Spinoza.La falsedad consiste en una privación de conocimiento, implícita en las ideas inadecuadas, o sea, mutiladas y confusas.

PROPOSICIÓN XXXII

Todas las ideas, en cuanto referidas a Dios, son verdaderas.


Demostración: En efecto, todas las ideas que se dan en Dios son por completo conformes con lo ideado por ellas (por el Corolario de la Proposición 7 de esta Parte), y, de esta suerte (por el Axioma 6 de la Parte I), son todas verdaderas. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXXIII

En las ideas no hay nada positivo en cuya virtud se digan falsas.


Demostración: Si lo negáis, concebid, si es posible, un modo positivo del pensar que revista la forma del error, o sea, de la falsedad. Tal modo del pensar no puede darse en Dios (por la Proposición anterior); pero fuera de Dios tampoco puede darse ni ser concebido (por la Proposición 15 de la Parte I). Y, de esta suerte, nada positivo puede haber en las ideas en cuya virtud se digan falsas. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXXIV


Toda idea que en nosotros es absoluta, o sea, adecuada y perfecta, es verdadera.


Demostración: Cuando decimos que se da en nosotros una idea adecuada y perfecta, no decimos otra cosa (por el Corolario de la Proposición 11 de esta Parte) sino que se da una idea adecuada y perfecta en Dios, en cuanto que constituye la esencia de nuestra alma, y, por consiguiente (por la Proposi­ción 32 de esta Parte), no decimos sino que tal idea es verdadera. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXXV


La falsedad consiste en una privación de conocimiento, implícita en las ideas inadecuadas, o sea, mutiladas y confusas.


Demostración: En las ideas no se da nada positivo que revista la forma de la falsedad (por la Proposición 33 de esta Parte); y la falsedad no puede consistir en una privación absoluta (efectivamente, se dice que yerran o se equivocan las almas, no los cuerpos), ni tampoco en una absoluta ignoran­cia, pues ignorar y errar son cosas distintas. Por ello, consiste en una privación de conocimiento, implícita en el conoci­miento inadecuado de las cosas, o sea, en las ideas inadecuadas y confusas. Q.E.D.


Escolio: En el Escolio de la Proposición 17 de esta Parte he explicado en qué sentido el error consiste en una privación de conocimiento; pero para una más amplia explicación de este asunto daré un ejemplo, a saber: los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causas que las determinan. Y, por tanto, su idea de «libertad» se reduce al desconocimiento de las causas de sus acciones, pues todo eso que dicen de que las acciones humanas dependen de la voluntad son palabras, sin idea alguna que les corresponda. Efectivamente, todos ignoran lo que es la voluntad y cómo mueve el cuerpo, y quienes se jactan de otra cosa e inventan residencias y moradas del alma suelen mover a risa o a asco. Así también, cuando miramos el Sol, imaginamos que dista de nosotros unos doscientos pies, error que no consiste en esa imaginación en cuanto tal, sino en el hecho de que, al par que lo imaginamos así, ignoramos su verdadera distancia y la causa de esa imaginación. Pues, aunque sepamos más tarde que dista de nosotros más de 600 diámetros terrestres, no por ello dejaremos de imaginar que está cerca; en efecto, no imaginamos que el Sol esté tan cerca porque ignoremos su verdadera distancia, sino porque la esencia del Sol, en cuanto que éste afecta a nuestro cuerpo, está implícita en una afección de ese cuerpo nuestro.

Los hombres son movidos más bien por la opinión que por la razón.

PROPOSICIÓN XVI

El deseo que brota del conocimiento del bien y el mal, en cuanto que este conocimiento se refiere al futuro, puede ser reprimido o extinguido con especial facilidad por el deseo de las cosas que están presentes y son agradables.

Demostración: El afecto relativo a una cosa que imagina­mos como futura es menos enérgico que el afecto relativo a una cosa presente (por el Corolario de la Proposición 9 de esta Parte). Ahora bien, el deseo que brota del conocimiento verdadero del bien y el mal, aun en el caso de que verse sobre cosas que estén presentes y sean buenas, puede ser extinguido o reprimido por un deseo irreflexivo (por la Proposición 15 de esta Parte, cuya demostración es universal); por consiguiente, el deseo que nace de ese conocimiento, en el caso de que se refiera al futuro, podrá ser reprimido o extinguido con una mayor facilidad, etc. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XVII

El deseo que brota del conocimiento verdadero del bien y el mal, en cuanto que versa sobre cosas contingentes, puede ser reprimido con mucha mayor facilidad aún por el deseo de las cosas que están presentes.

Demostración: Esta Proposición se demuestra del mismo modo que la anterior por el Corolario de la Proposición 12 de esta parte.

Escolio: Con esto, creo haber mostrado la causa de que los hombres sean movidos más bien por la opinión que por la verdadera razón, así como la causa de que el verdadero conocimiento del bien y el mal suscite turbaciones del ánimo, y de que ceda frecuentemente a todo género de concupiscen­cia. De ahí proviene aquello del poeta: «veo lo que es mejor y lo apruebo, pero hago lo que es peor». Y el Eclesiastés parece haber pensado en lo mismo al decir: «quien aumenta su ciencia, aumenta su dolor». No digo estas cosas con el objeto de inferir que es mejor ignorar que saber, o que no hay diferencia alguna entre el tonto y el inteligente a la hora de moderar sus afectos, sino porque es necesario conocer tanto la potencia como la impotencia de nuestra naturaleza para poder determinar lo que la razón puede y lo que no puede por lo que toca al dominio de los afectos; y ya he dicho que en esta Parte iba a tratar sólo de la impotencia humana, pues he decidido tratar por separado de la potencia de la razón sobre los efectos.

PROPOSICIÓN XVIII

El deseo que surge de la alegría, en igualdad de circunstan­cias, es más fuerte que el deseo que brota de la tristeza.

