7 de marzo de 2017



El destino y la nada

Publicado por: Alejandro Diaz

Subconsciente, universo y azar 

¿Está nuestro destino predeterminado? y si es así, ¿es esto del todo malo? Estamos destinados a morir, pero también destinados a ser responsables de nuestros actos. La libertad no es absoluta como tampoco el destino

camino


Fue John Michell por el año 1783 quien describiera los agujeros negros en base a su idea de “velocidad de escape”, en donde imaginó un objeto tan masivo que ni siquiera la luz pudiera escapar de él. Luego fue el físico alemán Karl Schwarzschild quien pensó en un límite en el que la dimensión del tiempo se vuelve espacio, con lo que termina apuntando hacia el centro de una "estrella comprimida" (agujero negro); este umbral se conoce hoy como “radio de Schwarzschild”, desde donde puede presentarse una singularidad al ser rebasado, es decir, sea lo que sea que atraviese este límite no podrá escapar de su destino. La singularidad se presenta cuando no hay un equilibrio entre la materia porque sólo reina la fuerza gravitacional y ya no influye de ninguna forma la fuerza electromagnética para repeler a los átomos; los científicos suelen ver este caos como la nada ya que cualquier orden, equilibrio o estructura es completamente inexistente.

Desde un punto de vista literario podemos ver al genio William Shakespeare decir: "El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”. Este punto es muy interesante desde muchos ámbitos porque nos lleva en cierta medida a pensar en el destino desde la legalidad, comparándolo con un conjunto de leyes de las que no podemos escapar, pero que podemos conocer para entender cómo movernos a través de ellas; esto lo ejemplifica muy bien Spinoza en su libro “La ética”. El filósofo que aprenda a moverse en la vida con las herramientas que le han sido dadas se parecerá a un abogado hábil que puede llevar muy bien los derechos y deberes de su ejercicio, o a un astronauta que sabrá volar libremente a través del espacio respetando las leyes del mismo. Es por esto que este extracto de Shakespeare es profundamente metafísico, porque nos invita a descubrir las leyes del juego de nuestra vida sin importar cuándo comience, si cuando nacemos realmente o cuando cumplamos 40 o 60, porque la vida comienza cuando notamos que existimos y podemos identificar nuestra finitud.

Giovanni Papini dijo algo que podríamos equiparar en cierta medida con lo dicho por el médico psiquiatra Carl Jung:“El destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y de la voluntad”. Puede que el destino esté marcado a fuego en nuestras almas a través de las experiencias de nuestra infancia más profunda, aunque esto no quiere decir del todo que estemos amarrados a nuestra psicología, sino más bien que podemos comprender nuestros actos primitivos a través de ella, es pues el conocimiento de la mente y del universo la forma más radical de escapar a nuestro destino y lo que nos llevaría a imaginarlo desde un punto de vista colectivo, como lo harían con el tiempo las grandes ideologías políticas.

Las grandes revoluciones se produjeron, al menos en la teoría, creyendo en un destino y pensando que es a través del conocimiento como podemos cambiar nuestro presente. Un bebé está destinado a morir, al parecer somos la única especie del planeta que necesita de muchos años para poder sobrevivir en este ambiente hostil, la que sin el cuidado de los padres estaría condenada por su posición en la escala alimenticia, entonces ¿cuál es nuestro destino, morir en las manos de quienes estemos o vivir por su amor? Como humilde escritor me quedo con lo segundo, con que podemos cambiar aquello de lo cual estamos constituidos, pero no a través del mal positivismo, sino de la sana investigación de las verdaderas herramientas que nos heredaron nuestros padres: las ciencias, la filosofía, las artes y la técnica, todo en conjunción con nuestras propias experiencias, con esa metafísica que no muere por el poderío de nuestra propia individualidad.

Estamos encerrados en la jaula de la existencia, podemos decir con bastante seguridad que sea lo que sea que hagamos no cambiará en nada nuestro destino final, el olvido, la muerte; es aquí donde es digno apreciar el valor de conocer que tenemos un destino: vamos a morir, y es esta muerte lo que debería llevarnos a experimentar la vida como una singularidad, como un punto masivo en este espacio vacío, en donde cada instante es infinito en si mismo y valioso desde el prisma de la finitud de esto que llamamos vida.



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