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El cocinero de César


Tentaciones épicas del mundo global 

La Historia alcanzó su madurez como disciplina cuando democratizó su contenido, esto es, cuando sustituyó la mera crónica de los "grandes hombres" por la vida de la gente. Las masas también conquistaron el arte. Sin embargo, el poder global crea su propio relato épico, y aún hay que reivindicar que el mundo empieza y acaba en cada individuo.  

Democratización de la historia.

En su estremecedor poema “Preguntas de un obrero que lee”, Bertolt Brecht denuncia esa Historia que no solo escriben los vencedores, sino que únicamente trata de grandes gestas y personajes poderosos. No sé por qué, el fragmento que se me quedó más grabado fue aquel en que escribe: “César derrotó a los galos. ¿No llevaba siquiera un cocinero?” Ese anónimo cocinero de César me llegó al alma. Lo imaginaba en un humilde carromato tras los estridentes pasos de las legiones, acarreando las vituallas y las perolas, sudando junto al fuego, afanándose en preparar el rancho sin el cual no habría habido ejército, ni gloriosas campañas, ni libros que las recordaran. Los mismos libros que lo han olvidado a él, como a la mayoría.
El cocinero de César se convirtió para mí, desde entonces, en el mayor héroe histórico; un símbolo de tantos desconocidos cuyas vidas no solo han escrito la verdadera Historia, sino que han hecho posible esa otra que solo habla de grandes personajes: gobernantes, aristócratas, ricos y poderosos, y otros tantos artistas y pensadores que trabajaban para ellos.
Afortunadamente, muchos estudiosos actuales han vindicado esa Historia verdadera, la de la vida de la gente anónima. La Historia se ha hecho más democrática, ha ido progresando hacia aquella intrahistoria que reclamaba Miguel de Unamuno: “Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de millones de hombres sin historia que… se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna”. Y esta alusión a los grandes titulares de los medios de comunicación me recuerda aquella canción de Joaquín Sabina, en la que contrasta la relativa frialdad de lejanos sucesos con la inmediatez candente que para nuestra vida tienen esos detalles triviales que la componen:

Pero nada decía la prensa de hoy de esta sucia pasión, 
de este lunes marrón,
del obsceno sabor a cubata de ron de tu piel,
del olor a colonia barata del amanecer.
Hoy amor, como siempre
el diario no hablaba de ti, ni de mí.         

Nuestra vida no es noticia, ni tiene por qué serlo para nadie más que para nosotros y los que nos rodean. Al fin y al cabo, no somos importantes. ¿O sí? ¿No se escribe, en cierto modo, la totalidad del destino humano en cada una de nuestras vidas? Claro que el mundo y más nuestro mundo global, que ha acabado por cerrarse sobre sí mismo― se juega mucho más en las decisiones del G8 o en el consejo de administración de una multinacional que en el nacimiento de nuestro hijo, pero, ¿qué sería de aquel sin este? ¿No son nuestras pequeñas vidas cotidianas las que sostienen y dan sentido a los trasiegos mundiales? ¿No nace y termina el mundo entero en cada uno de nosotros? ¿Qué habría sido de César sin su cocinero?
La Historia, como muchas otras disciplinas, ha recuperado la noción de la gente, más allá del personaje. También el arte retrata o explica historias de los ciudadanos de a pie. Sin embargo, el mundo global ha reavivado la épica, construyendo nuevos personajes míticos (como Bill Gates o los Rolling Stones) e inventando superhéroes que nos salvan y hacen justicia a su albedrío, que tiene más fundamento que el nuestro. Es el reverso de la democratización de los relatos, o más bien la actualización posmoderna de la tradición mítica. Tal vez resulte inevitable, y sigamos necesitando héroes y aristócratas, pero alguien, un día, debería preguntar por el sastre de Spiderman.

El cisne de Avon.

El cisne de Avon por @jrherreraucv

Ben Johnson, gran dramaturgo y poeta del Renacimiento, afirmaba que William Shakespeare no pertenecía “a una determinada época, sino a la eternidad”. Lo llamaba, no por mera retórica, “el cisne de Avon”. Como se sabe, el cisne tiene, entre otras, la propiedad de posarse sobre los pantanos más pestilentes sin llegar a ensuciarse, sin perder por ello su impecable pulcritud. Por si no bastara el asombro ante semejante cualidad, conviene agregar que es de origen griego la metáfora del “canto del cisne”, según la cual, y poco antes de morir, el cisne interpreta el más bello de sus cantos. “Los cisnes –dice Aristóteles, en su Historia de los animales– son musicales, y cantan sobre todo en la proximidad de la muerte”. Durante su estancia en Oxford y en Londres, Giordano Bruno, cómplice de la “jerga de rufianes” shakespeariana y mártir por excelencia de la filosofía, pudo haber afirmado, con Ovidio, que “los cisnes suelen anunciar el canto de su propio réquiem”.

Cisne de Avon

“El cisne es blanco, sin mancha y canta dulcemente. Esa canción anuncia el fin de su vida”. Leonardo da Vinci.

Para que sea efectivamente objetivo el actus purus es absolutamente necesario –indispensable– atravesar un mar de impurezas. Más allá de las almas bellas –esa obstinada y siempre impotente figura de la negación abstracta que, pañuelo en mano, cavila y arquea frente a la inminente posibilidad de tener que ensuciarse las manos con el lodo de la “realidad efectual de las cosas”–, para que la libertad pueda demostrar la objetividad de su verdad frente a la tiranía, tiene que enfrentarse a ella y vencerla en todo escenario posible, hasta su definitiva superación. Lo “puro” no es puro si no es el resultado de su persistente lidia en y con lo impuro: Hic Rhodus, hic saltus. Nadie conoce más y mejor el valor de la pulcritud que quien ha tenido que vérselas, de frente, con la inmundicia.

Esta es, tal vez, una de las mayores lecciones de vida que Shakespeare le ha dejado escrita a la humanidad, de su puño y letra. Por cierto, con el auxilio de su siempre prístina pluma de cisne. To be or not to be –¿votar o no votar?–: that is the question. La base de toda autonomía consiste en saber asumir conscientemente la propia responsabilidad. El fundamento de toda democracia no es la dictadura de la mayoría, sino el respeto por la toma de decisión de los otros, aunque esa decisión no se comparta. En el pórtico de un siglo que parece estar signado por el fanatismo, la intolerancia y la tiranía, propias de los totalitarismos de todo signo, es obligación de quienes se esfuerzan en recuperar las sendas perdidas de la democracia no reproducir los mismos defectos e inconsistencias que han terminado por sepultarla. Ser auténticamente demócrata no consiste en declararlo formalmente. Ser es, siempre, hacer: praxis. Lo máximo, decía Hölderlin, está presente en lo mínimo. De igual modo, la “pureza”, sea esta filosófica, científica, política o moral, no es algo que ya venga dado, “listo para servir”, un supuesto previo que se presenta en una estructura arquitectónica prefabricada e independiente de la vida cotidiana –un “modelo” externo a la cosa–, sino que vive en la íntima coherencia y fecundidad comprensiva de cada situación particular.

Mucho más importante que los bizantinismos –que por lo general solo sirven para ocultar las pasiones tristes de quienes convierten el resentimiento, el odio y la retaliación en las motivaciones centrales de su existencia–, son “los latidos del corazón de viejo topo”, la auscultación del devenir de una sociedad que ha terminado por perder el control de sí misma y va flotando, a duras penas, sobre las aguas de la deriva. Mientras persista la torpe vocería de quienes confunden las causas con los efectos y los efectos con las causas, la canalla vil del narco-Estado seguirá recuperando sus fuerzas, oxigenando sus órganos vitales y exhibiendo ante el concierto internacional una musculatura que, desde hace mucho tiempo, no pasa de ser más que una ficción. En nombre de “los principios” –en realidad, un amasijo de prejuicios, mezcla de restos de anacronismos ideológicos y resabios de infantil seminarismo o de convento para termitas– la realidad real se difumina hasta la distorsión. Al fondo, ya no se puede ver con claridad la noble figura del espectro hamletiano, que reclama justicia, sino a un payaso, un guasón bananero trajeado de verde oliva, que sonríe a carcajadas mientras pisa con sus gruesas botas la dignidad de toda una sociedad exhausta.