Demostración: El deseo es la esencia misma del hombre, esto es (por la Proposición 7 de la Parte III), el esfuerzo que el hombre realiza por perseverar en su ser. Un deseo que nace de la alegría es, pues, favorecido o aumentado (por la Definición de la alegría: verla en el Escolio de la Proposición 11 de la Parte III) por el afecto mismo de la alegría; en cambio, el que brota de la tristeza es disminuido o reprimido por el afecto mismo de la tristeza (según el mismo Escolio). De esta suerte, la fuerza del deseo que surge de la alegría debe definirse a la vez por la potencia humana y por la potencia de la causa exterior, y, en cambio, la del que surge de la tristeza debe ser definida sólo por la potencia humana, y, por ende, aquel deseo es más fuerte. Q.E.D.

Escolio: Con estas pocas Proposiciones he explicado las causas de la impotencia e inconstancia humanas, y por qué los hombres no observan los preceptos de la razón. Me queda ahora por mostrar qué es lo que la razón nos prescribe, qué afectos concuerdan con las reglas de la razón humana, y cuáles, en cambio, son contrarios a ellas. Pero antes de empezar a demostrar todo eso según nuestro prolijo orden geométrico, conviene primero aludir brevemente a los dictá­menes mismos de la razón, para que todos comprendan más fácilmente mi pensamiento. Como la razón no exige nada que sea contrario a la naturaleza, exige, por consiguiente, que cada cual se ame a sí mismo, busque su utilidad propia —lo que realmente le sea útil—, apetezca todo aquello que conduce realmente al hombre a una perfección mayor, y, en términos absolutos, que cada cual se esfuerce cuanto está en su mano por conservar su ser. Y esto es tan necesariamente verdadero como que el todo es mayor que la parte (ver Proposición 4 de la Parte III), Supuesto, además, que la virtud (por la Defini­ción 8 de esta Parte) no es otra cosa que actuar según las leyes de la propia naturaleza, y que nadie se esfuerza en conservar su ser (por la Proposición 7 de la Parte III) sino en virtud de las leyes de su propia naturaleza, se sigue de ello: primero, que el fundamento de la virtud es el esfuerzo mismo por conservar el ser propio, y la felicidad consiste en el hecho de que el hombre puede conservar su ser. Se sigue también, segundo: que la virtud debe ser apetecida por sí misma, y que no debemos apetecerla por obra de otra causa más excelente o útil para nosotros que la virtud misma. Se sigue, por último, tercero: que los que se suicidan son de ánimo impotente, y están completamente derrotados por causas exteriores que repugnan a su naturaleza. Además, se sigue, en virtud del Postulado 4 de la Parte II, que nosotros no podemos prescindir de todo lo que nos es externo, para conservar nuestro ser, y que no podemos vivir sin tener algún comercio con las cosas que están fuera de nosotros; si, además, tomamos en considera­ción nuestra alma, vemos que nuestro entendimiento sería más imperfecto si el alma estuviera aislada y no supiese de nada que no fuera ella misma. Así pues, hay muchas cosas fuera de nosotros que nos son útiles y que, por ello, han de ser apetecidas. Y entre ellas, las más excelentes son las que concuerdan por completo con nuestra naturaleza. En efecto: si, por ejemplo, dos individuos que tienen una naturaleza enteramente igual se unen entre sí, componen un individuo doblemente potente que cada uno de ellos por separado. Y así, nada es más útil al hombre que el hombre; quiero decir que nada pueden desear los hombres que sea mejor para la conservación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo, esforzándose todos a la vez, cuanto puedan, en conservar su ser, y buscando todos a una la común utilidad; de donde se sigue que los hombres que se gobiernan por la razón, es decir, los hombres que buscan su utilidad bajo la guía de la razón, no apetecen para sí nada que no deseen para los demás hombres, y, por. ello, son justos, dignos de confianza y honestos.

Estos son los dictámenes de la razón que me había propues­to mostrar aquí en pocas palabras, antes de empezar a demos­trarlos según un orden más detallado; y he procedido así por ver si era posible atraer la atención de quienes creen que este principio —a saber, el de que cada cual está obligado a buscar su utilidad— es el fundamento de la inmoralidad, y no el de la moralidad y la virtud. Y así, tras haber indicado rápidamente que sucede todo lo contrario, paso a demostrarlo por la misma vía que venimos siguiendo hasta aquí.


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Dos cartas a un joven.

A UN JOVEN DE DIECIOCHO AÑOS 28 de febrero de 1950.

No he echado en olvido su carta, no; mas no quería despacharla con un mero gesto de cortesía, y como cada día me trae nuevas cartas más fáciles de contestar que la suya y el aparato con el cual me veo obligado a trabajar es harto modesto, me ha sido imposible contestarle a usted hasta el momento presente. Este aparato consiste, además de en los utensilios de escribir, en dos ojos que desde hace muchos años padecen constante fatiga y rara vez se hallan libres de dolores, y asimismo en dos manos que, hinchadas por la artritis, escriben o golpean las letras desganada y torpemente. Los ojos preferirían ocuparse con flores, con gatos jóvenes o con la lectura de un poeta antes que con todas estas cartas, y también las manos sabrían hallar más de un pasatiempo harto más grato para ellas. Y por si fuera poco todo ello, mi respuesta a su carta resulta más dificultosa todavía por el hecho de que me es imposible esperar una rectificación o remedio de sus posibles defectos en cartas posteriores, porque esta será la primera y la última carta que habré de escribirle a usted. Ciertamente leeré con gusto otras cartas suyas, pero no puedo invitarle a que me remita sus manuscritos, ni tampoco puedo prometerle más sino que leeré estas cartas posteriores, en caso de que lleguen hasta mis manos, con verdadero interés y con el grado de comprensión que me sea posible.




