19 de septiembre de 2016



Epicureismo infinito del átomo.

Artículo enviado para su publicación por el Autor
Epicuro cómic.

Lectura de Epicuro sobre el infinito.

Epicuro fue un filósofo muy perseguido durante muchas etapas del pensamiento humano, asimilado su pensamiento al de los judíos Saduceos que negaban la existencia infinita del alma, desde el siglo cero hasta la época de los hispanomusulmanes, Averroes y Abentofail, dos musulmanes que llevaron la interpretación racional lógica hasta la barrera de la imposibilidad de dicha inmortalidad (que hizo que fuera perseguido el segundo y el primero quedase sin carga de culpa por presentarse en su novela "El filósofo autodidacta" muy escurridizo y alabador), el Averroismo fue enseguida aceptado por muchos rabinos judaico sefardíes y se torno en un resurgimiento de las tesis Saduceas, el autor que culminó este renacimiento de lo tangible fue Spinoza, al que seguramente le sigan en nuestro tiempo más próximo Deleuze y Gustavo Bueno.


En lo que se refiere al infinito, no hay que considerar que su extremo superior o su extremo inferior son lo alto y lo bajo en términos absolutos, pues sabemos que, si proyectamos hasta el infinito —desde cualquier lugar en que nos encontremos— el espacio que existe sobre nosotros, nunca encontraremos su límite; ni tampoco el espacio inferior a un punto imaginario, si lo proyectamos al infinito, nunca estará al mismo tiempo en posición superior e inferior respecto de dicho punto, porque esto es impensable. Hay que concebir, por tanto, una única dirección hacia arriba que avanza hacia el infinito, y una sola hacia abajo, aunque infinitas veces un móvil que saliera de nuestro lado llegara a los pies de quienes habitan por encima de nosotros, o un móvil en dirección hacia abajo tocara la cabeza de quienes habitan en un lugar inferior. Porque imaginamos infinito por igual el movimiento en ambas direcciones opuestas.

Ademas, es necesario que los átomos que se mueven en el vacío sin que nada les intercepte tengan velocidades iguales, porque los cuerpos pesados no se moverán mas rápidamente que los pequeños y ligeros —por lo menos en tanto que no encuentren ningún obstáculo—, ni los pequeños se moverán mas rápidamente que los mayores si encuentran un camino apropiado y sin obstáculos. Y ni el movimiento hacia arriba, ni el movimiento oblicuo resultante de los choques, ni el movimiento hacia abajo causado por el peso de los átomos serán tampoco mas rápidos. Pues, en la medida en que el átomo conserve una u otra clase de movimiento, su velocidad se mantendrá rápida como el pensamiento, hasta que tenga que frenarla debido a una causa externa o por obra de su propio peso que compensa el impulso producido por el choque.

Pero, cuando forman parte de un complejo, diremos que un átomo es mas veloz que otro —aunque los átomos mantienen la misma velocidad cuando se mueven en una sola dirección y en un mínimo de tiempo continuo— cuando no se muevan en una sola dirección en tiempos concebibles solo mentalmente, sino que, entrechocando a menudo entre si, su movimiento aparezca a los sentidos como continuo.

En este caso no es verdad lo que generalmente se cree respecto a los fenómenos no visibles, eso es, que incluso en los periodos de tiempo solo concebibles mentalmente existe un movimiento continua-do, porque verdad es bien lo que analizamos con nuestra mente, bien lo que captamos mediante una aprehensión intuitiva.

A continuación, pasando a tratar de los sentimientos y de las sensaciones, pues así nuestra confianza adquirirá un fundamento mas solido, debemos creer que el alma es un cuerpo sutil y disperso por el organismo entero, similar al aire que contiene una cierta mezcla de calor, y que según las ocasiones muestra mayor afinidad con uno u otro de estos elementos. Hay otra parte del alma que por la sutileza de sus partículas es muy distinta de las anteriores y, por tanto, mucho mas apropiada para experimentar sensaciones

de acuerdo con el resto del cuerpo. Estos elementos constituyen de modo manifiesto las facultades del alma, su capacidad de sentir y de moverse, así como de pensar y de todas aquellas actividades priva-da de las cuales se nos presenta la muer-te. Hay que creer también que el alma posee la causa principal de las sensaciones. Y de seguro que no la tendría si de algún modo no estuviera contenida en el resto del organismo. Pero este, al permitir que resida en el alma la causa principal, participa también por su parte en alguna de las cualidades accidentales gracias al alma, aunque no de todas aquellas que son propias de esta. Por tanto, separado del alma, el cuerpo no experimenta sensaciones, ya que por si mismo no posee esta capacidad, pero las proporciona a algo que se ha formado conjuntamente con el, es decir, al alma. Esta, a su vez, gracias a la capacidad generada por el movimiento, produce, en primer lugar, el fenómeno de la sensación que posterior-mente transmite al cuerpo por contacto y consentimiento, tal como ya he dicho antes.

Por esta razón, mientras el alma permanece en el cuerpo, no pierde la capacidad de sentir aunque alguna de las partes del cuerpo quede separada de el; y, asimismo, si alguna parte del alma queda destruida —completa o parcialmente— al mismo tiempo que el cuerpo que la con-tiene, si perdura la parte restante, esta conserva la facultad de sentir (la sensación). El resto del cuerpo, por el contrario, incluso si perdura entero o en parte, no experimenta ninguna sensación si se halla separado de la cantidad, grande o pequeña, de átomos necesarios para formar la naturaleza del alma. Y, si se destruye el cuerpo entero, el alma se dispersa y ya no conserva las mismas capacidades, ni se mueve, y por esta razón ya no es capaz de experimentar sensación alguna. Porque no es posible pensar que este elemento continúe siendo sensible fuera de la asociación en que se halla, ni que se sirva de los movimientos cuando el cuerpo que la contiene y la envuelve no sea tal como es ahora, que se encuentra habitado por el alma y posee dichos movimientos.

Vamos a examinar otro punto: hay que tener presente que la palabra «incorpóreo» designa aquello que puede ser pensado por si mismo. Pero no es posible pensar por si mismo nada incorpóreo, a no ser el vacío, y el vacío no puede ni realizar ni sufrir nada, sino tan solo transmitir el movimiento. De modo que quienes afirman que el alma es incorpórea no saben lo que dicen puesto que, si así fue-se, no podría ni realizar nada ni sufrir nada, y en cambio esta claro que ambas contingencias son propias del alma. To-das estas reflexiones acerca del alma, quien sea capaz de aplicarlas a los sentimientos y las sensaciones, recordando lo que dijimos al principio, observara que están contenidas en los esquemas fundamentales de la doctrina, a fin de poder, con su ayuda, juzgar con certeza cada de-talle.

Escolio. En otros lugares afirma que esta (el alma) esta formada por átomos extraordinariamente lisos y redondos, pero muy diferentes de los del fuego; y que una de sus partes, privada de razón, esta repartida por el resto del cuerpo, y otra, dotada de razón, reside en el pecho, tal como demuestran claramente el temor y la alegría; que el sueño se produce cuando las partes del alma, dispersas por todo el compuesto, o bien quedan retenidas o bien se separan, cayendo luego unas sobre otras, por causa de las colisiones; y que la simiente se forma a partir de los cuerpos enteros.




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