Buscar respuestas en la filosofía, entrevista a Luis Diego Fernandez

Entrevista a Luis Diego Fernandez en canal Metro.
¿Por qué la gente busca respuestas en la filosofía?, pregunta de fondo en la entrevista que Canal Metro hace a Luis Diego Fernandez, el escritor y bloggero defiende una mirada hacia la actualidad cuando habla de hacer filosofía de lo cotidiano, él se refiere a ideas modernas y actuales, que pueden pertenecer a figuras del pop tanto como a sabores gastronómicos. 

Hace tiempo que conozco a Luis, se trata de un escritor muy comprometido con la linea creativa de la filosofía, interesado por los "acoplamientos cotidianos" de las ideas con la gente corriente. Parece que no interesa una filosofía académica tanto como una filosofía de vida, es decir, una filosofía útil afianzada en los individuos de nuestro tiempo, esa que podemos utilizar usted y yo en nuestro mundo moderno.

También responde el filósofo argentino a dilemas filosóficos como el antiguo enfrentamiento entre Marxismo y Psicoanálisis, o el actual oficio de pensar la vida intima en filosofía.

Ética homérica

Ética homérica.
Como sabemos, los orígenes se remontan a Grecia, nuestros orígenes como pensadores. La ética es algo que nos ha acompañado a lo largo de nuestra existencia, pues bien, no es menor su influencia en relatos como la Ilíada. La moral heroica es un tema tratado en el libro y pone de manifiesto su endeblez.
La Ilíada es deudora de toda una tradición anterior oral. Se discute aún si fue primero compuesta oralmente y luego escrita o si sólo se escribió. Los hechos que se narran, de lo que no me ocuparé, se datan hacia la época de la Edad Oscura. En el mundo épico, la moral es agónica en sentido de enfrentamiento. El agón es algo muy representativo de la sociedad griega en tanto que se forma la democracia, su significado es el de enfrentamiento pero en el sentido de disputa verbal como pudiera ocurrir, por ejemplo, en el ágora. Los héroes eran los reyes, basilei, y todos eran iguales en cuanto a rango mientras que no había ninguno por encima. No había un basileús de basilei. El resto conformaba el grueso de la tropa, laoi, mientras que el rey era llamado promachoi significando el que combate en primera fila. Los combates se convierten así en un cuerpo a cuerpo entre héroes y no a lo que hoy en día estamos acostumbrados. Eran nobles, aristoi, un rango que les viene de nacimiento y se suponían los mejores en algo. Se les aplicaba el aristeuein, el deber de sobresalir en el combate convirtiéndose en una obligación para con el resto. Debían también demostrar por qué lo eran y seguir mereciendo esa cualidad, debiendo para ello matar a otros en el combate y siendo este otro aspecto de esta moral griega. Asociado a esto debían sobresalir también con la palabra, destacar en el ágora, habiendo siempre un ganador y un perdedor. Cumpliendo con estas asignaciones el héroe conseguiría la excelencia, areté, siendo además un esfuerzo exigido por él mismo pues si consigue esta gloria su nombre no se borrará de la historia y será una forma de inmortalidad. Este es un punto fundamental para entender el mundo épico, el kléos áphthiton, la gloria imperecedera. La única manera de alcanzarla es muriendo en combate. Pero la intención de Homero no era mostrarnos la moral de aquel entonces, sino criticarla. Así podemos ver que en el largo, maravilloso y extraordinario parlamento de Aquiles, algo que no era normal en poemas de estas características, pone en cuestión una ética que a pesar de seguirla él mismo y morir en ella sabe que no es lo mejor. Como se puede ir observando a lo largo del texto, consta de muchas repeticiones y discursos apoyados en dioses, unos dioses ausentes, mientras que este discurso del héroe por antonomasia es ya una argumentación y respuesta a lo que sus amigos más íntimos le proponen siendo mediadores entre él y Agamenón. La argumentación no es algo que sale por casualidad, está metida de manera que en el momento más crítico pueda poner la puntilla a esa moral decadente. La primera razón que da es el que nada se agradece en estar luchando durante diez largos años por algo que la mayoría de los aqueos no les incumbe como es el ultraje inferido a Menelao por parte del príncipe troyano y la esposa del aqueo. Esto se entiende mejor sabiendo que la alianza entre basilei tiene como pacto la philotes, un vínculo por el cual ninguno es más que el otro y que implica la ayuda y reciprocidad. Así se justifica la venganza y la conducta despiadada. A esto se le une la humillación por parte de Agamenón que sufre el héroe y podemos entender que:
