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¿Quién quiere aún ser virtuoso?


Lugar de la virtud en un mundo líquido

Areté griega, virtus romana: una vida orientada obstinadamente hacia lo bueno y lo correcto. La propuesta clásica de virtud se desdibuja tras el desmantelamiento de los grandes relatos. La posmodernidad líquida ha vaciado el concepto hasta reducirlo a una carcasa hueca, y los valores neoliberales la desdeñan por lo que tiene de improductiva. Y, sin embargo, ¿cabe proyecto individual o colectivo sin ella?  


En nuestros tiempos de tensión entre el relativismo posmoderno y los fundamentalismos de todo tipo (incluidos los tecnológicos), hablar de virtud, al estilo de los antiguos, suena seguramente anacrónico e ingenuo. En el mundo neoliberal no interesa la virtud, sino la prosperidad individual; que esta se logre a costa de los demás, o del mundo entero destruyendo el frágil equilibrio de la nave Tierra, sumiendo en la miseria a masas incontables de seres humanos, es algo absolutamente accidental, un precio que hay que asumir o, mejor, ignorar. El neoliberalismo ha elevado a Hobbes a profeta la lucha de todos contra todos, el Leviatán estatal asegurando el orden y el status quo y, aunque no lo admita, ha confirmado la teoría de Marx, al apuntalar el sometimiento de unas clases por parte de una oligarquía privilegiada. ¿Quién quiere aún ser virtuoso?
Y, no obstante, tal vez la mayoría sigamos queriéndolo, cada cual a su manera. Mientras sobrenadamos el mundo líquido, manoteamos a nuestro alrededor con la esperanza de encontrar algo a lo que asirnos. Quizá la recuperación de la idea de virtud sea la única puerta de salida para los que estamos atrapados en el neoliberalismo salvaje de nuestro siglo. El ideal clásico de virtud como apuesta por una ética de lo objetivamente valioso puede ser la brújula que nos oriente, individual y colectivamente, en nuestro mundo desnortado.
Nunca tuvimos tantos mapas y, a la vez, tan poca claridad sobre qué ruta seguir. Ignoramos cómo guiar nuestra vida de un modo fructífero, porque nuestra voluntad ha quedado reducida al trabajo para consumir. No es cierta la jaleada muerte de los grandes relatos (el cristianismo, la Ilustración, el marxismo…); sobre las ruinas de estos hemos edificado el más inapelable: el relato de la producción y el consumo. Somos, como dice Byung-Chul Han, sujetos de rendimiento: tanto rindes, tanto vales; cabría añadir que ese valor que nos proporciona el rendimiento alcanza su expresión más consagrada en el consumo: vales porque rindes, y lo demuestras comprando. El desempleo no es angustioso solo porque limite los recursos materiales, sino también porque despoja de los dos únicos sentidos que parece tener la vida: rendir y consumir.
Actuamos como autómatas en manos de ese relato único, un relato que escenificamos cada día lo queramos o no. El relativismo no nos ha hecho más libres, ni más autónomos, ni más satisfechos. Y no porque los viejos relatos no mereciesen ser cuestionados —hay que cuestionarlo todo, siempre—, sino porque su resquebrajamiento solo nos ha conducido a la imposición, en buena parte inconsciente, del relato único neoliberal. Hemos derribado los viejos templos para ser más libres, y no hemos tenido la precaución de quedarnos con lo que su legado pudiera tener de valioso para levantar nuestras casas. No hay nadie más fácil de capturar que el que no sabe adónde va. Y eso es lo que han hecho los mercaderes. En puridad, hoy no existe ni siquiera política verdadera: los gobiernos son agentes de las grandes corporaciones, y estas constituyen el auténtico poder que rige nuestros destinos.