Entre tanto, desde la distancia, y por encima de las miserias, los disfraces y la humareda dejada por las fiestas patronales (¡o satelitales!), el cisne-bardo sacude su lanza (shake-spear), mientras exige el consenso de rigor que ponga fin, de una vez por todas, a la tragedia del yugo y haga resurgir la virtud y el honor, sobre las firmes bases de una nueva cultura, de una educación de calidad y mérito, inspirada en el esfuerzo y la constancia, como la única posibilidad cierta de recuperar el espíritu democrático y poder conquistar la libertad, el progreso y la paz social y política. Los ojos de la civilización observan atentos los traspiés de la secuencia, desde una pantalla dividida en dos tomas de un mismo juego: de un lado, el triste espectáculo de un país que todo lo tiene para ser mejor, aunque obsesionado por los apasionamientos autodestructivos. Del otro, los intentos secesionistas de una de las regiones más pujantes de la Madre Patria, empecinada en marchar hacia la bancarrota posmoderna. También el sadismo oriental observa, a medida que promueve el crecimiento de sus anhelos totalitarios.

Llega la hora de la muerte del cisne. La tragedia da inicio a una nueva aurora. Su canto postrero es tan perfecto como inequívoco. Por eso, su réquiem aguarda. No culmina. En él las esperanzas no florecen. Prefiere anunciar la paradoja del fin de un siglo que apenas inicia, porque tarde o temprano la ruindad dará cuenta de los mayores trabajos de la razón. No obstante, sabe inspirar ejemplo: a veces toca enlodarse para comprobar la propia pulcritud. El amigo de Bruno, con la debida prudencia, también leyó a Maquiavelo. Y es probable que ambos compartieran –mientras se mofaban de las estériles disputas de los dogmáticos de siempre– las astucias que sostienen la trama del gran florentino.

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/cisne-avon_207101

F. Nietzsche y la corrupción

Los filósofos también profetizamos

En toda sociedad existe la corrupción, es algo inherente al ser humano, pues tiene tendencia acumular poder, que le viene de los resabios del instinto de dominio. Especialmente en aquellas personas que tienen alguna cuota de poder. En una sociedad organizada, con instituciones independientes y fuertes, que se controlen mutuamente, la posibilidad de que la corrupción llegue a todos los ámbitos es poca.


A fines del siglo XIX el filósofo alemán Friedrich Nietzsche[1], en el libro “La gaya ciencia”, en el punto 23, propone “Los síntomas de la corrupción”.
Dice: "Detengámonos a observar en el interior de las condiciones sociales…, los síntomas que son calificados de "corrupción".[2]
En un primer lugar: "comienza a predominar una superstición de diversos aspectos, mientras que se degrada y se vuelve impotente la creencia que hasta entonces profesaba un pueblo en su totalidad: la superstición es efectivamente un librepensamiento de segundo orden, quien se entrega a ella opta por un determinado número de formas y de fórmulas que le convienen, concediéndose a sí mismo el derecho a elegir. En comparación con el individuo religioso, el supersticioso es mucho más "personal".[3]
En las última década del siglo XX, luego de “la caída del muro de Berlín” resurge el liberalismo económico, a la nueva versión se le denomina “neoliberalismo” que propone nuevas formas de libertad de mercado, se desecha la idea del “Estado de Bienestar” y comienza la era de la “Teoría del Derrame”, se impone en la sociedad, supersticiones del tipo “hay que privatizar las empresas estatales”, y se concibe la idea de la privatización de la educación y salud. El Estado ya no es indicador del camino a seguir sino que sólo es regulador.
Asimismo, junto con el aspecto económico, se pone énfasis en el goce individual, en lo valioso de las distintas culturas, la globalización de la información, la diseminación de las distintas religiones mono y politeístas, filosofías orientales, aparece el postmodernismo[4], ya no hay verdades absolutas.
En segundo lugar sobreviene el relajamiento de las costumbres: "se acusa de relajamiento a la sociedad en la cual la corrupción gana terreno; y es evidente que en ella disminuyen el aprecio de la guerra y la afición a ésta, mientras que de ahora en más se aspira a las comodidades de la vida con el mismo fervor con el que antes se aspiraba a los honores gimnásticos y guerreros."[5] ¿Quién no puede estar de acuerdo con el fin de las guerras?, con más razón después de las dos guerras mundiales, la guerra fría, etc. y, como si fuera un movimiento pendular, se pasa a las comodidades de la vida que se manifiesta en el goce a toda costa, con el consecuente enriquecimiento. Sin tener en cuenta que se está perjudicando a todo el resto de la sociedad, se antepone el beneficio propio por sobre el bien común. El “otro” se convierte en un medio para alcanzar los fines personales.
Pero, "precisamente, en épocas de "relajamiento", la tragedia frecuenta las casas y recorre las calles, surgen grandes amores y grandes odios"[6], comienzan a crecer en gran medida los excluidos de las sociedades, los sin trabajo, las migraciones internas a los grandes centros de poder, recrudecen las adicciones, la violencia doméstica, la virulencia de los delitos…
"Se tiende a considerar, para compensar de algún modo los inconvenientes de la superstición y del relajamiento, que en estas épocas de corrupción existe una mayor dulzura que en las precedentes y que, en comparación con las épocas más creyentes y fuertes"[7], se ensalzan, al máximo, los valores de libertad, tecnologización, propiedad y algunos disvalores como el lujo, vulgaridad, ostentación…, se tiende a justificar la corrupción con la frase “roban, pero hacen”.
"La crueldad ha retrocedido considerablemente. Pero yo no podría sumarme a esta forma de alabanza, como tampoco podría hacerlo a censuras semejantes; sólo aceptaré que ahora la crueldad se hace más sofisticada y que en adelante sus formas más antiguas atentan contra el buen gusto, aunque en épocas de corrupción las heridas y torturas mediante palabras y miradas alcanzan su pleno desarrollo; asimismo, en tales épocas se crean tanto la maldad como el placer por la maldad"[8]. Se incrementan los daños producidos por el neoliberalismo y el individualismo, es cada vez mayor la marginalidad, pobreza; y la consecuente exclusión y protesta social. 
En tercer lugar: los corruptos en general son los que acusan a otros de lo mismo que son ellos, le cabe aquél refrán que dice “el ladrón cree a todos de su misma condición” y para ello agudizan sus discursos. "Los hombres de la corrupción son muy ingeniosos y agresivos; saben que existen otras maneras de matar diferentes a las causadas por un puñal y un golpe de mano, y no desconocen que todo lo que se dice bien goza de credibilidad"[9], y toda mentira que se repite hasta el hartazgo al final queda subyacente como verdad.
En cuarto lugar cuando el terreno está propicio, surgen los tiranos: "Cuando la descomposición alcanza el mayor grado, justo como la lucha entre tiranos de todo tipo, surge entonces el César, el tirano definitivo, que pone fin al conflicto agotado por el dominio exclusivo de uno solo, dejando que el cansancio actúe por su cuenta. A su llegada, el individuo está ya en plena madurez y, por consiguiente, la "cultura" ha alcanzado su más grande estado de fecundidad (si bien no a causa de él ni por él, aunque a los hombres sumamente cultos les gusta adularla haciéndose pasar por obra suya)."[10]
Seducen a todas las organizaciones sociales de todo tipo con su discurso, "hasta las manos más nobles se ofrezcan en cuanto un hombre poderoso se muestre dispuesto a derramar en ellas su oro. En ese instante se descubre una gran incertidumbre respecto del futuro que se vive para el presente; es un estado anímico en relación con el cual todos los seductores disponen de buenas oportunidades de juego, en tanto que la seducción y la corrupción se dejan para "el presente", ¡reservándose el futuro y la virtud![11]
Construyen poder con la teoría ‘amigo-enemigo’, necesitan de un enemigo común externo o interno, que siempre son poderosos, aúnan las voluntades de los pueblos y acallan voces que reclaman por la corrupción reinante; corrompen y desvían, de su propósito o ideal, a las organizaciones que en ellos pusieron su confianza. Se apropian y tuercen los ideales que sostuvieron a una sociedad ensamblada. Se sienten inmortales, y con derecho a eternizarse en el poder.
“Los individuos…, se preocupan del momento más de lo que lo hacen sus oponentes, los hombres gregarios, pues se consideran a sí mismos tan imprevisibles como el futuro. De esta manera, se unen con gusto a los violentos, pues se sienten capaces de actuar y disponen de recursos que la masa no comprendería ni perdonaría, mientras que, por otro lado, descubren que el César extiende el concepto de derecho del individuo hasta incluir también sus transgresiones, y que le interesa convertirse en el intérprete de una moral privada más audaz. El tirano piensa de sí mismo, y quiere también que los demás piensen, lo que a su modo dijo Napoleón de una manera totalmente clásica: "Tengo el derecho a contestar todas las quejas que me hagan con un eterno 'yo soy el que soy'. Yo estoy al margen de todos, no acepto condiciones de nadie. Deben someterse a todos mis caprichos y estimar como absolutamente natural que me entregue a tales o cuales distracciones". Así le aseveró Napoleón a su esposa, un día que ella puso en duda, no sin fundamento, la fidelidad conyugal de su marido”[12]. Sostienen que tienen el derecho a disponer de los bienes de todos como si fueran suyos, someten a la sociedad a su imperio y orden, hasta se creen sus propios discursos, y se sienten únicos capaces de salvar a la patria de los enemigos, que ellos mismos establecieron.
"En las épocas de corrupción caen los frutos del árbol; me refiero a los individuos, portadores de las semillas del futuro, instigadores de la colonización espiritual y de la formación de nuevos órganos del Estado y de la sociedad. La palabra corrupción no es sino un término despectivo para hacer referencia a las épocas otoñales de un pueblo."[13]
Pero, como son seres humanos, también les llega el final de la vida, o la sociedad, al sentirse tan humillada, bastardeada, dice “basta”.
Para salir de esta situación se necesita de instituciones fuertes e independientes, no corruptas, las cuales el “cesar” se ha encargado de destruir.
Se necesita volver a fundar el “pacto social” pero cuidado, en una auténtica democracia se deben escuchar todas las voces, aún las de lo que están en contra de ella, aún las que siguen sosteniendo al ‘césar’, pues se corre el peligro de caer en la demagogia o lo que es peor aún en la oclocracia[14].
Esto es un simple análisis sobre la historia reciente que me toca vivir, y le quité aspectos particulares para que se pueda realizar una analogía con la los hechos que les ha tocado vivir a cada uno en los últimos años. Porque la historia siempre enseña lo que NO debemos volver a repetir.