Ya que para nada se agradece ("ouk tik charis") el combatir siempre y sin descanso contra los hombres enemigos. La misma recompensa obtiene el que se queda en su tienda que el que pelea con bizarría; en igual consideración son tenidos el cobarde y el valiente; y así muere el holgazán como el laborioso. Ninguna ventaja me ha procurado sufrir tantos pesares y exponer mi vida en el combate.  Ilíada IX, §314-319
Aquí aparece la muerte como igualadora de todos los hombres. Al contrario que la moral presente, siendo la muerte la posibilitadora de una inmortalidad, hay una apología de la vida. No hay ningún tipo de diferencia cuando llega la hora de la muerte, puedes ser el mejor de los aqueos o de los teucros pero morirás igualmente. Matar y morir deja de tener sentido en la vida de Aquiles. Un diálogo de Sarpedón muestra lo contrario: hay muchos tiempos de muerte aunque en realidad sea una:
SARPEDÓN-¡Glauco! ¿Por qué a nosotros nos honran en la Licia con asientos preferentes, manjares y copas de vino, y todos nos miran como a dioses, y poseemos campos grandes y magníficos a orillas del Jano, con viñas y tierras de pan llevar? Preciso es que ahora nos sostengamos entre los más avanzados y nos lancemos a la ardiente pelea, para que diga alguno de los licios, armados de fuertes corazas: "No sin gloria imperan nuestros reyes en la Licia; y si comen pingües ovejas y beben exquisito vino, dulce como la miel, también son esforzados, pues combaten al frente de los licios". ¡Oh amigo! Ojalá que, huyendo de esta batalla, nos libráramos para siempre de la vejez, y de la muerte, pues ni yo me batiría en primera fila; ni te llevaría a la lid, donde los varones adquieren gloria; pero como son muchas las clases de muerte que penden sobre los mortales, sin que éstos puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y daremos gloria a alguien, o alguien nos la dará a nosotros. Ilíada XII, §310-328
Y también aparece el amor cuando dice:
¿Por qué el Atrida ha juntado y traído el ejercito? ¿No es por Helena, la de hermosa cabellera? Pues, ¿acaso son los Atridas los únicos hombres, de voz articulada, que aman a sus esposas? Todo hombre bueno y sensato quiere y cuida a la suya, y yo apreciaba cordialmente a la mía, aunque la había adquirido por medio de la lanza. Ya que me defraudó, arrebatándome de las manos la recompensa, no me tiente; le conozco y no me persuadirá. Ilíada IX, §332-339 
Este es el suceso por el que Aquiles decide no ir a combate y es también objeto de esta reflexión. Al principio de la narración, Agamenón arrebata su recompensa, géras, elemento material por el cual la gloria es alcanzada. Sin él no hay reconocimiento, timé, por lo tanto sin estos pequeños pasitos no alcanzará su tan ansiado sino. Podemos entender que "en nada se agradece" ya que, epei, si muere lo hará sin gloria como uno más y es preferible irse de allí como aconseja a sus allegados Odiseo, Ayante y Fénix. Este "ya que" es un elemento muy importante, mientras que a lo largo del texto se van dando fórmulas más o menos hechas de acuerdo con la rima y ritmo del poema (recordemos que es lo que es, un poema recitado por un aedo o juglar) aquí encontramos una base de razonamiento. Es importante entenderlo porque aquí se desmarca de la tradición y pone la puntilla a esa moral que estamos tratando. Habla ya del hombre general, algo muy significativo si bien antes quien tenia renombre eran los ya nombradosbasilei, e incluso se pronuncia de manera universal cuando dice "todo hombre bueno y sensato", hostis aner agathós. Lo más excepcional de la épica y algo que no se da nada más que aquí son los términos subrayados, puesto que nunca van unidos. Encontramos también una contradicción en el modelo heroico. En principio son hombres cuya obligación es defender a la comunidad por ese pacto que les viene dado de por sí, pero por encima de todo ponen su interés particular arrastrando a la comunidad también a la desgracia. Por encima de las vidas de todos está la gloria y está muy bien representado en el texto por el papel que juega Héctor, ya que primero es "domador de caballos" y acaba siendo "el que mata a los hombres".

