La alegría en los aforismos de Nietszsche.

ALEGRÍA: Reflexiones de Nietzsche sobre la alegría ajena como privilegio, la bondad de los alegres, y la complejidad de la felicidad





       ALEGRÍA



Imaginar la “alegría” ajena y regocijarse con ella es el mayor privilegio de los animales superiores. Humano, demasiado humano.


El que tiene mucha alegría debe ser un hombre bueno; pero quizá no es el más inteligente, aunque alcance los fines a que aspira el más inteligente con toda su inteligencia. Humano, demasiado humano.


Hay “hombres alegres” que se sirven de la alegría porque a causa de ella nos engañamos sobre su carácter, pero quieren precisamente que nos engañemos. Más allá del bien y del mal.


Hay que tomar las cosas con más alegría de la que merecen, sobre todo porque las hemos tomado en serio más largo tiempo del que merecían. Aurora.


Sólo las almas ambiciosas y tensas saben lo que es arte y lo que es alegría. Filosofía general.


La madre de la orgía no es la alegría, sino la ausencia de alegría. Humano, demasiado humano.


Lectura de Libro de Aforismos de Nietzsche.


                               
                                  

Corto de animación en homenaje a la vida titulado O to Joy

                       
Video de animación en homenaje a la vida, las animaciones son organismos vivos que acompañan su acto evolutivo desde simples organismos unicelulares a grandes mamíferos, a la vez que cantan en conjunto el himno a la alegría.




O to Joy es un corto de animación realizado por Ben Hillman and Company.  


                                                   

El soberbio ama la presencia de los parásitos o de los aduladores, y odia la de los generosos.


 PROPOSICIÓN LVII

Un dibujo a lápiz en blanco y negro que muestra a un hombre con expresión triste, vestido con un traje formal, sentado en una silla. Detrás de él, varias personas lo rodean con miradas atentas y aduladoras, en un ambiente que sugiere reflexión y humildad. La escena se desarrolla en un espacio con libros al fondo, evocando un aire introspectivo y curioso.



El soberbio ama la presencia de los parásitos o de los aduladores, y odia la de los generosos.

Demostración: La soberbia es una alegría que brota de que el hombre se estima en más de lo justo, opinión que el hombre soberbio se esforzará cuanto pueda en mantener; y, de esta suerte, los soberbios amarán la presencia de los parásitos o aduladores (he omitido las definiciones de éstos, pues son sobradamente conocidos), y huirán de la presencia de los generosos, que los estiman en lo justo. Q.E.D.

Escolio: Sería demasiado largo enumerar aquí todos los males que la soberbia acarrea, ya que los soberbios están sujetos a todos los afectos (y, por cierto, a los del amor y la misericordia menos que a ninguno). Pero no debemos silenciar que también se llama soberbio a quien estima a los demás en menos de lo justo, y, en este sentido, la soberbia se definirá como una alegría nacida de la falsa opinión por la que un hombre se juzga superior a los demás. Y la abyección contraria a este género de soberbia se definiría como una tristeza nacida de la falsa opinión por la que un hombre se cree inferior a los demás. Esto sentado, concebimos fácilmente que el soberbio sea necesariamente envidioso, y que experimente un odio mayor hacia quienes más son alabados a causa de sus virtudes; su odio hacia ellos no puede ser fácilmente vencido con el amor, ni haciéndole un beneficio, y sólo se deleita con la presencia de los que siguen la corriente a su impotente ánimo, y de tonto lo convierten en loco.

