada, una de sus manifestaciones estéticas más depuradas y ricas. Hay un 'polo' en particular cuyas primeras letras recogen el significado de lo que, según Kant, configura el itinerario por el que debe transitar nada menos que la arquitectónica de la Razón Pura, desde la estética trascendental, pasando por la analítica, hasta adentrarse en las aporías de la razón. Es el que dice: “el cantar tiene sentido, el cantar tiene sentido, entendimiento y razón”. Es verdad que el entendimiento es el gran diseñador de las conquistas de la sociedad contemporánea. Pero también es verdad que, a causa de sus manías distintivas y regulatorias, ha contribuido decididamente en la construcción de diques y férreas alcabalas, de “controles”, entre la estética y la dialéctica trascendentales, entre lo sensible y lo inteligible, entre el ser y el pensar, entre el creer y el saber, transmutando la fantasía estética en un “instructivo para el usuario” y la fuerza de la razón en acto de revelación mística del lejano más allá.

    Una nación se sustenta sobre un proyecto -cabe decir, sobre ideas y valores- de común historicidad, no sobre un “plan” del cómo se hace, así se le llame del “país” o de “la patria”. Y mucho menos sobre la vergüenza de una caja de alimentos o de las bonificaciones de la ganga populista. Ya nada extraña en la era de la hegemonía de la cultura reggaetón. Y ya nisiquiera parece que “el cantar” del viejo 'polo' pueda guardar algún sentido. Lo que las abstracciones del entendimiento toca se mutila y diseca. Reflexivo y duplicador como es, el entendimiento convierte el rostro en ficción y la ficción en rostro. A consecuencia de su predominio, los bosques son leña y la selva amazónica es “arco minero” y cenizas. A partir de sus intervenciones, las imágenes son cosas que tienen ojos pero no ven, oídos que no oyen y el tacto figura sentir lo que no siente. Hace siglos dejó de ser intelligere para devenir big brother, en este caso, pintado en negro sobre fondo rojo. En fin -al decir de Hegel-: “como los ideales no pueden ser tomados en la realidad completa propia del entendimiento como troncos y piedras, se les convierten en ficciones, y toda relación con ellos aparece como un juego insustancial o como dependencia de objetos y como superstición”.

    Contrapuestos como si se tratara de dos absolutos, lo finito -el día a día- limita lo infinito -la idea concreta del Ethos-, poniendo entre paréntesis su infinitud, mientras lo infinito, a su vez, niega lo finito, haciéndole desaparecer day after day. En una expresión, contrapuestos como dos cosas distintas, incapaces de reconocerse recíprocamente, ni lo infinito es infinito ni lo finito puede llegar a subsistir. Todo es un “periódico de ayer”. El entendimiento ha obrado: ha preparado el terreno de la insustancialidad, propicio para el surgimiento del miedo y la esperanza, que se traducen en la vida tutoreada, el lenguaje vacío, la disfuncionalidad burocrática y el control mecánico del más mínimo gesto. Formas vaciadas de contenido, pero puestas en su lugar, usurpándolo. Moldes, patrones, esquemas, “modelos” carentes de vida. La corrupción del alma se objetiva como el alma de la corrupción, mientras van quedando en evidencia la pobreza material y espiritual de todo y de todos. Es el recuerdo de lo que fue y la nada de lo que va siendo. Pero la nada como estiercol del entendimiento, cuya mayor alegoría se ha objetivado en la muerte de centenares de niños en los hospitales, en la tortura y el asesinato de presos políticos, en la absoluta insignificancia del salario, en la humillación del “carnet de la patria”, en el ardid del censo nacional, en la intervención de la autonomía de las universidades. En fin, en la violación fehaciente de los más mínimos derechos humanos. Es Boves vestido de catedrático. Y es que el chavismo o, más específicamente, la narco-tiranía que mantiene secuestrada a Venezuela, es hijo -quizá ilegítimo y deforme, pero hijo a fin de cuentas- del entendimiento abstracto. No salió de la nada: salió de las universidades y de las academias militares conducidas, precisamente, de sus torcidas y malformadas manos. El imperio del entendimiento es la consagración del reino de la barbarie. 

    Se engañan quienes -siguiendo los manuales de texto, los diccionarios o las enciclopedias, por más prestigiosos que estos instrumentos puedan presentarse en la web- definen al entendimiento como “la facultad de pensar” que, ciertamente, en algún determinado momento de su desarrollo histórico tuvo, pues, como dice Hegel, en entendimiento sin la razón es algo. En realidad, su origen, más que griego o latino, es hebreo y quizá sea éste su significado de mayor incidencia en la actual vida cotidiana, pues, en efecto, bin traduce separar o distinguir. Y es por cierto esta la función característica del entendimiento: la separación y fijación del sujeto y del objeto. Fue obra de la teología filosofante, durante el medioevo, la traducción del griego nous -el pensamiento mismo- por la de intellectus -entendimiento-, por lo cual, desde sus orígenes, el entendimiento se encuentra indisolublemente vinculado con los dogmas constitutivos de la fe positiva. La separación y elevación del reino de los cielos -del deber ser- por encima de las relaciones sociales -del ser- es, de hecho, idéntica a la separación y elevación del reino de las formas cognoscitivas por encima de la realidad. Una vez más, lo infinito es colocado de una parte y lo finito de otra. Y así como el bien se coloca del lado de los “fieles” de una determinada secta y el mal del lado de sus detractores, la verdad se pone del lado de los seguidores de la secta de los esquemas e instrumentos “cognitivos” y lo falso del lado de aquellos que se atreven a refutarlos. La “lógica” -maniquea, por donde se le mire- es la misma. Y, como es la misma, aplica para todos los unos y todos los otros. Se encontrará al infiel sosteniendo los mismos argumentos del fiel, sólo que invertidos, y a la inversa. Es así como la totalidad orgánica es sustituida por una multiplicidad infinita e insustancial, aunque sumamente peligrosa, dada su cercanía con el inevitable conflicto.