Su carta no pide, reclama o pregunta cosa alguna determinada. Está escrita no tanto con la intención de invocarme cuanto con la de liberarse de sí propio durante una hora. Usted rebosa una vida agitada, impulsiva y rica, que no puede desplegarse o expresarse en forma artística; usted se siente, en cierto modo, distinto y apartado de todos sus coetáneos, de los demás en general, y esta situación tan pronto le llena de felicidad como de espanto; usted pertenece a esa minoría de personas cuyas dotes y vocación les elevan muy por encima del nivel medio, y a quienes en épocas pasadas se llamaba genios, y se dirige usted a mí precisamente porque no me cuenta entre esos otros, sino que se siente de algún modo semejante y cercano a mí.
El camino de estos hombres singularizados y fatalmente estigmatizados ha sido siempre difícil y lleno de peligros, y el suyo lo será también. A su edad la desconfianza frente a la experiencia de los demás y el rechazo de toda responsabilidad pertenecen a los recursos naturales con los cuales el hombre singular, individualizado por encima del nivel medio, ha de defenderse contra el mundo que intenta envilecerlo, someterle a normas y obligarle a una presurosa adaptación. Innumerables muchachos de este genero han quedado aniquilados, ya sea porque la vida resulta insoportable en esta tensión constante y en esta actitud defensiva, y salta con impaciencia sus propias fronteras, sea porque el joven solitario cede al final, se torna un filisteo y apenas logra salvar un mezquino resto del fuego divino, con o sin ayuda del alcohol, en el cobijo de un romanticismo filisteo harto poco honroso y ornado generalmente con la corona del anonimato. He conocido a muchos jóvenes así.




Hay, no obstante, senderos distintos y más nobles, y en ellos se encuentran también auxilios y consolaciones de orden singular. Existe el camino del creador, del artista, del poeta, del pensador. Sin embargo, la obra del pensador o del artista presupone un acto de aceptación y de renuncia, legitima al artista genial ante el mundo, pero exige de él, al mismo tiempo, un grado de entrega, de lucha, de sacrificio desesperado, de los cuales no tuvo sospecha en la época de su irresponsabilidad. Por contra, e independientemente de si su obra alcanza o no el éxito en el mundo, se siente recompensado por su participación en el reino total del espíritu, por su camaradería con mil antecesores y compañeros de lucha, y recibe el don de un oído afinado para percibir las sabidurías y las hermosuras que han permanecido vivas e indestructibles a través de todas las épocas y las culturas.
Es este un camino más hermoso y más digno de entrega que otro cualquiera. En quien el amor a la verdad o a la belleza, el ansia por ser admitido en su reino, por tomar parte en su luz suprema, es lo bastante fuerte, ese tal permanecerá siempre solitario e incomprendido, y aunque sufra con frecuencia recaídas en la actitud infantil de orgullo y de irresponsabilidad, su destino es, sin embargo, nobilísimo, pleno de sentido y digno de cualquier sacrificio.




Empero, a este camino y esta obra pertenecen unas dotes no solo generales. Hay en el mundo profusión de poetas llenos de espléndidas ideas, pero faltos de la palabra precisa y encendida; de pintores llenos de fantasía, pero sin la innata pasión del juego con los colores; de pensadores llenos de noble humanidad, pero carentes del vigor y el temperamento de la expresión. En el Arte, los ideales no son suficiente, y si alguien es un Cézanne, no basta que sea capaz de pintar como Tiziano o como Rubens, sino que tiene que poseer ese don y ese coraje sin par, esa paciencia y esa obsesión irrepetibles para pintar como Cézanne.
Existen, empero, numerosos solitarios, muchos hombres geniales y capacitados para lo superior a la normalidad, a quienes, no obstante, faltan las dotes singulares para una cualquiera de las artes y poseen tan solo las dotes generales, un plus de espiritualidad y fantasía, de capacidad para la experiencia vital, para la percepción sensible, para la resonancia. En su temprana juventud han sufrido asimismo, al igual que todos los otros, por su aislamiento y su diferenciación, han ensayado también, quizá, alguna profesión espiritual o artística sin lograr ningún rendimiento especial, y no obstante arden siempre en amor y en nostalgia hacia la participación en el Todo, hacia el rompimiento de su soledad, hacia una auténtica donación de sentido a su ardua y peligrosa existencia. Desean lo sublime, tienen sed de entrega total, pero no son oradores, ni poetas, ni heraldos, ni pensadores. Y precisamente en ellos se pone en evidencia lo que es en rigor el genio, las altas dotes y se hace patente que también los mejores artistas y los más profundos pensadores son todavía esclavos de su talento, capaces y especialistas. Y es que estos genios que no están especialmente dotados para ningún arte o ciencia en particular, son aquellos en quienes s alcanza la cima de lo humano y a través de quienes se justifican todos los dolores, toda la soberbia y el extravío de los superdotados y los geniales. Sucédeles un día que se topan de manos a boca con la realidad desnuda, son bruscamente despertados de su sueño por un espectáculo o una llamada cualquiera, de ese sueño que se llama Yo, contemplan el rostro de la vida, su grandeza espantosa y hermosísima, su plenitud, hasta estallar de sufrimiento, de penuria, de amor irredento, de extraviada nostalgia. Y ellos responden a la contemplación del abismo con el único sacrificio que es verdaderamente pleno de valor y definitivo, esto es, con el sacrificio de la propia persona. Se sacrifican a los hambrientos, a los enfermos, a los infames, sean quienes fueren; se dejan atraer, absorber y devorar con cualquier defecto, cualquier flaqueza, cualquier dolor. Ellos son los que aman de veras, los santos. A ellos tiende toda la Humanidad que desea algo más que la norma y la vida diaria, y de su sacrificio toma valor y sentido cualquier otro sacrificio más pequeño; en ellos se cumple y justifica todo el problema de los solitarios, de los superdotados, de los difíciles y a menudo desesperados. Porque genio significa fuerza amorosa, nostalgia de entrega, y solo alcanza su plenitud en este sacrificio pleno y definitivo.
Creo que he dicho poco más o menos cuanto deseaba decirle a usted. Es mi respuesta a la carta que ha dirigido usted a un viejo desde la complejidad y la angustia de su problemática adolescente. Del mismo modo que su llamada a mí no contenía ruegos ni preguntas, así también mi respuesta no contiene consejos ni consolaciones. Usted me ha permitido lanzar una mirada sobre el desasosiego, la belleza y la inseguridad de su joven existencia, y yo, que también viví un día ese mismo desasosiego, esa belleza y esa inseguridad, he intentado ofrecerle a usted una imagen de cómo se presentan estos fenómenos y estos problemas a un hombre anciano. Si yo fuese un santo no habría tenido necesidad de acudir a tantas palabras. Si fuese uno de los grandes artistas, la carta de usted, con la importunidad de sus revelaciones, solo hubiera significado para mí una molestia y una perturbación en mi trabajo. Si hubiese sido, por ejemplo, un gran pintor, no hubiese acabado de leer sus cuartillas, sino que habría continuado mi trabajo y, al igual que el anciano Renoir, hubiese sujetado más firmemente el pincel a la gotosa mano.




