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De la mente

“Los necios se vuelven juiciosos ante los daños sufridos; pero las personas avispadas siguen siendo necias por más daños que sufran”. G.W.F. Hegel

Educación de mente.

No son pocos quienes han intentado establecer, desde los más diversos ángulos del conocimiento humano, el significado preciso de la palabra “mente”, a fin de dar respuesta a la pregunta: ¿qué es eso a lo que se denomina la mente? Filósofos y teólogos, psicólogos y sociólogos, médicos y juristas, biólogos e informáticos, en las más variadas épocas y bajo el predominio de los más diversos presupuestos o puntos de vista históricos, conceptuales y culturales, la han intentado definir y han pretendido dar de ella una explicación definitiva o, por lo menos, lo suficientemente satisfactoria. Por supuesto, siempre y cuando la respuesta seleccionada venga asistida por la certaza sobre la cosa, es decir, por “eso” a lo que se acostumbra llamar 'los hechos'.


El problema es que, como decía Vico, la certeza no es lo mismo que la verdad, aunque la verdad no pueda prescindir del imbricado sendero de las certrzas. Y, en efecto, la verdad sin la certeza sería vacía. Pero conviene advertir que la certeza sin la verdad estaría ciega. Solo que para el entendimiento reflexivo tales consideraciones no resultan importantes, porque la prepotencia que se ha enseñoreado del presente no es práctica. Es, más bien, esencialmente pragmática, que no es lo mismo. “Cosas vereis, Sancho”, afirmaba un hidalgo caballero manchego. Infelices son los tiempos condenados por sus propias impotencias. Que no quepa duda: la prepotencia es, siempre, una forma -versátil, sin duda, pero a la larga, inútil- de ocultamiento de la ignorancia. Para muestra bastará un Diosdado. Quien, por cierto , en los últimos días ha pasado de ser un bestión espeluznante a un demonio de Tazmania, en formato Warner Bros, sorprendido en su estupidez por el tío Conejo. Como apuntaba Hegel, “la simple reflexión consiste en el temor de profundizar en la cosa. La reflexión pasa por encima de la cosa y retorna a sí”. Decía Platón que “las cosas bellas son difíciles”. Y no se refería, por cierto, a eso que los venezolanos acosumbramos llamar 'corotos' o 'peroles', sino a las cosas en el sentido de la reo griega -o de la res latina-, que significa “hablar con fluidez”, “debatir”, “llevar la causa”. De manera que, como afirma Aristóteles, “las cosas abren a los hombres el camino para proseguir la investigación”. Cosa, pues, no como referencia al objeto inmediato o sensible (ding), sino como aquellas cosas realmente importantes (sache), lo suficientemente importantes como para causar la afección de todos.


Cabe, pues, la posibilidad de que uno de estos delgados hilos o filamentos -filum-, derivados de las anteriores consideraciones, permita conducir al núcleo de la tupida raíz que alimenta el arbol del presente venezolano, y particularmente de lo que se concibe como su mente. Porque, ahora que, precisamente, la cosa -no ding sino sache- ha comenzado a mostrar, de un modo evidente, los inequívocos signos del inminente cambio político necesario, resulta menester contribuir, de un modo decidido e irrevocable, a que se produzca un cambio profundo e igualmente necesario en su mentalidad . Parafraseándo la conocida expresión de Spinoza: el orden y la conexión de las cosas es idéntico al orden y la conexión de la mente.


Es verdad que, después de que Descartes la sometiera, le extrajera hasta la última gota de sangre histórica y le pusiera “reglas”, a objeto de “direccionarla”, la mente se hizo término sin sustancia, un término cada vez más laxo y, en ese mismo sentido, poco riguroso, ya que, como todo lo que manipula el entendimiento reflexivo, comenzó a presentar un corpus teorético curtido, agrietado y pustulento, plagado de múltiples prejuicios y presuposiciones. Que si es paralela o distinta a la cosa; que si tiene existencia propia y estatuto ontológico; que si en ella opera la “retroalimentación de los sistemas materiales”; que si se trata de una “experiencia subjetiva creada por la actividad cerebral con el fin de producir un punto de referencia para el movimiento”; que si es un “conjunto de mecanismos de computación específicos e independientes”; que si el “esquema de la estructura elemental del conocimiento”, etc. La “mente concreta”, la “mente práctica”, la “mente abstracta”. En fin, se trata de una infinita sumatoria de certezas sin concreción, mas no de la verdad.