    Con razón, Spinoza hablaba de la necesidad de reformar el entendimiento. Lo que el gran Aristóteles le atribuyó, vale decir, “saber leer” el sustrato prescindiendo de las particularidades externas, se fue transformando en un “saber leerse”, dado que el “lector” terminó por transfigurarse en el propio sustrato. No hay causas, y si las hay no vienen al caso. Solo cuentan los efectos. No hay ni un qué ni un por qué. Sólo importa el cómo, el resto no se discute. La sensibilidad y la razón quedaron sometidas a su voráz tutelaje. El triunfo del imperio del entendimiento es, a la vez, la mayor derrota propinada al pensamiento y, con él, a la libertad.

    Por José Rafael Herrera@ / jrherreraucv
     
       

    Vergüenza y culpa

    El moralista disfruta, con una satisfacción algo morbosa, al descubrir la repentina banderilla de la vergüenza en el lomo ajeno. El moralista disimula a menudo, bajo un velo de justicia, el corazón cruel de los amargados y los resentidos; un corazón, como diría Camilo José Cela, "negro y pegajoso como la pez". 
    Al moralista ya se va viendo no queremos darle la razón, se nos hace correoso y antipático. Y menos en lo que toca a la vergüenza, que tanto estrago causa en nuestros inocentes remansos narcisistas. Pero admitamos que la vergüenza, bien mirada, no es tan mala compañera: le sube un poco el color a nuestra pálida jactancia. Sin acabar de amarla (nos hemos propuesto no amar ningún dolor), podemos al menos reconocerle algunos méritos. 
    La vergüenza hace correr el agua de esos remansos que empezaban a cubrirse de moho. Siempre que nos deje flotar, quizá su sacudida nos despierte de la modorra autocomplaciente y nos invite a ser mejores remeros. Al dejarnos súbitamente en cueros, tal vez ayude a que se nos vea con más nitidez, que se nos quiera y nos queramos con más autenticidad, con ese punto de compasión que merecen todas las verdades puestas al descubierto. La vergüenza, bien mirada, y como todos los sentimientos adversos, es una oportunidad: la oportunidad de completarnos con esas partes de nosotros mismos que hubiéramos preferido no tener, pero que están ahí, y que nos interpelan. 

    El movimiento del avergonzado es contrario al del envidioso. Así como la envidia procura espolearnos ser como otros para ser más, para exponernos más, la vergüenza tiende a contenernos y a contraernos, a relegarnos en un rincón del escenario. Detecta un desajuste, de momento, irremediable, y nos devuelve, para reunir fuerzas, a nuestros cuarteles de invierno. La vergüenza sabe que ha habido una derrota y que no es el momento de luchar, sino de recoger velas y dejar que la marejada nos arrastre.
    La envidia y el coraje son expansivos, la vergüenza es retraída: en realidad no están tan lejos la una de la otra, en realidad la una suele incluir a la otra; su predominio relativo es consecuencia del equilibrio de fuerzas entre el mundo y nosotros. La envidia es un impulso para igualarnos hacia arriba (o para tirar de los que sobresalen hacia abajo, que es otro modo de igualarnos a ellos); la vergüenza no solo no pretende igualarnos, sino que desiste de ello: se rinde a la diferencia, una diferencia que radica en una inferioridad irresoluble. La envidia nos enfrenta a la tribu, la vergüenza nos impulsa a recostarnos blandamente en su abrazo compasivo, con las alas rotas después de pretender volar, acaso, demasiado alto. ¿Sintió vergüenza Ícaro antes de estamparse contra el suelo?
    El gesto del vergonzoso es conciliador: se encoge para que se le vea menos, para que se le castigue menos por su carencia o por su torpeza. El vergonzoso está pidiendo perdón, admite que ha perdido un trozo de su dignidad (o al menos que merece, que se ha ganado a pulso que se le cuestione). Entiende que su capacidad no alcanza para reconquistarlo, y que solo la generosidad de la tribu podrá restituírselo, mediante la compasión y el perdón, quizá el olvido o el aburrimiento. La vergüenza es una rendición y una entrega; un ruego para la concesión de una segunda oportunidad. En eso se parece a la culpa, aunque esta quema donde aquella enfría, y tiene más que ver con la trasgresión del código social: la vergüenza alude a algo que nos falta, mientras que a la culpa le atañe, propiamente, un acto que estuvo de más.


    Hay muchas vergüenzas, casi tantas como vergonzosos. El pudor se adelanta, es una especie de expectativa de vergüenza, un intento avergonzado de evitar la ocasión que podría azuzarla. La vergüenza propiamente dicha, en cambio, viene al final, después de actuar, cuando ya ha sucedido todo y no tiene remedio, cuando se daría cualquier cosa por poder volver atrás y, al menos, cubrirnos para que no se nos vea (porque la desvergonzada vergüenza tiene que ver con quedar más expuesto de la cuenta, con una ocultación fallida, con haberse convertido en público algo que debería permanecer privado). Hay una vergüenza que sufre por no llegar, y otra que lamenta haber traspasado el límite: esta se acerca a la culpa, que a menudo la sigue de cerca, y si no llega a ella es porque incluye aún, decíamos, algo de carencia, de impotencia, de defecto.
    La vergüenza, pues, viene a recordarnos nuestra pequeñez, el presagio de que tal vez nos caractericemos más por lo que nos falta que por lo que tenemos (o porque lo que tenemos no es del todo como debería, y ahí asoma el aviso de la norma, del deber incumplido). También nos insiste en nuestra dependencia, en lo angustioso que es perder el abrazo de la tribu (y de nuevo en esto se parece a la culpa). Es una llamada a la humildad que nos rescata de los excesos de la hybris, de la soberbia que no se atuvo a su núcleo de vulnerabilidad.


