26 de enero de 2017



El culto por la anomalía

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Culto por anomalías.

Escrito por josé Rafael Herrera / @jrherreraucv

Durante los últimos años, el término anomalía ha sido objeto de significativas modificaciones hermenéuticas –modificaciones, como suele suceder, sustentadas sobre la inevitable viscosidad de las ideologías–, no ajenas a los maniqueos cambios de flechado axiológico o de valor, que han terminado por redimensionar su uso original en ciencias sociales, dando lugar a su utilización como expresión manifiesta de radicalismo ideológico y de subversión política. Más específicamente, después de la publicación del ensayo filosófico de Antonio Negri, L'Anomalia selvaggia, de 1981, lo anómalo comenzó a dejar de ser expresión de anormalidad y defecto para devenir recta virtud.



A los fines del rigor argumentativo, conviene no perder de vista el hecho de que Antonio Negri fue el filósofo par excellence –o más bien, el mentor oficial– de la llamada “generación boba”, como la denominara en su momento cierto rector universitario de triste remembranza. Como tampoco conviene dejar pasar el hecho de que Negri, uno de los miembros principales de Autonomia Opertaia, fuese acusado, a finales de los años setenta, de conspiración, asociación ilícita e insurrección contra el Estado italiano, y de ser el autor intelectual del asesinato del primer ministro Aldo Moro y de diecisiete personas más. Condenado a treinta años de prisión, el Partito Radicale lo postuló al parlamento. Electo y envestido de inmunidad, con cuatro años en la cárcel sobre sus hombros, Negri asumió por poco tiempo el nuevo cargo, ya que el parlamento le revocó la inmunidad. Exilado en Francia, y bajo la protección del gobierno de Mitterrand, enseñó en la Universidad de París y en el Colegio Internacional de Filosofía, junto a Michel Foucault, Gilles Deleuze, Felix Guattari, entre otros filósofos de la llamada “posmodernidad”. No hace mucho tiempo, fue recibido con desbordado entusiasmo por sus seguidores –algunos de ellos, sobrevivientes de la “generación boba” que hoy sustenta el poder en Venezuela– en el Aula Magna de la UCV. En síntesis, anomalía revestida de virtud. ¿Qué dirían, hoy en día, los férvidos y furibundos detractores de Leopoldo López? Para Spinoza, el origen del mal es la ignorancia.

Anomalía es palabra latina de origen griego. Anomalus –an-homalus– significa irregular, a-normal, dado que homalia –de homos– significa regular, normal, en el sentido de no ser hetero, es decir, de no ser otro. Para los antiguos griegos quien padecía de anomalía era diagnosticado como mentalmente incapaz de llamar las cosas por su nombre, o sea, como un bárbaro, es decir, un bobo. En otros términos, carecía de eso a lo cual Spinoza, en la Ethica, designa con el nombre de adequatio. En este sentido, resulta cuando menos cuesta arriba el atreverse a calificar a Spinoza como un anómalo selvaggio. La anomalía no está, pues, en Spinoza sino en un “Spinoza” que Negri mira cuando se pone frente al espejo. La sola representación con la cual pretende establecer dos supuestas líneas –dos “filones” los llama– absolutamente antagónicas en la historia del pensamiento moderno, a saber, la de “los malos” (Hobbes, Rousseau y Hegel) y la de “los buenos” (Maquiavelo, Spinoza y Marx), como si la historia de la filosofía fuese un ring de boxeo o un “nos vemos en la salida”, ya es suficiente para comprender la ausencia de adecuación oculta tras la pompa ideológica, tan grata al resentimiento barbárico.

Confundir la irreverencia que caracteriza a todo pensamiento pensante –es decir, la crítica filosófica, propiamente dicha– con el terrorismo de Estado solo puede resultar de la conciencia infeliz propia de una crasa anomalía, que consiste en transformar el pensamiento en herramienta al servicio de una ideología anacrónica, una fe, un dogma. Nada más lejos de Spinoza, del nous que transita su inteligencia. Por cierto, y a propósito de Marx, fue precisamente en la Escuela de Hegel –en la que se formó, a pesar de las salvajes fábulas de los cultores del “materialismo dialéctico”– que aprendió a admirar la fuerza especulativa de Spinoza. “Ser spinozista –decía Hegel– es el punto de partida esencial de toda filosofía”. La anomalía es contraria al orden de las ideas y de las cosas. Para Spinoza, “el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas”.

Ahora se comprende cómo y por qué un grupo de fans en-capucha de las salvajes anomalías de Negri tiene que terminar, necesariamente, destruyendo –¿deconstruyendo?– la sociedad, hasta la actual condición de anomia que padece. Cuestiones, se dirá, inherentes al “pensamiento débil”. Es, por cierto, en este punto que se logra comprender la causa eficiente de ciertas asociaciones o gangs entre seguidores de las anomalías y gorilas. “Mueran los blancos, viva el rey”, gritaba Boves. Y es que, en efecto, no por mera casualidad, la expresión anomalía guarda una estrecha relación con la expresión anomia –a-nomos, ausencia de normas–, dado que comparten la misma raíz. Como se sabe, la anomia consiste en una condición de indeterminación, es decir, en la anulación –la nulidad o nadeidad– de la potencia del ser social. En el ensayo titulado El suicidio, Durkheim sostiene que la anomia se caracteriza por una pérdida o supresión de virtudes morales, religiosas, cívicas, en fin, sociales, que terminan en una creciente destrucción del orden social. Es el estadio característico del ente enajenado, temeroso, angustiado, insatisfecho, que conduce al suicidio. Y cabe advertir que existen muchas formas de suicidio. No solo quien estrella su humanidad contra el Metro puede llamarse suicida. También el condenado a morir de hambre es inducido al suicidio, tanto como lo es el paciente que espera que el tratamiento llegue, algún día, al hospital, o quien decide marcharse y quema las naves de su pasado.

Es el “ser para la muerte”, para la “solución final”. El auto-genocidio es tarea del día a día. Los anómalos han conducido a la sociedad al mayor estado de anomia. Simbólicamente –y no tan simbólicamente, después de todo– Venezuela es, en la actualidad, un país suicida.

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