24 de febrero de 2017



Cosas en lugar de ideas

Artículo enviado para su publicación por el Autor

La corte malandra por @jrherreraucv

Uno de los grandes pecados históricos de la filosofía francesa –toda ella, y aunque no lo quiera aceptar, construida sobre las ormas del cartesianismo– ha sido presuponer la separaración –o escisión– del conocimiento y de lo que se conoce (res cogitans y res extensa), hasta el paroxismo del absoluto irreconocimiento (Absolute Nichtanerkennung). Desde el Discours de la Méthode y hasta el presente posmoderno, pasando por los intentos arqueológicos –en realidad, esa epistemología de las estructuras hecha sobre el “orden mudo”– de Les Mots et les choses de Foucault, las ideas son preconcebidas como representaciones, huellas, impresiones, marcas de las cosas en el alma.


cosas en lugar de ideasNo por casualidad fueron ellos –los franceses, ¡les lumierès!– los creadores del cine. Las ideas serían, pues, re-presentaciones de los “objetos reales”. Y así, de un lado, la cosa real y, del otro, la representación de la cosa real. La cosa y el espectro de la cosa, la cosa y su reflejo. No obstante, conviene advertir que desde el momento en cual se concibe la idea como una res cogitans, como una “cosa pensante”, ya de antemano no se le concibe como lo que ella es. El inmenso progreso de la duda cartesiana termina, tristemente, en la “caja de herramientas” del entendimiento abstracto.

“Quien no cabe en el cielo de los cielos se encierra en el claustro de María”. En realidad, y más allá de lo que cree el sentido común, las ideas son algo más que meras impresiones o representaciones de las cosas. Las ideas no son, como dice Spinoza, “pinturas sobre el lienzo”, algo fijo, estático. Las ideas son actividad productiva, actio mentis, praxis. Y, en este sentido, son el contenido de la propia razón. Las ideas no están ni junto a las cosas ni sobre ellas ni entre ellas: son las cosas mismas en tanto que su hacer las determina. Se conoce porque se hace. Verum et factum convertuntur: lo racional y lo real se identifican recíprocamente. Como dice Terry Pinkard: “Un filósofo francés contemporáneo observó que la gran ansiedad que sufre todo filósofo moderno está en que, sea cual sea el camino que tome, cada uno de esos caminos acaba en un callejón sin salida, y en cada uno de ellos está Hegel aguardando con una sonrisa”.

Un discípulo de Hegel observó que la religión no es una “dicha ilusoria”, un engaño, sino, más bien, un síntoma del malestar que padece el más acá. Ella es la conciencia invertida del mundo cuando la sociedad se ha conformado en mundo invertido, en no-sociedad. Y cuando la realidad ha perdido su carácter sustancial, la religión se transforma en la “realización fantástica de la criatura agobiada”. Es el espíritu de las sociedades que carecen de espíritu. Por eso mismo, un narcoestado es, por su propia naturaleza, la negación del Estado mismo. O un Tribunal Supremo de Justicia que no imparte justicia, negándola. Es el síntoma de una nación que ha dejado de serlo, cuya patética expresión es la creación del viceministerio de la “Suprema Felicidad”. En resumen, la ley sin sustancia, la forma sin contenido, la ruptura de la res cogitans y de la res extensa. En este sentido, exigir el abandono de las ilusiones deviene así la exigencia del abandono de una situación real que necesita de ilusiones. El mundo del espejo es el espejo del mundo.

Para nadie es un secreto el hecho de que, durante los últimos años, en Venezuela ha imperado la más descarnada violencia, aquí, allá y en todas partes, en todos los niveles de su ser social. Si se es lo que se hace, las miserias de la violencia tienen por necesidad que encontrar en el más allá su fiel reflejo especular. El malandro –ya devenido sustancia, y por ello mismo, malandritud– refleja en sus altares su propia elevación, el suspiro de una vida agobiada, el gemido de bienestar que, impotentemente, no puede encontrar en su entorno, ni siquiera por “decreto supremo”. Y ahí comienzan “los negocios” con “el santo”. Do ut des. Inicia el “pim, pum, pam”, el ahora llamado “negoceo” –¡vaya violencia contra el lenguaje!–. Bajo semejantes premisas, era absolutamente necesario que el “santerismo” o el “palerismo” terminara siendo la religión oficial de un régimen de miserias, corrupción, fraudes, odios ancestrales, resentimientos y venganzas. Las pasiones más fuertes terminan siendo tristes, lamentables. Tristeza constante, autoproyectada en el gozo ante la vana esperanza del propio beneficio y la posible satisfacción de dañar a otro. La justicia por la propia mano, conducida por el “buen santo” de “la corte”. Temor y violencia. Dice Quinto Curcio –y Spinoza cita– que “no hay medio más eficaz que la superstición para gobernar la muchedumbre”.

Por lo demás, estas novísimas formas de superstición suponen que la bondad genera tristeza, mientras que la maldad genera gozo. Los partidarios de la superstición creen que por medio del miedo lograrán hacer a los demás tan miserables como ellos. Una sociedad violenta tiene la imperiosa necesidad de reflejarse en una religión igualmente violenta. Desear lo que posee el otro, agredir al otro hasta la humillación para, finalmente, asesinarlo, solo halla placer en el profundo temor del victimario, en la confirmación de su ser impotente y de su dolor siniestro. Compenetrarse con el mal es la tristeza misma. El triunfo de la “corte malandra” solo permite comprender su inversión especular: el fracaso, la inminente derrota del estado de cosas presente. Un ignorante, agitado y dominado como está por causas exteriores, “sobrenaturales”, carece de aquello que Spinoza califica como el “contento interior”. Busca “la contra” en collares, aromas, animales ensangrentados, cráneos y toda suerte de “reliquias”. Es el lenguaje de quien pretende generar temor mediante su propio temor.

Un régimen del y para el miedo. Una religión del y para miedo. A pesar de Descartes, la res extensa coincide con la res cogitans. El orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y conexión de las cosas. No se tiene miedo por haber soñado con una esfinge, se sueña con una esfinge porque se tiene miedo. Temor y temblor. Cuanto más se pretende atemorizar a un pueblo que ha sido llevado a la indigencia, más se percibe la temblorosa e inestable condición de sus opresores. Los días pasan. El reloj no se detiene. Se acerca la libertad a medida que la “corte malandra” se incinera en sus propios tizones. Ragnarok. Hasta las cenizas siempre.

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