De nuevo, la filología manifiesta toda la fuerza de su historicidad: en sus orígenes mente (mens) significa estrictamente pensar. Pero pensar significa juzgar. El juicio es el pensamiento en actividad, es decir, juzgar es producir, hacer. Por eso mismo, la verdad se identifica con lo que se hace: Verum ipsum factum. Los cambios que ocurren en la historia, como dice Vico, tienen su origen en la mente, en el pensamiento. Y si la historia encuentra sus fundamentos en la comprensión de la mente su estudio resulta de factura esencial y precede al estudio de todas las formas de conocimiento. Y sin embargo, agrega Vico, no es posible comprender la mente sin comprender la historia, dado que en ella se encuentran, efectivamente, las expresiones concretas de la mente, sus ideas y valores. La sociedad es la objetivación del pensamiento, pero el pensamiento es la objetivación de la sociedad. No es posible suspender la cosa y presentarla como algo independiente de la mente. Y no será posible modificar sustancialmente las cosas en Venezuela sin modificar sustancialmente la mentalidad del venezolano.

Toca la hora de una profunda reforma intelectual y moral. Es el tiempo propicio para iniciar la transformación educativa. La tiranía no es sólo una forma de gobierno especial: es el resultado de una sociedad que la ha asumido como su forma de pensar y de ser. La violenta barbarie, la malandritud, sólo puede ser superada una vez que cambie todo a fondo, cuando desde los hogares, las instituciones educativas y los espacios públicos reine el espíritu de la civilidad. La riqueza material se inicia con la superación de la pobreza espiritual. Cambiar el país radicalmente comienza con el cambio de la mente.

La ilusión del mundo "exterior"

La realidad es siempre una construcción mental

¿Qué tanto influye la mente en nuestro modo de percibir la realidad? La experiencia nos lleva a pensar que estamos situados en un mundo en donde hay cosas afuera de nosotros. Lo cierto es que nada de lo que percibimos afuera está realmente afuera; la realidad “exterior” es una creación de la mente.


¿Qué tanto influye la mente en nuestro modo de percibir la realidad? La experiencia nos lleva a pensar que estamos situados en un mundo en donde hay cosas afuera de nosotros. Somos conscientes del árbol a cierta distancia, de la casa ubicada detrás del árbol y de la barda que circunda la casa. Todo eso está en un allá que suponemos existe por sí mismo, es decir, damos por hecho que el árbol, la casa y la barda son lo que son independientemente de nosotros. Lo cierto es que nada de lo que percibimos afuera está realmente afuera; la realidad “exterior” es una creación de la mente.

Los idealistas se preguntaban en dónde estaba el ser de las cosas. ¿En dónde está, por ejemplo, el ser de la mesa que veo, en la mesa o en mi conciencia? Para Hegel, la mesa de madera color marrón que veo es ya un concepto fabricado por mí, pues ese objeto que se usa para comer o escribir o poner otros objetos sólo es mesa en mi entendimiento. Si quisiéramos hallar el ser de esa mesa, tendríamos que quitarle primero todo lo que no es propiamente constitutivo del ser mesa, por ejemplo su color marrón, porque pueden haber mesas azules o verdes y el color no es algo propio del ser de la mesa, sino un agregado.[1]También haríamos a un lado la madera, porque pueden haber mesas de otro material y la madera no constituye propiamente el ser de la mesa, sino algo aparte. Así, tendríamos que ir quitando lo que no podemos considerar parte del ser de la mesa, como su peso, sus dimensiones, sus distintas formas (redonda, cuadrada, ovalada, etc) hasta quedarnos con ¿qué? Con la idea de mesa, idea que contiene en sí la esencia y el concepto de mesa, esto es, que lleva dentro de sí la noción completa de lo que es y puede ser una mesa. El objeto que percibo “afuera” es mesa en tanto que puedo mirarlo como mesa a partir de mi idea de mesa.