REFERENCIA
Ilíada - Homero

Pequeña biografía de Hegel en vídeo

Hegel: Lecciones de filosofía y estética.
El núcleo del pensamiento estético de Hegel está en lo que entiende por belleza. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (Stuttgart, 27 de agosto de 1770 Berlín, 14 de noviembre de 1831), filósofo alemán nacido en Stuttgart, Württemberg, recibió su formación en el Tübinger Stift (seminario de la Iglesia Protestante en Württemberg), donde trabó amistad con el futuro filósofo Friedrich Schelling y el poeta Friedrich Hölderlin. Le fascinaron las obras de Platón, Aristóteles, Descartes, Spinoza, Kant, Rousseau, así como la Revolución Francesa, la cual acabó rechazando cuando ella cayó en manos del terror jacobino. Se le considera el último de los Más Grandes Metafísicos. Murió víctima de una epidemia de cólera, que hizo estragos durante el verano y el otoño de 1831.


El dilema social de estudiar filosofía

Estudiar filosofía es un dilema no ya individual, sino social.
Me gustaría plantear un dilema social que aparece -como no- en un libro magnífico, Antimanual de filosofía, de Michel Onfray.


Trata de la dependencia, e independencia -más bien individualidad- de la filosofía. Todo el libro rota sobre si mismo, de un marco conceptual a otro, de un filósofo y su historia, hacia su extremo. Y en todos los casos el autor pretende la siguiente pregunta, ¿Es la filosofía una ciencia individualizable?, pero, ¿a costa de qué?.

para responder debemos ponernos en la situación de un estudiante de bachillerato que se encuentra por primera vez con la filosofía, con lo que tiene que tomar una decisión que le afectará el resto de su vida, ¿estudio la filosofía en soledad, o dentro de un grupo de filosofía?.

Los que eligen estudiar “de memoria” o de forma individual, pueden a priori aprobar los exámenes, en cambio dificilmente se adueñarán de concepto alguno, y por lo tanto, tendrán poca autoridad sobre su propia vida. En cambio quienes opten por la segunda opción, tardarán más en acomodar palabra y concepto, idea y señal, o constructo y teoría. Pero a la postre se guiarán a ellos mismos y a sus círculos con la mayor de las suficiencias. Algo que es útil para los hombres. Siendo así que quienes elijan la pura individualidad, posiblemente pasen al lado de ideas parecidas, y les parezcan, justamente, inapreciables fuera de su propia idea.

Ahora me gustaría enmarcar este pequeño pensamiento en un ejemplo: imaginemos a cuatro estudiantes, tienen que decidir entre estudiar en grupo, o hacerlo por separado, saben que si lo hacen por separado tienen más posibilidades de aprobar el examen, y que si estudian en parejas de dos pueden aprobar, y a la vez coordinar y manejar ideas entre dos personas. Pero, si gestionan el aprendizaje como un grupo (de cuatro o tres) el manejo conceptual y la consecuente cantidad y calidad de divergencias posibles es mucho mayor, lo que repercute sobre su nivel de vida y satisfacción, pero que, en cambio hará más difícil (mayor numero de horas de charla y dificultad para encontrar una idea afín al grupo) aprobar el examen. En esta problemática los alumnos deben elegir entre lo que beneficia más a cada uno, o al grupo, es decir, se encuentran inmersos en un dilema social.

Creo que este es un bonito ejemplo aplicable a todos los dilemas sociales, y seguramente la base de muchos de ellos.

Os dejo con una cita que viene al caso de este magnífico libro, Habla Michel Onfray:
La filosofía como la corte de los milagros

Por supuesto, os deseo que no sufráis durante todo el año a un espécimen del tipo funcionario de la filosofía. Consideraos unos afortunados si no se cruza en vuestro camino y tenéis la suerte de pasar nueve meses (el tiempo de gestación del curso, ai menos para los que no se queden rezagados...) con un maestro socrático. Sabed, sin embargo, que raramente esas dos figuras aparecen separadas en las aulas y que las obligaciones escolares de enseñar un método de la disertación y de comentario de texto, la necesidad (lamentable para vosotros tanto como para vuestro profesor) de mandar deberes, corregir ejercicios, poner notas, la perspectiva de la Selectividad, todo eso obliga a cada profesor a componérselas, a dar bandazos entre la administración y la práctica de la filosofía.