Probablemente no es ningún azar el que usted se haya dirigido precisamente a mí y no a un santo o a un Renoir. Probablemente su carta ha sido escrita y dirigida a mí porque usted presiente en mí una persona muy semejante a usted mismo, que ni en el Arte ni en la vida ha alcanzado lo grande y lo absoluto, que no sienta sus reales en un más allá inaccesible para usted, sino en el mismo mundo y la misma problemática, aunque con otras costumbres, otras formas de pensamiento y expresión, otro temperamento y otras maneras de adaptación y de defensa, que son las propias de la vejez. El anciano a quien usted, saltando por encima de las numerosas diferencias, ha interpelado como si de un camarada se tratase, ha respondido a sus confesiones con las suyas propias e intentado mostrarle cómo se presenta nuestra común problemática vista desde el escalón de su edad. Le saluda cordialmente su afectísimo...

A UN JOVEN POETA
Que me escribió con ocasión de mi "Carta a un joven de dieciocho años". Abril - 1950.

Estimado señor G.:
En su carta, según dice usted mismo, avanza un paso más allá de lo que yo hago, y llama genios a todos los hombres, simplemente, porque la Humanidad es un conjunto total y porque cada individuo lleva ínsitas en sí todas las posibilidades del hombre. Es este un paso muy sencillo pero extremadamente peligroso, que usted debería dar en cartas privadas y entre iniciados, pero no en público. Porque el hecho de que el Bien y el Mal, lo Bello y lo Feo, y todas las parejas de contrarios puedan reducirse a una unidad, constituye una verdad esotérica, secreta, accesible a los iniciados (y muchas veces inalcanzable aún para estos), pero en modo alguno una verdad exotérica, comprensible y accesible por igual para todos. Es la sabiduría de Lao-Tsé, cuando este menosprecia virtudes y las buenas obras (con lo cual pensamos bien en el joven Lutero); pero Lao-Tsé se hubiese guardado muy bien de ofrecer al pueblo ignaro esta sabiduría.
Si nosotros damos este paso adelante, como usted hace, si para nosotros genio y persona humana son equivalentes en significación, con ello no hacemos otra cosa que despreciar el lenguaje, cuyo valor y cuya virtud máximos consisten precisamente en la diferenciación. Y entonces se puede sustituir una palabra por otra cualquiera y solo nos resta la nada.
Probablemente todo esto lo sabe ya usted mismo.
Por lo demás, mi carta a un joven de dieciocho años no era ningún ensayo sobre una cuestión de interés, ni un intento de plasmar una formulación objetiva o amena, sino la respuesta momentánea a una llamada concreta, personal e irrepetible.
No permita usted que le importunen en su camino, ni siquiera estas torpes líneas. Cartas como estas me cuestan mucho esfuerzo, sin que ni una sola vez se haya mostrado satisfecho aquel a quien he dado respuesta. Casi le envidio a usted un poquillo, porque hace todavía versos y puede gozar de una existencia privada.

Spinoza. El alma no se conoce a sí misma sino en cuanto percibe las ideas de las afecciones del cuerpo.

PROPOSICIÓN XXIX


La idea de la idea de una afección cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del alma humana.

Demostración: En efecto, la idea de una afección del cuerpo humano (por la Proposición 27 de esta Parte) no implica el conocimiento adecuado del cuerpo mismo, o sea, no expresa adecuadamente su naturaleza; es decir (por la Proposición 13 de esta Parte), no concuerda adecuadamente con la naturaleza del alma; y así (por el Axioma 6 de la Parte I), la idea de esta idea no expresa adecuadamente la naturaleza del alma humana, o sea, no implica el conocimiento adecuado de ésta. Q.E.D.


Corolario: De aquí se sigue que el alma humana, cuantas veces percibe las cosas según el orden común de la naturaleza, no tiene un conocimiento adecuado ni de sí misma, ni de su cuerpo, ni de los cuerpos exteriores, sino tan sólo un conoci­miento confuso y mutilado. Pues el alma no se conoce a sí misma sino en cuanto percibe las ideas de las afecciones del cuerpo (por la Proposición 23 de esta Parte); pero, a su vez, este cuerpo suyo (por la Proposición 19 de esta Parte) no lo percibe sino por obra de esas mismas ideas de las afecciones, por sólo las cuales, a su vez también, percibe los cuerpos exteriores (por la Proposición 26 de esta Parte); y así, en cuanto tiene esas ideas, no tiene ni de sí misma (por la Proposición 29 de esta Parte), ni de su cuerpo (por la Proposi­ción 27 de esta Parte), ni de los cuerpos exteriores (por la Proposición 25 de esta Parte), un conocimiento adecuado, sino sólo (por la Proposición 28 de esta Parte, con su Escolio) mutilado y confuso. Q.E.D.