[1] Friedrich Nietzsche. Friedrich Wilhelm Nietzsche; Röcken, (15 de octubre de 1844 - Weimar, 25 de agosto de 1900) fue un filósofo, poeta, músico y filólogo alemán, considerado uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del siglo XIX. https://es.wikipedia.org/wiki/Friedrich_Nietzsche
[2] Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia, edición digital.
[3] Ídem
[4] En una famosa declaración del fin del modernismo, simbolizado por Auschwitz, el post modernista francés Jean-François Lyotard preguntó: "¿Después de los metarrelatos, dónde puede residir la legitimidad?" Entonces, ¿qué es el post modernismo? "Simplificando hasta el extremo, yo defino lo post moderno como la incredulidad hacia los metarrelatos". Es decir, el post modernismo es profundamente escéptico (o receloso) hacia los grandes sistemas o historias explicativos. También critica todo criterio que proclame ser neutral, imparcial o racional. El filósofo cristiano Merold Westphal observa que el modernismo se caracterizaba por la búsqueda de (a) la certeza absoluta (piense en Descartes) y (b) el totalismo, ese sistema "todoincluyente" (metarrelato). Los modernistas intentaron crear "grandes historias" --sin referencia a Dios-- sobre las cuales fundamentar la dignidad humana, la libertad, la moralidad y el progreso.
Mientras que el modernismo buscaba sistemas totalizantes y una certeza absoluta, el post modernismo ahora los pone en duda de dos maneras. Para contrarrestar el totalismo, el post modernismo asevera que frecuentemente utilizamos la "razón" para buscar el cumplimiento de nuestros intereses y deseos; la "verdad" es cualquier cosa que fomente mi voluntad o intereses (o los de mi grupo). Hay una "agenda política" en cualquier cosa que declaremos como verdad. El conocimiento no es neutral. (Esta observación utiliza la "hermenéutica de la sospecha"). En respuesta a la certeza imparcial, el post modernismo enfatiza que nuestras ideas y juicios están incrustados en un contexto histórico-cultural; así que nunca podemos salirnos totalmente de dicho contexto por pura reflexión. (A esto se le ha llamado la "hermenéutica de la finitud"). http://es.4truth.net/fourtruthespbnew.aspx?pageid=8589983633
[5] Ídem
[6] Ídem
[7] Ídem
[8] Ídem
[9] Ídem
[10] Ídem
[11] Ídem
[12] Ídem
[13] Ídem
[14] La oclocracia es el gobierno de la muchedumbre, es decir," la muchedumbre, masa o gentío es un agente de producción biopolítica que a la hora de abordar asuntos políticos presenta una voluntad viciada, evicciosa, confusa, injuiciosa o irracional, por lo que carece de capacidad de autogobierno y por ende no conserva los requisitos necesarios para ser considerada como  «pueblo»" https://es.wikipedia.org/wiki/Oclocracia

La ilusion de la democracia

Una lectura sobre sobre la forma de un gobierno que controla.

El hombre, desde la antigüedad, ha intentado darle un sentido a su realidad, construir un orden, y por medio de esto, evitar el caos, edificar una estructura que logre mantener el orden para cada uno de los ciudadanos, este proceso se ha manifestado de muchas maneras, muchos experimentos fallidos, cada uno buscando distintas maneras para que el caos no se demuestre para el hombre común. La necesidad, por lo tanto, es otorgar un orden, lo que llevo a los gobernantes a generar diferentes formas en las que el pueblo pudiera ser gobernado; presentándose finalmente tres formas (miradas de forma macro), en las que uno gobierna, en las que algunos gobiernan, en las que todo gobiernan.

La ultima mención hace referencia a la democracia, éste sistema de gobierno, que en la antigüedad era participativa y no representativa como es reconocida hoy en día, en la que cada individuo que fuera ciudadano tendría voz y voto en cada una de los procesos legales, lo que lleva, innegablemente a la forma en que hoy en día somos gobernados. Sin olvidar que solo algunos eran los que tenían la posibilidad de exponer su opinión.

La democracia es el sistema de gobierno más utilizado en la actualidad, en cada país donde se presente este sistema se ha presentado una deformidad y una “ilusión” que ha mantenido cautivos a la ciudanía. La democracia, más allá de que ahora las personas que puedan votar en un número mayor que en la antigüedad eso no implica que los votos que se generan en la actualidad representan el pensamiento real de los individuos porque existen muchos otros factores que limitan al votante, ya sean promesas falsas, falacias pronunciadas, marketing electoral, regalos, etc.  

Lo que me genera una pregunta legitima: ¿El tipo de democracia actual representa realmente la población de un país?, si la forma en que la democracia se observa hoy es representativa, ¿quienes son realmente las personas que nos representan? y aun más crítico ¿que es, con exactitud, lo que representan éstos? ¿Cuáles son sus intereses? ¿Cuál es el personaje de personas que votan por los que representaran a la mayoría de las personas que, tal vez, se restaron de votar?, el pensamiento de las personas que votaron por ellos, los de los individuos que decidieron ser representados por ellos, o, por el contrario, representan algunos “otros” intereses; personales, económicos, políticos, falsos….  etc.

Por medio de la globalización somos golpeados día a día por una cantidad inconmensurable de información, razón por la cual, se ha llegado a tal punto que somos convencidos de adquirir bienes que no necesitamos, objetos que son irrelevantes para nuestras vidas, y que, por el contrario, se han dejado de lado una cantidad de características primordiales para una real calidad de vida; el arte, la filosofía, educación con propósitos mayores, altruismo, respeto...

Es innegable y, casi ingenuo, considerar que la disminución de estas horas en los colegios responda a una búsqueda de más conocimientos, sino que, evidentemente, responde al tipo de individuo que el país quiere; consumista y sin pensamiento crítico. Capaz de olvidar fácil y de no dudar de lo que la elite dice. Un analfabeta funcional

De esta manera, se ve como la democracia ha surgido como un sistema que engaña, que entrega la ilusión de la participación sin siquiera permitir la real participación, y aun peor, que insiste que solo así se presenta una real acción democrática, ¡Que gran falacia nos han contado! (non causa pro causa), ¿Qué significa eso? que si veo alguna injusticia y no vote, debería quedarme callado, no tendré derecho a asistir a una marcha, no, se deduce que si no votaste no tienes derecho a opinar, por lo que, con esta frase se hace creer que solo las personas que votaron puede, al menos, reclamar. Sobre todo cuando ha existido una explicación de lugares comunes donde se ha dejado que todos opinen, lo cual es bueno, cuando es menesteroso recordar que el poseer cierta opinión sobre una cuestión publica no puede generar una verdad en torno a dicha temática, una opinión personal no es una verdad que pueda ser impuesta, y eso lo que precisamente ha sucedido con la explotación constante de espacios donde las personas, al fin y al cabo, no expone un pensamiento crítico y reflexivo sino que solo repite lo que mayoría espera que diga, se ha dejado de lado toda decadencia y abolido el pensamiento crítico. Ya no es funcional para las nuevas democracias.  