De modo que, independientemente de vuestra mala suerte si sufrís a uno o de vuestra fortuna si encontráis al otro, debéis disociar al mediador de la disciplina de la disciplina misma. Con independencia de quien la enseña, la filosofía tiene tras sí casi treinta siglos de pensamiento y pensadores, en la India, en China (un mundo que no se enseña en Francia, puesto que tradicionalmente hacemos comenzar la filosofía, sin razón, en Grecia en el siglo vil antes de Jesucristo con los presocráticos, aquellos que enseñaban antes que Sócrates: Parménides, Heráclito, Demócrito, entre muchos otros), e igualmente en Grecia, en Roma y en Europa. Esos sistemas de pensamiento, esas ideas, esos hombres proponen suficientes preguntas y respuestas como para que saquéis provecho de un libro, un texto, de unas páginas o una figura cimera de ese universo singular.

En los programas oficiales se transmiten valores seguros, clásicos. La mayoría de las veces alteran poco el orden social, moral y espiritual, cuando no lo fortalecen claramente. Pero también existen, y en cantidad muy onsiderable, filósofos marginales, subversivos, raros, que saben vivir, reír, comer y beber, a los que les gusta el amor, la amistad, la vida en todas sus formas -Aristipo de Cirene (hacia el 435-366 a. de C.) y los filósofos de su escuela, los cirenaicos, Diógenes de Sínope (s. v. a. de C), y los cínicos, Gassendi (1592-1655) y los libertinos, La Mettrie (1709-1751), Diderot (1713- 1784), Helvecio (1715-1771) y los materialistas, Charles Fourier (1772-1837) y los utopistas, Raoul Vaneigem (nacido en 1934) y los situacionistas, etc.

No imaginéis, porque se os presenten prioritariamente pensadores poco excitantes -o porque el profesor que os los transmita tampoco parezca excitante-, que toda la filosofía se reduce a siniestros personajes o tristes individuos tanto más dotados para pensar como para ser torpes en la vida y desfasados en la existencia. La filosofía es un continente lleno de gente, de personas, de ideas, de pensamientos contradictorios, diversos, útiles para el éxito de vuestra existencia, a fin de que podáis regocijaros continuamente en vuestra vida y construirla día tras día. A vuestro profesor le corresponde proporcionaros el mapa y la brújula, a vosotros trazar vuestro camino en esta geografía farragosa, pero apasionante. Buen viaje...

Cita: Antimanual de filosofía (Michel Onfray)


¿Qué es lo que ha muerto, si es que ha muerto algo?


Hay cosas que no pueden morir aunque intenten hacerlo
Como un reflejo de la moderna filosofía naciente, nuestro contemporáneo Michel Onfray mostró en el Tratado de ateología una idea básica, que hay materias que no pueden morir, no esta en el cuerpo de su disciplina la capacidad de no ser. Siempre hay una necesidad -por individualizada que esta sea. que escapa a la muerte en materias como Filosofía, Arte, Novela, etc.

Hay cosas que no pueden morir aunque lo intenten

Decir Dios ha muerto se ha vuelto un acto muy barato en estos tiempos, fue Nietzsche quien primero introdujo esta moda en Así habló Zaratustra para que acto seguido, se recopilasen multitud de paralelismos, la filosofía ha muerto (aplastada por la publicidad), y la novela ha muerto (ahogada por el cine y los espectáculos), y, el arte a muerto (seguramente dirán que suplantado por la prensa rosa). A simple vista parece que la muerte funciona, oiga usted, pero, ¿qué quiso decir Nietzsche con Dios a muerto?, esta claro que arremetía contra el individuo y sus creencias, ¿como es posible que muera Dios sino?, solo el individuo que llama Dios a unas cuantas ideas muertas, y, al mismo tiempo muere con ellas esta matando a Dios (lo que ocurre es que en tiempos de Nietzsche se trataba de una verdadera plaga cristiana en Europa) pero en ningún caso consistía en la muerte de la espiritualidad de forma genérica, al igual que los contemporáneos que proclaman la muerte de la filosofía, quizá se trate de la muerte de las ideas divulgadas en nuestros tiempos, de una extrema vagueza conceptual enmarcada en todas las redes publicitarias, más, eso no quiere decir que la filosofía, las creaciones que ha esta acompañan vallan a morir, igual que no puede morir  la espiritualidad, tampoco puede morir la individualidad filosófica, ni sus espléndidas o futuras creaciones.