    Así que la vergüenza nos restituye a la tribu, a esa masa que pretendíamos haber sobrepasado; pero solo es el primer paso: para hacer efectivo ese regreso, habrá que exponerse del todo, habrá que situarse sin disimulo frente a los demás y desnudarse, y afrontar su desprecio porque hemos descubierto que es justo o necesario; en definitiva, habrá que humillarse y pedir perdón. De ese modo, y con suerte, uno será redimido, será readmitido en la tribu y podrá desembarazarse del peso de la vergüenza, y volver a ser uno más entre los otros. Ese proceso catártico de reconciliación con uno mismo y con los demás, si no nos hunde del todo, quizá nos regale la sabiduría de la sencillez, y nos ofrezca la oportunidad de reconstruir una nueva dignidad más amplia, una dignidad que incluya la carencia.
    Así se cura también la culpa, como nos muestra el capitán Rodrigo Mendoza en la película La misión. Atormentado por la culpa (¿también la vergüenza?) como consecuencia de haber asesinado en disputa de celos a su hermano, Mendoza encarnado por el gigantesco Robert de Niro gana el perdón del mundo, y sobre todo el suyo propio, cargando a rastras la armadura y las armas por los despeñaderos río arriba. En una de las escenas de redención más impresionantes que ha concebido el cine, Mendoza llega hasta el poblado de los indios guaraníes, que lo libran de la pesada red de viejas armaduras apréciese el simbolismo que alude a la arrogancia guerrera y a la defensa rígida del yo y lo acogen cálidamente entre risas. Imposible ver esa secuencia sin llorar con el capitán, sin sentir el consuelo de ese abrazo redentor de la bondad humana que libra de las culpas y perdona, y el alivio de ver cómo el río se lleva los restos herrumbrosos de un pasado en el que fuimos monstruos.
    Culpa, pues, en este caso, absuelta gracias a la catarsis de una abrumadora penitencia: restitución con dolor del dolor provocado, restauración del equilibrio cósmico y sobre todo del que mantiene ese microcosmos que es la tribu. El que sufre demuestra que ha aprendido, gana con su tribulación otra oportunidad, el regreso a una vida que ya no será igual, una vida que será nueva porque nuevo será todo después de atravesar el umbral iniciático del dolor. Ya sin culpa, tal vez nos quede la vergüenza como una evocación de aquel suceso que nos transformó, para que no lo olvidemos.

    Publicado en mi blog Filosofías para vivir 21/06/2019

    Giambista Vico: Conclusión ciencia nueva.

    Una lectura de Vico qué, asièndola a nuestra época informa de una forma de comunicación entre el pueblo y el gobernante, la religiosa. Aquí descrita como ciencia nueva por Giambista Vico, qué de nueva tiene la formulación pero que dice, servía en las más crudas épocas feudales. Si atendemos a la ciencia nueva de Vico, podríamos entender el mundo social como compuesto por una realidad religiosa, una fuerza productora de sociedades que se guía por la providencia de la virtud. 


    Ciencia nueva de Vico.
    Pero, con el transcurso del tiempo, al desarrollarse cada vez más las mentes humanas, las plebes de los pueblos se desengañaron finalmente de la vanidad de tal heroísmo, y entendieron que ellos eran de igual naturaleza humana que los nobles; por lo que también ellos quisieron entrar en los órdenes civiles de las ciudades. De modo que, debiendo al cabo del tiempo ser soberanos esos pueblos, la providencia permitió que las plebes, antes, durante mucho tiempo, rivalizaran con la nobleza en cuanto a piedad y religión en las contiendas heroicas hasta que los nobles tuvieron que comunicar a los plebeyos los auspicios, para comunicarles también todos los derechos cívicos públicos y privados que se consideraban dependendientes de él; y así, el mismo cuidado de la piedad y el afecto de la religión llevara a los pueblos a ser soberanos en las ciudades: en lo que el pueblo románo se adelantó a todos los demás del mundo, y por eso llegó a ser el pueblo señor del mundo. De tal manera que, introduciéndose cada vez más el orden natural entre esos órdenes civiles, nacieron las repúblicas populares: en las que, puesto que se tenía que reducir todo a la suerte o la balanza, para que no reinase el azar o destino, la providencia ordenó que el censo fuera la regla de los honores; y así, los industriosos y no los infractores, los parcos y no los pródigos, los capaces y no los haraganes, los magnánimos y no los mezquinos de corazón, y en una palabra, los ricos en cualquier virtud o con alguna imagen de virtud, y no los pobres, con muchos y descarados vicios, fueran considerados óptimos para el gobierno. De repúblicas tales —donde pueblos enteros, que aspiran en común a la justicia, ordenan leyes justas, porque son universalmente buenas, que Aristóteles define divinamente como «voluntad sin pasiones», y tal es la voluntad del héroe que ordena las pasiones— salió la filosofía, a partir de la forma de esas repúblicas, destinada a formar al héroe y, para formarlo, interesada en la verdad; y así, la providencia ordenó: que, no habiéndose acercado más a través de los sentidos de la religión (como se había hecho antes) a las acciones virtuosas, la filosofía hiciese entender las virtudes en su idea, por cuya reflexión, si los hombres no practicaban la virtud, al menos se avergonzaran de los vicios, pues los pueblos diestros en obrar mal sólo así pueden mantenerse en el deber. Y a partir de las filosofías permitió que apareciese la elocuencia, que en consecuencia de la misma forma de esas repúblicas populares, donde se ordenan buenas leyes, fuese una apasionada de lo justo; y así, ésta, a partir de esas ideas de virtud incitara a los pueblos a ordenar buenas leyes. Determinamos con resolución que esta elocuencia floreció en Roma en los tiempos de Escipión el Africano, en cuya edad la sabiduría civil y el valor militar, pues ambos, que establecieron felizmente para Roma el imperio del mundo sobre las ruinas de Cartago, debieron llevar aparejados necesariamente una elocuencia robusta y sapientísima.