Nuestras vidas están perdidas si no existiera un orden (es lo que nos han dicho siempre, a tal punto que lo creemos), un camino que se ha asfaltado con una intencionalidad determinada, que no permita hacernos perder el horizonte que nos han determinado, pero este camino son las “ilusiones” que en nosotros ha estado actuando para entregarnos tales determinaciones, tales conceptos funcionan en nuestro cerebro para sobrevivir al desorden, es necesario para cada individuo creer que las cosas que cree son existentes afuera de él, la justicia, la igualdad, la democracia, son sino, aparatos de control en que hemos sido gobernados y encadenados para desequilibrar el edificio que fue construido hace tanto siglos. Son las cadenas de nuestro pensamiento.

La necesidad de ese orden se ve al reflexionar sobre un mapa, ¿por qué un mapa?, un mapa es la representación de un espacio territorial, pero la representación no siempre se sigue de la realidad, lo que conlleva, que el mapa es una construcción, algo que se ha generado para orden el caos. El mapa de Mercator es la representación de la tierra en forma cilíndrica, una representación hecha en el año 1569 que es una construcción centralizada en Europa, el continente más importante en ese tiempo es el centro del mapa, pero esto ha conlleva a que se haya transformado en la realidad, la ilusión de pensar que la tierra tiene dicha configuración.

Si se observa el mapa Mercator, se podrá distinguir que la línea del Ecuador, que debe ser el centro esta desplazada hacia el sur, generando una distorsión y amplificando el hemisferio norte, de esta manera la distorsión se ve profundizada en los continentes de África, Oceanía y América, estos completamente más pequeños de su tamaño real, y en contraposición, lo que se ven más grandes son los que, en aquella época, tenían más poder, por lo tanto, lo que se considera como verdadero es solo una construcción del poder de las elite de aquel siglo.
El mapa es considerado con mayor precisión es de Peters de 1973, que, cuando presento su proyección comenzó de hablando de la siguiente manera: "Los atlas al uso son en su totalidad eurocéntricos. Es decir, países tan pequeños (41,000 km²) como Suiza tiene el privilegio de ocupar una página doble, si tienen también la suerte de estar ubicados en Europa central" (Peters, 1973), la proyección de Peters tiene mayor certeza, pero tiene menos influencia puesto que, la verdad sobre Mercator ha tenido tanta trascendencia que se considera como la verdadera, como la forma en que la tierra está distribuida, una mentira que nos ha mantenido en un falso orden. Solamente un mapa virtual como el de Google respeta ambas proyecciones, si se observa éste, se podrá ver que predomina la proyección de Mercator, pero mientras se ve la distancias varían a la forma de Peters.

El mapa, de esta manera, se transforma en una forma de ver el mundo literalmente, en una interpretación, en algo que se considera como verdadero, pero que, como se demostrado, a veces lo que se cree como lo verdadero es solamente lo que conviene, la utilidad que se entrega a cierto momento histórico.

Con este ejemplo es posible ejemplificar la forma en que la Democracia que se conoce hoy en día tiene el peso, se cree que es la única forma de gobernar y entrega un pseudo poder a las personas que creen que realmente están haciendo un acto democrático al momento de depositar un papel en un urna, pero no es más que la ilusión de poder que nos entregan para quedar tranquilos, para que la ilusión tome su papel y nos lleve a considerar que realmente estamos eligiendo a aquellas personas que nos representarán, pero es la representación donde cae el gran error, la tragedia es confundir que la ciudadanía solo se representa en el voto.

El hombre siempre ha tenido esa necesidad, el menester de transforma el caos en orden, de no caer en el abismo, por lo que se entrega la ilusión del poder a las personas para que crean que eligen a su "representante". La democracia es el nuevo método de orden, la forma de controlar a las personas sin que se caiga en una dictadura, sin caer en los excesos del poder y en la brutal perdida de personas que se puede traer a colación. Si, la democracia no es perfecta, pero es, hasta el momento, la mejor de forma de gobernar, pero no por eso se debe ser ingenuo y cree que realmente se está haciendo algo revolucionario, algo que producirá un real cambio.

Es necesario, para cada individuo, tener una certeza, tener algo que puedan ver, el voto se transforma en lo tangible por lo cual es el medio que tiene de satisfacción, el placebo que cada cierto tiempo se entrega para calmar cualquier sobresalto, cualquier intento de pasión que pueda asomarse de la disconformidad, en un sistema que, como el chileno, en la última elecciones votaron menos del 50% de la población (que no se sabe con certeza cual es) ¿cómo se puede mantener el placebo? razón por la cual se ha podido ver en el últimos ejercicios de marketing sobre quienes son candidatas en llamar a votar, el voto se transforma, evidentemente, en el calmante, en la anestesia que se necesita:

"Se pretende que se está hablando de algo físico, palpable, popular, cuando bien mirado ya los hechos mismos revelan su carácter ilusorio constitutivamente mentiroso. Por ejemplo la trampa previa consiste en cómo se puede creer que una minoría es la Mayoría (no sólo porque la población votante no deja de ser minoritaria respecto al común de las gentes, sino porque la posterior «representaci6n democrática» siempre es una minoría personalizada cada vez menos representativa de nadie, a no ser de sí mismos, cada vez mas impresentables a medida que van entrando en la escena Democrática). Otra operación tramposa consiste en hacer creer que la Mayoría es todos, esa es otra de las claves de la ilusión democrática: el engaño en que se funda; a partir de esas ilusiones engañosas básicas todos los juegos ilusionistas posteriores, el baile de máscaras, los discursos inflados, los dineros escamoteados, no serían sino ilusiones menores con la que se adorna la gran mentira de la representación tecnocrática: la ilusión de representación." (Isabel Escudero, la ilusión democrática)

Filosofía y democracia: ¿utopía o realidad?

  No se pretende en esta ocasión realizar una exposición sistemática sobre filosofía política, pero si se describirá de forma general el concepto fundamental sobre la misma para que sirva de plataforma teórica a la compresión de lo que se pretende expresar en estas líneas. La filosofía política es una disciplina de la filosofía general que se encarga del estudio acerca del sentido y naturaleza del estado, de sus principios y fines, sobre las nociones de poder, derechos, justicia, bien común y, desde ahí, ver la pertinencia de estos conceptos en la diversidad de la cultura humana, analiza el fenómeno y la praxis política en general.

 Aristóteles define al hombre como un animal político capaz de organizarse socialmente a través de la participación ciudadana y constituirse en la llamada «polis», sociedad. El Filósofo en su obra sobre política afirma que existen tres «formas ‘puras’ de gobierno» las cuales llama Monarquía, Aristocracia y Democracia; sin embargo, estas formas de gobierno deben estar sustentadas con principios sólidos y su bandera será la virtud de la Justicia. De no ser así, entonces, se irán corrompiendo o degradando. Ejemplo, a la falta de justicia, el gobierno monárquico resultará tiránico, la aristocracia sería igual a una oligárquica y la democracia se transformará en oclocracia. 

        En las sociedades actuales, sobre todo, en el mundo occidental, el ideal democrático viene desplazando otros sistemas de gobiernos, como la monarquía y la aristocracia que se sostuvieron durante milenios. Cada vez, más ciudadanos del mundo, se sublevan ante sistemas de gobierno de tinte dictatorial, casos como la llamada revolución democrática o primavera árabe, la crisis en Egipto, la guerra de Libia y la actual guerra civil en Siria son ejemplos contundentes. Muchos afirman que la democracia es el mejor sistema de gobierno, pero habría que analizar qué es democracia, cómo la estamos practicando y si la enseñanza de los principios filosóficos tendrían alguna incidencia en su práctica.  

