25 de noviembre de 2015



Del “To Àpeiron” inicial a lo incierto actual

Artículo enviado para su publicación por el Autor

Del To Ápeiron a la actualidad por Francisco González Cabañas / @frantomas30.

Tal vez si no iniciático, una de los conceptos iniciáticos de la filosofía y del pensamiento occidental, introducido por Anaximandro, es la definición de lo engendrado, lo inacabado, el principio donde surge todo lo que perecerá allí. Con el paso del tiempo y de nuestros temores o de la ambición desproporcionada para vencer la naturaleza de ese temor, aquello que no tenía un curso, lo indeterminado, trocó en lo incierto, la humanidad se alarmo y le dio connotación diabólica a lo que no maneja o no controla. 


El filósofo o quién filosofa, es un dictador sin ejército o con soldados imprimibles en papel, desea, intenta dominar al mundo bajo un antojo argumental, la política o el político sin embargo, intenta, más allá de tantas cosas, obtener el control sin que nunca lo obtenga del todo, el político puede ser un dictador, circunstancial, pero nunca reconocerá tal situación, que pretende, en lo subyacente ese dominio real, el filósofo sin embargo, es honesto desde el inicio, y muchas veces, en caso de pretender ser un filósofo en la política, reconocerá los límites de lo imposible, por más que sea tentador, de trasladar la fantasía filosófica de dominar todo en la realidad, además de su presumible preparación cultural e intelectual, pese a ello, nada garantizará un éxito en lo político, lo que sí, el filósofo tiene más elementos para hacer política, que el político para hacer filosofía, sobre todo en nuestras tierras, muy ocupado en cuestiones menores, hasta para la política misma.


Cuentan que Alejandro Magno, en una de sus campañas, se encontró con temperaturas bajo cero y para llegar a destino, tenían que cruzar con su ejército, un río fangoso, profundo, poco amigable. Ninguno de sus hombres se animaba a dar el primer paso, para enfrentar el obstáculo. Alejandro, comienza a ingresar al río, en el medio del mismo, al ver que nadie lo sigue, se da vuelta y mirando a sus oficiales les dice ¿Os dais cuenta de las cosas que tengo que hacer, para que me tengáis respeto?.
Es entendible la angustia de vivir entre la espada y la pared, es decir ante el prisma que vivimos en una sociedad donde nuestra clase dirigente, salvo contada excepciones, no posee, no ya principios, ideologías o ideas base, sí no una mísera noción de cómo pararse ante dilemas, que cada tanto aparecen, pero que nunca se pueden dejar de lado, porque vienen con nuestra historia, con nuestro ser.
La intemperie de la nada, es la sensación más fuerte y fabulosa que podemos experimentar en la experiencia de la vida, ni la mejor comida, ni el polvo más intenso, ni la mirada más pura y candorosa de un hijo le asemejan, estar frente al mundo efímero siendo plenamente consciente de ello, es como volar sin prisa ni pausa, ni horizonte ni norte, haciéndolo simplemente para fundirnos en el viaje mismo, desintegrarnos en partículas para volver al todo, al cual pertenecemos y por el que imploramos regresar.
En el mientras tanto, este que llamamos, fútilmente vida, supuestamente hacemos y dejamos de hacer muchas cosas, pero en verdad en la medida del tiempo de lo que somos íntegramente, la vida vivida es como el fractal de tiempo en que decidimos tocar el botón del control remoto para cambiar un canal, la tecla del teléfono o de la computadora, el resto, lo sustancial, ese instante eterno es cuando todo y nada sucede a la vez.

Seguramente podrá parecer para algunos, un juego de palabras, un acertijo de intenciones o un truco de ilusionistas de los conceptos, en verdad vamos con el bisturí hasta el hueso, cavamos hasta la profundidad del núcleo y nos elevamos infinitamente, como cuando nacemos o abandonamos el mundo, como cuando nos duele algo, cuando estamos contentos, cuando comemos, cuando vamos al baño, cuando besamos, cuando lo hacemos, en esa suma de instantes de plenitud, que más luego pretendemos replicar o mantener o repetir, vanamente, es precisamente la razón de ser de nuestra finitud, de sabernos prescindibles, por más que pretendamos dejar de serlo.

Es como pretender captar, capturar o secuestrar el instante mediante una foto, contar, narrar o describir una vida, mediante una novela o una película, un divertimento menor en los tiempos del calvario cuando nos azota la certeza de sabernos enfermizamente débiles, suplicantes, originariamente creativos como para inventarnos el rededor de la vida.
Federico tenía razón, era fácil matar a dios con una frase, más no así matarlo desde el concepto, de sentir esa orfandad de que no exista nada, ni más allá ni más acá, de que tan sólo todo es un siniestro juego, ni siquiera del más fuerte, del más apto o del más vivo, tan sólo se trata del fatídico juego del más culón, del más ojetudo, o si usted lo prefiere, dado que poéticamente reside el hombre en esta tierra, del más antojadizamente visibilizado por el azar.
Pero, siempre se encuentra la vuelta, sí no, no existiría la esperanza, y para aquellos que no somos huérfanos reales, pero siempre nos hemos sentido tales, desde el amor o desde la referencia, todo se vuelve un poco más sencillo, el dolor, la injusticia, la hijoputez de la vida, es más pasable, digerible, dado que no hay a nadie a quién echarle la culpa, mucho menos poder compartir esa sensación horrible, pero que, paradójicamente, va cejando, se va desvaneciendo, como nosotros mismos, para finalmente llegar a esa nada que sencillamente debe ser grandiosa por esa razón y sensación más que nada, de nada, valga la redundancia.
Anaximandro, vivió entre los siglos VII y VI antes de Cristo, probablemente jamás se le hubo de cruzar por la cabeza que su concepción filosófica quedaría inmortalizada por miles de años, en caso de habérsele ocurrido preguntarle esto al filósofo, seguramente hubiera contestado: To Ápeiron.

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