    Pero, al irse corrompiendo también los Estados populares, y por tanto las filosofías (ya que, al caer en el escepticismo, los estultos doctos se emplearon en calumniar la verdad), y al surgir de aquí una falsa elocuencia, dispuesta igualmente a apoyar en las causas a las dos partes opuestas, sucedió que, usando mal la elocuencia (como los tribunos de la plebe en la romana) y no contentándose ya los ciudadanos con las riquezas para instituir el orden, quisieron hacer de ella su poder, como furiosos austros en el mar, promoviendo guerras civiles en sus repúblicas, las llevaron a un desorden total, y así, desde su libertad perfecta, la hicieron caer bajo una perfecta tiranía (que es lo peor de todo), es decir, la anarquía, o la desenfrenada libertad de los pueblos libres.

    Ante este gran desastre de las ciudades la providencia obra uno de estos tres grandes remedios según el siguiente orden de las cosas civiles humanas.

    Pues dispone, primero, el que se halle dentro de esos pueblos uno que, como Augusto, surja y se establezca como monarca, quien, ya que todos los órdenes y todas las leyes halladas para la libertad no bastaban ya para regularla y refrenarla, tenga en su mano todos los órdenes y todas las leyes con la fuerza de las armas; y por el contrario, constriña esa forma del estado monárquico, a la voluntad de los monarcas en ese su imperio infinito, dentro del orden natural de mantener contentos y satisfechos de su religión a los pueblos, así como de su libertad natural, sin cuya universal satisfacción y conformidad los Estados monárquicos no son ni duraderos ni seguros.

    Luego, si la providencia no halla tal remedio dentro, lo va
    a buscar fuera; y, ya que tales pueblos de tan corruptos que eran ya, se habían convertido por naturaleza en esclavos de sus desenfrenadas pasiones (del lujo, de la delicadeza, de la avaricia, de la envidia, de la soberbia y del fasto) y debido a los placeres de su disoluta vida se arruinaban en todos los vicios propios de vilísimos esclavos (como el ser mentirosos, astutos, calumniadores, ladrones, cobardes y simuladores), por tanto, dispone que lleguen a ser esclavos por el derecho natural de las gentes que sale de dicha naturaleza de las naciones, y acaben estando sometidos a naciones mejores, que les hayan conquistado con las armas, y por éstas se queden reducidos a provincias. En lo cual, además, refulgen dos grandes luces del orden natural: una es, que quien no puede gobernarse por sí mismo, se deje gobernar por otros que puedan; la otra, que gobiernen el mundo siempre los que son mejores por naturaleza.

    Pero, si los pueblos marchitan en esta última peste civil, que ni dentro consienten a un monarca nativo, ni llegan naciones mejores a conquistarles y conservarles desde fuera, entonces la providencia, ante este su extremo mal, obra este extremo remedio: que —puesto que tales pueblos a modo de bestias no se habían acostumbrado sino a pensar en los propios intereses de cada uno y habían dado en el colmo de la delicadeza o, mejor dicho, del orgullo, como fieras que, al ser mínimamente contrariadas, se resienten y enfurecen, y así, en el mayor gentío o muchedumbre de cuerpos, viven como bestias inhumanas en una suma soledad de espíritu y de sentimiento, sin que apenas dos puedan ponerse de acuerdo porque cada uno sigue su propio placer o capricho—, por todo esto, con obstinadísimas facciones y desesperadas guerras civiles, llegan a hacer selvas de las ciudades, y de las selvas, cubiles de hombres; y de tal manera que, al cabo de largos siglos de barbarie, llegan a herrumbarse las malnacidas sutilezas del ingenio malicioso, que había hecho de ellos fieras más inhumanas con la barbarie de la reflexión de lo que lo habían sido con la primera barbarie del sentido. Ya que ésta mostraba una fiereza generosa, de la que otros podían defenderse, huir o guardarse; pero aquélla, con una fiereza vil, con halagos y abrazos, acecha en la vida y en las suertes de sus confidentes y amigos. Por ello, los pueblos de tal reflexiva malicia, con este último remedio que obra la providencia, aturdidos y estúpidos, no sienten ya ni las comodidades, ni las delicadezas, ni los placeres ni el fasto, sino solamente las utilidades necesarias para la vida; y, por el escaso número de los hombres que al fin quedan y por la abundancia de las cosas necesarias para la vida, llegan a ser naturalmente moderados; y, debido al retomo de la primera simplicidad del primer mundo de los pueblos, son religiosos, veraces y fieles; y así retoma entre ellos la piedad, la fe, la verdad, que son los fundamentos naturales de la justicia y son gracias y bellezas del orden eterno de Dios.