Aunque la abyección sea contraria a. la soberbia, el abyecto está, con todo, muy próximo al soberbio. Pues dado que su tristeza brota de que juzga su impotencia según la potencia o virtud de los demás, esa tristeza se aliviará, es decir, él se alegrará, si ocupa su imaginación en considerar los vicios ajenos, de donde ha nacido el proverbio: «Mal de muchos, consuelo de tontos». Nos parece que el proverbio castellano vierte —con forma de «proverbio» reconocible, además— el texto latino: «solamen miseris socios habuisse malorum.»; por el contrario, se entristecerá tanto más cuanto más inferior a los otros crea ser, de donde resulta que nadie es más propenso a la envidia que los abyectos, y que nadie como ellos para observar las acciones de los hombres con vistas a su crítica, y no a su corrección; de ahí, en fin, que sólo les parezca bien la abyección misma, y, en realidad, se glorían en ella, aunque de manera tal que parezcan despreciar se a sí mismos. Todo ello se sigue de este afecto tan necesariamente como de la naturaleza del triángulo se sigue que sus tres ángulos valen dos rectos. He dicho ya que a estos afectos, y a otros similares, los llamo «malos» sólo en cuanto me fijo en la utilidad humana; ahora bien, las leyes de la naturaleza conciernen al orden común de ella, una de cuyas Partes es el hombre, y advierto esto aquí de pasada, para que nadie crea que me limito a contar los vicios y acciones absurdas de los hombres, cuando lo que quiero es demostrar la naturaleza y propiedades de las cosas. Pues, como he dicho en el Prefacio de la Parte tercera, considero los afectos humanos y sus propiedades del mismo modo que las demás cosas naturales. Y, ciertamente, los afectos humanos no revelan menos la potencia y capacidad creadora de la naturaleza (ya que no las del hombre) de lo que las revelan otras muchas cosas que admiramos, y en cuya consideración nos deleitamos. De todas maneras, voy a continuar observando, a propósito de los afectos, lo que hay en ellos de útil o dañoso para los hombres.

Lectura de Spinoza en Ética Geometrica.


                                                  

Grandes poetas y filósofos como Cervantes y Shakespeare


Al poeta, al «buen» poeta, es decir, al maestro hilador de afectos que mira al frente -en el entrecejo, la picardía del hablante. A ellos va dirigido esta entrada, a Cervantes y a Shakespeare, a Hesse y a Deleuze. Todos ellos son aquí buenos poetas -se dice bueno por el dominio de sentimientos y afectos que pueden enunciar.

Por que hay poetas y poetas, como aquellos vendedores de versos repetitivos, que encadenados a su gran afecto son los enunciadores de las mismas pasiones. Que arrastran al querer sus entrañas para mezclarlas con quien lee, y por eso son queridos, por virtuosos de la pasión. En contra, sus escritos merman el animo a un lado y ninguna potencia crece, algo tragico queda en el verso que no permite la enunciación por el pequeño hombre. Entonces se hacen al despiste -a la hora de llamar las cosas por su nombre, este poeta nombra y se congoja cuando roza el carácter de algún sentido, y no avanza más en la enunciación, se puede decir que su arte depende de la pasión que los gobierna, lo que es tan poco filósofo, donde se encuentran tan pocos conceptos.

Pero hay poetas con una fuerte voluntad, rígida, solvente y experta voluntad, -como aclara Heine Heinrich en su prólogo de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha. Donde habla de Miguel de Cervantes, que así lo hizo, se hizo poeta dominante.


Lectura de Heine Heinrich...

Fue hombre guapo y fornido don Miguel de Cervantes Saavedra. Ancha su frente y grande su corazón. Maravilloso era el hechizo de su mirada. Al igual que hay gentes que miran a través de la tierra y que pueden ver los tesoros o los cadáveres en ésta oculta, así penetraba el ojo del gran poeta en el pecho de los hombres y veía claramente lo que en él se escondía. Para los buenos era su mirada un rayo de sol, que iluminaba alegremente lo le llevaban dentro; para los malos era su mirada una espada que cercenaba cruelmente sus sentimientos. Su mirada penetraba inquisidoramente en el alma de cualquier hombre, hablaba con ella, y si ésta no quería responder, la torturaba, y el alma yacía chorreando sangre por el tormento, mientras que su envoltura corporal daba muestras, quizás, de una distinción arrogante.