Cita de Michel Onfray en tratado de ateología.
¿Dios ha muerto? Está por verse... Tan buena noticia habría producido efectos solares de los que esperamos siempre, aunque en vano, la menor prueba. En lugar de que dicha desaparición haya dejado al descubierto un campo fecundo, más bien percibimos el nihilismo, el culto a lo fútil, la pasión por la nada, el gusto malsano por lo sombrío propio del fin de las civilizaciones, la fascinación por los abismos y los agujeros sin fondo donde perdemos el alma, el cuerpo, la identidad, el ser y el interés por todo. Cuadro siniestro, apocalipsis deprimente...

La muerte de Dios fue un dispositivo ontológico, la falsa grandilocuencia propia del siglo XX que veía la muerte por todas partes: muerte del arte, muerte de la filosofía, muerte de la metafísica, muerte de la novela, muerte de la tonalidad, muerte de la política... ¡Decretemos hoy la muerte de esas muertes ficticias! Esas falsas noticias servían en otras épocas para montar la escenografía de las paradojas antes del cambio de chaqueta metafísica. La muerte de la filosofía autorizaba libros de filosofía; la muerte de la novela generaba novelas; la muerte del arte, obras de arte, etc. La muerte de Dios produjo lo sagrado, lo divino, lo religioso a cual mejor.

Escrito de Esteban Higueras Galán: ¿Qué es lo que ha muerto, si es que ha muerto algo?
Correo electrónico: Higalano@gmail.com. Sígueme Twitter @HGEsteban

¿Lo único constante es el cambio?

¿Lo único constante es el cambio? ¿Constancia cambiante?
En un primer vistazo, parecería ser obvio que la afirmación de que todo cambia (y de manera constante) es la respuesta obligada, pero... ¿será?.


Constancia cambiante, cambio armónico y "solidario", son conceptos más difíciles de aceptar, pero que parecen ser la mejor respuesta. Primero habría que definir qué es lo que queremos decir con la palabra "cambio", y podemos concluir rápidamente, que es un sinónimo de movimiento o cambio de estado. Cambiar es pasar de A a B, moverse de un estado a otro.

Ahora, y aquí es donde se empieza a complicar la cosa; partamos de la idea de que el tiempo no existe, que solo es una representación mental, una idea, un invento del hombre, para poder medir el movimiento, ¿Qué? ¿Cómo? Los físicos inmediatamente van a interpelar acertadamente, diciendo que el tiempo es una de las muchísimas dimensiones del universo en que habitamos. Espacio y tiempo son relativos, pero ¿qué diríamos acerca de que también el movimiento lo es? Para abordarlo, es necesario justificar cómo es que no existe el tiempo.
El tiempo no es más que una comparación de movimientos. Cuando determinamos "un tiempo" lo que hacemos realmente es comparar el evento A...B con el evento C...D, ejemplo, comparamos el trayecto de un vehículo con el movimiento de las agujas de un reloj, que a su vez es comparado con un patrón definido para determinar las unidades del tiempo (cierta cantidad de vibraciones del átomo de Cesio, en el caso del tiempo terrestre). Pero el tiempo nunca existió, lo que encontramos fue solo la comparación de ciertos movimientos.
Bien, ahora vamos a complicarnos un poquito más el análisis, y para esto hay que hacer uso de la imaginación. Imaginemos que es posible variar "el ritmo" de todo movimiento existente en el universo, pero absolutamente de todo. Para esto habrá que imaginar que esta variación es autónoma, o sea, que no existe nada ni nadie que no esté incluído en la variación y, por lo tanto, no hay nada ni nadie que pueda apreciarla, que pueda comparar "su movimiento" con el del resto del universo. ¿Qué pasaría si se redujera el ritmo de todo movimiento existente a la mitad de lo que actualmente es dado? Nada. Al estar todo movimiento sincronizado, desde las partículas más elementales hasta los sistemas más complejos, la RELATIVIDAD del movimiento es la misma, la comparación del movimiento A...B con la de C...D guarda la misma proporción, la relación no se altera. La luz, por ejemplo, viaja a la misma velocidad, ya que, aunque su movimiento es "más lento", también más lento es el referente con la que se compara. Solo sería más lenta para un observador en otro sistema de referencia, pero como dijimos que no existe tal, nada cambia. Y, así, con todo lo existente.