    Porque precisamente los hombres han hecho este mundo de naciones (que fue el primer principio incuestionado de esta Ciencia, una vez que desesperamos de encontrarla en filósofos y filólogos); sin embargo, este mundo, sin duda, ha salido de una mente muy distinta, a veces del todo contraria y siempre superior a los fines particulares que los mismos hombres se habían propuesto; estos fines restringidos que, convertidos en medios para servir a fines más amplios, ha obrado siempre para conservar la generación humana en esta tierra. Ya que los hombres quieren usar la libido bestial y perder sus partos, y establecen la castidad de los matrimonios, de donde surgen las familias; quieren los padres ejercitar sin medida los poderes paternos sobre los clientes, y les someten a los poderes civiles, de donde surgen las ciudades; quieren los órdenes reinantes de los nobles abusar de la libertad señorial sobre los plebeyos, y llegan a la servidumbre de las leyes, que establecen la libertad popular; quieren los pueblos libres librarse del freno de sus leyes, y llegan a la sumisión de los monarcas; quieren los monarcas, con todos los vicios de la disolución que les asegura, envilecer a sus súbditos, y les disponen para soportar la esclavitud de naciones más fuertes; quieren las naciones perderse a sí mismas, y llegan a salvar sus avances en las soledades, de donde, como el fénix, resurgen nuevamente. Quien hizo todo esto, fue mente, porque lo hicieron los hombres con inteligencia; no fue destino, porque lo hicieron con elección; no azar, porque perpetuamente, haciéndolas siempre del mismo modo, salen las mismas cosas.

    Por tanto, Epicuro es refutado de hecho, ya que dice que es
    por el azar, y con él sus secuaces Hobbes y Maquiavelo; y de hecho es refutado Zenón, y con él Spinoza, que dicen que es por el destino. Por el contrario, de hecho se pone a favor de los filósofos políticos, cuyo príncipe es el divino Platón, que establece que la providencia regula las cosas humanas. Por lo que tenía razón Cicerón, que no podía razonar con Ático sobre las leyes, si éste no dejaba de ser epicúreo y no le concedía primero que la providencia regula las cosas humanas. Providencia que Pufendorf ignora en su hipótesis, Selden supuso y Grocio prescindió de ella; pero los jurisconsultos romanos la establecieron como primer principio del derecho natural de las gentes. Porque en toda esta obra se ha demostrado que los primeros gobiernos del mundo en su forma completa, tuvieron gracias a la providencia la religión, únicamente sobre la cual se fundó el estado de las familias; de ahí que, pasando a los gobiernos heroicos civiles o aristocráticos, aquella religión debiera de ser su principal y firme base; luego, llegando a los gobiernos populares, la misma religión sirvió a los pueblos para llegar a ellos; y deteniéndose finalmente en los gobiernos monárquicos, la religión debió de ser el escudo de los príncipes. Por lo que, al perderse la religión en los pueblos, no les queda nada para vivir en sociedad; ni escudo para defenderse, ni medio para aconsejarse, ni base donde regirse, ni forma por la cual estar en el mundo.

    El bucle

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv
    Representación del cocepto "esquizo".

    La ciencia ficción no es tan ficticia, después de todo. No lo es como, en cambio, sí lo es cierta rimbombancia epistemológica y metodologicista –en el fondo, tristes derivados escolásticos del entendimiento abstracto– a la que en los últimos tiempos le ha dado por autoproclamarse como científica, a la hora de arrojar sus pretenciosas sentencias tautológicas, vertidas en “datos” y “hechos”, sobre un ser social aboyado, a punto de naufragar y hundirse en las espesas y descompuestas aguas de la pobreza espiritual, ese estanque de putrefacciones que afanosamente una banda de criminales dejó desbordarse, muy por encima de los niveles previstos por la decencia civil. Son ellos los Caronte del presente. Y es que, más bien, se podría concluir que, bajo el pomposo ropaje científico –tablet en mano–, se ocultan los comprensibles temores de quienes, siempre cargados de frases hechas en favor de la esperanza, hasta la fecha, han sido incapaces de resolver los enigmas develados por la ciencia ficción a la que tanto desprecian o consideran como mero divertimento. Que se sepa: el arte no solo inspira y se inspira en la auténtica ciencia, sino que crea y recrea las ideas que terminan por transformar la realidad.


    Douglas Hofstadter, científico y filósofo estadounidense, publicó en 1979 la que quizá sea su obra de divulgación científica y filosófica más importante, al punto de que con ella obtuvo el premio Pulitzer: GEB: an Eternal Golden Braid (traducido al español como EGB: un eterno y grácil bucle). El argumento del autor consiste en mostrar cómo interactúan de continuo los logros creativos de tres auténticos genios: el lógico-matemático Kurt Gödel, el artista plástico Mauricio Escher y el músico y compositor Johan Sebastian Bach, a la luz del concepto general de “bucle”: “Me di cuenta –escribe Hofstadter– que Gödel, Escher y Bach eran solamente sombras dirigidas en diversas direcciones de cierta esencia sólida central e intenté reconstruir ese objeto central”. El bucle es definido por el autor como una jerarquía de niveles recíprocamente vinculados que, sin embargo, se encuentran “enredados”, por lo que no se puede determinar con precisión cuál sea el nivel superior o el inferior, ya que desplazándose a través de ellos se vuelve siempre al punto de partida, en una suerte de continuo y eterno retorno nietzscheano. Las autorreferencias de los sistemas formales gödelianos; la circularidad de los constructos biunívocos de los diseños de Escher; el tejido barroco, de finas y gruesas orlas, que giran indefinidamente en el interior de la estructura de las composiciones de Bach. Pero también el flujo informativo que, a través de la síntesis de proteínas, va desde las enzimas al ADN y a la inversa.

    En todo caso, y según el autor, el bucle no es un “circuíto físico abstracto”, sino una serie de etapas que constituyen el “ciclo-alrededor”, en el que la jerarquía del movimiento hacia arriba cambia hacia abajo, para dar lugar y tiempo a un ciclo cerrado. En una expresión, a pesar del sentido direccional in crescente del “vamos bien”, reflexivamente, se produce un choque en el que se es conducido al punto desde el que se había comenzado. Immerwieder: un bucle –dice Hofstadter– es “un lazo de retroalimentación paradójica a nivel cruzado”. Nada menos.