Hace pocos años, con el estallido de la crisis económica, ha cobrado forma la figura del ciudadano indignado. La indignación parece un saludable cuestionamiento del relato único neoliberal. Hay que admirar a mucha gente que se ha comprometido en la protesta y la reivindicación, rebelándose contra la permanente persuasión al conformismo. Los aislados individuos de la posmodernidad han encontrado nuevos polos en torno a los cuales unirse y luchar. Sin embargo, el recorrido de la mera indignación, por espectacular y creativo que se presente, es ineludiblemente corto. Los movimientos de indignados no cuestionan el sistema, solo reclaman un encaje más favorable en él. En el fondo, sueñan con restablecer aquel efímero capitalismo optimista y paternalista que se ensayó en el Estado del bienestar.
Hay que admitir que el Estado del bienestar fue un invento brillante, un compromiso entre las masas trabajadoras y las oligarquías que daba pie a un cierto reparto de la prosperidad. De ahí su agradable aroma a justicia social: el aroma de un café que, aunque fuese más para unos que para otros, no dejaba de alcanzar a todos hasta un punto razonable. Yo creo que un buen puñado de generaciones habríamos podido nacer, crecer, reproducirnos y morir sin mayores problemas en un Estado del bienestar que hubiese mantenido su protección a unos derechos elementales y su garantía de cobertura de las necesidades básicas. Realmente, no es poco, y ya lo quisieran para sí las grandes masas que, en muchas regiones del mundo, ni siquiera han tenido la oportunidad de disfrutarlo antes de su implosión. 
Pero Marx ya nos avisó que el capitalismo incluso ese capitalismo paternal del New Deal guarda en su seno contradicciones que acaban por reventarlo. El capitalismo se basa en el “siempre más”: producir más, vender más, ganar (quien gana) más. Lamentablemente, los recursos son limitados, y los mercados se saturan. En cambio, la ambición de los capitalistas es ilimitada; llega un momento en que, para seguir llenando sus bolsillos al ritmo que pretenden, no hay más remedio que cerrar el grifo. Menos café para repartir entre el resto. De repente, el manto del benévolo Estado protector se ha encogido, y la mayoría de los ciudadanos se han visto, de la noche a la mañana, en una intemperie que habían olvidado.
Porque unas pocas décadas de Estado del bienestar nos hicieron pasivos y acomodados, nos acostumbraron a que otros se hicieran cargo de nuestras necesidades. La indignación no cuestiona el problema de fondo el capitalismo y sus contradicciones, se limita a levantar la voz para recordar el compromiso de (cierto) reparto de riqueza que creíamos perenne y resultó ser solo provisional. Nos prometían trabajo para toda la vida y una jubilación digna; nos prometían educación y futuro para nuestros hijos; nos prometían unos servicios (salud, transporte, también ocio) cuya calidad estaría en crecimiento perpetuo. Nos hicieron creer, incluso, que gobernaban para nosotros, es decir, para que esa vida que considerábamos buena se materializara. Mientras los grandes relatos se iban resquebrajando, perdíamos con ellos la conciencia de la realidad: de las grandes masas de miseria, del saqueo a la naturaleza, de la permanencia del poder en manos de las grandes corporaciones, de la ilusión de libertad que disfrazaba la dependencia… Perdimos la conciencia y con ella las convicciones que mueven y los valores que guían. El estómago lleno nos hace olvidadizos. Así que dejamos de oponernos al sistema: nos indignamos, con razón, añorando lo perdido mientras procuramos aferrarnos a lo que nos queda; pero ya no tenemos nuestra propia alternativa.

Podemos reinventar esa alternativa. Volver a pensar por nosotros mismos y separar lo que queremos de lo que no queremos. Podemos volver a ser dueños de nuestros valores y de nuestras metas; decidir lo que es digno y trabajar por ello. ¿No es eso una vida virtuosa, no es la eudaimonía que perseguían los griegos y por la que abogaba Aristóteles? Reclamar la virtud es recuperar la autonomía para elegir lo valioso y dedicarle nuestras fuerzas. Es proclamarse libre y ejercer esa libertad. Sin fanatismos, pero con convicción. Sin renunciar nunca a la prudencia y el sentido común, eso que los griegos llamaban phrónesis y es, en sí misma, una virtud; pero avanzando, siempre avanzando, con los ojos bien abiertos y el pensamiento despierto.
Aristóteles hablaba de la areté, “excelencia”, y la interpretaba como un modo de actuar consecuente con la propia naturaleza. Él contaba con que los humanos poseemos una naturaleza esencial e inmutable: es comprensible que considerara que la acción apropiada es la que responde a esa esencia. Los estoicos pensaron lo mismo, y toda su ética gira en torno de vivir conforme a nuestra naturaleza esencial. Desde el punto de vista actual, la idea de una esencia humana resulta como poco problemática. Sin duda tenemos características que nos definen al margen de nuestra voluntad: la biología y la genética nos revelan un sustrato configurado por simple herencia. Pero ellas mismas se apresuran a impugnar el determinismo: la expresión de ese sustrato depende del ambiente, de la experiencia y de la acción. En nosotros, la biología se hace contingente en forma de Historia. Nuestra voluntad también cuenta. Luego hay margen para la libertad; de hecho, como repetía Sartre, la libertad es ineludible. “Un hombre es lo que hace con lo que otros hicieron de él”. Por tanto, más que de acción acorde a nuestra naturaleza, tal vez la areté consista en la acción apropiada a los valores por los cuales hemos decidido optar.

