4 de agosto de 2016



Democracia no representativa.

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Democracia no representativa.

Dialéctica del totalitarismo.

La contraposición que suele establecerse entre regímenes democráticos y totalitarios, se ha convertido en el centro del actual debate político e ideológico, y tiende -como consecuencia de la crisis orgánica que padece la sociedad mundial de estos comienzos de siglo- a caracterizar la cada vez más evidente presencia de dos concepciones del mundo, y de dos modelos de vida opuestos e irreconciliables. 


No obstante, llama la atención el hecho de que cada una de estas tendencias insista en señalar al otro, es decir, a su antagonista, como el auténtico y legítimo representante del llamado totalitarismo. Los demócratas acusan a sus adversarios de totalitarios, pero éstos -los acusados-, por su parte, acusan a los otros -los acusadores- de ser los auténticos totalitarios, al tiempo de reivindicar para sí la construcción de “la verdadera democracia”. No sin dificultad y cierta confusión, el ciudadano común se encuentra en medio de una discusión que le lleva a advertir que, con todo, existe algo extraño, algo inédito, en relación con los esquemas políticos tradicionales, en este curioso movimiento de recíprocos “dimes y diretes”. Porque no se trata de una acusación que contenga las simples connotaciones de un determinado régimen político, sino de algo mucho más complejo y, tal vez, mucho más peligroso: se trata de toda una nueva ideología, de una nueva cultura, que se debate entre los grandes sueños de la razón y los monstruos que ella misma ha producido.

En uno de los Caprichos de Francisco de Goya se puede leer esta sentencia tan terrible como certera: “El sueño de la razón produce monstruos”. Con la construcción del Estado moderno -precisamente, obra y gracia de la ratio instrumental-, el sujeto devino ciudadano e individuo, público y privado, a un mismo tiempo. Y, en efecto, la conducta del ser social está condicionada, de un lado, por las leyes del Estado y, del otro, por la ley moral, cuya expresión popular es la religión. Fue así como la sociedad moderna pudo dar cumplimiento a la conocida sentencia de Cristo, según la cual conviene dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Las monedas, creación de factura humana, suelen tener dos lados, dos rostros, como Janos, o como el bueno de Doctor Jekyll. El ser social, a partir de la llegada de la modernidad, presenta los rasgos de la esquizofrenia. Muestra, en efecto, dos lados, dos extremos, no siempre compatibles y difícilmente reconciliables o re-conocibles. Lleva el fardo de su propia existencia, escindido entre la cara y la cruz. Y así, vg., el buen amigo y colega Damiani es, a la vez, el lamentable y tristísimo magistrado Damiani. Todo en una sola cuenta.

La doctrina del Derecho Natural parte del propósito de transformar el Estado en un instrumento capaz de propiciar y garantizar la existencia de las libertades individuales. Parte, como su nombre lo indica, de la norma sustentada en “la naturaleza”. Pero, ¿qué es la naturaleza? Es obvio que no se trata de El César, es decir, ni de la sociedad ni del Estado. Por ello mismo, se relaciona más con Dios; o con la ley de la armonía universal; o con la luz de la Razón puesta en un altar; o, incluso, con el sentido común. Y, por esa vía, la naturaleza termina siendo el individuo particular en su puro deseo e incondicionalidad, en su libre albedrío, en su ser empírico inmediato. Su límite es el cielo. La “verdadera ley”, el “verdadero valor” es, pues, el propio individuo. Y el “verdadero mundo”, la “naturaleza”, no es otro que el mundo de los individuos privados, de los cuales el Estado es tan sólo un instrumento, un vehículo. Con base en ello, se termina por presentar al individuo como la expresión más acabada de la realización del ser universal. Y, así, el ser particular ya no es una parte: ha devenido el todo.

Lo mismo ocurre con “el otro lado de la moneda”: el Estado totalitario o “cesarismo” estatista, el cual se propone acentuar en la consciencia social el exclusivo valor y la superioridad del interés público por encima de los intereses privados. Su máxima expresión está en el estatismo despótico, el cual asume la paternidad y control absoluto de todo y de todos, hasta su virtual aplastamiento. El Estado se representa como una religión, se hace “estatolátrico”. Por cierto, tal “estatolatría” ha sido definida cabal y magistralmente por Orwell en su 1984. Sus más fieles expresiones en el mundo contemporáneo son el socialismo soviético y el fascismo, remedos de las autocracias asiáticas, nacidos de un mismo parto. Se equivoca quien, al referirse a semejante concepción de la sociedad, habla de comunismo. En sentido estricto, el comunismo tiene, en lo esencial, dos propósitos: superar el actual modo de concebir la propiedad, aunque conservándola (como dice Marx “Aufhebung des Privateigentums zusammenfasser”, es decir, “superar y conservar la propiedad privada simultáneamente comprendidas”), y la completa desaparición del Estado, tal y como, hasta ahora, se le conoce, en virtud de la construcción de una sociedad de individuos éticamente educados, capaces de autogobernarse o, como diría Kant, de alcanzar la necesaria madurez autonómica. No puede ser llamada “comunista” una sociedad que, por el contrario, crea un Estado todopoderoso, represivo, voraz e insaciable, cuyo modelo contiene todas las características de los despotismos orientalistas.

A la cabeza del régimen estatolátrico se halla, siempre, el “iluminado” y sumo sacerdote, el padrecito, el gran timonel, el guardián de la galaxia. Curioso: un Estado que pretende aplastar a los individuos y liquidar de una vez los “terribles vicios” a los que conlleva la vida privada, se convierte en el único y gran individuo, en el muy exclusivo privado par excellence, en el que se concentra todo el poder y, más aún, el destino de todo el ser social. Alquímica transformación: el estatismo devenido individualismo en estado puro. El individuo hecho todo: la máxima expresión, en carne y sangre, del totalitarismo. El resto, la satrapía que le sirve y teme, incluso después de muerto, no cuenta: son alfombras persas sobre las que posa sus botas, abanicos del desierto templado, peones de un gran ajedrez chino, en suma, la “guardia inmortal” de Jerjes, con la que Leónidas y sus trescientos pulieran sus lanzas espartanas.

Los extremos se tocan, son “el otro del otro”. El totalitarismo vive en los monstruos de la ratio que producen los extremos. Similar al mito de Medusa, la racionalidad instrumental -el entendimiento abstracto- tiene el defecto de petrificar lo vivo. La respuesta no se encuentra ni en la estatolatría ni en el liberalismo tout court, ambos, como se ha visto, marcados por la ilusión totalitaria que resulta de sus propios presupuestos. Si algo distingue a Occidente de Oriente es su negación de los fanatismos, de los dogmas, de las inflexiones. El poschavismo no puede ser antichavista, porque todo antichavismo es un chavismo invertido y, por eso mismo, su fiel reflejo. La sociedad poschavista tiene la exigencia de centrarse en la educación orgánica y no mecánica, en la formación cultural y en la difusión de ideas y valores para la plena autonomía, sin complejos ni resentimientos, prestos para la producción continua, justa y a la vez competitiva, presta para la reconstrucción del Espíritu del pueblo, con el respeto y la necesaria tolerancia que exige la vida auténticamente libre, ética, capaz de superar el extremismo de las abtracciones totalitarias.

Enviado por @jrherreraucv.
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