No es, pues, ningún milagro que muchas gentes cobrasen antipatía por ello y que sólo le ayudaran muy miserablemente en su carrera terrenal. Tampoco logró alcanzar nunca ni honores ni bienes, y de sus penosas peregrinaciones no trajo ninguna perla a la casa, sino tan sólo conchas vacías. Se dice que no supo apreciar el valor del dinero, pero yo os aseguro que sabía aquilatar muy bien el valor del dinero, por cuanto no lo tuvo. Pero nunca lo valoró en tan alto grado como su honra. Tuvo deudas, y en una carta compuesta por él, que fue impuesta al poeta por Apolo, decreta el primer parágrafo que cuando un poeta asegura carecer de dinero, hay que creer fielmente en sus palabras y no exigirle que preste juramento. Le gustaban la música, las flores y las mujeres. Pero también en el amor por estas últimas le fue extraordinariamente mal, sobre todo en sus años mozos.

Lectura anterior de Heine Heinrich en prologo de el Quijote.
¿Qué se quiere decir por fuerte voluntad? Lee concepto de voluntad en más allá del bien y del mal y aclarate. 




                                  

Nietzsche y la Voluntad: El Mito de la Libertad y el Poder de ser Fuerte

¿Somos realmente libres al decidir, o estamos determinados por la causa y el efecto? Nietzsche dinamita este debate. Para él, la "voluntad libre" y la "voluntad no libre" son ficciones, mitos inventados. En este fragmento de Más allá del bien y del mal, el filósofo nos invita a abandonar estas ideas para descubrir lo que de verdad importa en la vida real: la posibilidad de crear los propios valores, estar preparados para no obedecer. La redefinición del deseo.

Ilustración filosófica sobre la voluntad fuerte y la voluntad débil según el pensamiento de Friedrich Nietzsche.
Nietzsche nos desafía: en la vida real no se trata de ser libre o no, sino de ejercer una voluntad que cambie nuestro deseo.

Fragmento del libro de Nietzsche en Más allá del bien y del mal. 


Que los diversos conceptos filosóficos no son algo arbitrario, algo que se desarrolle de por sí, sino que crecen en relación y parentesco mutuos, que, aunque en apariencia se presenten de manera súbita y caprichosa en la historia del pensar, forman parte, sin embargo, de un sistema, como lo forman todos los miembros de la fauna de una parte de la tierra: esto es algo que, en definitiva, se delata en la seguridad con que los filósofos más distintos rellenan una y otra vez cierto esquema básico de filosofías posibles. Sometidos a un hechizo invisible, vuelven a recorrer una vez más la misma órbita: por muy independientes que se sientan los unos de los otros con su voluntad crítica o sistemática: algo existente en ellos los guía, algo los empuja a sucederse en determinado orden, precisamente aquel innato sistematismo y parentesco de los conceptos. El pensar de los filósofos no es, de hecho, tanto un descubrir cuanto un reconocer, un recordar de nuevo, un volver atrás y un repatriarse a aquella lejana, antiquísima economía global del alma de la cual habían brotado en otro tiempo aquellos conceptos: - filosofar es, en este aspecto, una especie de atavismo del más alto rango. El asombroso parecido de familia de todo filosofar indio, griego, alemán, se explica con bastante sencillez. Justo allí donde existe un parentesco lingüístico resulta imposible en absoluto evitar que, en virtud de la común filosofía de la gramática- quiero decir, en virtud del dominio y la dirección inconscientes ejercidos por funciones gramaticales idénticas -, todo se halle predispuesto de antemano para un desarrollo y sucesión homogéneos de los sistemas filosóficos: lo mismo que parece estar cerrado el camino para ciertas posibilidades distintas de interpretación del mundo. Los filósofos del área lingüística uralo-altaica (en la cual el concepto de sujeto es el peor desarrollado) mirarán con gran probabilidadd «el mundo» de manera diferente que los indogermanos o musulmanes, y los encontraremos en sendas distintas a las de éstos: el hechizo de determinadas funciones gramaticales es, en definitiva, el hechizo de juicios de valor fisiológicos y de condiciones raciales. - Todo esto, para refutar la superficialidad de Locke en lo referente a la procedencia de las ideas.


