4 de junio de 2015



La Ética ante el Vacío de la Existencia

Publicado por: Francisco Guzmán Marín
La Ética ante el Vacío de la Existencia
- Aforismos de Axiología a la Intemperie -

Dr. FG Marín

¿Qué es bueno? – Todo lo que eleva el sentimiento de poder, el poder mismo en el hombre.
¿Qué es malo? –Todo lo que procede de la debilidad.
¿Qué es felicidad? –El sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia queda superada.
Nietzsche

I


Los valores no son simples lances regulatorios de la conducta social humana, sino que definen el sentido y el significado de la existencia misma de la especie, los pueblos y los individuos. La ética de una época determina la identidad histórica de la sociedad y la singularidad personal de los individuos que la conforman. La sociedad construye sus prácticas éticas en la interacción socio-histórica con otros pueblos, bien sea por tradición, aculturación, inculturación o transculturación; mientras que los individuos conforman sus eticidad particular por disciplinamiento, agenciamiento, resistencia o afirmación existenciaria. Los valores encadenan, liberan o desquician la vida individual y/o social del ser humano. Y aún cuando todos los valores son sociales, no existe una continuidad necesaria entre la moral social y la ética individual. Los valores que posibilitan la cohesión social, pueden dislocar la vida de un individuo y viceversa, es decir, los valores que sustentan el instinto vital de una persona, pueden provocar la anomia en un tramado comunitario. En sentido estricto, la pragmática de los valores define la moral de esclavos, la ética de libertad y la deontología paranoica.
La moral de esclavos subordina la vida del individuo y de la propia sociedad a los valores tradicionales de la manada, que fundamentan el sistema de dominio prevaleciente. La voluntad de servidumbre es el sustrato de la moral de esclavos. La aspiración central de la voluntad de servidumbre es que el estatus social y el Estado –en cuanto organización política de la sociedad y situación histórica del orden cultural-, predominen por sobre el deseo y las voluntades colectivas e individuales. La moral de esclavos se significa en el control sistemático e institucionalizado de las apetencias, los intereses y las aspiraciones comunitarias y particulares; el desorden, el caos, amenaza la estabilidad social y debe ser exiliado del seno de la comunidad. Las revoluciones sociales rompen el orden y el control de la sociedad, por eso mismo, la manada se organiza para demandar e imponer nuevas formas de regulación comunitaria; es la causa principal de que toda revolución social termine con la instauración de una dictadura –pues, parafraseando a Fernando Savater, bien es posible afirmar que >>las revoluciones sólo han servido para reforzar más el poder de la autoridad e intensificar la separación de los agentes de dominio<<–. En la perspectiva de la voluntad de servidumbre, la vida sólo puede cobrar sentido como parte del desarrollo socio-histórico de los valores, del progreso de la moral, de la maduración ética del ser humano; de ahí, entonces, que la propia libertad se convierta en una condena histórica, en un destino social, en un legado político, del cual es imposible escapar. Para la moral de esclavos, la conquista de la libertad no proviene de la afirmación de la propia singularidad, del deseo de ser y/o de la voluntad performativa de crear, sino que es un legado del desarrollo socio-histórico, de la maduración humana. El culto cívico a la experiencia de la libertad es una refinada trampa del poder, puesto que la ritualización intelectual del pensamiento libre y de las prácticas autónomas sólo pretende encubrir las nuevas formas flexibles, líquidas, blandas de ejercer el dominio político y de arraigar la vocación de servidumbre, en aras del bienestar y la estabilidad social. A la libertad no se le debe culto político, ni ritual religioso; sólo se le puede honrar en la discreta afirmación de sí, o en la estridente creación performativa. Ahí donde la libertad se ritualiza en credos políticos, o en dogmas de religiosidad cívica, los individuos emancipados y las comunidades libres son una simple ficción que se aferran al dominio social, para no desvanecerse en el vacuo desierto de la historia. El paladín libertario sólo es un obseso esclavo que subyuga al alucinante vuelo de los estandartes de la libertad. La ética de libertad potencia las fuerzas performativas que comporta el devenir de la vida, la cultura y la sociedad, pese a la naturaleza contingente de la existencia mundana; de hecho, el carácter inexorable de la muerte y la entropía que parecen disolverlo todo en la nada, la conciencia plena de la finitud humana y del propio cosmos, es el factor determinante para que la voluntad de poder instaure un sistema de valor que posibilita el ejercicio de la libertad en el