Escolio: Digo expresamente que el alma no tiene ni de sí misma, ni de su cuerpo, ni de los cuerpos exteriores un conocimiento adecuado, sino sólo confuso y mutilado, cuan­tas veces percibe las cosas según el orden común de la naturaleza, esto es, siempre que es determinada de un modo externo, a saber, según la fortuita presentación de las cosas, a considerar esto o aquello; y no cuantas veces es determinada de un modo interno —a saber, en virtud de la consideración de muchas cosas a la vez— a entender sus concordancias, diferen­cias y oposiciones, pues siempre que está internamente dispuesta, de ese modo o de otro, entonces considera las cosas clara y distintamente, como mostraré más adelante.

PROPOSICIÓN XXX


Acerca de la duración de nuestro cuerpo no podemos tener sino un conocimiento muy inadecuado.


Demostración: La duración de nuestro cuerpo no depende de su esencia (por el Axioma 1 de esta Parte), ni tampoco de la naturaleza de Dios, considerada en términos absolutos (por la Proposición 21 de la Parte I), sino que (por la Proposición 28 de la Parte I) es determinado a existir y obrar por causas tales que, a su vez, han sido también determinadas por otras a existir y obrar de cierta y determinada manera, y éstas a su vez por otras, y así hasta el infinito. Así pues, la duración de nuestro cuerpo depende del orden común de la naturaleza y de la constitución de las cosas. Ahora bien, en Dios hay conocimiento adecuado acerca del modo que tienen las cosas de constituirse, en cuanto que tiene ideas de todas ellas, y no en cuanto tiene la idea del solo cuerpo humano (por el Corolario de la Proposición 9 de esta Parte). Por ello, el conocimiento de la duración de nuestro cuerpo es en Dios muy inadecuado, en cuanto se lo considera como constitu­yendo solamente la naturaleza del alma humana, esto es (por el Corolario de la Proposición 11 de esta Parte), tal conocimiento es, en nuestra alma, muy inadecuado. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXXI


Acerca de la duración de las cosas singulares que existen fuera de nosotros no podemos tener sino un conocimiento muy inadecuado.


Demostración: En efecto, cada cosa singular, al igual que el cuerpo humano, debe ser determinada a existir y obrar de cierta y determinada manera por otra cosa singular, y ésta a su vez por otra, y así hasta el infinito (por la Proposición 28 de la Parte I), Ahora bien, puesto que hemos demostrado en la Proposición anterior, a partir de dicha propiedad común a las cosas singulares, que nosotros no tenemos, acerca de la duración de nuestro cuerpo, sino un conocimiento muy inadecuado, deberá seguirse, acerca de la duración de las cosas singulares, la misma conclusión, a saber: que no podemos tener de ella sino un conocimiento muy inadecuado. Q.E.D. 



Corolario: De aquí se sigue que todas las cosas particulares son contingentes y corruptibles, ya que acerca de su duración no podemos tener conocimiento adecuado alguno (por la Proposición anterior), y eso es lo que debemos entender por «contingencia» y posibilidad de «corrupción» de las cosas (ver Escolio 1 de la Proposición 33 de la Parte I). Pues en ningún otro sentido, aparte de éste, hay nada contingente (por la Proposición 29 de la Parte I).

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Hesse, Hermann. Relato sobre la gran guerra.

Pintura de un país que pasa de un legado espiritual y humilde a un estado industrial poderoso, mostrando la lucha interna y el renacimiento a través de la introspección




EL IMPERIO (Diciembre de 1918)


Era un país grande y hermoso, aunque no rico precisamente; en él vivía un pueblo valiente, modesto, pero vigoroso y estaba contento con su suerte. La riqueza y la buena vida, la elegancia y la magnificencia no abundaban en verdad, y los ricos pueblos vecinos miraban a veces, no sin mofa o burlona compasión, al pueblo modesto que habitaba aquel gran país.
Sin embargo, en este pueblo poco afamado se daban bastante bien algunas cosas que no se pueden comprar con dinero y que, sin embargo, son bastante apreciadas por los hombres. Se daban tan bien que, con el tiempo, el pobre país, a pesar de su escaso poderío, fue famoso y apreciado. Allí prosperaban cosas como la música, la poesía y la ciencia del pensamiento, e igual que a un gran sabio, orador o poeta no se le pide que sea rico, elegante ni muy sociable y, sin embargo, se le honra en cierto modo, así hicieron los pueblos poderosos con este pobre y maravilloso país. Se encogieron de hombros ante su pobreza y su algo torpe y desmañada existencia en el mundo, pero hablaban con gusto y sin envidia de sus pensadores, poetas y músicos.
Y poco a poco, el país del pensamiento, aunque siguió siendo pobre y fue oprimido con frecuencia por sus vecinos, derramó sobre sus opresores y sobre todo el mundo un caudal continuo, sereno, fecundante, de calor e idealismo.

Pero había algo, una circunstancia antiquísima y sorprendente, por la que el pueblo no solo era escarnecido por los otros, sino que sufría y sentía pena: los numerosos y diversos renuevos de esta hermosa tierra no podían soportarse mutuamente desde tiempos antiguos. Continuamente se estaban suscitando querellas y rivalidades. Y aunque de cuando en cuando nacía la idea, y era expresada por los mejores hombres del pueblo, de que era necesario unirse y trabajar amistosamente y en común, surgía la sospecha de que uno de los muchos linajes, o su príncipe, se alzaría sobre los otros y llevaría la dirección, siendo esta la causa de que no se llegara a la unión.


La victoria sobre un príncipe extranjero o sobre un conquistador que hubiera oprimido duramente al país, parecía querer traer al fin esta unidad. Pero pronto volvían a pelearse; los pequeños príncipes se resistían a ello y los súbditos de estos príncipes habían recibido de ellos tantas gracias en forma de empleos, títulos y bandas policromas, que se sentían contentos en general y estaban poco dispuestos a cualquier novedad.


Entre tanto, el mundo sufrió aquella revolución, aquella notable mutación de personas y cosas, que se elevó como un fantasma o una enfermedad sobre el humo de la primera máquina de vapor y transformó la vida en todas partes. El mundo se llenó de trabajo y aplicación; la vida fue regida por las máquinas y espoleada hacia tareas siempre nuevas. Surgieron grandes naciones, y la parte del mundo que había inventado las máquinas se arrogó todavía más que antes el dominio del mundo, repartióse con los otros poderosos el resto de la Tierra, y el que no era fuerte se quedó sin nada.


