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    El dilema social de estudiar filosofía

    Estudiar filosofía es un dilema no ya individual, sino social.
    Me gustaría plantear un dilema social que aparece -como no- en un libro magnífico, Antimanual de filosofía, de Michel Onfray.


    Trata de la dependencia, e independencia -más bien individualidad- de la filosofía. Todo el libro rota sobre si mismo, de un marco conceptual a otro, de un filósofo y su historia, hacia su extremo. Y en todos los casos el autor pretende la siguiente pregunta, ¿Es la filosofía una ciencia individualizable?, pero, ¿a costa de qué?.

    para responder debemos ponernos en la situación de un estudiante de bachillerato que se encuentra por primera vez con la filosofía, con lo que tiene que tomar una decisión que le afectará el resto de su vida, ¿estudio la filosofía en soledad, o dentro de un grupo de filosofía?.

    Los que eligen estudiar “de memoria” o de forma individual, pueden a priori aprobar los exámenes, en cambio dificilmente se adueñarán de concepto alguno, y por lo tanto, tendrán poca autoridad sobre su propia vida. En cambio quienes opten por la segunda opción, tardarán más en acomodar palabra y concepto, idea y señal, o constructo y teoría. Pero a la postre se guiarán a ellos mismos y a sus círculos con la mayor de las suficiencias. Algo que es útil para los hombres. Siendo así que quienes elijan la pura individualidad, posiblemente pasen al lado de ideas parecidas, y les parezcan, justamente, inapreciables fuera de su propia idea.

    Ahora me gustaría enmarcar este pequeño pensamiento en un ejemplo: imaginemos a cuatro estudiantes, tienen que decidir entre estudiar en grupo, o hacerlo por separado, saben que si lo hacen por separado tienen más posibilidades de aprobar el examen, y que si estudian en parejas de dos pueden aprobar, y a la vez coordinar y manejar ideas entre dos personas. Pero, si gestionan el aprendizaje como un grupo (de cuatro o tres) el manejo conceptual y la consecuente cantidad y calidad de divergencias posibles es mucho mayor, lo que repercute sobre su nivel de vida y satisfacción, pero que, en cambio hará más difícil (mayor numero de horas de charla y dificultad para encontrar una idea afín al grupo) aprobar el examen. En esta problemática los alumnos deben elegir entre lo que beneficia más a cada uno, o al grupo, es decir, se encuentran inmersos en un dilema social.

    Creo que este es un bonito ejemplo aplicable a todos los dilemas sociales, y seguramente la base de muchos de ellos.

    Os dejo con una cita que viene al caso de este magnífico libro, Habla Michel Onfray:
    La filosofía como la corte de los milagros

    Por supuesto, os deseo que no sufráis durante todo el año a un espécimen del tipo funcionario de la filosofía. Consideraos unos afortunados si no se cruza en vuestro camino y tenéis la suerte de pasar nueve meses (el tiempo de gestación del curso, ai menos para los que no se queden rezagados...) con un maestro socrático. Sabed, sin embargo, que raramente esas dos figuras aparecen separadas en las aulas y que las obligaciones escolares de enseñar un método de la disertación y de comentario de texto, la necesidad (lamentable para vosotros tanto como para vuestro profesor) de mandar deberes, corregir ejercicios, poner notas, la perspectiva de la Selectividad, todo eso obliga a cada profesor a componérselas, a dar bandazos entre la administración y la práctica de la filosofía.


    De modo que, independientemente de vuestra mala suerte si sufrís a uno o de vuestra fortuna si encontráis al otro, debéis disociar al mediador de la disciplina de la disciplina misma. Con independencia de quien la enseña, la filosofía tiene tras sí casi treinta siglos de pensamiento y pensadores, en la India, en China (un mundo que no se enseña en Francia, puesto que tradicionalmente hacemos comenzar la filosofía, sin razón, en Grecia en el siglo vil antes de Jesucristo con los presocráticos, aquellos que enseñaban antes que Sócrates: Parménides, Heráclito, Demócrito, entre muchos otros), e igualmente en Grecia, en Roma y en Europa. Esos sistemas de pensamiento, esas ideas, esos hombres proponen suficientes preguntas y respuestas como para que saquéis provecho de un libro, un texto, de unas páginas o una figura cimera de ese universo singular.