    La exposición de esta –sin duda– asfixiante concepción de flujo en circuito cerrado, de eterno retorno indescifrable, tiene su sustentación en la llamada teoría del bucle temporal o curva cerrada de tiempo, de W. J. van Stockum y del propio Kurt Gödel, con base en la cual se puede volver al mismo espacio del cual se parte en un determinado lapso de tiempo. Una teoría que, recientemente, ha sido tema de inspiración de largometrajes y series de ciencia ficción: a finales del mes de enero de cualquier año, el protagonista del filme se despierta y comienza su día, lleno de fervor y esperanza. Se dispone a poner fin, junto a miles y miles de ciudadanos, al secuestro perpetuado por una banda de facinerosos, narcotraficantes y terroristas, que los mantienen sometidos a un régimen de opresión y miseria. “Calle, calle y más calle”, se grita con férvida pasión. Las concentraciones son masivas, multitudinarias. Estalla de alegría el colorido tricolor. ¡Esta vez sí se conquistará la tan ansiada libertad! Y se produce la confrontación. Hay fuerte represión. Las calles se llenan de heridos y muertos. Las residencias son allanadas y los daños a las propiedades son notables. Los “agitadores” son apresados y condenados. Las ciudades comienzan a apagarse. El terror se va imponiendo. Los dirigentes, sin embargo, insisten: “¡Vamos bien porque vamos juntos!”. El miedo y la zozobra cunden por doquier. Para el mes de mayo se comienza a hablar de una negociación propiciada por la mediación internacional. Los facinerosos mantienen el secuestro. El año termina y el protagonista se despierta a finales de un mes de enero cualquiera, con la cara pintada “color esperanza”, lleno de fervor y, bandera en mano, se dispone a poner fin al secuestro al que él y el resto de la población han sido sometidos. Una vez más, el bucle se ha cerrado.

    Son cosas –“eventos”, como suelen decir– de la era posmoderna. Conducida de las manos de Nietzsche y Heidegger, surgió una cierta izquierda que, partiendo del totalitarismo, lo negaba, huía de él, para retornar a él. Su característica esencial puede ser definida, siguiendo la terminología de Deleuze, como un “sin fondo” (Abgrund), un abismo que devela el horizonte problemático, ezquizofrénico, en el que se mece, desde finales de los años sesenta del siglo pasado, el bucle del llamado posthumanismo, de origen esencialmente francés, obsesionados como están con el fantasma del cógito, contra el cual inútilmente maquinan acechos y celadas parricidas, edípicas. El sujeto de la historia es sustituido por una realidad que lo perpleja, lo conforma, lo disciplina y lo oprime, una y otra vez. Pero es el triunfo del “genio maligno” cartesiano y de Sade, como figuras centrales de la cultura. Es la realización efectiva de La naranja mecánica de Burgess, la elevación de la agresión y el sadísmo a política de Estado, a condición sine qua non de la vida civil o, más bien, de su epitafio.

    Y así, los cantos eleusinos terminan en los gritos del silencio deleuzinos, en la postulación de un cosmos fraguado con espuma, con hule interestelar, hecho de pliegues y ruinas circulares, de ministerios del tiempo y de reiterativos e infinitesimales “si no te hubiese conocido”. Entretanto, los buenos epistemólogos y metodólogos, Carontes de siempre, víctimas de los efectos de la mariposa posmoderna, siguen buscando entre sus instrumentos de precisión el punto intermedio de la medición, la dialéctica de la medianía, el quod y el quantum, la tautología más adecuada para la sentencia, la copa de vino rosé: ni rouge ni blanc y, por supuesto, mucho menos bleu.

    Civilidad.

    Por José Rafael Herrera / @jrherreraucv

    Civi vs militar


    Es habitual o común representarse la idea de civilidad como la de un término que, por el hecho de referirse a lo civil, se define como aquello que es lo opuesto o lo ajeno a lo militar. Y, en efecto, no pocas son las voces que evocan y sentencian que la civilidad es un modo de vida alterno, incompatible y antagónico, al de la cifrada vida de los cuarteles: una vida que no solo no contempla sino que, por su propia condición, está obligada a rechazar. De ahí que se presuponga, por ejemplo, que cuando se habla de la sociedad civil se esté haciendo referencia inequívoca, aunque indirecta, a la existencia efectiva de una sociedad militar como tal –esa a la que los populistas suelen llamar la “gran familia”–; de tal manera que un Estado, cualquiera sea su signo y tendencia, estaría compuesto no por una sino por dos sociedades que, en virtud de su propia condición, no solo son distintas entre sí sino, lo que es más importante, recíprocamente antagónicas e incompatibles: la sociedad civil, es decir, la sociedad horizontal de “los civiles”, y la sociedad militar, la sociedad vertical de los hombres y mujeres que viven en los cuarteles, armados y uniformados de verde olivo, esa exclusiva –y excluyente– sociedad de y para los militares. Solo que, en realidad, semejante representación, propia de una percepción de oídas o de la vaga experiencia, no se adecúa con la idea, es decir, ni con el ser de la civilidad ni con su concepto.