          En las sociedades actuales, la democracia es un gran reto para los demócratas, una vez que estos son elegidos por el «demos», pueblo, deberán garantizar el bien común y la mayor suma de felicidad posible para los ciudadanos. Ejecutar la ley con verdadera justicia será uno de los desafíos más importantes de afrontar, junto a la ambición de poder que de ello puede derivarse. Deberá evitar a toda costa la llamada oclocracia que se da cuando las riendas de la sociedad son tomadas por grupos corruptos y anárquicos, situación que tendrá como resultado la injusticia, impunidad y despotismo.          

           No obstante, para nadie es un secreto que en muchos países la democracia apenas resiste las embestidas del «comunismo» o el «capitalismo», sus dirigentes, al parecer, no tienen claro que cualquier práctica hegemónica es contraria a los principios democráticos. Hoy es un verdadero desafío construir una democracia fuerte, capaz de soportar diferentes corrientes de pensamiento que hacen vida en la praxis política. La justicia debe ser la virtud esencial de una sociedad democrática, y es aquí donde la enseñanza de la filosofía puede dar su gran aporte. 

          No queremos decir que sin filosofía no hay democracia porque sería un argumento muy genérico con conclusiones totalmente falsas, ni mucho menos inferir que, el que no estudie filosofía no va a ser un demócrata, sino que a la hora de elegir o dirigir tendrá las herramientas necesarias para hacerlo bien o, al menos, razonablemente bien. Si se enseñan nociones elementales de filosofía en los diversos niveles de educación, estaremos formando ciudadanos capaces de comprender los principios esenciales de la vida política. La incidencia de la enseñanza de la filosofía, la podemos formular con las siguientes premisas: antes de obedecer o acatar cualquier lineamiento de un gobierno hay que pensar, antes de elegir a la persona que gobernará y llevará las riendas del estado, hay que pensar y para pensar, pues, hay que estudiar. 

            Las principales aptitudes filosóficas son precisamente el pensamiento libre, crítico y autónomo; necesario para el óptimo desarrollo de la sociedad, la convivencia, la tolerancia y la capacidad de aceptación del otro. Sin estos principios, no habrá democracia real y se romperá el pacto social descrito en las constituciones de los países que se rigen por este sistema de gobierno. La reflexión crítica es necesaria para fortalecer esas democracias actuales que tienden a convertirse cada vez más, en lo que Aristóteles llamó la oclocracia. 

           Cuando se estudia filosofía se conocen los orígenes de la política y con ella una diversidad de teorías propuestas por los diferentes filósofos que aportaron a esta importante área del conocimiento. Al entender el contexto histórico, económico y social en el que surgieron, estaremos armados contra cualquier adoctrinamiento. Tales conocimientos funcionan como una especie de antídoto contra cualquier dogma político e ideológico que se nos quiera imponer. Democracia es igual a libertad de pensamiento y en ella convergen una pluralidad de posiciones. Necesitamos filosofía para luchar contra la intolerancia política, contra el discurso populista demagógico y favorecer la justicia social. Recordemos que mientras el saber nos libera, la ignorancia nos encadena haciéndonos, sin darnos cuenta, unos verdaderos prisioneros.  

Democracia no representativa.

Democracia no representativa.

Dialéctica del totalitarismo.

La contraposición que suele establecerse entre regímenes democráticos y totalitarios, se ha convertido en el centro del actual debate político e ideológico, y tiende -como consecuencia de la crisis orgánica que padece la sociedad mundial de estos comienzos de siglo- a caracterizar la cada vez más evidente presencia de dos concepciones del mundo, y de dos modelos de vida opuestos e irreconciliables. 


No obstante, llama la atención el hecho de que cada una de estas tendencias insista en señalar al otro, es decir, a su antagonista, como el auténtico y legítimo representante del llamado totalitarismo. Los demócratas acusan a sus adversarios de totalitarios, pero éstos -los acusados-, por su parte, acusan a los otros -los acusadores- de ser los auténticos totalitarios, al tiempo de reivindicar para sí la construcción de “la verdadera democracia”. No sin dificultad y cierta confusión, el ciudadano común se encuentra en medio de una discusión que le lleva a advertir que, con todo, existe algo extraño, algo inédito, en relación con los esquemas políticos tradicionales, en este curioso movimiento de recíprocos “dimes y diretes”. Porque no se trata de una acusación que contenga las simples connotaciones de un determinado régimen político, sino de algo mucho más complejo y, tal vez, mucho más peligroso: se trata de toda una nueva ideología, de una nueva cultura, que se debate entre los grandes sueños de la razón y los monstruos que ella misma ha producido.

En uno de los Caprichos de Francisco de Goya se puede leer esta sentencia tan terrible como certera: “El sueño de la razón produce monstruos”. Con la construcción del Estado moderno -precisamente, obra y gracia de la ratio instrumental-, el sujeto devino ciudadano e individuo, público y privado, a un mismo tiempo. Y, en efecto, la conducta del ser social está condicionada, de un lado, por las leyes del Estado y, del otro, por la ley moral, cuya expresión popular es la religión. Fue así como la sociedad moderna pudo dar cumplimiento a la conocida sentencia de Cristo, según la cual conviene dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Las monedas, creación de factura humana, suelen tener dos lados, dos rostros, como Janos, o como el bueno de Doctor Jekyll. El ser social, a partir de la llegada de la modernidad, presenta los rasgos de la esquizofrenia. Muestra, en efecto, dos lados, dos extremos, no siempre compatibles y difícilmente reconciliables o re-conocibles. Lleva el fardo de su propia existencia, escindido entre la cara y la cruz. Y así, vg., el buen amigo y colega Damiani es, a la vez, el lamentable y tristísimo magistrado Damiani. Todo en una sola cuenta.

La doctrina del Derecho Natural parte del propósito de transformar el Estado en un instrumento capaz de propiciar y garantizar la existencia de las libertades individuales. Parte, como su nombre lo indica, de la norma sustentada en “la naturaleza”. Pero, ¿qué es la naturaleza? Es obvio que no se trata de El César, es decir, ni de la sociedad ni del Estado. Por ello mismo, se relaciona más con Dios; o con la ley de la armonía universal; o con la luz de la Razón puesta en un altar; o, incluso, con el sentido común. Y, por esa vía, la naturaleza termina siendo el individuo particular en su puro deseo e incondicionalidad, en su libre albedrío, en su ser empírico inmediato. Su límite es el cielo. La “verdadera ley”, el “verdadero valor” es, pues, el propio individuo. Y el “verdadero mundo”, la “naturaleza”, no es otro que el mundo de los individuos privados, de los cuales el Estado es tan sólo un instrumento, un vehículo. Con base en ello, se termina por presentar al individuo como la expresión más acabada de la realización del ser universal. Y, así, el ser particular ya no es una parte: ha devenido el todo.

Lo mismo ocurre con “el otro lado de la moneda”: el Estado totalitario o “cesarismo” estatista, el cual se propone acentuar en la consciencia social el exclusivo valor y la superioridad del interés público por encima de los intereses privados. Su máxima expresión está en el estatismo despótico, el cual asume la paternidad y control absoluto de todo y de todos, hasta su virtual aplastamiento. El Estado se representa como una religión, se hace “estatolátrico”. Por cierto, tal “estatolatría” ha sido definida cabal y magistralmente por Orwell en su 1984. Sus más fieles expresiones en el mundo contemporáneo son el socialismo soviético y el fascismo, remedos de las autocracias asiáticas, nacidos de un mismo parto. Se equivoca quien, al referirse a semejante concepción de la sociedad, habla de comunismo. En sentido estricto, el comunismo tiene, en lo esencial, dos propósitos: superar el actual modo de concebir la propiedad, aunque conservándola (como dice Marx “Aufhebung des Privateigentums zusammenfasser”, es decir, “superar y conservar la propiedad privada simultáneamente comprendidas”), y la completa desaparición del Estado, tal y como, hasta ahora, se le conoce, en virtud de la construcción de una sociedad de individuos éticamente educados, capaces de autogobernarse o, como diría Kant, de alcanzar la necesaria madurez autonómica. No puede ser llamada “comunista” una sociedad que, por el contrario, crea un Estado todopoderoso, represivo, voraz e insaciable, cuyo modelo contiene todas las características de los despotismos orientalistas.