Cada cual puede trazar su propio camino de virtud, pero ese camino discurre por el mundo y debe atenerse a él. Es más, ese camino no puede realizarse sin una cierta transformación del mundo. Desconfío de los que recomiendan cambiarse a uno mismo para cambiar lo demás, no porque no tengan razón, sino porque la evolución individual es tan ardua (y tan ausente) que podemos pasarnos la vida recluidos en ella, desentendiéndonos del mundo. Suena a excusa y a consejo de resignación. Claro que hay que empezar por uno mismo, pero, ¿de qué nos sirve si no se materializa en el encuentro con los demás, en compartir, en dialogar, en luchar para construir la virtud colectiva? ¿Acaso vivimos al margen de la sociedad que establece nuestros derechos y nuestros deberes, y de las decisiones de sus gobernantes? La virtud solitaria, como el vicio solitario, es deslucida e incompleta, siempre se queda a medias. Lo digo con todo el respeto hacia los místicos y hacia los amantes del retiro, entre los que me cuento. Pero, como dijo el Eclesiastés, hay un tiempo para cada cosa. La virtud que vale es la que baja a ensuciarse en el barro de la plaza.
Invitémonos unos a otros a rehabilitar la noción de virtud, tanto en su versión individual, íntima, como en su vertiente de obra colectiva, pública. La primera para ganar el buen vivir, para hacer que nuestra vida sea valiosa y satisfactoria, para componer la eudaimonía. La segunda para que nuestro hallazgo revierta en los demás y así nos vuelva de ellos, para que fructifique en el amor y la amistad, para que vaya más allá de nosotros y cristalice en la construcción de un mundo mejor para nuestros hijos. Imposible una sin otra. Ni siquiera los estoicos y los epicúreos renunciaron a implicarse en el mundo. Todos ellos eran conscientes de la naturaleza candentemente social del ser humano. Incluso mientras nos apartamos, estamos teniendo a los demás como referencia. Salud y virtud para todos.

Publicado en mi blog Filosofías para vivir 11/09/2018 

Introtopía

Fragilidad del narcisismo posmoderno

La posmodernidad neoliberal reinventa el mito de Narciso, poblándose de individuos que viven para sí mismos, héroes solitarios que se autoayudan y se autorrealizan, sumidos en la magia de sus sueños. Pero Narciso no es feliz. Tal vez le convenga cuestionar su egocentrismo omnipotente y redescubrir la comunidad.     