También sobre el país del que estamos hablando pasó la oleada, pero su parte fue modesta, como correspondía a su papel. Los bienes de la Tierra fueron distribuidos una vez más, y el pobre país volvió a quedarse ayuno.


De pronto, todo tomó un nuevo rumbo. Las voces antiguas que pedían una unión de los linajes no habían enmudecido nunca. Un gran estadista, pictórico de fuerzas, surgió; una feliz y espléndida victoria sobre una gran nación fronteriza fortaleció y unió al país, cuyos troncos se fundieron y crearon un gran reino. El pobre país de soñadores, pensadores y músicos había despertado, era rico, era grande, estaba unido y avanzaba en su carrera con el mismo brío que sus viejos hermanos mayores. En el dilatado mundo ya no había mucho que pillar y heredar; en las remotas partes del mundo, la joven nación encontró ya echadas las suertes. Pero el espíritu de la máquina, que hasta entonces había vivido precariamente en este país, floreció asombrosamente. Toda la nación y el pueblo se transformaron rápidamente. Se hicieron grandes, ricos, poderosos y temidos. Se amontonaron riquezas y la nación se rodeó de una triple muralla de soldados, cañones y fortalezas. Pronto apareció en el pueblo vecino, al que el joven estado intranquilizaba, la desconfianza y el temor, y empezó también a levantar barreras y a aprestar sus cañones y barcos de guerra.


Sin embargo, esto no era lo peor. Había bastante dinero para pagar este enorme muro protector y nadie pensaba en una guerra; el país se preparaba ante cualquier eventualidad, además de que a los ricos les gusta ver una coraza de hierro en torno a su dinero.


Mucho peor era lo que sucedía dentro del joven reino. Este pueblo, que durante todo tiempo había sido medio escarnecido, medio venerado por el mundo, que había poseído tanto espíritu y tan poco dinero, este pueblo comprobó ahora que era linda cosa el dinero y el poder. Construyó y ahorró, fomentó el comercio y prestó dinero; nadie pedía hacerse rico con la rapidez deseada y quien tenía un molino o una fragua levantó una fábrica, y quien había tenido tres empleados, necesitó ahora diez o veinte, y muchos llegaron a tener pronto ciento y mil. Y cuanto más de prisa trabajaban todas aquellas manos y máquinas, tanto más rápidamente se amontonaba el dinero - solo en las arcas de aquellos que habían tenido habilidad para amontonarlo -. Pero los numerosos trabajadores no eran oficiales y colaboradores de un maestro, sino que caían pronto en la esclavitud.


Así sucedía también en los demás países, allí también se convirtió el taller en fábrica, el patrón en soberano, el trabajador en esclavo. Ningún país del mundo pudo sustraerse a este destino. Pero el joven reino tuvo la suerte de que este nuevo espíritu, el impulso que ahora sacudía al mundo, coincidiera con su nacimiento. No tenía ningún pasado tras sí, ninguna riqueza antigua; se lanzó a este tiempo nuevo y vertiginoso como un niño impaciente; tenía las manos llenas de trabajo y llenas de oro.


Es cierto que los monitores y advertidores dijeron al pueblo que iba descarriado. Recordaron los tiempos pasados, la fama tranquila e íntima del país, la misión espiritual que en otro tiempo le estaba encomendada, la noble y sólida corriente de pensamientos, de música y de poesía con que en otro tiempo inundara al mundo. Pero todos se rieron de estas advertencias, sumidos como estaban en las delicias de la joven riqueza. El mundo era redondo y giraba, y que los abuelos hubieran escrito poesías y teorías filosóficas estaba bastante bien, pero los nietos querían demostrar que en este país se podía y se sabía hacer también otras cosas. Y de esta manera martillaron y remacharon en sus mil fábricas nuevas máquinas, nuevos ferrocarriles, nuevas mercancías y nuevas armas y cañones en previsión de cualquier contingencia. Los ricos se apartaron del pueblo, los pobres trabajadores se vieron abandonados y no pensaron tampoco en su pueblo, del que eran parte, sino que se preocuparon y pensaron en sí solos. Y los ricos y los poderosos que habían fabricado los cañones y fusiles para emplearlos contra un enemigo exterior se alegraron de sus previsiones, pues ahora tenían enemigos internos que quizá fueran más peligrosos.


Todo esto vino a dar en la Gran Guerra, que asoló tan terriblemente al mundo durante años y entre cuyas ruinas vivimos aún, sordos por su estruendo, amargados por su desatino, enfermos por tantos torrentes de sangre que siguen corriendo a través de todos nuestros sueños.
Y la guerra hizo que aquella nación joven y floreciente, cuyos hijos habían ido a la lucha con .entusiasmo y hasta con orgullo, se derrumbara. Fue vencida, terriblemente vencida. Pero los vencedores, antes de hablar de paz, exigieron onerosos tributos al pueblo vencido. Y sucedió que durante días y días, mientras huía el ejército destrozado, los símbolos del poderío que hasta entonces había ostentado la nación salieron de ella en largos comboyes para ser entregados al enemigo victorioso. Maquinaria y dinero fluyeron en ríos caudalosos desde la patria vencida hasta las manos del enemigo.


Pero entre tanto, el pueblo vencido reflexionó en el instante de mayor necesidad. Había arrojado de sí a sus caudillos y príncipes y se había declarado mayor de edad. Había buscado remedio y había manifestado su voluntad de encontrarse a sí mismo en su desgracia, con sus propias fuerzas y con su propio espíritu.
Este pueblo, que ha llegado a su mayoría de edad a través de tan difíciles pruebas, no sabe hoy todavía adónde conduce su camino y quién ha de ser su guía y mentor.
Pero los cielos sí lo saben, y saben por qué han enviado sobre este pueblo y sobre todo el mundo el azote de la guerra.