A la cabeza del régimen estatolátrico se halla, siempre, el “iluminado” y sumo sacerdote, el padrecito, el gran timonel, el guardián de la galaxia. Curioso: un Estado que pretende aplastar a los individuos y liquidar de una vez los “terribles vicios” a los que conlleva la vida privada, se convierte en el único y gran individuo, en el muy exclusivo privado par excellence, en el que se concentra todo el poder y, más aún, el destino de todo el ser social. Alquímica transformación: el estatismo devenido individualismo en estado puro. El individuo hecho todo: la máxima expresión, en carne y sangre, del totalitarismo. El resto, la satrapía que le sirve y teme, incluso después de muerto, no cuenta: son alfombras persas sobre las que posa sus botas, abanicos del desierto templado, peones de un gran ajedrez chino, en suma, la “guardia inmortal” de Jerjes, con la que Leónidas y sus trescientos pulieran sus lanzas espartanas.

Los extremos se tocan, son “el otro del otro”. El totalitarismo vive en los monstruos de la ratio que producen los extremos. Similar al mito de Medusa, la racionalidad instrumental -el entendimiento abstracto- tiene el defecto de petrificar lo vivo. La respuesta no se encuentra ni en la estatolatría ni en el liberalismo tout court, ambos, como se ha visto, marcados por la ilusión totalitaria que resulta de sus propios presupuestos. Si algo distingue a Occidente de Oriente es su negación de los fanatismos, de los dogmas, de las inflexiones. El poschavismo no puede ser antichavista, porque todo antichavismo es un chavismo invertido y, por eso mismo, su fiel reflejo. La sociedad poschavista tiene la exigencia de centrarse en la educación orgánica y no mecánica, en la formación cultural y en la difusión de ideas y valores para la plena autonomía, sin complejos ni resentimientos, prestos para la producción continua, justa y a la vez competitiva, presta para la reconstrucción del Espíritu del pueblo, con el respeto y la necesaria tolerancia que exige la vida auténticamente libre, ética, capaz de superar el extremismo de las abtracciones totalitarias.

Enviado por @jrherreraucv.

Método Dialéctico Político

Método dialéctico

Dialektikós

La cultura griega clásica representa –al decir de Marx– “la infancia histórica de la humanidad, en el momento más bello de su desarrollo”. Por eso mismo, y hasta el presente, el mundo heleno ha ejercido sobre el pensamiento “un encanto eterno”, muy superior al de todo el resto de las formaciones histórico-sociales conocidas. Lo que más sorprende es que de ellos –de “los antiguos”, como se les dice– se siga aprendiendo, una y otra vez, Immerwieder, siempre de nuevo.


Fueron ellos, por cierto, el pueblo que fundó y dio forma a Occidente, enfrentando con el aguerrido valor de sus armas las ambiciones de las autocracias orientales hasta vencerlas, en nombre de la libertad. Pero, al mismo tiempo –¡oh, paradoja!– fueron ellos los que supieron como nadie establecer el diálogo como modo de vida, al que interpretaron como la expresión mejor acabada, más sublime y, sobre todo, civilizada de la guerra. Ares, dios bélico, se transubstancia en Hermes, dios de la astucia, el ingenio y la negociación.




En efecto, el término griego que define la acción de quienes dialogan es dialéghestai. No existe acción más propia y característica de lo humano que esa: se trata de un término que está compuesto por el prefijo dia–“con el otro”– y por el verbo legein –“hablar”–, o sea, hablar con el otro. El dia –es decir, “con el otro”–, contiene el dis, que los latinos tradujeran por bis, y que significa “dos”. Pero dis o duis es la raíz de duellum –duelo– y bis la de bellum –guerra–. Así, pues, el diálogo, habitual ejercicio del Ágora, tanto por su origen como por su significado conceptual, es el modo civilizado y, por ello, racional de hacer la guerra “por otros medios”, al decir de Clausewitz. En tal sentido, hablar de “ingenuidad” en el diálogo, de “segundas intenciones” o, peor aun, de “traición” es, desde el punto de vista estrictamente histórico-conceptual, una aberración, resultado de la más crasa ignorancia y, por ende, del lerdo fanatismo.

Son los Dialektikos –aquellos que son capaces de dialogar, discutir y debatir– quienes, según Platón, tienen la capacidad de unir lo que está escindido, haciendo que desde la torpe inmediatez y de la tosca apariencia surja la verdad. Pero, además, tienen el “poder de dividir las ideas, siguiendo sus naturales articulaciones, y no ponerse a quebrantar ninguno de sus miembros, a la manera del mal carnicero”. Y “esto –le dice Sócrates a Fedro– es de lo que yo soy amante: de las divisiones y las uniones, que me hacen capaz de hablar y pensar. Y si creo que hay algún otro que tenga como un poder natural de ver lo uno y lo múltiple, lo persigo, yendo tras sus huellas como tras las de un dios”. Quien posee “la ciencia de las cosas justas, bellas y buenas”, es un dialogante incesante, que planta y siembra palabras con fundamento. Es un contrincante de ideas y valores, capaz de enmendar al otro y de enmendarse a sí mismo, pues no hay diálogo estéril, solo canales, caminos, cursos por donde transita la semilla de la humana civilidad, el grado más alto posible de la condición humana.




Nada hay de vergonzoso en el diálogo. Todo lo contrario, vergonzoso es no dialogar. No se dialoga –con lo cual se cierra el chance a la inteligencia– únicamente cuando solo queda la fuerza de los brutos, de sus bayonetas y cañones, en medio del salvaje “estado de naturaleza”, cuando ya ha desaparecido por completo el llamado “estado civil”. Es un error no llamar o no convocar al diálogo indispensable, necesario, pues la gente civilizada lo es porque dialoga con su contrincante, con su opuesto, hasta los límites extremos. A eso se llama reconocimiento. Quien no reconoce no se diferencia de su antagonista, porque ha terminado siendo el término idéntico del otro término. En la irremontable diferencia se encuentra en la máxima identidad. Es un prejuicioso con criterios tan estrechos, tan limitados y tristes, como los que dice combatir. En el fondo, no busca una superación del desgarramiento: se alimenta de él y, no sin cierta perversión, lo goza. El desprecio por el otro deviene autodesprecio. Es un “alma en desventura”. Se aprovecha del desgarramiento, vive de él, es desgarramiento en sí mismo. Son los bárbaros –fascistas de siempre– quienes gustan de las salidas violentas y de los derramamientos de sangre por las calles.

Se trata del triunfo del entendimiento reflexivo, del entendimiento a medias, sobre el recorrido de la unidad concreta, y de la cual la diversidad es parte constitutiva, porque una “unidad” que no admite la diferencia es una parte, una diferencia entre muchas otras, pero no es la unidad. Precisamente, aquello que Adorno llama “la sal de la dialéctica” –la acción efectiva del dialogoi como tal– consiste en comprender que la realidad, el ser social, no es un cuerpo estático, rígido, esquemáticamente establecido, inerme. Por el contrario, es en el devenir de las cosas que se descubre, in der praktischen, la auténtica mediación interior. No existe nada bajo el cielo que no esté mediado, que no requiera del esfuerzo, la paciencia y la constancia del trabajo humano. Una crisis no aparece de repente. Es el resultado de años de ficciones, de espejismos populistas, de autoengaños. Del mismo modo, es imposible que lo que ha tardado años en surgir y manifestarse plenamente desaparezca automática e  instantáneamente. Hay que tener el valor de reconocer la corresponsabilidad de una crisis, directa o indirectamente, por participación o por omisión. Es el momento de recoger lo que se ha roto, de reunir los fragmentos y de recomponerlos íntegramente, con criterio justo, a fin de que la nueva pieza que se construya sea más rica, más compleja, en fin, superior.

Momento de superar esta larga autoflagelación y de comenzar a curar las heridas que el propio cuerpo social se ha infligido. Decía Hegel que para lo único que sirve el estado de naturaleza, el estado de salvajismo, es para salir de él. Una nueva sociedad, libre, democrática y próspera, está a punto o de nacer o de no nacer. Es un momento crucial que solo depende de nosotros mismos. No repetir viejos errores, abandonando el odio, el miedo, la venganza, en fin, las pasiones tristes, es la mejor señal para reiniciar la recomposición feliz del país que nos merecemos.

Las ficciones de la democracia.

Las ficciones de la democracia o cómo fracasan estas, según Raffaele Simoni.