Ya lo menciona Zygmunt Bauman: la globalización posmoderna ha erosionado, paradójicamente, el valor y la propia noción de lo común; cada cual tiene que arreglárselas solo. A la dimisión de la utopía se responde con la retrotopía (vuelta atrás, según Bauman) y, añadiría yo, con la introtopía: el sueño de la realización personalizada y lograda individualmente.
Se trata de triunfar a toda costa, de sacarle partido al mundo al servicio de nuestras intenciones egocéntricas. Recluidos en nuestras celdas de la colmena atomizada, nos entregamos a una orgía masturbatoria de “pensamiento positivo” y sueños megalómanos: basta con poner suficiente empeño y con acudir, si acaso, al especialista indicado (gurú, terapeuta, coach…) que nos enseñe a hacerlo. La propia moralidad, cuyo sentido originario es social, se privatiza y se convierte en autorreferente, como explica Bauman: “de ser el principal aglutinante que salvaba distancias y acercaba posiciones entre las personas y, en definitiva, las integraba, ha pasado a convertirse en una más de la ya larga y aún creciente lista de herramientas de división, separación, disociación, alienación y laceración”.
Es obvio que tales espejismos reavivan el temprano sueño narcisista de una autarquía absoluta: triunfar sobre todos sin necesitar a nadie. Ese narcisismo subyace, por ejemplo, en la pseudomística de la conexión directa con las fuerzas del universo. Algunos gurús lo han expresado rotundamente: “Concéntrate en lo que deseas y el universo entero conspirará para que se cumpla”. Es la apoteosis mágica de la voluntad omnipotente. Ni siquiera hace falta esforzarse, basta con desear. “Piense y hágase rico”: la autarquía es puramente mental, es una psicoautarquía de sillón y libro de autoayuda (literatura, en palabras de Bauman, “sobre cómo convertirse en narcisistas y cómo disfrutarlo sin cargos de conciencia”). Basta con cambiar los pensamientos para que nos cambie la vida. Como decía mi terapeuta, ¡ojalá fuera tan fácil!
Las ancestrales y humildes plegarias han pasado a entenderse como hechizos tras el ocaso de los dioses. Lamentablemente, no somos ni dioses ni magos, y el único poder de los mantras es que, como el rosario de nuestras abuelas, nos calman con su cantinela y nos sumen en un dulce aturdimiento. Reiterarnos los deseos puede ser útil en tanto dirige a ellos nuestra atención y nuestra acción, no porque sean despachados en ninguna oficina sideral de pedidos.
Nada más sano para nuestro narcisismo que un nuevo giro copernicano que nos vuelva a echar del centro del cosmos. Porque la realidad es todo lo contrario: somos nosotros los que orbitamos en torno a innumerables condicionantes (los genes, la propaganda, el consumo, el capital, el deterioro del entorno…). Nos dicen: “El mundo es tuyo, cómetelo”, y nosotros, como buenos Narcisos, abrimos la boca, mientras él nos devora; buena parte de la humanidad vive sumida en guerras y crisis de subsistencia, y las propias sociedades opulentas asisten a una precarización del trabajo y del nivel de bienestar.
El mito de la introtopía, pues, hace aguas por todas partes. Lo valioso escasea tanto como siempre, y solo es accesible junto a los otros y a través de otros. El universo, por mucho que nos identifiquemos con él y queramos verlo como un ámbito de armonía y belleza, sigue siendo frío, indiferente, inseguro, erizado de cataclismos; no solo no suele darnos la razón, sino que continúa oponiendo a nuestras pretensiones la resistencia pantanosa de la facticidad. Vivir sigue siendo difícil y arriesgado, y para ello no contamos con más apoyo que el de la solidaridad y el intercambio. Narciso tendrá que madurar.

La presencia virtual

Realidad e interpretación en las redes

El ciberespacio: ¿evasión de la realidad o más bien una nueva versión de lo real?

El hombre es un dios cuando sueña
y un mendigo cuando reflexiona.
F. Holderlin.

Tal vez esta vida ausente que llevamos, donde lo virtual le gana terreno a la realidad, no esté tan mal, en el fondo. Perdemos una dimensión, sí, pero ganamos otra. Quizá no estemos muy presentes en el lugar donde estamos, pero las fotos y los comentarios que colgamos sobre él construyen otro que se le parece. ¿No es eso, para bien o para mal, lo que hemos hecho siempre? Creamos nuestro propio mundo imaginario construido con nuestras percepciones, nuestras impresiones, nuestras expectativas… y nos desenvolvemos en él como si fuera real. En ese juego del “como si…” reside el sentido, que es completo en sí mismo, y nos queda más cerca que la siempre fragmentaria realidad.
Muchas veces, cuando voy de excursión, me descubro a mí mismo contemplando, en lugar de los bosques, los riscos o las flores, estampas para fotos interesantes. ¿Me aíslo del paisaje, o más bien lo estoy recreando? La pasión fotográfica limita, sí, mi presencia en la naturaleza, la recorta por los límites de un determinado encuadre. Pero, ¿no demostró Kant que es siempre así nuestra aproximación a las cosas?
¿Quién puede abarcar la infinitud de un lugar, de un solo instante? Vemos lo que queremos (o lo que no queremos) ver, vemos lo que sabemos ver. Con ese concepto (encuadre o marco, "frame"), es como algunos estudiosos denominan nuestra peculiar ordenación de las percepciones: todo nos llega a través de nuestros marcos personales. Es el modo de hacer las cosas nuestras, de adentrarnos en ellas, de incorporarlas a nuestra particular construcción del mundo. Un mundo al que accedemos haciéndolo propio, con la esperanza de que la versión de él que concibe nuestra mente no se aleje demasiado del modelo que suponemos existe “ahí fuera”. Los ignorantes y los locos, ¿son exiliados del mundo o de la visión que se admite convencionalmente sobre él?
¿Acaso no estamos todos un poco locos? ¿Acaso no somos todos ignorantes? Aprender es, quiere ser, afinar nuestra visión para que gane en fidelidad a lo real. “Alta fidelidad”: nuestras pantallas ganan en precisión, nuestros altavoces reproducen con exactitud los sonidos originales. La tecnología es un mundo que imita al mundo cada vez mejor. Pero la mente no imita: interpreta. Imprime significado. Lo que vemos en la pared de la caverna platónica no son sombras, sino proyecciones. 