plano ontológico, histórico y social. La libertad no es un valor per se, sino un sistema de valoración que, a través de las fuerzas performativas y de su correspondiente dialéctica de la creación-destrucción, destrucción-creación, impulsa la transformación permanente del individuo, la sociedad, la cultura y el mundo. El ser libre nunca permanece idéntico a sí mismo. La voluntad de poder (Der Wille zur Macht) es la esencia de la ética de libertad. La certeza de lo fugaz de la existencia en el mundo, la conciencia de finitud, afirma la voluntad de poder ante el carácter inapelable de la muerte, y son las fuerzas performativas las que constituyen las condiciones de posibilidad de la transformación onto-histórica. La voluntad de poder y el recurso de las fuerzas performativas no se oponen a la muerte, no pretenden combatir la función disolutoria de la entropía, sino, más bien, hacer de la existencia, por efímera que ésta sea, un acto de singularidad creadora-destructora, ¿o acaso destructora-creadora?, la dialéctica performativa no es unidireccional. ¿Acaso no dijo Nietzsche: Este es mi universo dionisíaco que se crea y se destruye perpetuamente a sí mismo? La singularidad onto-histórica es la consecuencia definitiva de la voluntad de poder, la cual no es propiedad natural de todos los seres, sino sólo de aquellos que están determinados por el instinto de afirmación de la diferencia, de la pulsión de autoafirmación del ser; de ahí, entonces, que no exista una cierta ética trascendental de la libertad, sino, más bien, una pluralidad de sistemas éticos de libertad, tantos como guerreros existen, o han existido, en el devenir de la historia. Sí, los valores de libertad conforman la ética del guerrero. Y el auténtico guerrero puede crear a partir de la destrucción, o también puede destruir partiendo de la creación, conforme a la disposición que haga de las fuerzas performativas de su contexto socio-histórico, en la afirmación libre de su ser. No hay libertad en la indeterminación, el verdadero acto libre sólo puede acontecer en el marco de las determinaciones onto-históricas. La vocación del guerrero es la transformación permanente del orden existencial, histórico y social prevaleciente. La deontología paranoica somete el devenir de la vida individual y colectiva al delirio del deber que instauran los principios fundamentales de la existencia, sean divinos, naturales y/o históricos. El ser es, no puede ser siendo porque implicaría que el no ser puede devenir ser. El dogma deontológico dona de sentido y de significado existencial al sino humano, en función del deber trascendental. Así, entonces, la voluntad del deber es el sustrato de la deontología paranoica. Los principios trascendentales que sustentan el sistema de valores de la deontología paranoica son revelados por la voluntad divina, reconocidos de las leyes metafísicas o naturales por la razón o derivados lógicamente de la dialéctica socio-histórica por el pensamiento materialista y, en consecuencia, no pueden, no deben cuestionarse a riesgo de convertirse en apóstata, mitómano o contra-revolucionario. De ahí, entonces, que los delirios deontológicos tengan un carácter sagrado, formal o socio-histórico, pero siempre revestidos de un cierto sentido religioso. Religión de lo divino, filosofía metafísica, ciencia natural o culto cívico. El acontecer de la vida es contingente pero los valores trascendentales son universales, unívocos, transhistórico e irrecusables, por ende, allende la voluntad individual y/o popular, son los verdaderos determinantes de la vida recta, el destino justo y la salvación humana. En tal perspectiva, acaso no fue Lenin quien planteó: ¿Libertad? ¿para qué? La libertad y la igualdad sólo existirán en el orden establecido por los comunistas; un orden que sólo deviene inexorable de la resolución socio-histórica que impone la dialéctica materialista. En cuanto contingente, la vida siempre se encuentra en falta, en deuda, en penuria, y sólo puede ser resarcida, redimida y consumada mediante la observancia del deber trascendental. La deontología paranoica funda la Metafísica Binaria de Oposición con que se encadena el instinto vital a los valores trascendentales. En síntesis, la significación y el sentido de la vida, en la moral de esclavos, proviene del sistema de dominio vigente, mientras que en la ética de libertad deviene de la afirmación de la singularidad del ser y en la deontología paranoica deriva del deber trascendental. La voluntad de servidumbre genera esclavos, la voluntad de poder guerreros y la voluntad del deber profetas, misioneros. Para el esclavo la revolución es un medio de renovación del poder, para el guerrero un dispositivo de transformación onto-histórica y para el profeta-misionero un estado de transición al destino humano verdadero.
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