12 de marzo de 2013



El pliegue Alemán en el barroco

Publicado por: Esteban Higueras Galán / @HGEsteban
Lectura de Deleuze en "El pliegue".
Deleuze habla en esta pequeña lectura sobre el "barroquismo Aleman" con especial atención a Kant y Leibniz, se refiere a una filosofía con fachada, apariencia de formalidad y peluca, es decir, pura representación, y a la que el denomina como compuesta de múltiples pliegues, provenientes de oriente y otros lares. ¿Existió realmente el barroco, o puede ser negado como hacemos con los unicornios o los elefantes rosas?.

La entrada de Alemania en la escena filosófica implica a toda el alma alemana que, según Nietzsche, se presenta más como llena de pliegues y de repliegues que como «profunda». ¿Cómo hacer el retrato de Leibniz en persona sin señalar la extrema tensión de una fachada abierta y de una interioridad cerrada, cada una independiente y ambas reguladas por una extraña correspondencia preestablecida?. Es una tensión casi esquizofrénica. Leibniz se presenta con rasgos barrocos. «Como tipo de alemán, Leibniz es más interesante que Kant: bonachón, lleno de buenas palabras, astuto, flexible, maleable, mediador (entre el cristiano y la filosofía mecanicista), escondiendo enormes audacias, oculto bajo una máscara y cortésmente inoportuno, modesto en apariencia... Leibniz es peligroso, como buen alemán que tiene necesidad de fachadas y de filosofías de fachadas, pero temerario y en sí mismo misterioso hasta el extremo.» La peluca cortesana es una fachada, una entrada, una representación, como el deseo de no lastimar los sentimientos establecidos, y el arte de presentar su sistema desde tal o cual punto de vista, en tal o cual espejo, según la supuesta inteligencia de un correspondiente o de un oponente que llama a la puerta, mientras que el sistema está arriba, girando sobre sí mismo, no perdiendo absolutamente nada en los compromisos de abajo, cuyo secreto detenta, tomando, por el contrario, «lo mejor de todos lados» para hacerse más profundo o hacer un pliegue más, en la habitación con las puertas cerradas y las ventanas tapiadas, en la que Leibniz se ha encerrado diciendo: todo es «siempre lo mismo, pero en diversos grados de perfección».

Los mejores inventores del Barroco, los mejores comentaristas, han dudado sobre la consistencia de la noción, espantados por la extensión arbitraria que corría el riesgo de adquirir a pesar suyo. Asistimos, entonces, a una restricción del Barroco a un sólo género (la arquitectura), o bien a una determinación de los períodos y de los lugares cada vez más restrictiva, o incluso a una negación radical: el Barroco no había existido: Sin embargo, es extraño negar la existencia del Barroco como se niegan los unicornios o los elefantes rosas. Pues, en ese caso, el concepto está dado, mientras que en el caso del Barroco se trata de saber si se puede inventar un concepto capaz (o no) de darle existencia. Las perlas irregulares existen, pero el Barroco no tiene ninguna razón de existir sin un concepto que cree esa misma razón. Es fácil hacer que el Barroco no exista, basta con proponer su concepto. Así pues, da igual preguntarse si Leibniz es el filósofo barroco por excelencia, o si crea un concepto capaz de hacer existir el Barroco en sí mismo. A este respecto, los que han asociado a Leibniz con el Barroco lo han hecho, a menudo, en nombre de un concepto demasiado amplio, por ejemplo Knecht y «la coincidencia de los opuestos»; Christine Buci-Glucksmann propone un criterio mucho más interesante, una dialéctica del ver y de la mirada, pero ese criterio quizá sea, a su vez, demasiado restrictivo, y sólo permitiría definir un pliegue óptico. Para nosotros, en efecto, -el criterio ó el concepto operativo del Barroco es el Pliegue, en toda su comprensión y su extensión: pliegue según pliegue. Si es posible extender el Barroco fuera de límites históricos precisos, nos parece que siempre es en virtud de ese criterio, que nos permite reconocer a Michaux cuando escribe Vivre dans les plis, o a Boulez cuando invoca Mallarmé y compone Pli selon pli, o a Hantal cuando convierte el plegado en un método. Si, por el contrario, nos remontamos al pasado, ¿qué razones tendríamos para encontrar ya el Barroco en Uccello, por ejemplo? Pues Uccello no se contenta con pintar caballos azules o rosas, y con trazar unas lanzas como trazos de luz dirilidos sobre todos los puntos del cielo: dibuja sin cesar «mazocchi, que, son círculos de madera recubiertos de tela que se colocan sobre la cabeza, de forma que los pliegues del tejido sobrante rodean todo el rostro». Tiene que enfrentarse a la incomprensión de sus contemporáneos, puesto que «la potencia de desarrollar soberanamente todas las cosas y la extraña serie de caperuzas de pliegues le parecen más reveladoras que las magníficas figuras de mármol del gran Donatello. Así pues, habría una línea barroca que pasaría, exactamente según el pliegue, y que podría reunir a arquitectos, pintores, músicos, filósofos. Por supuesto, se puede objetar que el concepto de pliegue sigue siendo, a su vez, demasiado amplio: si nos atenemos a las artes plásticas, ¿qué período y qué estilo podrían ignorar el Pliegue como rasgo de pintura o de escultura?

 Lectura de Deleuze en: El pliegue


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