5 de agosto de 2015



El lugar de las palabras.

Artículo enviado para su publicación por el Autor

EL LUGAR DE LAS PALABRAS.

La escritura es el abismamiento, la inmersión [...]
Cuanto más se está perdido, más se es empujado hacia la raíz, la profundidad”


José Ángel Valente

Hay que detenerse en el lugar de las palabras, sobre ese límite sin propiedad: sobre el trazarse de la escritura en la página. Justamente algo se origina desde la perspectiva de una donación, de un trayecto que se presenta como huella y se constituye también como huella de otro y huella para los otros.
En consecuencia lo convocado, se borra en sus márgenes, pero a la vez se incorpora en ellos: trazo sobre trazo en tanto que tránsito carnal de las palabras que “nos desengendran / para hacernos nacer” 1.
Y el alumbramiento se hace cuerpo 2, en los huecos del silencio, donde su peso es la metáfora que parece resistir a la retirada. Sin embargo, lo que queda es el gesto 3 extendido de los signos que asumen nuestras posiciones.
En eso, lo que reaparece con cada tecleo, se orienta en el silencio, y se reconoce en él, para asediar (lo) otro que se reinventa en sus propias diferencias. Es ahí, aquí, que quien escribe acontece en el ritmo de lo por venir, en el tono de la destinación, en la experiencia de lo abisal que es el horizonte recobrado en la promesa.
En esa medida, las palabras, que estallan en la noche oscura, rodean constantemente la página, para devenir el corazón del afuera. Su apertura, articulada en la interrupción del pensamiento, en la fuga que no tiene localización, no es más que el interior y el exterior de todas las realidades.
Así la escritura se expone y está expuesta cuando lo que muestra en sí es un fondo de espectralidad: espectro furtivo de lo escrito que arriba, y se pone en obra, siendo la obra la propia escritura cuya voz, que es el mar, crea una porosidad entre aliento y latido, que se asocia con el decir, el exceso, la vida.

En esta ‘expeausition’ o ‘expielsición’ 4, la mano abierta exterioriza su presentación en un desborde de secretos, en el que las palabras son el ser-expuesto del lenguaje, mientras que escribir es ser (en el) mundo en la vuelta y en el reverso de lo que se nombra.
Es por eso que lo escrito remite a la memoria ya que es en la tensión de la semejanza que el sentido descubre la claridad que señala. Y es que

Hay que acoger el fulgor de la ausencia,
reflejar
el don de lo que no está
en cada cosa que creamos. 5


Lo anterior permite pensar que lo indecible en la escritura se traduce desde la hospitalidad y la revelación que son la verdad que habita los espacios entre las letras como animales invisibles que siempre retornan al origen de toda iluminación.

NOTAS
1 Fragmento del poema “Segunda oda a la soledad” de José Ángel Valente.
2 “Quizás cuerpo es la palabra sin empleo por antonomasia. Quizás es, de todo lenguaje, la palabra de más.” NANCY, Jean-Luc. Corpus. Madrid, Arena Libros, 2003. p. 19.

3 "El autor señala el punto en el cual una vida se juega en la obra. Jugada, no expresada; jugada, no concedida. Por esto el autor no puede sino permanecer, en la obra, incumplido y no dicho. Él es lo ilegible que hace posible la lectura, el vacío legendario del cual proceden la escritura y el discurso. El gesto del autor se atestigua en la obra a la cual acaso, da vida como una presencia incongruente y extraña, exactamente como, según los teóricos de la comedia del arte, la burla del Arlequín interrumpe de manera incesante las vicisitudes que se desarrollan en la escena y obstinadamente deshace la trama. Sin embargo, así como -según los propios teóricos-la bufonada debe su nombre al hecho de que, como un lazo, ella vuelve siempre a reanudar el hilo que ha desatado y aflojado, de igual manera el gesto del autor garantiza la vida de la obra sólo a través de la presencia irreductible de un borde inexpresivo. Como el mimo en su mutismo, como el Arlequín en su burla, el autor vuelve incansablemente a cerrarse en lo abierto que él ha creado. Y como en algunos viejos libros que reproducen, aliado de la portadilla, el retrato o la fotografía del autor, en cuyos rasgos enigmáticos intentamos en vano descifrar las razones y el sentido de la obra, así el gesto del autor vacila en el umbral de la obra como el exergo intratable, que pretende irónicamente poseer e! inconfesable secreto." AGAMBEN, Giorgio. Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2005, pp. 90-91.
4 “Cuerpo expuesto: esto no significa la puesta a la vista de lo que, ante todo, había estado ocultado, encerrado. Aquí la exposición es el ser mismo y esto se llama: el existir. Expielsición: firma directamente en la piel, como la piel del ser. La existencia es su propio tatuaje”. NANCY, Jean-Luc. El sentido del mundo. Anthropos: Madrid, 2006. p.98.
5  Fragmento del poema “El anuncio” de Hugo Mujica.  




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