    Conviene recordar, en primer término, que los llamados Estados modernos conforman un bloque de poder –un “bloque histórico”, como lo denomina Gramsci–, que ya Maquiavelo, en su momento, había observado y expuesto en sus tratos generales. En efecto, los Estados se componen de una sociedad política y de una sociedad civil, cabe decir, de un cuerpo jurídico-político que sustenta la legalidad, la burocracia, la seguridad y defensa del Estado (del cual el estamento militar forma parte), y de un cuerpo en movimiento continuo, complejo, multiforme, en fin, un cuerpo productivo, tanto material como espiritual, al que los políticos suelen designar bajo el título de “las fuerzas vivas”, y en el que no pocas veces impera la competencia, el interés personal y el provecho propio. Hegel lo denomina “el reino animal del espíritu”, precisamente porque en él predomina una continua confrontación de intereses de la más diversa índole. Pero, paradójicamente, es en la sociedad civil donde se desarrollan constantemente las artes, las ciencias, las letras –¡las “tres gracias”!– y, por supuesto, las creencias religiosas. De tal modo, el Estado no se compone de una sociedad de los militares y una sociedad de los civiles, en la que se contraponen el militarismo y la civilidad. Se compone de una sociedad política y de una sociedad civil. Cuando ente ambas hay adecuación, reciprocidad y consenso, cuando la una se identifica plenamente con la otra, la ciudadanía crece y se desarrolla, haciendo estable y próspero al Estado. Cuando, por el contrario, entre la una y la otra se abre un período de no correspondencia recíproca, de fractura dialógica, de desgarramiento, de dominio y coerción, entonces se genera una crisis profunda que termina en una confrontación entre lo viejo y lo nuevo de imprevisible magnitud y duración. Esta es, por cierto, la actual situación que padece Venezuela, secuestrada por una banda criminal que nada sabe –y que por esa misma razón, no le interesa saber– ni de desarrollo ni de prosperidad, atada como está a sus bajas y muy tristes pasiones.

    La civilidad es el resultado de la adecuación de la sociedad política y de la sociedad civil, no la contrapartida de una supuesta “sociedad militar”. Su definición más precisa es la de eticidad (Sittlichkeit). Se trata de la forma de vida, de costumbres, normas y valores, que una determinada sociedad se da a sí misma, y que son los fundamentos de la legitimidad de un Estado. Se diferencia del corpus legal por el hecho de que no se derivan de la imposición de los tribunales sino de las convicciones que comparte con el resto de los ciudadanos. Es lo que no comprenden quienes creen que el decretar una determinada ley, manu militari, modificará sustancialmente el espíritu de un determinado pueblo para, como dice Spinoza, sujetarlo como se sujeta un caballo con un freno. La ley será acatada sustentándose en la coerción, pero no en el consenso. Y mientras mayor sea su rigidez e incompatibilidad con las costumbres, mayores serán las argucias que hallarán los individuos para sortearlas. De ahí el adagio popular: quien inventa la ley inventa la trampa.

    No son iguales las sociedades que cumplen formalmente con las leyes por coacción que las que lo hacen por ser conscientes de la necesidad de cumplirlas por el bien del todo y de las partes, con ánimo firme y por decisión propia. Las primeras atienden al derecho abstracto. Las segundas a la civilidad. Al observar abierta una de las puertas de acceso a la estación del tren de un país nórdico, un venezolano, asombrado, le preguntó a una de las funcionarias si no temían que por esa puerta se colaran los pasajeros. La funcionaria, sorprendida, le respondió: “¿Y por qué alguien tendría que hacer eso?”. Esa es la diferencia que muestran las sociedades en las que impera la civilidad. Es evidente que la gran mayoría de las sociedades, a fin de mantener el orden, se ven obligadas –conducidas de la mano de la ratio instrumental– a mantener firmes los frenos de la bestia que se lleva por dentro y que los individuos han sido condicionados a respetar las reglas de convivencia social más por temor que por convicción. Pero el temor no pocas veces se convierte en violencia contenida, y la violencia contenida pronto se expande para convertirse en crimen.

    De las anteriores consideraciones derivan algunas conclusiones de interés, a la hora de establecer los lineamientos fundamentales para la elaboración de un eventual Plan País. No existe tal cosa como una “sociedad militar”, alterna a una “sociedad civil” o “civilista”. Estas presuposiciones carecen de todo rigor. Lo militar es parte de la sociedad política y, en tal sentido, está obligado a formar parte de la construcción de la civilidad. Las sociedades no se rigen por un modelo exclusivo, porque no atienden a razones matemáticas ni meramente instrumentales. Los procesos sociales no son unívocos. El causa-efectismo es, apenas, una mínima parte del proceso de comprensión de la historia de la humanidad. No hay forma de superar la barbarie y de colocarse a la altura de los tiempos sino mediante la concreción de un proyecto sostenido, de largo alcance, de educación estética, es decir, de formación cultural (Bildung), cuyo fin es la conquista de la civilidad. Porque no habrá ni libertad ni prosperidad efectivas, reales, si no hay civilidad.

    De la necesidad

    Libertad necesaria

    Según la mitología griega clásica, en el principio de todas las cosas, la necesidad, Ananké, surgió súbitamente del vacío y comenzó a formarse a sí misma, de modo que la necesidad no sólo es un ser incausado sino que va formando de continuo su propia necesidad de ser. Ella contiene en sí y para sí la razón de su existencia. Su imponente figura es, a simple vista, incorpórea, y sus sigilosos movimientos semejan a los de las sierpes. Sus largos brazos son fantasmales y se extienden por toda la infinitud del cosmos. No es improbable que tenga -como dice el adagio popular- “cara de perro”. Lo cierto es que ella es y no puede no ser. Avanza siempre en espirales, de la mano de su hermano Cronos, el tiempo, y fue en su inseparable unidad que rondaron pacientemente el Ovo primigenio del que surgieron los elementos que le dieron forma y contenido a la creación: el mar, el cielo y la tierra. Además, Ananké parió tres hijas: Kloto, la hilandera de la vida; Lákesis, la que mide la longitud de los hilos de la vida; Átropos, la inevitable cortadora del hilo de la vida. Hilar, medir y cortar, una y otra vez , siempre de nuevo. Ellas son las Moiras, las diosas del destino, temidas y respetadas por todos los dioses, pues incluso ellos se encuentran sometidos a sus severos y hieráticos designios.