En este ejercicio de la imaginación, supongamos que es posible reducir el ritmo a cero, nada se mueve, como en una fotografía. En teoría esta condición se daría si la temperatura de todo el universo descendiera hasta el cero absoluto, los átomos y sus partículas dejarían de moverse por completo. En esta situación el universo y todo lo que en el existe, sería un bloque estático de "existencia". Al no haber movimiento alguno, no hay necesidad de medirlo, no es necesaria la idea del tiempo. El tiempo se da como resultado de la existencia del movimiento. Si se abriera la llave de este movimiento por un pequeñísimo período y se cerrara nuevamente, obtendríamos nuevamente otra fotografía. Al abrir definitivamente esta llave, lo que resulta es una infinita serie de fotografías de la existencia, una película a la que llamamos presente.

De esta manera, aunque todo está en movimiento, aunque todo está cambiando, no es más que una constancia cambiante, un cambio sincronizado, armónico y solidario. Vivimos en un presente continuo, en un tiempo que es solo si nosotros somos, en el que nos modificamos en conjunto y con el mismo ritmo. Es como viajar dentro de una caja donde las cuatro paredes fueran espejos, no importa cuanto se mueva o cambie de posición, las imágenes que en su interior se reflejen no cambiarán, solo un observador en otro sistema de referencia apreciaría el cambio, pero, como no hay otra cosa que el TODO o el UNO, lo único cambiante es el presente continuo.




¿Lo único constante es el cambio? ¿Constancia cambiante?
Escrito de Alfonso Rodríguez Ureña. Contacto por correo: ponchourena.rodriguez@aol.com

Ortega, la muerte y la ciscunstancia.

Ortega y Gasset en memoria de Francisco Navarro Ledesma.
En el artículo Ortega y Gasset no pierde ocasión en calmar dignamente los ánimos de una mujer maltrecha, señora de un amigo y admirado Francisco Ledesma - quien calló inmerso en mala circunstancia, y se refiere hacia ella, con el ánimo de lo múltiple, que admirado por la grandeza del autor y su muerte, contempla innegable más de un camino floreciente, cosecha -claro esta- del buen trabajo.


Artículo de Ortega y Gasset para Diario El Imparcial el 14 de septiembre de 1906.
Para la Sra. Doña Eloísa Navarro Ledesma de Cubas.

EL triste adamita pasa en menoscabo al través de la vida llevándose a sí mismo a la rastra: va cargado de afanes y de dolores, más que cargado va rendido so la gravedad de un perenne desencanto. Las ilusiones, las esperanzas se le han caído, como mal prendidos cascabeles, en la primera jornada. Sigue haciendo camino con el ánimo sordo, merced a un impulso oscuro, ciego, impersonal. Un día, entre que el sol sale o no sale, llega sobre el hombre una noche definitiva: se siente hundido en un descanso oscuro, ciego, impersonal. ¡Bebiotai, bebió tai! ¡Ha vivido, ha vivido!—decían entonces los griegos. Los amigos creen por un momento que se han quedado solos: lloran: a la luz de un mezquino sol rojo echan sobre el residuo carnal unos puñados de santa tierra: luego se enjugan las mejillas: por fin, advierten que el fenecido ha traspuesto sus memorias, como una nube el horizonte.