Y en las tinieblas de estos días brilla un camino, el camino que debe seguir el pueblo desangrado.
No puede volver a ser niño. Nadie puede hacerlo. No puede devolver simplemente sus cañones, sus máquinas y su dinero y dedicarse otra vez a hacer poesías y a tocar sonatas en sus pequeñas y tranquilas ciudades. Pero debe hacer su camino, y deberá recorrerlo solitario, pues su vida le ha llevado a caer en graves faltas y en horribles tormentos. Puede recordar los caminos recorridos hasta el presente, puede recordar su origen e infancia, su engrandecimiento, su esplendor y su decadencia, y puede encontrar en el camino de estos recuerdos las fuerzas que le pertenecen esencialmente y que no pueden ser perdidas. Debe entrar dentro de sí, como dicen los creyentes. Y en sí, en lo más íntimo, encontrará su propio ser indestructible, y este ser no querrá sustraerse a su destino, sino aprobarlo y empezar de nuevo con sus virtudes mejores y más íntimas, recuperadas otra vez.


Y si esto es así, y si el pueblo humillado emprende el camino del destino con voluntad y decisión, podrá recuperar algo de lo que fue en otro tiempo. Volverá a fluir de él una corriente tranquila y continua que inundará el mundo, y los que hoy son todavía sus enemigos volverán a escuchar conmovidos el murmullo de esta corriente serena. 

Carisma, un post nuevo con palabras distintas.

Hay un concepto que me gusta, es poderoso, es fácilmente identificado pero difícil de poseer, este concepto responde al nombre de carisma.


Grandes actores de Hollywood se adjudican este apelativo, junto a buenos futbolistas, cosa que también comparten los políticos, miembros de la aristocracia, y no solo ellos, pues quien alguna vez pase por la frutería del mar en c/ mil flores captará rápidamente una muchacha repleta de esto mismo, su nombre es Pili.


El carisma sale a la luz en el momento que un plano se desliza, este desliz contribuye al concepto de carisma como a algo necesario en la interacción.



Ocurrió una historia:
Una muchacha observa a quien le habla, la conversación captó temas peliagudos, y bien podría tratarse de temas sexuales, como de trabajo, en fin, digamos que dialogan sobre un amigo en común que se encuentra en problemas, ahora ella esta atenta a quién le habla y se encuentra interesada en captar el problema: "el se sentía desnudo hacia esa situación, pues nada más abrir la puerta todos se callaron, ¿entiendes?", Si, afirmo apresurada ella, "bien, pues yo estaba en aquella sala, no muy cerca de donde hablaban, escuche hablar de el Susana, se reían de el" me imagino, y ¿que más?, "hablaban de como echarlo del grupo, pues como sabes a Alba no le.... ". Y hasta aquí estuvo presente él.


Este amigo aguantó hasta que ceso la comunicación, antes contribuía sigilosamente en la conversaciónsin sin emitir palabra alguna, dejando entrever su carisma. Cuando ambos hablaban el investigó, observó gestos en Javier, quien contaba el suceso algo cabreado, más tarde, cuando Susana se dedicaba a escuchar el la observaba, quería descubrir en que punto se encontraba, si ella era capaz de captar el mapa de Javier, y volviendo al muchacho, continuó comunicándole tranquilidad mediante gestos con las manos y otros gestos comunes entre ellos. Después mientras la conversación se rompía, cuando ambos amigos dejaron de comunicarse, el se marcho.


Existen transformaciones intensas en el intercambio anterior, hay un chico que no habla, ocurre algo en esa situación que tranquiliza y acompaña, una manera de ser, o una forma de amistad que une a dos de ellos. El chico es quien poseé la amistad en potencia, hay momentos en que se hace necesario juntar los planos de forma rítmica, podríamos decir alinear planos, encontrar puntos, coordenadas para la unión. Todo esto sucede en una interacciónn recordemos, donde el objeto es un enunciado y los sujetos dos conocedores de un problema, que siendo el mismo difieren en las proposiciones, por un lado Javier verbaliza sus proposiciones, sus experiencias, mucho mayores en numero y en dificultad. Susana recibe, ordena y desfigura las suyas propias, para amoldarlas a las próximas que pueden ser creadas.


Por eso aquí el trabajo esta en crear un enunciado muy común a quienes dialogan, el chico, el carismático, sin palabras se aproxima a los dialogadores como si su plano contuviera a los otros dos. Su plano es muy abierto, esta bien ejercitado para hender sus redes en el de otros individuos, actúa como imán y acompaña la producción enunciativa por rutas comunes.


Las personas carismáticas confeccionan planos flexibles que ejercen por su movilidad un mayor dominio en temas diversos, si el interés se sitúa en un conocido, una conversación puede surgir,también cambiar o desviarse por rutas cualesquiera, tales son: familia, trabajo, conocidos, estudios, o demás enlaces que unen al conocido con los presentes. Casos así son propicios para los planos flexibles de esta gente tan carismática pues, responden a la mayor demanda ambiental, captan alegrías de un gran numero de personas y hacen que exploten, para re-crearlas y volverlas al presente recién vivas.


Estas alegrías realizadas de forma común son el motor de la confianza, entre individuos e individualmente. Este es el secreto de la gente carismática. Parece que su diversión es la alegría en el esfuerzo por conocer a la persona.

Deleuze. Foucault y la Tª de visibilidades

Imagen conceptual de la arqueología de Foucault, mostrando capas estratificadas de conocimiento, visibilidad y discurso, con umbrales de epistemología, cientificidad, etización, estetización y politización.



En Foucault. Los lugares de visibilidad nunca tendrán el mismo ritmo, la misma historia, la misma forma que los campos de enunciados, y la primacía del enunciado solo será válida por esa razón, en tanto que se ejerce sobre algo irreductible. Cuando se olvida la teoría de las visibilidades se mutila la concepción que Foucault tiene de la historia, pero también se mutila su pensamiento, su concepción del pensamiento. Se lo convierte en una variante de la filosofía analítica actual, con la que no tiene casi nada en común. Foucault siempre se sintió tan fascinado por lo que veía como por lo que oía o leía, y la arqueología tal y como él la concebía es un archivo audiovisual (empezando por la historia de las ciencias).