Las ficciones de la democracia.
Aristóteles sentó las condiciones mínimas de la ciudadanía, a pesar de los pesares de la época, en la que una gran parte de la población estaba excluida: un espacio público, que lo era porque trataba de lo que era común, de lo justo o injusto para una comunidad, la igualdad de principio de todos los que intervenían en ese espacio y el uso de la palabra como ingrediente esencial de su participación, isonomía e isegoría. En estas condiciones los individuos quedaban constituidos como ciudadanos. La condición de ciudadanía no tenía ningún rasgo distintivo, era alguien que participaba en las discusiones de la comunidad y que en este sentido de ente abstracto era intercambiable por otro, vamos, un don nadie, en palabras de Ramón Rodríguez (UCM). Su abstracción es el símbolo de la absoluta igualdad de derechos, porque no estaría formada a partir de ningún rasgo determinado. Sin embargo en este tiempo postdemocrático, según algunos, donde todo es ya, post lo que sea,  los hartazgos de la población ante los excesos político financieros y los contextos socio económicos en que han sumido a esta, la ciudadanía, el ser miembro activo de una comunidad política está desapareciendo  ante la constatación de que los partidos que deben asegurarla están más atentos a sus intereses que a los de la gente. Dejadez o rebelión, en ambos casos, el ente abstracto desaparece. Ahora la condición de ciudadanía se hace desde algo y contra algo, desde una identidad impuesta o asumida, y contra todo aquello que lesiona los intereses propios y no los de la comunidad. La justicia de lo común, la justicia distributiva de los entes abstractos  se convierte en manos de ciudadanos con DNI en preguntar: ¿Qué hay de lo mío?
Desde hace por lo menos una década se manifiestan por doquier los indicios de impaciencia, e incluso de rechazo hacia la democracia. Unos consideran, sin más, que para Europa el “momento democrático” se alcanzó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, y que ahora estamos en una fase de “pos democracia”, dado que la “fase de la democracia de la posguerra” ya se habría agotado. En conjunto, la impresión parece ser que la democracia como régimen y como actitud está acabada, y que se hace necesario algo nuevo y más adecuado a las nuevas condiciones
Simone, en un artículo publicado en la revista Micro Omega el pasado 2014, señalaba que el aparato institucional de la democracia se tambalea, que hay una crisis general de confianza porque cuando fallan las ficciones verdaderas que sustentan un sistema, es fácil predecir su desmoronamiento. Según él estas son las principales ficciones de la hipótesis democrática.
La primera es la ficción de igualdad: todos los hombres y mujeres son iguales a pesar de las diferencias. Esa idea está en la  base de numerosas instituciones (la enseñanza, la justicia, la fiscalidad, la administración...), pero no deja de ser una ficción, puesto que gran parte de las diferencias que hay entre las personas persisten de forma insoslayable. La segunda ficción es la de soberanía popular. La soberanía popular consiste en que el pueblo confiere a un número limitado de personas el poder de gobernarlo según su propia opinión, y tan solo conserva el derecho a valorar su conducta en el siguiente turno electoral. La tercera hipótesis es la accesibilidad universal condicionada: todo el mundo puede acceder a los cargos públicos, con determinadas condiciones, independientemente de sus ingresos, de su nivel de educación, de la actividad que desarrolla, etcétera. Además incluye la ficción de la representatividad del delegado. En virtud de esa ficción, la persona elegida por el pueblo “representa” no ya su propia voluntad sino la del sector del pueblo que la ha elegido. Desde un punto de vista lógico no está claro cómo puede producirse esa transferencia de voluntad, dado que el delegado no tiene, normalmente, la posibilidad de consultar a sus electores sobre todos los asuntos. Lo que ocurre es que cada elector renuncia durante unos años a una parte de su voluntad, con la esperanza de que su representante adivine correctamente su intención al elegirle.


La quinta hipótesis es la de la inclusión ilimitada: puesto que la democracia es expansiva e incluyente, todo el mundo puede refugiarse, establecerse, trabajar, reproducirse en un país democrático.
Si en conjunto esas ficciones dibujan una arquitectura de una generosidad y una envergadura admirables, en la modernidad todas y cada una de ellas han dado lugar a excesos, y se han prestado a manifestaciones extremas. Es obvio que  las ficciones que sustentan esa democracia no se cumplen: ni hay isonomía, ni isegoría, no hay acceso a la toma de decisiones y los inmigrantes están a buen recaudo por parte de los gobiernos de turno. Es fácilmente constatable que la ciudadanía está hasta el gorro de comprobar cómo los poderes financieros oligárquicos, algunos de los cuales son fácilmente identificables porque están a la vista de todos con sus logos en las fachadas de los edificios más exclusivos de las ciudades son los que toman las decisiones. Los políticos ya no tienen ni la estética de esconderse de sus connivencias con ellos y conforman, como decía Pareto, con la persistencia de los agregados, sus partidos políticos, verdaderas castas, y quizá lo que es peor, como señala Simoni, la influencia de los que no conocemos, los arcana imperii, el verdadero poder en la sombra.

La respuesta de las masas oscilan entre la abulia de la participación, “son todos iguales” y la proliferación de grupos extremistas a uno y otro lado del espectro político. Lo que le faltaba a una Europa con una vena totalitaria desde su nacimiento. La respuesta de la ciudadanía que se atribuye a sí misma el adjetivo de comprometida, es aprovechar los recursos de la red de redes  para creerse que el voto sosegado del clic del ratón desde el sofá de casa, sirve para cambiar las cosas. Como ya vamos comprobando se trata de otra ficción, participan todos, decide uno. Vale. 

Sobre la confianza

Sobre la confianza
Defiendo la tesis de que no es el miedo el sentimiento básico sobre el que debe asentarse una sociedad, sino la confianza. Vinculo la confianza a la práctica de la cooperación y rastreo los fundamentos antropológicos y sociales de la misma. Para, finalmente, apostar por un humanismo irreductible basado en la afirmación de los sujetos, de su fuerza propia como mejor antídoto contra el miedo

La concepción (hobbesiana) de la sociedad como choque de voluntades individuales parte de la hipótesis de que el ser humano es naturalmente un ser egoísta y competidor. Una concepción semejante alienta una visión de la vida humana en términos de desconfianza, sospecha, recelo y permanente conflicto. Ésta es, de hecho, la visión predominante en el liberalismo político-económico, el cual da por hecho que el ser humano es y siempre será un ser temible y que lo mejor que podemos hacer con los individuos, en lugar de intentar educarlos en la virtud, es tratar de ponerles límites, "meterlos en cintura", como reza la castiza expresión. Por eso con razón puede afirmarse que el liberalismo no es compatible con una concepción profunda de la democracia, entendida como espacio propio del animal político, que busca en la polis la ampliación natural de su ser social y que por tanto necesita del diálogo y del entendimiento para poder realizarse plenamente como persona. Este segundo tipo de concepción precisa de algo distinto del miedo como pegamento social: precisa de la confianza

Según Adela Cortina: "La confianza es uno de nuestros más importantes recursos morales. Cuando se establece entre ciudadanos y políticos, empresarios y consumidores, personal sanitario y pacientes, las sociedades funcionan mejor también desde el punto de vista político y desde el económico. Y, por supuesto, en una sociedad impregnada de confianza es mucho más fácil que las gentes puedan desarrollar sus proyectos de vida feliz. La confianza es un recurso moral básico y la ética sirve, entre otras cosas, para promover conductas que generen confianza". (1)

Interesa por ello, ante todo, construir buenos hábitos. Construir buenos hábitos es una responsabilidad social e individual al mismo tiempo. Sin los buenos hábitos cristalizados en carácter, esto es, sin las virtudes morales, dejaría de existir la confianza básica que permite el intercambio y la inversión, y entonces no quedaría sino la ley de la selva, por medio de la cual hasta el más fuerte está expuesto a perder su vida en cualquier momento, puesto que se impone el "todos contra todos".

La confianza es un recurso que aumenta con el uso en lugar de disminuir. Crece progresivamente a medida que se refuerzan los vínculos relacionales. Gerard Marandon caracteriza la confianza social de una triple manera: vulnerabilidad consentida, creencia en el débil oportunismo del socio y toma de riesgos. Lo cual se opone al blindaje en el poder propio, la hostilidad hacia el otro y la agresión sin riesgo. 