La historia, por lo vieja y por lo irremediable, no nos interesa —dirá alguno—. Vieja sí que lo es, satánicamente vieja, pero ¿irremediable...?
Los grandes pueblos han nacido en torno a las cenizas de sus muertos: Egipto, Grecia, Roma, se han formado en la religión de los difuntos: la energía de estas razas irradiaba de las urnas cinerarias que en la secreta penumbra de todos los hogares latía místicamente como corazones inmortales
Los muertos no mueren por completo cuando mueren: largo tiempo permanecen; largo tiempo flota entre los vivos que les amaron algo incierto de ellos. Si en esta razón respiramos a plenos pulmones y abrimos las puertecillas todas de nuestro sentimentalismo, los muertos entran dentro de nosotros, hacen en nosotros morada y agradecidos, como sólo los muertos saben serlo, déjannos en herencia la henchida aljaba de sus virtudes.
Una conjunción de venturosas circunstancias ha hecho a algunos hombres inmortales; pero esto no quiere decir que no deban serlo también otros. En todo ser hay una virtud, cuando menos, que tiene derecho a ser inmortalizada. -Es injusto e inmoral preguntar de un muerto solo: ¿Qué ha hecho? Hay que preguntar también:
¿Qué ha sido?
Esta es precisamente la labor religiosa impuesta a los que conocieron y sintieron el ardor espiritual de algunos hombres muertos a destiempo y cuyos esfuerzos, rotos por un error de la suerte, permanecen eternamente proyectados sobre el vacío como arcos incompletos, como imágenes frustradas en que las líneas no se cumplen, las dovelas no se aunan y se yerguen sin estatuas los plintos.
Así Navarro Ledesma murió al comenzar su labor constructora; ahí está el bloque de blanco mármol; sobre él dio la mano inspirada unos golpes de cincel; unas confusas líneas marcan sospechas de figuras poderosas, de brazos con músculos tendidos, de torsos egregios, de rostros sugestivos y enigmáticos. Pero el escultor ha muerto; la obra múltiple, honda, sincera, educadora, evangélica, queda por siempre inexplicada, perdida entre los prietos granos de la mole indiferente; so ese mundo nuevo que iba a surgir cae la única manera irremediable de muerte: la de lo que se queda sin nacer.
Dentro de algunos años acaso parezca confuso a una nueva juventud esto de que hoy echemos algunas flores de recuerdo en torno a la memoria de Navarro Ledesma. Su obra, esparcida a todos los vientos en forma de escritos periodísticos, no es su obra: el que quiera sobre esas páginas compuestas sin tiempo, sin esperanza y sin libertad, erigir un juicio, comete una injusticia. El tiempo, la esperanza y la libertad son los tres demiurgos que elaboran los planes del poeta, y los tres faltaron totalmente a Navarro Ledesma por una conjunción de adversas circunstancias.
En la historia del pensamiento aparecen a lo mejor nombres ante los que mostraron gran respeto sus contemporáneos, pero que no dejaron obra sobre que nosotros podamos hoy reconstruir definidamente aquella alma venerable. Sea un ejemplo Sócrates. Pero ¿qué cosa fue Sócrates? Y ved lo que tenemos qué responder: Sócrates fue Platón y Jenofonte, Sócrates es un poco de todos nosotros, que desde hace veinticinco siglos vamos naciendo con unos acordes socráticos dentro de Ia armonía equívoca de nuestro espíritu. Mas para nosotros, Sócrates es una idea que nos enseñó Platón, al tiempo que para este divino filósofo, Sócrates fue una aventura; mejor aún, la aventura, aquel momento de la vida individual que polariza, que cristaliza en forma decisiva el resto de esa vida individual.
Navarro Ledesma fue mi aventura. Tú, señor lector, leerás esta frase con indiferencia, pero es que tal vez no sepas qué hacecillo de abrojos y de amarguras, qué respiradero de inquietudes, qué cúmulo de anhelos dolientes, de dubitaciones, de tanteos desesperados, de ambiciones imposibles, constituye eso que llamaríamos el alma de un español de veinte años. Si lo ignoras, te pido noble respeto ante una cosa que es para ti un misterio, y prometo que alguna vez intentaré aclarártelo.
Navarro Ledesma fue para mí una aventura, porque coexistían en él junto a una agudísima e incansable ideación las dos más altas virtudes modernas: el cumplimiento de los deberes oscuros y el idealismo inmarcesible.