Si a Foucault le gusta enunciar y descubrir los enunciados de los demás, es porque también tiene una pasión por ver: lo más característico de él es la voz, pero también los ojos. Los ojos, la voz. Foucault siempre ha sido un vidente, a la vez que introducía en la filosofía un nuevo estilo de enunciados, de acuerdo con un doble movimiento, con un doble ritmo. Lo estratificado no es el objeto indirecto de un saber que surgiría después, pero constituye directamente un saber: la lección de cosas y la lección de gramática. Por eso la arqueología se ocupa de los estratos, precisamente porque no remite obligatoriamente al pasado. Existe uria arqueología del presente. Presente o pasado, lo visible es como lo enunciable, son el objeto, no de una fenomenología, sino de una epistemología.

Lo que Foucault reprochará a La historia de la locura es que todavía invoque una experiencia vivida salvaje, a la manera de los fenomenólogos, o unos valores eternos de lo imaginario, a la manera de Bachelard. De hecho, nada hay previo al saber, pues el saber, tal y como Foucault lo convierte en un nuevo concepto, se define por esas combinaciones de visible y de enunciable específicas de cada estrato, de cada formación histórica. El saber es un agenciamiento práctico, un.«dispositivo » de enunciados y de visibilidades. Nada hay, pues, bajo el. Saber (aunque haya cosas fuera del saber). Lo que equivale a decir que el saber solo existe en función de «umbrales» muy variados, que señalan otras tantas láminas, separaciones y orientaciones en el estrato considerado. A este respecto, no basta con hablar de un «umbral de epistemologización»: este ya está orientado en una dirección que conduce a la ciencia y que todavía atravesará un umbral específico de «cientificidad» y, eventualmente, un «umbral de formalización».

En el estrato también existen otros umbrales, orientados de otra forma: umbrales de etización, de estetización, de politización, etc. El saber no es la ciencia, y es inseparable de tal y tal umbral en el que está incluido: incluso la experiencia perceptiva, incluso los valores de lo imaginario, incluso las ideas de la época o los elementos de la opinión común. El saber es la unidad de estrato que se distribuye en los diferentes umbrales, mientras que el estrato solo existe como la acumulación de esos umbrales bajo diversas orientaciones y la ciencia solo es una de ellas.

En tanto el alma (cuerpo) imagina, no se forma conocimiento adecuado.

PROPOSICIÓN XXVI

El alma humana no percibe ningún cuerpo exterior como existente en acto sino por obra de las ideas de las afecciones de su propio cuerpo.

Demostración: Si el cuerpo humano no es afectado en modo alguno por ningún cuerpo exterior, entonces (por la Proposi­ción 7 de esta Parte) tampoco la idea del cuerpo humano, es decir (por la Proposición 13 de esta Parte), tampoco el alma humana, es afectada en modo alguno por la idea de la existencia de ese cuerpo, o sea, no percibe en modo alguno la existencia de dicho cuerpo exterior. Pero en cuanto el cuerpo humano es afectado de algún modo por un cuerpo exterior, en esa medida (por la Proposición 16 de esta Parte, con su Corolario 1) percibe el cuerpo exterior. Q.E.D.

Corolario: En tanto el alma humana imagina un cuerpo exterior, no tiene de él un conocimiento adecuado.

Demostración: Cuando el alma humana considera los cuerpos exteriores por obra de las ideas de las afecciones de su propio cuerpo, decimos entonces que «imagina» (ver Escolio de la Proposición 17 de esta Parte); y el alma no puede imaginar de otra forma (por la Proposición anterior) los cuerpos exteriores como existentes en acto. Así, pues (por la Proposición 25 de esta Parte), en cuanto el alma imagina los cuerpos exteriores, no tiene de ellos conocimiento adecuado. Q.E.D.

PROPOSICIÓN XXVII
La idea de una afección cualquiera del cuerpo humano no implica el conocimiento adecuado del cuerpo humano mismo.
Demostración: Toda idea de una afección cualquiera del cuerpo humano implica la naturaleza de dicho cuerpo en tanto en cuanto se lo considera afectado de cierta manera (ver Proposición 16 de esta Parte). Pero en cuanto el cuerpo humano es un individuo, que puede ser afectado de muchas otras maneras, su idea, etc. Ver Demostración de la Proposi­ción 25 de esta Parte.

PROPOSICIÓN XXVIII
Las ideas de las afecciones del cuerpo humano, en cuanto referidas sólo al alma humana, no son claras y distintas, sino confusas. 


Demostración: En efecto, las ideas de las afecciones del cuerpo humano implican la naturaleza, tanto de los cuerpos exteriores, como del cuerpo humano mismo (por la Proposi­ción 16 de esta Parte), y deben implicar no sólo la naturaleza del cuerpo humano, sino también la de sus partes, ya que las afecciones (por el Postulado 3) son modos por los que son afectadas las partes del cuerpo humano y, consiguientemente, el cuerpo entero. Ahora bien (por las Proposiciones 24 y 25 de esta Parte), no se da en Dios un conocimiento adecuado de los cuerpos exteriores, ni de las partes componentes del cuerpo humano, en cuanto se le considera afectado por el alma humana, sino en cuanto se le considera afectado por otras ideas. Por consiguiente, dichas ideas de afecciones, en cuanto referidas sólo al alma humana, son como consecuencias sin premisas, es decir (como es por sí notorio), ideas confusas. Q.E.D.

Escolio: Se demuestra de la misma manera que la idea que constituye la naturaleza del alma humana no es, considerada en sí sola, clara y distinta; como tampoco lo son la idea del alma humana y las ideas de las ideas de las afecciones del cuerpo humano, en cuanto referidas sólo al alma, lo cual comprenderán todos con facilidad.


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