La realidad que percibimos, el mundo que está “afuera”, es, pues, la apariencia que toman las cosas cuando nosotros, al recibir un estímulo, proyectamos sobre ellos el contenido mental procesado. Así, el ser de los objetos no es otra cosa que nuestra idea implantada sobre lo que nos viene al encuentro.

            Ahora bien, ¿sobre qué se implanta la idea? Porque debe haber algo “afuera” sobre lo cual pueda fijarse. Lo que hay allá “afuera” son sólo partículas, partículas que proyectan estímulos lumínicos, sonoros, olfativos, gustativos y de contacto que adquieren figura mediante nuestro involuntario trabajo mental. El cerebro procesa estos estímulos a modo de componer estructuras que luego coloca “afuera”. Percibimos lo que ponemos ahí.

            Y eso que ponemos trae consigo un significado particular, un modo de ver el mundo. La mesa, el árbol y la casa son objetos cargados con un contenido cultural, religioso y sentimental. Al hablar de mi casa, por ejemplo, hablo también de hogar, de protección, de esfuerzo, de familia, y de cobijo. Si bien el ser de la casa no incluye como dice Hegel esos conceptos, para mí, al pensar en mi casa, están con ella. De manera que al poner mis ideas en el mundo “exterior” pongo también mi particular modo de entender los objetos. La realidad, pues, es siempre una construcción mental, cultural, psicológica y social. Porque no puedo ver un mundo diferente a la que está en mi cabeza; en todo momento me enfrento con el mundo que ha salido de mí.  

            No hay nada allá “afuera” que esté ya dado y que exista sin la intervención del pensamiento. Al no ser conscientes de este proceso de fabricación de la realidad, tomamos como un hecho el que las cosas sean independientes a nosotros, sin percatarnos de nuestra capacidad para modificar esa realidad. Nuestro ver, dice Ortega, no es sólo un ver pasivo; si fuera así, el mundo quedaría reducido a un caos de puntos luminosos. Hay también un ver activo, un ver que es mirar; interpretamos el mundo viéndolo y lo vemos interpretándolo. Segundo a segundo creamos el mundo. Nuestro pensamiento define el ser de las cosas y la realidad que percibimos.




[1] Cabe hacer notar que el color no está en las cosas, los seres vivos vemos el color a partir de ciertas células ópticas llamadas conos que son estimuladas por la luz que rebota de los objetos. Dependiendo del número de conos que posee la especie es la gama de colores que percibe. Los seres humanos tenemos tres conos y no podemos percibir el ultravioleta, mientras que los perros y los gatos no ven el rojo ni el verde por tener dos conos. 

Cuestiones del espíritu

Cuestiones del espíritu por @jrherreraucv

Jürgen Habermas, uno de los más dignos representantes de la Escuela de Frankfurt, ha dado cuenta de la concepción del espíritu desarrollada por Hegel ya desde sus primeros escritos, mejor conocidos como losJugendschriften, o escritos de juventud. En la experta opinión del filósofo alemán, conviene distinguir muy nítidamente entre el Geist usado por Hegel y el mind, propio de la psicología, así como también de ciertas tendencias filosóficas contemporáneas estrechamente vinculadas al positivismo y al empirismo.


 En una expresión, para Habermas, no es lo mismo hablar del Espíritu –Geist– que de la mente –mind–. En tal sentido, sería un grave error traducir una de las obras más importantes de Hegel –si no la más importante–, es decir, la Fenomenología del espíritu, como la Phenomenology of mind, siendo más adecuada su traducción por Spirit, dado quemind sugiere la condición propia de la individualidad, mientras que Spirit comporta una relación que no puede prescindir de la comunidad, del ser y de la consciencia sociales.

