2 de agosto de 2016



Cine: Drácula, de Bram Stoker

Publicado por: martin masciardi / @MartMasciardi
El comienzo es sin dudas lo más difícil a la hora de escribir un texto, no importa el tema que trate, siempre me sucede lo mismo: encontrar las palabras iniciales que den comienzo y posterior cuerpo al escrito a veces no salen. Según leí una vez, en uno de esos libros en los que se brindan ¨recetas¨ para el novel escritor, el autor del mismo recomendaba siempre modificar el comienzo del texto. Ensayar varios comienzos posibles, alternativos al primer borrador hasta tomar la difícil decisión de elegir el que mejor se adapte al cuerpo del texto. Para ser sincero con el lector: nunca hago caso de estas recetas de cómo escribir, sí leo en ocasiones algunos libros de este tipo en el que la escritura parece ser una receta de cocina en la que se ofrecen pautas y procedimientos a seguir para que luego de 40 minutos de horneado el texto este listo. Pero es más complicado que eso. En cierto modo algunas indicaciones son válidas pero no logran darnos el material necesario para luego plasmar en nuestros propios trabajos. Siguiendo una analogía algo pobre son como esos libros en los que el acento está puesto en cómo poner en práctica ciertas normas, como por ejemplo: superar una pérdida o cómo hacer dinero con escasos recursos o de estrategias varias aplicadas a nuestra vida cotidiana con la razón de llevar ¨una mejor calidad de vida¨.  La escritura tiene como base la lectura y cierta predisposición del alma y disculpe el lector el tono espirituoso de mi afirmación pero en lo personal es una necesidad interior la que determina algunas lecturas, los temas y hasta el tono del texto, los registros varían al compás de mis experiencias vitales más intimas y son ellas las que van dictándome las palabras mientras escribo, dando así cuerpo al texto que ahora usted lee. Les hago una pequeña confesión: por qué todos estos rodeos que no dan con el tema anunciado en el título. La respuesta sincera es que no lograba dar con el comienzo del texto. Ensayé unos cuántos, por ejemplo comenzar con la obra de Stoker, luego intenté iniciar el texto por el film de Coppola pero no me convencían los comienzos. Leía mi escrito y no me parecía, no tenía la música textual que quería imprimirle a las palabras, me leía y mis palabras se asemejaban a una reseña acartonada y creo sin embargo que esto no es más que eso. En fin, no era lo que buscaba, me costaba soltar las palabras.


Como les decía, toda esta introducción sirvió para poner en calor mis ideas e ir plasmando las palabras, una vez que comienzan a fluir el texto sigue solo por su cuenta; me limito a seguir el ritmo de las palabras que nacen de mi mente. Y Drácula tiene una música que me resuena internamente, sobre todo cuando miro la enorme adaptación de Coppola, incluso en lo personal me parece superior a la obra en la cual se basa. La obra de Stoker es una novela del tipo epistolar, todas las descripciones que vamos obteniendo del conde son por terceros, por los personajes acartonados que hacen a la historia: Mina Murray, su prometido Jonathan Harker y el trío de enamorados de la joven Lucy Westenra: Quincey Morris, Dr. John Seward y finalmente quien será su esposo, Lord Arthur Holmwood. La novela se sitúa temporalmente dentro de los parámetros sociales de la sociedad victoriana. Cada uno de los personajes de Stoker expresa moralismo y disciplina, una marcada búsqueda de ascenso social,  a través del trabajo, por ejemplo en la figura del joven Jonathan Harker. Es más, de hecho son asuntos de trabajo los que llevan al joven abogado hasta los confines de la europa oriental al castillo del conde. La novela es densa, larga y poco atractiva, el registro de los personajes detalla situaciones aunque si bien fantásticas, el carácter de los mismos es plano así como el registro y los modismos. La diferencia la hace el conde al que apenas vamos conociendo por la imagen puritana de sus cazadores. Quienes mejor supieron expresar todo este doble moralismo con todos sus valores puritanos de base fueron Charles Dickens en Oliver Twist, donde retrató la cruda realidad de los niños expósitos explotados y maltratados por adultos. También Stevenson hizo algo similar pero en otro nivel con Dr. Jekyll y Mr Hyde, donde un reputado doctor de sociedad bajo su otro-yo se entrega a todos esos excesos reprimidos por la moral victoriana. Siguiendo esta línea la novela de Stoker, puedo suponer en el mejor de los casos, no hace más que burlarse de todo ese mundo victoriano a través del carácter de sus chatos personajes y en este mismo sentido, ese al que llaman el no-muerto es el único de entre todos que siente, aquel cuyo corazón no late es el único que manifiesta la condición humana. Sin embargo es una pobre apreciación personal. De todos modos el final de la novela es acorde a su tiempo. Mina y Jonathan son padres de una criatura a la que bautizan con el nombre de Quincey. Una vida de amor conyugal y de trabajo forzado para hacerse lugar en la rígida Londres victoriana les espera luego de haber dado muerto al noble conde rumano. 