La causa sui [causa de sí mismo] es la mejor autocontradicción excogitada hasta ahora, una especie de violación y acto contra natura lógicos: pero el desenfrenado orgullo del hombre le ha llevado a enredarse de manera profunda y horrible justo en ese sinsentido. La aspiración a la «libertad de la voluntad», entendida en aquel sentido metafísico y superlativo que por desgracia continúa dominando en las cabezas de los semiinstruidos, la aspiración a cargar uno mismo con la responsabilidad total y última de sus acciones, y a descargar de ella a Dios, al mundo, a los antepasados, al azar, a la sociedad, equivale, en efecto, nada menos que a ser precisamente aquella causa sui [causa de sí mismo] y a sacarse a sí mismo de la ciénaga de la nada y a salir a la existencia a base de tirarse de los cabellos, con una temeridad aún mayor que la de Münchhausen. Suponiendo que alguien llegue así a darse cuenta de la rústica simpleza de ese famoso concepto de la «voluntad libre» y se lo borre de la cabeza, yo le ruego entonces que dé un paso más en su «ilustración» y se borre también de la cabeza lo contrario de aquel monstruoso concepto de la «voluntad libre»: me refiero a la «voluntad no libre», que aboca a un uso erróneo de causa y efecto. No debemos cosificar equivocadamente «causa» y «efecto», como hacen los investigadores de la naturaleza (y quien, como ellos, naturaliza hoy en el pensar -) en conformidad con el dominante cretinismo mecanicista, el cual deja que la causa presione y empuje hasta que «produce el efecto»; debemos servirnos precisamente de la «causa », del «efecto» nada más que como de conceptos puros, es decir, ficciones convencionales, con fines de designación, de entendimiento, pero no de explicación. En lo «en-sí» no hay «lazos causales», ni «necesidad», ni «no-libertad psicológica », allí no sigue «el efecto a la causa», allí no gobierna «ley» ninguna. Nosotros somos los únicos que hemos inventado las causas, la sucesión, la reciprocidad, la relatividad, la coacción, el número, la ley, la libertad, el motivo, la finalidad; y siempre que a este mundo de signos lo introducimos ficticiamente y lo entremezclamos, como si fuera un «en sí», en las cosas, continuamos actuando de igual manera que hemos actuado siempre, a saber, de manera mitológica.
La «voluntad no libre» es mitología: en la vida real no hay más que voluntad fuerte y voluntad débil.


Lectura de Nietzsche en  Más allá del bien y del mal.


                       

¿Qué puede existir? y ¿qué puedo conocer?


Luis comento las siguientes lineas en uno de sus últimos artículos del blog LDFLounge (cuya entrada enlazamos aquí por título, Pensar en las orillas: una filosofía argentina ).

¿Cuál es el material de la filosofía? La vida. Así como para el músico, su material es el sonido, o para el pintor el color y la forma, o para el escritor el lenguaje, para el filósofo -que puede o no escribir, sobrados ejemplos tenemos- su material es la vida, la forma de vida. Como podemos leer en el Laques de Platón, y luego en Epicuro, Séneca, Epícteto o Montaigne, Nietzsche y Foucault, la filosofía es, básicamente, un arte de vivir. El resto son especulaciones abstractas y metafísicas.

Ahora, me encuentro en la encrucijada de comparar esta formula filosófica con el uso del concepto en el que se refrendo Deleuze (saben que aquí el utensilio de la filosofía es el concepto).

