6 de julio de 2017



El legado

Artículo enviado para su publicación por el Autor

El legado por @jrherreraucv

Lo que es cierto no necesariamente coincide con lo que es verdadero. Una verdad “pura” e indiferenciada, universal-abstracta, ahistórica, no es verdadera. Pero, de igual modo, una determinada certeza que pretenda, a partir de sus hallazgos particulares, por más pulcros que estos puedan ser, presentarse como la verdad indiscutible, no es más que una presunción, un vanidoso prejuicio. La diferencia –pero también el reconocimiento recíproco– que se presenta entre lo uno y lo otro depende de la conciencia de la historicidad que se pueda ser capaz de conquistar. De hecho, la filosofía tiene la tarea de reconducir –ordo et conectio– lo cierto a lo verdadero, y viceversa, en el tiempo, cabe decir, de historizarlo, de develarlo en su concreción como hecho –factum– histórico, como “actividad sensitiva humana”, como praxis continua.


Se trata de la adecuación, en medio de las radicales transformaciones provocadas por la profunda crisis de la cultura contemporánea, nada menos que del orden de las ideas (verum) y de la incontenible multiplicidad de cogniciones de las experiencias fenoménicas (certum). Adecuación que permite alcanzar una comprensión transparente “del presente y de lo real”, no sometida a los dogmas ni a los “principios supremos” sobrepuestos y sobrentendidos a las instancias de lo específico, sino del diálogo tolerante, continuo y fluido de lo universal y de lo particular. Diálogo, en fin, lo suficientemente capaz de producir la conformación de una nueva concepción de la historia y, con ella, de un nuevo consenso, una nueva eticidad, para el “aquí y ahora”.

En este mismo sentido, concebir la representación de un “legado” como verdad o como certeza absolutas e indiscutibles –en realidad, abstractas– es un fraude, una mentira repetida hasta el hastío, con el objetivo de transmutarla en “revelación divina”. Enseñanza brotada de las insanias mentales de un Joseph Goebbels, quien, no por mera casualidad, fuera ministro de la confusión entre la “Ilustración Pública” y la “Propaganda” del Tercer Reich. Terminada la guerra, el Ejército Rojo de Stalin ocupó la parte oriental de Alemania y reclutó a los expertos en publicidad nazi, poniéndolos a su servicio en el diseño de sus “verdades” y “certezas”. Más tarde, esos auténticos laboratorios de torsión y retorsión pasarían a formar parte del modo característico de hacer política en la Cuba de los Castro. Y, con el actual dominio castrista de Venezuela, las viejas prácticas fascistoides, ese empeño desmesurado, cínico, por voltear certezas hasta hacerlas devenir verdad, ha terminado por convertirse, tal vez, en la más importante de las políticas de un Estado que, hace ya mucho tiempo, dejó de ser un Estado para convertirse en un cartel.

Venezuela ya no es un Estado. Por Estado no debe comprenderse exclusivamente la existencia de los llamados “poderes públicos”, es decir, la existencia de los poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Ciudadano, los mismos que este gang hace tiempo secuestró. Estado es mucho más que eso: es la compleja y rica adecuación de la sociedad política con la sociedad civil. Tal adecuación ya no existe. Desde que el régimen se propuso asfixiar a la sociedad civil, condenar el desarrollo de la producción de riquezas, criminalizar el bienestar de la sociedad, la educación, la salud y la seguridad social y ciudadana; desde que impusiera la amenaza, la coerción y la humillación de toda la sociedad como “plan”, la fuerza bruta y la “equidad” de la hambruna y la miseria; desde que hiciera del atropello y el crimen el modo de ser “patriota”; desde que el lenguaje oficial se hizo malandro y mediocre y los antivalores fueran transformados en valores, con su versión banal, mutilada y ridícula de la historia; desde que implantó esta inmensa, infinita, pobreza espiritual; desde que se decidió que los intereses de un grupito exclusivo, al servicio de los Castro, estuviese por encima de los intereses fundamentales de todo un país. En fin, desde ese instante, Venezuela dejó de ser un Estado. Por supuesto que, y como consecuencia directa de lo anterior, tampoco es una república soberana, independiente y, mucho menos, democrática. Venezuela es un territorio en el que impera la violencia, secuestrada por una mafia, tal como lo está Cuba. El único “legado” que ha dejado este régimen es la barbarie.

La acción de “legar” –¡eso es un legado!–, o más específicamente, el pretender transmitir a las nuevas generaciones lo peor del país, la truhanidad, la trampa, la deshonestidad, la piratería, el robo, el asesinato, la violencia, la venganza, el resentimiento y la más crasa ignorancia, con el premeditado propósito de someter la civilidad, de impedir a toda costa el triunfo de la razón, la libertad y el progreso, no se puede concebir como un legado sino como una vergüenza, una ignominia a la que, tarde o temprano, tendrán que responder ante los órganos de justicia correspondientes. ¿Puede llamarse “legado” el cuatrerismo de Boves, las pulperadas de Zamora, los desfalcos y atrocidades de los Monagas o del Cabito Castro? ¿Qué pensar de los dictadorzuelos que –precursores de Hitler, Stalin, Mussolini o Franco– durante años hicieron del país su hacienda personal, sosteniendo sus lustradas botas militares sobre las espaldas de un país en ruinas?

Como dice Hegel en la Filosofía del Derecho, “el bárbaro es perezoso y se distingue del cultivado en que se empolla en la estupidez”. La historia de estas certezas, llenas de audaces Carujos, habituados a las tropelías, los mazazos y empujones, quizá forme la parte lamentable de este ser social; pero esa no es su historia completa, la historia de la verdad de una sociedad que con el ingenio de David, más que con la fuerza bruta de Goliat, ha contribuido a liberar naciones, ha sido partícipe del desarrollo de la ciencia y la tecnología contemporáneas, ha colocado su talento por encima de las más duras adversidades. Esta civilidad nada tiene que envidiar a nadie y de nadie puede sentirse inferior. El “¿quién dijo miedo?” es adagio de este pueblo. El “si la naturaleza se opone” implica mucho más que la referencia a una tormenta o a un terremoto. Implica tomar el propio destino por los cuernos hasta doblegar al opresor. Ese es el auténtico legado de los hombres y mujeres comprometidos con el reto de restituir los valores de su democracia. Quod est in votis.
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