Sin embargo más allá que en lo personal la obra de Stoker me parezca algo decepcionante tiene un gran mérito que escapa al talento del escritor irlandés. El de haber inspirados las mejores expresiones artísticas en el cine o en teatro por ejemplo. Así, la película de Coppola es el mejor ejemplo acabado de cómo una obra literaria puede inspirar y  ser mejorada. Pocas veces sucede en el que una obra literaria es superada por su versión cinematográfica, y Drácula, de Bram Stoker (1992) lo logra llevando a la pantalla no solo una historia de horror decimonónica sino que la misma es además, básicamente, una historia de amor sin los condimentos edulcorados habituales en este tipo de film. La historia comienza con un joven Vlad Draculea preparándose para la batalla contra las fuerzas turcas. Según leí en algunas referencias históricas, Vlad Tepes, es decir el empalador, no sólo lucho contra los turcos durante el siglo XV sino que además dependiendo de las necesidades de la política exterior de su tiempo supo o combatirlos cuando fue necesarios o aliarse a ellos para contrarrestar los intentos de Hungría de anexionarse la región de Valaquia. En concreto y desde la óptica de Coppola, Draculea es un defensor del cristianismo ante la avanzada de las fuerzas islámicas sobre la europa cristiana. Es un cruzado de dios. Pero por una artimaña enemiga su mujer Elizabetha cae engañada y decide suicidarse. El conde guerrero habrá ganado la batalla pero ha perdido la guerra, el golpe enemigo dio en su flanco más débil: el amor por su mujer. Los monjes le dicen que está maldita y que no podrá ser sepultada cristianamente por haberse quitado la vida pero él se niega a escuchar palabras, reniega de dios y como para romper el lazo que los unía clava su espada en el centro de la cruz. La sangra brota, la toma con una copa y la bebé, la muerte de Elizabetha marca el fin y el comienzo de una vida a la que sólo le resta esperar oscuridad y soledad. La introducción breve del film es sublime. 


