2 de mayo de 2011



Historia de un crimen en El Tunel, obra cumbre de Ernesto Sábato.

Publicado por: Esteban Higueras Galán / @HGEsteban

Tras la muerte de Ernesto Sábato y en señal de duelo, publicamos hoy un extracto de su Obra esencial, El Tunel. Novela poseedora e impregnada de los elementos básicos de su visión metafísica del existir.

Como decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán pregun­tarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me im­porta un bledo; hace rato que me importan un bledo la opi­nión y la justicia de los hombres. Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhom­bre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pér­fido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está des­provisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su for­ma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tro­pezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumen­tando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas?
La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnega­ción, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desespera­ba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan bue­na como puede llegar a serlo un ser humano. Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al co­mienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar a tiempo tuve que viajar dos días ente­ros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmu­ró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el va­nidoso orgullo de haber acudido tan pronto. Confieso este se­creto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás.
Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a aceptar que hay algo de orgullo o de so­berbia. Pero ¿por qué esa manía de querer encontrar explica­ción a todos los actos de la vida?
Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ningu­na especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó, al que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un cri­men hasta el final.
Podría reservarme los motivos que me movieron a escri­bir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple, pensé que podrían ser leídas por mucha gen­te, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. aunque sea una sola persona.
"¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas perso­nas? Éste es el género de preguntas que considero inútiles, y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constan­temente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más su­perficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir?
Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, pre­cisamente, la persona que maté.

Lectura de El Tunel Por Ernesto Sábato


                                
Suscríbete al boletín para recibir lo último en tu correo electrónico

Introduce tu correo electrónico:


Etiquetas

Abentofail (2) Abner Pantoja (5) Agustín de Hipona (3) Amistad (8) Apariencia (2) Aprender (4) Aristóteles (19) Arte (10) Artículo (90) Artículos enviados (40) Averroes (5) Baudrillard Jean (2) Biografía (5) Borges (3) Capitalismo (6) Ciencia (15) Cine (2) Comunismo (2) Conceptos (7) Conciencia (3) Conocimiento (12) Cosmología (2) Crítica (4) Cultura (3) David Hume (2) Democracia (7) Derrida (2) Descartes (7) Dialéctica (7) Diferencia y repetición (2) Dios (5) Documental (3) Don Quijote (2) Ecología (3) Edad media (2) Educación (4) Enrique Martínez (15) Ensayo (136) Entrevista (2) Epicuro (3) Epistemología (7) Escritos (426) espíritu (5) Estética (10) Ética (23) Evolución (3) Existencia (4) Experiencia (3) Felicidad (2) filosofia (138) Filosofía Clásica (6) Filosofía Cristiana (2) Filosofía en blog (12) Filosofía griega (17) Filosofía hedonista (6) Filosofía medieval (7) Filosofía moderna (3) filosofía política (40) Filosofia y deporte (6) Foucault (29) Germán Gallego (23) Gilles Deleuze (50) Gramsci (5) Hacer filosofía (8) Hegel (40) Heidegger (10) Heine Heinrich (3) Henri Bergson (2) Hermann Hesse (7) Historia (8) Hobbes (3) Humanismo (3) Humor (3) Idea (14) Identidad (2) ideología (4) Imágenes (4) Incertidumbre (3) Individualidad (2) Inteligencia (2) kant (4) la filosofia (11) Lecturas (270) Lenguaje (8) Libertad (12) Libro ética geométrica online (113) Libros (14) libros gratis (6) Libros libres (7) Mal (3) Maquiavelo (9) Marco Aurelio (2) María Zambrano (2) Marques de Sade (2) Marx (28) Matemáticas (2) Mente (2) Metafísica (7) Michel Onfray (11) Microensayo (25) Miguel de cervantes (3) Miguel de Unamuno (6) Mitología (3) Moral (3) Música (9) Nada (4) Nietzsche (21) Ortega y Gasset (12) Oscar Oural (2) Percepción (8) Platón (10) Poesía (6) Política (24) Popper (6) positivismo (9) Posmodernidad (3) Práctica Filosófica (4) Psicoanálisis (3) Psicología (4) Racionalidad (2) Razón (5) Realidad (12) Relato filosofía (33) religión (4) Renacimiento (3) Reseña (6) Russell (4) Saber (3) Santo Tomás (3) Sexualidad (8) Shakespeare (2) Slavoj Zizek (3) Socialismo (5) sociedad (21) Soren Kierkegard (7) Spinoza (173) Subhistoria (4) Tales de Mileto (2) Teoría (4) Thoreau Henry David (5) Universidad (3) Venezuela (14) Verdad (5) Vico (4) Vídeo (63) Wittgenstein (8) Zapata (2)