Si algún religioso, particularmente inclinado hacia el llamado “espiritismo” o hacia los rituales mágico-místicos de origen africano, llegase a sospechar que en estas líneas pudiera encontrar alguna justificación conceptual para sus respetables creencias, sería necesario citar, al respecto, las palabras con las cuales Spinoza concluye la Introducción de su Tratado teológico-político: “No los invito a leerme, y, más bien, deseo que lo olviden antes que interpretarlo”. Porque, en realidad, el espíritu al cual se refiere Hegel, y que despierta el interés de Habermas, no posee nada de misticismo. Todo lo contrario, su fuerza reside en su determinación objetiva y, sobre todo, concreta. La popularidad de la “autoayuda” encuentra su explicación racional en una sociedad que ha perdido la virtud pública, con lo cual pone de manifiesto su desaliento, su tristeza interior y su pobreza espiritual. Es, en suma, el significado real de un “Dios proveerá” que hipócritamente pretende ocultar el “sálvese quien pueda”.

El espíritu es, en estricto sentido, el medio en virtud del cual un yo se comunica e identifica con otro yo. A partir de esa relación, se va progresivamente constituyendo el recíproco reconocimiento, la mediación en la que los sujetos se encuentran y se reconocen. No es posible pensar el espíritu si los sujetos no se encuentran. Más aún, si no hay encuentro es imposible la existencia misma de los sujetos.

En este sentido, puede afirmarse que el términoespíritu sustenta el pasaje dialéctico del yo al nosotros, el encuentro de los individuos como ser social, como fundamento de su civilidad, de la identidad de cada particular con lo general. Y es justamente esta relación la que configura el espíritu de un determinado pueblo, de una determinada época e, incluso, de un determinado equipo, más allá de “la subjetividad propia de la conciencia solitaria”. En consecuencia, considerarse “Vinotinto”, por ejemplo, quiere decir saberse, reconocerse, como parte integrante, sustantiva, de un determinado espíritu, por encima y a pesar de las mafias federativas o de los desaciertos o incompetencias de ciertos técnicos. El “equipo” podrá perder. Pero si se forma parte de él, si, mediante él, la condición de individuo se transubstancia en la de comunidad, en la deethos, entonces se es “Vinotinto hasta la muerte”.

Un auténtico universitario se reconoce, como alguna vez escribiera Uslar Pietri, en el estudio, en la pasión por la búsqueda continua de la verdad, en la inagotable sed de investigación que redunda en conocimientos cada vez más adecuados con la realidad, en fin, en el aprendizaje y la enseñanza, en la abnegación y la renuncia frente a todo aquello que pretenda negar el saber. Se puede llegar a pensar que se trabaja exclusivamente para el provecho propio, para el propio interés, con independencia del resto de la comunidad, cuando se penetra a ciegas en las profundidades de las galeras de la experiencia individual. No obstante, y como resultado, es decir, retrospectivamente, llega la sorpresa, la maravilla que, según Aristóteles, se haya al inicio de todo verdadero re-conocimiento: la sutil punta de la astucia ha concluido su función esencial. Le ha hecho comprender al topo insensato que su labor ha terminado en la reafirmación y enriquecimiento del espíritu, del cual es arte y parte.

El extravío del espíritu de un pueblo es el terreno propicio para el surgimiento de “la guerra de todos contra todos” y, por supuesto, para el surgimiento del despotismo. Es el “río revuelto” que da ganancia a los inescrupulosos, a los resentidos, a los corruptos, en suma, a ese malandraje al que García Bacca definiera cabalmente como “la canalla vil”. Cuando el asesinato y el hurto se hacen hábito, o cuando “la sociedad del control” se traduce en largas colas para adquirir alimentos y medicinas; cuando la educación, la salud y la seguridad personal dan paso a la vindicación de la mediocridad, la insalubridad y el terror; cuando el valor material de la moneda es inferior al del billete que lo representa; cuando se “encarga” a un delincuente robarse un vehículo para extraerle los repuestos a fin de reparar el propio; en fin, cuando la miseria humana se ha extendido como un cáncer que ha hecho metástasis, entonces el espíritu deviene pobreza. Ya no hay “Vinotinto”, ni re-conocimiento. Ya no hay “equipo”.

La labor es ardua. No es moral: es ética. El problema no se resuelve mediante la elaboración de un “plan” de “economía productiva”. Extraña frase, por lo demás, que la hace sospechosa de vacuidad. Por lo pronto, “salvar” el país solo puede ser el resultado de la recomposición integral de su espíritu.