    Nadie, que se sepa, se ha encontrado a la necesidad en persona, serpenteando y moviendo sus largos brazos por alguna de las calles de la ciudad. Y, sin embargo, a pesar de que a nadie en particular se le haya aparecido, ello no significa que no esté ahí, justo ante los inadvertidos ojos del transeúnte o del buen vecino. Está en la menesterosa fila de los ancianos que, desde tempranas horas, esperan a que les sea cancelada su pensión, o en los que, detrás de la cava refrigerada, estacionada en la esquina, completan los devaluados billetes para poder llevar a los suyos, por lo menos, una pieza pollo. Está presente y serpentea cuando el servicio eléctrico colapsa, cuando el agua -como suelen decir los periodistas, ese “vital líquido”- no llega ni por dentro ni por fuera de los ductos, o cuando el transporte público termina siendo nada menos que una “perrera”. Ella está ahí, siempre al acecho, en el hospital sin medicamentos y sin las mínimas condiciones para garantizar que una vida se pueda salvar a tiempo. Como también está en el bote de basura, en el que centenares de fámulos, cuerpos esqueléticos, ausentes de carne y alma, esos a quienes se les suele llamar los más necesitados, buscan algún sustento para poder mantenerse en pie, por un día más. O en los millones de ciudadanos que, exhaustos de tanto miedo, de tanta ira y de tanto dolor, se ven forzados a abandonar un país convertido en callejón sin salida. Son esas, entre tantas otras, a las que Hegel llama “necesidades subordinadas de la vida de los hombres”, tan básicas y esenciales que son las que determinan y dan sustentación material al carácter absoluto y universal de la necesidad. Superar las necesidades del espíritu pasa -por ciertonecesariamente, por la superación de las necesidades inmediatas. Primum vivere, deinde philosophari, apunta Aristóteles.

    Por definicion, lo necesario es lo que no es contingente. Pero en Venezuela sólo lo contingente es lo necesario. Es verdad que existen grados de necesidad. En efecto, la necesidad se puede sentir, entender y comprender. Se siente en el llanto de la criatura con hambre que necesita comunicar sus deseos para poder saciarla; se entiende cuando se toma conciencia de su presencia y se la convierte en objeto de estudio, se la conoce y clasifica con rigurosa meticulosidad. Y, una vez en posición de “lista para llevar”, se cosifica y enajena. Todo ante su acechante presencia. Así, por ejemplo, una vez entendida la necesidad de liberarse de una tiranía se consultan los manuales de instrucciones para el usuario. Y todo parece quedar instalado según el orden de convención prestablecido. Pero el temor ¡esa pesada contingencia!-, ante una inevitable confrontación de la libre voluntad con el gansterato, es tal que se termina sugiriendo la necesidad de un entendimiento con el cartel, un acuerdo electoral que ponga fin a la tiranía. De una parte, la ira belicista pide venganza. De la otra, la hipocresía del pacato se oculta tras las banderas del humanismo y la civilización que exhibe. Finalmente, se comprende la necesidad cuando, a un tiempo, se la conserva y supera, porque, al sorprenderla, se llega a saber que la fuerza de la libre voluntad proviene de la incesante confrontación y el reconocimiento con la mismísima necesidad. Sólo entonces la sustancia deviene sujeto: se trata del cese de la usurpación, del gobierno de transición y de las elecciones libres, en ese mismo orden, porque “el orden y conexión de las ideas es idéntico al orden y conexión de las cosas”.

    El sentir y el entender la necesidad hace que las sociedades vivan acechadas por sus sinuosos movimientos y sean presas de sus largos y asfixiantes brazos. En las sociedades sometidas a estos niveles de necesidad, todo lo que las trasciende, todo lo que se remonta por encima de la amarga presencia inmediata de la caja de alimentos o del racionamiento eléctrico, es considerado como un excedente, como un lujo. En ellas impera el “reino animal del espíritu”, en el que cada individuo no es más que el conjunto de sus necesidades de subsistencia, una multitud de individuos que concibe al resto como sus eventuales medios para la satisfacción de las mismas. Homo homini lupus, el hombre transmutado en lobo del hombre. Es dentro de este tipo de necesidades en las que se encuentra atrapada la sociedad venezolana. Si “se va la luz” es que se está en presencia de una señal “inequívoca” de que la oposición, otra vez, perdió vigor y que se debe “negociar” con la narcotiranía, nada menos que con un cártel que se encuentra “atrapado y sin salida”, que boquea buscando un segundo aire que, esta vez, no le llegará. De “necesidades radicales” habla Agnes Heller. No pareciera comprenderse que los diferentes modos de actividad, que forman parte del proceso reproductivo de la vida cotidiana, son actividades sociales objetivas. Lo son los impulsos y las motivaciones que se transforman en actos específicos. Pero también lo son el lenguaje y el pensamiento. Lo es el reconocimiento del individuo como elemento determinante del ser social. Más allá de lo inmediato está la verdad. No se supera la necesidad sin tener plena conciencia de las necesidades. Y es justo eso a lo que Spinoza llama libertad. Comprender la necesidad es enfrentarla hasta que se vea, ella misma, en la forzosa necesidad de reconocer que la voluntad humana es la mayor de las fuerzas del universo. Desde hace rato, las Moiras rondan el Ovo de las cabezas del narco-régimen usurpador.

    Por José Rafael Herrera /@jrherreraucv