"La confianza mutua (…) es el grado más elaborado de la confianza y constituye el fundamento de la cooperación, es decir, relaciones interdependientes que giran hacia los objetivos y los intereses comunes" (2)

Las situaciones de cooperación están basadas en el común acuerdo nacido del diálogo, de la reflexión y del respeto a las diferencias. Las personas que cooperan entre sí buscando el bien común aumentan, con ello, su bien propio, porque entienden que no hay una oposición total entre el bien de la sociedad y el bien individual, ya que no hay individuo sin sociedad, ni sociedad sin individuos. La cooperación necesita de la convicción personalmente asumida y socialmente fomentada de que nada hay más útil para el ser humano que buscar la utilidad de la sociedad en su conjunto, cosa que se logra, no cuando cada individuo busca su propio beneficio de manera aislada, sino cuando se respeta la igual dignidad de todos los individuos y se sitúa a ésta por encima de todo. 

El individuo que se guía únicamente por la racionalidad maximizadora de beneficios -es decir, el sujeto propio del liberalismo individualista, el "egoísta racional"- se sitúa en el nivel preconvencional según el esquema de evolución moral de Kohlberg: juzga lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, siempre según una lógica de premios y castigos, sin ser capaz de ver más allá de su propio interés inmediato. El esquema de razonamiento propio de este nivel es el egocentrismo: el yo como centro de operaciones del mundo. Es un esquema claramente infantil, propio de las primeras etapas de la vida. El egoísta no acierta a comprender que su misma condición individual es dependiente de la existencia de una sociedad, a la cual está unido a través de muy diversos vínculos. 

La idea de que el apoyo mutuo nos constituye no es una idea surgida sólo de la tradición filosófica, sino que tiene también soporte científico. Es decir, el propio estudio científico de las realidades humanas avala la visión humanística de la filosofía según la cual no es el egoísmo la base del comportamiento humano, sino en todo caso una mezcla inextricable de egoísmo y altruismo. 

Según Marc Hauser, la reciprocidad fuerte es la "predisposición a cooperar con otros y castigar a quienes violan las normas de cooperación, con coste personal, aunque sea poco plausible esperar que dichos costos vayan a ser reembolsados por otros más adelante". (3) La evolución nos habría equipado con una habilidad especial para hacer el cálculo de costes y beneficios de cualquier contrato social. Por eso, hasta en un pueblo de demonios, cualquier ser inteligente preferiría los beneficios de una reciprocidad fuerte antes que los efectos de un estado de naturaleza suicida. La economía ganaría más si se basara en un modelo constitucional.

Un equipo de científicos de la Universidad de Michigan que analizó el modelo del dilema del prisionero, llegó a la conclusión de que la especie humana se hubiera extinguido si sólo exhibiera comportamientos egoístas. Cualquier ventaja obtenida de la traición tiene una vida corta. Y al final, según los investigadores, prevalecen los grupos más colaboradores. (4)

En el dilema del prisionero se ejemplifican aquellas situaciones en las que los implicados se sienten tentados a no cooperar precisamente porque no pueden comunicarse. Sin embargo, cooperar beneficia a ambas partes. Cooperando, los dos prisioneros renuncian a una parte del total de beneficio posible a cambio de ganar algo seguro en lugar de dejarse llevar por la ambición de querer el máximo. La cooperación es posible cuando hay confianza. Esta confianza se genera sobre la base de pactos. La confianza requiere comunicación.

La confianza es regla de supervivencia y sin ella ni siquiera el yo se construye. Por eso hemos de dar por buena la aceptación de la identidad personal como identidad compartida, que se expresa en el recurrente tema del amor. Amor como "filia", como "eros" y como "ágape" o concordia, celebración conjunta de la alianza entre seres humanos. 

Carlos Castilla del Pino afirma que el sentimiento de confianza/desconfianza describe la estructura básica, fundamental, del sujeto y sus yoes, con lo que el principio regente de toda relación interpersonal se formularía como "no hay no confianza; o, de otra forma: siempre ha de haber [alguna] confianza". (5)

Para Luhmann la completa ausencia de confianza "impediría incluso que alguien se pudiera levantar por la mañana. Sería víctima de un sentido vago de miedo y de temores paralizantes". (6)

La confianza exige un alejamiento sistemático de todo orden social sustentado en la mera fuerza. Sería una burla que apelasen a la confianza aquellos que detentan el poder en regímenes opresores donde no se concede a las personas la más mínima libertad de expresión. La confianza falta también allí donde lo que se estila es el compadreo y el conformismo primario y sectario de la inercia y la costumbre. 

La lucha es necesaria, pero bajo el signo de la confianza que demanda un pacto y reajuste constantes. El conflicto es una parte integrante de la realidad tan necesaria como la cooperación para el funcionamiento de cualquier sistema. Pero, en último término, no sería el conflicto lo que define la pauta de la integración del individuo en la sociedad, sino la cooperación, pues sin ésta no puede haber ni siquiera vida en común. Por eso incluso las situaciones que implican conflicto en ciertos aspectos exigen que se de cooperación en otros aspectos. Por ejemplo: la lucha de los que oprimidos contra el opresor exige cooperación entre los primeros para lograr derrocar al segundo. 

Para que se de una cierta armonía entre los diferentes bienes que persiguen los individuos es necesario que la sociedad tenga mecanismos justos de resolución de los conflictos y es necesario que el poder esté equitativamente repartido de tal modo que nadie esté en situación desventajosa para el reconocimiento de sus derechos. Unos han de hacer dejación de sus jerarquías porque son sujetos privilegiados y otros han de avanzar decididamente hacia la creación de su propio poder.

La democracia no puede existir sin confianza, pero la confianza tampoco puede existir sin democracia. Por ello la democracia ha de ser integral: política, económica y cultural. Requiere deliberación pública y soberanía ciudadana, una economía cooperativa basada en el bien común y el acceso igualitario a la educación y al conocimiento por parte de todos. Porque no puede haber confianza allí donde reina la corrupción, la mentira y la demagogia, donde no existe transparencia en las decisiones políticas, donde los medios de comunicación manipulan a la opinión pública, donde la distancia entre los gobernantes y los gobernados es cada vez mayor, donde hay exclusión social, miseria y falta de educación, donde el control de las instituciones democráticas ha sido secuestrado por oscuros poderes financieros, donde se han roto las reglas del juego del más elemental consenso basado en el respeto a los derechos fundamentales, etc.

Como señala Christian Felber, "mientras en la economía de mercado se promueva el beneficio y la competencia y se apoye la extralimitación de unos contra otros que provoca, no será compatible con la dignidad humana ni con la libertad. Se destruye sistemáticamente la confianza social (...)" (7)

En el fondo, la confianza es una apuesta, porque el humanismo, lejos de ser una fe ciega en el progreso infinito de la humanidad o una antropología ingenua basada en la idea (metafísica) del hombre bueno por naturaleza, se basa en la convicción de que el ser humano es un ser abierto a diversas posibilidades en cada momento, lo que quiere decir que en cada tránsito de la historia y de la vida tiene la posibilidad de mejorar o empeorar el mundo tal como le ha sido dado. Y, siendo esto así, es necesario apostar por lo primero, porque lo que es innegable es que si no apostamos por ello no lo conseguiremos jamás. 

Apostar por la cooperación, el apoyo, la solidaridad, es querer realizar la parte más excelente de nuestra naturaleza. Así que la única opción por la que merece verdaderamente la pena vivir es cuidar, mejorar y embellecer la vida que tenemos entre nuestras manos. Algo que, necesariamente, exige confianza, en nosotros mismos y en nuestros semejantes.

Así, la confianza se nos revela en un doble sentido: confianza en la constitución básica de los seres humanos y confianza en la capacidad de la razón y del corazón para conocer y poner en práctica esa naturaleza. Se trata de un humanismo irreductible, basado en la afirmación de los sujetos, de su fuerza propia como antídoto contra el miedo; afirmación que produce alegría, que nos aleja de los autoritarismos y que da lugar a una concepción de la ética como "salud integral" del ser humano, opuesta a la coacción, la heteronomía y la impotencia.


Notas:


2. Gerard Marandon, "Más allá de la empatía, hay que cultivar la confianza: Claves para el reencuentro intercultural", Revista CIDOB d'Afers Internacionals, num. 61-62, pp. 75-98

3. Marc D. Hauser, La mente moral, Paidós, Barcelona, 2008, p. 112


5. C. Castilla del Pino, Teoría de los sentimientos, Tusquets, Barcelona, 2000, Apéndice E, "La sospecha", pp. 319-335

6. N. Luhmann, Confianza, Anthropos, Barcelona, 2005, p. 5

7. Christian Felber, La economía del bien común, Deusto, Barcelona, 2012, pp. 36-37