La filosofía es una disciplina a la que se han dado multitud de definiciones y desde tiempos antiguos se ha hecho llamar la «ciencia» de las ciencias, esto es por su carácter universal, por las respuestas a las que ha optado responder la filosofía. Pero, hay quien dice que tiene que ver con los placeres, es actualmente cuando estamos viviendo un resurgir del hedonismo y ateísmo, podemos observar al exponente contemporáneo, a Onfray como filósofo actual. En Onfray la filosofía es actitud de existencia, y la pregunta es, ¿que puede existir?, su razón de existencia es su propia capacidad. Así funciona la filosofía actual, es un juego de poderes ligado al lenguaje, al concepto y su enunciación. , esta filosofía fue creada por Spinoza y su definición es la pregunta de aquel residente en Amsterdam, ¿Qué puede un cuerpo? fue la pregunta maliciosa de un libro de ética, la que ha evolucionado hacia ¿qué puede existir?, o ¿qué puedo conocer?. Pero igual nos encontramos en un movimiento creacionista, con solo realizarse la pregunta: ¿qué puedo conocer?, eso implica en un acto de realización creativa.

Por esto ahora escuchamos a Luis hablar de la vida como objeto moldeable de la filosofía, la vida es el juguete del filósofo, es su propia vida consecuencia de la causa primera (que es el acto de filosofar). Y así, que el filósofo entregado en acto a filosofar trasnforme a su gusto (o mejor en sus «placeres») su propia vida. Y el filósofo será o no escritor, y tratará al concepto (que es el molde para su vida) de forma vocal o escrita. Y si eligiese la forma vocal lucharía con políticos y periodistas (seguramente) en batallas sangrientas, donde los unos hablarían de afectos y deseos, y los segundos de conceptos. Luego, si elige este la escritura -que es mas noble y ligera, podrá formar en mayor jubilo sus ideas en conceptos, y no se incluirá este en ningunos asuntos sofistas o publicistas. Como dice Luis, es decisión del filósofo elegir su medio de expresión.

Más importante aún, es el hecho de que los filósofos ya no se guardan ni refugian bajo una teoría, su trabajo es más especializado. Recordad que, ahora es el hombre el sujeto creador y Dios ha sido desterritorializado -en consecuencia.


                    

Historia de un crimen en El Tunel, obra cumbre de Ernesto Sábato.


Tras la muerte de Ernesto Sábato y en señal de duelo, publicamos hoy un extracto de su Obra esencial, El Tunel. Novela poseedora e impregnada de los elementos básicos de su visión metafísica del existir.

Como decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán pregun­tarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me im­porta un bledo; hace rato que me importan un bledo la opi­nión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhom­bre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pér­fido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está des­provisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su for­ma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tro­pezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumen­tando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas?
La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnega­ción, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desespera­ba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan bue­na como puede llegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al co­mienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar a tiempo tuve que viajar dos días ente­ros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmu­ró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el va­nidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este se­creto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.
Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a aceptar que hay algo de orgullo o de so­berbia. Pero ¿por qué esa manía de querer encontrar explica­ción a todos los actos de la vida?
Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ningu­na especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó, al que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un cri­men hasta el final.
Podría reservarme los motivos que me movieron a escri­bir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple, pensé que podrían ser leídas por mucha gen­te, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. aunque sea una sola persona.
"¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas perso­nas? Éste es el género de preguntas que considero inútiles, y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constan­temente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más su­perficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, pre­cisamente, la persona que maté.

Lectura de El Tunel Por Ernesto Sábato


                                

Corto de animación en defensa de la filosofía.


Este vídeo es una animación en defensa de la filosofía.
El punto de controversia en la animación es específicamente el placer, la distintas formas de obtención de placer, enmarcadas en diferentes filosofías y culturas filosóficas son mostradas resumidas a lo largo del corto. Son pequeñas afirmaciones cambiantes que ejercen el poder en una teoría, por ejemplo, los cínicos afirman que cuando están entre locos se hacen los locos, en cambio, el platónico sostiene que si buscas bien encontrarás. En conjunto, el poder de afirmación filosófico es utilizado en este corto para ilustrar, o para poder diferenciar la fuerza de estas filosofías en perjuicio de la filosofía monetaria, la del dinero como fin, o amor al dinero.