Antes, los viajeros escribían cartas o postales, pintaban cuadros o se llevaban objetos de recuerdo para adornar sus salones. Bartolomé de las Casas retrató la crueldad de los conquistadores. Montaigne glosó sus viajes como ejemplo de la diversidad de modos de vida. Darwin siguió una larga tradición de expediciones científicas, y de sus notas y sus dibujos surgiría un giro copernicano para la biología. Montesquieu imitó el epistolario del viajero en sus Cartas persas, y Cadalso le imitó a él en sus Cartas marruecas. Los diarios de viaje integran un verdadero género literario, que no busca tanto retratar lo que se ve como las impresiones de uno ante lo que ve.
También hoy usamos los lugares que visitamos para encontrar en ellos algo de nosotros. Por eso les hacemos fotos, los grabamos en vídeo, los narramos por escrito, con la intención de apropiarnos de ellos, además de hacerlos perdurar en la memoria y atenuar así la insoportable levedad del ser. Pero lo que no se comunica es como si no existiera, es como si nos perteneciera menos. Nuestro mundo interior anhela verterse en el exterior. Por eso lo exponemos todo en ese gran escaparate de la vida (tal como la queremos enseñar) que es internet. Allí lo encontrarán, sin duda, muchas más personas que las que verían un álbum que guardamos en casa, y cientos, tal vez miles de “amigos” desconocidos conocerán nuestras impresiones en blogs o webs, en Twitter o en Facebook, y quizá nos dejen sus opiniones como estelas congeladas de su paso…
Porque en internet todo queda (y quizá más tiempo que nosotros). Es cierto que, a la vez, todo pasa, arrastrado bajo el imparable aluvión de la permanente novedad, pero, ¿no fue siempre así? Lo único que ha hecho la tecnología ha sido intensificar lo que ya sucedía: acelera el tiempo (nuestro testimonio es inmediato, y a la vez se disipa casi al instante), multiplica la cantidad al infinito (y comunicamos más y a más, pero al mismo tiempo nuestros mensajes se arrumban en el gigantesco depósito de remotos almacenes de información). Si todo eso desborda nuestra medida es porque ha alcanzado la medida de nuestra imaginación: el Big Data es ya una monstruosa avalancha de información que nos engulle si pretendemos abarcarla.

Confieso que a mí Facebook no me gusta. Me incomoda ir dejando cada día huellas de mi rastro vital, y estar pendiente de lo que hacen los otros. Quizá simplemente me aburra, o no me guste porque soy un solitario (también cibernético), y en tal caso no puedo reprocharle nada. Pero de entrada me parece que consume buena parte del tiempo libre, y se lo escatima a la presencia.
Sin embargo, a veces me pregunto si no se tratará, más bien, de otro tipo de presencia. Porque no deja de ser un modo de acompañarnos, de saber unos de otros, de escabullirnos un poco del aislamiento que nos impone la sociedad de la producción. Mejor Facebook, supongo, que ver la televisión, aunque a veces parezca que es como una televisión que habla de gente conocida. Mejor Facebook, a veces, que estar solo, aunque estemos solos cuando entramos en él, aunque consista en una vida postiza. Porque hay presencias que parecen virtuales, y virtualidades que quizá tengan más solidez que algunas presencias. Claro que nada podrá sustituir al gesto, a la mirada, al contacto físico, pero es evidente que no se trata de sustituir, sino de complementar, incluso de interpretar, como las cartas y los libros, como las fotos y los diarios.
Siempre hemos vivido en un mundo paralelo: el de nuestras fantasías, nuestros temores y nuestras esperanzas. Ahora lo hemos hecho más rápido y más grande. Si eso acaba arrastrando nuestra vida, y convirtiéndola en “líquida”, como reflexiona Zygmunt Bauman, tal vez sea porque no queremos estar en ella, porque no nos atrevemos a quedarnos y preferimos correr y correr, ciberesfera adentro… La vida ya era ilusión, a veces feliz y otras terrible. Allá donde vayamos (también en internet) no encontraremos más que nuestros ángeles y nuestros demonios. Esos son nuestros testimonios de viaje. Ni más ni menos.