Conforme va el hombre viviendo. múdanse sus pensamientos, quiébranse sus proyectos, entran otros en su lugar, llegan y pasan bramando las pasiones, trastrócanse mil veces las ambiciones, mueren los amigos y los hermanos, sobreviven otros amigos y otros hermanos, todo se estremece y oscila, se trasmuda y huye, se renueva y cambia. En tanto una sola realidad permanece, una sola cosa está sentada a nuestro lado tácitamente y si caminamos hace vía con nosotros: el Deber, pardo, vulgar personaje sin historia. En tanto que fuera y dentro de nosotros sin cesar todo se muda, nosotros tenemos que cumplir con nuestro deber. ¿Qué deber? ¿Ese bello deber de conquistar un reino, de fundar una religión, de decir una verdad atrevida? No, no, esos son llamamientos unipersonales con que Dios regala a algunos hombres y que en el fondo les ensoberbecen. Hablo del deber anónimo, del deber cambiado en cuartos, el de este instante que está frente a nosotros y el de todos los instantes. Es ese deber sin flores y de frutos invisibles, ese deber hospiciano que forma el más hondo sedimento sobre el que se apoya todo el esplendor de la vida social: el deber del trabajo. Navarro Ledesma, que intelectualmente había hecho la vuelta de todas las quitaesencias enfermizas o sabias de la moral nueva, cumplió santamente, un día y otro, con esos deberes oscuros. Aquí tenéis un ejemplo de una de las dos sublimes virtudes democráticas. E l antiguo y conocido campo del Deber es el lugar de liza y de hazañas para los modernos caba- lleros, y cumplir en ese paso honroso de la Obligación, la muestra más cierta de virilidad moderna.
Hay quien espera a entrar en el combate cuando el rey está mirando; hay quien para escribir necesita, como Buffon, unos puños de encaje; hay quien es como Aristo, aquel filósofo galante que disertaba únicamente cuando le llevaban en litera. Hay, en cambio, quien trabaja siempre que es preciso, donde quiera y como quiera.
He llamado idealismo inmarcesible a la otra virtud que había eminentemente en Navarro Ledesma. Tú, señor lector, sabes bien, ¿no es cierto?, lo que es un ideal. El mundo es como es: nosotros quisiéramos que fuera de otra manera, y nos afanamos por lograrlo. Los hombres son injustos; nosotros creemos que la justicia debe hacer entre los hombre su firme nido de cigüeña. Los españoles somos fanáticos: tú y yo creemos que los españoles deben ser tolerantes. Al mundo que es oponemos un mundo que debe ser. Sobre la realidad trabajamos por fundar la idealidad. Este, estado de ánimo en que la idealidad halla siempre amorosa resonancia, es lo que llamo idealismo. La mocedad es siempre idealista: en ella el idealismo es fisiológico y tiene escaso mérito. Pero todos los alientos noblemente excesivos tras cosas ideales suelen agotarse antes de los treinta años en razas cansadas y mujeriegas como la nuestra. La vida es, ante todo, una faena de domesticación y de poda de ilusiones; mas, por lo mismo, es preciso entrarse por ella con pasto abundante en que se cebe, como es preciso en casi todas las enfermedades entrar rollizo para que algo sobrequede a la postre. Una injusticia suscita en un mozo indignación, en un viejo nostalgia de la indignación.
Navarro Ledesma había sufrido mucho, moral y físicamente: su mocedad se había anegado en una labor incesante y rudísima: por eso, habiéndole faltado la juventud ardorosa, pasional, turbulenta, conservó durante toda su vida una juventud más quieta, más armoniosa, más de Clara fuente risueña, pausada y fresca; mantúvose siempre capaz de indignación y de entusiasmo; tuvo, en fin, hasta la muerte, sobre su rostro ancho y reciamente asentado en los hombros esa tierna expresión con dejos melancólicos que conservan en la mirada las vírgenes viejas. Suelen hacernos las desventuras de vidrio, como al licenciado, y no quisiéramos movernos para quebrarnos. De ordinario, en la llamada experiencia, más que aprender nuevas verdades aprendemos el olvido de esas difíciles verdades eternas que nos impulsan a la guerra santa contra la realidad. Por esto sorprende hallar algún hombre en quien luego de años largos de dolor, perdure la exaltación idealista, la segunda virtud democrática, girondina. Nietzsche hubiera llamado a Navarro Ledesma, como se nombraba a sí mismo: «Argonauta del ideal».
No reduzcamos los muertos a las obras que dejaron: esto es impío. Recojamos lo que aún queda de ellos en el aire y revivamos sus virtudes.
¡Resucitemos a los muertos virtuosos de entre los muertos!
Diario El Imparcial, 14 septiembre 1906.


Lectura comentada por Esteban Higueras Galán


The Century of The Self


The Century of The Self
The Century of The Self, traducida al español como El Siglo del Yo, es una serie documental de cuatro capítulos escrita y producida por el documentalista y escritor Adam Curtis. Se trata ante todo de un estudio histórico y reflexivo acerca del triunfo del individualismo y su estrecha conexión con la sociedad de consumo. Un repaso a la difusión de las teorías de Freud, su aprovechamiento comercial y posteriores devenires, que ilustra de manera amena y didáctica la batalla y esfuerzos, por parte del mundo empresarial, por crear ciudadanos que entreguen su vida a las dinámicas del consumo, haciendo depender su identidad de ellas.


The Century of The Self
Serie documental escrita y dirigida por Adam Curtis para la BBC. Más información sobre su obra en su perfil de IMDb.