    En los programas oficiales se transmiten valores seguros, clásicos. La mayoría de las veces alteran poco el orden social, moral y espiritual, cuando no lo fortalecen claramente. Pero también existen, y en cantidad muy onsiderable, filósofos marginales, subversivos, raros, que saben vivir, reír, comer y beber, a los que les gusta el amor, la amistad, la vida en todas sus formas -Aristipo de Cirene (hacia el 435-366 a. de C.) y los filósofos de su escuela, los cirenaicos, Diógenes de Sínope (s. v. a. de C), y los cínicos, Gassendi (1592-1655) y los libertinos, La Mettrie (1709-1751), Diderot (1713- 1784), Helvecio (1715-1771) y los materialistas, Charles Fourier (1772-1837) y los utopistas, Raoul Vaneigem (nacido en 1934) y los situacionistas, etc.

    No imaginéis, porque se os presenten prioritariamente pensadores poco excitantes -o porque el profesor que os los transmita tampoco parezca excitante-, que toda la filosofía se reduce a siniestros personajes o tristes individuos tanto más dotados para pensar como para ser torpes en la vida y desfasados en la existencia. La filosofía es un continente lleno de gente, de personas, de ideas, de pensamientos contradictorios, diversos, útiles para el éxito de vuestra existencia, a fin de que podáis regocijaros continuamente en vuestra vida y construirla día tras día. A vuestro profesor le corresponde proporcionaros el mapa y la brújula, a vosotros trazar vuestro camino en esta geografía farragosa, pero apasionante. Buen viaje...

    Cita: Antimanual de filosofía (Michel Onfray)


    ¿Qué es lo que ha muerto, si es que ha muerto algo?

    Hay cosas que no pueden morir aunque intenten hacerlo
    Como un reflejo de la moderna filosofía naciente, nuestro contemporáneo Michel Onfray mostró en el Tratado de ateología una idea básica, que hay materias que no pueden morir, no esta en el cuerpo de su disciplina la capacidad de no ser. Siempre hay una necesidad -por individualizada que esta sea. que escapa a la muerte en materias como Filosofía, Arte, Novela, etc.

    Decir Dios ha muerto se ha vuelto un acto muy barato en estos tiempos, fue Nietzsche quien primero introdujo esta moda en Así habló Zaratustra para que acto seguido, se recopilasen multitud de paralelismos, la filosofía ha muerto (aplastada por la publicidad), y la novela ha muerto (ahogada por el cine y los espectáculos), y, el arte a muerto (seguramente dirán que suplantado por la prensa rosa). A simple vista parece que la muerte funciona, oiga usted, pero, ¿qué quiso decir Nietzsche con Dios a muerto?, esta claro que arremetía contra el individuo y sus creencias, ¿como es posible que muera Dios sino?, solo el individuo que llama Dios a unas cuantas ideas muertas, y, al mismo tiempo muere con ellas esta matando a Dios (lo que ocurre es que en tiempos de Nietzsche se trataba de una verdadera plaga cristiana en Europa) pero en ningún caso consistía en la muerte de la espiritualidad de forma genérica, al igual que los contemporáneos que proclaman la muerte de la filosofía, quizá se trate de la muerte de las ideas divulgadas en nuestros tiempos, de una extrema vagueza conceptual enmarcada en todas las redes publicitarias, más, eso no quiere decir que la filosofía, las creaciones que ha esta acompañan vallan a morir, igual que no puede morir  la espiritualidad, tampoco puede morir la individualidad filosófica, ni sus espléndidas o futuras creaciones.

    Cita de Michel Onfray en tratado de ateología.
    ¿Dios ha muerto? Está por verse... Tan buena noticia habría producido efectos solares de los que esperamos siempre, aunque en vano, la menor prueba. En lugar de que dicha desaparición haya dejado al descubierto un campo fecundo, más bien percibimos el nihilismo, el culto a lo fútil, la pasión por la nada, el gusto malsano por lo sombrío propio del fin de las civilizaciones, la fascinación por los abismos y los agujeros sin fondo donde perdemos el alma, el cuerpo, la identidad, el ser y el interés por todo. Cuadro siniestro, apocalipsis deprimente...

    La muerte de Dios fue un dispositivo ontológico, la falsa grandilocuencia propia del siglo XX que veía la muerte por todas partes: muerte del arte, muerte de la filosofía, muerte de la metafísica, muerte de la novela, muerte de la tonalidad, muerte de la política... ¡Decretemos hoy la muerte de esas muertes ficticias! Esas falsas noticias servían en otras épocas para montar la escenografía de las paradojas antes del cambio de chaqueta metafísica. La muerte de la filosofía autorizaba libros de filosofía; la muerte de la novela generaba novelas; la muerte del arte, obras de arte, etc. La muerte de Dios produjo lo sagrado, lo divino, lo religioso a cual mejor.

     Cita: Tratado de ateología / Michel Onfray, Editorial Argumentos)

    Escrito de Esteban Higueras Galán: ¿Qué es lo que ha muerto, si es que ha muerto algo?
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