16 de noviembre de 2016



La ilusión del mundo "exterior"

Publicado por: Sergio Yakovlev / @Sergio_Yakovlev

La realidad es siempre una construcción mental

¿Qué tanto influye la mente en nuestro modo de percibir la realidad? La experiencia nos lleva a pensar que estamos situados en un mundo en donde hay cosas afuera de nosotros. Lo cierto es que nada de lo que percibimos afuera está realmente afuera; la realidad “exterior” es una creación de la mente.


¿Qué tanto influye la mente en nuestro modo de percibir la realidad? La experiencia nos lleva a pensar que estamos situados en un mundo en donde hay cosas afuera de nosotros. Somos conscientes del árbol a cierta distancia, de la casa ubicada detrás del árbol y de la barda que circunda la casa. Todo eso está en un allá que suponemos existe por sí mismo, es decir, damos por hecho que el árbol, la casa y la barda son lo que son independientemente de nosotros. Lo cierto es que nada de lo que percibimos afuera está realmente afuera; la realidad “exterior” es una creación de la mente.

Los idealistas se preguntaban en dónde estaba el ser de las cosas. ¿En dónde está, por ejemplo, el ser de la mesa que veo, en la mesa o en mi conciencia? Para Hegel, la mesa de madera color marrón que veo es ya un concepto fabricado por mí, pues ese objeto que se usa para comer o escribir o poner otros objetos sólo es mesa en mi entendimiento. Si quisiéramos hallar el ser de esa mesa, tendríamos que quitarle primero todo lo que no es propiamente constitutivo del ser mesa, por ejemplo su color marrón, porque pueden haber mesas azules o verdes y el color no es algo propio del ser de la mesa, sino un agregado.[1]También haríamos a un lado la madera, porque pueden haber mesas de otro material y la madera no constituye propiamente el ser de la mesa, sino algo aparte. Así, tendríamos que ir quitando lo que no podemos considerar parte del ser de la mesa, como su peso, sus dimensiones, sus distintas formas (redonda, cuadrada, ovalada, etc) hasta quedarnos con ¿qué? Con la idea de mesa, idea que contiene en sí la esencia y el concepto de mesa, esto es, que lleva dentro de sí la noción completa de lo que es y puede ser una mesa. El objeto que percibo “afuera” es mesa en tanto que puedo mirarlo como mesa a partir de mi idea de mesa.

La realidad que percibimos, el mundo que está “afuera”, es, pues, la apariencia que toman las cosas cuando nosotros, al recibir un estímulo, proyectamos sobre ellos el contenido mental procesado. Así, el ser de los objetos no es otra cosa que nuestra idea implantada sobre lo que nos viene al encuentro.

            Ahora bien, ¿sobre qué se implanta la idea? Porque debe haber algo “afuera” sobre lo cual pueda fijarse. Lo que hay allá “afuera” son sólo partículas, partículas que proyectan estímulos lumínicos, sonoros, olfativos, gustativos y de contacto que adquieren figura mediante nuestro involuntario trabajo mental. El cerebro procesa estos estímulos a modo de componer estructuras que luego coloca “afuera”. Percibimos lo que ponemos ahí.

            Y eso que ponemos trae consigo un significado particular, un modo de ver el mundo. La mesa, el árbol y la casa son objetos cargados con un contenido cultural, religioso y sentimental. Al hablar de mi casa, por ejemplo, hablo también de hogar, de protección, de esfuerzo, de familia, y de cobijo. Si bien el ser de la casa no incluye como dice Hegel esos conceptos, para mí, al pensar en mi casa, están con ella. De manera que al poner mis ideas en el mundo “exterior” pongo también mi particular modo de entender los objetos. La realidad, pues, es siempre una construcción mental, cultural, psicológica y social. Porque no puedo ver un mundo diferente a la que está en mi cabeza; en todo momento me enfrento con el mundo que ha salido de mí.  

            No hay nada allá “afuera” que esté ya dado y que exista sin la intervención del pensamiento. Al no ser conscientes de este proceso de fabricación de la realidad, tomamos como un hecho el que las cosas sean independientes a nosotros, sin percatarnos de nuestra capacidad para modificar esa realidad. Nuestro ver, dice Ortega, no es sólo un ver pasivo; si fuera así, el mundo quedaría reducido a un caos de puntos luminosos. Hay también un ver activo, un ver que es mirar; interpretamos el mundo viéndolo y lo vemos interpretándolo. Segundo a segundo creamos el mundo. Nuestro pensamiento define el ser de las cosas y la realidad que percibimos.




[1] Cabe hacer notar que el color no está en las cosas, los seres vivos vemos el color a partir de ciertas células ópticas llamadas conos que son estimuladas por la luz que rebota de los objetos. Dependiendo del número de conos que posee la especie es la gama de colores que percibe. Los seres humanos tenemos tres conos y no podemos percibir el ultravioleta, mientras que los perros y los gatos no ven el rojo ni el verde por tener dos conos. 


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