No voy narrar la película cronológicamente, el lector puede verla hoy por internet sin necesidad de leer una crónica cinematográfica, no es eso lo que quiero expresar.  Además de los giros dado al texto por el cineasta hay algunos elementos que permanecen inalterables de su libro original, por ejemplo el carácter de los personajes que hacen a la historia; podría exceptuar al viejo Van Helsing interpretado por Anthony Hopkins que con su humor sardónico logra salir del molde del original maestro de virtud y metafísica que retrata Stoker. Otra excepción es la bella y sensual Lucy Westenra en la piel de una joven Sadie Frost. Jonathan Harker es el timorato y moralista arribista social que bien encarna en un deslucido papel gris Keanu Reeves, el resto de los amantes de Lucy lo mismo.  La excepción es la interpretación de Gary Oldman en la piel de Drácula. Es notable que Coppola haya decidido mantener el mismo perfil de casi todos los personajes exceptuando a este último. La necesidad creo que se debe al giro que decidió darle a la historia. Para hacer de una historia de horror algo más necesitaba de otros aditamentos. El personaje del conde es la clave, mientras que en la obra de Stoker las descripciones son realizadas por terceros en el film de Coppola es el conde el centro de la historia, el giro consiste en hacer de una historia de horror una historia de amor. De un amor ideal por cierto. El conde es a lo largo de la historia el único que expresa la condición humana: es despiadado y al mismo tiempo capaz de profesar el amor más puro por su amada, siente temor cuando se ve cercado por sus cazadores pero es a la vez capaz de desatar las fuerzas de la naturaleza, además se conjuga una sexualidad siempre presente: el conde sólo muerde mujeres. Es por amor que ha caído y es por amor que debe ser redimido. El amor de ella es la única posibilidad de salvar su alma. El conde es más humano que todos aquellos hombres que buscan cazarlo, su forma de adoptar distintas figuras ponen de relieve que configura en su imagen todos los temores del hombre en la imagen del lobo, el murciélago, las ratas y las fuerzas desatadas de la naturaleza en los vientos, en la niebla espesa durante la noche. El silencio y la soledad más absoluta, la oscuridad y los instintos. Es la suma de nuestros temores proyectados en su figura.  Por eso debe morir. Porque nos refleja nuestros temores y nuestras limitaciones, nuestra incapacidad de amar por sobre todos a una persona en particular, un amor de tan potente, que es capaz de destruir al ser amado como al amante; nuestras vidas acantonadas y rutinarias no soportarían un instante de tanta intensidad. Por eso no es un ser social. Es un monstruo. Un ser aislado. Más que un hombre. Toda esa fuerza lo consume, es su fortaleza su punto más débil. De ahí que Mina en la obra de Coppola sea muy diferente al personaje presentado por Stoker. Ella también es diferente. En el film son dos almas gemelas.


¨He cruzado océanos de tiempo para encontrarte¨, le susurra el conde a Mina en uno de sus encuentros íntimos. Mina es Elizabetha, cuatrocientos años esperando el reencuentro, ella es el motivo por el cual ha seguido de pie. Por eso es un ideal, un amor que vence al tiempo, marcado por la ausencia, la espera entre tinieblas y el encierro en soledad. Ella logra redimirlo con su amor. Pero no pueden estar juntos, el destino del que habla el conde los ha condenado a expresarse el amor pero a no estar juntos. Debe morir. Es curioso el final. Me recuerda al final del Fausto. El amor de Margarita y el coro angelical salvan a Fausto de caer en las sombras. Drácula también debe caer, es vencido y sin fuerzas a los pies de una cruz en brazos de Mina es redimido por un beso. Las luces descienden sobre su rostro, todo rastro de oscuridad se disipa, las luces envuelven a la pareja: el conde ha sido salvado. Sin dudas que el film de Coppola brinda una excelente versión del clásico libro del escritor irlandés. El gran mérito de Stoker es haber inspirado miles de versiones que con matices diferentes enriquecen la historia. La clave está en que el conde expresa todas nuestras dualidades, confluyen desde los sentimientos más puros junto al deseo de los placeres, no es ese acaso el verdadero amor: el deseo sexual pleno con el ser amado. La entrega y la comunión de los cuerpos que se unen. También el bien y el mal, no en el sentido moral del término, sino como fuerzas destructoras o fuerzas de vida. La soledad y el aislamiento, temor siempre presente en el hombre. O los instintos en estado puro, las fuerzas de la naturaleza, los sentidos plenos y a flor de piel. El conde es más humano que la mayoría de nosotros: seres grises consumidos por la rutina y el miedo, con prejuicios y gregarios. Somos ovejas. En lo personal siempre me ha dados vueltas en la cabeza este personaje. Posiblemente, no estoy seguro, la clave de todo es: el amor duele. Y sin embargo vale la pena jugarse por un sentimiento. En la historia, paradójicamente, quien lo hace es aquel cuyo corazón no late. 



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